25 mayo, 2014

6º domingo de Pascua

Lect.:   Hechos 8,5-8.14-17 ; I Pedro 3,15-18   Jn 14: 15-21


  1. Los textos de estos domingos de Pascua, uno tras otro nos vienen insistiendo, sin descanso, un mensaje claro: estamos inmersos en Cristo y Cristo en Dios. Y este es el punto de referencia clave de nuestra vida espiritual. Hace ocho días oíamos cómo Jesús reprendía a Felipe por seguir anclado en la creencia de que necesitaba que le mostraran al Padre. El Maestro le replica, ¿No se dan cuenta de que el Padre está en mí y yo en el Padre? Y recordábamos a Pablo que en Rom 6:9-10 expresa su fe de que la resurrección consiste en “Vivir en Dios y para Dios”; estamos sumergidos en la realidad del eterno. Es una forma nueva de existencia, el nivel más profundo de nuestra realidad humana, en la que la Buena Nueva nos dice, que superamos nuestra vida de encerramiento individual, y llegamos a descubrirnos viviendo en Cristo y en el Padre, y el Padre y Cristo en nosotros. Lo repito, este es el punto de referencia clave para ir creciendo en nuestra vida espiritual.
  2. Pero, claro, nos puede surgir la duda y la inquietud: si ya estamos inmersos por Cristo en Dios, si nunca hemos salido de la mano de Dios, ¿por qué seguimos actuando encerrados en nuestro yo egoísta, faltos de amor y solidaridad, incluso haciendo daño a otros y a la naturaleza de la que formamos parte? En el texto de hoy, Jn vuelve sobre lo central del mismo mensaje, pero agregando un consuelo ante esta preocupación. El mismo Espíritu de Dios, que ya vive en nosotros, nos irá iluminando y conduciendo a la verdad plena de lo que somos. Si hoy vivimos en esa contradicción entre nuestro yo individual y la realidad mayor de la que formamos parte, eso se debe a nuestra ignorancia de lo que realmente somos. Pero en cuanto lo descubramos, en cuanto seamos iluminados y veamos nuestra plena integración en Cristo y en el Padre, y descubramos la estrecha comunión que nos vincula a unos con otros, nos abriremos con gozo a vivir esa realidad que somos. Por decirlo en lenguaje de  las parábolas, en cuanto descubramos ese tesoro en el campo, esa perla preciosa, nos despojaremos de todo lo demás, para quedarnos con el fruto de ese descubrimiento, el más valioso de todos. Nadie va a ser tan tonto como para preferir la vida del egoísmo conflictivo, cuando se tiene la oportunidad de vivir como miembros de un solo cuerpo, inmersos en la realidad de Dios.
  3. El gran consuelo está, sobre todo, en saber que no aspiramos a algo imposible, algo que ¡a saber cuando nos va a llegar! Ya hemos recibido el don. Solo se trata de rendirnos a esa realidad, y de quitar todos los obstáculos que nos impiden vivir lo que somos, para experimentar, para vivir la presencia del Infinito en todas las cosas finitas de esta realidad humana y material de la que formamos parte; vivir como resucitados a la presencia de lo permanente en cada una de las situaciones impermanentes que caracterizan nuestra existencia en su forma actual.
  4. Nuestras celebraciones dominicales, nuestros momentos de oración, tienen como sentido ayudarnos a cobrar conciencia de esa vida nueva en Cristo resucitado a la que hemos sido levantados. La compartir la Palabra y el Pan de la Eucaristía son los caminos por los que el Espíritu que vive en nosotros nos va iluminando y nos permite disfrutar la alegría de vivir inmersos, envueltos, en Dios.Ω

18 mayo, 2014

5º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 6,1-7;  I Pedro 2,4-9; Juan 14,1-12

  1. Durante cuatro domingos, partiendo del día de la Pascua,  hemos intentado abrir nuestra mente y nuestro corazón, para poder ser iluminados sobre el significado de la resurrección, la de Jesús y la de cada uno de nosotros. Hicimos el primer día una afirmación que causó un poco de extrañeza e incluso escándalo en algunas personas, al decir que la resurrección de Jesús no era entendida por los autores del NT como la vuelta de un cadáver a la vida física (como se quería presentar, por ejemplo, en la de Lázaro o en la de la hija de Jairo). Pero entonces, ¿qué se quiere decir por resurrección de Jesús en el NT? En este penúltimo domingo del tiempo pascual vamos a acercarnos a  una mirada de conjunto del mensaje evangélico sobre la vida de Cristo resucitado. Pero antes tengamos en cuenta dos orientaciones importantes. Primera, que no todos los textos que nos hablan de la vida del resucitado son los que aparecen en los capítulos finales de los evangelios, sino en otros que aunque colocados como anteriores a la muerte de Jesús, fueron escritos por los evangelistas y por Pablo, con posterioridad a la Pascua. Es decir, los autores están de hecho pensando en un Jesús ya resucitado. La segunda aclaración que tenemos que tener en cuenta es que no buscamos descripción científica, ni periodística de un hecho físico. La vida del resucitado, como el reino de Dios no son hechos materiales expresables en forma científica. Se trata de realidades que superan el nivel de la realidad ordinaria —no menos reales que ésta—, y que solo las SSEE solo nos dan pistas con ejemplos, con símbolos, comparaciones, indirectamente, para acercarnos a su comprensión.
  2. En el texto de hoy Juan nos da una pista clave para acercarnos a lo que entendían aquellas comunidades por resurrección de Jesús. Jesús le dice a Felipe, ¿cómo me pides que les muestre al Padre? ¿No creen que el Padre está en mí y yo en el Padre? Por su parte, Pablo había captado bien lo que Felipe no entendía cuando en Rom 6: 9 -10 expresa su fe de que Jesús resucitado ya ha muerto para el pecado “y ahora vive para Dios”. Vivir en Dios y para Dios, sumergidos en la realidad del eterno, es una forma nueva de existencia, el nivel más profundo de nuestra realidad humana, en la que la Buena Nueva nos dice que superamos nuestra vida presente de encerramiento y separación individual, y llegamos a descubrirnos viviendo en Cristo y en el Padre, y el Padre y Cristo en nosotros (Jn 14: 20). Quiere decirse algo fundamental: Una vida que vivimos como de fragmentación y distanciamiento es superada por una vida de unidad y comunión (vida resucitada). Es entonces cuando dejamos de tener sed y hambre, dejamos de andar buscando saciarnos aquí y allá,  para ser nosotros mismos, y descubrimos, como dijo Jesús a la samaritana, que hay dentro de cada uno de nosotros una fuente de agua viva que salta hasta la vida del Eterno. Resucitar es la realización plena de lo que Jesús revelaba pero que los propios discípulos inmediatos tardaron en comprender, (Jn 14:20): “aquel día comprenderéis que yo estoy en mi padre vosotros en mí y yo en vosotros”. Es un nivel de realidad en el que ya vivimos, pero a la conciencia del cual tenemos que renacer, para experimentarlo, y de ahí la oración de Jesús, en la Cena:  “que sean uno como nosotros somos uno.  Yo en ellos y tú en mí para que sean perfectamente uno”, (Jn 17:23).
  3. Pablo dice que esta realidad ya la vivimos, ya hemos sido resucitados con Cristo, pero aun la percibimos oscuramente. Cuando alcancemos la iluminación plena, será cuando descubramos cara a cara en Dios lo que verdaderamente somos: entonces nuestra débil lámpara, como dice un poeta indio, se apagará por innecesaria, porque ha llegado la luz del amanecer pleno y, entonces, plenamente resucitados, no solo podremos vivir nuestra plenitud humana en Dios, sino que podremos llegar a reconocerla.Ω

11 mayo, 2014

4º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 2,14a.36-41; I Pedro 2,20b-25; Juan 10,1-10

  1. "El pastor modelo", es otro de esos títulos entrañables que el  evangelio da a Jesús, y que nos gusta escuchar directamente o asociado al salmo 23, en la comunión, en funerales, en momentos en que necesitamos ser fortalecidos. Repetimos su lectura, nos parece hermoso y transparente y por eso nos puede sorprender que  Jn nos diga que   Cuando "Jesús les puso esta comparación, (a los discípulos),  ellos no entendieron de qué les hablaba”. ¿Cómo así? ¿Qué es lo que les hacía falta para entenderla? Por supuesto, hay que entrar en el sentido de los símbolos, y notar que algunos son más claros que otros. Juan mismo explica solo algunos y da pistas para traducir otros.
  2. Para este evangelista, las ovejas son el pueblo sencillo oprimido  y silenciado por sus dirigentes políticos y religiosos. Y para estos dirigentes solo tiene calificativos muy duros. Los llama "ladrones y bandidos", porque le han arrebatado al pueblo lo que es del pueblo y porque lo han tratado con violencia. El Jesús que nos habla en este texto del evangelio de Juan no parece referirse solamente a robo de bienes materiales, económicos, que también les habían quitado. Lo peor es que esos dirigentes ladrones y bandidos los han privado de su libertad y  de su capacidad para decidir de su vida por ellos mismos. Han sometido la gente, las personas, a la institución política y religiosa que no les deja crecer en plenitud. Los han puesto al servicio de la institución (del “sábado”), en vez de estar la institución (el “sábado”)al servicio suyo.
  3. Para esas ovejas atrapadas Jesús se presenta, en primer lugar, como una Puerta, por la que las ovejas pueden liberarse, por la que pueden entrar y salir, salir de las estructuras que las oprimen y entrar en otros espacios donde pueden encontrar los pastos que les convengan para alimentarse. 
  4. En segundo lugar, Jesús se presenta como alguien a quien las ovejas liberadas pueden seguir para tener vida y vida en abundancia y no para ser atrapadas en otro encierro, en otra institución que las oprima. Del seguimiento de Jesús hablamos mucho, pero recordemos que es una manera de expresarse que también debemos tener clara. Porque hay seguimientos inaceptables. Por la violencia, por el temor, por la intimidación religiosa, los dirigentes del Templo se hacían seguir de la gente. Hoy día Uno puede seguir a falsos líderes, por engaño, por falsas promesas o a cambio de dinero u otras prebendas, como pasa a menudo con las prácticas clientelistas de políticos de vieja usanza.  O uno puede seguir a figuras que lo apantallan, por la imagen que fabrican artificialmente los medios de comunicación. De ninguno de esos seguimientos habla Jesús.  Juan habla de un seguimiento libre, íntimo, de comunicación estrecha, familiar donde se reconoce cercana la voz de Jesús y no como la de un jefe o funcionario extraño.
  5. En definitiva se nos presenta, detrás de la figura del pastor, la invitación al seguimiento de ese camino de realización humana plena, recorrido por Jesús. Ejercitarnos en él nos permite descubrir en cada uno de nosotros, toda la abundancia de vida, de libertad y de amor de la que la práctica y la palabra de Jesús dan testimonio. Y este testimonio nos dice que esa plenitud de vida también es real y posible para cada uno de nosotros.Ω

05 mayo, 2014

3er domingo de Pascua

Lect.: Hechos 2,14.22-33; I Pedro 1,17-21;  Lucas 24,13-35

  1. Este texto de los discípulos de Emaús es uno de esos relatos evangélicos pascuales que suelen hacérsenos muy familiares. Está narrado de tal manera que resulta fácil identificarse con Cleofás y su compañero de viaje, y sentirse emocionado pensando que uno mismo podría ir caminando en cualquier circunstancia y experimentar de repente la aparición del resucitado.  Se hace tan entrañable, tan querido y familiar el relato que, una vez más, corremos el riesgo de quedarnos en la letra del mismo, solo en parte de la letra, y no captar su sentido profundo. Para entrar al corazón del mensaje pienso que el mismo texto de Lc nos ayuda sobre todo con dos importantes detalles.
  2. El primer detalle lo resalta la afirmación, —aparentemente contradictoria—, de que los dos discípulos veían y escuchaban al peregrino, caminaban a su lado, pero no eran capaces de reconocer que era Jesús. Si Lucas estuviera entendiendo la resurrección materialmente como la revivificación del cuerpo muerto de Jesús, (como el caso de Lázaro), ¿cómo podían no reconocerlo y en poco más de un par de días haberse olvidado del rostro, del cuerpo y de la voz de su Maestro? Podemos empezar a entender, entonces, que el evangelista habla de la resurrección como una nueva forma de existencia de Jesús, de tal forma nueva que no les servían sus ojos físicos bien abiertos para percibirla. Tanto es así que, en los siguientes versículos Lc nos dirá que apenas un rato después a Cleofás y a su compañero “se les abrieron los ojos y pudieron reconocer a Jesús”.
  3. Y aquí está el segundo detalle importante del relato que nos permite acercarnos a su sentido profundo. Fijémonos bien, ¿En qué momento pueden reconocer la presencia del Señor? Al sentarse a la mesa y al compartir el pan. “Es entonces cuando Se les abrieron los ojos" escribe Lc. Esto es clave. Dos cosas se nos está diciendo. La primera, que aunque la narración usa imágenes, figuras, términos de la vivencia cotidiana y de la mentalidad de aquella época, que dan la impresión de que se trata de la visión de un aparecido, en realidad nos está hablando de otra cosa, de una experiencia espiritual profunda. Los ojos que se les abren no son los físicos, sino lo que podemos llamar una claridad de conciencia que se desarrolla al participar de la práctica de entrega de Jesús, que les permite captar, experimentar a Jesús vivo "dentro" de la propia vida de Dios en la que ellos mismos, los discípulos, están sumergidos.
  4. Por eso esta experiencia no la tienen mientras vienen por el camino, ni siquiera cuando están reflexionando sobre las Escrituras, -aunque entonces ya empezaba a arder su corazón. La experiencia del Jesús vivo se produce en ellos al vivir en su dimensión profunda lo que se significa con la Cena del Señor. No en la mera celebración formal del sacramento eucarístico, sino en la identificación con lo que éste expresa. Tengamos en cuenta que quienes escriben este relato, los miembros de la comunidad lucana, lo escriben unos treinta y cinco años después de la muerte de Jesús, cuando ya  no podían estar hablando de apariciones físicas, pero sí de experiencias espirituales muy reales. Es decir, ellos tenían la experiencia del Resucitado vivo y presente, cuando vivían la Eucaristía como un compromiso de compartir, y de entrega de sí mismos a los demás, tal y como Jesús lo realizó a lo largo de su vida y hasta el acto supremo de su muerte en la cruz. Como Jesús en la cruz, ellos toman el pan de su propio cuerpo, lo bendicen, lo parten y lo reparten para vida de los demás. Es en esa identificación con la acción de Jesús que descubren el sentido de la muerte del Maestro y tienen la experiencia del Resucitado. Es en la participación de esa vida de entrega hasta el final, en el servicio y la fraternidad, en donde nosotros también—y no solo los discípulos de Emaús y las primeras comunidades—podemos tener la experiencia de Jesús vivo y resucitado.Ω