28 mayo, 2017

Domingo de la Ascensión: subir a la montaña símbolo de iluminación

Lect.: Hechos 1:1-11;  Efesios 1:17-23;  Mateo 28:16-20
  1. Cuando los evangelistas hablan de resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo —pentecostés—   no están hablando de tres acontecimientos separados, como parecen indicarlo el uso de frases como, “cuarenta días” o cincuenta días. Creencia reforzada por una catequesis tradicional, que no se enraíza lo suficiente en estudios bíblicos. Aunque también, quizás sin quererlo, la celebración litúrgica da lugar a ese error. Esa manera de expresarse la utilizan por razones catequéticas, explicativas pero, en realidad, están hablando de aspectos diversos de un mismo acontecimiento, de una misma experiencia y no de una “crónica” de hechos sucesivos. Es tal la riqueza de esta experiencia pascual que merece la pena irla considerando un poco por separado profundizando en esas importantes dimensiones. Y esto es lo que hacen las narraciones de los evangelistas aunque alguno de ellos hace ver que “todo” sucede el mismo día. (Por ejemplo, Juan 20: 17, pone en la experiencia de María Magdalena, la advertencia de Jesús, “Jesús le dijo:«No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes».  Y unos versículos después narra la experiencia de los discípulos reunidos a los que les dice, “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»  Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo».
  2. Hasta ahora, durante las seis semanas anteriores hemos hablado de las implicaciones de la resurrección en nuestra vida, lo que conlleva la afirmación de las primeras comunidades de que “hemos resucitado con Cristo”, y hemos  escuchado que el NT nos dice que se trata de un acontecimiento nuestro, algo que sucede en nosotros. En la perspectiva de Pablo no es algo que nos va a suceder, sino que ya ha sucedido o, al menos, que ya se ha iniciado. Es una participación en una experiencia en el Espíritu, por la cual el Viviente puede hacerse ahora presente en nuestra vida cotidiana, en la nuestra y en la vida de los otros. Es tan profunda esa participación en la vida divina que hemos podido llegar a afirmar, como decíamos el domingo pasado, que así como hablamos de la encarnación del hijo de Dios, deberíamos hablar de la “inspiritización” de cada uno de nosotros como hijos e hijas de Dios. Con ese término de la teóloga australiana que citamos el pasado domingo, por decirlo de alguna manera, es el Espíritu de Dios mismo el que va asumiendo nuestro espíritu para irradiar su presencia en el mundo. Él es el que pone en nuestros labios la oración que pronunciamos, es el que nos mueve en todo. Dios con nosotros, en la humanidad individual de Jesús de Nazaret, y ahora Dios con nosotros en la humanidad de nosotros los creyentes. Esta es una experiencia tan impactante que, decíamos también, nos hace vivir la vida con entusiasmo y agradecimiento por el carácter sagrado que da a esta humanidad frágil de cada uno y por la capacidad que nos da para transformar todo lo que nos rodea.
  3. Si ese es el sentido central de la Pascua, ¿cuál es el aspecto que subraya el relato de la Ascensión? Son varios los símbolos que utilizan los narradores para expresarlo: la ida a Galilea, la subida a la montaña, las dudas de algunos, ante la presencia de Jesús. Subir a la montaña es un símbolo que se encuentra en todas las grandes religiones para expresar los momentos de experiencia de la divinidad. En Mateo se narran cinco momentos de esos y apuntan a momentos no en los que se encuentra a Dios, sino en los que se cobra conciencia de su presencia en nosotros. Así fue, por ejemplo, en el Monte de las Bienaventuranzas o en el de la Transfiguración. Ahora, en el monte de Galilea, el evangelista quiere dejar bien claro que esa presencia de Dios en Jesús, la tendrán sus discípulos hasta el final de los tiempos. Pero para Mateo, esto se da con una condición: en la medida en que permanezcan “en Galilea” adonde no tienen siquiera que buscarlo porque él los espera ahí. Obviamente no es el lugar geográfico sino lo que simboliza: las periferias, los lugares de la gente sencilla y necesitada, como lo eran las aldeas galileas, por contraste a los centros de riqueza y poder. Ahí empezó la actividad apostólica de Jesus y ahí invita a sus discípulos a que la continúen. Subir a la montaña de la ascensión representa, entonces,  el momento de abrirse a la iluminación para ver, descubrir cuál es la plenitud de vida humana que estamos llamados a realizar.  Con palabras de Pablo, en la segunda lectura de hoy, es el momento, o los momentos en que el Padre de la gloria, nos concede el espíritu de sabiduría y de revelación para conocerle perfectamente; en que iluminando los ojos de nuestro corazón podemos conocer cuál es la esperanza a que hemos sido llamados por él; cuál la riqueza de la gloria que ya nos ha otorgado (Efesios 1:17-23).  Esa sabiduría nos permite descubrir y entender lo que ya se nos ha dado. Subir a la montaña de la ascensión es descubrir lo que ya somos y ver que nuestra vida, tal cual es, con las limitaciones propias de nuestra condición humana histórica, ya está escondida con Cristo en Dios (Col 3:3) 
  4. Semejante descubrimiento es tan maravilloso que nos empuja a compartirlo con otros. Es lo normal querer comunicar una experiencia que nos ha impactado, nos ha transformado y nos ha hecho autovalorarnos. Ese es el sentido de la misión, del envío. No se trata, para nada, de ir a “matricular” gentes para fortalecer nuestra iglesia; mucho menos a imponer una doctrina como la única verdadera. Los cristianos hemos cometido serios errores cuando hemos entendido la misión de esa manera. Y son errores que, lamentablemente, han llevado a atropellar tradiciones arraigadas de otras culturas. Por el contrario, la misión, el envío debe surgir como la realización del impulso  a mostrar con la práctica de nuestras acciones de servicio, que la experiencia de la vida en el Espíritu puede dar luz a hombres y mujeres, en primer lugar para que ellos descubran también que el Espíritu habita en ellos. Y luego, para darse cuenta de que ahí esta su fuerza para enfrentar los retos que plantea la vida en este mundo. Ω

21 mayo, 2017

6º domingo de Pascua, Viviendo una realidad nueva (aquí y ahora)

Lect.: Hechos 8:5-8, 14-17; I Pedro 3:15-18; Juan 14:15-21

  1. El domingo pasado comentábamos que, desde la perspectiva cristiana,  no podemos entender el cielo como un lugar. Y menos como un lugar, etéreo, lejano “en las alturas del universo”, en la “otra vida futura.” E insistíamos en que para los cristianos, el “cielo” es, más bien, una realidad nueva, una existencia nueva, la de nuestra realización plena y total, que se da al participar integralmente de la misma vida de Dios. Por eso, también tenemos  que tomar una manera distinta de entender las relaciones entre Dios y nosotros, como algo que sucede plenamente en todos los lugares. Y que empieza “aquí y ahora”, aunque todavía no lo veamos cara a cara. Nuestras propias vidas, nuestros propios corazones son el templo, la “casa” en que reside Dios. No se cuál ha sido la reacción de Uds. ante esa reflexión de hace una semana Ciertamente, puedo entender que si se hace difícil pensar en que el cielo no es un lugar en la vida futura, probablemente a la mayoría de nosotros se nos hace mucho más difícil aceptar que el cielo pueda estar en nosotros mismos, en esta vida presente. Y, sin embargo, las lecturas de hoy vienen a insistir y a profundizar en ese mismo mensaje.
  2. En las breves líneas seleccionadas por la liturgia de este 6º domingo de pascua, con todo y que recorta ese iluminador capítulo 15 de san Juan, podemos ver varias afirmaciones impactantes que van en la misma línea: el Padre nos va a dar otro Paráclito, para que esté con nosotros para siempre, es el Espíritu de Verdad, que podremos conocer porque morará en nosotros. Es el Espíritu de Dios que nos permite descubrir que Jesús está en el Padre y nosotros en él y él en nosotros. Digámoslo sinceramente: no nos resulta fácil aceptar estas afirmaciones y vivirlas con coherencia. Hemos incorporado a nuestras creencias la de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y a pensar en Jesús como hombre y Dios verdadero. Pero, en cambio este mensaje que comentamos este y anteriores domingos no lo incorporamos fácilmente a nuestra visión y práctica cristiana.  Quizás esto se deba, en parte, a que durante toda nuestra vida en la Iglesia, durante nuestra formación catequética de niños, jóvenes y adultos, hemos oído cientos de veces la afirmación que dice que el hijo de Dios se encarnó, se hizo humano, y por eso hablamos de Jesús como Dios y hombre. O también que se nos ha hablado siempre de la presencia real eucarística. Y sí, son verdades claves, centrales de nuestra fe cristiana, que deben marcar nuestra forma de vida. Sin embargo, lamentablemente, no hemos oído con la misma frecuencia que se nos enuncie esta otra parte del mensaje cristiano: que el Espíritu de Dios habita en nosotros y que es el que nos conduce para entender la verdad y, en primer lugar, para entender la verdad de cómo nuestra vida está en Cristo, Cristo en Dios y él en nosotros. Como dice la teóloga que citábamos el domingo pasado, de manera similar a como hablamos de la encarnación del hijo de Dios, deberíamos hablar también de la “espiritización” (creo que ella inventa la palabra correspondiente en inglés y yo un intento de traducción) de cada uno de nosotros como hijos e hijas de Dios. Dios con nosotros, el Em-manuel, presente en la humanidad individual de Jesús de Nazaret, —por la encarnación— y ahora Dios con nosotros  presente en la humanidad de nosotros los creyentes —espiritización, asumiéndonos como templo o casa de la presencia divina.
  3. Si lo pensamos un poco, se trata de una afirmación de muchas consecuencias para nuestra vida personal, para nuestra manera de expresar nuestra fe, las verdades en que creemos, y que tendría que ser un eje para nuestra práctica de cada día, que nos haga vivir la vida con entusiasmo y agradecimiento. En especial por el carácter sagrado que esta realidad da a esta humanidad frágil de cada uno y por la capacidad que nos da para transformar todo lo que nos rodea. Se comprende que en ese mismo capítulo del evangelio de Juan, unos versículos atrás Jesús les dijera a los discípulos (versículo 12), “Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre.” Parece audaz esta afirmación y ninguno de nosotros se hubiera atrevido a imaginarla. ¡Cómo pensar que un hombre o mujer como Uds. o como yo podamos hacer las mismas obras que hizo Jesús y, aún más, hacerlas incluso mayores! Una espiritualidad que se desarrolle sobre bases como estas conduce al crecimiento de personas maduras y adultas, de laicos que no necesitan andar preguntando al ministro ordenado, si les da su permiso o no; de laicos que tienen confianza en que sus iniciativas son valiosas. Serán la realización de aquella  visión de los profetas cuando decían, “Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–“ (Jer 32:33). Y, en el mismo sentido, el profeta Joel ( 3:1), citado luego en el libro de los Hechos.Después de esto, yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: sus hijos y sus hijas profetizarán, sus ancianos tendrán sueños proféticos y sus jóvenes verán visionesTambién sobre los esclavos y las esclavas derramaré mi espíritu en aquellos días.”
  4. En conjunto, con comunidades integradas por cristianos semejantes, las iglesias cristianas y, en particular la católica, serían cada vez menos clericales, y vivirían una espiritualidad más laical. Más de hombres y mujeres del mundo insertos en el corazón de la Iglesia, como decía la Conferencia de Obispos latinoamericanos en Puebla.
  5. No nos extrañemos de que cueste aceptar esta realidad profunda de nuestra vida en el Espíritu o del Espíritu en nosotros. No solo por el peso de formación religiosa previa, que estaba afectada por muchas limitaciones. Sino también porque se trata de algo que no vamos a aceptar como una doctrina, como un “dogma” entendiéndola de  manera intelectual. Para las primeras comunidades cristianas fue ante todo una experiencia que conocieron por sus efectos. Un poco como se conoce también al viento según la metáfora evangélica, que sopla donde quiere. No lo vemos, pero vemos moverse las ramas, las hojas, las nubes, a su impulso. No lo vemos, pero sentimos que nos refresca las mejillas. Es a esa experiencia del Espíritu que debemos abrirnos y esa apertura es la que pedimos en esta eucaristía de hoy.Ω

14 mayo, 2017

5º domingo de Pascua: el cielo no es un lugar, ¿entonces?

Lect.: Hechos 6:1-7; I Pedro 2:4-9; Juan 14:1-12


  1. Hace unos siete años se armó un cierto revuelo, al menos entre grupos de católicos conservadores, cuando el entonces obispo de Roma, Benedicto XVI, aclaró que en la Iglesia Católica no creemos que el cielo sea un lugar físico. Unos años antes, un alboroto parecido se había producido al afirmar Juan Pablo II que el infierno no era un lugar. En ambas ocasiones las reacciones, algunas de indignación, corrieron a través de las redes sociales, acompañadas, como lamentablemente suele suceder en esos espacios, por “bajadas de piso” e insultos provenientes, paradójicamente, ¡de quienes se presentaban como “defensores” de la fe tradicional!. Cuando se tiene una lectura literalista de la Biblia, y se ha recibido una catequesis pobre en fundamentación, —como pasó a muchos en generaciones anteriores a la actual—, es comprensible que cualquier explicación con mejores bases bíblicas y mejor reflexión teológica, resulten  como “innovaciones inadmisibles”, como “traiciones a la tradición cristiana” y  “a las propias enseñanzas de Jesús”. A pesar de las reacciones, el Papa Francisco en noviembre del 2014, volvió a insistir en que “el cielo no es un lugar”, haciéndonos pensar en que si repetía estas enseñanzas era porque no habían calado lo suficiente las aclaraciones de los papas anteriores.
  2. ¿Cómo entender, entonces, la lectura de hoy del evangelista Juan? Según la letra del texto, leemos: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no, se lo habría dicho; porque voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde esté yo estén también ustedes”. ¡Caramba!, dirán algunos, esta vez no hay escapatoria. ¡parece tan clara la enseñanza! Se habla de una “casa”, de “habitaciones” o “aposentos”, de “preparar un lugar”, de que donde esté Jesús estemos también los discípulos. ¿Entonces?, ¿en qué quedamos? ¿Es que esta parte del Nuevo Testamento no vale o es una mera creencia de la época? O, ¿no será más bien, que se trata de un mensaje extraordinariamente valioso pero que hay que aprender a extraerlo con una lectura inteligente de este y otros pasajes? Esto último, pienso, es lo que debemos entender.
  3. La idea central que el evangelista y su comunidad están tratando de comunicar es la de que aunque Jesús realmente murió en la cruz, y ya no cuentan con su presencia física, sin embargo, pueden afirmar con certeza, a la luz de la experiencia de la Pascua, ¡que Jesús está con ellos, y en Jesús, cuentan con la presencia de Dios! No se trata de una ocurrencia ocasional para animar a los descorazonados. (No solo Jesús ha muerto, sino que el Templo de Jerusalén ha sido destruido por los romanos en el año 70, unos veinte años al menos, antes de escribirse este evangelio). Es una enseñanza que no solo está en este pasaje de hoy, sino que atraviesa como un eje clave, todo el evangelio de Juan y que para expresarlo recurre a un símbolo que viene del Antiguo Testamento: el símbolo del Templo.  Introduzcamos esta explicación, aunque solo podamos hacerlo brevemente.
  4. “El Templo —solo era uno— era el más grande símbolo y realidad física que hacía ver al pueblo de Israel que Dios moraba en medio de ellos.” Aunque Jesús se enfrenta a los Sacerdotes del Templo, y la complicidad de estos lo llevará a la muerte, eso no le confunde. Para él, el Templo de Jerusalén es “la casa de mi Padre”, a la que purificará expulsando a los mercaderes. Pero el evangelista hace ver enseguida que, más importante que el grandioso edificio, es la persona de Jesús la que debemos ver en adelante como el nuevo templo, como el lugar de la presencia de Dios. “Destruyan este templo, —dice simbólicamente y yo lo levantaré en tres días” (Jn 2:19). El lugar donde mora Dios, ya no es el Tabernáculo, sino la humanidad de Jesús. Y desde este hijo del Hombre, Dios va a seguir ofreciendo guía y apoyo para el avance del pueblo. Este giro ya es maravillosamente sorprendente. Pero el siguiente no lo es menos. Si Jesús apoya a su pueblo siendo para ellos, fuente de agua viva, en un futuro, (después de la Pascua) será el corazón de los propios creyentes, al recibir el don del Espíritu, de donde saltarán ríos de agua viva (Jn 7: 37 - 39).
  5. La transición es impactante, audaz, pero clara en este evangelio: del Templo de piedra de Jerusalén, a la humanidad de Jesús, y de ahí a la comunidad de los discípulos, la presencia de Dios permanece, ahora explicada en términos de mutua inhabitación, es decir, Dios y Jesús,  están morando en la comunidad de discípulos, y estos encuentran así su morada en Cristo y en Dios. Está hablando el evangelista de una realidad presente aquí y ahora y no de un encuentro espiritualizado en otro mundo posterior. Es el mismo evangelista que desde el primer capítulo  ya había anunciado (1:14): “el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros”.
  6. En nuestra lengua castellana el término “casa” significa la construcción física donde vivo pero, sobre todo, significa el hogar, la familia, el núcleo y la red de relaciones interpersonales a la que pertenezco.  La expresión “Volver a casa”, por ejemplo, expresa la alegría de volver “con los míos”, con mi familia, aunque quizás se hayan mudado ya del lugar de donde partí. Así entendemos entonces la expresión “la casa de Dios·”, “la casa de mi Padre”. Describe una realidad de relaciones entre el Padre, Jesús, el Espíritu y nosotros. Y los muchos aposentos, habría que interpretarlos como una serie de diversas formas de vivir esas relaciones. Pero, hay que subrayar, que esto se da no porque los creyentes, “subamos” a un “lugar etéreo”, sino porque el Padre, el Espíritu y Jesús, “han bajado” a poner su tienda entre nosotros. Subir o bajar son formas de expresión muy inadecuadas para expresar la permanente presencia de Dios.
  7. En la Pascua, lo discípulos reciben en la misma muerte y pérdida de Jesús el camino hacia una nueva experiencia de la presencia de Dios, que los recrea como nuevo templo, hogar, familia de Dios, en múltiples formas de relación. El “cielo” es esto, una realidad relacional y no un lugar, que sucede en todos los lugares. Y que empieza “aquí y ahora”, aunque todavía no lo veamos cara a cara. Aunque todavía, los obstáculos de malas catequesis, más visiones materialistas contemporáneas, nos impidan abrirnos a la experiencia de Cristo resucitado.Ω



Nota: Esta reflexión la he redactado muy inspirado por la manera convencida de entender los textos de Juan del compañero de comunidad, Amando Robles. Pero luego, ambos, estamos muy agradecidos por haber descubierto en nuestra reflexión – meditación dominical, junto a Juan Manuel,  a la extraordinaria teóloga australiana Mary Coloe que en varios libros y artículos sobre la cristología y espiritualidad del evangelio de san Juan, fundamenta con precisos y preciosos análisis bíblicos esta perspectiva.

08 mayo, 2017

4º domingo de Pascua: Pastores bandidos y "ovejas" despabiladas

Lect.: Hechos 2:14, 36-41; Pedro 2:20-25; Juan 10:1-10

  1. A todos nos encanta este capítulo 10 de Juan. Quizás por la evocación de ternura que nos despierta la imagen tradicional de Jesús como buen pastor encariñado con sus discípulos. No por el aspecto de mansedumbre y sumisión de las ovejas, que atrae muy poco a la mentalidad contemporánea, sobre todo de los jóvenes Pero, sin olvidar este aspecto de este texto, hoy día puede ser muy sugerente y formativo fijar nuestra atención en otros aspectos del relato. El evangelista habla también de los peligros que representan los pastores bandidos, ladrones y salteadores. Así los llama, con palabras bien fuertes, que llaman la atención. Durante mucho tiempo, afortunadamente hace ya décadas, la pelea entre católicos y protestantes llegaba a que recíprocamente se aplicaran esos epítetos. Si eras católico, los pastores bandidos eran los pastores protestantes. Y, al revés, si eras protestante, los salteadores eran los curas y obispos católicos. En gran medida esas peleas han desaparecido pero lo que no ha desaparecido es el peligro real de utilizar la religión, la función y el cargo religioso para lucrar en beneficio propio, para mejorar finanzas, para tener más poder y, supuestamente, mejor posición y reputación social.
  2. La diferencia con lo que pasaba hace unas décadas es que hoy nos damos cuenta de que ese peligro se encuentra prácticamente en todas o en la mayoría de las religiones y, dentro del cristianismo, en todas las diversas confesiones. Es cierto que lo vemos en sectas fundamentalistas, muy reconocidas en sus programas de TV, con los que explotan a personas necesitadas e ingenuas, ofreciéndole milagros, curaciones a cambio de limosnas lo más jugosas posibles. Pero esas prácticas sectarias las podemos hallar también en el campo católico, bajo las mismas u otras formas. Y lo que puede ser novedoso en tiempos recientes es que son comportamientos que se hallan no solo en clérigos, sino también en medios de prensa y en partidos políticos. No solo en individuos, sino también en grupos organizados. Lo que tiene en común el sectarismo religioso donde quiera que se de, es su manipulación de la gente, la manera como coarta la libertad de las personas, su capacidad de pensar críticamente, su posibilidad de buscar la verdad por sí mismos. Las vuelve más dependientes de las figuras de los dirigentes o jerarcas, los mantiene menos maduros, más atemorizados.
  3. La manipulación de lo religioso y los “pastores bandidos” han existido por siglos. Muchos siglos antes del evangelista Juan, el profeta Ezequiel (capítulo 34) hacía una denuncia en términos terribles de los malos pastores. Entre otras frases que les dedica les dice: “ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño”; “No han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad.”  Es una verdadera explotación religiosa, paralela y a veces unida a la explotación política y económica.
  4. Estos comportamientos abusivos son difíciles de erradicar, porque están ligados a los peores sentimientos humanos, enraizados a un intento engañoso, en quienes lo desarrollan, por construir su propio ego como centro, ignorando la realidad de los demás. Además, existe un problema histórico cultural con el uso de la imagen o símbolo del “pastor”. En su origen en el pueblo de Israel, y en los otros pueblos circunvecinos, se aplicaba para hablar de los reyes o gobernantes. Por más que en el uso, por parte de Jesús, cambie su connotación, el peso del ambiente dificulta despojarle su vinculación con la idea de autoridad y poder. De ahí que sea más realista cambiar la dirección de los esfuerzos. La mera predicación moral a clérigos, políticos y otros dirigentes seducidos por la rentabilidad de la manipulación de lo religioso, no tiene nada fácil incidir para lograr frenarlos. Puede ser más eficaz y por eso prioritario todos los esfuerzos formativos que apunten a despabilarnos como “ovejas”, —por usar críticamente este mismo término que, como correlato del pastor, tiene también sus limitaciones. “Despabilarnos” significa, dentro del marco simbólico de esta comparación del evangelista, ayudarnos mutuamente para tener el “oído afinado de manera que podamos descubrir el silbido del verdadero Pastor”. Y el oído solo se afina si desarrollamos una conciencia más crítica y una expresión de denuncia más audaz respecto a toda manipulación de lo religioso; si nos estimulamos para  ejercer nuestra libertad, y a apreciar y hacer respetar nuestros derechos y, sobre todo, los de los más débiles, no tolerando el uso cínico de argumentos “religiosos” para encubrir intereses financieros o político partidarios. No admitiendo, dentro de las Iglesias y comunidades, la construcción de “liderazgos” o “dirigencias”  que se salgan del marco honesto del servicio comunitario, que sean elegidas democráticamente y estén bajo el control de la misma comunidad.
  5. Todo esto supone, en definitiva construir las comunidades sobre la convicción, profundamente evangélica, de que el verdadero y único Pastor es Dios, el que no tiene nombre, que trasciende toda forma y representación y, por tanto, toda expresión histórica cultural. Trascendente en ese sentido, sin embargo, es el Maestro que nos habla y nos guía desde dentro de nuestro corazón. Nadie más puede pretender convertirse en nuestro líder, en el que conduce nuestras vidas, sin caer en la categoría de “ídolo”. Llama la atención que el mismo Jesús dijera: “«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió(Jn 12: 44 – 45).
  6. Si Jesús es pastor bueno, y puerta del redil, es porque nos empuja a salir del corral, nos motiva a la escucha atenta de las voces de lo real para así descubrir cómo traducir lo que entendemos como “voluntad de Dios”, en las relaciones sociales, y en compromisos libres  por lograr cambios personales, de grupo e institucionales.  Nos empuja a escuchar a la realidad dentro del marco del encuentro personal insustituible con la divinidad de la que participamos. Ω