15 julio, 2018

15º domingo t.o. Una nueva forma de relacionarnos

Lect.: Amós 7:12-15; Efesios 1:3-14; Marcos 6:7-13

  1. Lo hemos visto y reflexionado muchas veces: lo que Jesús de Nazaret tuvo como centro de su vida y misión, fue la proclamación de una renovada forma de convivir  y  de relacionarnos los seres humanos,a la que él llamaba el reino o reinado de Diosy que él anunciaba que ya estaba en medio de nosotros. A diferencia de lo que muchas veces se difunde incluso en nuestros medios católicos y cristianos, eso quiere decir que lo central para Jesús no era  la presentación de una doctrina filosófica o teológica que diera lugar a una escuela de seguidores, estudiosos, académicos. Y tampoco apuntaba Jesús a fundar una institución u organización a la que invitara a formar parte y para lo cual se requiriera un complejo procedimiento administrativo. En fin, aunque a algunos pueda sonar un tanto raro, tampoco buscaba fundar una nueva religión, que compitiera con la judía y con otras tradiciones. Por decirlo de una manera simplificada y breve, lo que él veía detrás de su experiencia del reinado de Dios en su propia vida, era quede esa experiencia se generaba una manera servicial, solidaria, amorosa de tratarnos los seres humanos en todos los ámbitos de la vida, y en cualesquiera que fueran las circunstancias que nos tocara vivir. Y con la Buena Noticia anunciaba que esa renovada forma de convivir y relacionarnos los humanos era para todos, porque no se trata de una verdad o creencia de carácter confesional, sino de un descubrimiento de lo que es la plenitud de vida a la que estamos llamados todos los hombres y mujeres sin distinción.
  2. Con esta visión y experiencia de vida de Jesús como encuadre, se  entiende el pasaje que nos relata Marcos hoy. Tras la experiencia negativa en su pueblo de origen, —que veíamos el domingo pasado—, cuando sus viejos vecinos y conocidos y sus propios familiares se resistieron a reconocer lo que pudiera enseñar un simple carpintero, no tanto, probablemente, porque no fuera clérigo sino laico. Más bien por provenir de una clase social baja y, por tanto sin educación. Entonces decide escoger y llamar a unos colaboradores para fortalecer su misión, pero los llama no porque contaran con una gran formación para enseñar o predicar sino, más bien,  porque aceptaran vivir como él vivía, con los  rasgos que caracterizan en su propia vida esa forma renovada de convivencia humana. A estos colaboradores los va a enviar a anunciar la Buena Nueva pero a anunciarla con su propia vida.  Es la forma de presentarse lo que va a ser clave para la misión. Y el primer rasgoque deben de asumir es el de que el anuncio del reino lo hagan, de dos en dos, una manera de expresar que privilegia el carácter comunitario del anuncio. No es la figura protagónica de un misionero, sino la comunidad que vive de una manera nueva sus relaciones mutuas, la que mejor proclama la presencia de Dios en la vida humana. Es esa forma de vida la que tiene poder de desterrar los “espíritus inmundos”, es decir, en lenguaje de la época, lo que hoy llamaríamos las distorsiones del comportamiento humano, el egoísmo, la violencia, la corrupción,  la destrucción del habitat de la vida … A estos rasgos se unen la propuesta de una vida sencilla, sin tendencias a la acumulación, sin apegos que impidan el compartir con quienes tienen necesidad,… Y finalmente, la actitud permanente de contribuir a la salud, a la sanación de todos los males que afectan corporal o psicológicamente a muchas personas.
  3. Nos ha tocado vivir veintiún siglos después de que Jesús despertara ese movimiento en los pueblos de Palestina. A tanta distancia temporal en más de una ocasión nos hemos creído, más bien, que el seguimiento y la participación en la misión de Jesús consiste en una incorporación institucional a la Iglesia, o en la vinculación doctrinal con sus enseñanzas. Este texto de Marcos nos permite refrescar lo que fue la experiencia de las primeras comunidades: que la manera de proclamar la Buena Noticia del Reino como una forma de convivir  y relacionarnos los seres humanos, se transmite precisa y coherentemente por medio de esa misma práctica renovada de nuestra forma de convivir. Esa práctica de nuevas formas de relacionarnos, más profundamente humanas, es lo que nos hace verdaderos miembros discípulos de Jesús y es, al mismo tiempo, lo que mejor anuncia el evangelio, la Buena Noticia sobre la vida humana, a quienes no han tenido oportunidad de conocerlo.Ω


08 julio, 2018

14º domingo del t.o.: "¿No es este el carpintero?"

Lect.:  Ezequiel 2:2-5; II Corintios 12:7-10; Marcos 6:1-6

  1. Uno no espera que de un relato sobre un momento tan casual como lo es la visita de Jesús a su pueblo de origen, puedan surgir temas tan de interés para nuestra práctica cristiana contemporánea. Pero así es, porque de la lectura del texto surgen dos interrogantes de relevancia para nuestra manera de entender a Jesús de Nazaret. El primero, ¿Tuvo Jesús más hermanos y hermanas?Y el segundo, ¿fue Jesús un simple obrero de la construcción, al nivel de la gran mayoría de los pobres de su pueblo?Ambos interrogantes suelen preocupar, por diferente razón, a  mucha gente en nuestra Iglesia y en otras iglesias cristianas. El primero, sobre la familia de Jesús, porque pareciera que la afirmación de Marcos contradice lo que se nos ha enseñado desde siempre sobre la madre de Jesús. Y la segunda, por razones más profundas. En todo caso, se trata de  preguntas que deben dar lugar, no a respuestas automáticas, tipo catecismo, sino a reflexiones fundadas y serenas, que demandan tiempo para pensarlas y explicarlas. Vamos a  dejar para otro momento el tema de la familia de Jesús y vamos a referirnos hoy solamente a un aspecto de la segunda, que surge a propósito del calificativo de “carpintero” que Marcos pone en boca de la gente del vecindario de Jesús para referirse a éste.  
  2. Es bastante evidente que al llamarlo “carpintero”, los vecinos expresan en parte su sorpresa, en parte su incredulidad y, en algunos, puede que hasta cierta desvalorización, de que un simple “carpintero”, de origen humilde, probablemente analfabeto, pudiera expresarse con sabiduría y realizar hechos extraordinarios.La palabra original del griego se puede traducir por carpintero  o incluso, por trabajador de la construcción. La sociedad de la que formaba parte Nazaret era una sociedad agraria y, en ese sentido se puede decir que Jesús era campesino. Sin embargo no se le presenta como trabajador de una finca, aunque su conocimiento del campo lo muestra en las imágenes de sus parábolas. Se le presenta, más bien, en el breve versículo de Marcos, como viviendo de su trabajo con la madera y la piedra, en un oficio que no gozaba de mucho aprecio, socialmente. Quizás, incluso, no solo había ejercido su oficio en su pueblo, sino que, —aunque los evangelios no lo mencionan— habría sido contratado para trabajar en construcciones de una de las dos ciudades ricas de Galilea, Séforis, a unos seis kilómetros al Norte de Nazaret, y que requirió de mucha mano de obra cuando Herodes Antipas la escogió como su capital. Jesús era, pues, un trabajador pobre, que tenía que trabajar duramente para su subsistencia, como la gran mayoría de los pobladores de Palestina, en particular, de las aldeas de Galilea. 
  3. De ahí la reacción de sus antiguos vecinos y quizás hasta compañeros de juegos de su niñez cuando reaparece Jesús en su pueblo y toma la palabra en la Sinagoga local para comentar los textos bíblicos. Sorpresa inicial y luego escepticismo sobre lo que pudiera enseñar un simple carpintero. No tanto, probablemente, porque no fuera clérigo, sino laico. Más bien por provenir de una clase social baja y, por tanto sin educación.
  4.  Nos podemos preguntar por la intención de Marcos al narrarnos este episodio y cómo esperaría el evangelista que reaccionáramos al enfrentar el relato los cristianos que años después lo escucháramos. Aunque Marcos no lo previera tal cual, de hecho su texto tiene relevancia por la advertencia que encierra el episodio. Ya en nuestro siglo, parecida sorpresa e incredulidad nos afectaría a nosotros en una situación semejante e incluso, —arriesguémonos a decir—, que nos sigue afectando dentro del tipo de Iglesia en la que hemos crecido y vivimos.
  5. Como católicos, hemos sido formados en una Iglesia a la que se nos ha enseñado a ver como jerárquica, vertical, no solo en el plano del ejercicio de la autoridad exclusivo de un nivel de dirigentes, sino también en el plano del conocimiento: esos mismos dirigentes o autoridades eclesiásticas, son presentados como losconocedores de la Biblia, la Tradición, la doctrina y la moral.  También a ellos se les atribuye la función de interpretar la fe por encima, incluso, de quienes cuentan con sólidos estudios en teología y Biblia, pero que no son parte de la jerarquía eclesiástica.   
  6. No es extraño, por tanto, que, en una situación como la del texto evangélico, nuestra reacción podría ser semejante a la de los vecinos de Nazaret. Todos nosotros, hemos crecido y hemos sido formados en este ambiente jerárquico y clerical y nuestro propio comportamiento está marcado por él. Es por eso que, en un importante documento sobre la función pública de los laicos en la Iglesia, escrito por el Papa Francisco hace dos años, se alerta sobre el enorme problema del clericalismo en América Latina, que impide el protagonismo al que están llamado las y los laicos, en su específica dimensión secular, laical. “Una de las deformaciones más fuertes que América Latina tiene que enfrentar –y a las que les pido una especial atención– [es] el clericalismo”. Para Francisco el clericalismo “no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de toda la gente”.
  7. Con estos antecedentes, imaginémoslo simplemente,  ¿cómo reaccionaríamos si nos topáramos, de buenas a primeras, con un obrero de la construcción, con un carpintero, sin mayor formación, que nos quisiera hablar acerca de la Buena Noticia del reino de Dios? ¿Cómo reaccionaríamos, de hecho, si un hombre o una mujer sencilla, cristianos, nos hablara del Evangelio, no  a partir de altos estudios de los que carecen, sino a partir de su experiencia de vivir valores  del Reino, como la lucha por la justicia, el compromiso solidario y la vivencia de la fraternidad? Nuestra reacción sería lógicamente que ser muy parecida la de los vecinos de Jesús. 
  8. Creo valioso, al menos, quenos quedemos con un par de interrogantes para reflexionar a partir de esta semana. El primer interrogantees sobre qué priorizamos cuando escuchamos un mensaje religioso. ¿Le damos más importancia a los diplomas o cargos eclesiásticos del que transmite el mensaje?, o ¿lo valoramos más por la conexión que tiene el mensaje con la vida de la gente, de sus preocupaciones, de sus necesidades, de sus urgencias? El segundo interrogante, se conecta con el anterior. ¿A qué le damos más importancia cuando escuchamos un mensaje religioso, tan solo a la ortodoxia de su contenido doctrinalo a las acciones valiosasque nos orienta a realizar “para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” ?  Las preguntas no son superfluas. Jesús fue alguien que pasó siempre haciendo el bien, siempre consagrado al servicio de los más pobres y, sin embargo, no solo en el relato de hoy, sino en todo el evangelio, vemos que los poderosos de su época, en vez de fijarse y dejarse impactar por la calidad humana de la vida del “carpintero de Nazaret”, solo les preocupó si lo que enseñaba estaba de acuerdo o no con la doctrina oficial del judaísmo de la época, y si amenazaba o no a la institución político religiosa del Templo. 
  9. Creo que si meditamos sobre nuestras repuestas a estos dos interrogantes pondremos a prueba la calidad de nuestra práctica cristiana y nuestra apertura para escuchar  el llamado de Dios que nos llegue a partir de una experiencia vivida de los valores del Reino, sea quien sea  quien nos la transmita.  Quizás lograr esta disposición era uno de los propósitos de Marcos al narrarnos el fallo de los vecinos de Jesús para descubrir que en el carpintero pobre  de Nazaret se les daba la oportunidad de encontrarse con Dios.Ω


01 julio, 2018

13º domingo t.o.: las curaciones, protesta de Jesús contra el deterioro humano

Lect.: Sabiduría 1:13-15; 2:23-24; Salmo 30:2, 4-6, 11-13; Salmo 30:2, 4-6, 11-13; Marcos 5:21-43

  1. Todos, casi sin excepción probablemente, hemos tenido la experiencia de estar enfermos. Si la cosa va más allá de un resfrío, si requerimos medicamentos y chequeo médico, en el EBAIS o en la Clínica, sabemos lo mal que se pasa. En especial quienes somos menos valientes para esos eventos. No es solo el tema del dolor y del malestar, es el haber tenido que interrumpir nuestras actividades cotidianas, es también el romper en alguna medida la red de relaciones, con los amigos, con el trabajo e incluso las relaciones familiares. Si, por añadidura tenemos que hospitalizarnos, la cosa se pone color de hormiga. Aunque estemos en una sala con otros cinco pacientes, estamos en realidad aislados, separados. Incluso estando bien cuidados por enfermeras, auxiliares y médicos, como sucede en los hospitales del Seguro Social, no es raro que nos sintamos inútiles, desanimados, y con ganas enormes de volver a la casa. Todos, a partir de nuestra experiencia de enfermedad, hemos descubierto que estar enfermos es mucho más y mucho peor que una dolencia corporal, es un sufrimiento psicológico, es una interrupción de nuestra vida laboral y social.
  2. Si esto nos pasa ahora, imaginemos cómo sería estar enfermo hace 2000 años y más atrás, en los tiempos de Jesús y los tiempos bíblicos. No es solo porque las artes médicas eran bastante elementales en aquellos tiempos, y no se contaba con instrumental y conocimientos como los actuales. Algo peor a tener en cuenta, y que se refleja en toda la Biblia, era la creencia de la época que asociaba diversas enfermedades al pecado y que llevaba a que, en muchas ocasiones, las autoridades religiosas consideraran como impuro al enfermo o enferma y a la persona que tenía contacto con ellos. ¿Quién peco, él o sus padres?, le preguntan en una ocasión a Jesús sus discípulos (Juan 9:2).  Esto llevaba, sobre todo, en ciertas enfermedades, a la marginación y el aislamiento establecidos por la Ley religiosa. El peor de los efectos que acompañaban a la enfermedad, era esa ruptura comunitaria. Tal era el caso, por ejemplo, de los padecimientos de enfermedades de la piel que llamaban lepra —aunque no tenga que ver con la moderna  enfermedad de ese nombre—; o, como en el episodio de hoy, el estar una persona afectada por flujo de sangre, probablemente, hemorroides, la hacía también impura Esta mezcla de la interpretación religiosa con el padecimiento físico, conducía a colocar al enfermo en una situación más dramática que si solo tuviera el padecimiento físico. Era la agudización del sufrimiento, de la sensación de impotencia y desesperación.  Esto hacía que lo que originalmente era una afección física, o incluso mental, se transformara   en un mal personal y social de mayor dimensión. No es lo mismo padecer por una afección corporal  que se puede tratar, que sentirse afectado por un mal mayor que  escapa a nuestro control y que nos coloca como marginados sociales. 
  3. Cuando escuchamos un relato, como el de hoy, en el que los evangelistas presentan una curación milagrosa realizada por Jesús. ¿Cuál es nuestra principal reacción? Probablemente se den reacciones variadas que van desde la incredulidad total que niega la posibilidad de ese tipo de hechos hasta la creencia frecuente en templos evangélicos de que algunos pastores realizan habitualmente “curaciones de enfermos” en los actos del culto. En una posición intermedia quizás, se encuentran muchos católicos  que piensan que con, la fuerza de la oración, se puede lograr que Dios nos cure de una enfermedad, personal o de algún ser querido. Pero el tema de fondo de estos relatos de curaciones no es el discutir si esos milagros fueron posibles y reales o no. Si nos quedamos en ese nivel de comprensión de los relatos evangélicos, es probable que nos perdamos lo más importante: ¿qué mensaje querían transmitirnos, por ejemplo, hoy, el evangelista Marcos y las primeras comunidades cristianas cuando nos hablan de Jesús curando a los enfermos?¿Es que acaso querían presentar a Jesús como un curandero, un practicante empírico que competía con los médicos de la época? Viéndolo de esa manera, no habría razón para no pensar que en las primeras comunidades, o posteriormente hasta llegar a nuestro tiempo, ante una enfermedad el creyente podría recurrir a Jesús, directamente o por mediación de María o de algún santo o santa, para recuperar la salud. E incluso, como es el caso de los testigos de Jehová, rechazar el tratamiento clínico, por ejemplo, de recibir una transfusión de sangre. O de subestimar un diagnóstico y un pronóstico médicos, amparándonos en la afirmación de que “el médico más grande es el de arriba”, como nos lo dicen a menudo algunas personas.
  4. Para empezar a penetrar en el mensaje del Evangelio y en la intención de quienes relatan estos apisodios, recordemos que en la actividad de Jesús, tal como la relatan los evangelistas, sin duda que siempre se manifestaba su preocupación y sensibilidad por todo tipo de sufrimientos de las personas, incluyendo las enfermedades. Pero más que las meras enfermedades físicas, al anunciar el Reino de Dios como una nueva forma de comunidad humana, le preocupaba, sobre todo, la situación de enajenación, de desesperación y de deterioro de la vida que experimentaban hombre y mujeres que por estar enfermos eran etiquetadas como pecaminosas, impuras y, peor aun, como  azotados por fuerzas demoníacas.  Es, no tanto de las afecciones corporales, como de ese deterioro mayor de la vida humana de lo que Jesús quería liberar a quienes se acercaban a él. Quiere que recuperen la fe, entendida como esa confianza en el poder de Dios que opera en sus criaturas. Quiere que se puedan reintegran en la comunidad y les sea reconocida toda su dignidad de imagen de Dios. Quiere que se curen, no solo las personas, los pacientes sino, sobre todo, la sociedad que con sus etiquetas religioso morales, destruye en vez de curar a las personas y las priva de los beneficios de la vida en común.
  5. Por eso, porque Jesús quiere cambiar ese tipo de sociedad, los relatos de los evangelistas sobre las curaciones reflejan la actitud de protesta de Jesús contra el deterioro humano, causado por fuerzas exteriores como eran las leyes religiosas que calificaban y padecían enfermedades. Estos relatos sobre las actividades de sanación de Jesús nos muestran su voluntad de querer salvar al ser humano en su totalidad y, de manera especial, su voluntad de abrirle las puertas para reintegrarlo a una vida humana comunitaria plena. Es esa reintegración lo que, veintiún siglos después pedimos y confiamos en recibir, incluso en los momentos en que nos sentimos más afectados por dolencias corporales. Lograr esa curación social es el milagro más profundo que Jesús nos ofrece  y para el cual nos pide la colaboración a cada uno.Ω

24 junio, 2018

12º domingo t.o.: "Pasemos a la otra orilla, … a pesar de la tempestad"


Lect.: Job 38:1, 8-11;  2 Corintios 5:14-17; Marcos 4:35-41



  1. La primer gran “tormenta” que estalló en el seno de las comunidades cristianas se produjo cuando apareció el intento de abrirse a las comunidades paganas. Utilizando símbolos de la naturaleza, y cósmicos, como era propio de la Biblia, Marcos habla del tema dibujándolo como un episodio que hubiera tenido lugar con Jesús y sus discípulos en el lago de Galilea pero, en realidad, está hablando de otra cosa y no de la época de Jesús.  Se está refiriendo figurativamente, con el relato del lago,  al primer gran conflicto que se está experimentando dentro de las comunidades de su tiempo (unas cuatro décadas después de la muerte de Jesús). Por su intensidad Marcos al conflicto lo llama  “tormenta” o “tempestad”, mientras que Mateo, en el texto paralelo de su evangelio, lo llama “gran sismo”, —hoy diríamos terremoto. Creo que todo el tiempo nos hemos dado cuenta de que el relato está marcado por su carácter simbólico. Pero eso no es suficiente, lo importante es detenernos para entender el contenido de los símbolos en este escrito, porque se podría prestar para diversas interpretaciones.
  2. En la historia del cristianismo el primer símbolo que se ha reconocido es el de la barca. Se ha interpretado como imagen de la iglesia como comunidad de discípulos, no como institución eclesiástica. La barca, en el relato, se expone a una tormenta la que se desata  cuando el propio Jesús da la orden, “pasemos al otro lado, a la otra orilla”.  Y aquí topamos con un nuevo símbolo. Al otro lado del Mar de Genesaret —que, en realidad, es un enorme lago de agua dulce al que el río Jordán alimenta y desagua—, se encontraba la Decápolis, es decir esa especie de federación de diez ciudades, que los romanos establecieron en la frontera más oriental del Imperio, para identificarla con la cultura y modo de vida romanos. “Pasemos a la otra orilla”, como frase que Marcos y Mateo ponen intencionalmente en boca de Jesús, le atribuye a él la iniciativa de que sus discípulos no se queden en el ambiente y tradiciones del judaísmo, sino que vayan a presentar la Buena noticia a territorios de los paganos. Esto conlleva dos rupturas de fronteras: la frontera de Israel y la misma frontera de la Iglesia: la Buena Noticia y su mensaje liberador no es solo para los judíos, ni tampoco solo para los discípulos que ya habían aceptado el Evangelio. Es para todos.
  3. Esas dos rupturas de fronteras, que los empuja a los primeros cristianos a mezclarse e integrarse con hombres y mujeres de otras religiones, otras visiones y costumbres, otras culturas, los debió de aterrorizar. Pensemos en la idea dominante por siglos en el ámbito judío de ser ellos, en exclusiva, el pueblo elegido. Pensemos en la manera como entran con violencia en la “Tierra Prometida”, desplazando a otros pueblos originarios del lugar. A los paganos se les veía, al menos, como gente con los que no deben contaminarse, cuando no, a los que hay que exterminar. Y ahora Jesús les dice, “vamos a esa orilla”, al territorio pagano a continuar con la misión de anunciar un evangelio de liberación. No todos en las comunidades podían estar de acuerdo, era normal que se produjera un choque de posiciones, una tempestad, aún más, un caos. No hay que olvidar que el mar, por más que fuera el pequeño mar de Galilea, era siempre en la mentalidad de la época, símbolo del caos, de las fuerzas ocultas anti humanas que están en lo desconocido. La amenaza se acentúa aún más cuando  este mar se encuentra en un momento de tempestad.  El relato simbólico de esta tempestad fue, sin duda, escrito años después de la muerte y resurrección de Jesús, cuando algunos discípulos más de vanguardia, orientaron su misión hacia tierra de paganos. Elaborar un relato del pasado  en el que se atribuye a Jesús la orden de “pasar a la otra orilla” era una forma de legitimar esta iniciativa “vanguardista” y un llamado a que cambiaran de actitud quienes veían que siempre era más cómodo y seguro quedarse solo en un ambiente conocido, donde todos pensaban lo mismo o parecido, y el cambio siempre supone un problema.
  4. Ingenuamente, visto a enorme distancia temporal, podríamos escandalizarnos de esa actitud conservadora dentro de las primeras comunidades, temerosas de mezclarse con los paganos, con aquellos que piensan y viven diferente. Podríamos escandalizarnos si no fuera porque nuestra propia situación contemporánea nos habla de reacciones parecidas. A nivel de la Iglesia universal, nos ha tocado presenciar reacciones que hasta hace pocos años no eran imaginables en la Iglesia Católica contemporánea: sacerdotes, e incluso obispos y cardenales conservadores que se enfrentan al llamado del Papa Francisco al cambio, y que lo acusan de estar modificando la doctrina “perenne” de la Iglesia. El cambio al que impulsa Francisco, de que la Iglesia salga a las calles, de que los pastores tengan olor de oveja, y que no vivan en grupitos elitistas; que se adopte una actitud de comprensión y compasión con quienes han pasado por la angustia de un matrimonio fracasado y por el dolor del divorcio; que se entienda y no se enjuicie a los miembros de la comunidad LGTBI, cuando luchan por sus derechos; que impulsemos una iglesia que viva con más sencillez y pobreza y se comprometa con el desarrollo y defensa de los valores humanos… En fin, todo el cambio que propone Francisco, para los que están anclados en el pasado cómodo, supone una tormenta y un terremoto.
  5. Hay que reconocer que esta “tempestad” no se da solo al interior de la Iglesia. En la sociedad civil  persisten núcleos fuertes de resistencia a cambios de apertura. Esta resistencia se une al terror que con frecuencia afecta a los seres humanos ante los otros, los diferentes, los que nos muestran con su vida que no somos los únicos en poseer la verdad. Recientemente hemos visto ese terror e inseguridad ante la presencia de los millones de desplazados que busca migrar a países donde puedan ser tratados como seres humanos. Ese terror se refleja en las políticas, cada vez más crueles, del presidente Trump con los inmigrantes, y en el cinismo del rechazo hacia ellos que tienen muchos políticos y sectores de los países de Europa, ante quienes tocan sus puertas huyendo de guerras y hambre, como si la misma Europa y EEUU no fueran corresponsables de los problemas que generan los desplazamientos. En esas actitudes del mundo rico y acomodado se refleja también el apego egoísta a un modo de vida confortable, y al mismo tiempo, un desapego por los valores de solidaridad humana.
  6. Pareciera el panorama que estamos presenciando, bastante desolador y amenazante, comparable con una tempestad que puede hundir la sociedad humana. Es esperanzador concluir el relato del evangelista Marcos que nos recuerda que en medio de la tempestad los discípulos veían a Jesús que siempre estuvo en la barca, dormido. Esta imagen de Jesús “dormido”, es un último símbolo del relato. Aparece apoyando la cabeza sobre algo que el texto en la lengua original llama “cabezal”, que era el término para designar el soporte donde se ponía la cabeza de un difunto, al enterrarlo. Subraya que los discípulos seguían pensando en Jesús muerto. Verlo dormido es olvidar que ya “despertó” a una vida nueva y que sigue resucitando en nosotros a la realidad de esa misma vida nueva, aún en medio de tempestades de conflictos en las relaciones humanas. Esa vida nueva es la que nos permite asumir nuestra misión, caminando con Jesús y con otros discípulos, luchando por el cambio hacia una mejor convivencia humana.Ω



17 junio, 2018

11º domingo t.o.: La fuerza de la semilla

Lect.: Ezequiel 17:22-24; II Corintios 5:6-10;  Marcos 4:26-34

  1. Las imágenes de la vida agrícola, son siempre evocadoras y una buena ayuda para pensar sobre aspectos, dimensiones, retos y posibilidades de la vida humana. Al fin y al cabo, formamos parte de la naturaleza y la comprensión de lo que somos pasa por comprender esta. Por eso Jesús dirigía con frecuencia la mirada al campo y al mar a la hora de hablar en forma de parábolas, de comparaciones, de esas dimensiones trascendentes de nuestra realización plena, que él llamaba el “Reino de Dios”. 
  2. En el texto de hoy, en los dos pequeños relatos, la figura principal es la de la semilla. Se puede utilizar para extraer diversas enseñanzas, a pesar de la sencillez de la imagen. Pero para captar la intención de Jesús hay que ver el conjunto de cada uno de los breves relatos. En el primero, hay cosas que llaman la atención y hasta podrían parecer extrañas, como también sucede en otras parábolas. Solo aparece una persona, el labrador, que después de esparcir la semilla, se desentiende. Sin embargo, este rasgo no quiere expresar que se trata de un agricultor vagabundo que ni deshierba, ni poda, ni aporta ninguna de las tareas ordinarias de quien cultiva. Lo que el evangelista quiere resaltar es la fuerza de la semilla y de la tierra, que dan lugar a la germinación y luego al crecimiento, por su propio dinamismo, “sin que el labrador sepa cómo”. Esta frase tenía aún más fuerza en una época en que se carecía del conocimiento científico suficiente para entender los procesos de germinación y crecimiento en la naturaleza.
  3. Es, entonces, un llamado a vivir el momento presente con la confianza en la fuerza del “reino de Dios”, “de la soberanía de Dios” que subyace y opera como “semilla” en el interior de toda persona y de toda comunidad humana aunque, en nuestra condición histórica actual “no sepamos cómo”. Pensando en tantas vicisitudes por las que atravesamos cotidianamente, la parábola no intenta, de ningún modo, animarnos a un falso optimismo que nos llevaría a vivir despreocupados como si siempre las cosas tuvieran que salir bien. A veces, quizás con buena intención, se predica esa falsa religiosidad, que no es la del evangelio. Ya la tan conocida parábola del sembrador nos hablaba de la importancia de la calidad de la tierra en la que cae la semilla, para hacer la diferencia entre una y otra “cosecha”. Pero, para nuestra vida espiritual, más bien, pretende enseñarnos algo de mucha importancia. Una, que prioricemos el valor de la vida presente, en la que la fuerza de la semilla está operando, y no nos perdamos en divagar ni en preocuparnos sobre un futuro, —la “otra vida”— que solo está en manos y en el conocimiento de Dios.
  4. El segundo relato, el del grano de mostaza, complementa esta enseñanza, con la imagen de este “árbol” que llega crecer a un par de metros de altura, (—en Costa Rica creo que no lo conocemos, aunque si consumimos el derivado de sus frutos como condimento y damos también el nombre de “mostaza” a una variedad de hortaliza—) . Esta segunda parábola enfatiza tres cosas: el carácter de proceso, de crecimiento que caracteriza siempre nuestra vida espiritual,  la pequeñez de sus comienzos y su alcance universal —el del reinado de Dios, no el de la Iglesia, como a veces se entiende. Sobre estos aspectos podría reflexionarse un buen rato,  pensando en cómo pueden dibujar una vida cristiana paciente y tolerante con las limitaciones propias y las de los demás, precisamente porque son propias de ese proceso de crecimiento de la vida humana, así como también en la vida animal y vegetal. Puede ser desconcertante, —por el concepto más filosófico que evangélico que aplicamos a menudo a Dios— el que Jesús nos invite a descubrir la presencia de la divinidad, incluso en esas etapas aún imperfectas de nuestra evolución. Es parte de lo que significa creer en la Encarnación del Hijo de Dios.Ω


10 junio, 2018

10º domingo t.o.: Trascendiendo las limitaciones de los modelos de familia

Lect.: Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13--5:1; Marcos 3:20-35

  1. Estamos acostumbrados a oír que se habla de la fundación de la Iglesia, cuando Jesús le dice a Pedro, la conocida frase “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Si solo repetimos este texto y esa interpretación, pasamos por alto algo muy elemental: no se nos ocurre preguntarnos qué era esa Iglesia, de la que hace el encargo a Pedro, porque nunca se había hablado de ella en los evangelios Además, en automático, nos imaginamos de inmediato, que el evangelio de Mateo se refiere a lo que hemos conocido todos como “iglesia”, esa gran estructura e institución religiosa,  a nivel mundial. Pero, en realidad nada de eso existía entonces. De lo que sí se había hablado, como iniciada por Jesús, es eso que nos presenta el texto de Marcos que leemos hoy: una comunidad nueva, una nueva gran familia, en la que todos son hermanas y hermanos sin distinción, unidos por la decisión de cumplir la voluntad de Dios, que entendían como la voluntad de establecer su reinado en la comunidad humana.
  2. Reconstruyamos el mensaje, recogiendo los elementos fundamentales que nos dice o que nos sugiere. Jesús se había ido de la casa paterna, de la vivienda del clan de sus padres, el clan de José que era su familia biológica y social. Se había ido a vivir en Cafarnaum, en Galilea, para anunciar el Reino de Dios en esa zona de aldeas pobres, no muy bien considerados por los habitantes de Jerusalén. En el episodio de hoy, nos dice Marcos, está en esa su casa, a la que llega a descansar con sus discípulos más cercanos, y lo sigue y lo rodea una muchedumbre, de manera que ni siquiera pueden almorzar tranquilos. Y en ese momento llegan dos grupos, los escribas de Jerusalén, es decir, los especialistas en la Ley. Y enseguida llegan sus parientes, su madre y sus hermanos, —no incluye a las hermanas, que se habrían quedado en su casa—. Ambos grupos llegan a cuestionarle. Los escribas, por los milagros y la predicación que realizaba, acusándolo de estar poseído por un demonio. Y sus parientes, para hacerse cargo de él, es decir, para tratar de llevarlo de vuelta a la vivienda del clan.
  3. Y es en este momento cuando Jesús, con la palabra y el gesto, expresa su conciencia de que está iniciando una comunidad nueva, una familia nueva, que quiere vivir de una manera nueva, abierto y libre, incluyente y universal, conforme al espíritu del reino de Dios. A esas comunidades nuevas, los primeros cristianos las llamarían iglesias. Y es Jesús, ciertamente  el que las inicia. Estas relaciones comunitarias son el comienzo de lo que debería ser luego, el centro, la esencia de lo que hemos llamado iglesia.
  4. Además de mostrarnos en Jesús el origen de lo que él quiso como su nueva familia, su comunidad, de paso el evangelista deja claro que Jesús da un nuevo significado a la familia biológica.  Para los judíos, la familia es la célula primordial de la sociedad, era la principal de todas las instituciones del pueblo judío y de ahí que el hecho de  que  Jesús prefiera a su círculo de seguidores en vez de a su familia se convierte en un escándalo grave y lo menos que podían decirle era que “no estaba en sus cabales”. Para Jesús la familia biológica, en todos sus diversos modelos históricos, alcanza su pleno sentido cuando se abre a la gran familia humana, que anticipa el Reino de Dios como nueva forma de vivir todas nuestras relaciones.
  5. Para participar en el Reino que Jesús anuncia, no solo las personas debemos convertirnos sino que también todas las instituciones de la sociedad, políticas, económicas y sociales, incluyendo la institución familiarquedan interpeladas por esos valores nuevos del Reino, que llaman a superar todas las prácticas violentas y opresivas que pueden tener en su seno, como por ejemplo, en la familia, las prácticas machistas, las actitudes intolerantes a las diferencias de sus miembros, los abusos de autoridad. 
  6. Ciertamente nos cuesta pensar desde esta perspectiva innovadora de Jesús lo que significa ser discípulos del evangelio. Nos resulta más cómodo sentirnos “católicos” por la mera pertenencia formal a una Iglesia vista como una institución, en vez de dirigir, como Jesús, la mirada a los que nos rodean y reconocerlos como nuestros hermanos y hermanas, entendiéndonos con ellos parte de una nueva familia humana, que no niega la familia biológica pero que trasciende sus muros y limitaciones y la integra en un horizonte más amplio y más profundamente humano. La Eucaristía de cada domingo es, apenas, un pequeño ejercicio y recordatorio de que el pan y vino que partimos, es signo de que también cada uno de nosotros se parte y comparte desde el interior de una familia nueva que sigue aspirando al reinado de Dios en los corazones de todos.Ω

08 junio, 2018

En el funeral de mi primo Cristián Sobrado Chaves

Lect.:  Flp 1: 20b - 24; Jn 12: 23 - 26


  1. Nuestra generación de primos, de la “cepa” de los Chaves: Sobrado Chaves, Chaves Ovares, Guzmán Chaves, Chaves Desanti, Chaves Ortiz… nos encontramos ya en esa edad en que es inevitable cobrar conciencia de que el momento de la muerte está mucho más cercano. Mucho más que en el pasado, cuando veíamos la desaparición definitiva de nuestros mayores, nos resulta inevitable pensar en que ahora los mayores somos nosotros y que, en cualquier momento, relativamente pronto, por más que la expectativa de vida se haya alargado, nos va a llegar el turno de nuestra propia partida.  Nos lo recuerdan nuestros propios desgastes de salud. Nos lo recuerda, sobre todo, cuando uno de nosotros, como Cristián hoy, nos deja. Creo que esta realidad, y en especial en este momento de despedida, nos fuerza, si no a  pensar cotidianamente en la muerte, sí a preguntarnos con frecuencia, cómo prepararnos para ese momento o, más bien, si nos estamos preparando adecuadamente para estar listos cuando nos toque partir.
  2. Los viejos cristianos anteriores a nuestra generación pedían siempre en sus oraciones la gracia de una buena muerte. Aunque en una época distinta, como cristianos nosotros también pedimos lo mismo para nosotros. Y, de nuevo la pregunta, ¿cómo prepararsepara una buena muerte? Debería ser obvia la respuesta: una buena vida es la mejor preparación de una buena muerte. Pero, entonces, ¿qué entendemos por una vida buena? Si la entendemos como una vida sin ningún error ni falta ni debilidad, nadie tendría una buena vida. Como creyentes, estoy seguro, estamos convencidos de que la respuesta, en lo fundamental, se encuentra en Jesús de Nazaret. Más allá de circunstancias que no podemos imitar, porque fueron únicas a su misión histórica, los evangelistas nos transmiten rasgos importantes que nos permiten responder a nuestras inquietudes. Una buena muerte, como la de Jesús,es una muerte que culmina una buena vida.  Pedro, en una de sus primeras predicaciones dice que “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del mal” (Hech 10: 38).
  3.  “Pasó haciendo el bien”. En efecto, la suya fue una vida asumida en solidaridad con los demás, una vida de un compromiso permanente de solidaridadcon los otros, es decir, de compartir los dolores y las alegrías, las necesidades y las esperanzas de su pueblo, de quienes le rodeaban y, en especial, de los más pobres y vulnerables. Fue la de Jesús una vida de continua autodonación, de entrega, en beneficio de la realización plena de quienes buscaban superar las limitaciones de la debilidad humana. Y cuando se acercaba su hora final, así preparada porsu vida, solo le quedaba dejarnos su mayor don,como nos lo dice el evangelista Juan, entregarnos su espíritu, para que todos pudieran dar frutos y frutos permanentes (Juan 19: 30 y 20: 21 – 22).
  4. Con solo con mirar a Jesús de Nazaret podemos descubrir que lo que él nos revela sobre el misterio de la vida y la muerte no coincide con lo que a veces podemos pensar en una sociedad como la moderna. Lo esencial de la vida no está en alcanzar muchos logros materiales, intelectuales o culturales, por más que estos puedan ser importantes. Lo esencial está en descubrirnos, compartiendo una humanidad común, una mutua pertenencia, trascendiendo cualquier diferencia,  que nos lleva a dar frutos de servicio, de fraternidad, de justicia, para el crecimiento y el fortalecimiento mutuo.
  5. Con ese enfoque de vida, nuestra buena muerte será, también como la de Jesús, la entrega de nuestro espíritu,que es también el Espíritu de Dios, para que continué presente, después de nuestra partida,  dando frutos en aquellos a quienes amamos y que nos han amado. Es la mejor herencia que podemos dejarles, el espíritu de una vida que es capaz de dar frutos más allá de nuestra corta y limitada existencia, y más allá de lo que podamos imaginar. 
  6. Se habrán dado cuenta de que al hacer estas reflexiones me ha motivado y  he tenido presente el recuerdo de Cristián. Como para muchos otros que le conocieron, para mí ese recuerdo es inseparable de una entrega constante, fuera de serie, a su esposa Liliana, y que, sin duda, reflejaba toda una actitud suya ante sus hijos y el resto de su familia. Este es el modo de vida que culmina con una buena muerte.Ω