02 diciembre, 2012

1er domingo de adviento 2012


Lec 33, 14-16
14 - 16; 1 Tes. 3, 12-4, 2
; Lc 21:; , 25-28. 34-36


1.   Año con año nos reunimos aquí para repasar hechos –que hemos oído cientos de veces­–, sobre la historia de Jesús, empezando por la preparación de su nacimiento. No hay que extrañarse de estas repeticiones. También nos gusta repasar colecciones de fotos familiares, o volver a ver películas que nos encantaron o piezas musicales que nos fascinan. Al repetir el tiempo de adviento, retomamos lo que fue la experiencia humana, espiritual, que tuvieron aquellas primeras Comunidades de cristianos en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Y repetir estos relatos no solo nos resulta hermoso sino que nos permite entender mejor esa experiencia espiritual y mejorar y profundizar nuestra propia experiencia religiosa.
2.   Para aquellos primeros cristianos el nacimiento de Jesús fue vivido como el cumplimiento de promesas de liberación según su trasfondo judío. Y ese cumplimiento de promesas venía precisamente en momentos muy duros de su historia. Es más, en el momento en que se escriben los evangelios, unos 40 años después de la muerte de Jesús, los romanos ya habían  arrasado Jerusalén y muchos de sus habitantes, judíos y cristianos supervivientes de la catástrofe  habían tenido que darse a la huída.
3.   Es este tipo de crisis extremas la que les permite caer en la cuenta de que la liberación que Jesús había traído no era una intervención milagrosa, caída del cielo, sino que era una recreación espiritual, una capacitación para entender todas las profundidades de lo que somos los seres humanos. La crisis les permitió despertar y entender, como se los mostraba la propia vida de Jesús, que el Dios liberador estaba ya presente en cada uno de ellos. No importaba para ellos tener que atravesar terribles experiencias de catástrofes de diverso tipo. En medio de todas ellas sienten el llamado a descubrir cercana la presencia del Hijo del Hombre y la invitación a enfrentar cualquier situación difícil erguidos y con la cabeza levantada, con esperanza. No hay que tener miedo porque ese hijo del hombre, Jesús, está en ellos dándoles la fuerza con el perdón y la superación de la religión antigua.
4.    Al revivir aquellas experiencias de las primeras comunidades no estamos en una situación tan catastrófica como la destrucción de Jerusalén, pero sí atravesamos momentos muy difíciles en nuestro país, sociales (creciente desigualdad, consiguiente inseguridad ciudadana, violencia…), económicos  (creciente pobreza y acumulación de riqueza en sectores privilegiados, y políticos (con pérdida de sentido social del Estado). Lo demuestran los llamados urgentes de políticos y analistas a construir vías que nos lleven a una Costa Rica renovada. Sean cuales sean los caminos por los que optemos, nuestra actitud como cristianos no puede ser sino la de fuerte esperanza, la de caminar con la cabeza levantada, sabiendo que tenemos en nosotros la presencia de un hombre nuevo y pleno capaz de estar en comunión con Dios y con los semejantes aún en medio de la tribulación.Ω

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