21 diciembre, 2008

4o domingo de Adviento

4º domingo de Adviento, 21 dic. 08
Lect.: 2 Sam 7: 1 – 5. 8b – 11. 16; Rom 16: 25 – 27; Lc 1: 26 – 38.


1. Hay una frase muy llamativa en la 1ª lectura de hoy, la que Yavé, Dios, le pide al profeta que le diga a David: “¿Eres tú quien me va a construir una casa a mí?” Uno puede notar, por el contexto, la ironía en la pregunta, como diciendo: “no seas tan ingenuo y pretencioso, cómo un ser humano va a tener la iniciativa de construir una casa a Dios”. Y por si acaso no lo entiende, aclara en un versículo que omitió el texto incluido hoy en la misa, “Dios te anuncia que es Él quien te va a construir una casa”. El mensaje es transparente: todo el misterio de la vida divina, de la vida espiritual, trasciende nuestras posibilidades ordinarias. Nosotros por propia iniciativa, conforme a nuestros criterios, no podemos “construirle casa” a Dios en un doble sentido. Ni podemos construir un templo, una religión, en el cual encerrar la presencia del Altísimo, ni tampoco intelectualmente podemos, por decirlo así, construir una “casa conceptual”, es decir, construir una teología, unas doctrinas, unos dogmas en los cuales encerrar la comprensión del misterio de esa inmensa realidad que llamamos Dios. Es una pretensión humana que si no fuera por lo ingenuo, sería terriblemente soberbia, la de afirmar que el templo, la religión que yo he construido es el único lugar donde está el Dios verdadero; o decir, solo yo y mi grupo, mi iglesia, tienen la plenitud de la verdad divina. Todas las construcciones humanas, según la lógica de cada época y de cada cultura tienen por supuesto algún valor, pero solo en la medida en que mantengan conciencia de que son esfuerzos limitados, parciales.
2. Cuando Dios toma la iniciativa para manifestar el misterio eterno, mantenido en secreto por siglos, como dice Pablo hoy, quiebra todas las expectativas humanas y nos deja desconcertados. A David le dice que le va a construir casa, pero no se refiere a un edificio material, sino al pueblo que constituirán sus descendientes, será en ese pueblo donde se haga visible la presencia de Dios. Y a María en la anunciación le dice, que Dios se manifestará en el hijo que va a nacer de sus entrañas. Esta es la revelación más audaz del misterio de Dios: comunicarnos que en un ser humano pleno, en nuestra carne y sangre decide manifestarse la divinidad. Es una revelación audaz porque la tendencia que tenemos es todo lo contrario, es la de pensar que esto es imposible: que una cosa es Dios, y otra sus criaturas humanas. Tendemos a bajarnos siempre el piso, a pensar que lo humano, lo que nace de una pareja humana nunca puede ser portador de Dios. Nos choca aceptar que somos templo del Espíritu Santo, que somos en sentido real hijos de Dios. Es curioso, no sé si lo han pensado: por nuestra fe estamos abiertos a pensar que un templo es la Casa de Dios, nos hemos acostumbrado a pensar que el Señor está en el Sagrario; no nos cuesta arrodillarnos delante de lo que vemos como un pedazo de pan, en la eucaristía. Pero en cambio, nos resistimos a aceptar que en la Encarnación de Dios en Jesús se ha revelado ese misterio eterno, el misterio de nuestra propia vida que consiste en el nacimiento de Dios en cada uno de nosotros. Y para sacudir nuestra incredulidad es que cada diciembre la Iglesia vuelve a darnos la oportunidad de releer el tema del nacimiento de Cristo. Para que intentemos abrirnos a descubrir nuevas dimensiones del misterio, superando nuestras propias rutinas religiosas, las formas tradicionales pero insuficientes de entender lo que significan las narraciones del nacimiento de Jesús, como grandes símbolos del nacimiento de Dios en nosotros, de nuestro propio nacimiento a la vida en el Espíritu. Más que un perfeccionamiento moral, una transformación humana total. No es nada fácil, pero confiemos en que este mismo Espíritu nos dará la disposición para este descubrimiento.Ω

18 diciembre, 2008

3er domingo de adviento

3er domingo de Adviento, 14 dic. 08
Lect.: Is 61: 1 – 2 a. 10 – 11; 1 Tes 5: 16 – 24; Jn 1: 6 – 8. 19 – 28


1. Hace poco, durante un viaje proyectaron una película supuestamente navideña. Solo miré fragmentos, estando más interesado en la lectura del libro que traía. Lo poco que vi me dio a entender que se trataba de ayudar al personaje principal a descubrir el espíritu navideño. Y este lo concretaban en las galletitas navideñas, el árbol adornado, los gorros de santa Claus, en fin en todo ese conjunto de personajes y decoraciones que caracterizan la forma contemporánea de celebrar la navidad. No había, por supuesto, ni la menor alusión a la persona de Jesús de Nazaret. Por contraste, en nuestros templos, nos preparamos a la fiesta navideña de una forma diferente. Ninguno de los signos comerciales externos se encuentra aquí dentro. El centro de la fiesta que preparamos está simbolizada en el portal, el pesebre de Belén. Es curioso que puedan coexistir en paralelo dos formas aparentemente tan diferentes de ver y vivir la Navidad. Como cristianos quisiéramos recobrar el sentido cristiano de toda la celebración de esta época. Quisiéramos ayudar a todos a descubrir que la alegría, la buena disposición de ánimo, las ganas de festejar propios de este tiempo de diciembre, encuentran una mayor dimensión cuando se unen con el acontecimiento que nos revela Jesús de Nazaret. Con él podemos redescubrir el sentido más profundo de la vida humana, las dimensiones más creativas de nuestras acciones y nuestra vida, y dar así raíces a nuestra esperanza y nuestra alegría. Pero, ¿cómo hacerlo? ¿cómo prepararnos para ayudar a redescubrir el sentido de la navidad?
2. Creo que podríamos decir en primer lugar que no se trata simplemente de quejarse de la paganización y comercialización de esta fiesta, de lo que no es ni debe ser, sino de mostrar lo que es, hacerla atractiva por sí misma. Para ello, este domingo el texto del evangelio nos da un consejo claro a nosotros como Iglesia: el camino para convertirse en testimonio del sentido auténtico de la navidad es el que nos marca la figura de Juan el Bautista. Es una actitud de sencillez, de humildad, de transparencia, resultado de comprender que él no es el protagonista de estos eventos. Él no es la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz. Él realiza un bautismo de agua, pero no es él quien sumerge en el espíritu de Dios. Él no es el Mesías, ni el profeta, es simplemente una voz que clama y anuncia. Para nosotros, cristianos aquí se plantea una lección sencilla y directa al Papa, a los Obispos, a los sacerdotes, y a todos los padres de familia responsables de la transmisión del mensaje cristiano a sus hijos, a la nueva generación. Nosotros no somos protagonistas, no somos ni debemos ser los actores principales de esta narración. Como el Bautista, debemos ser simples instrumentos que ayuden a que cada uno encuentre su camino hacia la luz, a que cada uno descubra la plenitud de su propia vida humana en lo que revela el Jesús que nace en el establo.
3. Pienso que, probablemente, la paganización y la comercialización de la navidad se ha producido en gran medida porque como Iglesia hemos olvidado y perdido la práctica de esa actitud de servicio humilde de anuncio y peor aún, hemos tratado de jugar de protagonistas, poniendo a la Iglesia y a la jerarquía eclesiástica como si fueran lo esencial del mensaje evangélico, siendo así que solo deben ser un instrumento a su servicio. Y esa presentación no solo no es atractiva sino que es contraproducentee para quienes siguen una búsqueda espiritual. Como Juan el Bautista, nuestra tarea no es otra que acompañar a nuestros hijos y alumnos, a las nuevas generaciones y a los alejados de las viejas generaciones, a que cada uno descubra en su propia vida la manera de allanar el camino para su encuentro personal con Dios.Ω

16 noviembre, 2008

33o domingo tiempo ordinario

33º domingo t.o. 16 nov. 08
Lect.: Prov 31: 10 – 13. 19 – 20. 39 – 31; 1 Tes 5: 1 – 6; Mt 25: 14: 30

1. No sé si Uds. han tenido la experiencia de discutir con alguna persona no creyente sobre el sinsentido que para ellos tiene el creer en Dios. Algunos puede ser que nos digan: “¡qué desperdicio! Uds. creyentes pierden toda su vida, sacrifican sus cualidades, muchas cosas que podrían hacer y disfrutar en este mundo, solo por la esperanza que tienen en otro mundo futuro, en un más allá del cual, además, no se puede estar totalmente seguros”. Si Uds. se han topado con alguien que argumenta de esa forma (o a lo mejor son sus propias dudas las que en algún momento los ha preocupado en ese sentido), no sé qué les habremos respondido. ¿Qué habría respondido yo? No se extrañen por lo que voy a decirles: en parte le hubiera dado la razón al que nos intranquiliza con esas sospechas. Porque hay cierta manera de vivir y practicar la religión que se merece esas críticas. Es una religiosidad que se limita a creer en un Dios creador, que nos creó tan solo como un conjunto de súbditos, solo llamados a cumplir con unas reglas morales y litúrgicas y a compensar por las ofensas que le hacemos, y con un final trágico para los que no cumplen y con una recompensa para los que sí lo hacen. En esa manera de vivir la religión, tienen razón los que nos critican, se nos pierde la vida presente por soñar en una futura. O desarrollamos nuestra vida ordinaria, laboral, económica, familiar, afectiva, sexual, de diversión, con sus propias metas de éxito, aparte de lo que llamamos nuestra fe. Además de que en lo religioso a menudo vivimos llenos de miedo por la posibilidad de error, de fallos y castigos.
2. Pero, ¿es que hay otra manera de ver y de vivir nuestra relación con Dios? Esa es precisamente la buena noticia que Jesús nos presenta de distintas formas y que hoy trata de aclararnos con la comparación del capital financiero. Para entender esa parábola lo primero que hay que recordar es que la palabra “talento” no es lo que hoy llamamos “habilidad”, “ingenio”, “conocimiento”. Simplemente en la época de Jesús un “talento” era una medida monetaria que equivalía, aproximadamente, a 6.000 jornales o salarios diarios. Lo segundo que hay que subrayar es que Jesús llama a ese capital financiero los bienes propios del propietario que se los da a los empleados para que lo administren. Es decir, no está hablando de las cualidades de estos empleados, sino de los bienes suyos que él reparte, a cada cual según él vea que es capaz. En otras palabras, nos está diciendo que el reino de Dios, al parecerse a ese rico propietario, es una generosísima donación que Dios nos hace a los seres humanos de todos su bienes, es decir, de su vida misma, de todo lo que Él es —los bienes de Dios son Dios mismo que se nos da a nosotros en el momento de ser creados—. Esta buena noticia cambia por completo nuestra manera de vivir la religión y nuestra vida humana, porque en realidad ambas no pueden separarse, se identifican. No se trata entonces de sacrificar nuestra vida para alcanzar a Dios en una vida de otro mundo futuro, sino que se trata de tomar conciencia de que el bien más grande que puede existir, Dios mismo, ya se nos ha dado es lo más profundo de nuestra vida humana. Se trata entonces de “poner a producir” ese gran “capital”, es decir, dejar que crezca, que se multiplique. Se trata de dejar con humildad de no poner obstáculos para que ese “capital” de vida divina vaya transformándonos progresivamente y por nuestras manos transformando el mundo, continuando la creación de Dios. Ese es el reino, eso es vivir la vida feliz, bienaventurada.
3. El evangelio solo critica al empleado negligente, que no tomó conciencia de lo valioso que había recibido, y que se dejó llevar por el miedo y la falta de iniciativa. Es como el que se queda estancado en una religión de mero cumplimiento de reglas y ritos, sin dejar que por sus manos siga la vida divina transformando la vida humana. En esta eucaristía entramos en comunión con quien nos puede enseñar a cobrar conciencia y a experimentar esa fusión entre lo humano y lo divino, que nos anuncia el evangelio Ω.

10 noviembre, 2008

32o domingo tiempo ordinario

32 domingo t.o., 9 nov. 08
Lect.: Sap 6: 13 – 17; 1 Tes 4: 12 – 17; Mt 25: 1 – 13


1. La liturgia católica dedica por tradición estos últimos domingos del año eclesiástico a meditar sobre la vigilancia, la preparación para el encuentro definitivo con Jesús y, luego, para el juicio final. Es frecuente que esta meditación la reduzcamos a una consideración sobre la proximidad de la muerte y a la necesidad de estar con todo en orden para ese viaje. Como si el evangelio nos estuviera diciendo: mucho ojo, que en cualquier momento una fatalidad se lo puede llevar, y mejor que lo coja si no bien portado, al menos confesado. Esta manera de ver las cosas es parte de la visión religiosa tradicional, bien intencionada pero poco formada y nada reflexiva. Si uno lee la parábola de hoy, se da cuenta fácilmente que no tiene el tono trágico de la llegada de la muerte sino, por el contrario, el tono festivo de la llegada del Reino de Dios a nuestra vida, que trae consigo el encuentro con el hijo de Dios. Una vez más el reino es comparado con un banquete de bodas para el que hay que estar preparados. Uno puede imaginarse en las costumbres orientales la música, la algarabía, el brillo de vestiduras, monturas y luces que acompañaban la procesión de llegada del novio. No está hablando principalmente de un encuentro después de la muerte, sino del anticipo del encuentro pleno en esta vida. Esa es la gran fiesta que produce el Reino, darnos cuenta que en medio de las circunstancias normales de nuestra vida, nuestro trabajo, detrás del velo de nuestra corporalidad y la materialidad de este mundo, llega el Hijo del hombre a compartir nuestra mesa. La gran fiesta es aquí porque, como lo decíamos el domingo pasado, cuando la muerte llegue, que a todos nos llegará, no será el comienzo sino la culminación de una vida nueva en Dios que empieza aquí y ahora.
2. La cuestión que esta parábola nos plantea es cómo prepararnos para ese encuentro y esa fiesta. Sigue el evangelio utilizando símbolos, imágenes, para ayudarnos a entender. Esta vez usa los símbolos de la lámpara y el aceite. Debería ser bastante claro entender el simbolismo de la lámpara. El propio Mt nos había dicho ya que nosotros somos la luz del mundo. “No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” Mt 5: 14- 16; Lc 8: 16 -17). La lámpara es pues cada uno de nosotros en la medida en que proyectamos la luz de ese extraordinario descubrimiento de que en el aquí y en el ahora nuestra vida se llena de la vida divina. De manera muy hermosa lo dice Prov 20: 27: “Lámpara de Yahveh es el hálito del hombre que explora hasta el fondo de su ser”. Cuando penetramos el fondo de lo que cada uno de nosotros es, cuando descubrimos que los seres humanos no somos lo que nos pinta la publicidad, ni lo que nos enseña el afán de acumulación de dinero; cuando descubrimos lo que realmente somos es cuando descubrimos en nosotros la presencia de Dios.
3. Y nos convertimos en lámparas brillantes cuando somos alimentados con suficiente aceite. Las doncellas sabias, preparadas eran, precisamente, las que tenían suficiente aceite, esas eran las que estaban preparadas para alumbrar. Es decir, estar preparados, tener suficiente aceite, es un símbolo que sugiere tener la disposición, la apertura para recibir la sabiduría, el Espíritu, la condición de discípulos que nos permite ser luz. Tan solo preparados, abiertos, dispuestos para recibir a quien se nos da incondicional y desinteresadamente, para recibir a esa sabiduría, ese Dios que está sentado a la puerta, como dice la 1ª lectura, que no tenemos que buscarlo lejos, que no tenemos que merecer o ganar. Confiamos en que en esta eucaristía podemos prepararnos más para tener esa disposición al encuentro con el novio.Ω

02 noviembre, 2008

Todos los Difuntos

Celebración de Todos los Fieles Difuntos, 2 nov. 08
Lect.: Job 19: 1. 23 – 27; Rom 14: 7 – 9. 10c - 12 Jn 14: 1 – 14


1. Cuando celebramos esta conmemoración de todos los difuntos se nos reaviva ternura y nostalgia por los que ya se fueron, familiares y amigos. Pero, sin duda, no pensamos solamente en ellos, pensamos también en nosotros. Con espíritu de fe, no vemos los muertos como desaparecidos, sino como quienes han concluido la carrera, el combate, diría Pablo. Es decir, como quienes ya han alcanzado la plenitud de vida humana. De alguna manera nos sirve esta celebración para pensarnos nosotros mismos, ver la propia plenitud a la que somos llamados. Aunque quizás deberíamos decir que en los difuntos no vemos a quienes ya alcanzaron la plenitud de vida, sino más bien a quienes se les ha manifestado ya con claridad la plenitud de vida que ya habían alcanzado aquí en su existencia corporal aunque entonces no la percibieran sino oscuramente, como en un espejo, como a través de enigmas, como dice también Pablo. Y aquí tenemos un mensaje evangélico central que nos genera esperanza: que la muerte no es el comienzo sino la culminación de una vida nueva en Dios que empieza aquí y ahora.
2. A menudo se nos oscurece la comprensión de esta verdad cuando de manera un tanto infantil, ingenua, primitiva, pretendemos entender la realidad de nuestra vida espiritual en términos físicos, geográficos. Por ejemplo, al leer el texto de hoy de Jn, si no sabemos leerlo, si lo hacemos literalmente, tendemos a pensar en algo que nuestra mentalidad moderna, por otro lado rechaza: pensar en que Dios habita en una casa, que en esa casa hay muchos cuartos. Esa lectura materialista del evangelio sabemos que no puede hacerse. Como si también literalmente intentáramos ver a Jesús como un “camino”. Es evidente que Jn, como de costumbre, trata de estas cuestiones de la vida espiritual con imágenes, comparaciones, metáforas, símbolos, unos más acertados que otros, cuya función es solo la de sugerir otra manera de pensar esa inexpresable realidad de la vida en el Espíritu. Y para nada intenta pasarnos una foto de cómo es que es. Hablar, entonces, de la casa del Padre, y las diversas moradas, no puede estar refiriéndose a una casa en el sentido físico, a un lugar, como si lo que llamamos el “cielo” fuera una localización geográfica. La comparación sugiere más bien el contenido de una casa, el hogar, la comunidad doméstica, es decir, el conjunto de relaciones que existen entre un Padre – madre amorosa y los hijos – hermanos que allí habitan. Jesús, en este sentido, es el que nos indica con su vida cómo se alcanza la plenitud de vida humana que consiste en vivir intensamente ese conjunto de relaciones. Y ya que él nos lo muestra en su propia vida, en ese sentido es el “camino” para alcanzarlo. Es más, por vivirlo plenamente él es esa misma casa del Padre, en la que nos introduce. Por eso puede afirmar que quien le ha visto a él ya ha visto al Padre.
3. La muerte es el momento en que se desprenderán todos los velos que cubren esta realidad que somos. Pero esa muerte no es solo la física, final, sino el progresivo desprendimiento que se da a lo largo de nuestra existencia histórica de todo aquello que nos amarra, nos distrae, nos impide vivir intensamente esas relaciones intensas con nuestro ser más profundo que es Dios y que nos une con nuestros hermanos. Pero es en la medida que vamos desprendiéndonos, que vamos sumergiéndonos en ese misterio de muerte – vida, que podemos ir afirmando con Pablo que si vivimos, para Dios vivimos, si morimos para él, morimos. Así que ya vivamos, o muramos, del Señor somos. Estamos inmersos en esa realidad, en esa relación íntima que no termina nunca. Y para mostrarnos ese sentido de nuestra vida es que Cristo murió y volvió a la vida. Y eso lo revivimos y hacemos nuestro en esta eucaristía.Ω

29 octubre, 2008

30o domingo tiempo ordinario

30º domingo t.o., 26 oct. 08
Lect.: Ex 22: 21 – 27; 1 Tes 1: 5c – 10; Mt 22: 34 – 40


1. No sería raro que no hayamos caído en la cuenta de que de este texto evangélico caben diversas lecturas, no solo distintas sino incluso contradictorias. Estamos tan acostumbrados a pensar en el mandamiento del amor como la característica del cristianismo, que quizás no se nos ha ocurrido que uno puede hablar de ese mandamiento fuera del sentido evangélico. Por ejemplo, si leyéramos el texto con la mentalidad judía propia del tiempo anterior a Jesús, estaríamos pensando en un Dios eminentemente judío, no universal. Es decir, un Dios que eligió a Israel como el pueblo predilecto y exclusivo, que lo protege, lo bendice, lo multiplica y lo hace superior a todas las naciones, que acabarán por plegarse al monte Sión, es decir, a Israel. A cambio de eso, este pueblo se compromete a darle culto, a cumplir sus mandatos y a no mezclarse para nada no solo con otros dioses, sino tampoco con los pueblos que dan culto a esos otros dioses. De ahí que el “prójimo” es entendido no como cualquier otro ser humano, sino solamente como el otro miembro del clan, de la tribu, del pueblo de Israel. En esta visión, tanto la moral como la religión y la espiritualidad tienen un toque que podemos llamar “mercantil”: yo doy, yo hago, yo cumplo, yo adoro, a cambio de la protección, de los dones, de la salvación que Dios me da. Es importante tomar conciencia de que esa lectura puede hacerse de este texto y de este mandamiento del amor, no solo pensando en los judíos de hace veintiún siglos, sino en que esa mentalidad puede colársenos en nuestra propia visión y práctica católicas actuales.
2. La otra lectura del texto es completamente distinta y creo que es la que podemos construir desde el espíritu evangélico de Jesús. El Dios a quien amamos con todo el corazón y todo nuestro ser, es un Dios que no establece privilegios, preferencias o distinciones, delante del cual nadie, ni judío, ni griego, ni católico ni pagano, cuenta con ninguna cualidad que pueda alegar como meritoria para un trato preferencial. Es un Dios que incluso hace llover sobre buenos y malos, que invita a su gran festín de bodas a todos sin excepción. Es un Dios que de manera gratuita nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, es decir que nos hace partícipes de su propia vida divina por el Espíritu Santo que ha derramado en nuestros corazones. Es dentro de esta visión que entendemos nuestra práctica, nuestra moral, nuestra espiritualidad no como un pago que hacemos a Dios por sus dones, sino como una consecuencia de lo que somos cada uno de nosotros también: personas llamadas, creadas, constituidas para ser generosas, para dar gratis lo que hemos recibido gratis, para dejar en todo lugar, en toda persona la huella del bien, del amor que nos alienta.
3. Conforme entendamos a Dios de una u otra de estas dos formas, también entendemos el mandamiento del amor de una u otra forma, entendemos el prójimo de una u otra forma. En la perspectiva evangélica el amor es reflejo de un Dios que es todo donación gratuita. Y el prójimo es todo aquel que es creado como resultado de ese amor. Por eso podemos releer la 1ª lectura de hoy en clave cristiana. El forastero, es decir el emigrante, que carece de todo hasta de sus raíces e identidad, la viuda y el huérfano, el pobre y el excluido, son nuestro prójimo de manera más especial porque el amor de Dios, por medio nuestro continúa su labor creadora en estos que están llamados también a ser plenamente imagen y semejanza de Dios. Es en el amor a estos prójimos que, además, en su necesidad ni siquiera pueden correspondernos, donde se pone a prueba la calidad de nuestro amor gratuito y desinteresado. En esta eucaristía nos identificamos plenamente con quien a su vez en la cruz se identificó con las personas más desposeídas, más pobres y abandonadas.Ω

19 octubre, 2008

29o domingo tiempo ordinario

29º domingo t.o., 19 oct. 08
Lect.: Is 45: 1. 4 – 6; 1 Tes 1: 1 – 5b; Mt 22: 15 – 21


1. Este texto que acabamos de leer es uno de los peor interpretados del evangelio. Ha servido a través de los siglos para manipular el pensamiento de Jesús pretendiendo que según él se estaría enseñando aquí la separación de dos poderes, el político y el religioso. Aunque no podemos en este momento desarrollar una explicación detallada del tema basten dos argumentos para ver lo incorrecto de esta interpretación. 1º, si la intención del evangelio fuera separar el aspecto político del religioso de igual manera podríamos aplicar esta separación a otros aspectos de la vida humana. Por ejemplo, podríamos decir “Den al arte lo que es del arte, a la ciencia lo que es de la ciencia, a la economía…, a la vida familiar…, a la vida sexual…, etc, y a Dios lo que es de Dios. Con esta interpretación “lo de Dios” quedaría reducido a una hora los domingos, para venir a misa. Sería una enseñanza absurda y contradictoria con el mensaje evangélico. El otro argumento consiste en recordar que Jesús no puede estar hablando, dentro del cristianismo de un poder religioso separado del poder político, porque Jesús no veía la comunidad de sus discípulos como otra forma de poder. (“Los reyes de la tierra… no sea así entre Uds.). Vivir el evangelio es una forma de servicio, no de ejercer poder, aunque luego los cristianos a lo largo de los siglos hayamos distorsionado el sentido original.
2. La trampa que le ponen los fariseos es astuta porque se refiere a un punto muy sensible a los judíos de la época, se trataba de la licitud de pagar impuestos al imperio invasor que ocupaba la Tierra Santa. Pero en realidad, aparte de ese aspecto simbólico de este impuesto específico, el pago de los impuestos en general planteaba el tema de la injusticia de la época. Aparte del impuesto que cobraban los romanos, el Templo cobraba otros impuestos altos (21%), (recordemos la otra historia cuando llegan a cobrarle este impuesto a Pedro) y había que pagar otros al gobierno local por el uso de la tierra y por el comercio. Era un sistema fiscal que era parte de un marco de dominación por el cual se beneficiaban élites locales y extranjeras que lo habían establecido. Aproximadamente dos tercios del valor de la producción agrícola era extraído por estas elites dejando al nivel de subsistencia, con el otro tercio, al 90% de la población que eran quienes producían directamente. Entonces Jesús no podía pronunciarse solo sobre parte de ese sistema injusto y si se pronunciaba sobre todo estaría llamando a la rebelión total. ¿Cómo interpretar entonces esta expresión sobre Dios y el César?
3. No es nada fácil encontrar el sentido original de lo que quiso decir Jesús. Puede ser, como dicen algunos, que se tratara tan solo de una manera hábil de Jesús en salir de la trampa que le ponían, devolviéndoles la pelota a su campo, respondiendo con sarcasmo sobre el poder del emperador, o haciéndoles ver que cargaban moneda con la inscripción blasfema. Pero, más allá de la intención de Jesús hay algo que queda planteado con la expresión de Jesús “den a Dios lo que es de Dios”. En toda la mentalidad bíblica está afirmado que a Dios pertenecen todas las cosas, nada hay que no sea suyo. Y la fe bíblica, de la que participa Jesús, insiste que cada uno de nosotros, llevamos impresa la imagen de Dios en nuestra persona. Ningún aspecto de nuestra vida personal y social, —familiar, … y también lo político—, podamos decir que no pertenezca a Dios. La imagen y semejanza de Dios debe dejar su marca, en todas las dimensiones de la vida humana. Es nuestra tarea.
4. Esta concepción del ser humano, de nosotros en Dios, nos traza una línea de presencia en el mundo, aunque no nos da recetas de comportamiento concreto en cada caso. Tenemos el inevitable reto de decidir en cada situación concreta cómo dejar nuestra marca de imagen y semejanza divina en todas las dimensiones de la vida y también en lo político. Tenemos la confianza de que podremos hacerlo, precisamente porque somos presencia de Dios en esta realidad.Ω

28o domingo tiempo ordinario

28º domingo t.o., 12 octubre 2008,
Lect.: Is 25: 6 – 10 a; Flp 4: 12 – 14. 19 – 20; Mt 22: 1 – 14




1. Al leer el evangelio de hoy, prescindiendo de circunstancias muy culturales del momento en que se escribió este texto de Mt, uno podría hacer una interpretación muy radical: los que rechazan la invitación al banquete del Rey, es decir, al Reino de Dios, son los que tienen muchas tierras, muchos negocios, es decir muchas preocupaciones económicas. En un evangelio que Uds. probablemente no conocen, el de Tomás, esta interpretación es claramente más radical. Después del rechazo termina diciendo: “Sal a la calle (y) tráete a todos los que encuentres para que participen en mi festín; los mercaderes y hombres de negocios [no entrarán] en los lugares de mi Padre»” (T 64) . Pareciera ir en la línea que suena extrema del otro texto sobre los ricos y el camello pasando por el ojo de una aguja. Esta lectura evangélica puede resultarnos inaceptable a la mayoría de nosotros. No porque seamos ricos inversionistas, negociantes o empresarios. Sino porque todos, sin excepción, dependemos directa o indirectamente de un trabajo material, de una actividad económica que nos produzca ingreso, quizás de un pequeño o mediano negocito. Y todas estas cosas demandan nuestra atención y dedicación y, en épocas de crisis, todavía pueden absorbernos más. Entonces, ¿quiere decir el evangelio que las actividades “de este mundo”, las de la “vida cotidiana” se contraponen al Reino de Dios? Sería muy raro. Máxime si pensamos que del éxito en nuestra actividad económica y laboral depende el poder vivir con dignidad, alimentar nuestra familia, educar a nuestros hijos… Entonces, ¿qué es lo que critica esta parábola? ¿cuál es el peligro del que nos advierte a todos?
2. La imagen del Reino de Dios comparado con un gran banquete queda todavía más claro con la 1ª lectura de hoy, y así aparece en todas las enseñanza de Jesús. Lo que llama Reino de Dios, es una situación de abundancia para todos, donde quitará la mortaja que cubre a todos los pueblos, donde eliminará la muerte y enjugará las lágrimas de todos los rostros, el oprobio de todo el pueblo. Este es el punto. El reino de Dios, tanto en sus etapas históricas, como en su plenitud, es un bien de comunión entre todos los seres humanos y con Dios. No es un don elitista para que lo disfruten unos pocos, sino que es un llamado de plenitud humana para todos son excepción. Por eso mismo, los bienes de este mundo, han sido destinados por Dios también para el disfrute y realización de todos los seres humanos. Entonces aceptar la invitación al reino de Dios es considerar este misterio de comunión, divina y humana, como el máximo bien al que se subordinan todos los demás. Este es el sentido de la vida humana, hecha a imagen y semejanza con Dios. La parábola nos advierte, por eso, que se cierran las puertas a esa misterio del Reino quienes invierten las prioridades colocando sus intereses cerrados y egoístas, su salvación individual —material y espiritual— como algo que está por encima de ese misterio de comunión, de realización compartida que es el Reino.
3. Nuestra actividad económica, nuestros negocios, nuestro trabajo, los bienes materiales no son por tanto lo que se contraponen al Reino. Son muy importantes para la vida humana pero cuando hacemos de ellos instrumentos, herramientas, prácticas orientadas a crear valores profundos de comunión, de solidaridad, de justicia, de felicidad para otros y no solo para la utilidad de uno mismo. Cuando se pierde esta orientación evangélica, humana profunda es cuando suceden crisis como la actual crisis financiera, de la que Uds. habrán oído en las noticias. Una economía construida de espaldas al bienestar común, que funciona anómalamente permitiendo el enriquecimiento exagerado de algunos y el hambre y pobreza de millones acaba arrastrando a unos y a otros al desastre. Claro que no estamos al nivel de donde se producen esas grandes crisis pero si padeceremos sus consecuencias. En nuestro propio nivel, de cada día, podemos vivir lo que nos toca en el espíritu de este reino de Dios al que se consagró Jesús, y hacer que nos repartamos mejor las cargas de estas crisis mundiales que también a todos nos afectan.Ω

05 octubre, 2008

27o domingo tiempo ordinario

27º domingo t.o., 5 oct. 08
Lect.: Is 5: 1 – 7; Flp 4: 6 – 9; Mt 21: 33 – 43

1. Sabemos lo que es el narcisismo, conforme a los mitos romano y griego. Literalmente se puede dar algo de esa coquetería y vanidad mientras somos adolescentes o en adultos que tardan en madurar. Pero hay otra forma en que perdura en todos nosotros el peligro de hacer de nuestra propia imagen el centro de todo. Quizás lo vivamos de manera inconsciente, como si fuera algo natural, y por eso no caemos en la cuenta de lo peligroso que es. Se da cuando vivimos todo en nuestra vida —lo que somos y tenemos— como algo central de lo que somos dueños y como si eso que somos lo conociéramos ya perfectamente. Como si no tuviéramos que aprender y compartir con otros lo que somos, lo que hacemos o dejemos de hacer con nuestras cualidades, nuestras funciones y tareas y nuestras pequeñas o grandes posesiones. En otro estilo literario y con otra intencionalidad distinta de los mitos griegos, la parábola evangélica y el canto de Isaías de la viña tocan un tema parecido: la tentación tan humana de perder la perspectiva de nuestra ubicación en la vida, en relación con los demás, con la naturaleza y, en definitiva, con Dios, y de manera inconsciente y superficial, perder de vista que con nuestra propia persona, con los cargos que podemos ser llamados a ejercer, con los productos de nuestra profesión y trabajo, no tenemos más que una función de administradores, no de propietarios y que, por tanto, se nos piden dos cosas: crecer y producir frutos y no excluir a los demás del beneficio de esos frutos.
2. Quizás algo que podría ayudarnos a superar esa tentación de creer que ya sabemos lo que somos y de que eso está bajo nuestro control sería caer en la cuenta de que para crecer y producir frutos primero tenemos que descubrir lo que cada uno de nosotros es en la mente de Dios, y que se nos ha dado para trabajarlo, desarrollarlo y compartirlo como imagen y semejanza suya. Esto no es algo superficial. Es algo que exige esfuerzo y dedicación constante. Equivale, dice la parábola, a descubrir el reino de Dios. No podemos confundir lo que somos, como Narciso, con lo que se refleja en el espejo, es decir, con lo que otros opinan de nosotros y con la opinión que tenemos de nosotros mismos. Estas formas de vernos a menudo son desacertadas, y solo reflejan lo que está de moda, lo que son los prejuicios de la sociedad, y el resultado de lo que hemos llegado a ser en la vida, viviendo sin mayores exigencias. Pero si somos imagen y semejanza de Dios, descubrir lo que somos supera cualquier imaginación, nos lanza a una tarea continua hacia horizontes que rompen nuestros esquemas, nuestra miopía y que, al final, nos llevan a sumergirnos en la misma vida de Dios, donde establecemos plena comunión con todos los demás que también son imagen y semejanza suya. El narcisismo aísla y paraliza, mientras que la conciencia de administrar algo divino que nos ha sido dado para cultivar, nos desarrolla y nos lleva a la comunión.
3. Una última reflexión debemos, al menos mencionar. Esto que decimos de nuestra vida personal también se aplica a nuestra función como Iglesia, como sacerdotes u obispos. La Iglesia, por necesidades lógicas, requiere una organización y una jerarquía, requiere distribución de tareas y cargos. Pero en todo eso debemos también actuar como meros administradores, no como propietarios ni como si fuéramos los protagonistas principales de la historia. El alegato de Jesús en la parábola, de manera más directa, fue precisamente con quienes habían hecho de su función religiosa un privilegio personal, una forma de dominación y no un servicio. Lo que se dio entonces entre los judíos, se ha repetido con demasiada frecuencia en la Iglesia. Confiemos en que la búsqueda honesta de lo que somos nos lleve también al ejercicio humilde de nuestra tarea como Iglesia. Expresada simbólicamente en esta comunión que estamos celebrando con la entrega completa de Jesús.Ω

28 septiembre, 2008

26o domingo tiempo ordinario

26º domingo t.o., 28 sep. 08
Lect.: Ez 18: 25 – 28; Flp 2: 1 – 11; Mt 21: 28 – 32

1. La aparente paradoja del texto evangélico de hoy en realidad refleja una frecuente actitud humana que se produce también en el camino espiritual. Nuestra vida diaria está llena de promesas. Nos prometemos a nosotros mismos cumplir con determinado ritmo de trabajo, abstenernos de ciertos comportamientos inadecuados, realizar acciones de gran utilidad para nuestra familia o para otros. Prometemos a los demás cosas parecidas. No digamos ya si tenemos un cargo político, empresarial, religioso o simplemente nuestro rol familiar. Prometemos ir, hacer, decir, cumplir… Y demasiadas veces todo se queda en el nivel de las promesas. ¿Por qué nos sucede esto? No basta decir que porque somos humanos y débiles. Esa afirmación tan general explicaría más la actitud actitud inicial del primero de los hijos del relato de hoy: no quiero ir a trabajar en la viña, me da pereza, exige mucho esfuerzo, mi padre no me paga… O el comportamiento de las prostitutas y publicanos a los que alude Mt al final del texto. Pero no explica la conducta de quien rápida, sincera y decididamente le dice a su padre: Sí iré a la viña y luego no va. ¿Cuál es aquí el fallo?
2. Un filósofo danés observa que los seres humanos enfrentamos un engaño sutil. El dejarnos confundir por nuestra expresión de buenas intenciones. Estas nos hacen siempre creer que ya casi empezamos a cumplir lo que prometemos. Nos hace sentirnos como que al prometer ya hicimos lo principal. Mt estaría atrayendo nuestra atención al peligro de decir “si” demasiado rápidamente. Es algo de lo que el mensaje de los evangelios siempre está pidiéndonos ser conscientes. Recordemos en la parábola del sembrador la semilla que brota rápidamente pero que no aguanta los calores porque tenía escaso fondo de suelo. Podríamos decir en lenguaje más popular que los humanos padecemos el engaño de dejarnos apantallar por la imagen tan positiva que tenemos de nosotros mismos, por lo bonito que hablamos, por lo fuerte que sentimos nuestro convencimiento y nuestra voluntad de hacer las cosas. Y por lo grandes que nos autopercibimos, y muchos otros nos perciben, cuando hacemos grandes promesas. No es que seamos mal intencionados y mentirosos al prometer, —al contrario, somos bien intencionados, pero las buenas intenciones nos emborrachan y nos engañan y nos transforman en mentirosos en la práctica posterior. Las promesas precipitadas no toman en cuenta quiénes somos en realidad, cuáles nuestras debilidades y fortalezas, cuáles son las posibilidades reales de realizar un buen deseo. Demasiado fácilmente construimos sobre arena y no sobre roca, sembramos sobre un suelo poco profundo. En cambio, las prostitutas y publicanos, el hijo que dijo inicialmente “no” a su padre, no se engañan sobre sus propias limitaciones y debilidades. Conocen mejor sus propias imperfecciones y están más cerca de la posibilidad de arrepentirse y, sobre todo, de abrirse a la gratuidad de Dios que les capacita para entrar en el Reino.
3. Lo que es, entonces, una constatación sobre la psicología humana, —el peligro de dejarse engañar por las propias promesas— conecta aquí con una realidad espiritual. El iniciarse y avanzar en el camino del Reino, de la vida en el Espíritu, no puede partir de la autosuficiencia, de creerse uno capaz de realizar méritos para ganar el cielo. Esa es una falsa imagen de lo que somos y de lo que es la vida espiritual. Es interesante observar lo que Pablo dice, incluso, del mismo Jesús: que no hizo alarde de su condición divina, no se apegó a ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo y tomó la condición de siervo. Y ese despojarse de los propios intereses es lo que le lleva a ser útil a los intereses de los demás. Ciertamente, no es fácil vivir en equilibrio entre la valoración de uno mismo como imagen y semejanza de Dios, con dignidad única, y la conciencia de que alcanzar la realización de eso que somos no depende de nuestras propias y limitadas fuerzas, sino más bien del despojo del falso yo que nos hemos construido. Ω


21 septiembre, 2008

25o domingo tiempo ordinario

25º domingo t.o., 21 sep. 08
Lect.: Is 55: 6 – 9; Flp 1: 20 c – 24. 27 a; Mt 20: 1 – 16


1. La mayoría de nosotros crecimos con una idea bastante simplificada de lo que consiste el ser cristianos. Se trataba —pensábamos— en cumplir con una moral representada en los 10 mandamientos, en aceptar una serie de dogmas sobre Dios, —la Trinidad, la divinidad de Cristo,…— en aceptar que ese Dios nos protege y nos ayuda con la Iglesia, sus ministros, sacramentos y la mediación de la Virgen y los santos a cumplir con esa moral y a superar los peligros de este mundo y así, con todo esto, a tener la esperanza en una recompensa en el más allá. Creo que así también nos ven otros desde fuera del cristianismo. Es un cuadro bastante simple que, al menos en lo moral, no se diferencia mucho de las demás religiones e incluso de la práctica ética de “los paganos”, como dice el mismo evangelio. Apenas consistiría en agregar a ese comportamiento moral unas cuantas creencias propias. Pero si ser cristiano se puede definir así de simple, —no digo fácil—, uno tiene que preguntarse por qué, entonces, el evangelio usa expresiones de gran radicalidad para expresar aquello en lo que consiste el seguimiento de Jesús. Dos expresiones, sobre todo: nacer de nuevo y morir en la cruz. E incluso el AT, por ej. en la lectura de Isaías de hoy afirma que para el encuentro con Dios nuestros caminos no son los suyos, nuestros planes no son los suyos. Es decir, parece que se nos está diciendo que ser cristianos, es algo que no consiste en más de lo mismo, sino en emprender un camino de descubrimiento radical de lo que es cada uno como ser humano. San Pablo hablará de ser hombres y mujeres nuevos, hombres y mujeres de Espíritu, una nueva creación. Para descubrir esto parece que tenemos que cambiar de onda, de “frecuencia de radio”. Tenemos que descubrir una forma de vida nueva que los evangelistas llaman “reino de Dios” y que supera de tal manera nuestra manera habitual de entender las cosas que Jesús solo usa comparaciones para hablar de este reino, elevar nuestra imaginación e invitarnos a experimentar en qué consiste.
2. Por ej., la parábola de hoy, al comparar el Reino con el propietario de una plantación que sale a contratar trabajadores para trabajar en su campo, desarma y quiebra tanto nuestros principios morales habituales como nuestra manera de entender a Dios. Si nosotros hubiéramos escrito la parábola, al final, a la hora de pagar hubiéramos sacado la calculadora, hubiéramos dividido el denario entre el número de horas de la jornada, y le habríamos pagado a cada trabajador multiplicando por la cantidad de horas trabajadas. Eso, indiscutiblemente, es justicia, es cumplir con lo que la ética considera correcto. Nadie podría reclamar. Luego, si se trataba de comparar la narración con Dios, nosotros como autores, hubiéramos dicho: así es Dios, que pagará a cada uno al final según su merecido. Ud. solo hizo cosas buenas, derechito al cielo. Ud. medianamente malillo, un par de siglos de purgatorio, Ud. un indeseable, a quemarse en el infierno. Pero resulta que nosotros no pronunciamos la parábola. Y Jesús, que la hizo, nos saca por completo de nuestros sistemas de medida moral, de nuestros conceptos de mérito y derechos, y nos empuja a ponernos en otra manera de ver las cosas: nos coloca en la perspectiva de la gracia, de la gratuidad amorosa de Dios. Para alcanzar esa perspectiva, hay que nacer de nuevo, hay que clavar en la cruz a nuestro yo miope y egoista que siempre intenta ponerse como centro de referencia.
3. No es fácil cambiar de visión. Ni siquiera es fácil darnos cuenta de que tenemos que cambiar de visión y superar esa lectura rutinaria de catecismo que siempre hemos creído como correcta. Pero, al escuchar la palabra de Dios, en un acto de confianza con Él creo que tenemos simplemente que pedirle en esta Eucaristía que nos ayude a descubrir sus caminos que no son exactamente los nuestros.Ω

15 septiembre, 2008

24o domingo t.o. Fiesta de la Exaltación de la Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Cruz, 14 sep. 08
Num 21;4b – 9; Flp 2: 6 – 11; Sal 77; Jn 3: 13 – 17


1. En más de una ocasión hechos o situaciones nos mueven a preguntarnos por qué somos cristianos, por qué soy yo cristiano. A algunos muchachos les golpea pensar, por primera vez, que quizás lo son por un accidente de nacimiento. De haber nacido en China, o en la India, otras serían las probabilidades. Pero ya que nacimos aquí, la pregunta del por qué sigue siento relevante. ¿Por tradición, herencia o rutina? Uds. me dirán que lo ideal es serlo por convicción, pero ¿convicción de qué? ¿De que Jesús es un gran maestro de moral y que siguiendo sus enseñanzas viviremos correctamente? ¿O que Jesús nos ofrece apoyo, protección, seguridad en esta vida y en la otra? O tal vez, conectado con eso pero yendo un poco más allá, convicción de que Jesús es el único que nos da un camino para salvarnos, para no ir al infierno? ¿Por qué razón profunda, en definitiva, somos creyentes cristianos?
2. En los dos vv. anteriores al texto de Jn de hoy, el evangelista nos dice que muchas personas creyeron en Jesús al ver las señales que realizaba, pero que Jesús no se fiaba de ellos, porque conocía lo que hay en el corazón de los hombres. Y enseguida, viene este maravilloso y profundo relato de la reunión con Nicodemo. Este magistrado judío viene a visitarlo de noche —dejemos esto aparte— y de inicio deja ver lo que pensaba de Jesús: que él era un maestro y que hace señales que solo puede hacer alguien que tiene a Dios con él. Jesús va a corregirle. Nicodemo es un creyente pero tiene una manera equivocada de creer. No es suficiente ni es central ver a Jesús como un hacedor de milagros, ni como un maestro de moral, ni siquiera como alguien que nos salva de peligros. Lo más importante es que Jesús nos revela en su propia vida un nivel distinto de vida humana, en el que se da una auténtica relación entre cada uno y Dios. Nos enseña a relacionarnos de una manera distinta con Dios en un camino y un proceso que nos lleva al descubrimiento y realización de nosotros mismos, de lo que cada uno es en su forma más profunda. Lo que los otros evangelistas llaman siempre el “reino de Dios”, que fue el tema central de la predicación de Jesús, Jn lo explica como esa nueva relación de amor entre nosotros y con Dios que produce vida. Ser creyente, entonces, consiste en llegar a conocer y a vivir este nivel profundo de vida humana.
3. Pero Jesús le hace una advertencia a Nicodemo: esto no puede entenderlo una persona si no nace de lo alto, es decir, si no nace del Espíritu. Nacer de nuevo significa, entonces, todo un proceso de vida en el que cual nos vamos despojando de todos las falsas imágenes de nosotros mismos. Vamos dejando atrás todos esos caparazones que hemos ido construyendo sobre lo que somos, por efecto de influencias externas (los MCS, la propaganda,…) e internos, (la necesidad de prestigio, de seguridad.). Nos vamos despojando de nuestro falso yo, muriendo a nuestro hombre viejo, hasta llegar a nacer de nuevo, a ser elevado a la vida plena de Dios, como lo vemos realizado en Cristo, elevado en la cruz a la gloria de Dios. Por eso seguimos a Cristo, porque descubrimos en él ese camino de encuentro pleno con Dios que es encuentro pleno con lo que somos nosotros mismos.
4. Esta maravillosa transformación es probable que ya se esté dando en nosotros, aunque no la entendamos bien, como uno no entiende el viento que sopla donde quiere y oyes su voz pero no sabes de donde viene ni adonde va. Con esa confianza venimos a la eucaristía cada domingo, a simbolizar en la celebración de la muerte de Jesús nuestra propia muerte a nuestro falso yo, y nuestro nacimiento a la vida de Dios.Ω

07 septiembre, 2008

23o domingo tiempo ordinario

23º domingo t.o. 7 sep. 08
Lact.: Ez 33: 7 – 9; Rom 13: 8 10; Mt 18: 15 – 20


Amigos y amigas:
Este domingo no me tocó predicar, por lo que no elaboré una homilía, como de costumbre. Además Amando no se encuentra y no tuve la habitual meditación comunitaria. Sin embargo, me parece interesante compartir con Uds. algunos temas de reflexión a partir, sobre todo, del texto del evangelio de Mateo que corresponde a este domingo.

1. El tema es del perdón, en relación al famoso “hasta 70 veces 7”. Leyendo en particular a un teólogo australiano que leemos habitualmente en nuestras meditaciones dominicales, varias cosas importantes quedan sugeridas, quizás releídas por mí con lo que ya constituye nuestro “marco de espiritualidad”.
a. La primera es que el tema del perdón en última y más profunda instancia hay que plantearlo en el campo de la gracia.
b. En la espiritualidad del evangelio el perdón recibido de Dios o motivado por él, no puede plantearse en términos cuantitativos. Cierto que ha habido teologías, quizás todavía dominantes que presentan a Dios como exigiendo un equilibrio en el universo. Recuerdo que en lo que estudiamos hace décadas se hablaba de un argumento persuasivo de la Encarnación del Verbo y de la muerte de Jesús como “necesarios” o “convenientes”, se decía, porque si bien el pecado del ser humano por parte nuestra es insignificante, era una ofensa “infinita”, por parte del ofendido. De ahí “deducían” la conveniencia de que solo un acto de amor infinito, el del Hijo en la cruz, podía “pagar” por dicha deuda. Es impresionante semejante razonamiento que no parece tener ningún parentesco con la continuación del evangelio de hoy, del señor que perdona una suma exorbitante a su deudor (vv. 21 al 35). De verdad que esa teología de un dios que exige su paga estricta por las deudas es una visión mercantilista de Dios, al que convierte en un comerciante.
c. El evangelio de Jesús presenta a un Dios generoso, gratuito para perdonar. No es el mercader que anda exigiendo en recuperar su “kilo de carne” de donde sea (la comparación es del australiano y recuerda la película de El Mercader de Venecia). Toda la vida de Jesús, es un dar de un Cristo que recorre su camino, hasta la cruz, como pura autodonación, no por compensar lo que los “otros” hayamos hecho bien o mal o dejado de hacer, ni por responder a una “aritmética del mérito”.
d. En esta perspectiva de gratuidad se conecta con la idea de plenitud. El evangelio no se reduce al “perdón de los pecados”, sino a mostrar un camino para que podamos ser personas plenas, totales, en un camino que comparte la misma generosidad de Dios.
2. La visión humana, nuestra, es la que piensa siempre en términos mercantiles de recuperar la deuda. Se “absuelve” de la deuda cuando ésta se paga. Y esta manera de ver las cosas la proyectamos a Dios. Y, por supuesto la aplicamos en nuestras relaciones con los demás, con quienes sentimos que nos han ofendido. Y hablamos de que hay que ser “justos”.
a. Pero hay bastante de trampa en esto. Mientras mantenemos la deuda, más que ejercitar justicia estamos ejerciendo poder sobre el deudor. Estamos reteniendo algo en nuestra relación con la otra persona. Aunque lo paradójico de “guardar resentimiento” es que es destructivo para uno y para los otros. Es vivir una vida “protegida”, dedicada a un falso yo que me he construido, que se constituye en centro. Me impide descubrirme a mí mismo.
3. Creo que no había pensado antes de hoy de dónde viene la palabra “per – dón”. Per-donar es una forma de “donación” de dar, renunciando a la relación de poder. No nos dejamos, no retenemos, no guardamos nada de poder sobre el otro. (El prefijo "per" significa o bien "a través de", o bien lo que sigue en superlativo, en este caso, donación máxima).
a. Per-donar es renunciar a tener ese poder sobre el otro. Más aún es aceptar ser vulnerable. Y renunciar a proyectar nuestras visiones sobre Dios.
4. Eso no quiere decir que el perdón no implique “costos”. Es costoso, para ambos, el que perdona y el perdonado, porque es relacional.
a. No consiste, por parte del “deudor” en decir “lo siento”, si no va acompañado de restauración y reconciliación. Sobre todo en ciertos campos (no en todos) cierto grado de restitución es posible y por tanto necesaria, por justicia, por responsabilidad. Es decir, por capacidad de responder por los efectos de nuestras acciones.
b. Y en cuanto al que per-dona también da algo, y renuncia a algo.
c. Ambos reconocen algo de su verdadero ser, renunciando al falso yo. El perdonado reconoce la necesidad de per-dón, lo que significa renunciar a mentiras y a fingimientos, al “yo no hice nada”, al tiempo que sabe que la historia no tiene marcha atrás. Lo que hizo lo hizo y ahora lo que se le dé es gratuito. Y el que per-dona renuncia a constituirse en juez y centro. Ambos se permiten ser vulnerables y se permiten ser amados.
5. Y el perdón, más que restituir puede ayudar a cambiar a quien lo recibe (y a quien lo da), porque nos permite encararnos con nosotros mismos.
a. Quizás por eso a veces nos dé miedo perdonar y ser perdonados en serio. Y quizás por eso, porque mucha gente ha experimentado tan poco perdón en su vida que ser honesto les plantea una terrible amenaza.
b. Más aún cuando se trata de una culpa corporativa, más difícil de enfrentar por lo difícil de cuantificar responsabilidad.
c. De nuevo aquí no hay soluciones aritméticas. Solo la gracia dada y recibida puede ser la base de reconciliación
6. El teólogo australiano citado acaba formulando a modo de pregunta lo que podemos aquí afirmar: Ninguna circunstancia justifica el cese del amor. Eso solo inspira venganza de ambas partes y de ahí viene la espiral de la violencia, a nivel micro o macro. La falta de gratuidad para donar y per-donar, invita al miedo, que se transforma en odio irracional, tanto es el dolor y la soledad que nos afligen y que pueden ser fuente de odio fuera del marco de la gracia. Pablo, en la 2ª lectura de hoy empiueza diciendo: “A nadie deban nada, más que amor”.

Son, creo, elementos importantes de reflexión, para afinar nuestra visión. Quizás en los casos concretos se nos haga difícil su traducción.

31 agosto, 2008

22 domingo tiempo ordinario

22º domingo t.o., 31 ago. 08
Lect.: Jer 20: 7 – 9; Rom 12: 1 – 2; Mt 16: 2 – 27


1. Hoy les tengo que pedir que hagamos un esfuerzo especial para captar el mensaje del evangelio, no porque sea especialmente difícil, sino porque es uno de esos llamados de Jesús al que le damos interpretaciones que se quedan cortas e incompletas, pero que repetimos tantas veces que resulta difícil releer el evangelio y recuperar con frescura su mensaje original. El llamado al que me refiero es el que dice: “El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. ¿Cómo hemos entendido esta invitación de Jesús? Hay tres interpretaciones frecuentes que dejan muy corto el sentido del texto. 1ª, entendemos que “tomar la cruz” es asumir mortificaciones —voluntarias e involuntarias— y ofrecerlas por nuestros pecados. No podemos ser mártires condenados a muerte, pero podemos morir a pellizcos. Muchas veces hemos entendido así nuestra vida espiritual. Una 2ª forma: cuando pensamos que la “cruz” es lo que cuesta comportarse moralmente: reprimir nuestro mal genio, controlar nuestra tendencia sexual, no abusar del licor y los placeres. Una 3ª, en fin, es cuando pensamos en identificarnos místicamente con Jesús, por ej. desde nuestro lecho de enfermos, y transfigurar nuestro sufrimiento en unión con el de Cristo. No es que estas tres interpretaciones sean falsas. Pero se quedan cortas, incompletas y pueden conducir a prácticas erróneas. ¿Qué quiere decir entonces tomar la cruz de Cristo y seguirle? No vamos a inventar nada; preguntémonos qué significó para Jesús “negarse a sí mismo” y “tomar la cruz”.
2. La negación de sí mismo la realizó Jesús a lo largo de toda su vida. El momento de su condena a muerte en la cruz solo fue la culminación de todo un proceso. Tratemos de ponernos en los zapatos de Jesús y de verlo con los ojos de Pedro, para entender en qué consistió la “negación de sí mismo”. 1º Jesús se destacaba como un gran rabino, excelente pedagogo. Exitoso. Podía haber sido verdaderamente un “ganador”, en el espacio del templo y la sinagoga. Haberse ubicado bien, ganar dinero, mantener a sus padres, abrirles camino al resto de su familia y todo esto sin dejar de ser un judío cumplidor, moralmente correcto. Podía haber reunido a sus discípulos para ayudarles a vivir también como él, con principios morales y, a algunos, con posibilidades también de convertirse en nuevos rabinos. 2º Jesús, además, se mostró como un gran líder, con gran carisma. Podía haber sido el mesías como lo esperaban los judíos, iniciar una gran rebelión contra los romanos. Podía haber sido, al menos, el gran líder de un movimiento reformador del judaísmo como el de los fariseos, saduceos o de los esenios. De nuevo, sin dejar de ser un gran cumplidor de la ley, un ejemplo de moralidad y vida religiosa. Estas estupendas posibilidades de vida fueron las que Jesús negó a lo largo de toda su vida y hasta el momento del calvario. Esta negación es la que Pedro y el resto de los discípulos no entienden.
3. ¿Por qué niega Jesús todos estos caminos de supuesto éxito? Resulta incomprensible a primera vista porque en cualquiera de ellos hubiera podido ayudar mucho a los demás. Sin embargo, siguiendo esos caminos Jesús simplemente se hubiera “ajustado a su mundo”, como dice Pablo en la 2ª lectura. O, en lenguaje de Mt, hubiera querido “salvar su vida”, es decir, planear su desarrollo y su futuro conforme a los valores existentes en la sociedad, adaptarse a lo que su propia mentalidad personal y las ideas de su época le hacían ver como lo más valioso. Pero Jesús entiende, y más que entender confía plenamente en que su Padre, que lo amó intensamente, es quien mejor sabe lo qué el debe ser y hacer. Confía en que negando la visión prevaleciente de cómo tener éxito en el mundo, abriéndose a “pensar como Dios”, es como realmente salvará su vida, es decir, logrará hacerla como su Padre con amor la ha pensado y la ha amado desde siempre. Aunque eso le lleve a ser un “hazmerreír” de otros, como dice Jeremías. Con lenguaje sacerdotal Pablo dice que esta entrega de lo que uno cree ser, como una hostia presentada al Padre misericordioso, es el verdadero culto que podemos celebrar.
4. A lo que Mt nos invita es a seguir a Jesús en ese mismo camino de negación para afirmar lo que realmente somos en la mente y la voluntad de Dios. No dejarnos engañar por las falsas imágenes que hemos construido de nosotros mismos, ni por los ideales morales, religiosos, legales, que asumimos sin ver que no representan más que convenientes comportamientos para tener éxito social, o financiero en la sociedad. Seguir el Camino no es tarea fácil. Es más difícil que practicar mortificaciones o pequeñas renuncias. Requiere un proceso de transformación, de ir aprendiendo a discernir, dice Pablo, la voluntad de Dios que nos hace cada vez más maduros en descubrir y en aceptar lo que cada uno de nosotros es en el corazón de Dios. Un proceso largo y dedicado. Pero lo importante es descubrir que este es el camino.Ω

24 agosto, 2008

21o domingo tiempo ordinario

21º domingo t.o., 24 ago. 08
Lect.: Is 22: 19 – 23; Rom 11: 33 – 36; Mt 16: 13 – 20


1. A menudo, el ambiente de discusión en torno a un tema, hace que por defender posiciones opuestas sobre el mismo, en el calor del debate se vayan perdiendo de vista aspectos del asunto que, a la larga pueden ser más importantes que lo que se sigue discutiendo. Eso pasa, por ejemplo, en torno a este texto de Mt. Por el interés en dar buena organización a la Iglesia, —importante pero no lo esencial del evangelio—, ha dado lugar a largas e interminables controversias entre católicos, ortodoxos y protestantes sobre el papado y el papel del obispo de Roma que, probablemente no se van a resolver pronto y quizás no tengan tanta trascendencia para nuestra vida espiritual y nuestra acción como cristianos. En cambio hay tres aspectos en el texto de Mt que, independientemente del debate sobre el papado vale la pena subrayar.
2. El 1º es la afirmación de que la Iglesia se construye sobre roca. Se trata de una metáfora bíblica riquísima. Todo el A.T. había comparado constantemente al Dios de Israel con una roca. Entre otras razones primero, por la idea de fortaleza, de permanencia. Dios no falla jamás, es totalmente digno de confianza, no es caprichoso, ni arbitrario. Es por completo digno de confianza. Una segunda comparación, muy cercana, es la de protección, refugio, seguridad. Así como algunos pueblos en la antigüedad se habían refugiado en cuevas o, aún más, construido sus ciudades y fortalezas rocosas, la idea bíblica es que quien habita en Dios es como si habitara en una fortaleza inexpugnable. Nada ni nadie lo puede amenazar. Y ese refugio es para todos. Esta metáfora pega con la de las llaves. Jesús había criticado a escribas y fariseos porque cerraban la puerta del Reino a la gente sencilla. Ni entraban ellos, ni dejaban entrar a los demás. En cambio da las llaves a Pedro, y a los apóstoles, para que abran las puertas del Reino a todos.
3. En fin, el otro aspecto importante del texto de Mt se refiere a la confesión de Pedro. Lo importante no es que fuera única. Casualmente hace un par de semanas vimos que la misma confesión la habían hecho todos los que iban en la barca cuando Jesús se acercó caminando sobre las aguas. Lo importante que Mt quiere recalcar es que esa confesión de Pedro no se la ha revelado “nadie de carne y hueso”, sino solo el Padre. Es decir, que el acto de confianza total que uno pone en Dios con la fe no es resultado de un esfuerzo humano, sino que es fruto de la gratuidad de Dios. Un don de su generosidad que nos entrega a todos.
4. Más allá, pues, del debate sobre el papado y el primado del Obispo de Roma, aquí se nos recuerda una visión clave sobre la vida y misión de la Iglesia, aplicable al Papa, a los Obispos y a toda la comunidad cristiana. El cuadro que pinta Mt es el de una comunidad que ha recibido el don de la fe y la confianza en Dios, por pura gracia. Construida sobre roca, metida en la fortaleza misma de Dios, contando con absoluta confianza en el poder de Dios, nada de esto lo tiene por mérito ni esfuerzo propios. Es pura gracia de Dios, que no es privilegiada además. La tiene para compartirla, para entregarla a todos, para que todas las personas y naciones descubran a Dios como su roca y salvación. La Iglesia no está para poner trabas y obstáculos en la búsqueda de la verdad y del amor que las personas hacen según caminos múltiples, sino para valorar todos esos caminos y apoyarlos. Nada más lejos de la misión de la Iglesia que convertirse en una institución burocrática más, o peor aún, en uno de esos poderes negativos de los que le ha prometido librarla, y que acaban poniendo a las personas a su servicio, en vez de estar al servicio de todos.
5. Una vez más, es la participación en la eucaristía, que hace presente en nosotros la entrega incondicional de Jesús, la que marca el espíritu con que debemos definir nuestra misión, la de ser cada uno piedra viva, tallada por la mano de Dios, para construir la Iglesia, como comunidad de todos.Ω

17 agosto, 2008

20º domingo tiempo ordinario

20º domingo t.o., 17 ago. 08
Lect.: Is 56: 1. 6 -7; Rom 11: 13 – 15. 29 -32; Mt 15: 21 – 28


1. Cuando los de mi generación nos criábamos, CR oficialmente era un país predominantemente católico. Además éramos católicos bastante homogéneos. Abuelos, papás y jóvenes todos coincidían en prácticas y creencias de lo que confesábamos como religión verdadera, aunque falláramos en cumplirla. A la mayoría de los sacerdotes religiosos, españoles, italianos, alemanes y norteamericanos, se les consideraba de mejor preparación que la mayoría de los locales. Y se aceptaba su manera de entender lo católico como la más correcta. Por otra parte, a los protestantes y evangélicos se les veía de manera negativa. A veces se les atacaba, a veces se les tenía lástima. Se pedía por su conversión a la única religión verdadera, como también se pedía para los judíos que eran casi la única otra religión existente en el país, resultado de migraciones desde Europa. De masones y otros grupos semejantes, apenas se sabía lo que eran, y se les decía enemigos de la Iglesia, como se veía también a los comunistas ateos. Y así era de sencillo nuestro mundo religioso. En nada parecido al nuestro de hoy. No solo ha cambiado nuestra sociedad costarricense, sino que a través de los MCS de continuo nos entran por las pantallas de TV e Internet, sobre todo, un mosaico de diversidad enorme en materia de creencias e increencias. Dentro de nuestro país, los católicos seguimos siendo una mayoría, pero ya no tan apabullante como antes. Y dentro de los mismos católicos hay bastantes diferencias en el modo de entender y practicar la fe. Hay, además, mucha más clara conciencia de que nuestra manera de ser católicos latinoamericanos es bastante distante de formas conservadoras españolas e italianas sobre todo, que a menudo nos siguen llegando ya no tanto por misioneros como por movimientos apostólicos y otras organizaciones nacidas en situaciones culturales muy distintas de la nuestras. Y nos damos cada vez más cuenta de que otras religiones —musulmanes, hindúes, budistas, y otros— cuentan también con mucha gente devota y honesta y suman dos tercios de la humanidad.
2. ¿Qué pensar de esta transformación? En el texto de Mt de hoy una mujer pagana se le acerca a Jesús para pedirle un favor para su hija. La reacción negativa inicial de Jesús no debe sorprendernos. Jesús, verdadero ser humano, es hijo también de su época y su cultura. Es un verdadero judío observante. Los judíos se consideraban la única religión verdadera y consideraban a los paganos, como animales, como perros. Por eso Jesús rechaza al principio su petición. Él ha venido para los verdaderos hijos de Dios, los judíos. Para colmos, se trataba de una mujer, que como sabemos era subvalorada en aquellas sociedades. Pero muy pronto Jesús va a cambiar de posición, forzado por la extraordinaria actitud de aquella mujer. Esta no se da por vencida. No se siente mal por haber sido comparada con un perro. Percibe en Jesús la presencia del Dios generoso, padre de todos, que da y reparte sus dones no por los méritos de nadie, sino de manera gratuita, por su propia bondad y misericordia. Y apela a este Dios. Jesús, con su gran sensibilidad, comprende que aquella actitud de la mujer refleja el rostro de su Padre, comprende que la humildad, la disponibilidad de la mujer, se corresponden con la gratuidad de Dios. Y entonces, a esa mujer que acababa de comparar con un animal, que no era de la religión oficial, le dice “¡grande es tu fe! Hágase como deseas”.
3. Dos cosas nos quedan claros de este episodio. Primero, el tema que debe preocuparnos no es cuál es la religión verdadera, sino cuál es la manera verdadera de vivir la religión. Y lo esencial de esa forma verdadera de vivir la religión se refleja en la actitud de esa mujer. Jesús lo llama “fe”, pero está claro que no se refiere a aceptación de un paquete de doctrinas ni de vinculación a una organización religiosa. Es algo que puede encontrarse en diversas tradiciones religiosas. Es esa actitud espiritual de desprendimiento y confianza que hace que una persona se ponga por completo en manos del Padre, sabiendo que todo viene de Él. Y, la 2ª cosa que nos queda clara, aunque sorprenda, es que la fuerza de la divinidad habita y actúa en todo el que tiene esa actitud de fe. Al punto de que se hace en ella como ella desea. Es la fuerza de Dios en ella misma la que opera. Jesús mismo aprendió estas lecciones y, sobre todo les costó aprender a las 1ª comunidades. Hoy se nos invita a nosotros a hacer este mismo aprendizaje. Ω

10 agosto, 2008

19o domingo tiempo ordinario

19º domingo, t.o., 10 ago. 08
Lect.: 1 Reg 19: 9 a. 11 – 13 a; Rom 9: 1 – 5; Mt14: 22 – 33


1. A menudo leemos tan precipitadamente la SE que más que poner atención a lo que dice, le hacemos decir lo que ya teníamos en mente y que, quizás, se nos ha repetido rutinariamente por años. Eso creo que pasa, por ejemplo, en este texto de Mt hoy. Es como tantos otros, un texto teológico de gran simbolismo. Pero, ¿en qué consiste el símbolo? La mayoría de las veces, incluso comentaristas instruidos nos vienen a decir que aquella tormenta era símbolo de las muchas tormentas que padecemos en la vida, y toman el texto para hablar de cómo Dios nos ayuda a vencer los miedos así como Jesús ayudó a los discípulos a vencer el miedo a la tormenta. Demasiado fácil la comparación. Pero, ¡atención!, leamos más despacio. Esto no es lo que dice al menos este texto. No habla de que aquellos pescadores, hombres de mar, acostumbrados al oleaje y al mal clima, estuvieran aterrorizados por la sacudida de las olas y el viento contrario. No sería un buen símbolo, hablando de curtidos hombres de mar. Lo que dice el texto es que los discípulos se asustaron y gritaron de miedo cuando en la madrugada se les acercó Jesús caminando sobre las aguas. Entraron en pánico creyendo que era un fantasma. El miedo no es por la tormenta. El miedo es por la forma inesperada en que se les presenta Jesús. Lo que posiblemente se nos quiere hacer ver con el relato es cómo la manifestación de la presencia de Dios en nuestra vida, sean cuales sean las circunstancias, es distinta de como solemos imaginarla. Es mucho menos truculenta, menos dramática y cinematográfica que lo que uno tiende a pensar. La 1ª lectura es una pieza maravillosa que ilustra la misma idea. La palabra de Dios se dirige a Elías, refugiado en una cueva, y le dice que salga, que se ponga en el monte ante Yavé. Y el texto recalca que Yavé pasó. Pero Elías no lo puede percibir ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, porque no estaba en esos fenómenos extraordinarios. Después de todos estos, se oye el susurro de una brisa suave y ahí Elías se cubre, sintiendo la presencia de Dios.
2. A los primeros discípulos de Jesús les cuesta entender el nuevo planteamiento que él enseña sobre la presencia de Dios. En los texto paralelos de Mc y Jn se subraya que los discípulos no habían entendido lo de los milagros de los panes. Jesús mismo los regaña porque no entienden que eso de los milagros eran señales, llamadas de atención para enfocar las cosas de una manera diferente. Los regaña porque lo seguían por lo espectacular del milagro y lo útil para satisfacer sus necesidades. Y, en cambio, lo importante era descubrir en lo cotidiano la presencia del eterno. Donde no se espera, en el suave susurro que esta dentro de los acontecimientos de la vida diaria, la presencia de Dios. Es en estos acontecimientos diarios donde se nos da de manera sencilla el pan que permanece para la vida del eterno. Curiosamente, pareciera que nos da más miedo aceptar que Dios irrumpe suavemente en cualquier momento de nuestra vida. Quizás porque nos da miedo, nos sobrecoge, nos da profundo respeto y admiración aceptar que en cada momento nosotros imperfectos y débiles estamos sumergidos en él. Nos atemoriza descubrir la vida humana tan frágil como templo de la divinidad. No nos resulta fácil entender que podemos encontrar ese suave susurro de lo divino, tanto en los momentos fáciles como en los difíciles de nuestra vida; tanto en lo que construimos como en lo que parece que nos destruye. Incluso en la enfermedad y en la muerte. Sobre todo nos causa inseguridad pensar que no somos nosotros los que controlamos nuestra propia vida. Que nuestra felicidad depende de algo gratuito que está en nosotros. Para una mentalidad acostumbrada a separar lo espiritual de lo material, lo humano de lo divino, da miedo un Dios tan cercano que se hace plenamente humano. Asusta el pensamiento como una blasfemia. Y asusta en sus consecuencias prácticas. Pero es la fe en ese Dios de Jesús, lo que reafirmamos consolidando cada domingo la comunión con su cuerpo y sangre.Ω

03 agosto, 2008

18o domingo tiempo ordinario

18º domingo t.o., 3 ago. 08
Lect.: Is 55: 1 – 3; Rom 8: 35. 37 – 39; Mt 14: 13 – 21


1. No hay quien, entre nosotros adultos, no se haya dado cuenta de la subida de precios de los alimentos. Los que, además, hayan escuchado la información de la prensa, se han podido enterar de algunas de las causas y dimensiones del problema. En primer lugar, que hay muchísimas familias, alrededor del mundo, unos 290 millones de personas pobres que pueden ser más afectados vitalmente, agudizándose su problema de hambre y desnutrición. Ya en 34 países ha habido motines y revueltas. Se trata de un problema internacional, de subida de precios de alimentos básicos, como el arroz, el maíz y el trigo y, en consecuencia, de todos los demás productos derivados o dependientes de estos alimentos. Los que se han informado del asunto habrán podido entender algo bien llamativo: la subida de precios no se debe esta vez a una escasez, no principalmente. La producción mundial es muy grande. Pero el uso de granos en biocombustibles, el impacto de la crisis del petróleo, los mecanismos de distribución muestran que las vías de acceso a alimentos en la forma como nuestra sociedad ha organizado la economía no son racionales, no son humanas. Estás marcadas por unas relaciones de poder, y por unos objetivos de grandes empresas transnacionales que no priorizan las necesidades básicas de los seres humanos.
2. En el texto evangélico de hoy, Mt habla de una multitud de personas que siguen a Jesús y que tienen necesidad de comer. La reacción de los discípulos es despedir a la gente para que cada uno se la juegue como pueda, para que busquen cómo comprar comida. La frase que Jesús dirige a los discípulos es desconcertante: “Denles Uds. de comer”. Más allá de la anécdota que narra este texto, más allá de preguntarse si realmente Jesús realizó o no el milagro, lo que importa es entender que en todos los evangelios las comidas, los banquetes en los que participó Jesús o los que usó en sus parábolas, son símbolos centrales de la transformación que debe traer al mundo la vivencia del reino de Dios. La plenitud de vida, el nuevo nacimiento al que Jesús invita, conlleva una nueva forma de relacionarse las personas y los pueblos, que reflejen la abundancia de la generosidad del mismo Dios, y que se simboliza en un banquete del que todos participan hasta saciarse. También para Isaías, en la 1ª lectura, la convivencia humana transformada por la fuerza de Dios, se simboliza en una nueva situación en la que pueden calmar su sed y su hambre incluso quienes no tienen cómo pagarlo. En la medida en que nos convertimos y nos dejamos llevar por la espiritualidad del reino de Dios, nos hacemos capaces de desposeernos de nuestro egocentrismo, de compartir lo que somos y tenemos y de incorporar a una nueva vida de fraternidad a quienes más han sido excluidos de los bienes de este mundo.
3. En momentos de crisis, es muy grande la tentación de cerrarse en torno a las propias necesidades y de volver las espaldas a las de los demás. No existe excusa para hacerlo. No para nosotros cristianos. Si nuestra conversión a Cristo es auténtica, como dice Pablo en la 2ª lectura, ni la aflicción, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, nos pueden apartar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta crisis de precios de alimentos puede ser un momento clave para comprobar la autenticidad de nuestra vida espiritual como personas, como gobiernos, como pueblos. Participar en esta mesa de la eucaristía es el gran símbolo de por dónde debe apuntar nuestro compromiso cristiano.Ω

27 julio, 2008

17o domingo tiempo ordinario

17º domingo t.o., 27 jul. 08
Lect.: 1 Reg 3. 5. 7 – 12; Rom 8: 23 – 28; Mt 13: 44 – 52


1. No se si todavía se acostumbra a hacer fiestas sorpresa, “asaltos” lo llamábamos hace unos años. Un cumpleaños, todos los amigos y familiares puestos de acuerdo, invaden la casa, cada uno con un plato y regalo, la cumpleañera no sabe nada, llega del trabajo, incluso resentida porque muchos cercanos no la han llamado en todo el día, abre la puerta, la casa a oscuras, solo ve bultos en la penumbra, y de repente, ¡todas las luces se prenden, todos salen de su escondite, la música suena, todos ríen, cantan, la abrazan y besan, el espacio se transforma ¡y empieza la fiesta! Se me ocurre esta comparación, pensando en el reino de Dios. Está aquí, estamos en él, nos rodea, incluye a todos los que queremos y a los que podemos querer, pero no se nos han prendido las luces y no lo vemos todavía, no caemos en la cuenta que ya está aquí y ahora. En el momento en que se ilumina todo, en que se cae la venda de nuestros ojos, esas escamas de los ojos dice Pablo que no le permitían ver, descubrimos que donde estamos no es en un lugar triste, un cumpleaños que olvidaron felicitarnos, no es un valle de lágrimas, no un campo de competencia desleal y salvaje, sino que es una verdadera fiesta, una experiencia plena de compañerismo, de amor, de alegría, de placer, donde experimentamos solidaridad, comunión, identificación. Una experiencia así de maravillosa, un descubrimiento tan grande que cambia nuestra percepción de lo que nos rodea, de los demás, de lo que nosotros mismos somos; vale lo que vale el descubrimiento de un tesoro, de una perla o un diamante del máximo precio. Por eso, en la primera lectura, Salomón no pide a Dios más que el conocimiento, la sabiduría, el discernimiento, el corazón sabio e inteligente. Está pidiendo que le enciendan las luces. Que pueda ver y escuchar. Esta iluminación es lo que le permite ver en profundidad y relacionarnos con todo y con todos de manera distinta.
2. El reino de los cielos, dice Mt, se parece a un tesoro escondido en el campo, y a un comerciante de perlas finas que encuentra una de gran valor. En ambos casos, el hallazgo hace que el trabajador del campo y el comerciante vendan todo lo que tienen para comprar el campo o la perla, porque consideran que no hay nada más valioso que se le pueda comparar. No sé qué consideran Uds. que es lo más valioso que podrían tener en la vida. No sé si han aspirado a grandes comodidades, u otras formas de felicidad. Pensemos. El evangelio lo que quiere es que echemos a volar la imaginación y que pensemos que más grande, más valioso que todo lo que se nos pueda ocurrir como imaginación, es eso que Jesús llama el Reino de Dios. Tan grande, que también debería provocar en nosotros la gana y la decisión de vender todo lo que tenemos —es una manera de hablar— para adquirir ese reino, en el que estamos y no nos damos cuenta.
3. Cuando el evangelio habla de “vender todo lo que se tiene” para adquirir ese tesoro, está hablando de “todo”. Es decir, todas las demás cosas son medios, instrumentos de valor relativo, en comparación al Reino. A veces nos equivocamos y pensamos que la Iglesia es lo central, que el Papa, los Obispos, los sacerdotes, las doctrinas, las teologías, las prácticas religiosas son lo central. Pero no es así. Todo así tiene valor y sirve, claro, pero solo en la medida en que puede ayudarnos y conducirnos a descubrir el tesoro y la perla. Por desgracia, no siempre ayudan y a veces pretenden sustituirlo.
4. Por eso, probablemente, es por lo que Dios dio a Salomón un corazón sabio e inteligente. Por eso es que podemos considerar el gran tesoro como una iluminación para ver lo que está aquí y no vemos, para poder entender el verdadero valor de cada persona, de cada situación y de cada cosa, de nosotros mismos, y poder así relacionarnos con todo y con todos como lo que somos, una sola realidad en el Dios que habita en todos.Ω

22 julio, 2008

16o domingo tiempo ordinario

16º domingo t.o., 20 jul. 08
Lect.: Sap 12: 13. 16 – 19; Rom 8: 26 – 27; Mt 13: 24-43


1. Hay dos formas típicas de inmadurez y de inseguridad en las que a veces caemos, —personas y grupos— cuando nos topamos con las dificultades de la vida diaria. Una primera es la de imaginar un mundo en el que, como en las películas de aventuras, hay buenos y malos —nosotros, por supuesto estaríamos en la lista de los buenos— y si algo malo nos pasa, o le pasa a nuestra familia o a nuestro país, culpabilizamos a otros de todo eso malo que (nos) sucede. Tenemos ejemplos en el orden político (Bush, Occidente, el “no nos dejan gobernar”, o “solo restan, no suman” de políticos locales…) y también en el plano personal (ante fracasos en el trabajo, o en las relaciones…). Es un comportamiento incapaz de asumir responsabilidades y temeroso de descubrir el posible “lado oscuro” que cada uno de nosotros también tiene. La otra forma de inmadurez, contraria en alguna medida, es la de cerrar los ojos a todo lo malo, a lo injusto que existe. Ver la vida con lentes color de rosa. Es una actitud a veces ingenua y a veces mal intencionada (porque trata de mantener las cosas como están, si de eso uno se beneficia). Pretende que lo negativo que se puede percibir no es nada en comparación a lo positivo, o que todo el mundo tiene buena intención pero que, en fin, “así es la naturaleza humana, el pecado original”, o que “no hay que dejar de creer en que el Diablo existe”. Es también un comportamiento irresponsable, incapaz de asumir las tareas factibles de transformar lo que hay que transformar en uno mismo y en la sociedad que nos rodea.
2. Las lecturas de hoy nos dan una visión distinta de la realidad que nos ayuda a superar esos dos comportamientos inmaduros. Lo primero que nos hace ver Mt es que el Reino de los Cielos, que ya está en medio de nosotros no es color de rosa. Se parece a un campo con trigo y con mala hierba. Ojo, habla del Reino, no del “mundo malo”. Quizás, precisamente porque habla del Reino, lo que aparece como “mala hierba” no debe ser arrancada antes de tiempo. Es tan similar al trigo, que se confunde con él. Pareciera que se nos está diciendo que en todo comportamiento humano lo luminoso y lo oscuro se enredan, que ese mismo enredo tiene sentido, y que lleva tiempo, lleva un proceso, el que finalmente se separen y quede bien definido el grano bueno. Y esto tiene función en el reino.
3. No se fomenta con esto ningún tipo de alcahuetería, ningún conformismo con las cosas como existen. El evangelio tan solo trata de evitar las actitudes intolerantes, destructivas que tratan de arrancar la cizaña a como haya lugar, sobre todo que tratan de clasificar las personas en trigo y cizaña, buenos y malos. Mt no dice más, pero Pablo en la 2ª lectura nos da un aporte que puede orientarnos en este caso. Dice que nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene —podemos añadir, que por tanto tampoco sabemos qué conviene hacer exactamente en muchas situaciones en que lo positivo y lo negativo se mezclan—. Nosotros no sabemos pero entonces el mismo Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad y que el que escudriña su corazón descubrirá el deseo del Espíritu. Es decir, se nos presenta aquí una manera de ver al ser humano con todas sus limitaciones pero, al mismo tiempo, con todas sus grandezas. No solo estamos rodeados e incluso invadidos de elementos negativos, también corremos el riesgo de imprudencias —sobre todo con los demás—, de no juzgar con moderación como dice la 1ª lectura. Sin embargo, en la medida en que nos damos cuenta de la presencia en nosotros del mismo Espíritu de Dios, podemos dejar que sea él quien lleve las riendas de nuestra propia transformación y que nos haga capaces de contribuir a la transformación de lo que nos rodea. Es cuestión de dejarlo actuar, despojándonos de nuestro ego, para que él vaya eliminando los obstáculos que impiden que brote en nosotros la fuente de agua viva. Somos como el trozo de mármol que tiene “encerrada” una escultura artística que puede salir a la luz si con humildad dejamos que la acción del Espíritu la vaya liberando.Ω

13 julio, 2008

15o domingo tiempo ordinario

15º domingo t.o. 13 jul. 08
Lect.: Is 55: 10 – 11; Rom 8: 18 – 23; Mt 13: 1 – 23


1. Un dicho antiguo afirma que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jn mismo nos narra aquella historia en la que el ciego de nacimiento llega a ver mejor que los fariseos que se decían videntes. Podríamos hoy corregir un poquito el dicho para destacar que ese “no querer ver” lo que significa es que todos tenemos, por una u otra razón, impedimentos para poder ver y entender las cosas como son. No me refiero a la capacidad intelectual que, en promedio, permite entender lo importante de la vida. Hay otras cosas que ciegan nuestro entendimiento. A veces son las “pasiones” que obsesionan y enturbian la visión. Por ej., uno muy enojado con alguien es incapaz de ver ningún detalle positivo en la otra persona. O alguien, cegado por la codicia no ve a quién está atropellando para ganar dinero, o qué principios está quebrantando. Otras veces, excitados por la necesidad sexual, y con la posibilidad de una aventura, se pierden de vista el sentido de respeto por la familia. No siempre son las pasiones. También la propia posición social, la comodidad de vida, puede incapacitar para entender las penurias que pasan los pobres. Por eso oímos frases diciendo que “el que es pobre es porque quiere”, o que “el que no tiene trabajo es un vagabundo”. O cuando se dice: “los pobres tienen que tener paciencia, porque la economía no cambia de la noche a la mañana”. Son frases que lo que revelan es la insensibilidad frente a las necesidades de los demás, a la que se puede llegar cuando todo lo que a uno lo rodean son ganancias, comodidades y lujos.
2. Estas experiencias nos dan una idea de que ver la realidad no consiste tan solo en abrir los ojos. Exige un aprendizaje y una verdadera conversión del corazón para cambiar de perspectiva. Pero este aprender a ver es más exigente aún cuando uno cae en la cuenta no solo de las propias limitaciones que tenemos para ver, sino cuando uno entiende que la realidad de la vida es más rica de lo que preveemos y no se agota con los pequeños esfuerzos del conocimiento humano. Incluso la ciencia va evolucionando muy poco a poco. Nos queda muchísimo por aprender y no podemos dar valor absoluto a las cosas que sabemos en el s. XXI. Para quienes queremos ser cristianos, además, la realidad de la vida tiene dimensiones que trascienden incluso lo que la misma ciencia puede captar, aunque no la contradigan. Para nosotros, ese hecho extraordinario que llamamos la “encarnación del hijo de Dios”, no solo nos revela la condición divina de Jesús de Nazaret, sino que nos revela también la presencia de lo divino en cada uno de nosotros, en nuestra historia, en todo lo que nos rodea. Si aceptamos esto, tenemos que aceptar entonces que tenemos que aprender a ver de manera distinta la realidad en la que estamos sumergidos. Tenemos que aprender a afinar nuestra vista y oído para descubrir y percibir ese reino de Dios que ya está en medio de nosotros. Tenemos que cambiar de perspectiva, porque la manera rutinaria, habitual de ver las cosas es miope, ciega para ver las dimensiones profundas de nuestra vida en Dios.
3. Los discípulos, en Mt hoy, le preguntan a Jesús por qué habla en parábolas a la gente. Conforme a lo dicho podemos afirmar que hay dos razones para que Jesús hable en parábolas, en comparaciones, en símbolos. Una es que los conceptos científicos habituales no captan todas las dimensiones de la vida. El arte, por ejemplo, nos pone en comunicación o, al menos, nos abre a dimensiones de la realidad más allá de los esquemas analíticos convencionales. De manera parecida, el lenguaje simbólico, las parábolas nos permiten intuir otras dimensiones de la realidad que a menudo no vemos. Pero la otra razón por la que Jesús habla en parábolas es porque las parábolas son ejemplos tomados de la vida ordinaria. Y Jesús quiere mostrarnos que esta vida ordinaria está llena de la presencia de Dios. Jesús no es como el Maestro tradicional que solo sabe hablar del libro —aunque éste sea la Biblia. Jesús sabe leer en las cosas de la vida diaria, la presencia y la palabra de Dios y quiere que nosotros aprendamos a hacer lo mismo.Ω

06 julio, 2008

14o domingo tiempo ordinario

14º domingo t.o., 6 jul. 08
Lect.: Zac 9: 9-10; Rom 8: 9. 11 – 13; Mt 11: 25 – 30


1. Voy a empezar hoy constatando algo desagradable, algo que nos puede molestar y que no quisiéramos que fuera así: La mayoría de los que estamos aquí, somos capaces de cometer las peores barbaridades. Podríamos hacer daño a los demás y a nosotros mismos. No les suene exagerado: podrían nuestros nombres aparecer en páginas de sucesos de los periódicos, como autores de fraudes, robos, violencia doméstica y sexual, y cosas peores. Somos capaces de todo eso. Y si Uds. me dicen que no lo hacemos, porque tenemos un buen nivel educativo, o porque vivimos en un buen ambiente social, con un nivel económico medio, es cierto. Pero hay gente que ha alcanzado mayor nivel educativo y que vive en un ambiente de mayor confort y siguen cometiendo barbaridades: por ejemplo, acumulando bienes y posesiones de modo egoísta, sin preocuparse si afectan la vida de otros; o utilizando puestos políticos para su propio beneficio o de sus seguidores. Cometen barbaridades peores, solo que con más “elegancia” y disimulo. Repito: nosotros, en circunstancias parecidas, podríamos cometer barbaridades parecidas. Todo esto es lo que san Pablo llama “el pecado que habita en nosotros”.
2. Si nuestra existencia se redujera a eso, sería muy triste. No nos quedaría más remedio que dedicarnos a combatir esas fuerzas del pecado, a tratar de cumplir los mandamientos, a frustrarnos por nuestros fallos y debilidades y a esperar la vida del más allá para descansar de tanto sufrimiento. Lo triste es que, a menudo, vivimos como si toda la existencia humana no fuera más que eso. Es cierto que el pecado, esa capacidad de actuar destructivamente, habita en nosotros. Pero hay algo mucho más grande en nosotros. El domingo pasado Pablo nos recordaba que por el bautismo hemos resucitado en Cristo a una vida nueva. Y hoy nos dice una frase contundente: Uds. ya no están en la carne, sino en el Espíritu, porque el Espíritu de Dios habita en Uds. No está simplemente dándonos ánimos. Está hablando de nuestra vida real. Tan real como es que en nosotros habitan esas fuerzas de pecado, más real y más fuerte, en nosotros habita el Espíritu, la fuerza de Dios. Si solo estuvieran en nosotros las fuerzas del pecado, nos pasaríamos nuestra existencia, a la defensiva, esperando medio cumplir, para llegar al cielo. Pero lo que se nos revela en el evangelio es que la cosa no es pasar medio viviendo para llegar al cielo. El reto es descubrir el cielo, es decir, la presencia de Dios, que ya está en cada uno de nosotros. Si la cosa fuera desgastarnos cada día en peleas con bajos instintos y tendencias negativas, todo lo estaríamos enfocando solo al nivel de pequeñas modificaciones, de eliminar actitudes molestas de nuestro temperamento —como el mal genio—, o de dañinas adiciones, —como el alcoholismo. Pero la oferta que nos hace Cristo no es a pequeñas y parciales modificaciones, es a reestructurar por completo nuestra personalidad para alcanzar aquí y ahora ese nivel de calidad de vida de los hijos de Dios. En esto consiste eso que llamamos salvación: no en pasar como por encimita las dificultades de la vida, toreando las tentaciones. Es descubrir ese cielo, fuerza de Dios, esa vida eterna, es decir, “del eterno”, de la que participamos ya y dejar que nos vaya transformando día a día, en toda nuestra personalidad.
3. Pablo dice que nada en este mundo puede separarnos de esta realidad. Solo nosotros mismos podemos separarnos, como lo dice Jn, de participar aquí y ahora de esta vida abundante. Por eso la tarea espiritual principal consiste en irse desposeyendo de ese “yo” distorsionado que nos hace autosuficientes y egocentrados. De esa falsa sabiduría que es ceguera para descubrir nuestra realidad interior. Mt nos recuerda hoy que la sabiduría verdadera, el conocimiento real de nosotros mismos solo se da a los sencillos de corazón. A cualquiera de nosotros cuando abrimos nuestras manos para recibir con humildad el don de la vida en el Espíritu.Ω

04 julio, 2008

13o domingo tiempo ordinario.

13º domingo t.o., 29 jun. 08
Lect.: 2 Reg 4: 8 – 11; 14 – 16 a; Rom 6: 3 -4; 8 – 11; Mt 10: 37 – 42


1. Aunque hoy se celebra la fiesta de San Pedro y San Pablo, vamos a leer las lecturas del domingo correspondiente. Nos dan oportunidad de una reflexión más profunda, de una relación básica sobre la cual, por supuesto, también se construye la de la pertenencia a la Iglesia y la relación con el Papa. ---

Todos estamos claros de que llamamos “vida cristiana” a la que tratamos de vivir, por la relación que tenemos con Cristo. En lo que puede ser que estemos menos claros es en cómo entender esa relación. Damos por supuesto que ya lo entendemos y no nos esforzamos por reflexionar. Lo malo es que si la entendemos incorrectamente, nuestro comportamiento también lo será. ¿Cómo solemos entender esta relación? No tenemos esa relación, simplemente, por el hecho de pertenecer a la Iglesia, y estar unidos al Pontífice Romano. ¿Cómo, entonces? Lo más frecuente es pensar en Jesucristo como un mediador que se sacrificó por nosotros para que Dios nos perdonara el pecado original y, entonces, si nos portamos bien, si cumplimos sus mandamientos, podamos ganar el cielo. Otra forma complementaria de entenderla, es pensar en que Jesús es el gran maestro y modelo que nos enseña cómo vivir, y que nosotros estamos llamados a imitarlo. Y también pensamos a veces que el asunto es que Jesús se portó tan bien con nosotros que debemos corresponder portándonos bien con el prójimo. Así entendemos, por ej., el evangelio de hoy. Pero, de vez en cuando, vienen textos como el de Pablo hoy, a sornaguearnos y a ponernos a pensar en una forma distinta, muy radical, de entender nuestra relación con Cristo. Fijémonos que dice: hemos sido incorporados a Cristo, a su muerte, hemos sido sepultados con él, resucitamos con él. Aquí nos está hablando de una relación interna, muy íntima, que nos hace estar conectados como la vid y los sarmientos, diría Jn, como una sola planta, miembros de un solo cuerpo. Jn, también en su evangelio, nos habla de que el Padre habita en Jesús, Jesús y el Padre en nosotros, nosotros en él. Ya solo esto nos plantea todo un tema para meditar por largo tiempo: tenemos una forma de existencia humana distinta de la ordinaria, debido a la relación especial que vivimos con Cristo, y de ahí debe derivarse nuestro comportamiento diario.
2. Pero ¿Qué es lo especial de esa forma nueva de vida en Cristo? Este es el 2º y último punto que vamos a mencionar hoy. Esta existencia en Cristo nos hace participar de una dimensión muy importante de su vida. Lo esencial de esta es la de una actitud de total confianza en la gratuidad, la generosidad y el amor del Padre. Actitud que lleva ser también gratuito con todos en lo que uno es y tiene. Jesús no vive la relación con Dios como si fuera una relación de mercado, en la que hay que pagar por cualquier cosa que se recibe. Ese tipo de relación, válida en lo comercial, aplicada a la vida espiritual y al mundo de las relaciones humanas, solo genera desesperación, frustración, ante nuestras propias limitaciones que nos impiden corresponder y “pagar” la inmensidad de los dones de Dios. Jesús vive con la gran serenidad y libertad que le dan el confiar plenamente en la generosidad de Dios. Y, al mismo tiempo al unirnos a él, nos permite descubrir y activar en nosotros esa realidad del Cristo que cada uno de nosotros tiene, y que nos permite construir nuestra vida, nuestra existencia, sobre la base de esa confianza que nos hace libres, libres para reproducir en nosotros esa actitud de dar y recibir, no por ninguna obligación, sino por la alegría misma de participar en la vida de la gracia de Dios. En esto consiste nuestra vida cristiana.Ω

17 junio, 2008

11o domingo tiempo ordinario

11º domingo t.o., 15 jun. 08
Lect.: Ex 19: 2 – 6 a; Rom 5: 6 – 11; Mt 9: 36 – 10:8


1. A veces, cuando llega este domingo con esta lectura de Mt, ponemos todo el énfasis en la misión de Jesús a los doce y saltamos de inmediato a motivar a la oración por nuevas vocaciones sacerdotales. Esta manera de leer el evangelio tiene dos problemas. El primero, que el mensaje de Jesús fue recogido por una gran variedad de personas en su propio momento, y en las comunidades de los años siguientes, en Palestina y en en tierras de gentiles. No solo eran los que llaman los 12, también los 72 o los 500. No solo eran los cristianos de origen judío, también los de origen griego o pagano, o los itinerantes, o los de énfasis gnóstico. Es decir, la misión de Jesús iba dirigida a una gran pluralidad de discípulos y fue vivida de una manera muy variada. Nos equivocaríamos si pensamos solo en los presbíteros, y menos aún al estilo de sacerdotes católico romanos como los que conocemos hoy. Pero el otro problema de leer este texto de esta manera es el olvido de que lo más importante no es a quiénes se dirige sino en qué consiste la misión. Esto es, probablemente lo central: que los envía a proclamar un reino de Dios que está cerca, en medio de nosotros y que esta proclamación la ve como esencial para todos aquellas gentes a las que Jesús veía como extenuadas y abandonadas, sin un pastor que los sacara de esa situación.
2. En el momento en que Jesús predica, ante un pueblo de campesinos y pescadores muy pobres en su mayoría, en una época en que la ciencia y los servicios de salud no se han desarrollado, las altas tasas de mortalidad y de enfermedades no comprendidas, pesan sobre la población y las aterrorizan, la hacen sentirse “extenuada y abandonada”, a merced de problemas que no pueden combatir y que incluso interpretan a menudo como posesión de demonios o como hechos de poderes ocultos que pueden vencerse con otros poderes esotéricos más poderosos. Ante todo esa situación Jesús siente profunda compasión. No es el maestro teórico, ni el fariseo legalista a quien solo preocupa que la gente defienda la doctrina correcta o cumpla todos las reglas de la Ley. Es, principalmente, el rostro compasivo y misericordioso de Dios el que se manifiesta en Él y que le lleva a proclamar que el Reino de Dios, es decir, la presencia amorosa del Padre ya está cerca. Descubrir esta presencia cercana es aprender a ver la realidad con los ojos de Dios no solo con nuestros sentidos. Es vivir y enfrentar todos los problemas de la vida diaria y descubrir y combatir las raíces de esos problemas, de manera distinta. Es descubrir que la realidad no es solo lo que percibimos, es también reino de Dios.
3. Lo que Mt llama “reino de los Cielos” , y Mc y Lc “reino de Dios”, Jn lo llama “vida abundante”. Nosotros podríamos decir “plenitud de vida”. Jesús no quiere que nadie se pierda, que nadie se sienta exhausto, incapaz y solo, quiere que cada uno pueda alcanzar la plenitud de vida como imagen y semejanza de Dios, y además que descubra que tenemos muy cerca, en nosotros mismos el Espíritu de Dios que nos da esa plenitud. Proclamar esto es proclamar una “buena noticia”, y es necesario hacerlo tanto más cuanto las circunstancias que nos rodean afecta cada vez más negativamente la situación y el ánimo de muchos.
4. Esta proclamación es la misión de todo discípulo de Jesús. No solo de los presbíteros. Es una responsabilidad, sobre todo, de aquellos a quienes nos corresponde formar a las nuevas generaciones en la vida cristiana. Pienso hoy, de manera especial, en los padres de familia. Nada más maravilloso para pensar, como parte principal de la educación de sus hijos, que no quedarse en darles una educación y una disciplina. Ante todo y sobre todo, abrirles los ojos ante el inmenso horizonte que nos da el vernos a nosotros mismos y ver lo que nos rodea con los mismos ojos de Dios. Esto es lo que puede significar una verdadera transformación de calidad para los hijos y para cada uno de nosotros que nos atrevamos a vivirlo.Ω