25 febrero, 2008

3er domingo de Cuaresma

3er domingo Cuaresma, 24 feb. 08
Lect.: Ex 17: 3 7; Rom 5: 1 – 2; 5 – 8; Jn 4: 5 – 42


1. Hay gente que se rasga las vestiduras porque la Iglesia Católica en Costa Rica ha descendido en número y una cantidad de sus antiguos miembros se ha pasado a otras iglesias protestantes o evangélicas. O a tradiciones espirituales de Oriente. Otros, dentro de la misma Iglesia, sufren porque ven que en la práctica se ha producido una cierta diversidad que, por simplificarla, podríamos decir que se divide entre conservadores y renovadores; entre estilos europeos de ser católicos y formas más latinoamericanas. Algunos echan de menos, aún 40 años después del Concilio y de Medellín, la misa de espalda y en latín. Otros, en cambio, se sienten realizados con prácticas más comunitarias, más cercanas a la vida cotidiana. A nivel político militar, hay quienes se identifican con la supuesta visión cristiana del presidente Bush, enfrentada con los musulmanes. Otros se identifican en cambio con figuras como Mons. Romero, o la Madre Teresa. En una época, pues, muy lejana de la que vivió el autor del evangelio de Jn, pareciera que la pregunta que hace la samaritana a Jesús encuentra paralelos. A ella le inquietaba cuál sería el templo verdadero, el de los judíos en la colina de Jerusalén o el de los samaritanos en el monte Gerizim. A muchos hoy les puede inquietar las preguntas: ¿dónde dar culto a Dios? ¿es la Iglesia en la que estoy la única verdadera? ¿qué les pasa a los que no están en ella, —esposa, hermanos o incluso hijos?
2. El evangelista utiliza un serie de recursos simbólicos para armar una hermosa y rica historia, que conduce a una contundente enseñanza y orientación de Jesús sobre lo que es la vida religiosa, la vida espiritual. Los símbolos negativos, por decirlo así, son los de los cinco ex - maridos de la samaritana y del concubino actual. En el AT, sobre todo en los profetas, el adulterio era un símbolo de la idolatría. Al Dios amoroso, que había tomado por esposa a su pueblo de Israel, éste le había traicionado muchas veces yéndose detrás de otros falsos dioses. Y el concubino con quien convivía ahora, representaba el culto actual, dirigido al Dios verdadero pero de manera muy imperfecta e infiel, sin relacionarse con él como con su único esposo. La samaritana representaba entonces esa mujer o ese ser humano, ambivalente, confuso en cuanto a cómo relacionarse con Dios, a cómo vivir la religión verdadera.
3. Para entonces, como para ahora, Jesús, presentado por el evangelista, da un giro radical a las inquietudes de la samaritana y a las inquietudes nuestras. El frío no está en las cobijas, como dice el dicho popular. El tema principal no está en si el Dios verdadero está aquí o allá, —como si a Dios se le pudiese encerrar y convertirlo en patrimonio exclusivo de un grupo—, sino, más bien, en preguntarse en qué consiste dar culto a Dios, en qué consiste ser religioso, ser espiritual. La respuesta de Jesús es contundente: Se acerca la hora y ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero, adorarán al Padre en espíritu y verdad… ¿Qué quiere decir esto? La mujer había ido a buscar un pozo del cual sacar agua —otro hermoso símbolo de la vida divina—, y Jesús le cambia ahí también la perspectiva. El que bebe del agua que yo le daré, dice, esa agua se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Sentro de cada uno de nosotros se puede hallar el manantial del agua viva. El que encuentra eso “sagrado que habita en cada uno”, no tiene necesidad de andar buscando pozos. En esto consiste el culto en espíritu y verdad: en una transformación personal a partir del descubrimiento de ese manantial de agua viva, que nos permite experimentar a Dios como padre amoroso, a los demás como hermanos partícipes de una nueva vida, y a la naturaleza como obra de la mano de Dios. Todo lo demás, la doctrina, los rituales, las jerarquías de las iglesias, tienen un valor instrumental, de medios valiosos en la medida en que ayuden al descubrimiento de ese manantial interior, a la experiencia de eso sagrado que nos habita y nos transfigura.Ω

18 febrero, 2008

2o domingo de Cuaresma

2º domingo Cuaresma, 17 feb. 08
Lect.: Gén 12: 1 – 4 a; 2 Tim 1: 8b – 10; Mt 17: 1 – 9


1. Estamos acostumbrados, por diversas razones, a leer cada uno de los evangelios de manera fragmentada, tanto en la liturgia como en la meditación personal. Por supuesto que esto es muy rico. Sin embargo, para que lo sea más todavía, hace falta ir aprendiendo a leer el conjunto, tal y como cada evangelista lo escribió. Por ejemplo, Mt escribe su evangelio con la intención, entre otras de mostrarnos con grandes símbolos, en qué consisten los pasos y dimensiones del camino que tenemos que recorrer en el seguimiento de Jesús. Uno de esos grandes símbolos es el de la montaña. No es casualidad que, por ejemplo, Mt hable de la subida de Jesús a un monte en el momento de las tentaciones, en el de la enseñanza de las bienaventuranzas, en el envío final y en este de hoy, que llamamos de la transfiguración. ¿Por qué? Porque la montaña fue utilizado en todas las religiones mediterráneas antiguas como un símbolo del encuentro entre lo humano y lo divino. Mostrando a Jesús en el monte resalta, en primer lugar, como dice un autor, que “en Jesús se intersectan el cielo y la tierra, se unen la humanidad y la divinidad, la profundidad divina de la vida humana sale a la superficie”. Pero, al mismo tiempo, en este episodio de la transfiguración, el evangelista quiere mostrar que esta realidad manifestada en Jesús, esa unión entre lo humano y lo divino, es nuestra propia realidad. Al pedir a los 3 discípulos que suban con él no es para impactarlos con lo que él es y motivar su adoración, sino para que se impacten más bien con el descubrimiento de lo que ellos mismos son. Por eso caen rostro en tierra.
2. ¿Qué importancia tiene este descubrimiento como parte del camino, del seguimiento de Jesús? No cabe duda de que si uno llega a experimentar que en la propia vida nuestra, pequeña y limitada como es, se da ese paso de fronteras entre lo humano y lo divino, si uno llega a “oír”, no físicamente, sino en la convicción profunda que da la experiencia, que cada uno de nosotros, como Jesús, es “el hijo amado” en quien el Padre se complace, entonces nuestra vida da un giro radical. Tiene que transformarse por completo nuestra manera de ver las cosas, nuestra manera de valorar los bienes y acontecimientos de este mundo; nuestra manera de actuar. Decíamos el domingo pasado que en nuestro camino de discipulado son necesarios momentos de desierto, de separación de todo el barullo de lo cotidiano, de encontramos desnudos delante de Dios, desapegados de todo para descubrir nuestra vocación profunda en el mundo. Pero también son necesarios momentos de descubrimiento, de toma de conciencia, de experiencia de esa realidad divino – humana que somos cada uno de nosotros, para fortalecernos y regresar a lo cotidiano con toda la fuerza, y la serenidad de saber que lo santo habita en nosotros. Esto supone una gran transformación de nuestra manera habitual de vernos y de ver a los demás. No vernos como pequeños e imperfectos, depredadores que tienen que luchar entre sí para sobrevivir, sino como hijos amados del Padre que comparten una vida inagotable que es para todos.
3. Pero, ¿cómo tener estas experiencias? No hay recetas. No podemos tocar un botón, ni programarlo con computadora. Estas experiencias son un don gratuito. Lo más que podemos hacer es prepararnos, disponernos a recibirlo. ¿Cómo? Cultivando una actitud de búsqueda, de redescubrimiento de lo que es el encuentro con Dios y de lo que somos nosotros mismos; vaciándonos de moldes, dejando como Abrahán la casa y la tierra a que estamos acostumbrados; preparándonos de manera desapegada, libre de esquemas, porque de lo que se trata no es de repasar catecismos sino de abrirnos a una experiencia nueva, distinta de la vida divina en nosotros. Como dice Pablo, para que salga a la luz esa vida inmortal que ya tenemos. La cuaresma es un ejercicio de preparación para abrirnos a estas experiencias, si nos abrimos a escuchar la palabra de Dios y a compartir el pan y el vino, como si fuera la primera vez, no para repetir más de lo mismo.Ω

15 febrero, 2008

1er domingo de Cuaresma 10-feb-2008

1er domingo de Cuaresma, 10 feb. 08
Lect.: Gén 2: 7 – 9; 3: 1 – 7; Rom 5: 12 – 19; Mt 4: 1 – 11


1. Si leemos este texto de las tentaciones —y si interpretamos la cuaresma, la preparación de la Pascua—, solo a nivel de la moralidad individual, privada, perdemos el sentido profundo del mensaje evangélico. Para eso no hace falta dedicar 40 días cada año a la reflexión y a prácticas religiosas específicas. Por rutina, por facilismo, solemos pensar que la cuaresma es un tiempo para pensar en nuestras pequeñas faltas cotidianas y ver cómo corregirlas para renacer en la Pascua moralmente más renovados. En esa perspectiva interpretamos las tentaciones de Jesús como un ejemplo, en el que se nos estaría diciendo que también él, como cualquiera de nosotros, tuvo inclinaciones a hacer cosas indebidas. Leer de esta manera el texto y la cuaresma, es bajar el piso al mensaje evangélico, dejarlo como una especie de enseñanza de lo evidente. Como pequeños y obvios consejos de uno de los muchos libros de autoayuda que hoy están en librería. No se necesitaba el evangelio del hijo de Dios. Ni se necesitaría la Iglesia.
2. ¿De qué se trata, entonces, tanto en el texto como en la Cuaresma? Podríamos responderlo con una frase fácil de decir, más difícil, de comprender. El texto de las tentaciones de Jesús se refiere sobre todo a la tentación de no seguir su vocación, su misión en la vida. Esta es la tentación fundamental que enfrentó Jesús. Hay incluso novelas y películas que han recogido este punto: que Jesús para por unos momentos en que tiene que decidir qué hacer con su vida, que tipo de proyecto asumir. Y en esos momentos se le presentan las posibilidades, simbolizadas por las 3 tentaciones que narra Mt, de seguir otros caminos: el camino de poner como grandes objetivos de su vida la fama, la acumulación de riquezas o el ejercicio del poder sobre los demás. Dicho de otra manera, a Jesús se le presentan otras posibilidades atractivas. Por ejemplo: la tentación de ser un dirigente de su pueblo, con todas las ventajas que tiene el ser un dirigente político, con el estatus que eso da, el poder, la fama, el nivel de vida. O la tentación, religiosa, de ser un maestro o sacerdote del Templo, ganando enorme respeto de todos, ejerciendo dominio moral, y sin renunciar por lo demás, a grandes propiedades. O bien otra tentación más sencilla, la de construirse una vida centrada solo en sus propios intereses individuales, cómoda, con buena familia, trabajo satisfactorio; no tiene nada de malo. Todo lo contrario. Lo que tienen de malo es que siguiendo esos caminos, incluso ese último, renunciaba a la vocación a la que Dios lo llamaba. En el caso de Jesús, era la vocación a consagrarse íntegramente, a hacer presente las bienaventuranzas del Reino en él mismo; asumir tiempo completo el servicio a los demás, la misericordia, el consuelo, de la liberación de los pobres y los oprimidos, para mostrarnos a todos en qué consiste ser humano pleno.
3. Estas son las tentaciones serias, que se nos plantean también a los demás, sobre todo al llegar al nivel de adultos. Las de no seguir el llamado que Dios nos hace personalmente a una misión personal única, manera única de contribuir a que esta sociedad, se acerque más al ideal que llamamos Reino de Dios. Pero estas tentaciones pasan por otra tentación previa. La tentación de la superficialidad, de la falta de reflexión, la de no pararnos a descubrir qué es lo que Dios quiere que yo haga con mi vida. Mt usa el símbolo de los 40 días en el desierto para expresar la necesidad de replantearnos radicalmente lo que estamos viviendo y haciendo, y descubrir si esta vida que construimos responde a la vocación, que Dios quiere de mí. No podemos irnos al desierto para repetir esa experiencia de Jesús. Quizás los acontecimientos nos impongan momentos de desierto: muerte de un ser querido, pérdida de empleo, la quiebra de la empresa… Entonces nos encontramos desnudos delante de Dios, aptos para preguntarnos por nuestra vocación profunda en el mundo. La cuaresma es un ejercicio para sensibilizarnos a la necesidad de estos momentos de desierto para replantearnos el sentido de nuestra vida.Ω

03 febrero, 2008

4o domingo tiempo ordinario

4º domingo t.o., 3 febrero 2008
Lect.: Sof 2: 3. 3: 12 – 13; 1 Cor 1: 26 – 31; Mt 5: 1 – 12 a


1. Muchos han hablado de las Bienaventuranzas llamándolo la Carta Magna del cristianismo, el gran Programa de vida dado por Jesús. Otros lo señalan como la gran síntesis de la lucha evangélica por un mundo más justo, donde desaparezca la pobreza, el hambre, la opresión… ¿nos ayuda leerlo así? Sí y no. No nos ayuda mucho si solo lo vemos como un conjunto de reglas morales ideales, muy hermosas, pero tan extraordinarias, que están por encima de nuestras posibilidades humanas. Servirían como utopía que habla de un mundo más allá del real y al que debemos aspirar aun sabiendo que no se va a dar nunca en nuestras vidas. De esa manera de leer las Bienaventuranzas se deriva o bien la actitud escapista que hace pensar que el Reino de Dios no es de este mundo, o bien la frustración de quienes se sienten mal consigo mismos porque nuestra vida concreta no se parece en nada al perfil retratado aquí por Mt. Ver así esta maravillosa enseñanza de Jesús equivale a continuar viendo a Dios, el Reino, como algo lejano, inaccesible, al que solo llegaremos en “la otra vida”.
2. Pero hay otra forma de entender las Bienaventuranzas que puede revolucionar nuestra vida aquí y ahora. Si interpretamos literalmente el texto, puede ser que se diera un momento concreto en el que Jesús convocara a sus discípulos y les diera estas enseñanzas. Pero lo que sí no admite duda y es más importante es que, más que en un momento concreto, todas y cada una de las bienaventuranzas reflejan enseñanzas de Jesús que a lo largo de su vida predicó pero, sobre todo vivió, hizo real en cada uno de sus comportamientos y actitudes, en sus relaciones con todos los que le rodeaban. Si las bienaventuranzas reflejan la vivencia de eso que llamamos el reino de Dios, los evangelistas nos dejan testimonio de que ese espíritu y práctica del reino de Dios se hizo ya presente en Jesús Y lo que es más revolucionario aún, se hizo presente y real en él, para mostrarnos que puede hacerse presente, desarrollarse en cada uno de nosotros, porque todos y cada uno de nosotros tenemos el mismo espíritu de Dios, la misma realidad divina que define nuestro ser más profundo. Jesús revela lo que es en su sentido más auténtico el ser humano, lo cual quiere decir, que lo que él vivió es la realización demostrativa de lo que nosotros podemos vivir alentados por la fuerza de Dios que habita en nosotros.
3. Esa es la convicción iluminadora y transformadora de nuestra vida en la que se insiste a lo largo de todo el NT. Pablo subraya que nuestra salvación, es decir, nuestra realización plena como seres humanos, es Dios mismo quien la opera dentro de cada uno de nosotros; nos recuerda que cuando uno es crucificado con Cristo, ya no es uno, es Cristo quien vive en uno mismo; el espíritu de Cristo habita en cada uno ;ha sido derramado en nuestros corazones. Jn, por su parte, en textos bellísimos, a veces utilizando el ejemplo de la vid, nos habla de esa mutua inhabitación, Dios está en nosotros y nosotros en él. Con esta perspectiva, vivir las bienaventuranzas —ser desprendido y comprometido con los pobres, luchador por la justicia, constructor de la paz— no es el fruto de un esfuerzo frustrante y desesperado por ser perfectos, es más bien la consecuencia “natural”, por decirlo así, de dejar que salga de nosotros lo que tenemos dentro, el Cristo que habita en nosotros, la vida divina que es lo más auténtico dc la vida humana. Por supuesto que no es automático, requiere aprendizaje, esfuerzo por nuestra parte, pero es el resultado, del “esfuerzo por no hacer esfuerzo”, de renunciar a creer que el espíritu del Reino lo puede lograr nuestro esfuerzo egocéntrico, nuestra falsa ilusión de ser individuos autosuficientes, fragmentados, separados de los demás. Es la actitud de desapego de lo que uno cree que es uno mismo para llegar a ser lo que uno es realmente en Dios con los demás. Las bienaventuranzas son, así, la propia fotografía de eso que se está construyendo a diario en nosotros mismos, cuando reconocemos y dejamos que Dios construya en nosotros.Ω