20 noviembre, 2016

34º domingo t.o. Fiesta de Cristo Rey, ¿un título adecuado para hablar de Jesús de Nazaret?

Lect.: II Samuel 5:1-3; Col 1:12-20; Lc 23:35-43

  1. Lo mínimo que podemos hacer, para que nuestra práctica religiosa cristiana  y nuestras devociones, sean “de adulto”, es comprender su sentido y el significado de muchas de las expresiones que utilizamos. Tal es el caso con este “título” que en la Iglesia se le aplica a Jesús de Nazaret, “Rey del Universo”, o simplemente “Cristo rey”. A fuerza de repetición y costumbre quizás ya no nos extraña. Quizás brota de un sentimiento de cariño y respeto por la figura del Maestro de Nazaret. Pero es importante tratar de entender lo que se quiere expresar al llamar a Jesús “Rey del Universo”. Para ello nos ayuda, como siempre, una perspectiva histórica. Para empezar, tener en cuenta que esta fiesta de la liturgia de hoy, surge no hace mucho, en 1925, durante el pontificado de Pío XI. El ambiente es de tensión política y social de la Iglesia respecto a los cambios que percibe en la sociedad. El Papa ve “calamidades que abruman y afligen al género humano” y las atribuye a que “la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado”. Establece, entonces, la fiesta de Cristo Rey para animar a los católicos a enfrentar al “moderno laicismo” que, negaba “el imperio de Cristo sobre todas las gentes… a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados.” Puede verse que la celebración tiene un tono combativo, de significación política desde el inicio. Esto replicará luego en conflictos socio políticos en Francia, España y México, donde el grito de “Viva Cristo Rey”, lamentablemente se convierte en un eslogan de movimientos radicales de derecha. El extremo, quizás, llega con  los “Guerrilleros de Cristo Rey” “grupo parapolicial de ideología ultraderechista que actuó en España principalmente durante la década de 1970", a los que no eran ajenos los medios violentos…  
  2. Con estos antecedentes es muy útil recordar varios textos evangélicos donde Jesús hace ver la inconveniencia de llamarlo Rey. El primero es el de las tentaciones. En la tercera tentación, Jesús rechaza, como tentación diabólica, la oferta de tener para sí todos los reinos del mundo. (Mt. 4:8).  En el segundo texto, narra Lucas una discusión entre los apóstoles sobre quién debía ser considerado como el más grande en el futuro reino de Dios. Jesús entonces les dice con toda claridad, (Lc 22 26)“: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor.” – En otro momento, dice Juan (6:15) que “Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». Y entonces “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña”.  Otro texto, muy conocido, también en Juan (18:37) es cuando Pilato llama a Jesús y le pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?». Pilato explicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho». Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».  Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey». Jesús respondió: «Tú dices que yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz». Finalmente es ampliamente conocida la expresión que cuelga de la parte superior del crucifijo,  “INRI”, por las siglas en latín, de “Jesucristo rey de los judíos”. Menos sabido que no se trataba de un título de alabanza sino de un texto que expresaba la acusación penal, inventada por los dirigentes judíos.
  3. En estos textos queda claro que Jesús realistamente, ni de forma remota podría ni quiso atribuirse a sí mismo el título de rey. Y lo confirma la lectura de todos los evangelios que, además, testimonian otra imagen de Jesús, que nada tiene que ver con el ejercicio del poder que evoca el título de rey.
  4. En cambio, lo que sí es una enseñanza indiscutible de los evangelios, es que Jesús, de manera directa, se presenta en acciones y palabras como el gran predicador del Reinado de Dios. En toda su predicación y enseñanza, el reinado de Dios es el objeto central de las parábolas. “El reino de Dios se parece a… “, es una frase característica que repite constantemente cuando enseña a sus discípulos y al pueblo. Pero el hecho de que hable de esa realidad que llama reinado de Dios solo con parábolas, con comparaciones, nos hace ver claramente que no está hablando de esa otra realidad terrenal, política, de ejercicio de poder que conocemos con el nombre de “reino”, presidida por alguien con el título de rey. Se comprende así que, en su diálogo con Pilato, le exprese algo que escapa a la comprensión del Procurados romano: “mi realeza no es de este mundo”, tiene que ver, más bien, con tener una vida que da testimonio de la verdad.
  5. Esa última cita nos hace ver que Jesús no es solo el predicador de una realidad nueva y distinta, —el reinado de Dios, entendido como formas de convivencia humana regidas por los valores evangélicos. Además de eso, Jesús, en toda su vida fue un realizador, un portador, de esos valores del reinado de Dios. De hecho, las bienaventuranzas, que pueden considerarse como la síntesis de esos valores del reinado de Dios, Jesús pudo enunciarlas, porque reflejaban su vivencia más profunda, eran la verdad de su vida.
  6. Aunque esta fiesta de hoy, nació en un momento de conflicto y confusión política de la historia, que ya no es el nuestro, puede servirnos, entonces para recordar precisamente a Jesús como predicador del reinado de Dios, y como realizador del mismo en su propia vida. Para nosotros, constituye una clara invitación a construir ese reinado, por medio de la práctica de los valores de convivencia fraterna, de libertad de todo apego y esclavitud, contenidos en las bienaventuranzas. Ω

13 noviembre, 2016

33º domingo t.o. Frente al peligro del final de un mundo de convivencia fraterna…

Lect.: Malaquías 3:19-20; II Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19


  1. De cierta manera este texto de Lucas continúa y afirma el mensaje del domingo pasado que hablaba de preocuparnos por “el más acá” y no por “el más allá”. Las preocupaciones por una “vida futura, después de ésta” se asocian con las que suscita la idea de un “final del mundo” y un “juicio final”. Como lo hacemos a menudo, una aclaración previa al comentario nos ayudará a ubicar el escrito y a captar mejor su sentido.
  2. Recordemos que este relato lo escribe la comunidad lucana, al menos, unos cuarenta y cinco años después de la muerte de Jesús, recién pasada la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70. Está hablando, entonces, no de algo que va a pasar sino de algo que ya ha sucedido y de lo que han podido ser testigos. No es, pues, de una profecía de Jesús referida al final de los tiempos, sino de una preocupación de las primeras comunidades ante un grave hecho de su historia reciente, y la manera como trataban de reaccionar ante ello. Tampoco se trata, propiamente, de una discusión acerca del final del mundo, sino de un acontecimiento que, para los judíos, equivalía al fin del mundo. Para ellos el Templo era, literalmente, la casa de Dios, de Yavé, en el sentido más pleno, ahí residía el Arca, el Santo de los Santos. ¿Qué cosa peor podía pasar en el mundo, —desde su enfoque—, que la destrucción de ese espacio sagrado a manos de un ejército invasor? Para peores, se empiezan a preocupar las primeras comunidades judeocristianas ante el peligro de que las persecuciones caigan también sobre ellos.
  3. Hay algo que está implícito en esta narración y podemos leerlo entre líneas, aunque Lucas no lo diga abiertamente.  La destrucción de Jerusalén, ese “final del mundo judío” no es un fenómeno sobrenatural, que cae del cielo, ordenado por Dios. Es un fenómeno humano, social, resultado del choque entre intereses políticos y económicos de los ocupantes romanos de Palestina, y los errores de los judíos para enfrentar su situación. Por “errores” hay que entender que la dirigencia judía no aprendió de la tragedia que suponía la ocupación romana, para construir, a partir de su pérdida de soberanía, una convivencia más fraterna, una mayor solidaridad con los grupos campesinos más pobres. Al contrario, los líderes políticos y religiosos, siguieron explotando a esas multitudes populares, y acumulando fortunas en torno al monopolio de los principales productos, trigo, aceite y vino.  Es de este tipo de errores  que hay que preocuparse. Es de esas prácticas de injusticia de las que hay que estar alerta para que eventos semejantes no se repitan y acaben por destruir de raíz al pueblo de Israel.
  4. El mensaje de Lucas, entonces es doblemente claro: en primer lugar, llama a estar más alerta a las consecuencias destructivas de los comportamientos irresponsables de la dirigencia y de quienes les apoyan o no les ofrecen resistencia. Podemos adivinar paralelismos actuales en nuestra época, y la aplicación del llamado de Lucas para que estemos alerta ante hechos negativos provocados e impulsados por una manera irracional de organizar la sociedad individualista, competitiva y nada solidaria. Nos llama a darnos cuenta de que nuestra preocupación  mayor  debería centrarse entonces, no ante un lejano final de los tiempos, del cual “nadie sabe ni el día ni la hora”,  sino ante la posibilidad del final de logros sociales, culturales, de convivencia justa, conseguidos con mucho esfuerzo de décadas y que se puede estar generando con acciones que amenazan la justicia y la equidad en la sociedad actual. Esas mismas acciones pueden estar atentando contra el maltrato de la naturaleza  y aproximando también el final del equilibrio en la vida del planeta.
  5. Además de esta primera advertencia que nos queda al leer nuestra situación actual a la luz de este texto del evangelio, hay una segunda parte del mensaje que se dirige a nuestra actitud cuando enfrentamos este tipo de acontecimientos, —violencia, guerras, discriminaciones, corrupción, …—. Por terribles que sean los sucesos que nos amenazan, la actitud evangélica es no aterrarse, no caer en pánico, ni dejarse arrastrar por falsos mensajes alarmistas y extremistas de pretendidos “mesías”  que, más bien, empujan a sentimientos fanáticos de venganza y de odio. Por encima de todo  debe prevalecer la confianza en la acción del Espíritu de Dios, la seguridad de que este mismo Espíritu nos dará siempre sabiduría para hablar y para actuar con perseverancia con actitud constructiva. 
  6. Se trata de un mensaje muy sencillo como podemos ver, pero coherente con toda la enseñanza de palabra y práctica de Jesús. Este llamado a la tranquilidad y a la confianza contrasta con muchas predicaciones surgidas posteriormente, a lo largo de la historia en ambientes cristianos, incluso en nuestros tiempos, de parte de “profetas de desgracias”, como decía Juan XXIII, que con las amenazas de terribles “castigos del cielo” intentan amedrentar a la gente, pensando erróneamente que el miedo y  no la confianza y la convicción pueden llevar al cambio de vida.   7. Quedemos claros, por supuesto, que la confianza en Dios, de la que habla Lucas, no es un cómodo colchón, un sofá individualista en el que tirarse a descansar, como dice el Papa Francisco. Es una confianza que tiene profundas implicaciones personales y grupales, que se manifiesta en acciones perseverantes y comprometidas en lo social, en lo económico y político y en lo religioso.  Recordemos que Lucas describe a Jesús, no indiferente ante los sufrimientos del pueblo, sino llorando por los errores de la dirigencia de Jerusalén y de quienes la apoyaban. Al mismo tiempo, su angustia no le hace prescindir de un anhelo y un trabajo constante por la liberación del pueblo y de todas las personas oprimidas. No hay mejor ejemplo que este de Jesús de lo que significa para nosotros el mensaje de este domingo: ante los más serios peligros que afectan a nuestra sociedad costarricense así como los de la sociedad internacional; ante resultados políticos electorales de otros países vecinos que nos entristecen porque parecen significar un retroceso de décadas de lucha por la justicia,  la confianza en el poder de Dios que opera dentro de nosotros, se convierte en un acicate para poner nuestras fuerzas, por pequeñas que sean, al servicio de la reconstrucción de una sociedad regida por la solidaridad y la equidad, y para ofrecer resistencia  a todas las tendencias contrarias.Ω

33º domingo t.o. Frente al peligro del final de un mundo de convivencia fraterna…

Lect.: Malaquías 3:19-20; II Tesalonicenses 3:7-12; Lucas 21:5-19


  1. De cierta manera este texto de Lucas continúa y afirma el mensaje del domingo pasado que hablaba de preocuparnos por “el más acá” y no por “el más allá”. Las preocupaciones por una “vida futura, después de ésta” se asocian con las que suscita la idea de un “final del mundo” y un “juicio final”. Como lo hacemos a menudo, una aclaración previa al comentario nos ayudará a ubicar el escrito y a captar mejor su sentido.
  2. Recordemos que este relato lo escribe la comunidad lucana, al menos, unos cuarenta y cinco años después de la muerte de Jesús, recién pasada la destrucción del Templo de Jerusalén por los romanos en el año 70. Está hablando, entonces, no de algo que va a pasar sino de algo que ya ha sucedido y de lo que han podido ser testigos. No es, pues, de una profecía de Jesús referida al final de los tiempos, sino de una preocupación de las primeras comunidades ante un grave hecho de su historia reciente, y la manera como trataban de reaccionar ante ello. Tampoco se trata, propiamente, de una discusión acerca del final del mundo, sino de un acontecimiento que, para los judíos, equivalía al fin del mundo. Para ellos el Templo era, literalmente, la casa de Dios, de Yavé, en el sentido más pleno, ahí residía el Arca, el Santo de los Santos. ¿Qué cosa peor podía pasar en el mundo, —desde su enfoque—, que la destrucción de ese espacio sagrado a manos de un ejército invasor? Para peores, se empiezan a preocupar las primeras comunidades judeocristianas ante el peligro de que las persecuciones caigan también sobre ellos.
  3. Hay algo que está implícito en esta narración y podemos leerlo entre líneas, aunque Lucas no lo diga abiertamente.  La destrucción de Jerusalén, ese “final del mundo judío” no es un fenómeno sobrenatural, que cae del cielo, ordenado por Dios. Es un fenómeno humano, social, resultado del choque entre intereses políticos y económicos de los ocupantes romanos de Palestina, y los errores de los judíos para enfrentar su situación. Por “errores” hay que entender que la dirigencia judía no aprendió de la tragedia que suponía la ocupación romana, para construir, a partir de su pérdida de soberanía, una convivencia más fraterna, una mayor solidaridad con los grupos campesinos más pobres. Al contrario, los líderes políticos y religiosos, siguieron explotando a esas multitudes populares, y acumulando fortunas en torno al monopolio de los principales productos, trigo, aceite y vino.  Es de este tipo de errores  que hay que preocuparse. Es de esas prácticas de injusticia de las que hay que estar alerta para que eventos semejantes no se repitan y acaben por destruir de raíz al pueblo de Israel.
  4. El mensaje de Lucas, entonces es doblemente claro: en primer lugar, llama a estar más alerta a las consecuencias destructivas de los comportamientos irresponsables de la dirigencia y de quienes les apoyan o no les ofrecen resistencia. Podemos adivinar paralelismos actuales en nuestra época, y la aplicación del llamado de Lucas para que estemos alerta ante hechos negativos provocados e impulsados por una manera irracional de organizar la sociedad individualista, competitiva y nada solidaria. Nos llama a darnos cuenta de que nuestra preocupación  mayor  debería centrarse entonces, no ante un lejano final de los tiempos, del cual “nadie sabe ni el día ni la hora”,  sino ante la posibilidad del final de logros sociales, culturales, de convivencia justa, conseguidos con mucho esfuerzo de décadas y que se puede estar generando con acciones que amenazan la justicia y la equidad en la sociedad actual. Esas mismas acciones pueden estar atentando con el maltrato de la naturaleza  y aproximando también el final del equilibrio en la vida del planeta.
  5. Además de esta primera advertencia que nos queda al leer nuestra situación actual a la luz de este texto del evangelio, hay una segunda parte del mensaje que se dirige a nuestra actitud cuando enfrentamos este tipo de acontecimientos, —violencia, guerras, discriminaciones, corrupción, …—. Por terribles que sean los sucesos que nos amenazan, la actitud evangélica es no aterrarse, no caer en pánico, ni dejarse arrastrar por falsos mensajes alarmistas y extremistas de pretendidos “mesías”  que, más bien, empujan a sentimientos fanáticos de venganza y de odio. Por encima de todo  debe prevalecer la confianza en la acción del Espíritu de Dios, la seguridad de que este mismo Espíritu nos dará siempre sabiduría para hablar y para actuar con perseverancia con actitud constructiva. 
  6. Se trata de un mensaje muy sencillo como podemos ver, pero coherente con toda la enseñanza de palabra y práctica de Jesús. Este llamado a la tranquilidad y a la confianza contrasta con muchas predicaciones surgidas posteriormente, a lo largo de la historia en ambientes cristianos, incluso en nuestros tiempos, de parte de “profetas de desgracias”, como decía Juan XXIII, que con las amenazas de terribles “castigos del cielo” intentan amedrentar a la gente, pensando erróneamente que el miedo y  no la confianza y la convicción pueden llevar al cambio de vida.   7. Quedemos claros, por supuesto, que la confianza en Dios, de la que habla Lucas, no es un cómodo colchón, un sofá individualista en el que tirarse a descansar, como dice el Papa Francisco. Es una confianza que tiene profundas implicaciones personales y grupales, que se manifiesta en acciones perseverantes y comprometidas en lo social, en lo económico y político y en lo religioso.  Recordemos que Lucas describe a Jesús, no indiferente ante los sufrimientos del pueblo, sino llorando por los errores de la dirigencia de Jerusalén y de quienes la apoyaban. Al mismo tiempo, su angustia no le hace prescindir de un anhelo y un trabajo constante por la liberación del pueblo y de todas las personas oprimidas. No hay mejor ejemplo que este de Jesús de lo que significa para nosotros el mensaje de este domingo: ante los más serios peligros que afectan a nuestra sociedad costarricense así como los de la sociedad internacional; ante resultados políticos electorales de otros países vecinos que nos entristecen porque parecen significar un retroceso de décadas de lucha por la justicia,  la confianza en el poder de Dios que opera dentro de nosotros, se convierte en un acicate para poner nuestras fuerzas, por pequeñas que sean, al servicio de la reconstrucción de una sociedad regida por la solidaridad y la equidad, y para ofrecer resistencia  a todas las tendencias contrarias.Ω

06 noviembre, 2016

32º domingo t.o. el imperativo evangélico: pensar "en el más acá" (no en el "más allá").

Lect.: II Mac 7:1-2, 9-14; II Tes 2:16–3:5; Lc 20:27-38


  1. Posiblemente el deseo fundamental de todos los seres humanos es existir, vivir. A nadie le gusta pensar que puede acabarse su vida y desaparecer. Deseamos existir, pero no de cualquier manera, sino trascendiendo las limitaciones de nuestra vida actual, y alcanzando una plenitud de nuestra existencia. Por eso, en buena parte, la muerte se ve como una amenaza a ese deseo humano fundamental. ¿Cómo enfrentar esa inevitable amenaza? En cada época y cultura, los pueblos han buscado una forma de enfrentarla buscando explicaciones para lo que hay “más allá de la muerte”. Algunos hablaron de reencarnación, otros de transmigración de las almas (paso de un cuerpo que muere a otro), … El problema y la búsqueda de soluciones también se refleja en las Escrituras del pueblo de Israel. En el A.T. alguna vez se habla de ser llevado, “raptado” corporalmente al cielo, como en el caso del profeta Elías.
  2. El texto de Lucas de hoy relata un episodio que tiene lugar al final de la subida de Jesús a Jerusalén, es decir, simbólicamente al final de la trayectoria histórica de Jesús.  Este texto refleja diversas maneras como enfrentaban el problema los judíos en tiempos de Jesús. Para unos, los fariseos, después de la muerte, habría resurrección corporal. Para otros, los saduceos, no sería así. Ambos eran grupos religiosos en la fe judía pero diferían en la manera de pensar la “vida futura”, o lo que pasaría después de la muerte.  No tenían claro el tema y no hay que extrañarse por ello. Apenas unos 200 años a.C. habían empezado a hablar del tema de la “resurrección”. El libro de los Macabeos, de donde está tomada la primera lectura este domingo, y que expresa la fe de los hermanos macabeos en otra vida, se escribió más recientemente, alrededor del año 164 a.C.
  3. Nosotros, como en otras ocasiones, no podemos meternos en el ambiente y mentalidad palestinos, en su manera de entender el mundo, al ser humano y sus posibilidades. Pero todavía se nos plantea el tema de la muerte, del final de nuestra existencia, también como una amenaza a nuestro deseo fundamental de vida trascendente y plena. Sin embargo, la visión del mundo, de la vida y del ser humano es hoy muy distinta de la que se tenía en época de Jesús. La ciencia nos muestra una representación de un universo inmenso con billones de galaxias y no un mundo de “dos pisos”, donde en el de “arriba” estarían Dios y los “salvados”.  Y la biología nos describe los procesos de descomposición que siguen a la muerte. No podemos por eso usar los mismos conceptos de aquella época para referirnos a una esperanza de permanencia después de la muerte.
  4. ¿Qué nos hereda entonces el evangelio, la Buena Noticia, para satisfacer nuestra ansia de plenitud y trascendencia? Creo que podemos mencionar aquí solo un par de cosas, pero de gran importancia para nuestra realización personal y comunitaria, y para superar nuestro temor a la muerte. En primer lugar, tenemos que ser muy conscientes de que  en los evangelios, no se divaga sobre cómo podría ser en un “más allá”, un futuro del que nadie puede dar información. Más bien se habla de cómo debe ser nuestra vida en el “más acá”.  Se nos muestra, en la misma persona de Jesús, que lo que “salva” la vida, es “perderla”, entregarla en amor y servicio. Se nos invita a alcanzar la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites a los demás. De esto es de lo que se nos habla, y no de aferrarnos a nuestro yo, ni de lo que va a pasar después de la muerte. Podríamos pensar que este énfasis, y la omisión de imaginaciones sobre el “más allá” sucede porque los evangelistas quieren evadir el tema, porque por temor a hablar de lo que significa desaparecer en la nada, prefieran mirar para otro lado. Nada de eso. Más bien, pienso, esta actitud, este énfasis en el “más acá”, proviene de otra convicción profunda. Desde la visión y experiencia de Jesús de Nazaret están convencidos de que la Vida, así, con mayúscula, es una sola. Es la misma mi vida, y la de cada uno de mis semejantes y, sobre todo, es la misma que la del que es Fuente de esa Vida. Es, por eso, viviendo esa única Vida, cada uno, en su propia historia personal, como simultáneamente alcanzamos la trascendencia y la plenitud de vida. No pensando en que “luego” hay “otra vida”.
  5. En segundo lugar, ya aquí y ahora estamos viviendo esa vida de Dios, sin tener que aspirar a alcanzarla en el futuro. Lo hemos dicho con frecuencia en estas reflexiones, citando la frase de Pablo en los Hechos de los Apóstoles: “en realidad, Él no está lejos de cada uno de nosotros. En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos poetas de ustedes: «Nosotros somos también de su raza»” (Hech 17:28). También el mismo Pablo es quien nos recuerda lo que significa la resurrección de Jesús. Para él, la resurrección quiere decir que “ustedes —es decir, nosotros—, están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios.”  Nos puede entrar la duda, ¿Cómo es que esto tiene lugar? ¿No es una afirmación contraria a lo que perciben nuestros sentidos? El mismo Apóstol distingue entre el hecho de esa realidad y la percepción que tenemos de esa realidad. “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí” (I Cor 13:12). Este  es el mensaje de la Buena Nueva, que hemos aceptado, aunque todavía no podamos percibir con claridad cómo es que eso sucede. Tenemos oscuridad e ignorancia.
  6. De ahí la exhortación paulina a que tengamos el pensamiento puesto en las cosas del Reino, ese reino, esa presencia de Dios que ya está en medio de nosotros, como dice el propio evangelista Lucas (17: 20 – 21).  Viviendo con esa convicción, creo que a lo que el evangelio nos llama es a buscar, a indagar, cómo hacer realidad los valores evangélicos aquí y ahora frente a los nuevos retos que nos plantea la vida moderna a cada uno de nosotros. En esa experiencia de lo cotidiano nos estaremos sumergiendo en la experiencia misma de la vida de Dios,  en vez de divagar sobre cómo será el cambio que implica alcanzar la plenitud de vida.Ω