28 junio, 2015

13º domingo t.o.

Lect: Sab 1,13-15;2,23-24; II Cor 8,7.9.13-15; Marcos 5,21-43

En el texto evangélico del domingo pasado, a los discípulos muertos de miedo por la tormenta, Jesús les recrimina que no tengan fe. Tener fe es lo contrario de tener miedo, para el evangelio. Es tener confianza. Hoy Mc pone a Jesús encontrándose con tres personas sumamente golpeados, heridos en su vida: un jefe de sinagoga, desecho porque su hijita está en las últimas; la propia hija que está perdiendo toda posibilidad de vida a los doce años; y una mujer que sufre una enfermedad hasta ese momento incurable y que, además, la margina de todas las relaciones sociales normales, por las leyes machistas de pureza del judaísmo. Una diferencia de los discípulos en la barca es que estos tres personajes no se enfrentan a peligros posibles que los amenazan, sino a heridas reales que ya les han caído encima, que los hacen llegar a lo que consideran el límite de sus fuerzas.
Una semejanza con el episodio de la barca es que en ambas situaciones extremas, Jesús hace ver el poder de la fe. En el caso de los discípulos, queda claro que ante un aparente peligro el miedo los domina por falta de fe. En cambio, hoy, a pesar de enfrentar situaciones desgarradoras, el jefe de la sinagoga y su hija, y la enferma de flujos de sangre, pese a los riesgos,  logran sanación, alcanzan una vida nueva, por la enorme fe que los animaba. Jesús así se lo reconoce: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.” Y al archisinagogo, "No temas; basta que tengas fe.”
Como es frecuente, el texto es de gran riqueza y da lugar a varias enseñanzas. Pero solo quiero subrayar una: aunque los personajes del relato de hoy aparecen golpeados, desechos, en situación límite, en los dos adultos es posible encontrar aún la fe, la confianza y esto es lo que, en palabras de Jesús, les produce “paz y salud”. No se trata de ningún gesto mágico, ni de poderes sobrenaturales, más allá de este mundo. Su gran fuerza es la fe - confianza que no es incompatible con su propia debilidad humana.
Nuestra comunidad cristiana, esta que se reúne aquí cada domingo, está integrada por personas, Uds. y yo, normales, llenos de debilidades, de defectos y necesidades. Somos personas muy vulnerables. Pero también somos, o queremos ser, una comunidad de fe. Es esa fe - confianza la que hace posible que se cumpla en cada uno de nosotros aquello que nos cuenta san Pablo, quien al sentirse muy débil para asumir su misión escucha aquellas palabras de Jesús: «Mi gracia te basta, porque mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza». Y comenta Pablo, "Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte”.(2 Cor 12: 9 - 10)

21 junio, 2015

12º domingo t.o.

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Lect.: Job 38,1.8-11; II Cor 5,14-17; Mc 4,35-40

  1. Lo que se nos presenta hoy en el texto de Marcos con la apariencia de un relato de milagro es, en realidad, una catequesis con la que el evangelista cierra su colección de parábolas del cap. 4. Y es una catequesis sobre la confianza o, por decirlo de otra forma, sobre la fe entendida como confianza. Hace pocos días, en una actividad que tuvimos en el Centro de Formación de mi Comunidad religiosa, el profesor invitado sorprendió a los participantes insistiendo en una llamativa idea: lo contrario de la fe —dijo— no es el ateísmo o la increencia. Lo contrario de la fe es el miedo. Y hoy vemos confirmada esta afirmación en esta catequesis de Marcos. Jesús regaña a sus discípulos asustados ante la tormenta diciéndoles: ¿Por qué son tan cobardes? ¿por qué tienen miedo? ¿Es que aún no tienen fe?”
  2. Está claro que, una vez más, esta catequesis nos está hablando con símbolos. No se está refiriendo a una tempestad concreta en el mar de Galilea. Como buenos pescadores los primeros discípulos se conocían al detalle los peligros de ese Lago, igual que conocían bien los lugares de buena pesca, y los momentos de mayor tranquilidad de las aguas. No se iban a asustar por una tormenta más. De lo que esta hablando el evangelista, entonces, es de los diversos momentos de preocupación que normalmente afectan a los discípulos en la vida diaria y, en particular, en los intentos de vivir y anunciar la Buena Nueva. El primer símbolo del relato está en la primera frase de Jesús: "Vamos a la otra orilla.”  Evoca varias cosas: la invitación a pasar el Mar Rojo, a ir a tierra de paganos, es decir, de poblaciones no judías, o, más metafóricamente todavía, a tomarse riesgos en la vida y a no quedarse en la orilla de la cómoda rutina de vida a la que estamos acostumbrados. Crecer como humanos y como cristianos siempre supone disponerse a pasar a nuevas orillas, a aprender cosas nuevas, también en materia religiosa, que puede que cuestionen nuestras maneras de pensar tradicionales; a relacionarnos con gente nueva que puede no ver las cosas como nosotros; a vivir situaciones novedosas de los tiempos actuales, con nuevas dificultades que no sabemos resolver de antemano,  y esto siempre conlleva riesgos. Y los riesgos es normal que nos produzcan miedo.
  3. De ahí el recordatorio que el catequista Marcos nos hace: tener fe es ser capaces de tener confianza cada día, a pesar de los riesgos, para manejar y vencer el miedo. Fe en nosotros mismos, no por arrogancia, sino por nuestra convicción de que nuestra vida está enraizada en la misma vida de Dios. Fe en que el Espíritu de Cristo está fortaleciendo nuestra capacidad de discernimiento para resolver las dificultades y está fortaleciendo nuestra capacidad para actuar con coraje, con vigor, con constancia ante los retos que plantea nuestro compromiso de papás, de mamás, de hijos, de hermanos, de ciudadanos que queremos dar lo mejor de nosotros mismos.Ω

14 junio, 2015

11º domingo t.o.

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Lect.: Ez 17: 22 - 24; 2 Cor 5: 6 - 10; Mc 4: 26: 34

  1. En las primeras páginas de Marcos, el evangelista nos presenta a Jesús dándose a conocer con acciones sanadoras, con gestos cariñosos de acogida a pecadores y a otros que la sociedad de entones ha excluido por  considerarlos poseídos de demonios o leprosos. A partir del cap. 4, Mc cambia la figura de Jesús: ahora Jesús es el sembrador. Su proyecto de la Buena Noticia, de la Palabra, es presentado como un proyecto de siembra, en el que interactúan la potente semilla y la tierra fecunda.  Cambia también el escenario: ya no actúa en las casas, en las calles, sino que se va a la orilla del mar. En estos detalles, aparentemente insignificantes, se nos dibuja un Jesús que contrasta mucho con figuras señeras del pueblo judío como Moisés
  2. No podemos leer, lamentablemente, todo el capítulo 4 que correspondía iniciar hace dos domingos, porque la liturgia lo sustituyó con las fiestas de la Trinidad y del Corpus. Pero, aun así, las dos parábolas que leemos hoy nos dan una idea muy clara de lo que se trata el proyecto de Jesús, el reino de Dios. Son iluminadores sus rasgos principales. Ante todo, el tema central, el de la siembra, que ya se había incluido en la parábola del sembrador. Ahora compara el reino de Dios con un  hombre que echa la semilla en la tierra y se va a dormir, luego sigue su ritmo de día y de noche y, mientras tanto, la simiente germina y crece, sin que él sepa cómo.  Es extraordinario. Fijémonos. Solo con este rasgo se nos comunica una visión de la novedad de la obra de Jesús y de lo que él hace con su Palabra. Recordemos, por contraste, a Moisés bajando del Sinaí con palabras esculpidas en piedra, como un código de mandamientos fijo, que solo hay que acatar y cumplir. Ahora, en cambio, Jesús se compara a sí mismo con un hombre que echa la semilla en la tierra y se va tranquilamente, confiando en la fuerza de la semilla y en la fecundidad de la tierra, —de la Madre Tierra, como decían los pueblos originarios de América. Semilla y tierra entremezclados, fundidos en una sola realidad van a germinar, crecer y dar fruto. No es que sea un agricultor irresponsable, sino alguien que tiene plena confianza en la semilla y en la tierra, y en la nueva realidad del grano que muere haciéndose una sola cosa con la tierra que lo recibió.
  3. Con estos símbolos, con esta primera parábola, Jesús ya “marca la cancha” para sus amigos, sus discípulos. Construir el reino de Dios no se realiza con el esfuerzo de cumplir leyes incambiables, grabadas en piedra. Tampoco es un evento que va a llegar de una manera espectacular en un momento determinado, en una sola fecha de calendario. La construcción del reino es un proceso largo y dinámico, que se acoge al ritmo humano y que es alimentado por la fuerza del Espíritu que habita en esa tierra ofrecida y se va realizando por cada ser humano de manera única, en cada uno y durante cada uno de los días del calendario. Y no se trata de “pujar”, de hacer fuerza, para que esa semilla - tierra germine. Mucho menos se trata de pretender “obligar a la tierra”, de coaccionar a nadie, para que se abra al reino de Dios. Tampoco de uniformar a todos en un mismo esquema. Cada uno tiene su propia forma de realizar la fecundidad de la tierra, así como en el campo plantas y árboles únicos diversos crecen juntos. Jesús nos da un ejemplo de confianza y respeto en el proceso de crecimiento del Reino para que lo tengamos en cuenta con respecto a nosotros mismos y con respecto a los demás. Cuando se cultiva la libertad de cada persona, y cuando se confía que cada uno es “tierra buena” y tiene todos los dones necesarios para germinar y crecer, los frutos vendrán a su tiempo, independientemente del tamaño de la semilla, como dice la segunda parábola.
  4. En el comienzo del capítulo 4, Marcos ponía una frase muy llamativa. Dice que Jesús se había ido a enseñar junto al mar, y acudía a él tanta gente, que “tuvo que sentarse en el mar”. Claro que es una forma de hablar. No se trataba de otro milagro. Se sentó en la barca que estaba en el mar. Pero la frase es llamativa al mostrar la sencillez del maestro, del sembrador. No es alguien que se mete en una nube y en medio de truenos aterradores en el Sinaí. No inspira miedo. El balanceo de la barca sobre el mar inspira tranquilidad y esta imagen refuerza la idea de que Jesús y Dios su Padre, están cerca de los seres humanos, y confían en la calidad y fecundidad de esa “tierra buena”, que somos todos, obra de sus manos.Ω

07 junio, 2015

Fiesta del Corpus Christi


Lect.:  Exodo 24,3-8; Hebr 9,11-15; Mc 14,12-16.22-26

  1. El domingo pasado hicimos un esfuerzo por releer el texto de la gran misión que Jesús encarga a sus discípulos. Hicimos ese esfuerzo porque a pesar de tratarse de un texto tan importante no siempre, a lo largo de la historia, los cristianos lo hemos leído correctamente. Hoy, escuchando el texto de Mc sobre la última Cena, también podemos preguntarnos, ¿será que entendemos bien el sentido de la Eucaristía como Jesús deseaba que lo entendiéramos? ¿será posible que algo tan central en la vida de nuestra comunidad no lo estemos comprendiendo de manera adecuada o completa? Una celebración como la de hoy es, precisamente, la oportunidad para tratar de entender mejor lo que creemos entender de la Eucaristía.
  2. Como siempre, no hay que extrañarse de nuestras limitaciones de comprensión. El texto de Mc nos muestra que los mismos discípulos no estaban preparados para entender lo que Jesús quería comunicarles. Ellos le hablan de “preparar la cena de la Pascua”, como si Jesús estuviera pensando en celebrar el rito judío, con un cordero sacrificado en el Templo. Como si Jesús, con tantos gestos y palabras, incluso después de la expulsión de los mercaderes, no hubiera dejado claro que él no estaba tratando de renovar el viejo culto, sino de introducirnos en un culto nuevo, pero en espíritu y verdad. Es decir, el culto de vivir a plenitud nuestra vida humana, compartiéndola con los demás. Las dos primeras lecturas de hoy nos dejan claro el contraste. Jesús ya no invita a que realicemos sacrificios como ahí se describen, los del A.T., o como en el paganismo, para tranquilizar nuestra conciencia y calmar a un Dios “enojado”. Con la entrega total en una vida de servicio, dice el autor de la carta a los hebreos, Jesús nos conduce a una liberación plena purificando nuestras conciencias. 
  3. La Cena del Señor no era para él, pues, una reiteración de la cena pascual judía. Era, sí, una cena de despedida de sus discípulos, en la que él quería comprometerles, en un último gesto, a que se apropiaran del modo de vida que él había vivido. Por eso, cuando parte el pan y se lo da para comer, les invita a que coman, no la materialidad del pan que es siempre perecedera, sino a que “coman”, es decir, que se apropien de su cuerpo, de su persona, de toda su forma de vivir, de su compromiso y proyecto de vida. Hay un pasaje del evangelio de Juan que sin duda recordamos, que nos ayuda a aclarar este sentido de la última cena y de nuestra práctica eucarística. Se trata del diálogo con la multitud después de la multiplicación de los panes. Jesús les recrimina que lo estén buscando por interés de un alimento perecedero. Y les dice que ni siquiera el maná es verdadero pan del cielo. Solo lo es aquel que el Padre envía para dar vida al mundo. Es decir, que los discípulos deben buscar a Jesús y “comerlo”, es decir, hacer de su manera de vivir el alimento. Esto es lo que hace que también la vida de los discípulos, como la de Jesús, se transforme al punto de dar vida al mundo.
  4. Un día como hoy debemos hacer una pausa y preguntarnos cómo estamos viviendo nuestras celebraciones eucarísticas. Para no ganarnos el regaño que hizo Jesús a la multitud debemos verificar que no estemos celebrando meros ritos religiosos como en el A.T., que no estemos tampoco buscando en la eucaristía un nuevo maná, un remedio, un pan bendito, que venga como respuesta a nuestras necesidades e intereses sino, al contrario, que sea el gesto comunitario en el que nos comprometemos a alimentar nuestro modo de vivir de la forma como Jesús vivió hasta su entrega final. Claro que, para eso, hace falta estar dispuestos a correr riesgos, a compartir el destino de Jesús. En eso consiste la fe