26 mayo, 2008

Fiesta del Corpus Christi

Fiesta del Corpus Christi, 25 may. 08
Lect.: Dt 8: 2 – 3; 14b – 16 a; 1 Cor 10: 16 – 17; Jn 6: 51 – 59

1. El otro día oí a alguien diciendo que caminar sobre las aguas no es el verdadero milagro que aprendemos del evangelio. El verdadero milagro es aprender a caminar sobre esta tierra. Cierto que para la mayoría de nosotros que estamos aquí esta tarde, por más que tengamos nuestros problemas de todo tipo, la cosa no es tan dramática como sí lo es para las víctimas del ciclón de Myanmar, o del terremoto de China, o de la guerra de Irak, o de la sequía al norte de nuestro país o en Nicaragua. Para mucha otra gente, allá o acá, caminar sobre la tierra y sobrevivir con dignidad y calidad resulta un verdadero milagro, quizás parecido al de ese pueblo de Israel atravesando el desierto, del que nos habla la primera lectura. Tradicionalmente, en la fiesta del Corpus Christi, se realizaba una procesión solemne. Como todas las procesiones, no debe ser una exhibición de poder sino un símbolo de ese mismo peregrinar sobre la tierra, que a todos nos resulta algo difícil pero que para muchos otros es verdaderamente una proeza. Si la procesión simboliza ese duro caminar, el hacerlo acompañando la eucaristía nos evoca lo que dice Pablo en la 2a lectura: compartir el cáliz y el pan, nos une a todos en la sangre y en el cuerpo de Cristo, y esto nos recuerda que todos formamos parte de un solo cuerpo. No se puede participar de la misa, de la eucaristía y seguir caminando sin desarrollar cada vez más un sentido de identificación y solidaridad con todos aquellos para quienes su diaria jornada se torna tan difícil por las injusticias de esta sociedad. El mundo físico produce siempre desastres naturales, inevitables, pero lo que sí es evitable es el estar desprotegido frente a esos y otros desastres. Se puede evitar, por ejemplo, el aumento de la pobreza, miseria y hambre que se va a producir, de ser encareciéndose los alimentos como está sucediendo a nivel internacional y no precisamente por que haya escasez.
2. Ese gran signo de partir el pan y el vino, es uno de los cuatro grandes signos que utiliza el evangelio de san Juan para caracterizar lo que es el nuevo modo de vida, de existencia de los seguidores de Jesús. Comer y beber el cuerpo y la sangre de Jesús significa asimilar, hacer propia la actitud existencial de Jesús, la identidad del crucificado. Lavar los pies a los discípulos es el segundo símbolo que expresa la vida de auto-donación, de entrega solidaria de quienes se han identificado con el crucificado. Pero vivir esto no es el resultado de un esfuerzo por cumplir reglamentos y leyes, es la consecuencia de quien nace de nuevo, como lo expresa en ese 3er signo que usa Jesús en su conversación con Nicodemo. Solo el que nace del Espíritu es espíritu. Y el que vive de esta manera, tendrá dentro de sí mismo una fuente de agua viva, que brota para vida eterna, como lo dice en la cuarta expresión simbólica que Jesús usa al conversar con la samaritana. Es un agua que él nos dará, es decir, es un don gratuito que no podemos comprar con nuestras pretendidas buenas cualidades y pretendidos méritos, sino al que solo podemos prepararnos, disponernos con un continuo esfuerzo por desapegarnos de nosotros mismos, de nuestra cortedad de miras, de nuestro ridículo afán por apropiarnos de las cosas y personas que nos rodean.
3. El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, nos recuerda Pablo. Esto nos da ánimo. Aunque esa tarea de desapegarnos de nosotros mismos sea difícil, ayuda saber que no la hacemos solos. Más aún, como dice Jn, al comer esa palabra hecha carne que es Jesús, al identificarnos con su vida, él habita en nosotros y nosotros en él. Esto, más que animarnos, nos da conciencia de que tenemos toda la fuerza para seguir caminando con alegría por esta tierra.Ω

18 mayo, 2008

Domingo de la Stma. Trinidad

Fiesta de la Trinidad, 18 may. 08
Lect.: Éx 34: 4b – 6. 8 – 9; 2 Cor 13: 11 – 13; Jn 3: 16 – 18


1. Cuando uno escucha el término “trinidad”, es normal que le venga a la mente la formulación que hemos aprendido desde niños, que el Dios en quien creemos es uno pero en tres personas. Pero probablemente, si nos quedamos ahí, tenemos que reconocer con sinceridad que la cosa no nos dice mucho a nivel de nuestra vida diaria, y de nuestra mentalidad moderna. Nos queda nada más como eso, como una fórmula que no entendemos y que repetimos porque se nos dice que es parte de los dogmas o misterios que hay que aceptar. Y si nos aventuramos como adultos, a intentar hacer más razonable nuestra fe, leyendo algo que teólogos han escrito sobre el tema, puede que resultemos, por decir lo menos, aburridos. Cuando escuchamos términos como sustancia, naturaleza, indiviso, etc., que una fuerte tradición teológica desarrolló, francamente nos tiene que sonar hoy más como filosofías abstractas que como verdades que nos alientan a vivir e, incluso, a amar más a Dios.
2. Hay otra forma sencilla, sin pretensiones, de acercarnos a esto que llamamos “misterio de la trinidad”, que surge casi espontáneamente de las meditaciones de todas estas semanas de Pascua, que acabamos de concluir con la fiesta de Pentecostés. Reviviendo la entrega de Jesús hasta el final, hasta dar lo último de lo que era y tenía, hemos podido replantearnos, una vez más, en qué consiste para el evangelio que hemos recibido, una vida que vale la pena y a la que hemos renacido con la Pascua. •Jesús se realiza, se muestra plenamente humano, en una vida de amor y servicio, de cuidado preferencial por los pobres e insignificantes, por los excluidos y abusados; •en una actividad que apunta permanentemente a relaciones más justas y fraternas, en medio de los conflictos humanos. •Jesús se muestra plenamente humano en una actitud ante la muerte que no es nunca fruto de una glorificación del sufrimiento, pero que tampoco es simplemente valentía. Más bien es la aceptación de la muerte como parte de lo que significa ser plenamente humano. Todo esto, que hemos revivido durante estas semanas de Pascua, podemos verlo como un ejemplo superior de moral evangélica, de estilo de vida conforme a los mejores valores humanos. Pero hay algo más que podemos descubrir en Jesús de Nazaret. Todas estas valoraciones y compromisos nos permiten además descubrir en él una espiritualidad, una manera de entender la vida y la realidad, que son las que dan raíces a su compromiso, su moral, a la sabiduría de sus enseñanzas. Es la espiritualidad de Jesús, su manera de vivir en Dios, de "entenderlo" experiencialmente. Es una visión espiritual que ve y experimenta la presencia de Dios de una manera muy especial. Jesús no se relaciona con Dios como si se tratara de una fuerza anónima creadora del universo, pero desconectada del mismo, ni como una providencia fría, preocupada de que la obra funcione bien, sino que ve y experimenta a Dios como Padre amoroso en todos los ámbitos de la realidad. Lo ve y experimenta además como el fondo más profundo de su propia realidad personal, que le hace identificarse como hijo, imagen y semejanza de Dios. Y, en fin, lo ve como el espíritu mismo que alienta a todos los seres humanos, que se manifiesta en la riqueza de su pluralidad de dones, en la diversidad de las sociedades humanas.
3. Más que ponernos a elucubrar con aritmética teológica, descubrir y vivir esta experiencia que Jesús nos ofrece de Dios, y a la que hemos renacido, es a lo que nos invita esta confesión de fe trinitaria, como una convicción de una presencia múltiple de Dios, que llena plenamente toda la realidad y que nos permite alcanzar en todo momento y situación, incluyendo en la muerte, los niveles más plenos de nuestra humanidad.Ω

11 mayo, 2008

Domingo de Pentecostés

Fiesta de Pentecostés, 11 may. 08
Lect.: Hech 2: 1 – 11; 1 Cor12 3b – 7. 12 – 13; Jn 20: 19 – 23


1. Los seres humanos, aunque nos llenamos la boca con palabras como fraternidad, comunión y solidaridad, estamos dominados en la práctica por enormes miedos ante lo diferente, ante los que son diferentes a nosotros por color, lenguaje, costumbres, cultura. De allí vienen todas las formas de discriminación y dominación, especialmente las raciales, las sexuales e incluso las religiosas. De ahí viene el mal trato que a menudo damos a los inmigrantes. Muchas de las guerras contemporáneas que conocemos, aunque a menudo están motivadas por intereses económicos —control de riquezas, de petróleo, de tierras posicionadas estratégicamente— se agravan más por la ignorancia y el desprecio que tienen los invasores y dominadores sobre la cultura local. Por eso, también, cuando a veces líderes mundiales se atreven a hablar de lo necesaria que es la unidad de los seres humanos, muchas veces entienden esa unidad como una subordinación y adaptación de los otros a sus modos de vida y costumbres, a su manera de organizar la economía y la política. En resumen, nuestro temor a nuestras diferencias humanas ha construido escenarios de confrontación y violencia.
2. En la narración del primer Pentecostés cristiano Lc dibuja un cuadro utópico que se opone, por completo, a ese otro escenario conflictivo del mundo en que vivimos. Al llenarse del Espíritu Santo todos los discípulos empiezan a hablar en lenguas extranjeras. En medio de una multitud venida para la fiesta, gentes de los más variados sitios, es capacitada para escuchar de las maravillas de Dios, no importa en qué lengua se narraran. Cada uno oye como si le hablaran en su propia lengua. No cabe duda de que esta narración es un maravilloso símbolo de cuál es la unidad que soñaba Jesús para la humanidad cuando en la última cena oraba “como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros” (Jn 17: 21). Al decir la SE que el Espíritu de Dios se derrama en nuestros corazones, nos está afirmando que la presencia de Dios en cada uno, y en cada comunidad que se abre a esta presencia, genera una relación entre Dios y el ser humano, que nos permite descubrir nuestra identidad más profunda y esto genera una fuerte confianza que traspasa las fronteras, —las fronteras entre lo material y lo espiritual, y las fronteras artificiales entre nuestras diferencias humanas. La presencia del Espíritu en nosotros produce y se verifica en una pluralidad de dones puesto todos al servicio mutuo. No “sentiremos” la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, en un sentido físico, pero un sentido muy real este Espíritu se manifestará en todos nuestras actividades de comunicación de lo que somos y lo que tenemos, para el bien común. Esta es la vida nueva de resucitados, la manifestación del misterio de la pascua que hemos venido celebrando estas semanas. Es un don por completo gratuito, al que no queda si no disponermos a recibirlo.Ω

01 mayo, 2008

6o domingo de pascua

6º domingo de Pascua, 27 abr. 08
Lect.: Hech 8: 5 – 8. 14 – 17; 1 Pedr 3: 15 – 18; Jn 14: 15 – 21


1. Una de las cosas que me llama más la atención en este discurso de despedida de Jesús es la manera como relaciona o incluso mezcla varios aspectos de su vida que uno, ordinariamente separa. Jesús mezcla su acción —las obras que hace—, con su experiencia / conocimiento de Dios como Padre, con la presencia de Dios en nosotros, con nuestra propia capacidad de amar, con las obras de amor que realizamos y nuestra posibilidad de conocer a Dios. Uds. me dirán que está complicado el asunto. Barajémoslo más despacio, tratando de decirlo en palabras y ejemplos más sencillos. Jesús dice que él está en el Padre y el Padre en él. ¿Cómo lo sabe? ¿No se lo estaba imaginando? ¿Acaso a Dios que es inmaterial de le puede ver? Ciertamente no. Jesús no veía su relación o presencia de Dios en él físicamente, sino porque las obras de amor que realizaba, eran hechas por el Padre, que es amor. Descubría la presencia del Padre a partir desu experiencia del amor. Esta misma experiencia suya nos la aplica a nosotros. Nosotros también, dice, podremos ver que el Padre habita en nosotros, que nosotros habitamos en Jesús y él en nosotros. ¿Cómo y cuándo vemos eso? Tampoco se refiere a una visión física. Lo vemos, lo experimentamos cuando amamos con el mismo tipo de amor con que él amó. Esa práctica misma del amor es reveladora, parte del mismo amor que Dios nos tiene y por eso, medio por el cual el Padre se nos manifiesta. ¿Complicado todavía? Sí, es una realidad que nos sobrepasa, hagamos otro esfuerzo por en acercarnos a ella.
2. Muchas veces aceptamos por fe que Dios está muy cerca de nosotros, incluso aceptamos que estamos sumergidos en él, pero nos conformamos con aceptarlo “porque la SE lo dijo” pero nada más. Claro, la gente que no es creyente nos mira un poco como con lástima, como diciéndonos: “qué imaginación tienen Uds., cómo se han tragado ese cuento de los curas y las Iglesias, pero aunque Uds. lo creen, por mucha fuerza que hagan no pueden probarlo.” Bueno, nosotros sabemos que no se puede probar científicamente y, entonces, en nuestra sencillez pensamos que eso que creemos no podemos experimentarlo y solo se nos puede revelar desde fuera, por medio de un milagro, o desde dentro, por medio de un sueño, de unas palabras que se nos pronuncian interiormente, o en los momentos de oración silenciosa y apartada. Pero Jesús, en esta reflexión de Jn, nos lleva a otra manera de ver las cosas. No nos dice cómo es que exactamente se da esa realidad de la presencia de Dios que habita en nosotros; no nos explica cómo es posible que el Creador, esté en nosotros. Pero nos cuenta en cuáles experiencias de su vida a Jesús se le manifestaba el Padre dentro de él. Era en la práctica de las obras del amor donde le quedaba claro que el Padre estaba en él y él estaba en el Padre. Está diciéndonos que el amor, el amor verdadero, es revelador de Dios. Está diciéndonos: dejen de acercarse a este tema solo con el cerebro; dejen de soñar con que algún milagro o revelación privada se va a producir. Simplemente ábranse al amor de Dios y en la práctica de ese amor descubrirán a Dios, y se descubrirán lo que Uds. mismos son, morada de esa presencia de Dios. No se sorprendan, porque Dios es el amor verdadero y completo.
3. Reconozcamos que puede verse como una apuesta arriesgada. 1º , porque nos dice que nos tiremos al agua, y no quedarnos en la orilla, dudando si el agua estará fría o caliente. Es decir, que hagamos la experiencia, en vez de solo razonar pensando cómo será la cosa. 2º, porque es una experiencia muy exigente: se trata de tener la misma experiencia de amor de Jesús, experiencia de amar no importa en qué circunstancias, en las duras y en las maduras. No solo a quienes nos aman, a aquellos de quienes algo recibimos. Se trata de amar como Dios mismo, gratuita, desinteresadamente, hasta el final. Pero por arriesgada que sea, él nos está diciendo que podemos hacer esta apuesta, porque tenemos el mismo Espíritu que resucitó a Jesús y que nos resucita ahora a esta vida de un amor de calidad.Ω