24 junio, 2012

12º domingo t.o.

Lect.. Job 38: 1 - 11; 1 Cor 5: 14 - 17; Mc 4: 35 – 40

  1. Sería demasiado fácil y simplista tomar este relato de la “tempestad calmada” o bien, solo para hablar del poder de Jesús que puede hacer milagros incluso frente a los peores eventos naturales, o bien, para recalcar que nos puede echar una mano en las “tormentas” de cualquier tipo que afectan nuestra vida. No es importante, en este momento, entrar a discutir, desde una mentalidad moderna, si ambas cosas son posibles. Más allá de cuál y cómo fuera el suceso extraordinario que dio origen a este relato, lo que nos importa, es entender la lectura teológica y simbólica que hizo de él la comunidad de Marcos y con qué intención. Desde esa perspectiva, hay varios símbolos fuertes que nos permiten entender el tipo de situaciones a las que lo estaba aplicando Marcos.
  2. El primer símbolo, que nos ubica en la situación que estaba afectando la vida de aquella comunidad, lo trae la frase puesta en labios de Jesús: “Pasemos a la otra orilla”. No era simplemente una indicación para marcar la trayectoria de la barca. La “otra orilla” del Lago era territorio habitado por  pueblos paganos, —“gerasenos”, dirá luego en el cap. 5—, es decir, no judíos, de ahí que la invitación de Jesús, pueda ser interpretada en la comunidad de Marcos, como una invitación, difícil de cumplir, de adentrarse en un lugar ajeno a sus costumbres y creencias, con quienes necesariamente chocarían cultural, ética y religiosamente. Refleja, es probable, la situación de las primeras comunidades cuando se abren al ingreso de no judíos. La “otra orilla” representará retos nuevos, pérdida de seguridades, dudas sobre su propia identidad, y hasta desconfianza de ese Jesús que los ha conducido a esa situación tan poco fácil de manejar. No es extraño, entonces, que la invitación a “pasar a la otra orilla” la asocien con la experiencia de una enorme tormenta que pareciera amenazar la existencia misma de las nacientes comunidades cristianas.
  3. Para colmos esos nuevos retos se les presentan a la comunidad de Marcos, ya con posterioridad a la muerte de Jesús, cuando pueden sentirse solos y sin su ayuda. Por eso ese otro símbolo, que señalan algunos autores, de que Jesús estaba durmiendo “sobre un cabezal”, palabra que también se empleaba para indicar la especie de almohada que los judíos ponían en el sepulcro, para recostar la cabeza del muerto. La comunidad estaría quejándose de que no se notaba la presencia del resucitado quien parecía estar aún en el sepulcro mientras que ellos estaban muertos de miedo por lo que les esperaba en “la otra orilla”.
  4. Más conocido es el símbolo del mar como lugar donde habitaban el Leviatán, el dragón marino y peligros inimaginables, en la mentalidad de la época. Solo Dios podía tener dominio sobre él. La decisión de adentrarse en territorio pagano con el choque cultural y religioso que les iba a acarrear, era comprensible que generara algo comparable a una tormenta marina. Cuando leemos esta reflexión teológica y simbólica, que transmite una experiencia difícil de las primeras comunidades, podemos pensar en que sigue vigente para nosotros la invitación de Jesús a pasar siempre “a la otra orilla”. Ante todo a arriesgarse a dejar la “orilla” de esa falsa identidad personal que hemos construido o hemos dejado pasivamente que se nos construya, con la errónea visión de creernos individuos aislados, fragmentados y en competencia unos con otros,… con prácticas económicas y sociales marcadas por el individualismo y el egocentrismo narcisista. Y, por otra parte, “dejar también la orilla” de una sociedad de costumbres premodernas y débiles valores pero que nos proporcionan seguridad y comodidad,  para intentar vivir los valores evangélicos en medio de una sociedad pluralista, retadora, con concepciones de lo que es la familia, la pareja, la religión, la Iglesia,…muy diversas de nuestras viejas creencias,… La tormenta será inevitable. Lo que nos sostiene es la confianza de que Jesús “no duerme”, sino que el mismo Espíritu del Resucitado nos está empujando y sosteniendo, desde dentro de nosotros mismos, para una tarea creadora.


 

17 junio, 2012

11º domingo t.o.


Lect.: Ezequiel 17,22-24, II Corintios 5,6-10; Marcos 4,26-34

1.     En gran medida creo que podemos decir que los seres humanos actuamos según lo que nos creemos ser. La imagen que tenemos de nosotros mismos, —y, por extensión, de los demás—, determina mucho nuestra acción o inacción. Nuestras petulancias o nuestras inseguridades nos hacen luego “jugar de vivos” , como se dice popularmente en Costa Rica, o, por el contrario, vivir acomplejados o resentidos con todos y con todo. Y quizás, por alguna de estas razones, ser agresivos con los demás, posesivos de los que creemos amar y destructivos de los que nos disgustan. No es lo mismo tener una autoconciencia enfermiza que una sana.
2.     En el texto de este domingo, Marcos nos invita a descubrir en Jesús el tipo de ser humano que cuenta con una conciencia sana, fecunda de sí mismo. Sabemos que cuando Jesús habla del Reinado de Dios, está hablando de sí mismo, de cómo entiende ese espacio o ámbito interior en el que su ser más auténtico se funde con la realidad mayor que llamamos Dios. Con quien él llamaba Padre, “Abbá” y que podríamos llamar también “madre”, expresando con ambos términos la fuente de la vida. Ambas breves parábolas de hoy expresan esa autoconciencia al hablar del grano sembrado, y del grano de mostaza. Nos revelan un par de cosas de gran importancia sobre la forma cómo vivió Jesús, en su dimensión humana, el encuentro con Dios, lo que equivale a decir cómo realizó en él mismo el reinado de Dios. Y nos ayudan, así, a tomar mejor conciencia de lo que somos como seres humanos plenos.
3.     En primer lugar, para Jesús la comunión con Dios,  es algo que se realiza sin que nos demos cuenta de su avance, ni importe que nos demos cuenta. El Reinado, la presencia de Dios no es ninguna realidad distinta de Dios mismo, ni de nosotros mismos. Es la semilla divina que ya está ahí sembrada inseparablemente en cada uno de nosotros. Está ahí y opera con gran fecundidad. No se trata, al decir esto, de ninguna creencia mágica o esotérica. Sino de comparar esa presencia con la misma dinámica de la vida. En la semilla vegetal y en la semilla humana, la fuerza de la vida está presente y actúa, en independencia del grado de conciencia que tengamos de su acción, de que se vea o no se vea. No tenemos que “merecerla”, ni “generarla”.
4.     En segundo lugar, esa unión con Dios, de apariencia insignificante al principio, va creciendo y se va manifestando cada vez más, siguiendo la misma dinámica de evolución del ser humano, de manera progresiva en nuestra vida, para beneficio de los demás, como una pequeña planta puede desarrollarse en un árbol en el que vengan a vivir multitud de animales, aves, insectos e incluso otros más voluminosos.
5.     La conciencia de sí mismo que proporciona esta experiencia espiritual no anula nuestra participación en el proceso de crecimiento, sino que nos convierte en parte de una realidad y de una dinámica mayor que nosotros mismos. Cuando sembramos y sembramos en las condiciones adecuadas, solo estamos renunciando a aislarnos de esa realidad, inducidos por el engaño de pensarnos autosuficientes.
6.     Es la conciencia de lo que somos lo que da lugar a la confianza, a la paciencia con el ritmo de evolución propia y ajena, y a la paz interior. Jesús pudo vivir constantemente en esta conciencia de sí mismo y a partir de ahí, toda su manera de ser, de dar y recibir, en una real con – vivencia, en sentido propio, no solo no viendo a los demás como rivales o competidores, sino como partes de sí mismo —ramas de una misma planta—. No viendo las imperfecciones propias de nuestro ser de creatura como motivo de desaliento, sino como estímulo al avance, al aprendizaje, a la superación de etapas todavía inmaduras.Ω

10 junio, 2012

FIESTA DEL CORPUS CHRISTI


Lecturas:
Exodo 24,3-8
Hebreos 9,11-15
Mc14, 12-16 y 22-26

  1. Cuando, de joven, quise aprender a jugar boliche (bolos), el amigo que me enseñaba me advirtió: tienes que aprender a tirar la bola no de cualquier manera, porque si aprendes ahora con defectos o mañas, después te será casi imposible corregirte. Una advertencia parecida respecto a la forma de agarrar la raqueta, me hizo años más tarde otro amigo cuando intenté, esta vez sin éxito, aprender a jugar tenis. Discúlpenme Uds.  por establecer esas  comparaciones  tan triviales al hablar del tema de hoy. Pienso, a menudo, que cuando uno "aprendió mal" o de manera inexacta, lo que significa participar en la Eucaristía, después de años se hace tremendamente difícil cambiar la costumbre. Y ahí el problema. La gran mayoría de nosotros adultos crecimos oyendo que "a misa es obligación ir, y bajo pecado mortal" . Ni siquiera se usaba el término de "eucaristía".  Y menos de participar. Se trataba de "cumplir", "asistir a", "oír la misa" que un sacerdote celebraba. Para eso estaba y se le pagaban misas. También crecimos, hay que reconocerlo, oyendo invitaciones a una relación más de sentimientos, que se nos decía más cercana, a "visitar al Santísimo"'. O a acompañarle en procesiones donde iba bajo palio. Pero en ese caso lo que se acentuaba en nosotros era la actitud de adoración,  de veneración respetuosa y, pese a todo, en planos diferentes.  En tiempos recientes se quiso superar todo esto, es cierto. Pero a menudo se sustituyó por el intento de tomar la celebración eucarística como un momento de "cargar baterías", de dejarse envolver por sentimientos de piedad, de intensa devoción individual.
  2.  Con todos estos antecedentes, ¿Cómo recuperar el sentido evangélico de la cena del señor? ¿Cómo aprender de nuevo a celebrar la eucaristía "en memoria de él" como el mismo Jesús pidió que lo hiciéramos? Experiencias recientes nos dicen que se trata de un intento nada fácil.  Hace falta, desde luego, mucho más que un día de reflexión al año, como es este mismo día que llamamos del Corpus.
  3. Es más, no se trata solo, y quizá ni siquiera fundamentalmente, de reflexionar. Éste es un nivel importante, sin duda. Hay que entender lo qué hacemos y por qué lo hacemos. En esa perspectiva se pueden proponer varias dimensiones para profundizar. Empezando por la forma simbólica de la cena. Cierto que no se trata de asumir todas las exigencias de una comida que apunta a satisfacer las habituales necesidades alimenticias. No nos reunimos porque tenemos hambre. Pero también es cierto que, si estamos tomando la cena como símbolo de algo más, el símbolo debe guardar al menos rasgos esenciales que permitan identificar lo que queremos expresar. Y que resulte fácilmente comprensible para los que están empezando a participar, los niños, por ejemplo,  y a los que desde fuera se interesan por saber lo que hacemos. El problema es que la idea de "cena del Señor" ha cedido su lugar a lo largo de la historia a la idea de sacrificio ritual o a la de ceremonia de culto, y esto a pesar de que, cuando escuchamos relatos antiguos, como la primera lectura de hoy, nos horroriza pensar lo que eran los sacrificios sangrientos de animales o de humanos, de tiempos primitivos.
  4. La celebración eucatística, la Cena del Señor hoy, es una reunión simbólica, como todavía en nuestros días tenemos comidas de despedida, de bienvenida, de cumpleaños, etc., pero en este caso, lo esencial es actualizar, hacer presente la memoria de una persona, Jesús, con cuya forma de vida, de relacionarse con los demás, de darse y de recibir, queremos identificarnos. Participamos en esta comida para hacer que la memoria de su compromiso, de sus acciones, de sus sentimientos no desaparezcan nunca, permanezcan actualizados en nuestras propias vidas, en nuestra manera de asumir los retos que la vida nos plantea hoy en día. Y sabemos que esta identificación es real y no solo imaginaria, porque él ya había prometido estar donde dos o tres se reunieran en su nombre, y que permanecería en nosotros si nosotros permanecíamos en él.
  5. Podríamos seguir reflexionando sobre estas y otras importantes dimensiones  de la comida eucarística, pero sería muy extenso para este tipo de publicación.  Y es mejor, antes de concluir, subrayar una condición indispensable para que el contenido de esas reflexiones se haga realidad: la existencia de esos "dos o tres reunidos en su nombre". Es decir, para que recobre sentido  la eucaristía, el ámbito, el espacio requerido es el de un grupo, unido por lazos comunitarios y por el deseo común de perpetuar la memoria de Jesús en una forma de espiritualidad, en una forma de vida que fueron las suyas. Y esto va mucho más allá de la devoción individual, o de cualquier actividad cultual. Requiere una comunidad viva, o en vías de serlo, convencida de que la espiritualidad de Jesús puede ser un aporte importante para humanizar a fondo la sociedad actual y que esa espiritualidad puede "reencarnarse" en brazos y manos nuestros unidos en lazos fraternos y solidarios. En actitudes de servicio, como lo expresa ese otro gran símbolo de la Cena del Señor, el lavatorio de pies.Ω