29 marzo, 2015

Domingo de Ramos

Lect.:   Is 50:4-7, Flp 2:6-11, Mc11:1-11, 

  1. Hace un par de domingos señalábamos lo equivocado que resulta acercarnos a la Cuaresma y a la Semana Santa con una actitud angustiada, de temor, enfatizando nuestra condición de pecadores frente a un Dios furioso y castigador. Peor aún, creyendo —como lo entendían ciertas visiones paganas—, que esa cólera divina solo se aplacaría con sangre y más precisamente con una pasión sangrienta de ese hijo de Dios, justo e inocente que es Jesús. Dejando a un lado la explicación de por qué se fue desarrollando en la historia esa lectura negativa y oscura de la pasión y muerte de Jesús, en el relato evangélico de este Domingo de Ramos se nos plantea una visión muy distinta. Como puerta de entrada a la Semana Santa el contenido de este mensaje nos permite entender de manera nueva los sucesos de los próximos días, especialmente del Viernes Santo.
  2. Marcos nos hace ver cómo Jesús, al dar por concluida su misión de anuncio del Reino en las aldeas y pueblos de Galilea, decide subir a Jerusalén para proclamar su mensaje en lo que era el mero centro del poder religioso y político. Considera importante, frente al Templo y la ocupación romana, dejar claro en que consiste y en qué no consiste el Reino de Dios. No consiste en acumulación de poder religioso, económico y político, dominador sobre los más humildes, menos aún, en privilegios nacionalistas del pueblo judío. Consiste en un encuentro con Dios en la práctica de relaciones más justas, más solidarias y fraternas. Es por anunciar esto que sube a Jerusalén. No como un mártir que se auto inmola, que se entrega a la muerte, sino como un profeta pacífico, que se enfrenta de manera no violenta a las formas de dominación injustas que regían aquella sociedad y aquella religión. Los gestos simbólicos del episodio de Ramos comunican claramente este mensaje. Entrar a Jerusalén cabalgando sobre una burra era un gesto que todos los presentes podían entender de inmediato, al recordar la profecía de Zacarías  (9:9)en la que se dice: "¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna. El suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones.” En el texto paralelo de Mateo se destaca todavía más este carácter pacífico al poner a la cría junto a la burra, todavía amamantándose. Para todos los presentes, conocedores de la historia de Israel, el cuadro se haría más significativo, al contrastar con la entrada de Alejandro Magno a Jerusalén, trescientos años antes, cabalgando sobre Bucéfalo, su famoso caballo de guerra. Y, más aún, con la entrada triunfal que Pilatos hacía cada año en la ciudad santa, justamente antes de la Pascua, con carros de guerra y armas, en un desfile militar que apuntaba a recordarle al pueblo quién era el que mandaba allí.
  3. Por contraste, la entrada de Jesús sobre la burra con su burrito, resultaba verdaderamente un gesto simbólico provocativo que les recordaba, precisamente en la Pascua, la liberación del imperio egipcio y ahora de cualquier nueva forma de dominación. Este gesto, por supuesto, suponía un gran riesgo para Jesús. Todas sus acciones previas, en las aldeas de Galilea, en las que antepuso el valor de la persona humana, de los pobres, los enfermos y los marginados, por encima de la institución religiosa y de las costumbres, también colocaron a Jesús en riesgo, ante los que tenían el poder o vivían de él. Pero ahora, proclamando la Buena Nueva en el centro mismo de ese poder, el riesgo se extremó y, de hecho, lo llevó a la muerte. Él no buscó la muerte. No quiso decirnos que hay que buscar en derramamiento de la sangre, el sufrimiento, y la muerte por sí mismas, porque sean camino de salvación. No lo son. El camino es la construcción de la paz, de la justicia, de una comunidad con economía y gobiernos solidarios.  Aunque proclamar esta Buena Nueva conlleve riesgos, incluso de muerte. Ni Jesús, ni Gandhi, ni Martin Luther King, ni Monseñor Romero buscaron entregarse a la muerte, aunque su mensaje ciertamente provocó la intolerancia y violencia de sus asesinos
  4. Esta Semana Santa, en los días de descanso, con este enfoque, es una buena ocasión, para reflexionar sobre la autenticidad de nuestro propio compromiso y para preguntarnos si nuestras prácticas religiosas alimentan ese compromiso o si más bien lo adormecen. Seguir el camino de Jesús no necesariamente nos conducirá a la muerte como Romero o Gandhi. Pero si nos hará vivir con coherencia hasta el final de nuestra vida con los valores radicales y controversiales del Evangelio

22 marzo, 2015

5º domingo de cuaresma

Lect.: Jeremías 31,31-34; Hebreos 5,7-9; Juan 12,20-33

  1. Estamos terminando este tiempo de Cuaresma. Todavía no hemos llegado a contemplar la pasión y la muerte de Jesús. La reflexión litúrgica se detiene en momentos previos, cuando Jesús vivo, aún en plena actividad, pero ya con enfrentamientos con los sacerdotes del Templo, puede presentir la posibilidad de una muerte próxima. Es una experiencia que quizás muchos de nosotros hemos pasado. Tal vez con motivo de la muerte de alguien cercano, tal vez por atravesar un período de enfermedad, se nos ha venido a la mente la idea de nuestra propia muerte. ¿Cómo reaccionamos ante esta imagen de nuestro final físico? Puede que algunos rápidamente, atemorizados, "cambien de inmediato de canal". Mejor no pensar en esas cosas "todavía"; a otros puede que les deprima, les angustie. Puede que les llene de incertidumbre y les haga preguntarse si todo acaba aquí o, si hay otra vida después.
  2. ¿Cómo reacciona Jesús ante la perspectiva de su muerte? No nos lo presenta Juan angustiado, morboso, o negativo. Aunque sí cuestionándose, como cualquier otro ser humano. Como decíamos el domingo pasado, la perspectiva de la comunidad de Juan, donde se escribe este evangelio, es la perspectiva de la vida. Tienen la convicción de que seguir el camino de Jesús conduce a lo que hoy llamaríamos una vida plena. Y tienen la certeza de que Jesús mismo tiene esa convicción. Hasta tal punto que, incluso cuando piensa en la posibilidad de una muerte próxima, la ve orientada a la vida. "Les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde."
  3. El evangelista no elabora más sobre ese punto. No explica cómo es que se realiza esa aparente paradoja, de que, muriendo se pueda dar vida. Solo nos deja la imagen del grano de trigo y de cualquier semilla que se pudre en tierra y produce una nueva planta, como una ilustración del modo cómo funciona la naturaleza. Pero si contemplamos toda la vida de Jesús, que consistió en una donación continua de lo que él era para dar salud, alegría, amor a quienes lo necesitaban, entonces podemos vislumbrar un poquito cómo es que entregar la vida en pequeñas muertes a lo largo de nuestra existencia puede ser fuente de vida. Pero Jesús muestra que se trata no simplemente de "perder la vida", sino de entregarla, de gastarla para producir más vida. Como dicen los espirituales, se trata de gastar el aceite de nuestra lámpara para que la mecha ardiente de luz a los demás. Esa convicción llevó a Jesús a entender la fecundidad de su muerte y puede también animarnos a pensar y a llegar a nuestra propia muerte viéndola como la culminación de nuestra realización en el don de nosotros mismos

15 marzo, 2015

4o domingo de Cuaresma

Lect.: Ef 2:4-10 ; Jn 3: 14-21


Tengo que empezar esta reflexión confesando un detalle de mi visión religiosa  personal. Cada vez que esta cuaresma, como otros años, escucho cantar "Perdona a tu pueblo Señor... No estés eternamente enojado" y cosas parecidas, se me produce una reacción de disgusto y de desconcierto.  No solo por el tono triste y quejumbroso de la música. Más que todo por el contenido y la orientación que le da a la vivencia cuaresmal.
¿Qué tiene que ver esta religiosidad, por ejemplo, con el mensaje de Juan en el evangelio de hoy? Creo que nada, es más bien lo contrario. Juan, referiéndose a Jesús en la cruz, dice que ha sido levantado, para que todo el que crea en él, tenga la vida definitiva, la vida del Eterno. Lo compara con Moisés que, cuando los israelitas rebeldes fueron mordidos por serpientes, levantó sobre un palo, en el desierto, una imagen de bronce de la diosa egipcia de la fertilidad y la alimentación, Nenutet, representada por una cobra. Todo el que la miraba recibía la salud. Dejando aparte el por qué Moisés usó una escultura de una diosa pagana, lo importante es la comparación que hace el evangelista. Jesús es levantado sobre un madero, para que quien dirija a él su mirada, quien crea en él, reciba la vida.
La comunidad del evangelista Juan vivía  una espiritualidad cristiana centrada en la convicción de que seguir el camino de Jesús conducía a lo que hoy llamaríamos una vida plena. No era un camino dolorista, de lamentaciones, ni de temor al castigo. En otro texto dice el mismo evangelista que Jesús vino para darnos vida y en abundancia. La condena a ser elevado en la cruz, no es una glorificación del sufrimiento, ni de la destrucción corporal, como camino de santidad. Es, más bien, una exaltación de la vida de Jesús como una vida de pleno desarrollo humano, en quien los valores de servicio, de solidaridad  con los más débiles y pobres, con los marginados, lo llevaron al enfrentamiento con los poderes religiosos y políticos de su época, responsables de esa marginación y esa pobreza.
Mirar a Jesús, creer en él es creer en nosotros mismos. Es Creer en que el mismo Espíritu Santo que llevó a plenitud la vida de Jesús, nos da la capacidad para "nacer de nuevo" como le dijo Jesús a Nicodemo, para desarrollar a fondo todas las potencialidades que tiene nuestra propia persona. Para Juan, darse cuenta de esto es vivir en la luz. Ignorarlo es autocondenarse a permanecer en las tinieblas, en la ignorancia de todo lo que somos como seres humanos, hijos amados de Dios.

08 marzo, 2015

3er domingo de cuaresma


Lect.: Éx 20: 1-17; 1 Cor 1: 22-25; Jn 2: 13-25

1. Aunque el episodio de la "expulsión de los mercaderes del Templo" es uno de más popularizados en cuadros y narraciones catequéticas, eso no quiere decir que su explicación esté igualmente difundida. Nos quedamos a menudo con la imagen de un Jesús enojado y en pelea abierta con un número de  vendedores del pueblo, como si lo que indignara al Maestro fuera la realización de compra y venta en el Atrio del Templo, por parte de unos irrespetuosos pequeños comerciantes. Basta que nos detengamos un momento a ver cuáles eran las operaciones de los mercaderes para descubrir enseguida el fondo de la pelea de Jesús. Se trataba de actividades indispensables para el culto oficial del Templo. Los animales que se vendían eran para los sacrificios y debían cumplir con los requisitos de la Ley judía. El cambio de moneda era para que a las ofrendas del Santuario solo entrara moneda considerada "pura" por su religión, y no monedas de regiones paganas. Ambas actividades eran, lógicamente, supervisadas por los sacerdotes. Eran oficiales y legales.
2. Con solo recordar este detalle nos damos cuenta de inmediato con qué y con quiénes está enfrentándose Jesús: con el aparato sacerdotal que ha distorsionado y corrompido la religión. Y la corrupción radica en haber "convertido en mercado la casa del Padre". Cuando el evangelista Juan escribe este capítulo de su evangelio ya han pasado décadas desde la destrucción de Jerusalén y de la pérdida de poder de la casta sacerdotal. No está dirigiendo este texto y su crítica a aquellos sacerdotes ni al aparato judío del Templo, sino que está tomándolos como referencia para advertir a la naciente comunidad cristiana del peligro de incurrir en la misma  distorsión de lo religioso.
3. La advertencia vale también para nosotros en el siglo XXI.
Se mercantiliza la religión cuando las Iglesias y su ministros, clérigos y laicos, se someten a los poderes político económicos; cuando descuidan las necesidades de las grandes poblaciones empobrecidas, y cuando se dejan arrastrar por sus intereses egocentrados, o por los institucionales eclesiásticos,  perdiendo el espíritu de servicio al pueblo, a las personas. Ese peligro nos acecha a todos, clérigos y laicos.
4. Tanto el domingo pasado,  de manera simbólica con el relato de la Transfiguración, como en el texto de hoy, de forma directa, Jesús hace ver que el Templo verdadero está en su persona y en la de todos los hijos e hijas amadas de Dios. Dar prioridad al servicio a las personas, que son el nuevo Templo, lugar de la presencia de la divinidad, es demostrar que no queremos convertir la casa del Padre en cueva de ladrones.

01 marzo, 2015

2º domingo de cuaresma

Lect.: Gén 22,1-2.9-13.15-18; Salmo 115; Rom 8,31b-34; Mc 9,2-10

  1. Este de hoy es un relato riquísimo, en el que Mc nos va a mostrar con imágenes lo esencial de la Buena Nueva de Jesús. Pero nos podemos perder su mensaje si nos quedamos en una lectura literalista del texto. El error sería ver el episodio como un espectáculo de efectos especiales con el que se tratara de presentar el poder de Jesús respaldado por un mundo sobrenatural. Para entenderlo mejor pensemos que el evangelista más bien trata de comunicarnos lo que fue una experiencia espiritual, subjetiva de aquellos tres discípulos con los que Jesús sube al monte. Y esa experiencia es descrita con símbolos del Antiguo Testamento familiares para la formación judía de esas primeras comunidades y que les permite expresar la manera como ellos entienden a Jesús. Vamos solamente a explicar los símbolos principales. Subir a la montaña, la nube que los envuelve, y las ropas resplandecientes, luminosas, nos están recordando de inmediato a Moisés encontrándose con Dios en la cumbre del Sinaí. Es la presencia de Dios la que lo transfigura, lo transforma. Marcos nos está diciendo que en esa experiencia espiritual de los discípulos ellos están entendiendo que Jesús, el hijo amado, es el nuevo Templo, el nuevo lugar en que se manifiesta la presencia de Dios. Esa presencia divina  está siempre presente en la humanidad de Jesús, aun en medio de las mayores pruebas aunque no se pueda ver, oculta por las vicisitudes de la condición humana.
  2. Al principio del evangelio, Marcos ponía como lo esencial del mensaje de Jesús el extraordinario anuncio de que el reino de los cielos, el encuentro con Dios, está cerca de cada uno de nosotros, en medio de nuestra vida ordinaria. No tenemos que esperar al final, después de la muerte, para encontrarnos con Dios, porque todo lo que somos, todo lo que actuamos, toda nuestra existencia ya, aquí y ahora, está enraizada y sostenida en la misma vida de Dios. Sin esa presencia ni siquiera existiríamos. Pero al mismo tiempo, vivir y anunciar esta realidad lo realizó Jesús en medio de continuas pruebas y dificultades, de persecución e incluso de su propia muerte. El  Espíritu se lo había anticipado al empujarlo al desierto, símbolo del lugar de pruebas, como lo vimos el domingo pasado. Para todos nosotros, pienso, este mensaje, que es lo esencial de la Buena Noticia, no resulta fácil de aceptar. ¿Cómo creer que estamos ya en el encuentro con la divinidad si nuestras imperfecciones y las de los demás, así como los males que nos rodean, parecen demostrar nuestro alejamiento de Dios? Los primeros discípulos tuvieron las mismas dudas que nosotros y pareciera que el significado de la experiencia espiritual de estos tres discípulos en esta montaña alta es precisamente esa, darles un chispazo, momentáneo al menos, de lo que significa ser hijo amado de Dios, trátese de Jesús o de cualquiera de nosotros. 
  3. ¿Podremos tener nosotros un chispazo, una experiencia semejante que nos fortalezca, que nos ayude a vivir vida plena aún en medio de los muchos sufrimientos y pérdidas de todo tipo? No, no es la intención de Marcos ponernos a desear esa forma de revelación. Más bien nos lleva en otra dirección. Nos invita a escuchar la palabra de Jesús. Escuchar la palabra quiere decir asimilarla, llevarla a la práctica siguiendo el mismo camino de Jesús construyendo fraternidad, solidaridad y justicia en los espacios en que nos corresponde vivir. Será a lo largo de ese seguimiento fiel que se nos irán aclarando las dudas, iremos crecimiento en conocimiento de lo que somos nosotros mismos. Identificándonos con él en la práctica cotidiana, en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales, aun en los momentos más difíciles, iremos descubriendo y experimentando lo que significa estar dentro de la misma vida de Dios aun aquí y ahora en nuestra condición material humana.Ω