05 mayo, 2014

3er domingo de Pascua

Lect.: Hechos 2,14.22-33; I Pedro 1,17-21;  Lucas 24,13-35

  1. Este texto de los discípulos de Emaús es uno de esos relatos evangélicos pascuales que suelen hacérsenos muy familiares. Está narrado de tal manera que resulta fácil identificarse con Cleofás y su compañero de viaje, y sentirse emocionado pensando que uno mismo podría ir caminando en cualquier circunstancia y experimentar de repente la aparición del resucitado.  Se hace tan entrañable, tan querido y familiar el relato que, una vez más, corremos el riesgo de quedarnos en la letra del mismo, solo en parte de la letra, y no captar su sentido profundo. Para entrar al corazón del mensaje pienso que el mismo texto de Lc nos ayuda sobre todo con dos importantes detalles.
  2. El primer detalle lo resalta la afirmación, —aparentemente contradictoria—, de que los dos discípulos veían y escuchaban al peregrino, caminaban a su lado, pero no eran capaces de reconocer que era Jesús. Si Lucas estuviera entendiendo la resurrección materialmente como la revivificación del cuerpo muerto de Jesús, (como el caso de Lázaro), ¿cómo podían no reconocerlo y en poco más de un par de días haberse olvidado del rostro, del cuerpo y de la voz de su Maestro? Podemos empezar a entender, entonces, que el evangelista habla de la resurrección como una nueva forma de existencia de Jesús, de tal forma nueva que no les servían sus ojos físicos bien abiertos para percibirla. Tanto es así que, en los siguientes versículos Lc nos dirá que apenas un rato después a Cleofás y a su compañero “se les abrieron los ojos y pudieron reconocer a Jesús”.
  3. Y aquí está el segundo detalle importante del relato que nos permite acercarnos a su sentido profundo. Fijémonos bien, ¿En qué momento pueden reconocer la presencia del Señor? Al sentarse a la mesa y al compartir el pan. “Es entonces cuando Se les abrieron los ojos" escribe Lc. Esto es clave. Dos cosas se nos está diciendo. La primera, que aunque la narración usa imágenes, figuras, términos de la vivencia cotidiana y de la mentalidad de aquella época, que dan la impresión de que se trata de la visión de un aparecido, en realidad nos está hablando de otra cosa, de una experiencia espiritual profunda. Los ojos que se les abren no son los físicos, sino lo que podemos llamar una claridad de conciencia que se desarrolla al participar de la práctica de entrega de Jesús, que les permite captar, experimentar a Jesús vivo "dentro" de la propia vida de Dios en la que ellos mismos, los discípulos, están sumergidos.
  4. Por eso esta experiencia no la tienen mientras vienen por el camino, ni siquiera cuando están reflexionando sobre las Escrituras, -aunque entonces ya empezaba a arder su corazón. La experiencia del Jesús vivo se produce en ellos al vivir en su dimensión profunda lo que se significa con la Cena del Señor. No en la mera celebración formal del sacramento eucarístico, sino en la identificación con lo que éste expresa. Tengamos en cuenta que quienes escriben este relato, los miembros de la comunidad lucana, lo escriben unos treinta y cinco años después de la muerte de Jesús, cuando ya  no podían estar hablando de apariciones físicas, pero sí de experiencias espirituales muy reales. Es decir, ellos tenían la experiencia del Resucitado vivo y presente, cuando vivían la Eucaristía como un compromiso de compartir, y de entrega de sí mismos a los demás, tal y como Jesús lo realizó a lo largo de su vida y hasta el acto supremo de su muerte en la cruz. Como Jesús en la cruz, ellos toman el pan de su propio cuerpo, lo bendicen, lo parten y lo reparten para vida de los demás. Es en esa identificación con la acción de Jesús que descubren el sentido de la muerte del Maestro y tienen la experiencia del Resucitado. Es en la participación de esa vida de entrega hasta el final, en el servicio y la fraternidad, en donde nosotros también—y no solo los discípulos de Emaús y las primeras comunidades—podemos tener la experiencia de Jesús vivo y resucitado.Ω

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