26 febrero, 2012

1er domingo de Cuaresma


Lect.: Gén 9:8-15; 1 Pedr 3:18-22; Mc 1:12-15

1.   No es casual que el relato de Mc sobre lo que conocemos como el episodio de las tentaciones de Jesús sea tan corto y tan simple de elementos. No es casual, porque Mc, que es anterior a los relatos de los otros evangelistas, va al grano. Lo que quiere es transmitir no es el relato de una anécdota o episodio, sino un mensaje breve y directo, aunque con un lenguaje cargado de símbolos: en la experiencia de Jesús, como en la de todo ser humano, se da a lo largo de la vida, una batalla permanente. Diariamente Jesús, como nosotros, está rodeado de satanás, que significa "adversario", de fieras salvajes y de ángeles. No se refiere a otras personas, sino a fuerzas de diverso signo que todos llevamos dentro. Unos son lo que llamamos los "demonios" internos, nuestros miedos, cobardías, agresividades defensivas. Otros son los "ángeles", también interiores, que son nuestras intuiciones luminosas, generosas, que nos hacen sentirnos bien,  más realizados en las experiencias de mayor autodonación, de gratuidad, de regalo, de amistad. Ese conflicto de fuerzas viene a ser el conflicto entre dos formas de vida, una, centrada en una falsa imagen de uno mismo como si fuera un ser centrado en sí mismo, que todo lo juzga según sus propios intereses, y así define lo bueno y lo malo, lo agradable y lo desagradable, según convenga a su propio ego. La otra forma de vida, en cambio, nos lleva a descubrirnos en una maravillosa comunión con los demás, con todo el universo incluso, y en eso consiste nuestra experiencia y encuentro con Dios.
2.   El "desierto" al que va Jesús es el símbolo de esos tiempos y espacios en los que, concentrándonos en lo esencial, liberándonos de distracciones, podemos entender mejor la lucha interna entre esas dos opciones de vida. Y podemos continuar eligiendo la que más nos permite descubrir y fortalecer nuestra identidad real, luminosa, constructiva, amorosa, solidaria.
3.   Por eso estas semanas que llamamos "Cuaresma" no son, como a menudo lo hemos interpretado, unos días para lamentarnos lo pecadores que somos y pedir perdón de nuevo. Son más bien como unos días de entrenamiento, como hacen los deportistas cuando se concentran antes de una competencia importante, para poder luego en la vida ordinaria acostumbrarnos a la práctica de esos momentos de desierto, que nos permitan concentrarnos en lo esencial, y, sin distracciones, ni miedos, ni cobardías, descubrir y fortalecer, como Jesús, la opción de vida que nos revela lo que realmente somos, esa nuestra identidad luminosa y constructiva que veremos expresada luego en el símbolo de la resurrección .Ω

19 febrero, 2012

7º domingo t.o.


Lect.: Is 43:18-19.21-22.24b-25; 2Cor 1:18-22; Mc 2:1-12

1.   Llama la atención, aunque quizás lo hayamos pasado por alto muchas veces, ver que Jesús relaciona la salud del paralítico con la liberación de su  sentido de culpa. En la vida moderna vamos aprendiendo a ver la relación en un círculo estrecho, de problemas de salud física, con problemas mentales,  con problemas religiosos. Muchas veces sufrimientos internos, psicológicos, realmente llegan a enfermarnos y resultan peores, cuando sentimos que esos sufrimientos vienen como una especie de castigo de Dios, por pecados cometidos. Es en la vida moderna que vamos aprendiendo de ese círculo destructivo en que se asocia una imagen de dios castigador, con  desequilibrios psicológicos y enfermedades físicas. Lo llamativo es que jesús lo intuyera ya en esa época. Su visión era muy distinta de la del A.T en la que, de manera parecida a creencias populares que todavía subsisten, se creía que enfermedades y eventos naturales de destrucción eran castigo por faltas que la gente tenía que pagar. Para Jesús, en cambio, para recuperar plenamente la salud, es preciso liberarse de esas creencias. Es cuando hace ver al paralítico que Dios no anda acordándose de los pecados de cada uno, "tus pecados te son perdonados", como dice Isaías hoy, cuando le libera de ese sentimiento de culpa, cuando declara que ya queda liberado también de la enfermedad.
2.   No es nada fácil, pero es indispensable para nuestro crecimiento espiritual, llegar a la aceptación de nosotros mismos, de lo que cada uno es, con todos nuestra capacidades, pero también con nuestras limitaciones, reconociéndonos como seres todavía incompletos. No es nada fácil reconocerse así, con responsabilidad por las acciones erróneas realizadas, pero es lo que Jesús muestra como actitud indispensable para alcanzar la sanación.  De alguna manera, la imagen del paralítico, levantándose, y cargando la camilla y caminando hacia la casa, viene a ser como un símbolo de quien carga a las espaldas su pasado, pero sin sufrimiento, como parte de lo que uno mismo es, pero que no le detiene para seguir caminando hacia la casa, hacia el encuentro con el Padre, que es hacia el encuentro con nuestra identidad más auténtica.Ω

12 febrero, 2012

6o domingo t.o.


Lect: Lev 13:1-2.44-46; 1 Cor 10:31-11.1; Mc 1: 40-45

1.   Cuando  leemos textos bíblicos como los de este domingo, sobre el trato a los leprosos en la antigüedad, tenemos la tentación de decir: "qué brutos eran, qué salvajes, qué primitivos; ¡imponer una separación tan inhumana a los enfermos de lo que entonces se consideraban formas de lepra...! ¡hacerlo en nombre de Dios! Nuestro escándalo se puede acabar enseguida si consideramos, por una parte, la ignorancia sobre la enfermedad, de aquella época, y la escasez que padecían de medios de combatirla. Pero, sobre todo, nuestro escándalo por ese muro legal de separación, se esfuma al reconocer que seguimos construyendo enormes muros de segregación y discriminación hoy día. Muros físicos de separación construidos por Israel, para aislar a sus vecinos de al lado, los palestinos; por el gobierno de EE. UU, para impedir el paso de los inmigrantes pobres sobre todo de Centroamérica, otro similar levantado por el gobierno español, con intenciones parecidas respecto a emigrantes africanos. Y hay otras medidas que sería largo mencionar (metro de Chile, separación de zonas en Guatemala, trato a enfermos de SIDA, a homosexuales…).  Si en el A.T. el miedo era al contagio, hoy se trata de otras formas de miedo; se dice para justificarse, que al terrorismo, a la ilegalidad, a la inmoralidad... en el fondo a grupos que se ven como amenaza por encontrarse en situaciones de desvalimiento y precariedad. Se piensa que su presencia, amenaza el orden, la moral, más sinceramente, el bienestar, el confort del que se disfruta.
2.   En el evangelio, Jesús tiene una actitud distinta. No ve al desvalido como una amenaza de la que hay que defenderse, sino como un semejante con quien se comparte el padecimiento, porque, en lo básico, todos somos igualmente limitados. Si él padece de algo, nosotros padecemos de otras cosas, y ese reconocimiento no nos debe hacer sentirnos amenazados y separarnos sino, al contrario, tendría que conducirnos al sentimiento de identificación y, en definitiva, al amor. Construir muros de separación nos vuelve a la selva y genera más violencia que la que ya padecemos. Derribar esos muros, como lo hizo Jesús, nos hace más profundamente humanos y, por eso, más en comunión con Dios.
3.   Como ticos pacíficos  no construimos esos muros de ladrillo o concreto para separar a los que creemos que amenazan nuestra comodidad. Pero tendríamos que preguntarnos si no hemos construido otro tipo de muros, —legales, ideológicos, culturales, de comportamiento, ...— para mantener separados a grupos  de nuestra sociedad que consideramos raros, o meramente distintos, porque no tienen nuestro nivel cultural, económico, o de comportamiento social o sexual. A la luz de la Buena Nueva,  parece imposible que podamos realizarnos plenamente humanos como Jesús, de no eliminar todas esas barreras de separación.Ω

05 febrero, 2012

5º domingo t.o.


Lect.:  Job 7:1-4.6-7; 1 Cor 9:16-19.22-23; Mc 1:29-39

1.   ¿Recuerdan aquella inquietud de dos discípulos, que comentamos hace varios domingos? le preguntaban a Jesús dónde vive. Es decir, querían saber y experimentar cómo vivía,  qué estilo de vida le hacía ser tan especial. Y este Cap. 1 de Mc nos cuenta, de forma resumida, a propósito del viaje a Cafarnaum, como era esa forma de vida de Jesús , predicando la buena noticia, traduciendo esa noticia en la práctica de curar a gente que necesitaba liberarse de sus dolencias y enraizando estas dos actividades en ratos de soledad para profundizar en el encuentro con Dios. Nos cuenta, además, que esta forma de vida de Jesús la realiza en lugares cotidianos, empezando por la casa de la suegra de Pedro. Jesús no es un predicador de sinagoga, no es un clérigo, ni  un funcionario del Templo, sino alguien que vivía la experiencia de la divinidad viviendo con normalidad y profundidad la vida humana y traduciendo en servicio esa experiencia.
2.   Lo que Mc sugiere, al decir que Jesús se retiraba a un lugar solitario para orar, no es tan solo un lugar, en sentido físico sino, sobre todo, refiriéndose a momentos,  de lo que hoy llamamos "silencio interior", en los que uno trata de despojarse de todo ese ruido y esas interferencias del yo superficial, para entrar en nuestra intimidad, y  descubrir esa presencia de lo divino en el fondo más auténtico de lo que somos.  Son los momentos de zambullirnos en lo humano para toparnos con el Dios fuente de lo que somos. Por eso es que entendiendo esto como momentos de oración auténtica,  no de repetición de plegarias  o  ritos "prefas", esta oración era la que llevaba a Jesús al servicio de quienes necesitaban liberación de sus dolencias. Hay que notar que Mc no nos da ideas, doctrinas, que describan el contenido de esa Buena Noticia, sino que describe prácticas, un modo de vida de Jesús que en sí mismo era ya una buena noticia, porque nos muestra  cómo puede ser la vida de cada uno de nosotros.
3.   No se trata, entonces de preguntarse si Jesús hacía realmente curaciones milagrosas o por qué curaba a unos y no a otros. Sino de descubrir que de ese modo de vida, verdaderamente humano, sale una fuerza transformadora y liberadora de nosotros mismos y de los que nos rodean.