28 abril, 2013

5º domingo de Pascua


  1. Vuelvo a repetir lo dicho en domingos previos:  Resucitar, para nosotros, o nacer de nuevo, conlleva una nueva manera de experimentar a Dios en Jesús y de experimentarnos a nosotros mismos en Dios. Así fue para los primeros discípulos. Y en los primeros momentos después de la muerte de Jesús, trataron de expresar esas experiencias hablando de apariciones, de visiones, de descripciones casi físicas de Jesús. Pero conforme las comunidades cristianas crecen en madurez, dan un salto para expresar esa experiencia de la resurrección.
  2. Sesenta años después del drama del Calvario, las comunidades reunidas en torno al evangelista Juan, ponen el énfasis en las relaciones de amor, como el lugar privilegiado en el que se experimenta a Jesús resucitado y a nosotros y a Dios en él. Ya no tratan estos primeros cristianos de usar expresiones corporales, para hacer ver a un Jesús presente con ellos. Ahora caen en la cuenta de que trascender la realidad individual de cada uno, los propios intereses y necesidades, e identificarse con los demás y entregarse al servicio y solidaridad con ellos, en este tipo de actitud es que se manifiesta la presencia en ellos del Resucitado. Es la práctica del amor desinteresado, la superación del egocentramiento, el descubrimiento de que cada uno de nosotros no es un ser aislado, sino que está imbricado con los demás, todo esto es lo que podemos llamar experiencia del Resucitado.
  3. Por eso es que el autor de  un texto de los primeros siglos (evangelio de Felipe, libro no canónico) decía en esa expresión medio enigmática, que “no morimos y luego resucitamos, sino que si alguien no consigue primero la resurrección, él morirá; porque no está vivo en realidad, hasta que Dios lo cambie.” (Tom 29)    Si no resucitamos primero, luego moriremos. Resucitar, nacer de nuevo, es ser capaz de amar como Cristo mismo lo hizo a lo largo de toda su vida y hasta la entrega total.  Amar de esa manera es vivir en Cristo resucitado, con nuestra vida escondida en Dios.
  4. Es a partir de esa experiencia que cambia nuestra manera de entender a Dios y a nosotros mismos. Y puede y debe cambiar nuestra manera de entender la vida humana, lo que es verdaderamente importante y lo que es secundario. Podemos  entender, desde esa perspectiva, las cosas y situaciones por las que vale la pena preocuparse, interesarse, sufrir o alegrarse y aquellas por las que no.
  5. Por supuesto, no es que los cristianos seamos los únicos que queremos practicar el amor. Pero para nosotros, la vida plena de Jesús nos revela cuál es la estructura, la dinámica profunda del ser humano, de todo ser humano, al hacernos ver que nuestra esencia, la base de nuestro ser es el amor. Ese debería ser el punto de partida de toda política, de toda economía, de toda institución religiosa, de toda relación laboral, social, familiar. Sobre ese fundamento es que podemos hablar de un cielo nuevo y una tierra nueva, como sueña hoy el texto del Apocalipsis.Ω

21 abril, 2013

4º domingo de Pascua


Lect.: Hech  13:14. 43-52; Apoc 7:9.14-17;  Jn 10: 27 - 30


  1. Resucitar, para nosotros, o nacer de nuevo, conlleva una nueva manera de experimentar a Dios en Jesús y de experimentarnos a nosotros mismos en Dios. Hace una semana comentábamos cómo para los primeros discípulos resultaba difícil  los primeros momentos después de la muerte de Jesús, reconocer a Jesús y a Dios de una manera diferente. Lo que llaman las "apariciones" son las nuevas experiencias que tienen de esa nueva realidad que está viviendo Jesús y que ellos están viviendo en él.
  2. En el texto de hoy el evangelista trata de ayudarnos a entender mejor de qué se trata esa nueva experiencia de Dios. Está ligada a la experiencia de la vida propia,de las raíces y la fuente de la vida de cada uno, que es la vida del Eterno y que Jesús nos da, porque él y el Padre son uno solo. En el mismo capítulo 10, de san Juan, unos versículos antes de los que acabamos de leer, discutiendo con un grupo de judíos, Jesús les decía: “Uds dicen que blasfemo por decir que soy hijo de Dios. No me crean a mí, crean a mis obras; si hago las obras de mi Padre es que él está en mí y yo en mi Padre.” Es decir, Jesús nos abre la puerta para reconocer y experimentar que en todas sus obras que crean vida, se manifiesta el Dios creador de la vida.
  3.  De alguna manera a lo que nos está invitando es a no perdernos, a no confundirnos, a no buscar a Dios en acontecimientos extraños, esotéricos, fuera de este mundo, fuera de lo cotidiano, sino que nos invita a experimentar a Dios, al Padre, en lo más cercano que tenemos en nosotros, en nuestra propia fuerza vital, en nuestra propia potencialidad para generar vida y, sobre todo, para llevarla a la plenitud, a los niveles de mayor realización, más allá de los meros niveles biológicos, vegetativos.
  4. De alguna manera nos está diciendo que la creación no tenemos que imaginarla como un hecho que ocurrió al principio de los tiempos, allá con el estallido del Big Bang, sino que es un proceso continuado en el que participamos y nos unimos todos, dando a luz un mundo nuevo, una comunidad llena de la vida del Eterno, de la vida definitiva. Y que estamos participando en ese proceso lo sabemos, si estamos realizando, como Jesús, las mismas obras del Padre, fortaleciendo, desarrollando, profundizando la vida. Llegar a este nivel de conciencia y a esta práctica, que es una práctica de amor y entrega, es participar ya, aquí y ahora, en la vida del resucitado.Ω

14 abril, 2013

3er domingo de Pascua


Lect: Hech 5:27 b - 32. 40 b  - 41; Apoc 5: 11 - 14; Jn 21: 1 - 19

  1. Como hemos venido diciendo, estos relatos en torno a la Pascua son de carácter simbólico, porque tratan de comunicar una experiencia interior de los primeros discípulos, experiencia que no se puede transmitir con conceptos o descripciones de hechos físicos ordinarios. Los símbolos, en cambio, ayudan a cada uno a abrirse a un nivel superior de entendimiento, en el que se puede experimentar la vida real en toda su profundidad.
  2. Precisamente, en el relato de hoy  se quiere subrayar el contraste entre la manifestación de Cristo y la dificultad  de los discípulos para captar lo que él manifiesta.  Se contrapone la oscuridad de la noche, cuando habían estado pescando sin éxito, y la luz del amanecer, cuando Jesús se aparece y fructifican sus esfuerzos. Se contrapone también a Jesús hablándoles, dejándose ver, con la incapacidad inicial de ellos de reconocerlo. Pega este episodio con muchos otros textos del evangelio y de las cartas de Juan, donde constantemente se hablaba de Jesús manifestando de diversos modos la gloria del  Dios que habita en él. Así, por ejemplo, en las bodas de Caná o en la curación del ciego de nacimiento, el evangelista dice que Jesús realiza aquellos signos para manifestar la gloria de Dios. ¿ Qué quiere decir esto? El mismo autor en la 1a carta de Jn, 1:2 y 4:19 nos dice, resumiendo  la existencia terrena de Jesús, que con esa Carta nos anuncia la vida del eterno, la que estaba de cara al Padre y se manifestó a nosotros.  Y luego añade, el amor de Dios se hizo visible entre nosotros en esto, en que Dios envió a su hijo a nosotros para que tuviéramos vida.
  3. Ese reconocimiento es el que los discípulos tardan en tener porque, como nosotros también, al principio tienen la tendencia a pensar en Jesús como un hacedor de milagros más, de hechos  portentosos, o en maestro de doctrinas de verdad, que compite con otros maestros, pero les costaba a los primeros discípulos y a nosotros reconocer lo más sencillo, lo que debería ser más evidente, que en Jesús se manifiesta, aparece, la Vida, con mayúscula, la vida humana plena. Y que por eso, en él se nos revela lo que es nuestra propia vida, como flujo de la misma vida de Dios, para compartirla con muchos más. Cuando Jesús se manifestaba en sus gestos, sus acciones, durante su tiempo terreno, lo que estaba manifestando era a Dios, el amor, la vida. En la resurrección llegamos a la manifestación última de esa plenitud, de la potencialidad de la Vida en la condición humana. Lo que se nos invita a reconocer es que el amor de Dios, la vida del Eterno, sigue haciéndose visible en cada uno de nosotros, para vida de todos. Ese es el sentido de nuestra existencia.Ω

07 abril, 2013

2o domingo de Pascua


Lect.:  Hechos 5, 12-16;  Apoc  1, 9-11a. 12-13. 17-19  Evangelio: Juan 20, 19-31

1.      Cinco semanas, cinco domingos de este tiempo que llamamos Pascual, no es suficiente para profundizar lo que los evangelios quieren enseñarnos sobre ese acontecimiento que llamamos "resurrección".  Es apenas para empezar a darnos pistas que tenemos que recorrer y desarrollar. Por una parte, nos sirve para superar ideas equivocadas, que traíamos quizás desde nuestra etapa infantil de un mundo mágico. En primer lugar, como decíamos la semana pasada, caer en la cuenta de que lo que el NT llama "resurrección" no es la vuelta a la vida de un cadáver. Si lo pensamos con cuidado, aparte de que este no es el acontecimiento del que hablan los evangelistas referido a Jesús, no sería tampoco un gran regalo resucitar de esa manera. Equivaldría a volver a la vieja condición de debilidad corporal y mental. Sería algo así como repetir el mismo espectáculo, con toda la carga de sufrimiento que tiene nuestra condición humana. Como dice algún comentarista, más que una hermosa realidad, la resurrección así entendida sería una condena, que inevitablemente  llevaría a morir de nuevo. Y si se repitiera, sería como el hámster que sigue dando sin cesar las mismas vueltas, encerrado en su jaula. Sin superarse. Sin romper la jaula.
2.      Los evangelistas, más bien hacen ver que Jesús "sí ha roto la jaula". Porque Jesús "no vuelve a la vida", ya estaba en la vida que es Dios y ahora, al concluir su etapa terrena, liberado de toda atadura, se manifiesta en Él plenamente esa vida. Ha nacido de nuevo, como lo anunciaba a Nicodemo, a un nivel o dimensión profunda de la vida que antes estaba velada a la percepción sensible. Estaba velada a los que lo rodeaban, a sus mismos discípulos quienes es ahora, tras la muerte en la cruz y la sepultura, empiezan a experimentar esa presencia de la vida de Dios en Jesús, de una manera nueva. Tan nueva que no saben ni cómo expresarlo y tienen que recurrir a relatos de apariciones y visiones para tratar de comunicar esa nueva experiencia que supera el lenguaje ordinario. Tan nueva que se llenan de dudas, aunque en el texto de hoy las personalizan en la figura de Tomás. Antes pedro y los discípulos varones habían desconfiado de los relatos de las mujeres. Por eso decíamos también el domingo pasado, que son los discípulos los que resucitan, en el sentido de que ahora es cuando empiezan a experimentar a Dios en Jesús de una manera tan distinta que cambia sus vidas.
3.      Tener fe en la resurrección es aceptar que también nosotros podemos ya aquí y ahora experimentar ese nivel profundo de nuestra vida, de nuestro ser.  No es esperar hasta el último día, como le aclaró Jesús a Marta, la hermana de Lázaro. Y que resucitando ya, aquí y ahora a ese nivel, dando ese salto de conciencia,  podremos vivir en ese nivel al punto de que la muerte supondrá una liberación de ataduras, un nuevo nacimiento definitivo a ese ser profundo en que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, como decía Pablo.
4.      Es todo un trabajo personal el que tenemos por delante para ir identificando en nosotros los signos de ese nivel de vida en Cristo resucitado ya presente en nosotros . Es un camino de redescubrimiento no solo de lo que es Jesús, de lo que es el Cristo del que formamos parte sino, al mismo tiempo, un redescubrimiento de lo que somos cada uno de nosotros.Ω