03 febrero, 2008

4o domingo tiempo ordinario

4º domingo t.o., 3 febrero 2008
Lect.: Sof 2: 3. 3: 12 – 13; 1 Cor 1: 26 – 31; Mt 5: 1 – 12 a


1. Muchos han hablado de las Bienaventuranzas llamándolo la Carta Magna del cristianismo, el gran Programa de vida dado por Jesús. Otros lo señalan como la gran síntesis de la lucha evangélica por un mundo más justo, donde desaparezca la pobreza, el hambre, la opresión… ¿nos ayuda leerlo así? Sí y no. No nos ayuda mucho si solo lo vemos como un conjunto de reglas morales ideales, muy hermosas, pero tan extraordinarias, que están por encima de nuestras posibilidades humanas. Servirían como utopía que habla de un mundo más allá del real y al que debemos aspirar aun sabiendo que no se va a dar nunca en nuestras vidas. De esa manera de leer las Bienaventuranzas se deriva o bien la actitud escapista que hace pensar que el Reino de Dios no es de este mundo, o bien la frustración de quienes se sienten mal consigo mismos porque nuestra vida concreta no se parece en nada al perfil retratado aquí por Mt. Ver así esta maravillosa enseñanza de Jesús equivale a continuar viendo a Dios, el Reino, como algo lejano, inaccesible, al que solo llegaremos en “la otra vida”.
2. Pero hay otra forma de entender las Bienaventuranzas que puede revolucionar nuestra vida aquí y ahora. Si interpretamos literalmente el texto, puede ser que se diera un momento concreto en el que Jesús convocara a sus discípulos y les diera estas enseñanzas. Pero lo que sí no admite duda y es más importante es que, más que en un momento concreto, todas y cada una de las bienaventuranzas reflejan enseñanzas de Jesús que a lo largo de su vida predicó pero, sobre todo vivió, hizo real en cada uno de sus comportamientos y actitudes, en sus relaciones con todos los que le rodeaban. Si las bienaventuranzas reflejan la vivencia de eso que llamamos el reino de Dios, los evangelistas nos dejan testimonio de que ese espíritu y práctica del reino de Dios se hizo ya presente en Jesús Y lo que es más revolucionario aún, se hizo presente y real en él, para mostrarnos que puede hacerse presente, desarrollarse en cada uno de nosotros, porque todos y cada uno de nosotros tenemos el mismo espíritu de Dios, la misma realidad divina que define nuestro ser más profundo. Jesús revela lo que es en su sentido más auténtico el ser humano, lo cual quiere decir, que lo que él vivió es la realización demostrativa de lo que nosotros podemos vivir alentados por la fuerza de Dios que habita en nosotros.
3. Esa es la convicción iluminadora y transformadora de nuestra vida en la que se insiste a lo largo de todo el NT. Pablo subraya que nuestra salvación, es decir, nuestra realización plena como seres humanos, es Dios mismo quien la opera dentro de cada uno de nosotros; nos recuerda que cuando uno es crucificado con Cristo, ya no es uno, es Cristo quien vive en uno mismo; el espíritu de Cristo habita en cada uno ;ha sido derramado en nuestros corazones. Jn, por su parte, en textos bellísimos, a veces utilizando el ejemplo de la vid, nos habla de esa mutua inhabitación, Dios está en nosotros y nosotros en él. Con esta perspectiva, vivir las bienaventuranzas —ser desprendido y comprometido con los pobres, luchador por la justicia, constructor de la paz— no es el fruto de un esfuerzo frustrante y desesperado por ser perfectos, es más bien la consecuencia “natural”, por decirlo así, de dejar que salga de nosotros lo que tenemos dentro, el Cristo que habita en nosotros, la vida divina que es lo más auténtico dc la vida humana. Por supuesto que no es automático, requiere aprendizaje, esfuerzo por nuestra parte, pero es el resultado, del “esfuerzo por no hacer esfuerzo”, de renunciar a creer que el espíritu del Reino lo puede lograr nuestro esfuerzo egocéntrico, nuestra falsa ilusión de ser individuos autosuficientes, fragmentados, separados de los demás. Es la actitud de desapego de lo que uno cree que es uno mismo para llegar a ser lo que uno es realmente en Dios con los demás. Las bienaventuranzas son, así, la propia fotografía de eso que se está construyendo a diario en nosotros mismos, cuando reconocemos y dejamos que Dios construya en nosotros.Ω

1 comentario:

  1. Para quien viene tratando de vivir su vida aquí y ahora, esta manera de interpretar las bienaventuranzas es absolutamente maravillosa. Para quien el futuro fue una obsesión y vi´vía su presente altamente afe4ctado por lo que no sabía si llegaría, esto es un regalo. Pues la oportunidad de comprender la vida y el llamado de Dios en esta hora, en este tiempo y en esta realidad, es una cosa grande de verdad. Y más aun cuando se va descubriendo que la realización propia está en Dios y que esa relación conmutativa (Él en uno y uno en Él) hace que nuestra búsqueda encuentro su pleno sentido en los demás, desde lo que les puedo aportar y viceversa, pero más maravillosamente poder experimentar en las binaventuranzas una manera extraordinaria de expresar la fuerza del Espíritu que habitó en Jesús y ahora en nosotros. Se trata de aterrizar por fin esta enseñanza magistral de Jesús, una enseñanza que radica en toda la riqueza captada por los discípulos en la vida misma de Jesús... tal cual quisiéramos que fuera en nosotros, pero como bien lo apunta ud, no como el esfuerzo de "querer ser", sino simplemente dejarse llevar por el espíritu que ya ahbitra en nosotros y entonces lo demás se irá dando... algo así como poder decir en algún momento que estamos hambrientos y sedientos de justicia, por ejemplo.

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