26 diciembre, 2010

1er domingo de Navidad, Sagrada Familia

1er domingo de Navidad,26 de diciembre de 2010
Fiesta de la Sagrada Familia
Lect: Ecles 3: 3-7. 14 -17 a; Col 3: 12 -21; Mt 2: 13 – 15

1. Como sabemos, todas los textos evangélicos llamados “evangelios de infancia” no tienen la intención de ser crónicas históricas del nacimiento y primeros años de vida de Jesús. Su riqueza consiste, más bien, en ser una expresión teológica de la fe de las primeras comunidades de Mateo y Lucas. Con esos relatos quieren expresar cómo veían el significado de Jesús de Nazaret. En el caso de Mt, cómo lo veía como el nuevo Moisés. De ahí los textos básicamente simbólicos de la matanza de los inocentes y de la huida a Egipto que, para los oyentes de la época, recordaban rasgos de la vida de Moisés con los que se quiere destacar la figura de Jesús. Entendiendo así las cosas, se comprende por qué en el NT no se habla de la vida de la familia de Nazaret, salvo un par de parrafitos en Mt y en Lc con la intencionalidad ya dicha. La fiesta de hoy, entonces, no puede entenderse como un momento para profundizar cómo fue la vida de Jesús, José y María. Es una fiesta establecida recientemente en la Iglesia (en 1893) para invitar a las familias modernas a tratar de incorporar en su vida de relaciones, los valores profundos del evangelio. Por eso, cuando se habla de “imitar” a la familia de Nazaret, a pesar de la buena intención, no puede tomarse al pie de la letra, ni de manera arqueológica. No solo por la falta de referencias al tema en el NT sino, además, por la inmensa distancia cultural que nos separa del mundo palestino y mediterráneo del siglo I, donde la familia era una realidad por completo diferente a la nuestra.
2. Pero pensar en la incorporación del espíritu evangélico a la vida de nuestras familias hoy sigue siendo muy importante. Más allá de las diferencias culturales de cada época, la familia en sus diferentes formas continúa desempeñando normalmente su función de ser el primer ámbito en el que cada uno de nosotros aprende a ser persona en relaciones sociales, asimila los valores básicos y se abre o se cierra a la dimensión espiritual de la vida. Es clave, entonces, para la maduración de la vida en pareja, y para la formación cristiana de los hijos, preguntarse cómo hacer del espacio familiar, un espacio en el que se puedan responder los retos que se le plantean en el contexto de la vida contemporánea. Pienso, a modo de ejemplo, en tres retos principales: primero, a la familia se le plantea el reto de aprender a vivir en una sociedad cada vez más pluralista —desde el punto de vista religioso, político, cultural…—. Se exige entonces a la familia ser un espacio de respeto a la diversidad interna y externa. Segundo, se le plantea el reto de vivir en una sociedad muy sensible a los derechos humanos, a la libertad, al desarrollo personal. La familia cristiana debe descubrir entonces formas no impositivas, mucho menos represivas, de transmitir los valores éticos y espirituales. Tercero, en la sociedad contemporánea son cada vez más y más fuertes otras influencias formativas, escolarizadas y no escolarizadas: los medios en general, en particular la TV, internet, los videojuegos… Se exige a la familia una formación sólida para discernir el valor de lo que se recibe en ese mundo tan variado.
3. Para responder a esos y otros retos es imposible contar, entonces, con un recetario en la SE. Se impone una actitud de búsqueda, de profundización y actualización de lo que significa vivir los valores evangélicos en la vida de pareja, en la conyugalidad, en eso de ser papás y de ser hijos hoy día. Se trata, entonces, como decíamos la semana pasada, de un proceso progresivo de iluminación y no en un mero aprendizaje de reglas o recetas.Ω

19 diciembre, 2010

4º domingo de Adviento

4º domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2010
Lect.: Is 7: 10 – 14; Rom 1: 1 – 7; Mt 1: 18 – 24
1. Esta mañana, mientras realizábamos nuestra larga meditación comunitaria semanal, estábamos dando vuelta y vuelta al tema del “Dios-con-nosotros”, pensando cómo acercarnos más a la comprensión de esta frase, y cómo explicarlo de mejor manera en nuestras homilías en misa. Llegó un punto en que le dije a un compañero de mi comunidad, que se trajera para inspirarnos más, una lectura de un gran maestro espiritual, el Maestro Eckhart, que es un autor que leemos con frecuencia. En cuanto se levantó este hermano para ir por el libro le oí gritar de repente. Corrí a ver lo que pasaba solo para descubrir los frutos de la imprudencia mía. La corona de Adviento cuyas cuatro velas yo había encendido una hora antes, había ardido por completo, agotando las velas, encendiendo la corona, la canasta sobre la que estaba, los manteles y las llamas empezaban ya a levantarse de la madera de la mesa de cedro, herencia de mi madre. Se pueden Uds. Imaginar el susto y la pena. Ahora, por supuesto, necesitamos la ayuda de un buen ebanista para restaurar la antigua mesa y redoblar la vigilancia que en estas épocas del año se nos dice que debemos tener con el fuego, la electricidad y la pólvora. Y algo me hizo pensar el suceso.
2. Poco antes del lamentable incidente este fraile compañero de mi comunidad acababa de decir que ante esta enigmática frase de Isaías y Mateo, —Dios con nosotros— lo que más cabe es la actitud de búsqueda. Hablar de Dios, de quien no se puede hablar, tratar de entender lo que no se puede entender nos exige nos caer en extremos. Es de extraordinaria importancia para la vida de cada uno de nosotros decir que Jesús nos ha revelado que Dios está con nosotros, que está en el ser humano, que se ha encarnado, es decir, que está en nuestra condición humana. Tanto más importante es conocer esta realidad cuando nos damos que cuenta en nuestra tradición cristiana esta maravillosa afirmación evangélica, —que Dios se ha hecho humano—, conlleva otra extraordinaria afirmación: que el ser humano participa también de esta vida divina, que somos portadores de una dimensión trascendente en nuestro propio ser, en nuestra propia condición. Es preciso, para nosotros cristianos, no ignorar esto, ni quedarnos repitiéndolo de manera fundamentalista. A partir de ahí hay que seguir buscando lo que ese mensaje quiere decir y lo que implica en nuestra vida, porque eso nos permite no solo conocer mejor a Dios, sino conocernos mejor a nosotros mismos. Pero es preciso evitar el extremo de confundir lo que es esta realidad con formas doctrinales, creencias y doctrinas, heredadas de otras épocas, otras culturas, otras filosofías que los seres humanos vamos produciendo a lo largo de esa búsqueda. Perdónenme que quizás me abuse del accidente del fuego de esta mañana. Encender las cuatro velas de adviento es un hermoso signo de una iluminación pequeña, progresiva en la que vamos creciendo. Pero pretender pasar de ahí a una iluminación total, de un solo, tratar de entender plenamente lo que significa esa realidad de Dios presente en nosotros y nosotros viviendo en Dios, puede dar lugar a serios errores y daños para nuestra vida espiritual. No se puede reducir el maravilloso misterio al fruto de un esfuerzo doctrinal concreto. Eso empequeñece el misterio, ya no ilumina, es como los carbones que empezaban a hacerse en la mesa esta mañana. Fruto de mucha llama, no despiden ya luz sino oscuridad.
3. Lo que espero en esta navidad es que nazcamos de nuevo, que nos desposeamos de todo aquello que nos amarra y nos impide seguir buscando, seguir abiertos para que poco a poco, quizás muy lentamente, el Señor pueda ayudarnos a entender en que consiste nuestro vivir en Dios aquí y ahora.Ω

12 diciembre, 2010

3er domingo de Adviento

3er domingo de Adviento, 12 de diciembre de 2010
Lect.: Is 36: 1 – 6 a. 10; Sant 5: 7 – 10; Mt 11: 2 – 11
1. Posiblemente la escena que describe Mt hoy refleje una situación muy particular de finales del siglo I: el enfrentamiento entre los discípulos de Jesús y los de Juan el Bautista. Sabemos que incluso hasta nuestros días han llegado algunos grupos religiosos, —vinculados a la tradición llamada “Mandeísmo”— que consideran la preeminencia de Juan el Bautista sobre Jesús. Pero lo que nos interesa a nosotros como cristianos que tratamos de vivir este adviento 2010 como preparación a la Navidad, es la intención del mensaje de Mt que va más allá de ese suceso histórico. Desde ese punto de vista lo que resulta central es la inquietud de aquellos primeros cristianos que se preguntaban cómo identificar al Mesías o, dicho de otra forma, cuáles eran los signos que les permitía aceptar a Jesús como el Mesías, enviado de Dios. Para nosotros, veintiún siglos después, esa inquietud amplía la pregunta: ¿cuáles son los signos que pueden identificar no solo a Jesús como el Cristo enviado de Dios, sino a nosotros como comunidad de ese Jesús, de ese Cristo?
2. La respuesta que Mt pone en labios de Jesús no admite dudas sobre el tipo de signos de identificación: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Si en algún sentido se refiere a prácticas concretas realizadas por Jesús, en su sentido más profundo, que evoca las profecías de Isaías, apunta a una práctica de vida que en su conjunto podría resumirse con una frase: Curar los efectos del sufrimiento humano de toda índole; llevar a todos y a todas a la posibilidad de humanizarse plenamente, devivir la plenitud de vida que refleja la imagen de Dios grabada en cada uno. Esta manera de identificar a Jesús y a los que pretendemos seguirle confiere un perfil muy claro a toda iglesia, a toda comunidad que pretenda ser la comunidad verdadera de Jesús. Hay un comentarista del evangelio que hace una observación interesante a propósito del texto evangélico de este domingo: para captar mejor lo que Mt presenta como perfil de Jesús y de sus seguidores, notemos que no pone entre los signos identificadores ninguno de los signos habitualmente considerados como “signos religiosos”: tener grandes templos en honor al Altísimo, contar con sacerdotes y ministros religiosos reconocidos social y políticamente, tener grandes números de vocaciones y seguidores, y otros parecidos.
3. Hay una frase en el mismo texto de Mt que quizás este evangelista no pronunció con mayor intención, pero que hoy nos resulta interpeladora: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” . Digámoslo de esta forma: es interpeladora para nosotros porque nos hace preguntarnos si el Jesús al que queremos seguir es ese consagrado a curar los efectos del sufrimiento humano que impiden vivir la plenitud de vida, o si, por el contrario, buscamos un Jesús que se pierda en ritos y ceremonias que nos tranquilicen, si priorizamos el culto por encima del amor compasivo y la misericordia, o, peor aún, si buscamos una iglesia con poder político y social como otra empresa pública.
4. No llegamos de la noche a la mañana a esa transformación personal y comunitaria orientada a asumir ese perfil de Jesús. Se exige un trabajo constante y una paciencia, dice Santiago en la 2ª lectura, como la del labrador que trabaja la tierra. El fruto final será un nuevo nacimiento como el que celebraremos en esta Navidad. Pero confiamos en que la buena disposición y apertura al celebrar esta eucaristía, contribuyan al menos a mantener la dirección correcta en nuestra vida espiritual.Ω

05 diciembre, 2010

2º domingo de adviento

2º domingo de Adviento, 5 dic. 10
Lect.: Is 11: 1 – 10; Rom 15: 4 – 9; Mt 3: 1 – 12



1. ¿Qué es tomarse la vida en serio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, dependiendo de punto de vista, formación, cultura y tradición de cada uno. A Pablo de Tarso, que lo leemos casi todos los domingos, por mucho tiempo le pareció que tomarse la vida en serio, desde su perspectiva de creyente en Dios, era cumplir la Ley al pie de la letra. Y así vivió mucho tiempo. Hasta que cayó en la cuenta que eso no era el camino adecuado. Él tuvo un momento de transformación, de cambio radical en su manera de ver y vivir las cosas. A eso el evangelio lo llama un momento de conversión. Si tomarse la vida en serio hubiese sido cumplir la ley, los mandamientos, la moral, Pablo ya lo hacía y no hubiera necesitado un momento de conversión. La conversión o el cambio radical Jesús lo presenta como un paso o un proceso necesario para descubrir lo que él llama el Reino de Dios y vivir en esa realidad. El anuncio de Jesús va mucho más allá del mismo Juan el Bautista. Para éste pareciera que todavía se trataba simplemente de cambiar de vida moral para alcanzar algo que todavía no había llegado. Para Jesús en cambio, el Reino, es decir, el encuentro con Dios, ya esta cerca, está en medio de nosotros y de lo que se trata es de cambiar de visión, de formas de experiencia, para descubrirse uno mismo dentro de ese Reino, uno mismo sumergido en Dios. Esto es la conversión que necesitamos. Este descubrimiento es lo máximo en el evangelio: por eso Jesús lo compara con el hallazgo de la perla de gran valor, o del tesoro enterrado en el campo.
2. ¿Por qué este descubrimiento es tan trascendental para la vida de cada uno de nosotros? Podemos decir, de una manera sencilla y directa, que solo con ese descubrimiento alcanzamos a descubrir plenamente lo que somos, ese ser humano pleno del que siempre decimos que es imagen y semejanza de Dios. Uno puede ser profesionalmente muy bueno, puede ser un gran técnico, una excelente maestra, odontóloga, economista… Uno puede ser además un gran cumplidor de las leyes, puede tener alta condición moral. Y para todo eso no hace falta ser cristiano, ni siquiera creyente. La buena nueva de Jesús valora todas esas realizaciones humanas pero nos invita a descubrirnos en nuestra dimensión más profunda, en aquella en la que entramos en comunión íntima con nuestro Padre Dios y con cada uno de nuestros hermanos. A menudo hemos dicho que para quienes alcanzan a vivir en este nivel de comunión, como dice Pablo, nada los separará del amor de Dios: ni el hambre, ni la incomprensión y conflictos, ni la enfermedad, ni la muerte. Esto no son logros de nuestra excelencia profesional, ni moral, ni de nuestra educación, ni de nuestro entrenamiento. Es el fruto normal, “natural” por así decirlo, de llegar a descubrir experiencialmente en nosotros mismos, de ese ámbito, de ese espacio en el que nos hacemos partícipes de la vida divina.
3. Por supuesto que, además, este descubrimiento es trascendental para nuestro mundo, para nuestra vida moral, social y profesional. Por decirlo un poco con las palabras de Isaías, este descubrimiento, esta vivencia, nos da un espíritu de ciencia y discernimiento, de consejo y valor, de piedad y reverencia por Dios y por todas las criaturas de Dios. Que son las cualidades que hacen posible esa convivencia del lobo con el cordero, del novillo con el león… es decir, una sociedad que sin dejar de ser humana anteponga los valores de paz y justicia en las relaciones, en la política, en la economía.
4. Este tipo de conversión o transformación es tan radical que Jesús se lo comparó a Nicodemo, con un nuevo nacimiento. Es el nacimiento que queremos celebrar y alcanzar en esta navidad próxima.Ω

28 noviembre, 2010

1er domingo de adviento

1er domingo de Adviento, 28 de noviembre de 2010,
Lect.: Is 2: 1 – 5; Rom 13: 11 – 14; Mt 24: 37 – 44

1. La proximidad de la navidad creo que a casi todos nos cambia el ánimo. Cuando empieza diciembre, aún y con esta meteorología tan cambiante, se desatan otro tipo de aires refrescantes que nos alegran desde dentro. Incluso para quienes no creen, o creen pero no practican; o para quienes han sido atrapados por el comercialismo y superficialidad de la navidad de las compras y ventas. Para la gran mayoría estas fechas que se acercan son una época del año, por breve que sea, que necesitamos para seguir viviendo. El resto del año, ya desde la “cuesta de enero”, estará marcada por el trabajo y el esfuerzo para ganarse la vida, por los problemas y limitaciones cotidianas. Pareciera, entonces, que a cada uno de nosotros nos resulta indispensable al menos unos cuantos días de fiestas anuales, para cargar baterías, para liberarse un tanto de las estrecheces de la vida cotidiana. Y la forma de vivir estos días de fiesta desde navidad a comienzos del nuevo año, varía según temperamentos, nivel cultural, sentido religioso y posibilidades económicas de cada uno, de cada familia. Varía desde quienes sin pensarlo mucho sin sumergen en una corriente de fiesta entendida como “full guaro”, “full tamales” y “full vacilón”, hasta quienes prefieren el descanso con la familia, la celebración moderada y las ocasiones de compartir bienes y alegrías con los demás cercanos y con los demás que menos tienen.
2. ¿Por qué en la Iglesia dedicamos estas cuatro semanas, llamadas de adviento, a la preparación a lo que viene? ¿Por qué, además, empiezan las lecturas con esas dos advertencias, Pablo que nos dice “ya es hora de despabilarse y de darse cuenta del tiempo en que viven”, y Mateo “estén en vela”, “estén preparados”? Podemos dar una respuesta sencilla: lo que en la Iglesia se quiere es ayudarnos a descubrir que no hace falta esperar a la última semana del año, para encontrar motivos de gozo, de felicidad, de realización personal y familiar, incluso en medio de las actividades, esfuerzos, logros y fracasos de cada día. No es que no sea bueno y necesario dedicar unos días del año de forma más intensa al descanso y a la fiesta. Pero es que además, desde la perspectiva evangélica lo ideal es descubrir y aprender a vivir que la vida diaria tiene dimensiones de plenitud que con frecuencia perdemos de vista. Que podemos vivir esa plenitud incluso en situaciones y experiencias que no son plenas.
3. En eso consiste este llamado a despabilarse, a abrir los ojos, para descubrir que ese nacimiento de Jesús que vamos a conmemorar no es un simple cumpleaños, o fiesta de aniversario del Maestro. Es, más bien, la celebración de nuestro propio nacimiento a una vida nueva en la que las cosas más cotidianas, incluso las menos gratificantes o incluso más dolorosas, tienen una dimensión que las trasciende, que nos sumerge en una realidad divina presente actual, operante en cada uno de nosotros. Los judíos de la época de Jesús tenían una visión que los llevaba a pensar que esa dimensión de plenitud solo se daría en un futuro desconocido. Incluso Pablo y Lucas están un poco influidos por esa mentalidad y relacionan esa vida nueva con una segunda venida. Pero Jesús ya había sido claro en que esa vida nueva, ese encuentro con Dios, llamado “llegada del Reino”, ya estaba en medio de nosotros. Como esto no es fácil de captar de un solo, vamos a dedicar estos cuatro domingos de preparación a tratar de despabilarnos, de estar vigilantes y atentos para entender y vivir mejor las fiestas de la navidad que se aproximan. Ω

21 noviembre, 2010

34º domingo tiempo ordinario, Cristo Rey

34º domingo del tiempo ordinario, 21 de noviembre de 2010
Lect.: 2 Sam 5: 1 – 3; Col 1: 12 – 20; Lc 23: 35 – 43

1. Si hay algo que queda muy claro en los evangelios es que para Jesús de Nazaret el centro de su práctica y su predicación lo consistía el anuncio de lo que él llamaba el “reino o reinado de Dios”. Es su prioridad número uno. Todas las parábolas hablan de esa realidad nueva. Su acción y misión empiezan diciéndole a la gente que ese reino ya llegó, que está en medio de nosotros. Les habla de cómo hay que hacer para entrar en ese reino. Al mismo tiempo, otra cosa que queda muy clara en los textos evangélicos es que Jesús nunca se predica a sí mismo y mucho menos como una figura política, como rey. Al comienzo de su vida pública, en la narración de las tentaciones, rechaza rotundamente la tentación de satanás de entregarle todos los reinos de este mundo, la tentación del poder. Cuando las gentes, impresionadas por la multiplicación de los panes, quieren proclamarle rey, él se escabulle de la multitud y se va solo al monte a orar. Todavía ya al final, en el relato de Jn de la pasión, queda claro que lo de llamarle rey es una de las tantas acusaciones falsas, que Pilatos le echará en cara, que los soldados usarán para burlarse y que incluso pondrán en el rótulo de la cruz, como causa de la ejecución.
2. Si partimos de estas dos constataciones de los evangelios, —que Jesús se consagra a anunciar el Reino y que nunca se presenta como rey—, nos queda abierta toda una gran inspiración para nuestra vida espiritual y, al mismo tiempo, para expresar nuestra veneración por la persona de Jesús. Vivir el mensaje de Jesús y venerar su nombre es consagrarse como Él al anuncio y realización del Reinado de Dios. Por supuesto que en esta perspectiva nos queda claro que esto no tiene nada que ver con convertir a la Iglesia en un poder político, de este mundo, ni con entender las tareas de la Iglesia como de combate y enfrentamiento a poderes de este mundo, poniéndose al mismo nivel de éstos. Debemos comprender que en otros momentos históricos, incluso cuando se creó esta fiesta de Cristo Rey, la jerarquía eclesiástica, sobre todo en Europa, estaba muy marcada por el ambiente político de la época, y trató de expresar la importancia de Jesús usando términos como “rey del universo” que hoy, sobre todo en América Latina, nos suenan tan extraños como si fuéramos a llamar a Jesús, “presidente mundial”, o a pensar en la Iglesia como alternativa a las Naciones Unidas.
3. Para captar el trasfondo de esta fiesta debemos entonces retomar lo que nos enseña el evangelio: nuestra misión, como la de Jesús es anunciar y realizar el Reinado de Dios. Pero recordemos que Jesús nunca definió lo que era ese reino. Usó parábolas, símbolos, metáforas para expresar esa realidad del Reino. Y todas esas formas de expresarlo parecen apuntar a una nueva realidad de relaciones humanas, nuevas formas de convivencia que se construyen, como lo hacía Jesús, ayudando a sanar toda forma de herida humana, practicando el amor y el servicio. Y dejó en nuestras manos, y en nuestro cerebro, la tarea de descubrir en cada momento y en cada espacio en qué se traduce esa construcción de esas nuevas formas de convivencia. Cómo hacerlo en la vida familiar, cuando por ejemplo, hay conflictos internos fuertes entre la pareja o con los hijos; cómo hacerlo cuando nuestros vecinos o compatriotas quedan afectados por fenómenos naturales, terremotos o inundaciones; cómo hacerlo cuando se produce un conflicto entre países vecinos como el que han creado en este momento entre CR y Nicaragua. Tenemos al Jesús del evangelio como referencia, pero tenemos el reto de asumir en esta eucaristía la visión y espíritu de Jesús para encontrar las formas de ir construyendo ese reinado de Dios.Ω

14 noviembre, 2010

33º domingo tiempo ordinario

33º domingo tiempo ordinario, 14 noviembre 2010
Lect.: Mal 4: 1 – 2 a; 2 Tes 3: 7 – 12; Lc 21: 5 – 19

1. No me canso de decirlo y confío en que Uds. no se cansen de oírlo: al leer los evangelios hay que hacer el esfuerzo por ponerse en los zapatos de Jesús, en su momento y su ambiente para tratar de captar el sentido de sus palabras y acciones. Y, al mismo tiempo, hay que hacer el esfuerzo por distinguir lo que fueron las palabras y acciones de Jesús de las que luego ponen los evangelistas unas décadas después, sin duda sin traicionar el mensaje original, pero ya adaptándolo a las nuevas inquietudes, problemas e intereses de la nueva época en que vivían. Solo con este esfuerzo podremos recuperar el sentido que pueden tener estos textos para el mundo en que vivimos hoy, tan distinto del que vivió Jesús y vivieron los evangelistas. En la lectura de Lc de este domingo tenemos un caso bien ilustrativo de lo que estoy diciendo. Una cosa es lo que probablemente dijo Jesús en su momento, otra la aplicación que hace Lc unos 40 años después y otra, la que nosotros podemos hacer hoy. Veámoslo.
2. Probablemente la escena original recogida en Lc 21 nos hace ver a Jesús rodeado de un grupo de discípulos y otra gente contemplando el Templo. En primer lugar, en unos vv. que no se incluyen en la liturgia de hoy, ve una fila de gente que hace donativos al Templo, unos cuantos ricos y una pobrecita viuda. Después de alabar a esa viejecita, viene el texto de hoy. Al oír que algunos de los que lo rodeaban estaban admirados del esplendor del Templo, les echa un jarro de agua fría diciendo que de todo eso no quedara piedra sobre piedra. Es probable que se refiera no solo al edificio sino a todo aquel tipo de religión centrada en el poder y las riquezas. Cuando Lc narra esta escena unas décadas después, ya ha pasado la destrucción del Templo y de Jerusalén por los romanos. Para los judíos, con una religión tan nacionalista, eso era como el fin del mundo porque pensaban que ese Templo y esas estructuras religiosas jamás se acabarían. Para nosotros, veintiún siglos después, ya queda muy lejano lo del imperio romano, lo del Templo de Salomón o lo de la mentalidad apocalíptica que usa visiones e imágenes extrañas para hablar del fin del mundo. Probablemente quedarnos en eso es hacer arqueología y no nos diga nada para nuestra vida espiritual. Pero detrás del comentario de Jesús y del posterior relato de Lc sí hay algo que parece que sigue interpelándonos a nosotros en nuestros días: es la reflexión sobre lo perecedero de todas las construcciones humanas, físicas, políticas, económicas, sociales y religiosas. Nada hay que dure para siempre. Y esto en el plano personal, familiar y a nivel de las sociedades. No hay que hacer mucho esfuerzo para pensar en lo frágil de lo que planeamos y construimos. Basta, en lo reciente, pensar en las ilusiones, los sueños que podrían tener, entre otros, los vecinos del barrio Las Lajas, en san Antonio de Escazú, que de la noche a la mañana fueron destruidas por las rocas y deslizamiento de tierras que cayeron sobre sus viviendas. O pensar ahora, en el conflicto fronterizo con Nicaragua. Todo lo que se ha invertido en una buena relación entre los países centroamericanos, todo el esfuerzo para eliminar prejuicios sociales y xenofóbicos, y si no tenemos cuidado, todo eso puede irse al traste por imprudencias políticas de uno y otro lado. Nada hay que dure para siempre, toda construcción humana es frágil y expuesta a socollones de la naturaleza, de los políticos o de la propia imprudencia de los pueblos.
3. Pero el mensaje de Jesús no se termina ahí, advirtiéndonos de lo perecedero de todo lo que hacemos, sino que añade una invitación a la confianza. A pesar de terremotos, inundaciones, epidemias y hambre; a pesar de traiciones de amigos, vecinos e incluso familiares, no importa en qué circunstancias, algo o alguien hay en nosotros que nos mueve a perseverar. Hay una dimensión en el ser humano que no depende de todo eso que perece y que nos permite vivir en plenitud, (salvando hasta los cabellos de nuestra cabeza, dice Lc). Esa dimensión, esa calidad de vida, es la que vivió Jesús y que tratamos de asimilar en esta eucaristía para vivir plenamente en medio de lo perecedero.Ω

07 noviembre, 2010

32º domingo tiempo odinario

32º domingo tiempo ordinario, 7 de noviembre 2010.
Lect.: 2º Mac 7: 1 – 2; 2 Tes 2: 15. 3-5; Lc 20: 27 – 38

1. Al leer libros serios de divulgación científica contemporánea, uno se queda pasmado al ver que tras muchos esfuerzos de diversas ramas de la ciencia, todavía el origen de la vida en nuestro planeta no está claro. Se ha avanzado, gracias en buena parte, a los registros fósiles, para ir descubriendo la forma como la vida fue evolucionando a lo largo de miles de millones de años desde formas muy elementales y primitivas hasta llegar a esta maravilla de planeta verde del que hoy formamos parte. Pero cómo empezó la vida, en qué momento se dieron las condiciones para que apareciera, y qué es propiamente, son cuestiones que todavía se resisten a ser comprendidas. Por otra parte, si pegamos un salto y pasamos a los libros sagrados de las diversas tradiciones, incluida nuestra Biblia, vemos también que todas nos confrontan con una realidad profunda que llamamos Dios, pero que escapa profundamente a nuestra comprensión. Esa realidad divina, de la que hombres y mujeres espirituales de las más elevadas tradiciones dan fe, es algo inefable, es decir, que no se puede expresar, que es irreductible a nuestros conceptos y teorías, que no se puede demostrar ni mostrar con nuestra filosofía y nuestra ciencia. Moisés y los mismos profetas quedan apabullados ante su manifestación. Pensando en esto, cuando volvemos a leer ese episodio de la zarza ardiente, que Lc pone en boca de Jesús en el texto de hoy, tenemos que ver que se trata de una invitación a seguir explorando, a seguir abriéndonos a la experiencia de Dios y de la vida, si también queremos captar algo de lo que llamamos muerte y resurrección. Es decir, el evangelio nos orienta para pensar al derecho: no tratar de especular sobre la muerte y el más allá, mientras no avancemos —si cabe hablar así— en nuestra comprensión de lo que significa estar vivos, en sentido pleno, y estar vivos en y para Dios. “Dios es Dios de vivos y no de muertos” es una frase que admite varias interpretaciones pero que nos indica que la verdadera prioridad es cambiar nuestra perspectiva para aproximarnos al misterio de Dios y de la vida.
2. Hay que aceptar, sin embargo, que todos nosotros, como seres débiles e inseguros que somos, nos sentimos terriblemente cuestionados por la muerte como interrupción de la vida en la forma que conocemos. Y por eso tratamos de priorizar en nuestra búsqueda religiosa respuestas a cuestiones como: “qué pasa después de nuestra muerte biológica” o “si hay un más allá, fuera de este universo físico”. Es comprensible que estas cosas nos preocupen, pero en la enseñanza de Jesús se nos hace ver que esas preguntas teóricas nos distraen de las verdaderamente fundamentales: qué significa vivir humanamente en profundidad, y qué significa estar vivos en Dios. A partir de ahí seguro que lograremos replantearnos el tema de la muerte física, incluso —aunque suene raro— como algo más familiar que nos acompaña como parte de la vida. Si olvidamos estas prioridades que nos plantea el evangelio, estaremos incluso planteando mal, desde el punto de vista religioso, el tema mismo de la muerte y resurrección, porque, quizás sin darnos cuenta, lo estaremos planteando desde una perspectiva egocéntrica, como una aspiración a perpetuarnos y a perpetuar y consumar nuestros éxitos terrenales, o a compensar los fracasos, injusticias o irresponsabilidades que debimos haber resuelto en este mundo.
3. Cuando en la Eucaristía venimos a identificarnos con Jesús, en la medida en que nos vaciamos para llenarnos de él, asimilaremos existencialmente lo que para él significaba que su Dios fuera un Dios de vivos y no de muertos. Asimilaremos un modo de vida consagrado permanentemente a construir vida por el amor y el servicio y un modo de morir que cobra sentido por la forma en que había vivido.Ω

31 octubre, 2010

31º domingo tiempo ordinario

31º domingo tiempo ordinario, 31 octubre 2010.
Lect.: Sap 11: 22 – 12:2; 2 Tesal 1: 11 – 2:2; Lc 19: 1 – 10
1. En nuestra vida moral quizás la idea y sentimiento más difícil de manejar es el de pecado. Uno puede hablar de un acto ilegal, o de una acción mala, de una intención perversa, de un hecho destructivo u otras expresiones parecidas y es relativamente fácil saber de qué hablamos y cómo ponernos de acuerdo o por lo menos discutir sobre el asunto. Pero, en cambio, cuando hablamos de pecado la cosa se complica porque éste es un término estrictamente religioso que presenta problemas. Desde pequeños se nos ha dicho que pecado es una “ofensa a Dios”. Y hablar así genera bastantes reacciones negativas que van desde la desconfianza, la indignación y el rechazo hasta el otro extremo, el de la humillación, el sentimiento destructivo de culpa y la parálisis en la acción. Por una parte hay muchos que consideran que esto de hablar de “ofensa a Dios” no tiene sentido por la inmensa distancia que existe entre el creador y sus criaturas como la misma 1ª lectura de hoy nos lo recuerda, y porque ese mismo texto nos afirma que toda nuestra existencia depende de nuestro vínculo con Dios. Otros desconfían de la demasiada facilidad con que algunos ministros de iglesias recurren al término “pecado”, como si solo ellos pudieran leer la mente de Dios y solo ellos tuvieran de primera mano la certeza de qué es lo que ofende al Creador. De ahí no hay más que un paso a la manipulación de las leyes e instituciones religiosas para dominar a la gente sencilla, a lo que Jesús se opuso radicalmente como lo veíamos la semana pasada. Por otra parte, hay muchísima gente que no se cuestiona esto y vive abrumada por el sentimiento destructivo de culpa que la hace sentirse pecadora miserable, que para nada es grata a los ojos de Dios.
2. En la perspectiva evangélica entonces, para entender eso que llamamos “pecado” no hay que recurrir a definiciones filosóficas, teológicas o psicológicas. Hay que mirar con más sencillez, como lo hemos dicho más de una vez, a la manera como Jesús se relacionaba con los llamados “pecadores” y de ahí aproximarnos a entender lo que él podía estar entendiendo como pecado. El relato de hoy nos da unas buenas pistas para este enfoque. En la figura de Zaqueo vemos varias cosas. Por una parte, lo que significa su nombre. Viene de la palabra hebrea Zakkai que significa limpio, inocente. Gran contraste con la imagen social que se tenía de él y con el tipo de labores que desempeñaba como jefe de cobradores de los impuestos de los romanos. Parece apuntar la intención de Lc a afirmar que todo ser humano en el fondo es limpio, sano, digno. Lo que pasa es que no siempre logramos sacar de nosotros nuestras mejores y más profundas cualidades. En segundo lugar el relato nos muestra un Zaqueo insatisfecho consigo mismo que, quizás sin entenderlo bien, anda en busca de Jesús y de lo que Jesús representa. Y corre para verlo. En tercer lugar, una frase curiosa: “la gente se lo impedía”. Tenía muchas cosas en torno suyo que no le dejaban acercarse al Dios de Jesús, y a su mismo fondo divino. Tiene que subirse a un árbol, es decir, salirse de lo que lo rodea, coger otra perspectiva y ver a Jesús. Finalmente, la contundente actitud de Jesús: baja del árbol, porque voy a hospedarme en tu casa. No es que Jesús esté abierto a ese pobre hombre considerado como pecador. Es que anda buscando, se interesa sobre todo por el que está extraviado.
3. Aquí tenemos otra perspectiva para entender lo que Jesús considera “pecado”. No es la ofensa a un ser poderoso inaccesible, que está en lo alto de los cielos. Es la ofensa a uno mismo, a lo más profundamente auténtico que tiene cada uno de nosotros. Es andar extraviado, conducido por un falso yo, lejos de la imagen de Dios que llevamos impresa de manera única cada uno. Lejos de ese “Zaqueo” de cada uno, es decir, de ese fondo limpio, digno, que nos da la máxima calidad de vida humana. Pecar es perder esa calidad máxima de vida. En fin, toda una lección para aprender a entendernos y a entender a los demás y a tratarnos a nosotros mismos y a tratar a los demás en consecuencia.Ω

24 octubre, 2010

30 domingo tiempo ordinario

AUNQUE ESTE DOMINGO NO VOS A CELEBRAR EN SANTA LUCÍA, AQUÍ VA LA PREDICACIÓN CORRESPONDIENTE. NO SÉ SI UN POO MÁS COMPLEJA LA REDACCIÓN, AL NO TENER ENFRENTE A LA GENTE DE LA PARROQUIA.

30º domingo t.o., 24 de octubre 2010.
Lect.: Eclo 35: 15b – 17. 20- 22 a; 2ª Tim 4: 6-8. 16 – 18; Lc 18: 9: 14


1. No siempre es fácil acercarse a los textos evangélicos y sacar provecho para la propia vida espiritual. Los textos tienen, por decirlo así, como “capas“ diferentes, como una cebolla que hay que pelar. Y esto da lugar a diferentes lecturas, que pueden ser todas valiosas pero para distintos propósitos, momentos y lugares. Por ejemplo, uno puede ver el texto de Lc hoy solo desde el nivel de reconstrucción histórica, preguntándose quiénes eran los fariseos, quiénes los publicanos, cuál era el conflicto con unos y otros y así por el estilo. O bien, podemos leerlo muy condicionados por la predicación y la piedad moralizantes tradicionales, y quedarnos en alabanzas a la virtud de la humildad y en críticas a la prepotencia. No creo que esto encaje mucho con nuestra mentalidad más moderna. Por supuesto hay mas “capas” y más lecturas posibles. ¿Cómo podría ser una lectura respetuosa del texto y, al mismo tiempo, que interrogue a éste desde las necesidades espirituales de una persona de nuestra época? La pregunta queda abierta para reflexión, pero podemos esbozar un posible acercamiento en esta dirección.
2. Como lo hemos visto en otros domingos anteriores Jesús era un maestro espiritual que a la vez, y quizás por serlo, era profundamente crítico de la religión de su época y en concreto, de la de su pueblo, el judaísmo oficial del Templo. Para Jesús lo importante es el encuentro con Dios y la apertura a él —lo que llama llegada del reino de Dios. Un Dios a quien llama “Padre”, según la mentalidad de la época en que con esa palabra se expresaba la fuente, la raíz de la vida. Es decir, concebía su misión como la dedicación a ayudarnos a tener vida, no de cualquier forma, sino vida abundante y esto a partir de un nuevo nacimiento. Entre otras muchas criticas que podían hacerse a la religión establecida era, precisamente, que no conducía a ese encuentro con Dios ni a esa plenitud de vida. El templo, los sacerdotes, los estudiosos de la Ley habían construido un gran aparataje religioso, político y socio-económico que se levantaba como obstáculo, como intermediario opaco que no contribuía a que el pueblo sencillo experimentara a Dios y tuviera más vida. Era un aparataje que, por una parte, distraía de lo fundamental y, por otra, lo que hacía era servirse de las creencias de la gente, para crecer en poder político y económico.
3. En la parábola de hoy tanto el fariseo como el publicano son víctimas de esa distorsión de lo religioso. Los dos han aceptado construir sus prácticas religiosas sobre esa estructura sacerdotal y teológica. La diferencia es que el fariseo, por lo que fuera, ha tenido más éxito en cumplir con los mandamientos y en sentirse éticamente correcto. El publicano, en cambio, quizás por su propia condición social, no lo ha logrado y siente que su vida es un desastre, juzgada por las reglas de la religión dominante. Pero ninguno de los dos ha llegado todavía a descubrir y a experimentar que la plenitud, la abundancia de vida no procede de todas esas construcciones humanas, sino de la pura gratuidad de Dios. La ventaja para el publicano está en que su propia sensación de fracaso en cuanto a cumplimiento de las leyes del judaísmo le permite descubrir sus límites personales y los de esas instituciones. Está, por decirlo así, en el umbral, en el preámbulo para abrirse al crecimiento espiritual como don gratuito del amor de Dios. Aquí tenemos quizás una pista para vivir la eucaristía, la acción de gracias, como un momento también de reconocimiento de nuestros propios límites para alcanzar la plenitud humana, espiritual, y de apertura a la vida divina que en nosotros supera esos límites.Ω

17 octubre, 2010

29º domingo t.o. 17 de oct. de 10
Lect.: Ex 17: 8 – 13; 2 Tim 3: 14 – 4:2: Lc 18: 1 – 8

1. En nuestra vida diaria, no se si lo han experimentado, a veces los que nos contradicen inteligentemente, los que ponen objeciones a lo que pensamos y decimos nos ayudan más que los que siempre están de acuerdo con nosotros. A veces, en efecto, los que parecen estar de acuerdo con nosotros simplemente repiten lo que decimos, perezosamente, sin esfuerzo. En cambio otros que reflexionan, a veces nos ayudan a descubrir, a pensar más sobre un tema o un problema cuando nos ponen dificultades. Así pasa también en lo religioso. Con frecuencia repetir simplemente el catecismo o cosas aprendidas, no nos permite conocer y vivir mejor el mensaje evangélico. Es repetición automática, sin profundizar. En cambio, cuando los jóvenes, nuestros hijos por ejemplo, cuando llegan a una edad y actitud más reflexiva y cuestionan nuestras creencias, nos hacen un gran favor, porque nos fuerzan a repensar y a conocer mejor el mensaje de Jesús.
2. Un ejemplo lo tenemos en el tema de la oración, tal y como Lc nos lo presenta hoy y lo había presentado ya en otra comparación con el amigo que viene a molestar de noche a pedir alimentos. Cualquier joven con espíritu crítico podría decirnos: pero qué caricatura de Dios es ese, del cual estamos tan dependientes y al que hay que estarle pidiendo y pidiendo para que nos conceda lo que necesitamos. Qué clase de Dios es ese que solo responde, como el juez con la viuda, cuando ésta lo molesta, lo fastidia, y en algo tan serio como es hacerle justicia. Cualquier muchacho reflexivo se dará cuenta de que esa manera de pensar a Dios es inmadura, primitiva, incorrecta. Y lo bueno, si ponemos atención, es que nos ayudará a redescubrir que el Dios de Jesús no es un ser extraño, separado y alejado de nosotros, arbitrario como los dioses griegos, al que hay que convencer con mucha “habladera”, o ganar con sacrificios y limosnas, para que se digne hacer algo por nosotros.
3. El Dios de Jesús, como hemos dicho muchas veces, es la realidad más profunda de nuestro ser, es el principio de lo que somos y en quien nos movemos y existimos. Es lo que da consistencia a nuestra dimensión espiritual entendida como opuesta a nuestra dimensión superficial. Y por eso la oración es ese conjunto de diversas prácticas que hacemos para cobrar conciencia de esa dimensión divina profunda de la que participa nuestra vida. Ese Dios de Jesús, que es más íntimo a cada uno que lo más íntimo que cada uno tiene, no llegamos a saborearlo mientras nos mantenemos solo viviendo a nivel de la superficie, de la cáscara de los acontecimientos. Como ese Dios es el dador de la vida, es la total generosa donación del ser, más que “pedirle”, cuando oramos de lo que se trata es de abrir nuestra conciencia para percibir lo que nos está dando de continuo. Lo que nos capacita para ser y actuar a partir de la convicción, de la certeza, de que participamos de su rica vida divina. Es decir, a partir de la fe.
4. Orar de esta manera, para ir creciendo en la conciencia del Dios presente en nosotros y en todos nuestros hermanos, nos resulta entonces una práctica indispensable para ir superando la debilidad que tenemos mientras permanecemos en el nivel egoísta, individualista y para ir creciendo también en el vínculo con todos los demás con quienes compartimos esta vida divina. Como dice un autor contemporáneo, la oración así realizada, incluyendo la oración de intercesión por los demás, es eficaz, porque activa esa interrelación de energía que compartimos todos en lo profundo. Lejos de hacernos inmaduros y dependientes, orar como Jesús oraba , nos permite ir madurando humanamente. Es lo que tratamos de asimilar en cada eucaristía.Ω

10 octubre, 2010

28º domingo t.o.

28º domingo, tiempo ordinario, 10 de oct. de 10
Lect.: 2 Reg: 5: 14 – 17; 2 Tim 2: 8 – 13; Lc 17: 11 – 19
1. Hace unos 30 años, cuando en nuestro país la clase media empezó a viajar más, y Lacsa tuvo su 1er Jet Bac 1-111, se contaban muchas anécdotas de aquellos viajes a Miami y San Andrés. Hasta en las columnas de periódicos se comentaba de cómo los nuevos viajeros ticos al subirse al avión y ver que no se cobraba por las bebidas, empezaban a pedirlas sin límite. Esa actitud insaciable ante lo que era gratis, se extendía a las almohaditas, las cobijitas y cubiertos de metal del avión. Los ticos, se contaba, arrasaban con todo, incluso luego, ya en tierra, en los hoteles donde se hospedaban. Las historietas abundaban y se contaban a veces como broma sobre algunos vecinos o familiares, otras para llamar la atención de lo que se consideraba “conducta maicera”, o falta de roce, de educación. Ha pasado mucho tiempo y las cosas han cambiado bastante. Lo que quizás no ha cambiado tanto, porque requiere mucha dedicación consciente, es nuestra capacidad para reaccionar ante los dones, los regalos, lo gratuito. No hemos aprendido, en sentido profundo, a ser agradecidos. De esto es de lo que nos habla hoy el texto de Lc.
2. En la sociedad actual que, en CR y a nivel internacional, es una sociedad de mercado, rige lo que los economistas llaman “el intercambio de equivalentes”. Si uno quiere algo, tiene que pagar por ello el precio equivalente. Es decir, una cantidad de dinero con la cual podrías comprar otras cosas de valor igual o muy parecido. No hay alternativa. Esa práctica mercantil es la forma normal de funcionar la economía actual y es válida. El problema se presenta cuando nos saltamos al plano familiar, de amistad, religioso, cultural… y funcionamos con la misma mentalidad de intercambio mercantil. Es decir, cuando tratamos de comportarnos “cobrando o pagando” por cualquier cosa que recibimos o damos, hasta por la sonrisa de la cajera del súper, o el buen trato del chofer de autobús, el regaño o el estímulo dado a los hijos o recibido de los papás, las caricias dadas a la pareja… . La generalización de ese comportamiento mercantil nos impide entender el verdadero sentido de lo gratuito y obstaculiza, por tanto, el ser auténticamente agradecidos. Se vive como si todo tuviera precio, se adquiriera con plata y por eso es que, en la primera oportunidad de toparse con algo gratis, se tiene la tentación de agarrar lo más que se puede. Es la actitud de “en otra como esta no me veré”. Por eso también, nos pasa luego que en la vida familiar, religiosa, social o política, a menudo se adopta la expectativa de “qué puedo obtener, ganar, de esto” o, peor aún, reclamar a la mamá, a la novia, etc., porque “no está cumpliendo el contrato” supuesto de devolverme algo que “yo me he ganado”por ser yo educado, bien portado o decente con ellos, por el “desgaste” que he tenido tratándolos bien. Se pierde la vivencia del carácter gratuito de las cosas más fundamentales de la vida. Y con eso se pierde el sentido de agradecimiento profundo.
3. Lc dice que el samaritano, el extranjero que fue el único agradecido fue el único del que se dice que tenía fe, una fe que le salvó, es decir, le hizo completo",pleno, como dice el texto griego. Ya sabemos y lo habremos reflexionado los domingos últimos, que la fe no es la aceptación de un conjunto de dogmas, doctrinas o verdades sino, ante todo, una actitud de confianza, una certeza que surge de la vivencia de la gratuidad que subyace a toda mi existencia, la de los demás y a toda la creación. Cuando yo tengo esa certeza, ni me preocupo por obtener esa realidad ni que se me pague algo por aquello que doy, sino que me siento parte de toda esa realidad. La curación para el samaritano fue una ocasión de reavivar esa conciencia de que todo en su vida era parte de la vida de Dios y de ahí, de inmediato, su reacción de glorificar al Dios que operaba por medio de Jesús y que estaba presente en él mismo. Solo podemos ser verdaderamente agradecidos cuando caemos en la cuenta de que todo lo que somos y tenemos no nos pertenece, no lo hemos comprado con nada, sino que resultan de la generosidad del Dios de la vida. De ahí se pasa al agradecimiento verdadero que conduce no al apego a lo recibido, sino a la alabanza y a compartir, que es a lo que nos comprometemos cada domingo en esta acción de gracias.Ω

19 septiembre, 2010

25º domingo tiempo ordinario

25º domingo tiempo ordinario, 19 de sep. de 10
Lect.: Amós 8: 4 – 7: 1 Tim 2: 1 -8; Lc 16: 1 – 13

1. El tema de hoy sirve para levantar roncha. Es el tema del uso del dinero, desde la perspectiva del evangelio. Digo que sirve para levantar roncha, o para encogerse de hombros y decir que estas enseñanzas no son realistas. Es un tema que molesta a muchos que viven muy bien, con exceso de confort y beneficiándose privilegiadamente de la actual dinámica de la economía y que creen que su modo de vida no debería cuestionarse. Algunos se defenderían diciendo que estos asuntos de plata no tienen que ver con lo religioso. Otros, que se refugian en esas llamadas “megaiglesias” o “iglesias de la prosperidad” pretenden que las enseñanzas bíblicas dicen que las riquezas son una prueba de la bendición divina. Otros, en fin, dirían que las enseñanzas espirituales evangélicas no entienden de estas cosas, y son muy idealistas, no aplicables en la vida real. Sin embargo ahí tenemos esta parábola de hoy que “agarra el toro por los cuernos” y pone en labios de Jesús una enseñanza sobre el uso del dinero. No hay quite. Y no es la única vez que el Maestro se refirió al tema. Pero, en resumen, ¿qué es lo que dice este pasaje?
2. Vale la pena observar de antemano dos cosas. Primero, que se trata de una parábola y Jesús usa las parábolas para ponernos a pensar en una dirección. Él no usa catecismos de preguntas y respuestas para memorizar. Siempre prefiere tratarnos como personas adultas capaces de pensar por nosotros mismos. Es una manera de respetarnos y de respetar, al mismo tiempo, la palabra de Dios que es tan rica que no puede encerrarse en frases hechas y que muchas veces quiebra la manera habitual de pensar de la gente. La otra cosa que conviene recordar es que esta parábola de hoy, como otras enunciadas por Jesús, tiene dos partes. Una es la original, la que probablemente pronunció Jesús, y la otra, son las consideraciones que luego las primeras comunidades añadían para aplicarla a sus necesidades. Con estas aclaraciones, nos podemos preguntar, en la parábola original, ¿cuáles serían las ideas centrales en los que Jesús quiere que nos fijemos? Probablemente podemos subrayar tres: 1ª que el dinero, las riquezas materiales, deben servir “para hacer amigos”. Es una forma de decir que las riquezas son un medio, un instrumento al servicio de algo más importante: las relaciones de amistad, de amor, de fraternidad y solidaridad. La 2ª enseñanza apunta a decir que en la vida real esto no se realiza fácilmente. Por eso es indispensable que los hijos de la luz, es decir, los que quieren aceptar el reino de Dios, deben desarrollar verdadera astucia para averiguar cómo realizarlo, así como el mayordomo deshonesto era astuto para hacer su sinvergüenzada. La 3ª idea importante de Jesús, es como la raíz de las otras dos. Cuando dice que no se puede servir a Dios y al dinero, nos está diciendo que quien ha hecho opción por Dios, como lo más importante de su existencia, ese Dios, fuente de vida y de amor, es el que estará enseñándole a usar los bienes materiales con libertad, inteligencia y capacidad para construir relaciones de amor, de amistad, de fraternidad. En cambio, cuando la codicia, la ambición de riquezas es la que manda en el corazón de alguien, eso genera una actitud egocéntrica que acabará por romper nuestros lazos con los demás y con Dios, sea de manera extrema (formas de explotación, de abuso, de injusticias abiertas con el prójimo), o sea de manera menos descarada, ( indiferencia o la pretendida ignorancia de los problemas de pobreza y de creciente inequidad que afectan nuestro entorno).
3. No cabe duda de que esta enseñanza se aplica a cada uno personalmente, con más fuerza a los que más tienen, y se aplica también a los políticos responsables del crecimiento y desarrollo de la economía nacional.Ω

12 septiembre, 2010

24º domingo tiempo ordinario

24º domingo t.o., 12 septiembre de 2010
Lect.: Éx 32: 7 – 11. 13 – 14; 1 Tim 1: 12 – 17; Lc 15: 1 – 32

1. Se supone que los católicos diferenciamos el “pecado” de otras acciones humanas negativas que llamamos delitos, infracciones, errores, fallas, … Se supone que por siglos los cristianos cuando decimos “pecado” hablamos de una acción que tiene sentido religioso porque se refiere a Dios. Y también por siglos, teólogos, catecismos y pastores se han dedicado a tratar de entender qué es eso del “pecado” por la necesidad que tenemos de entendernos mejor a nosotros mismos y de entender nuestra relación con Dios. Entonces podemos encontrar páginas y escritos donde se nos dice que el pecado es una ofensa a Dios, que es un abuso de la libertad, que es salirse de la ley divina… por mencionar las concepciones más frecuentes. Y en torno a esta idea de pecado, sobre todo la de ofensa a Dios, se ha escrito también sobre la necesidad de pagar por ese pecado, incluso con la sangre de Cristo… En fin, Uds. conocen como yo lo que hemos aprendido desde niños sobre el tema, no siempre con mucho acierto.
2. Ante todas esas especulaciones que reflejan modos puramente humanos de aproximarse a esa realidad de lo que llamamos pecado, la lectura de Lc es refrescante. Jesús utiliza otra manera de hablar. En primer lugar, no habla del pecado en abstracto, ni se pone a hacer maromas mentales sobre lo que sería una ofensa al ser infinito. Aborda el tema de otra forma, hablando en concreto de lo que la gente religiosa de su tiempo llama “pecadores” y lo hace porque esa gente muy religiosa y estudiosa de teología —fariseos y letrados— le critica que deje que se acerquen a él los publicanos y pecadores. En segundo lugar habla, además, con parábolas, con comparaciones y no con definiciones casi filosóficas. Y en parábolas como las tres de hoy habla para dejarnos pensando sobre un par de cosas muy provocadoras. Primero, que el pecado es algo que nos afecta en primer lugar a nosotros mismos. Segundo, lo define como alejamiento, estar perdido, estar sin vida. Uniendo las dos enseñanzas, podríamos atrevernos a decir que Jesús llama pecadores a quienes viven la situación de extravío, el distanciamiento en el que podemos caer, alejándonos de nosotros mismos, es decir, de aquello más profundo dentro de nosotros que nos permite llegar a ser lo que somos más auténticamente. Claro, para nosotros creyentes eso que es lo más profundo de nosotros mismos, que es la raíz de nuestro ser auténtico, es lo que llamamos Dios.
3. En esta manera de ver las cosas, se comprende la cercanía de Jesús con los pecadores. No es el representante de un Dios pagano, furioso, que se siente ofendido por sus criaturas que le salieron mal hechas, sino que Jesús es el camino a un padre, es decir, según la mentalidad de la época, a la fuente de nuestra vida plena, a quien preocupa que alguno de sus hijos se aleje de la oportunidad de vivir “a full”, en plenitud el don de la vida que se les ha dado. Dios, en la práctica y experiencia de Jesús, es un padre, una madre, una vecina, un pastor que se llena de alegría cuando el alejado se devuelve, vuelve a la vida y se reintegra a ese ambiente de gozo y disfrute en la comunión con los hermanos y hermanas. Esta eucaristía nos permite experimentar esa vivencia de comunión y amor, y la Iglesia está llamada a ser ese espacio en el que los pecadores experimenten verdad, amor, justicia, libertad (como dice la oración eucaristía). Ω

05 septiembre, 2010

23º domingo tiempo ordinario

23º domingo t.o., 5 de septiembre 2010
Lect.: Sab 9: 13 – 19; Fil 9b-10. 12 – 17; Lc 14: 25 – 33


1. El evangelio de Lc está escrito de tal manera que podemos enredarnos en su lectura. A veces el evangelista pone juntos dichos y hechos de Jesús que se dijeron en distintas ocasiones. Por ejemplo, hoy, el autor recopila y reúne tres enseñanzas distintas, —aunque puede encontrarse su interrelación— y las pone en tal orden que uno puede preguntarse, en resumen, cuál es el mensaje. Vamos a hacer el intento de armar una posible respuesta. En el medio del texto, parece que Jesús está refiriéndose a un consejo de sentido común todavía repetido hoy día: si uno está claro y decidido a lograr un objetivo y una meta, debe estar igualmente claro en cuáles son los recursos que necesita para alcanzar ese propósito, y cuáles los costos en que deberá incurrir. Los ejemplos abundan: construcción de una casa, planes trabajo, promesas de políticos, etc. No hace falta un maestro de la categoría de Jesús para venir a enseñar esto. Cae por su peso. Lo interesante aquí es aplicarlo a la decisión de ser discípulo de Jesús: si uno quiere serlo, el medio, el camino para lograrlo es bien radical: consiste en renunciar a todo, incluso a las cosas más valiosas, como lo dice el ejemplo de la propia familia. Fijémonos que en esa época el respeto, la fidelidad y la responsabilidad respecto a la familia propia era símbolo de honor, de dignidad, de la propia identidad. Entonces, colocar la renuncia a la familia y, por tanto, la renuncia incluso a uno mismo como condición para ser discípulo de Jesús es realmente una vuelta al revés de los valores de la época. ¿Por qué pide Jesús semejante renuncia y qué quiere decir con eso?
2. Si lo tomamos como suena, una de dos: o caemos en la aberración de interpretar como suena que para ser discípulo de Jesús hay que odiar a los papás, hermanos y odiarse uno mismo, o hacemos del mensaje algo simplista que apenas nos diría que de lo que se trata es poner el amor a Dios por encima de todos los demás amores. También esto, en contexto religioso, es de sentido común y para decir eso Jesús no se molestaría en poner tanta fuerza en su expresión. Si usa un lenguaje tan radical es porque quiere una vez más pedirnos que cambiemos de onda, que nos preparemos para ver las cosas en la vida en otro nivel distinto del ordinario. Es un texto parecido a aquellos otros en los que nos dice que el que quiere salvar su vida, la perderá mientras que el que la pierda por su causa, la ganará (Mt 10:39, Lc 9: 24 – 25, Mc 8: 34).Todo parece apuntar, entonces, a decir en lenguaje nuestro de hoy, que lo importante en la vida es ser uno mismo como ser plenamente humano, encontrar su propio lugar en el mundo, y siendo plena y profundamente humano encontrar a Dios y ser plenamente divino. Pero, y esta es la otra parte del mensaje, para alcanzar esa realización plena es indispensable pasar por la renuncia a un montón de cosas a las que estamos apegados porque estamos acostumbrados a ellas, o porque no reflexionamos lo suficiente, y entonces creemos que son lo máximo. En realidad son maneras equivocadas de entender las cosas, de entender nuestras relaciones y de entendemos a nosotros mismos. Es a esas falsas maneras de entendernos, de entender a los demás y de entender los valores éticos y sociales a lo que debemos renunciar para que en completa vaciedad, estemos disponibles a que el espíritu de Jesús, el espíritu de Dios, nos vaya enseñando a ser lo que verdaderamente estamos llamados a ser. Cómo dice la 1ª lectura, los pensamientos humanos son mezquinos y fallan, solo la sabiduría de Dios nos permite comprender lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.
3. Leídos los textos de esta manera vemos que en el camino cristiano, la renuncia, el sufrimiento, la cruz, no tienen valor por sí mismos, sino porque nos disponen a ser llenados con la plenitud de nuestra vida en Dios.Ω

29 agosto, 2010

22º domingo tiempo ordinario

22º domingo t. o., 29 agos 2010
Lect.: Ecles 3: 19 – 21. 30 – 31; Hebr 12: 18 – 19. 22 – 24 a; Lc 14: 1. 7 – 14


1. De manera muy sencilla, en lenguaje de su época, Lc nos plantea un tema profundamente humano: el tema del puesto, del lugar al que cada uno de nosotros debe aspirar en su propia vida. El tema, evidentemente, no es de buenos modales en la mesa, de si debo sentarme en la cabecera o al fondo, de si debo esperar o no a que el anfitrión me indique dónde sentarme. Sería una lectura muy superficial. A un maestro espiritual como Jesús lo que le interesa es que nos pongamos a pensar lo que estoy llamado a ser en la vida y cómo lograrlo. A algunos puede parecerle que este planteamiento es muy filosófico, muy teórico. Sin embargo, si ponemos un poquito de atención a lo que nos rodea, y a lo que nos hace palpitar y nos motiva, no tendría que costarnos mucho descubrir que todos estamos en el fondo obsesionados con ese doble cuestionamiento sobre lo que estoy llamado a ser y cómo lograrlo.
2. De hecho cada día más estamos rodeados por una manera de pensar y de vivir que pretende resolver ese interrogante de manera muy atractiva. Si nos fijamos en películas, en series de la tele, en un número de publicidad que aparece en internet, veremos que nos hablan todo el tiempo de ser “ganadores o perdedores” en la vida. Cuando yo era pequeño nadie hablaba así. Por supuesto que a veces uno ganaba algo o lo perdía: si escogía escudo y salía corona, uno perdía. Y con tu equipo, o tu negocio, o en tu examen de colegio, a veces se ganaba y a veces se perdía. Es normal en la vida. Pero la manera de hablar de ahora, influida desde el Norte, es otra cosa. Ahora se topa uno con un anuncio en internet que le pregunta a las muchachas, ¿estás saliendo con un “perdedor”? O a un joven profesional, ¿es tu empleo un empleo para “ganadores”? Y el peor insulto en ciertas series norteamericanas televisivas, es decirle a alguien que es un “perdedor de nacimiento”.Trasladan a la vida diaria un lenguaje del libre comercio internacional, para decirnos que uno tiene que escoger entre ser ganador o perdedor, y que uno se apunta a ganar cuando se apunta a acumular dinero, riqueza, reputación y poder. Es la misma mentalidad que en la Palestina de Jesús, empujaba como máximo deseo a ocupar los primeros puestos de la mesa y a evitar los últimos. Más que conducirnos a la felicidad, esta mentalidad solo genera deseos insaciables de poseer cosas y personas, con irrespeto por los demás y una forma estéril de entenderse a sí mismo como un individuo egoísta, egocentrado, que padece la fantasía de creer que puede vivirse plenamente sin la cooperación, sin el amor, sin la solidaridad.
3. Todo el evangelio nos plantea un camino diferente, ayudándonos a descubrir que somos parte de una realidad mayor que nosotros mismos. Que nos debemos a nuestros semejantes y en último término a todos los vivientes, con quienes estamos unidos en la realidad divina que nos alienta desde lo más hondo de cada uno. De todos recibimos lo que somos y a todos estamos llamados a dar, sin buscar retribución. Dichosos nosotros, dice Lc hoy, cuando damos lo mejor de nosotros mismos sin buscar paga. Pero el evangelio solo es eso, la buena noticia de que esto es lo que somos y que ese es el lugar que debemos buscar en la mesa común, en el hogar común que llamamos tierra. Es una invitación que para seguirla nos exige a cada uno el esfuerzo, la búsqueda y el descubrimiento personal de cómo realizarla en nuestro trabajo, nuestra vida familiar y nuestro mundo de relaciones.Ω

15 agosto, 2010

Fiesta de la asunción

Fiesta de la Asunción, 15 de agosto 2010
Lect.: Apoc 11: 19. 12: 1 – 6. 10; 1 Cor 15: 20 – 26; Lc 1: 39 – 56


1.Una vez más, apenas un par de semanas después de la fiesta de la virgen de los Ángeles, volvemos a poner los ojos en María la madre de Jesús. Es, sin duda, una figura entrañable para todos los cristianos, desde que éramos pequeños. Tan querida, que a lo largo de los siglos la piedad popular la ha querido colocar en lo más alto, —tan alto, que a veces las fórmulas con que nos referimos a ella , con toda la buena intención del mundo, nos la alejan y disfrazan. Cuando la llamamos reina, y la vestimos con ropajes reales, con oro y joyas, corremos el riesgo de entender mal esas expresiones y representaciones, y perder el mensaje más esencial que nos ofrece su figura evangélica y que hoy refleja Lc. O corremos el riesgo también de mezclarla con figuras de diosas paganas, que personifican fuerzas ocultas de la naturaleza.
2.En esta fiesta del 15 de agosto, tenemos la oportunidad de subrayar rasgos claros con que los evangelios han caracterizado a María. El primero es el de su maternidad. Es tan obvio que ha hecho que los costarricenses coloquemos el día de la madre en esta fiesta mariana. Digo que es obvio, pero en el caso de la madre de Jesús, la madre del Mesías, nos esta invitando a ver algo más profundo. Toda la ternura, el cariño, la protección de María como madre, son un reflejo, una metáfora, una imagen, de lo que es el cariño, la ternura del amor de Dios. La presencia de María en la devoción popular, es una forma de recordarnos permanentemente que Dios es desbordamiento de amor en el que vivimos y nos movemos los seres humanos y toda la creación. En el A.T. en más de una ocasión, Dios se revela como una madre para su pueblo aunque ha predominado a lo largo de la historia que lo llamemos “padre” porque en la mentalidad antigua solo el padre era el origen de la vida. Pero, en realidad, visto con nuestros ojos modernos, es Padre y Madre, a la vez y, en esa visión es que agradecemos que María sea un recuerdo permanente de esa dimensión divina. Veamos algo interesante: en todos nuestros pobres balbuceos por expresar lo inexpresable de la realidad divina, a veces hemos caído en la trampa incluso de deformar nombres o adjetivos que le damos a Dios. Por ejemplo, cuando de verlo como creador, pasamos a verlo como un ser alejado, al principio de los tiempos; o de verlo todopoderoso y justo, lo convertimos en un juez terrible, castigador y guerrero. En cambio, su reflejo en María madre cariñosa y cercana no se puede deformar. Siempre es expresión directa del extraordinario y generoso amor de Dios que nos da a luz continuamente, que nos permite renacer y crecer en la vida divina.
3.En un momento histórico ya pasado, dentro de la tendencia a aplicar a María los mejores títulos y expresiones doctrinales, se habló de ella como “subida” al cielo en cuerpo y alma. Mucha gente quizás se pregunte qué puede significar esto hoy cuando sabemos, como lo recordó Juan Pablo II, que el cielo no es un lugar. ¿Adónde subió entonces? Lo que podemos también medio balbucear apenas es que “cielo” significa la vida íntima de Dios, y que quien como María ha sido plena metáfora viviente del amor de Dios, por vivir enteramente entregada a ese amor, ha alcanzado ya la plenitud de vida humana a la que todos estamos llamados. Hace quince días decíamos que ser plenamente humano equivale a decir ser plenamente persona de calidad, y plenamente hermano unos de otros. Quizás mirando a María podríamos decir también que equivale a decir que seamos plenamente madres unos de otros, en el sentido de que solo ciertas cualidades maternas reflejan menos imperfectamente la vida de Dios.

03 agosto, 2010

18º domingo tiempo ordinario

18º domingo t.o., 1 agosto 2010
Lect.: Ecles 12: 2. 21 – 23; Col 3: 1 – 5. 9 – 11; Lc 12: 13 – 21


1.En la zona en que vivía Jesús “un hombre rico” era de ordinario un gran terrateniente. Por eso lo toma de ejemplo para la enseñanza de la parábola. Pero si saltamos de ese lugar y esa época a las nuestras, y si intentamos captar la utilidad de esa enseñanza para cada uno de nosotros, tenemos que plantearnos en nuestro contexto el dilema que se plantea a ese hombre rico. El dilema es parecido, sea cual sea el nivel socioeconómico que vive cada uno de nosotros. Es el interrogante: ¿qué hacer con los bienes materiales que tengo? ¿cómo emplearlos? Por supuesto que las respuestas son variadas según el tipo de necesidades de cada uno. Pero Jesús, más allá de estas particularidades, simplifica para claridad de su mensaje, en dos posibles maneras de usar los bienes materiales: una, consiste en amasar bienes para sí mismo, y la otra, ser rico para Dios. Estas dos actitudes son las que tenemos que intentar comprender. Y quizás la mejor forma de entenderlo es empezando con la segunda, ¿qué puede querer decir eso de “ser rico para Dios”?
2.Si miramos la práctica de Jesús, y cómo él trataba los bienes materiales, podemos ver dos cosas. Por una parte que él vivía de manera muy simple y desprendida, pero por otra que él disfrutaba de esos bienes, en todas las ocasiones que compartía comidas, hospitalidad y amistad con la gente, y que se preocupaba hondamente por quienes carecían de lo básico, los pobres, los enfermos y los excluidos de los beneficios de aquella sociedad. La enseñanza práctica de Jesús es transparente: parece decirnos en términos nuestros de hoy, que todos los bienes de este mundo, como obra de Dios que son, deben verse como valiosos, como positivos con tal de que sirvan para mejorar nuestra calidad de vida, fortaleciendo nuestras mejores capacidades y los lazos de amor entre nosotros. Es decir, todos los bienes materiales son bienes al servicio de la vida de todos, y son valiosos por tanto en la medida en que sirven para el crecimiento pleno de cada uno, facilitándonos el poder ser y hacer las cosas con calidad. Facilitándome ser cada vez más mejor persona y mejor hermano de los demás. Sea que yo viva al día, o que viva holgadamente, si uso lo que tengo con este propósito es que soy “rico para Dios”.
3.Pero los bienes materiales dejan de ser “bienes”, es decir dejan de ser valiosos cuando este propósito se rompe. Cuando dejo de usarlos para crecer más como persona y como hermano de mis hermanos, y los uso para construir una forma de vida de comodidades superficiales, de “tirármela rico”, como dicen popularmente, o de darme “una buena vida” como dice el terrateniente de la parábola, ahí se quiebra el espíritu evangélico. Esa manera de vivir, apunta precisamente a lo contrario de ser persona y ser hermano. Es una actitud egoísta que me convierte en rival de mis prójimos, de mis vecinos, que me hace insensible a sus necesidades, que solo ve los bienes materiales como una forma de acumular más y más comodidad individual. Paradójicamente, ni siquiera me hace crecer como persona, ni desarrolla mis mejores cualidades. Más bien, puede distraerme de lo realmente importante. Puede fácilmente hacerme creer que la vida es solo eso, tener y tener placeres y disfrutes momentáneos, impidiéndome ver las cosas y experiencias más importantes de la vida. E incluso puede conducir a lo que la 1ª lectura llama “gran vaciedad”, una frustración que conlleva una codicia, un afán de poseer cosas y personas de manera insaciable, como sugiere Pablo.
4.El mismo Pablo contrapone la “vieja condición humana” a la nueva de la que hay que revestirse. Este es un reto, dice el apóstol, que tenemos todos, cristianos o judíos, o paganos, o quienes seamos. Es el reto de ser plenamente humanos.Ω

25 julio, 2010

17 domingo tiempo ordinario

17º domingo t.o., 25 de julio de 2010
Lect.: Gén 18: 20 – 32; Col 2: 12 – 14; Lc 11: 1 – 13

1.Me preguntaba, al meditar sobre estos textos, ¿por qué le piden los discípulos a Jesús que les enseñe a orar? Y además, refiriéndose a Juan el Bautista, como otro que había enseñado a sus discípulos a orar. No puede uno dejar de formularse esta pregunta, porque los discípulos, como todos los demás que seguían a Jesús, eran gente muy religiosa. Estaban acostumbrados a orar en el Templo y en la Sinagoga. Entonces, ¿no era que ya sabían rezar? Sin duda que en ese sentido, como estaba mandado y como era tradicional, ya eran personas piadosas que rezaban. Es decir, sabían salmos y otras oraciones de memoria, y las repetían a diario, y las ofrecían como alabanza a Dios, o para llamar su atención sobre sus necesidades y angustias. Y cumplían con las obligaciones de rezar de manera especial, cuando estaba prescrito. Es decir, rezaban mucho y en formas y tiempos señalados y espontáneos, parecido a como lo hacemos hoy nosotros. Lo que sucedió fue que los discípulos y la gente vieron a Jesús orar de otra manera. Ya no era la oración ritual, mandada, con formulaciones precisas, con expresiones y palabras cuidadosamente escritas. Tampoco era pronunciada en lugares consagrados, oficiales para orar, o en momentos solemnes cuando la familia se reunía para celebraciones tradicionales judías. Jesús oraba de otra manera y eso era lo que a ellos les llamaba la atención y era lo que querían aprender.
2.Pienso que probablemente dos cosas llamaban la atención de los discípulos como puede hacerlo con nosotros. Jesús no tenía que ir al Templo y a la Sinagoga para orar; ni siquiera tenía que aislarse para hacerlo. Hoy, por ejemplo, dice, que estaba en “cierto lugar” orando y estaban los discípulos al lado. Recordemos hace unos pocos domingos, él está orando y como en medio o inmediatamente después de esa oración les pregunta a los discípulos que estaban a la par conversando o en otras, quién dice la gente que él es. Me da la impresión que Jesús ora en medio de la vida cotidiana, en momentos ordinarios y en momentos especiales, como cuando va a elegir a los doce, o antes de su bautismo. Esto hace que los que le siguen se sientan atraídos porque “eso” que llaman “orar” no era como repetir muchas palabras u oraciones, ni como una actividad fuera de las comunes. Era algo que estaba en medio de las actividades diarias, que apenas se distinguía de éstas y que transformaba la manera de hacer estas actividades y la manera de ser de Jesús. Era, más que “hablar con Dios”, era saber escuchar a Dios en cada momento.
3.Da la impresión como que lo que los evangelistas llaman “orar” en Jesús son momentos de vivencia humana profunda, de vivencia de la dimensión divina que sostiene al ser humano, y que transforma su manera de ver las cosas y situaciones, y su manera de realizar cada una de las cosas que hacía, y la forma de relacionarse y de sentir con la gente. En el capítulo siguiente de Lc, que no lo leemos este año en la liturgia, está aquella escena cuando les decía a la gente que si sabían leer los signos del clima, tendrían que saber mejor explorar otros signos de los tiempos, saber leer los acontecimientos. Es decir, saber orar, saber vivir en oración, no consiste en divorciarse de la vida normal, sino saber verla y vivirla de otra manera, desde la experiencia de Dios de cada uno. Y esta capacidad es la que los discípulos le piden que les enseñe, y está, de hecho, disponible para cada uno de nosotros. Es la que podemos desarrollar si queremos aprender a orar, en el sentido de Jesús.Ω

18 julio, 2010

16º domingo tiempo ordinario

16º domingo t.o., 18 julio 2010
Lect.: Gén 18: 1 – 10 a; Col 1: 24 – 28; Lc 10: 38 – 42


1.Hay textos del evangelio, como el de hoy, que uno puede leer a varios niveles. En la superficie, lo podemos leer como una anécdota cotidiana de la vida de Jesús. Y, en un segundo nivel, lo podemos leer como parte de una catequesis en la que las primeras comunidades cristianas querían ponernos a pensar sobre algo más de fondo. Si lo leemos en el 1er nivel, de todas maneras es hermoso. Un poco a la luz de la 1ª lectura de hoy ver la práctica de la hospitalidad, tan valorada por los pueblos orientales de entonces y que Jesús disfruta y alaba en casa de estas amigas suyas. Ya esto nos da para pensar en el estilo de vida actual y en nuestra capacidad de abrir nuestras puertas a otros, amigos, vecinos o necesitados. Pero quisiera fijarme en el 2º nivel de lectura. Donde la reflexión de aquellas comunidades nos conduce a pensar en otras dimensiones que podemos descubrir en la escena y en particular en la calidad humana que nos revela Jesús.
2.En este 2º nivel de lectura lo primero que vemos es un contraste fuerte en la manera de considerar a la mujer. Marta está afanada en servir al huésped, —no daba abasto, dice el texto—, mientras que María está en la clásica actitud del discípulo: atenta, escuchando a los pies del maestro. La actitud de Marta es la normal en una sociedad machista en la que las mujeres están para servir e incluso tienen que desarrollar la capacidad de hacer múltiples cosas al mismo tiempo para “cumplir” con las tareas de la casa y el bienestar del resto de la familia, empezando por el marido. En cambio, la actitud de María era chocante para una sociedad machista. La mujeres simplemente no podían estudiar y un maestro de verdad no podía tener discípulas, solo discípulos varones. Jesús quiebra esa actitud discriminatoria y ese quiebre lo representa este texto de hoy, aunque es a lo largo de todo el evangelio que podemos descubrir la manera que Jesús tenía de valorar a las mujeres como personas. Por supuesto que, por desgracia para nuestra realización humana, personal y social, el machismo no ha desaparecido y tiene muchas manifestaciones dentro y fuera de la casa. Incluso en las sociedades democráticas, y donde ya la mujer tiene acceso a todo el proceso educativo, hasta el universitario, luego salarialmente, realizando los mismos trabajos, las mujeres ganan un porcentaje sustancialmente menor de lo que reciben los varones. También en CR, aunque no es de los países latinoamericanos con peor situación.
3.Pero, finalmente, hay algo más que podemos leer en ese 2º nivel del texto de hoy. Además de poder ser discípula, la figura de María nos expresa una cualidad básica para el discípulo evangélico: lo esencial en la vida humana no es lo que hacemos, sino lo que somos, y cómo somos cuando hacemos algo. !Ojo! No lo entendamos mal. No quiere decir esto como, solía decirse en algunas explicaciones piadosas, que el evangelio esté poniendo la oración, la contemplación por encima de la acción o el estudio y la meditación por encima del trabajo manual. No es eso. Lo que se quiere enfatizar es, en primer lugar, la enorme importancia que tiene, por decirlo así, el estar uno en lo que está, el vivir plenamente el momento en que se está. En la narración de hoy, María capta que lo importante era la presencia de Jesús y, probablemente en la intención de los redactores del evangelio, lo importante era la presencia de Dios que se hacía real en Jesús. Cuando somos capaces de cobrar conciencia de que en cada momento que vivimos, en la acción o en el descanso, en el trabajo o en la oración, en la tarea sencilla o en la gran actividad, se nos hace presente Dios mismo, entonces es cuando hemos descubierto la “mejor parte” de la vida. Y cuando lleguemos a alcanzar esa vivencia espiritual, además, llegaremos a estar más contentos con nosotros mismos, en cada momento que vivimos, y no tendremos que andar inquietos, nerviosos, cargados de estrés, siempre como a la búsqueda de una felicidad futura que no llega, pero perdiéndonos el disfrute de lo presente. El descubrimiento de la presencia de Dios es el descubrimiento de lo que somos nosotros mismos y es fuente de acción fecunda y de paz en las relacions humanas.Ω

04 julio, 2010

14º domingo tiempo ordinario

14º domingo tiempo ordinario, 4 de julio 2010
Lect.: Is 66: 10 – 14 a; Gal 6: 14 – 18; Lc 10: 1 – 12; 17 – 20

1.Nos exponemos a una gran tentación al leer este texto evangélico: pensar que lo que a Jesús le interesaba era crear una gran religión, una gran institución, poseedora de las únicas doctrinas verdaderas y las únicas reglas de vida exactas y que, para impulsar este propósito, requería contar con un sinnúmero de seguidores que tratara de hacer proselitismo a como hubiera lugar. Resulta que primero envió a los Doce, y como no tuvieron mucho éxito, ahora envía a los Setenta o Setenta y dos, para cubrir todos los pueblos de la tierra. Si caemos en la tentación de pensar así también nos creeremos que lo importante para la comunidad cristiana es el número de bautismos, de conversiones que logramos, de gente que viene a misa y a celebrar los sacramentos. Cuando la Iglesia razona de esta manera, fácilmente se resbala en ponerse como centro de la película, y en priorizar su doctrina, sus dogmas, sus estructuras, su posición importante en la sociedad, en vez de priorizar su servicio a la gente. Pero ya el domingo pasado hablábamos de cómo Jesús más bien ponía dificultades a algunos que querían seguirle por motivaciones equivocadas. No le interesaba hacer proselitismo. Le interesaba más bien, ayudar a que los seres humanos, decíamos, crezcamos, maduremos y lleguemos a ser personas plenas, psicológica y espiritualmente, libres de todos los males que nos lo impidan. En este texto de hoy, recalca todavía más esta idea. Cuando los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos de lo que veían como el éxito de su misión, Jesús les dice: Ojo, no estén tan contentos porque hasta los demonios se les sometan, sino más bien porque sus nombres estén inscritos en el cielo.
2.¿Qué quiere decir eso de estar inscritos en el cielo? Como lo explican los estudiosos de la Biblia, “La imagen se remonta a la costumbre del Antiguo Oriente de inscribir los nombres en los registros reales”, para saber quienes eran los súbditos de tal gobernante. Pero aquí equivale a estar inscritos en Dios (“cielo” es una forma de referirse a Dios sin nombrarlo, por respeto), de un modo irrevocable. Es decir, “la palabra de Jesús puede leerse en el sentido de que nuestras personas están “guardadas” en Dios y que no hay nadie ni nada que pueda separarlas de Él”, —recordemos lo que dice Pablo al respecto. Lo que parece subrayar Lc entonces es que como cristianos, como miembros de la Iglesia no tenemos que estar poniendo nuestro criterio para estar alegres en los supuestos éxitos pastorales, institucionales, doctrinales y morales que alcancemos, sino en que toda nuestra vida y prácticas religiosas nos sirvan para crecer en la conciencia de que radicamos inseparablemente en Dios, de que la vida divina es lo más profundo y auténtico que hay en cada uno de nosotros. Y creciendo en esa conciencia, crece también la conciencia y estima de nuestra propia dignidad y la posibilidad de crecer como personas plenas psicológica y espiritualmente.
3.Curar enfermos, expulsar demonios, pisotear serpientes y otras expresiones parecidas solo simbolizan la misión de todo cristiano de ayudar a los demás a que puedan superar los obstáculos que impiden tener conciencia de esa vivencia en Dios. Haciendo esto construimos poco a poco el Reino de Dios, al hacernos más divinos, nos hacemos más humanos y generamos una forma de convivencia profundamente humana, y no hacemos entonces de la religión un elemento de división y conflicto, como a menudo lo es, sino una ayuda para la paz en la diversidad de culturas, de creencias, de ideologías, de costumbres.Ω

13º domingo tiempo ordinario

13º domingo tiempo ordinario, 27 junio 2010
Lect.: 1 Reg 19: 16 b. 19 – 21; Gal 4: 31 b. 5: 1. 13 – 18; Lc 9: 51 – 62

1.Con demasiada frecuencia el evangelio nos desconcierta, al menos si lo leemos con atención y apertura y no de manera rutinaria. Y es muy bueno ese desconcierto que nos crea, porque eso nos sornaguea, nos hace pensar y cuestionarnos. Por ejemplo hoy, cuando uno ve la reacción de Jesús ante esos tres que querían seguirlo. Jesús les pone dificultades en vez de tratar de atraerlos con diferente tipo de promesas, para aumentar su grupo. Con la mentalidad de algunos dirigentes religiosos de hoy día, se vería absurda esta actitud de Jesús. Poniendo obstáculos no va a crecer el número de discípulos. Pero además, veamos el tipo de dificultades que plantea: directa o indirectamente afectan a un campo de los más valiosos del ser humano, el de los valores familiares. Si para nosotros la familia es importante, para aquella gente de la época de Jesús lo era todavía más. Y, tomadas literalmente, las expresiones del evangelio parecieran despreciar valores familiares: el hijo del hombre no tiene hogar donde reclinar la cabeza, y esto es lo que ofrece a quien quiera ser discípulo suyo, le dice al primero que se le acerca. Y a los otros dos, directamente, les dice que el seguimiento evangélico se antepone a cumplir con valores familiares muy sagrados. Es desconcertante y chocante. ¿Cómo interpretarlo?
2.Seguir a Jesús en su caminata hacia Jerusalén es una forma simbólica de expresar nuestro caminar hacia la realización personal, hacia la salvación de todos los males que nos impiden dejar que la vida de Dios crezca en nosotros. Suena tan simple decirlo así y es, sin embargo, tan complicado. No solo porque los obstáculos son muchos sino, especialmente, porque a menudo no nos damos cuenta de cuáles son o dónde se encuentran esos obstáculos. Uno espera encontrarlos en los vicios, en la corrupción, en las tendencias destructivas. Pero uno no espera topárselos en cosas valiosas de nuestra vida, por ejemplo, en la familia. De ahí la advertencia del texto de hoy. Sin duda que el amor familiar, las enseñanzas que recibimos en el hogar, son fundamentales en la vida Sin embargo, pese a las buenas intenciones, hay ocasiones en que la vida familiar no cumple con una de sus más importantes finalidades: ayudar a que cada uno de los miembros de la familia crezca, madure y llegue a ser una persona plena, psicológica y espiritualmente. San Pablo, en la 2ª lectura, afirma un principio central de la fe cristiana: para vivir en libertad Cristo nos ha liberado. No es para nada raro encontrar que la educación en la casa se base en el miedo, en la amenaza o en la sobreprotección. No solo con los hijos sino en la misma relación de pareja. Y que incluso la formación religiosa que ahí recibimos también se distorsione creando en los hijos la representación de un Dios castigador, vengativo, rival del ser humano. De todas estas deformaciones y de otras es necesario deshacerse, para poder emprender la caminata de Jesús y llegar a ser un hombre o una mujer plena, viviendo “a full” los valores humanos, no por temor, ni porque está mandado, sino, por impulso del amor, como también recuerda Pablo hoy. Solo así podemos vivir como seres humanos plenamente libres.
3.Hacernos esta advertencia sobre los posibles peligros que se derivan para nuestra vida espiritual incluso de algo tan valioso como la familia, nos ponen en guardia contra otros peligros que nos amarran, que nos impiden elevarnos a la libertad del amor. Por ejemplo, los apegos a una ideología política, a un partido político, a una tradición religiosa heredada pero no asimilada, a un patriotismo exagerado que conduce a prejuicios raciales, a la moda, … a tantos amarres que sin darnos cuenta nos privan de la libertad de ser nosotros mismos. Una vez más en la Eucaristía abrimos nuestro corazón para identificarnos con Jesús de Nazaret ese hombre que fue plenamente libre de todas las costumbres y poderes de su época, libre incluso para entregar su vida hasta el final.Ω

12º domingo tiempo ordinario

12º domingo t.o., 20 de junio 2010
Lect.: Zac 12: 10 – 11; Gal 3: 26 – 29; Lc 9: 18 – 24

1.“Una vez que Jesús estaba orando solo, mientras estaban los discípulos con él”… De nuevo tenemos aquí una de esas frases breves del evangelio, profundamente reveladoras, pero que, una vez más, se nos pasan inadvertidas, no le damos mayor importancia, y no se nos ocurre pensar lo que implican y lo que nos interpelan en nuestra manera de entender a Jesús y a nosotros mismos. Lo lógico, desde la posición católica tradicional, sería que nos preguntáramos: ¿cómo es eso de que Jesús oraba? ¿acaso no es Dios, el Hijo de Dios, como lo hemos aprendido desde pequeños? Entonces, ¿para qué ora o qué hace en su oración? ¿pedir? ¿puede Dios pedirse a sí mismo? ¿alabar y dar gracias? Quedamos en las mismas. Como vemos, el texto tan sencillo nos invita a replantearnos, más allá de nuestras creencias de siempre, cómo era Jesús y lo que esto significa para nosotros. Pero no podemos en una breve homilía, desarrollar todo eso. Ahí queda esto como tema a reflexionar. Lo que sí podemos comentar es el sencillo hecho de que Jesús oraba y que, después de este momento concreto de oración, le surgen un par de inquietudes. La primera, sobre sí mismo: se pregunta, ¿quién dice la gente que soy yo? Y la segunda, sobre sus seguidores, “el que que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mi causa, la salvará”, es decir, una inquietud sobre cómo hay que vivir, cómo hay que verse a sí mismo si se quiere realizarse uno como ser humano. Vamos a hacer sobre estas inquietudes de Jesús un par de reflexiones.
2.La primera, es que el texto parece apuntar a que Jesús en la oración estaba profundizando sobre sí mismo, sobre su relación con Dios y con los demás. El momento de oración era el momento de silencio, de reflexión profunda, de detener el ritmo habitual de la vida, para plantearse cosas importantes sobre sí mismo, sobre cómo está él haciendo las cosas, sobre lo que debe hacer cada día, cómo vivir la vida diaria en presencia de Dios. Y de la manera como se ve él mismo en la oración surge con toda naturalidad el interés por preguntarse cómo lo ven los demás. Por una parte, uno no llega a conocerse nunca a sí mismo si no detiene el trajín y el ruido de cada día para ponerse cara a cara consigo mismo y con Dios, sin ninguna pantalla ni ningún cosmético. Por otra, saber cómo me perciben los demás es también de gran ayuda para tener una idea más aproximada de lo que realmente soy. De alguna manera mide el impacto de lo que uno es y lo que uno hace sobre los demás. La oración es, pues, para Jesús, un momento de transparencia y sinceridad para descubrirse a sí mismo en la presencia de Dios y lo que ahí se le revela lo complementa con la manera con que sus amigos y cercanos lo perciben.
3.Pero en esa oración, en que están evidentemente presentes los demás, se preocupa también por la manera como ellos viven. Él está pensando que incluso sus amigos y probablemente la mayoría de la gente, viven superficialmente entendiendo de una manera errónea lo que cada uno es y cómo es que se puede liberar de los males que amenazan la vida de cada uno. Por eso les dice, “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mi causa la salvará”. Es decir, está advirtiendo a los discípulos que hagan lo mismo que él hace, tratar de conocerse más lo que uno realmente es, y no tratar de salvar el falso yo, la imagen superficial que uno tiene de sí mismo, las cosas que realmente no valen la pena en la vida diaria.
4.Es muy normal que la mayoría de nosotros vivamos absorbidos por el trabajo de cada día, por las preocupaciones familiares y, en momentos de crisis, por las dificultades que nos plantea la lucha por la vida. Pero un texto como el de hoy nos ayuda a ver la necesidad de que incluso en medio de tantas tensiones, o precisamente por ellas, hagamos un alto, —varias paradas, do quizás permanentemente—, para profundizar en la presencia de Dios en lo que realmente somos, para darnos cuenta cómo estamos haciendo las cosas, cuáles son nuestras motivaciones en cada actividad, si vale la pena luchar por lo que estamos luchando, y si no estamos perdiendo cosas más importantes por dejarnos atrapar por muchas otras que no valen la pena.Ω

13 junio, 2010

11º domingo tiempo ordinario

11º domingo t.o., 13 de junio de 2010
Lect.: 2 Sam 12: 7 – 10. 13; Gal 2:16. 19 – 21; Lc 7: 36 – 8: 3


1.Si se contrasta la 1ª con la 3ª lectura de hoy de inmediato se cae en la cuenta de lo mucho que tenemos que caminar los seres humanos para crecer en una espiritualidad madura, con una manera de relacionarse con Dios coherente con el Evangelio. Quienes escribieron el 2º libro de Samuel nos presentan todavía la imagen de un Dios, juez legislador poderoso arbitrario, que decide que David puede tomar sin pecar todas las mujeres del harem de Saúl pero, eso sí, no aprovecharse de la mujer del hitita Urías. El pecado depende de lo que ese legislador decide y, por tanto, la tranquilidad de conciencia de los humanos puede darse con tal de que estemos cumpliendo las disposiciones legales de ese Dios, independientemente de que las entendamos lógicas o no. Esa manera de ver nuestra relación con Dios es primitiva y, sin embargo, a menudo perdura en nuestros modos de pensar y practicar la religión en nuestros días. Recuerdo que cuando yo era pre – adolescente y empezaba a pensar un poquito por mí mismo, me preguntaba si algunas de las cosas que la Iglesia me decía que eran pecado, podrían no serlo si Dios hubiera decidido que no lo fueran. A veces, hoy día, hay adultos que, en el fondo, siguen con esa visión, al decir que los mandamientos de Dios y de la Iglesia hay que cumplirlos, aunque no los entendamos. Sin duda que, con esa visión legalista de nuestra relación con Dios, cada vez más se enreda uno en los propios mecates.
2.Pablo, pega un salto extraordinario en el Nuevo Testamento (2ª lectura), y nos dice, sin más, que no es el cumplimiento de la ley la que nos hace santos, es decir, no es el cumplimiento de mandamientos, reglas y costumbres, lo que nos hace crecer en la vida espiritual y nos acerca más a Dios. Lo que nos acerca a Dios, a pesar de todas nuestras limitaciones y fallos, es la fe, la confianza total en que en Jesús se nos ha manifestado la gracia, el don pleno y total del amor de Dios que habita en nosotros y la apertura para crecer en ese don. Esto, que nos puede sonar un poco a doctrina abstracta, queda ilustrado por el relato de Lucas hoy. Esa mujer pecadora que se pone a los pies de Jesús es consciente de su pequeñez, de su indignidad, de sus pecados, como lo reflejan sus lágrimas. No pretende ser lo que no es. Ni siquiera pretende ser alguien y por eso se pone detrás y a los pies de Jesús. Pero al mismo tiempo, está experimentando el amor de Dios en Jesús y por eso expresa con su cariño el mucho amor que tiene, como lo dirá luego Jesús. Podríamos decir que en todo su comportamiento, en esta escena, esta mujer representa el camino evangélico de la relación con Dios: una actitud de apertura para vivir todo lo que se es y se tiene como don gratuito del amor de Dios y no como logros de méritos personales. Cuando uno vive la existencia como una gracia, como un regalo de plenitud, se cambia en la práctica religiosa y moral la lógica de conquista de méritos, de ganancia de puntos. Esta lógica puede ser válida en otros órdenes de la vida, pero no aplicada a la relación con Dios ni, por tanto, a la relación con los hermanos. Esta lógica no transforma nuestro corazón en profundidad sino que se queda al nivel de prácticas legales y sociales que solo controlan nuestro comportamiento externo. La figura del fariseo que invitó a Jesús, por contraste con la pecadora muestra cómo se puede tener un buen comportamiento y una buena reputación, y al mismo tiempo despreciar a los que no lo tienen e incluso despreciar a quienes como Jesús son signo de ese amor gratuito de Dios.Ω

06 junio, 2010

Fiesta del Corpus Christi

Fiesta del Corpus Christi, 6 junio 2010
Lect.: Gén 14: 18 – 20; 1 Cor 11: 23 – 26; Lc 9: 11b – 17


1.“Hagan esto en memoria mía”. Esta frase viene a ser la central de los textos que narran el origen de nuestra Eucaristía. Y, sin embargo, nos pasa a menudo inadvertido su significado. O, simplemente, la forma rutinaria que tenemos de celebrar la misa nos impide precisar lo que quiere decir. “Hacer esto…”, ¿hacer qué? Hay que reconocer que para un cierto número de gente, de lo que se trata es de hacer una especie de milagro: convertir el pan y el vino en cuerpo y sangre de Jesús. Milagro que puede realizar solo el sacerdote. Para quienes lo ven así, “hacer esto en memoria mía” significa repetir una y otra vez el “milagro”. No nos escandalicemos, pero de ver así las cosas a verlas casi como algo mágico, no hay más que un paso. Entonces, me dirán Uds., ¿a qué se refiere la petición de Jesús de “hacer esto en su memoria”. No es difícil descubrirlo, con solo poner atención al relato de la Cena que repetimos en el momento central de la misa actual: “Porque Él mismo, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: tomen y coman…” Es decir, el signo que nos pide repetir no es el de hacer ningún milagro de transformación del pan y vino con unas palabras sacerdotales; el signo es partir, repartir y comer el pan, y hacerlo en memoria suya, es decir, de toda su vida, de cómo vivió, para quiénes vivió. En esta manera de leer el texto hay una pequeña gran diferencia que, a menudo, perdemos de vista. Lo que nos está pidiendo es que, al celebrar su Cena, nos comprometamos a que toda nuestra vida sea su misma vida y que, como Él, nos partamos y repartamos en una permanente donación de amor y de servicio. La idea es tan clara y central para los evangelistas, que Juan en vez de narrar el momento de la comida, narra el lavatorio de pies, otro gran signo eucarístico, tras el cual Jesús les dice: “les he dado ejemplo, para que también Uds. vayan y hagan como yo he hecho con Uds.” Esto es lo que venimos a hacer en la misa, al menos la razón por la que deberíamos venir: para animarnos a partirnos y repartirnos en la construcción de la comunidad, haciendo nuestra la misma vida de Jesús.
2.Hay otro detalle que, quizás también por rutina, se nos pasa por alto: Jesús se presenta como pan. De nuevo me dirán Uds. que esto es lo que siempre decimos. Pero no es así. Casi siempre nuestro énfasis se pone al revés, viendo el pan como Jesús. Y, además, por consiguiente, casi siempre nos fijamos solo en el producto terminado. Pero lo que Él quería decir es que su cuerpo, su persona entera era pan: que para que haya pan el grano tiene primero que caer y desaparecer en tierra, para que luego nazcan los brotes y las plantas de trigo y después de cosechar los frutos, tiene que dejarse triturar sus granos en el molino, para convertirse en harina y luego ser amasado y solo entonces transformarse en pan, que pueda ser alimento. Esta imagen de este proceso de elaboración del pan, parecida a la de la elaboración del vino, probablemente era más elocuente a las gentes de aquella época o, en la nuestra, a los de zonas productoras de trigo y uva. Con todo, nosotros también podemos acercarnos a su comprensión, creo que sin demasiado esfuerzo.
3.Nuestro amor por Jesús nos ha hecho enfatizar en torno a la Eucaristía aspectos devocionales y de adoración. No está mal pero, a la luz de lo que acabamos de reflexionar sobre los textos, nos damos cuenta de que esas prácticas son insuficientes, e inadecuadas incluso, si desplazan lo esencial de la Eucaristía. Creo que la ventaja de dedicar un domingo al año para meditar exclusivamente en el sentido de la celebración eucarística nos puede ayudar a ir recuperando la manera de vivirlo como verdadera memoria de Jesús.Ω

Anexo: (reproduzco aquí un elocuente texto de Tony de Mello que cita fray Marcos en "Fe Adulta". Por razones comprensibles no lo incluyo en la predicación de la parroquia. Su sentido es tan obvio que no lo comento:

"En una tribu de primitivos seres humanos, el más espabilado descubrió un día la manera de hacer fuego. La manipulación del fuego ha sido el invento que más ha contribuido al avance de la civilización humana. El inventor quiso hacer partícipes a otras tribus de aquellas ventajas; así que cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana.
Reunió a la comunidad y les explicó la manera de hacer fuego y como se podía utilizar para mejorar la calidad de vida. La gente se quedó admirada al ver aparecer el fuego, como por arte de magia. Todo eran muestras de admiración y agradecimiento. El visitante, les dejó los aperos de hacer fuego y se volvió a su tribu.
Unos años después, volvió por la aldea y les preguntó por las ventajas que habían logrado con la utilización del fuego. Cuando lo vieron llegar, todos mostraban su alegría y le condujeron a una pequeña colina apartada del poblado, donde habían construido una plataforma y en lo más alto habían colocado una preciosa urna, donde habían guardado con devoción los instrumentos de hacer fuego que les había regalado.
Toda la tribu se reunía allí con frecuencia, para adorar e incensar aquellos instrumentos tan valiosos. Pero… ni rastros de fuego en toda la aldea. Su vida seguía exactamente igual que antes. Ninguna ventaja había extraído de sus enseñanzas. Seguían sin atreverse a usar el fuego".

30 mayo, 2010

Fiesta de la Stma. Trinidad

Fiesta de la Santísima Trinidad
Lect.: Prov 8: 22 – 31; Rom 5: 1 – 5; Jn 16 12 – 15


1.En las lecturas de hoy hay dos llamadas de atención bien fuertes para sacudir nuestra manera de entender y vivir la vida religiosa. La primera nos la da el libro de los Proverbios. Al referirse a la sabiduría de Dios, a la vida de Dios, nos hace pegar un salto extraordinario. Nos habla de una realidad que está en la base de toda la realidad, incluso antes de que la tierra y nosotros existiéramos. Está en las cosas que se van creando y que está gozando en la existencia de los seres humanos. Es un salto que nos enfrenta a la enormidad del misterio de lo que llamamos Dios y que es, al mismo tiempo el misterio de lo que es la creación y lo que somos los seres humanos. Hay muchos otros textos en la SE que nos hacen esa misma llamada de atención. Pero citemos solo uno más, narrado con hermosa sencillez. En Éxodo 33,18 ss, está Moisés en la Tienda de Encuentro, dialogando con Dios, ante la nube de incienso que vela la presencia del Señor, y, en un arrebato de amor y de deseo, le pide a Dios: “¡Déjame, por favor, ver tu rostro! Y le contesta el Señor: Haré pasar ante ti mi gloria, y pasaré ante ti, pero cubriré tus ojos con mi mano para que no veas mi rostro. Cuando pase, retiraré mi mano y me podrás ver de espaldas; no puedes ver mi rostro sin morir”. En el casi ingenuo lenguaje de estos textos se nos comunica el mismo mensaje: no podemos representar a Dios ni con imágenes, ni con análisis, ni con dogmas o doctrinas. Siglos después Tomás de Aquino expresaría esta convicción diciendo que de Dios más conocemos lo que no es que lo que es.
2.Al mismo tiempo, en la liturgia de hoy hay una segunda llamada de atención. Los discípulos de la comunidad de Juan, unos 60 años después de la muerte y resurrección de Jesús, escriben este cap. 16 del evangelio que, sin duda refleja ya entonces, no una profecía de algo que iba a pasar, sino su experiencia vivida del Espíritu de Dios en ellos, que les va conduciendo de manera progresiva a la verdad. A Dios nadie le ha visto jamás, pero en el propio descubrimiento de lo que somos en profundidad vamos también descubriendo la presencia de Dios, guiados por el mismo Espíritu que está en nosotros.
3.Cuando de pequeños estudiábamos el catecismo, se nos entregaban una serie de conocimientos que ingenuamente pretendían revelarnos de manera concentrada los más grandes misterios de la vida. Para todo teníamos respuestas: “¿quién es Dios, cuántas personas hay en Dios, por qué decimos que Dios es justo, a quiénes premia Dios y a quiénes castiga?” Y así por el estilo. Dejo a un lado el tema de si esa forma de iniciarnos en la fe (ahora supongo que es muy diferente) era o no conveniente. Era, en todo caso, muy ingenua. Pero no menos ingenuos han sido los esfuerzos de las teologías posteriores cuando tratan de indagar en la realidad divina y hablan de la naturaleza de Dios, de las relaciones entre las personas de lo que llamamos la Trinidad y otras cosas parecidas, y lo presentan casi como una foto de la realidad. Esos esfuerzos teológicos eran necesarios e inevitables ante el empuje del espíritu inquisitivo humano que siempre trata de desagarrar los velos del misterio de la vida y la realidad. Y de hacer compatible las experiencias de la fe, con los avances de la filosofía y la ciencia. Por eso, por ej., en los primero siglos de la Iglesia se desarrolla la teología trinitaria tratando de dialogar con la filosofia griega. Son respetables y valiosos esos esfuerzos pero no podemos simplemente repetirlos siglos después, cuando ni siquiera los términos filosóficos de entonces nos resultan comprensibles a la mayoría.
4.¿Con qué quedarnos entonces de esta doble llamada de atención de la liturgia de hoy? Quizás con lo que podríamos llamar la apertura de unas ventanitas para que entre aire y renueve nuestra vida espiritual. En primer lugar, una ventana por la que podemos descubrir un nuevo muy viejo camino para acercarnos a Dios: el camino de la experiencia. Viendo el modo como Jesús vivía la presencia de Dios, ir descubriendo también nosotros el modo de descubrir esa presencia en el ejercicio del amor, de todo amor, del servicio a los más frágiles y de la compasión. Una segunda ventana es probable que nos permita ver en los relatos evangélicos grandes símbolos, grandes metáforas para abrirnos a dimensiones de la vida que a menudo nos pasan inadvertidas y que son, sin embargo, las dimensiones en que más se manifiesta la vida divina en nosotros. Y, finalmente, una tercera ventana la que nos abre la perspectiva de una luz cegadora, o de una oscuridad brillante, que rodea la vida de Dios y nos mueve a caminar con enorme respeto cada vez que nos referimos a él, y cada vez que cometemos la tontería de pensar que somos poseedores de su verdad. No cabe duda de que para renovar nuestra visión de Dios, de lo espiritual hace falta disponernos con un gran trabajo.Ω