23 diciembre, 2012

4o domingo de Adviento

Lect.: Miq 5:4-1 a;   Hech 10:5-10; Lc 1:39-45

  1. Anoche, al terminar la final del campeonato de fútbol, quedé inquieto por algunas de las expresiones religiosas en miembros del equipo triunfador. A primera vista parece  muy bien agradecer a Dios el gane y el campeonato. Hay algo bueno en ese reconocimiento, pero es todavía muy incompleto. Porque si se entiende que Dios dio el triunfo a un equipo, ¿qué quiere decirse? ¿Que no estuvo con los rivales o que estos no se encomendaron lo suficiente?  No es un problema que pasa solo en fútbol. También sucede, por ejemplo, en el campo de la salud, cuando agradecemos a Dios que nos haya liberado de una enfermedad que ha afectado, quizás a un amigo.  ¿Es que Dios no está con ese amigo enfermo y me tiene preferencia a mí?
  2. Esta hermosa meditación simbólica del texto de Lucas hoy nos pone en la figura de María la revelación de la condición de vida de cada uno de nosotros: todos estamos "preñados de Dios". Todos: heredianos y liquistas, sanos y enfermos, ateos y creyentes... Nuestro ser más profundo y auténtico está pleno de la divinidad, aunque no hayamos llegado al punto de descubrirlo todavía. Somos ignorantes de lo que es realmente maravilloso en nosotros. La presencia de Dios en cada uno no depende de que se lo hayamos pedido con mayor o menor intensidad. Es, como en el caso de María, una  plenitud de gracia, un regalo. Y esa presencia plena de la divinidad es la que nos permite vivir con calidad humana el triunfo y la derrota, la salud y la enfermedad, lo que llamamos logros y lo que sentimos como fracasos y carencias. Porque en realidad, no carecemos de nada, aparte de la ignorancia de que todo lo esencial lo tenemos en el sustrato de la divinidad en que estamos insertos.
  3. María no descubre sola que lleva a Dios en sus entrañas. Y cuando resucita  a ese reconocimiento, (en griego el texto dice que María "se levanta" usando el mismo verbo que se traduce también por "resucitar"), tampoco se queda rumiando sola lo que ha descubierto, sale corriendo a compartirlo con Isabel que también, a su modo, da testimonio de la presencia de Dios en ella.  El descubrimiento de Dios en nosotros, aunque es un camino muy personal, no es individualista, lo alcanzamos en las relaciones con otros y, cuando resucitamos a ese conocimiento nos sentimos impulsados a compartirlo, a anunciarlo a los demás. Lucas en este relato tiene el detalle de subrayar este descubrimiento de la presencia de Dios ligado al diálogo entre dos mujeres. Es una de esas escenas centrales del evangelio en que no aparece ningún varón. Es una mujer, María, la que descubre a Dios en sus entrañas y es otra mujer, Isabel, la que le da su bendición. Al final de los evangelios será otra mujer, Magdalena, la que anunciará a los apóstoles varones la resurrección de Jesús. Tal pareciera que se nos quiere subrayar que en  la comunidad de los seguidores de Jesús, como dice Pablo en una de sus cartas, ya no hay distinción entre varón y hembra, entre judío y pagano. Por supuesto que hay diferencias, pero ninguna superior a las otras. Todas igualmente valiosas y deben ser tratadas con igual dignidad. Ahí nos deja Lucas a María para recordárnoslo y para recordarnos, sobre todo, que cualquier situación de nuestra vida la debemos vivir como "preñados de Dios".

16 diciembre, 2012

3er domingo de Adviento


Lect.: Sofonias  Flp   Lc3: 10 - 18

  1. Juan el Bautista tiene que haber sido un tipo impresionante. Rudo, poco educado, un campesino simple, hijo de un sacerdote rural,  pero de una personalidad y de una honestidad que dejaba huella. De no ser así, el propio Jesús no hubiera formado parte de su grupo. Y, como comentábamos el domingo pasado, Jesús inicia su misión bajo la influencia del Bautista. En el Jordán Jesús recibe, con el bautismo, el impulso a su misión.  Y veintiún siglos después todavía existen grupos religiosos que se confiesan seguidores del Bautista. Son los llamados "mandeanos", de los que un cierto número se localiza en Australia y, hasta hace pocos años, se encontraban también en Irán, hasta que el régimen que domina ese país empezó a perseguirlos.
  2. Dos rasgos pueden destacarse en Juan, que lo hacía atractivo. Por una parte, un estilo de vida por completo austero, ascético. Y, por otro, el llamado a vivir con equidad, compartiendo lo que se tiene, llevando una vida inspirada en valores de equidad y justicia.  Precisamente por vivir como vivía, su predicación era creíble. 
  3. Llama entonces la atención y tiene que ponernos a pensar que, con esas características, Juan se vea subordinado y menor que el que venía después de él, Jesús de Nazaret. ¿Por qué? Lo dice muy claramente: porque ese que venía después que él se movía a un nivel más radical y profundo que el nivel en que se movía Juan.  Él bautizaba "con agua", decía. pero Jesús bautizaría con Espíritu y fuego. ¿Qué quiere decir con estos símbolos?  ¿A qué se refiere? ¿cómo debemos interpretarlo? Se trata, simplemente, de la diferencia entre el nivel moral y el nivel de vida espiritual. No nos sorprendamos. Quizás muchos de nosotros, por mucho tiempo hemos confundido moral con religión y religión con espiritualidad. Son tres planos importantes de la vida humana, pero son distintos. El Bautista se movía en el plano de la moral, es decir, ese plano en el cual los seres humanos nos movemos guiados por la conciencia y la razón, para deducir de manera racional, en las encrucijadas que nos presenta la vida, cuáles son las decisiones que debemos tomar para realizar acciones valiosas.  Pero la espiritualidad va más allá de esto. No es un mero juego racional. La vida espiritual es la vida que vivimos, no por decisiones científicas, ni técnicas, ni morales aunque éstas sean muy importantes. Es la vida que bulle, que surge desde dentro de nosotros, de la misma fuente divina que nos alienta y en la que estamos sumergidos. 
  4. Por eso dice Juan que Jesús bautizaría en Espíritu. Quiere decir que nos sumergiría en la vida del Espíritu de Dios, para que le misma fuerza divina desde dentro de nosotros nos transforme. Por eso los maestros espirituales dicen que la vida espiritual no se enseña, ni se aprende. Solo se cultiva. La moral o ética sí se aprende, se estudia, se transmite. Pero la vida espiritual, la vida del Espíritu de Dios que va más allá del razonamiento moral, que lleva a la entrega total de nuestra propia vida de forma gratuita, como gratuitamente la hemos recibido, esa ya está dentro de nosotros, desde el principio, solo tenemos que dejarla fluir. Tenemos que cultivarla. Es como la semilla pequeña sembrada, que ya tiene en sí todas las potencialidades de la planta, del árbol. Solo hay que cultivarla para que por su propia fuerza crezca dentro de cada uno de nosotros. Esa capacidad de cultivo es lo que imploramos esta tarde en esta eucaristía.Ω

11 diciembre, 2012

2º domingo de Adviento, 9 diciembre 2012


Lect.: Baruc  5: 1 – 9; Flp 1: 4 – 6. 8-11; Lc 3: 1 – 6

  1. A veces rutinizamos de tal manera nuestro cristianismo que más que hacerlo vida y seguimiento de una persona histórica, lo fabricamos en torno a ideas o doctrinas sobre Dios, creencias varias y sobre el propio Jesús. Olvidamos , entre otras cosas, que en nuestra confesión de fe se afirma con rotundidad que Jesús es un ser humano pleno. No es un extraterrestre que cae del cielo en paracaídas. Y como todo ser humano es fruto de un contexto, de su mundo, de sus relaciones. Es el contexto el que reta a Jesús y en el que se implica. Y al responder a esos retos cotidianos él va “creciendo en estatura, gracia y sabiduría delante de Dios y de los hombres”, como dice san Lucas (2:52). De ese contexto aprende muchas cosas y muchas otras cosas y personas lo influyen, entre ellas, también el Bautista y su grupo, al que sigue y con quienes se incorpora durante un tiempo. Luego lo supera y cambia incluso el énfasis del Bautista, en un proceso muy personal
  2. No hay nada mágico en lo que Jesús llega a ser. Su misión, su palabra, el mensaje de la Buena Noticia, se van construyendo, van creciendo con él, en su mundo de relaciones. Así es para nosotros también nuestra vida y, específicamente, nuestra vida cristiana. para nosotros. Nuestro cristianismo, es auténtico no cuando uno simplemente lo hereda, ni cuando tan solo uno estudia y aprende doctrinas, sino cuando uno lo construye, en una interrelación con los demás respondiendo los retos que la vida nos plantea. Dando y recibiendo de muchas personas. También, en particular,  de nuestros papás y maestros, como Jesús recibió del mismo Juan el Bautista el inicio de su misión  Así nos hacemos cristianos, cambiando muchas veces y  reinterpretando lo recibido, para hacerlo más personal, parte de uno mismo. Uno aprende a vivir así, desde dentro, los valores del evangelio en estrecha interrelación con los que topamos en el camino.
  3. Este tiempo de adviento no es sino un símbolo de ese proceso que cada uno tiene que seguir hasta renacer a la vida de Dios en nosotros, ese nuevo nacimiento de cada uno de nosotros a la vida plena. Esto es lo que evoca la navidad y, previo, el tiempo de adviento. No es un mero liturgismo, ni una rutina  más. Como a Jesús en su momento, también nos toca vivir en un mundo pluralista, incluso con una oferta variada religiosa. Este recuerdo lo hacemos vida real en el proceso que seguimos cada día alentados por el Espíritu que nos mueve desde dentro.Ω

02 diciembre, 2012

1er domingo de adviento 2012


Lec 33, 14-16
14 - 16; 1 Tes. 3, 12-4, 2
; Lc 21:; , 25-28. 34-36


1.   Año con año nos reunimos aquí para repasar hechos –que hemos oído cientos de veces­–, sobre la historia de Jesús, empezando por la preparación de su nacimiento. No hay que extrañarse de estas repeticiones. También nos gusta repasar colecciones de fotos familiares, o volver a ver películas que nos encantaron o piezas musicales que nos fascinan. Al repetir el tiempo de adviento, retomamos lo que fue la experiencia humana, espiritual, que tuvieron aquellas primeras Comunidades de cristianos en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Y repetir estos relatos no solo nos resulta hermoso sino que nos permite entender mejor esa experiencia espiritual y mejorar y profundizar nuestra propia experiencia religiosa.
2.   Para aquellos primeros cristianos el nacimiento de Jesús fue vivido como el cumplimiento de promesas de liberación según su trasfondo judío. Y ese cumplimiento de promesas venía precisamente en momentos muy duros de su historia. Es más, en el momento en que se escriben los evangelios, unos 40 años después de la muerte de Jesús, los romanos ya habían  arrasado Jerusalén y muchos de sus habitantes, judíos y cristianos supervivientes de la catástrofe  habían tenido que darse a la huída.
3.   Es este tipo de crisis extremas la que les permite caer en la cuenta de que la liberación que Jesús había traído no era una intervención milagrosa, caída del cielo, sino que era una recreación espiritual, una capacitación para entender todas las profundidades de lo que somos los seres humanos. La crisis les permitió despertar y entender, como se los mostraba la propia vida de Jesús, que el Dios liberador estaba ya presente en cada uno de ellos. No importaba para ellos tener que atravesar terribles experiencias de catástrofes de diverso tipo. En medio de todas ellas sienten el llamado a descubrir cercana la presencia del Hijo del Hombre y la invitación a enfrentar cualquier situación difícil erguidos y con la cabeza levantada, con esperanza. No hay que tener miedo porque ese hijo del hombre, Jesús, está en ellos dándoles la fuerza con el perdón y la superación de la religión antigua.
4.    Al revivir aquellas experiencias de las primeras comunidades no estamos en una situación tan catastrófica como la destrucción de Jerusalén, pero sí atravesamos momentos muy difíciles en nuestro país, sociales (creciente desigualdad, consiguiente inseguridad ciudadana, violencia…), económicos  (creciente pobreza y acumulación de riqueza en sectores privilegiados, y políticos (con pérdida de sentido social del Estado). Lo demuestran los llamados urgentes de políticos y analistas a construir vías que nos lleven a una Costa Rica renovada. Sean cuales sean los caminos por los que optemos, nuestra actitud como cristianos no puede ser sino la de fuerte esperanza, la de caminar con la cabeza levantada, sabiendo que tenemos en nosotros la presencia de un hombre nuevo y pleno capaz de estar en comunión con Dios y con los semejantes aún en medio de la tribulación.Ω