27 enero, 2008

3er domingo del tiempo ordinario

3er domingo t.o., 27 enero 2008
Lect.: Is 9: 1 – 4; 1 Cor 1: 10 – 13. 17; Mt 4: 12 - 23

1. Es muy fácil decir que todos los que estamos aquí somos cristianos y católicos. ¿Cómo podríamos demostrarlo? Algunos dirían, porque somos miembros de esta Iglesia en la que hemos sido bautizados. Ya. Pero eso podría ser pura tradición, herencia histórica, en un país oficialmente católico. Otros podrían agregar: es que tratamos de vivir, —con imperfecciones y todo—, una vida moral, correcta, conforme a los mandamientos. Ya. Pero la verdad es que en ese mismo intento están muchas otras personas que ni son católicos, ni cristianos y que, incluso, ni siquiera creen en Dios. Se esfuerzan todos por vivir de manera ética. Entonces, ¿qué puede definirnos como cristianos? Un texto como el Mt, donde Jesús inicia su misión y llama a sus primeros discípulos a compartirla puede ayudarnos en nuestro intento de definir lo que somos y supuestamente hemos decidido ser como cristianos. Empecemos aclarando que sería equivocado entender este texto de Mt como una llamada vocacional restringida para apóstoles sacerdotes o religiosos, como a veces se interpreta. En las palabras que acabamos de oír hay una invitación a todos los que quieran seguir a Jesús como discípulos suyos. A todos. No tendría sentido creer que en ese momento Jesús estaba pensando en una Iglesia organizada con jerarquía, clérigos, laicos, etc. Está llamando a seguirle como discípulos, sin otra distinción.
2. Es una llamada para todos pero, ¿en qué consiste esa llamada? ¿de qué tipo es y a qué apunta? Puede verse que no es una llamada cualquiera, sino una llamada radical y eso se ve en la reacción de Pedro, Andrés, Santiago y Juan. La radicalidad de la llamada se ve en la radicalidad de la respuesta. Por responder a Jesús, estos discípulos renuncian a la familia y a la economía (expresión simbólica de: “dejaron la barca y a su padre”). También se ve en la invitación a convertirse: esta palabra significa, transformarse, cambiar de modo de pensar. Es decir, no se trata de una simple llamada a “portarse bien”, ni a “cumplir con el culto”, ni a “servir en la Iglesia”. Es a construir nuestra vida, nuestra existencia de una manera diferente. Sobre una base diferente. No sobre la base de lo que es socialmente más aceptado, ni de lo que económicamente tiene más éxito, sino sobre la base de lo que es más auténticamente humano, porque es lo que es auténticamente divino en cada uno de nosotros. Por eso entra en contradicción con los valores tradicionales, dominantes de la economía e incluso de la familia. Es lo más prioritario de nuestra vida y que Jesús llama "el Reino de Dios", que está cerca, en medio de nosotros, dentro de nosotros. Ese reinado de Dios, es la presencia divina en nosotros que establece lo que hay de más valioso en nuestra existencia humana, lo que nos define de manera más profunda. Descubrir esto y vivirlo nos lleva a ser como luz en medio de las tinieblas, que dice la lectura de Isaías, y el Jesús de Mateo repite aplicando a su misión.
3. Tamaña invitación para todos, para Uds y para mí. Es un descubrimiento que tenemos que hacer personalmente y al que somos invitados a invitar a otros (en eso consiste la metáfora de “pescadores de hombres”). Es un descubrimiento personal, porque cada uno lo va a hacer y, sobre todo, lo va a vivir de manera diferente. Las exigencias, siempre radicales, van a ser distintas según sea uno clérigo o laico, soltero o casado, hombre o mujer, con una ocupación laboral o con otra. Pero hay algo que todos tendremos en común: en las relaciones de amistad o amorosas, en la familia, en el trabajo, en el compromiso político, se trata de renunciar a construir la vida conforme a lo que predomina y es exitoso, —solo porque aparentemente da éxito, dinero y fama—, y optar por lo que es auténticamente divino, porque es auténticamente humano, tenga o no tenga “éxito”. Esto exige una tarea de desapego respecto a todo lo que vivimos, tenemos y usamos, que implica dedicación y coraje. Y una tarea de descubrimiento, de iluminación, a la que debemos esforzarnos por abrir nuestro corazón.Ω

2o domingo del tiempo ordinario

Este domingo 20 de enero, aunque reflexionamos en comunidad sobre las lecturas, no elaboré un esquema de homilía como lo hago cada domingo. La razón: no tenía que predicar en Santa Lucía, para la audiencia habitual, por tener una gira a Chomes, en conexión con el proyecto de Desarrollo local con orientación de economía solidaria. Al final, me tocó predicar acompañando al párroco de Chomes, y sin ser tan elaborado como de costumbre, toqué los siguientes puntos, a partir de Jn 1: 29 - 34.
1. Referencia a una novela de Ítalo Calvino (¨Las ciudades invisibles") donde el autor pone en boca de Marco Polo el siguiente párrafo: "El infierno de lo vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. la segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".
2. En ese contexto, una relectura de lo que quiere decir "quitar el pecado del mundo" (aunque alguna traducción pone "cargar" el pecado del mundo). No puede querer decir, quitar la condición de creaturas, de imperfección, de malicia, de maldad, de "infierno" que existe en este mundo. Los hechos lo demuestran. Me gusta pensar que lo que quiere decir es que el Cordero de Dios nos da la capacidad de reconocer lo que no es infierno, lo que no es pecado, en medio del pecado y del infierno, "y hacer que dure y dejarle espacio".
3. Lo que Jesús nos aporta es la luz para ese reconocimiento y la fortaleza para esa tarea de sanación, de curación (de ampliar el espacio de "no infierno"). Ese doble don es lo que, según estudiosos contemporáneos, está implicado en la expresión "bautizar con el Espíritu Santo" —sumergiéndose en Cristo se participa en ese doble don, o dicho de otra forma, que Jesús lo hiciera nos revela esa doble capacidad que podemos desarrollar los seres humanos, viviendo en el Espíritu.

13 enero, 2008

El Bautismo de Jesús

Bautismo de Jesús, 13 ene. 08
Lect.: Is 42: 1 – 4. 6 – 7; Hech 10: 34 – 38; Mt 3: 13 – 17


1. No hay abismo entre Dios y el ser humano, decíamos las semanas anteriores. Ese es el mensaje del nacimiento de Jesús, eso que llamamos el misterio de la encarnación. Este descubrimiento equivale a una iluminación, a encontrar la luz de una estrella, como los magos de oriente. Es descubrir que buscando conocernos a nosotros mismos, conocemos a Dios; y buscando conocer a Dios nos encontramos a nosotros mismos. El mismo mensaje es reafirmado en esta fiesta del bautismo de Jesús con la que cerramos el ciclo navideño. Encima de Jesús, sobre las aguas del Jordán, “se abrió el cielo” dice Mt, con una maravillosa expresión que simboliza la ruptura de fronteras entre el mundo del Espíritu y el mundo material. Y para recalcarlo, se escucha la voz: este Jesús es mi hijo amado. Sorprendente: un hombre plenamente tal, es reconocido como hijo de Dios. Basta pensar un momento para darse cuenta de que se está afirmando al mismo tiempo que en Jesús se manifiesta plenamente lo que es el ser humano —un ser portador de vida divina—, y en Él se manifiesta también lo que es Dios —la realidad más profunda de la vida humana. Como lo dice una teóloga contemporánea: cuando decimos que Jesús es hijo de Dios no solo afirmamos que Jesús es como Dios, sino también que Dios es como Jesús. Visión clave que debemos profundizar y en la que debemos crecer para transformar nuestra manera de vivir.
2. Pero este episodio del bautismo añade algo más a este mensaje fundamental. Como en otras tradiciones religiosas aparte de la católica, existen ritos de iniciación. El bautismo expresa simbólicamente esa iniciación. No es simplemente símbolo de purificación de pecados —Jesús no los tenía—, ni de vinculación a una iglesia determinada —no existía todavía ninguna en ese momento—. Es más que eso: es el símbolo de la llamada a pasar de la muerte a la vida, de lo superficial a lo profundo, de lo trivial a lo que vale la pena, de lo irreal a lo verdaderamente real, de lo que no somos a lo que de verdad somos. Con este gesto simbólico se reconoce que descubrir que no hay abismo entre Dios y lo humano solo es el comienzo de un proceso. Porque a pesar de que lo somos en lo profundo es imagen de Dios, partícipes de la naturaleza divina, esta realidad nuestra la descubrimos en lo concreto poco a poco. Y la realizamos poco a poco. Es un proceso histórico. Lo que Dios es desde siempre, nosotros lo llegamos a ser en nuestra historia personal y comunitaria. Esa es nuestra llamada fundamental, la vocación simbolizada en el bautismo: creados a su imagen, estamos llamados a crecer cada vez más en la semejanza con él en el trato familiar con Él.
3. Está claro que este mensaje nos revela, nos ayuda a descubrir en nosotros mismos, lo que somos los seres humanos, sin distinciones, como dice la 2ª lectura, de la nación que sea. No es privilegio de ningún individuo escogido, ni de ningún grupo nacional, político o religioso. Todos estamos llamados a vivir y crecer en esta realidad como lo hizo Jesús: practicando la justicia, anunciando la buena noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, llevando la luz a los que habitan en tinieblas. Esta práctica es la que nos da ese trato familiar con Dios y nos permite crecer en su semejanza. Nos lleva a construir cada vez más con todo nuestro ser, comprometiéndonos plenamente, lo que verdaderamente somos, despojándonos al mismo tiempo de las miopes maneras como a menudo nos vemos.Ω

Fiesta de Epifanía

Fiesta de Epifanía, 6 enero 2008
Lect.: Is 60; 1 – 6; Ef 3: 2.3 a. 5 –6; Mt 2: 1 – 12


1. Hace 8 días explicábamos que la riqueza de las narraciones de los evangelios de la infancia no está en que nos cuenten hechos históricos curiosos de los primeros años de Jesús. La riqueza está, más bien, en que las primeras comunidades utilizaron grandes símbolos para expresar lo que había llegado a significar Jesús en la experiencia de vida de cada uno de ellos. Detrás de lo que aparecen como sencillas historietas tiernas de la Navidad, hay convicciones muy profundas, nacidas de su experiencia. Por ej., que Jesús era un “nuevo Moisés”, que nos libera de toda opresión; esperanza para pobres y humildes —simbolizados en los pastores, en el pesebre, carencia de alojamiento; que la vida cristiana empieza con una transformación radical, nuevo nacimiento simbolizado en la misma Navidad de Jesús. Y hoy, fiesta de los reyes magos, se nos da otro grandioso símbolo: la estrella, la luz, la iluminación que experimentamos cuando nos acercamos a Jesús de Nazaret. Por eso también esta fiesta se llama “epifanía”, que significa “que viene de lo alto”. Quiere decir que encontrarse con Jesús debe ser para cada uno un camino de iluminación, de revelación. ¿Pero cómo entender esto? ¿Qué luz recibimos? ¿Qué se nos revela? ¿Se tratará acaso de mensajes esotéricos, o de doctrinas religiosas, muy exclusivas? La respuesta va por otro lado y nos podemos aproximar a ella a través de las imágenes de navidad.
2. Una de las inquietudes más profundas del ser humano nos mueve siempre a preguntarnos: ¿estamos solos en el Universo? No en el sentido de si existen o no otras civilizaciones extraterrestres, sino de si existe un Ser superior del que todas las civilizaciones planetarias dependemos. Los creyentes, como nosotros, hemos respondido afirmativamente: creemos que ese Ser, realidad superior a la que llamamos Dios, existe. Pero quedas otras inquietudes: ¿se preocupa de nosotros? ¿no es tan grande la distancia que existe entre él y nosotros que nuestras imperfecciones hacen muy difícil acercarnos a él? ¿cuáles son los métodos que hay que seguir para descubrirlo? ¿Habrá que estudiar muchas teologías y aprender muchos dogmas de los pocos que saben? ¿cumplir con rituales y prácticas religiosas para ganarse el favor de la divinidad? Muchas preguntas podemos plantearnos en esta línea sobre el drama de cómo saltar el abismo que hay entre el Creador y nosotros como criaturas.
3. Es precisamente en esta fiesta de epifanía que celebramos la iluminación que recibimos en el nacimiento de Jesús de Nazaret para eliminar esas dudas, esas angustias, esas tinieblas que a veces nos aprietan el corazón. Ese niño pequeño que está en el pesebre nos dice simplemente que no hay abismo insalvable entre Dios y el ser humano; entre lo infinito y lo finito; entre el creador y la criatura. El todopoderoso, omnisciente, omnipresente, está presente en el ser humano pequeño, frágil, limitado. Es tan sorprendente esta afirmación que es considerada como una verdadera iluminación, una revelación que quiebra los prejuicios humanos habituales. En el niño de Belén se revela quién o qué es Dios y al mismo tiempo quiénes somos nosotros, cuál es nuestro destino humano. Humano, en efecto, y no solo de un reducido grupo de privilegiados. Eso se simboliza también al mostrar que la luz, la estrella, se ha manifestado a unos magos de oriente, paganos, fuera de la religión oficial, que buscaban la luz, preocupados por el destino humano. No a los sabios de la ley, ni a los líderes judíos que todo lo tenían resuelto; no tenían preguntas, ya tenían respuestas para todo.
4. La iluminación sobre lo que es Dios, sobre lo que somos nosotros, sobre la manera de relacionarnos con Dios se ofrece a quienes siguen buscando, preguntándonos con humildad cómo encontrar en nosotros mismos esa divinidad de la que somos parte.Ω