17 junio, 2008

11o domingo tiempo ordinario

11º domingo t.o., 15 jun. 08
Lect.: Ex 19: 2 – 6 a; Rom 5: 6 – 11; Mt 9: 36 – 10:8


1. A veces, cuando llega este domingo con esta lectura de Mt, ponemos todo el énfasis en la misión de Jesús a los doce y saltamos de inmediato a motivar a la oración por nuevas vocaciones sacerdotales. Esta manera de leer el evangelio tiene dos problemas. El primero, que el mensaje de Jesús fue recogido por una gran variedad de personas en su propio momento, y en las comunidades de los años siguientes, en Palestina y en en tierras de gentiles. No solo eran los que llaman los 12, también los 72 o los 500. No solo eran los cristianos de origen judío, también los de origen griego o pagano, o los itinerantes, o los de énfasis gnóstico. Es decir, la misión de Jesús iba dirigida a una gran pluralidad de discípulos y fue vivida de una manera muy variada. Nos equivocaríamos si pensamos solo en los presbíteros, y menos aún al estilo de sacerdotes católico romanos como los que conocemos hoy. Pero el otro problema de leer este texto de esta manera es el olvido de que lo más importante no es a quiénes se dirige sino en qué consiste la misión. Esto es, probablemente lo central: que los envía a proclamar un reino de Dios que está cerca, en medio de nosotros y que esta proclamación la ve como esencial para todos aquellas gentes a las que Jesús veía como extenuadas y abandonadas, sin un pastor que los sacara de esa situación.
2. En el momento en que Jesús predica, ante un pueblo de campesinos y pescadores muy pobres en su mayoría, en una época en que la ciencia y los servicios de salud no se han desarrollado, las altas tasas de mortalidad y de enfermedades no comprendidas, pesan sobre la población y las aterrorizan, la hacen sentirse “extenuada y abandonada”, a merced de problemas que no pueden combatir y que incluso interpretan a menudo como posesión de demonios o como hechos de poderes ocultos que pueden vencerse con otros poderes esotéricos más poderosos. Ante todo esa situación Jesús siente profunda compasión. No es el maestro teórico, ni el fariseo legalista a quien solo preocupa que la gente defienda la doctrina correcta o cumpla todos las reglas de la Ley. Es, principalmente, el rostro compasivo y misericordioso de Dios el que se manifiesta en Él y que le lleva a proclamar que el Reino de Dios, es decir, la presencia amorosa del Padre ya está cerca. Descubrir esta presencia cercana es aprender a ver la realidad con los ojos de Dios no solo con nuestros sentidos. Es vivir y enfrentar todos los problemas de la vida diaria y descubrir y combatir las raíces de esos problemas, de manera distinta. Es descubrir que la realidad no es solo lo que percibimos, es también reino de Dios.
3. Lo que Mt llama “reino de los Cielos” , y Mc y Lc “reino de Dios”, Jn lo llama “vida abundante”. Nosotros podríamos decir “plenitud de vida”. Jesús no quiere que nadie se pierda, que nadie se sienta exhausto, incapaz y solo, quiere que cada uno pueda alcanzar la plenitud de vida como imagen y semejanza de Dios, y además que descubra que tenemos muy cerca, en nosotros mismos el Espíritu de Dios que nos da esa plenitud. Proclamar esto es proclamar una “buena noticia”, y es necesario hacerlo tanto más cuanto las circunstancias que nos rodean afecta cada vez más negativamente la situación y el ánimo de muchos.
4. Esta proclamación es la misión de todo discípulo de Jesús. No solo de los presbíteros. Es una responsabilidad, sobre todo, de aquellos a quienes nos corresponde formar a las nuevas generaciones en la vida cristiana. Pienso hoy, de manera especial, en los padres de familia. Nada más maravilloso para pensar, como parte principal de la educación de sus hijos, que no quedarse en darles una educación y una disciplina. Ante todo y sobre todo, abrirles los ojos ante el inmenso horizonte que nos da el vernos a nosotros mismos y ver lo que nos rodea con los mismos ojos de Dios. Esto es lo que puede significar una verdadera transformación de calidad para los hijos y para cada uno de nosotros que nos atrevamos a vivirlo.Ω

08 junio, 2008

10o domingo tiempo ordinario

10º domingo t.o., 8 jun. 08
Lect.: Os 6: 3b – 6; Rom 4: 18 – 25; Mt 9: 9 – 13


1. Cuando yo me criaba se decía que en CR el 98% de los habitantes éramos católicos. Hoy se habla de que quizás seamos un 70%. En aquella época, además, en una CR bastante conservadora, en una sociedad predominantemente agraria, los católicos éramos bastante homogéneos. Por supuesto que como humanos y pecadores, no todos cumplíamos con nuestra religión sin fallas, pero la gran mayoría parecíamos inclinados a no discutir las enseñanzas de la Iglesia. Campesinos, o urbanos medio rurales, y conservadores, respetábamos lo que el padre, el obispo y el papa nos enseñaban y pensábamos que ellos nos trazaban las líneas de nuestra fe. Hoy, en cambio, dentro de la misma Iglesia, los católicos somos muy distintos. Bajo el mismo nombre de “católico” se encuentran posiciones y prácticas muy diversas: Católicos de los de antes, católicos a los que les aburre la liturgia dominical pero que la cumplen por obligación o temor, otros que bautizan y se casan por la Iglesia por pura tradición, otros que divorciados y vueltos a casar guardan en su corazón una fe profunda, unos que critican el matrimonio gay como una degeneración, y otros que los defienden como parte de DD. HH., … En fin, la CR y los católicos de hoy es muy variada y plural religiosamente hablando y esto nos plantea a quienes nos consideramos creyentes la pregunta de qué hacer ante ese pluralismo. ¿Ser más combativos y lanzarnos a la conquista de los no creyentes y de quienes no creen como nosotros? ¿O ser, acaso, respetuosos y limitarnos a rezar por la conversión de todos esos? ¿O vivir, como el fariseo de aquella parábola, dando gracias a Dios por estar en el camino de la verdad, de no ser como los demás no creyentes?
2. La 1ª lectura de hoy empieza con una frase tan bella como desconcertante: “Esforcémonos por conocer al Señor, su amanecer es como la aurora y su sentencia surge como la luz”. Se trata de una frase que nos sornaguea a quienes quizás nos sentimos ya muy seguros de nuestra fe. ¿Por qué esforzarnos por conocer a Dios, si ya hace años que estudiamos catecismo, hicimos cursillos, y confesamos la fe de la Iglesia? ¿No será que el consejo se dirige a los no formados religiosamente? Mt, en el texto evangélico, donde Jesús vuelve a citar a Oseas, nos hace caer en la cuenta que a veces hasta los más religiosos, como era el caso de los fariseos, pueden caer en el error de estar muy apegados a una creencia sobre Dios, que curiosamente, los cierra a reconocer a Dios. Para decirlo en lenguaje bíblico, Mt nos previene del peligro de idolatría, que se da cuando nos apegamos a una doctrina sobre Dios, en vez de abrirnos a la experiencia viva de la presencia de Dios en nuestra vida. En el texto Mt muestra a unos fariseos que por estar cerrados en su manera de entender la justicia divina, eran incapaces de reconocer la presencia de Dios en la actitud acogedora de Jesús con los pecadores. En el llamado de Jesús a Mt y en el compartir la mesa con pecadores el evangelio muestra que la realidad de Dios sobrepasa nuestros conceptos y doctrinas, nos sorprende de continuo, y por eso nunca debemos parar de esforzarnos por conocer a Dios.
3. Pero, ¿qué quiere decir esto? ¿Qué debemos matricularnos todos en cursos de Biblia y teología? Nada de eso sobra. Pero la segunda enseñanza de estas lecturas va más allá: a Dios lo conocemos cuando experimentamos y hacemos lo que Él hace. Dios es amor misericordioso, gratuito y firme, independientemente de las cualidades de aquellos a quienes ama. Es cuando practicamos ese mismo amor misericordioso y tierno con los demás que vamos avanzando en el conocimiento de Dios, experimentando en la realidad y en la acción misma lo que Él es. Es cuando superamos una práctica religiosa de rituales y sacrificios puramente externos; es cuando traspasamos diferencias religiosas conceptuales o de palabras, con otros en quienes podemos reconocer la misma realidad divina de amor que nos unifica.Ω

01 junio, 2008

9o domingo tiempo ordinario

9º domingo to, 1 jun. 08
Lect.: Dt 11: 18. 26 – 28. 32; Rom 3: 20 – 25 a. 28; Mt 7: 21 – 27
(en misa de Iglesia de Santo Domingo, Santiago de Chile).

1. Agradezco que se me haya invitado a compartir con Uds. esta eucaristía. (Presentación). No siempre resulta fácil comentar la palabra con una comunidad que uno no conoce. En una sociedad tan plural como la que nos ha tocado vivir, diversas circunstancias personales, sociales, culturales, económicas hacen que a menudo hagamos lecturas diversas de la palabra de Dios. No solo tenemos diferencias de país a país, sino que con frecuencia las encontramos dentro de la misma ciudad y no solo entre una comunidad cristiana y otra, sino también dentro de los que vivimos juntos familiarmente o juntos celebramos cada domingo la eucaristía. Por eso no es extraño, aunque pueda resultar chocante, que la religión, que debería ser siempre vínculo de comunión y de paz, a veces se vuelva motivo de confrontación: cristianos versus musulmanes, católicos vs protestantes, e incluso dentro de la misma Iglesia católica, la generación de los papás vs la de los hijos más jóvenes, o entre teólogos, maestros de religión y ministros de diversa tendencia.
2. Aunque todas estas diferencias son inevitables, los textos de la liturgia de hoy nos dan fraternalmente pistas para evitar que esas diferencias se tornen en conflictos dañinos. Mt dentro de esta colección de dichos de Jesús nos advierte de un error que fácilmente cometemos los creyentes: darle prioridad al discurso religioso. El peligro no es tan solo, como solemos entender este texto, que hablemos muchas palabras bonitas y luego no las pongamos en práctica. El problema más amplio es tomar las palabras, las doctrinas, los discursos que los seres humanos fabricamos para intentar entender la palabra de Dios, y darles más importancia por encima de lo que es realmente valioso: escuchar la voz misma de Dios, abrirse al maestro interior, al Espíritu que habita en nuestros corazones. Él es el que puede conducir nuestra vida y la puede configurarnos cada vez más como discípulos de Jesús. Fijémonos que antes de insistir en que pongamos las palabras en práctica, Mt insiste en que escuchemos la palabra de Jesús. E incluso el Dt nos recuerda que ese oír es grabar esas palabras en lo más íntimo de nuestro corazón. Porque el peligro siempre está presente: que por no escuchar, no abrirnos, no disponernos a oír la voz de Dios, sustituyamos esa palabra por la de falsos profetas —y falsos profetas podemos ser cualquiera de nosotros que sacralice, que absolutice una explicación religiosa. Es el peligro de haber dejado de oir, en relación personal y comunitaria, al Espíritu que nos habla al corazón a través de nuestra conciencia, de nuestros mejores sentimientos y a través de los rostros de Cristo que nos rodean en los más necesitados y excluidos.
3. Pablo recuerda en la 2ª lectura el problema de sacerdotes y maestros de la ley de la época de Jesús, que a la Ley entregada por Moisés, y que era un medio para guiar al pueblo, la habían llegado a confundir con la misma fuente de santificación. Y, en el fondo, también cometían el error de olvidar que no solo los discursos humanos, tampoco las obras humanas nos ganan la salvación, porque no tenemos méritos propios para obtener lo que es por completo obra de la gracia, regalo gratuito de la misericordia de Dios. Ante esta gratuidad todos nuestros esfuerzos no se dirigen a ganar puntos delante de Dios sino, simplemente, a desapegarnos de nosotros mismos, de nuestras creencias e ideologías, de nuestras propias tradiciones y teologías, a usarlas solo como medios, pero sin que sean obstáculos para la obra que el Espíritu de Cristo realiza en cada uno de nosotros.
4. Tratando de vivir así en nuestra vida religiosa, la misma actitud compasiva y misericordiosa que tiene Dios con nosotros será la que marque nuestras relaciones con los demás y será lo que haga de la religión un instrumento de paz y comunión y no de conflicto y enfrentamiento.Ω