19 diciembre, 2010

4º domingo de Adviento

4º domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2010
Lect.: Is 7: 10 – 14; Rom 1: 1 – 7; Mt 1: 18 – 24
1. Esta mañana, mientras realizábamos nuestra larga meditación comunitaria semanal, estábamos dando vuelta y vuelta al tema del “Dios-con-nosotros”, pensando cómo acercarnos más a la comprensión de esta frase, y cómo explicarlo de mejor manera en nuestras homilías en misa. Llegó un punto en que le dije a un compañero de mi comunidad, que se trajera para inspirarnos más, una lectura de un gran maestro espiritual, el Maestro Eckhart, que es un autor que leemos con frecuencia. En cuanto se levantó este hermano para ir por el libro le oí gritar de repente. Corrí a ver lo que pasaba solo para descubrir los frutos de la imprudencia mía. La corona de Adviento cuyas cuatro velas yo había encendido una hora antes, había ardido por completo, agotando las velas, encendiendo la corona, la canasta sobre la que estaba, los manteles y las llamas empezaban ya a levantarse de la madera de la mesa de cedro, herencia de mi madre. Se pueden Uds. Imaginar el susto y la pena. Ahora, por supuesto, necesitamos la ayuda de un buen ebanista para restaurar la antigua mesa y redoblar la vigilancia que en estas épocas del año se nos dice que debemos tener con el fuego, la electricidad y la pólvora. Y algo me hizo pensar el suceso.
2. Poco antes del lamentable incidente este fraile compañero de mi comunidad acababa de decir que ante esta enigmática frase de Isaías y Mateo, —Dios con nosotros— lo que más cabe es la actitud de búsqueda. Hablar de Dios, de quien no se puede hablar, tratar de entender lo que no se puede entender nos exige nos caer en extremos. Es de extraordinaria importancia para la vida de cada uno de nosotros decir que Jesús nos ha revelado que Dios está con nosotros, que está en el ser humano, que se ha encarnado, es decir, que está en nuestra condición humana. Tanto más importante es conocer esta realidad cuando nos damos que cuenta en nuestra tradición cristiana esta maravillosa afirmación evangélica, —que Dios se ha hecho humano—, conlleva otra extraordinaria afirmación: que el ser humano participa también de esta vida divina, que somos portadores de una dimensión trascendente en nuestro propio ser, en nuestra propia condición. Es preciso, para nosotros cristianos, no ignorar esto, ni quedarnos repitiéndolo de manera fundamentalista. A partir de ahí hay que seguir buscando lo que ese mensaje quiere decir y lo que implica en nuestra vida, porque eso nos permite no solo conocer mejor a Dios, sino conocernos mejor a nosotros mismos. Pero es preciso evitar el extremo de confundir lo que es esta realidad con formas doctrinales, creencias y doctrinas, heredadas de otras épocas, otras culturas, otras filosofías que los seres humanos vamos produciendo a lo largo de esa búsqueda. Perdónenme que quizás me abuse del accidente del fuego de esta mañana. Encender las cuatro velas de adviento es un hermoso signo de una iluminación pequeña, progresiva en la que vamos creciendo. Pero pretender pasar de ahí a una iluminación total, de un solo, tratar de entender plenamente lo que significa esa realidad de Dios presente en nosotros y nosotros viviendo en Dios, puede dar lugar a serios errores y daños para nuestra vida espiritual. No se puede reducir el maravilloso misterio al fruto de un esfuerzo doctrinal concreto. Eso empequeñece el misterio, ya no ilumina, es como los carbones que empezaban a hacerse en la mesa esta mañana. Fruto de mucha llama, no despiden ya luz sino oscuridad.
3. Lo que espero en esta navidad es que nazcamos de nuevo, que nos desposeamos de todo aquello que nos amarra y nos impide seguir buscando, seguir abiertos para que poco a poco, quizás muy lentamente, el Señor pueda ayudarnos a entender en que consiste nuestro vivir en Dios aquí y ahora.Ω

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