15 abril, 2018

3er domingo de Pascua: Jesús vive y camina en sus discípulos.

Lect. Hechos 3:13-15, 17-19;  I Juan 2:1-5; Lucas 24:35-48

  1. Para captar el sentido de un relato parabólico como este de Lucas, que acabamos de escuchar en la liturgia de este domingo, no podemos fragmentarlo; tenemos necesariamente que leerlo unido al relato que se narra en los versículos13 – 32, inmediatamente anteriores, se trata del relato que conocemos como el de “los discípulos de Emaús”. Nos damos cuenta de que ambos forman una unidad de texto, —fragmentado por el liturgista— con solo fijarnos en el primer versículo de hoy que dice: “Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”. ¿quiénes son ellos? Cleofás y el otro discípulo del que no se dice el nombre. Y, ¿qué fue lo que les pasó por el camino y que ahora vienen a contarle a los Once apóstoles? que “En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido” y “Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.”Esto es lo esencial del relato de Emaús: reafirmar la experiencia de que Jesús camina con sus discípulos, incluso cuando ellos no lo reconozcan. Y que solo a veces, como en un chispazo, pueden experimentarlo y reconocerlo, por ejemplo, en esta narración, con la fracción del pan
  2. Lo impactante, ya pasando al texto leído hoy, es que cuando la comunidad de los Once escucha el relato de los dos de Emaús, en ese mismo momento los Oncetambién tienen la experienciade que Jesús resucitado se hace presente con ellos. Podríamos decir, que el testimonio de los de Emaús abre las inteligencias de los apóstoles y les permite a ellos también descubrir que el resucitado camina con y en ellos. No solo Jesús vive, —podrían creer que vive en el regazo de Dios, en el cielo— es que, además, camina conellos, camina y actúa enellos. 
  3. Sabemos que varios de los evangelistas, para expresar la experiencia que tuvieron de Cristo resucitado recurrieron a relatos en forma de parábolas, referidas como apariciones, o visiones. Y tal es el caso de estas apariciones narradas por Lucas. Es comprensible. También Jesús utilizó parábolas para hablar de esa realidad de encuentro de Dios con la humanidad que llamaba “Reino de Dios”. Esa realidad profunda y trascendente de lo ordinario no podía ser “explicada” por procesos habituales de razonamiento. Otro tanto parecido les sucede ahora a los evangelistas cuando intentan comunicar su experienciadel Viviente, de Jesús resucitado.  Estos relatos de apariciones hay que entenderlos como las parábolas que contaba Jesús, donde lo importante no es preguntarse si los detalles del relato sucedieron tal cual, sino que lo esencial es captar qué es lo que significa el conjunto del relato.  Así, en el texto de hoy el evangelista Lucas quiere  comunicarnos que a la afirmación de fe de que “Jesús vive”, hay que añadir la experiencia de que Jesús caminacon oensus discípulos. O, podríamos también decirlo a la inversa, que cuando intentamos vivir como discípulos de Jesús es cuando hacemos nuestro su propio camino, un camino que empieza por nacer de nuevo, no solo como individuos, sino también como comunidad, como forma de vivir socialmente inspirados en los valores de justicia, libertad y solidaridad como los vivió Jesús. En este caminar consiste, según nos repite el mensaje de este domingo, creer y vivir en Jesús resucitado.
  4. Alimentados, inspirados y actuando conforme a los valores de justicia, libertad y solidaridad, ciertamente, es cuando podemos decir que recibimos el saludo de Jesús, de que la paz esté con nosotros.  
  5. No podemos menos de leer con esta perspectiva la terrible situación, prolongada por años y agudizada en este momento: la guerra desatada contra el pueblo sirio, —precisamente en la región donde se escribió el evangelio de San Lucas—, por su propio presidente y por las potencias occidentales. No es con más armas, ni con bombardeos masivos o selectivos, como se logra la paz, sino con más justicia, más libertad y más solidaridad. Pero esto no parecen entenderlo los poderes políticos y económicos. Y la llamada Comunidad internacional mira para otro lado, y el supuesto “Orden” internacional no parece más que una cobertura nominal para dar “tranquilidad” a los pueblos.
  6.  Lo mínimo que podemos hacer, desde nuestra posición periférica y humilde, es dejar que Cristo siga caminando en nosotros y orando con todas nuestras fuerzas para que se abran las inteligencias de quienes, desde los organismos internacionales, tienen alguna capacidad para detener esta guerra y evitar una conflagración de mayores dimensiones. En los relatos evangélicos de hoy,lo que abreel entendimiento de los protagonistas es cuando alcanzan una experiencia vital de aquel que vive. El solo conocimiento de las Escrituras no era suficiente. Como no lo es tampoco el mero razonamiento discursivo, por más que sea de gran ayuda. Como lo decía el Papa Francisco esta mañana, en su homilía en una parroquia de Roma,  no se trata de tener la verdad de Cristo resucitado solo en la inteligencia sino, sobre todo, se trata de dejar pasar esa verdad a nuestro corazón. Cuando eso suceda, a las oraciones se unirán las voces y acciones de todos los cristianos y cristianas exigiendo la paz. Ω


08 abril, 2018

2º domingo de Pascua: sentir las heridas de los clavos en Jesús y en el pueblo

2º domingo de Pascua
Lect.: Hechos 4:32-35; I Juan 5:1-6; Juan 20:19-31


  1. No vamos a hablar sobre el tema de la coexistencia de la fe y las dudas. Es bastante común dedicar la reflexión sobre el texto evangélico de hoy a comentar sobre la permanencia de las dudas incluso en personas de fe. Se toma la figura del apóstol Tomás, a veces como alguien que aún no tenía una fe madura. Otras, para alabar la fe de aquellos que sin ver han creído. Es un tema importante, pero muy comentado ya.  Y me parece que hay otras formas de abordar el mensaje de hoy que pueden tocar más a fondo nuestro compromiso cristiano. Fijémonos en la forma como Tomás recupera su fe en su Maestro Jesús: tocándole y tocando, en concreto las llagas, las heridas. Todos los apóstoles, después de la muerte de Jesús, dispersos por el miedo, y cargando el peso de la culpa por haberlo abandonado, tienen que pasar por una experiencia de conversión y perdón, para volver a reunirse como comunidad de discípulos. En esto consiste, sobre todo, la experiencia pascual: descubren que Jesús vive porque le experimentan presente en ellos dándoles su perdón y permitiéndoles que, a pesar de toda su fragilidad, continúen la misión que Jesús había iniciado. Y se rinden convirtiéndose de su debilidad e incredulidad, ante el amor misericordioso que les perdona sus fallos. Esta experiencia pascual les reaviva el recuerdo del Dios que Jesús veía como Padre amoroso,  que no quiere que nadie perezca, sino que todos vivan. Por eso no dudan en que vuelven a ser readmitidos como discípulos.
  2. Pero, aparentemente, por el relato del evangelista Juan, la conversión que experimenta Tomás es más particular. Él quiere descubrir no solo a un Jesús vencedor de la muerte, que está en el regazo de Dios, no solo a alguien cuya presencia salvadora operativa experimenta, sino a un resucitado que mantiene abiertas sus heridas, que lo identifican no solo como aquel que pasó una dolorosa pasión y muerte de ajusticiado, sino que por esas mismas heridas y llagas se identifica con el dolor de todos los hombres y mujeres que sufren opresión, tortura, muerte injusta violenta, enfermedad y dolor. Es el resucitado - crucificado que Tomás conoció en su vida terrena como identificado con los pobres, las prostitutas, y los excluidos de la sociedad judía. Es tocando sus llagas como Tomás recibe una prueba contundente de la identidad del Viviente, que se entregó hasta el final para despertar la esperanza de quienes más sufrían.
  3. Lección valiosa la de Tomás, para el avance en nuestra propia vida cristiana. No es raro que corramos el peligro de quedarnos estudiando las enseñanzas de Jesús, para fortalecer nuestra esperanza en una vida más allá de la presente; o para crecer, según pensamos, en una vida “virtuosa”, incluso “espiritual”, pero a distancia de un compromiso con la transformación social, política y económica que se requiere para sacar de la pobreza y el hambre, de la injusticia y la explotación, a “los olvidados de la tierra”. La experiencia de la resurrección de Jesús, al modo como la tuvo el apóstol Tomás, no nos permite quedarnos “disfrutando” la alegría de la Pascua, sino que se convierte en un permanente recordatorio de que debemos vivir nuestra propia resurrección aprendiendo a sentir y a transformarnos desde el dolor del Crucificado y de todos los crucificados de esta sociedad.
  4. Los y las costarricenses acabamos de concluir un proceso electoral bastante duro, pero que valió la pena. Elegir a las autoridades de gobierno, —en especial al Presidente de la República— nos dio, al menos, la pequeña oportunidad de contribuir con nuestro voto a continuar construyendo una sociedad en la que superemos toda forma de exclusión y marginación. Pero obviamente nuestra tarea, —incluso la de nosotros, personas comunes y corrientes—, no acaba en las urnas electorales. Permanece el reto de colaborar para unirnos todos en la construcción  de esa sociedad nueva. Tomás, metiendo los dedos y la mano en las heridas de Jesús, es el recordatorio permanente del tipo de espiritualidad cristiana comprometida, en el que debemos unirnos cuantos intentamos vivir como seguidores de Jesús.Ω

02 abril, 2018

Domingo de pascua: El triunfo de las víctimas

Lect.:   Hechos 10:34, 37-43; Colosenses 3:1-4; Juan 20:1-9

  1. ¡Jesús vive!. Esa es la principal afirmación que nos dejan los cuatro evangelistas, en especial, Juan, con sus relatos de resurrección. No importan los detalles, o la descripción un tanto diferente que cada uno elabora. Lo que importa es entender cuál es el significado que tienen esos relatos y cuál el mensaje que nos quieren dejar a quienes venimos después. Y este es el mensaje: Jesús vive y opera en todos y todas las que han retomado su camino y han continuado su actuar liberador. No se trata de una mera imitación externa en la que él se reproduzca. Ni solamente que vive en nuestra memoria, como suele decirse de los difuntos. Ni que vive porque conocemos sus enseñanzas y tratamos de aplicarlas. Se trata de algo mucho más profundo; se trata del cumplimiento de lo que ya el mismo evangelista Juan había consignado como promesa de Jesús, mientras estaba terrenalmente, en medio de ellos: “Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.” “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” “Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre” (Jn cap 14). Estas afirmaciones las puede hacer el evangelista y otros cristianos y cristianas después de ellos, no como producto de la imaginación, sino como fruto de una experiencia enraizada profundamente en la propia vida. Cada vez que vivimos y actuamos como Jesús de Nazaret, es él quien continúa viviendo y operando en cada uno de nosotros, y en todos como comunidad. Jesús vive, es su vida la que nos alienta desde dentro de nosotros.
  2. Lo que predican entonces los primeros cristianos es algo que continúa siendo una realidad más allá de los cuarenta días en los que se relatan apariciones con forma parabólica de expresar lo inexpresable, la experiencia de que están viviendo una vida plena, nueva, con Cristo, oculta en Dios. Porque Dios supera toda fórmula de expresión y así, de igual manera, Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, viviendo y actuando en cada uno de nosotros.
  3.  Pero, además de esta proclamación sorprendente, de que Jesús vive, hay otra que los evangelistas descubren en su experiencia y que quieren comunicar con sus relatos de resurrección. Si Jesús vive, es porque el Espíritu de Dios que estaba en él, ha vencido sobre los poderes políticos, económicos y culturales que le llevaron a la cruz, intentando acabar con el reinado de Dios. Los vencedores no serán los sacerdotes del Templo, los líderes político –religiosos judíos que declararon a Jesús como su enemigo. No son ellos quienes vencen en última instancia. Es el poder del amor de Dios el que es más fuerte que la muerte. (Esta noche de elecciones presidenciales en Costa Rica, el excandidato presidencial socialcristiano, don Rodolfo Piza, dijo algo importante en esta línea, “El idealismo derrota al mero cálculo”). Al experimentar que Jesús vive, quienes le siguen reconocen entonces, que Dios pronunció su aprobación a cada paso que Jesús dio en su vida, a cada una de sus acciones. Lo aprobó porque cada paso y cada acción y esa forma de vivir y comprometerse por la justicia era valiosa por sí misma, es decir, iban en busca de lo más valioso que hay en la vida humana. En cambio esta validación de la vida de Jesús es, al mismo tiempo,  la desautorización del modo de vivir de las autoridades políticas y religiosas del Templo, un modo de vida centrada en el dinero y el poder que de hecho se transformaba en la “divinidad” que los guiaba. Esta segunda constatación completa el mensaje de esperanza que anunciaban los evangelistas con sus relatos de resurrección. La codicia y opresión de las autoridades que asesinaron a Jesús, a Monseñor Romero, a Berta Cáceres, a Marielle Franco y a tantos mártires, no son los que ganan. Con Jesús viviente, vence la vida que es dedicada libremente al amor y al servicio de los desposeídos, discriminados y explotados, independientemente de qué nacionalidad, religión o identidad sexual sean. A seguir ese mismo camino de servicio y compromiso nos llama este domingo de Pascua.Ω


30 marzo, 2018

Viernes Santo: Víctimas de la ambición de poder y dinero

Lect.: Isaías 52:13 - 53:12; Hebreos 4:14-16; 5:7-9; Jn 1): 16 - 42

  1. La sentencia contra Jesús y su posterior muerte en la cruz deja al descubierto muchas cosas importantes. En primer lugar, pone en evidencia que, cuando los jefes del estado teocrático de Israel, los Sumos Sacerdotes, se unen a los  gritos, “¡No tenemos más rey que el César!, lo que están haciendo no es solo abjurando del Dios liberador del pueblo, sino reconociendo que su verdadero Dios es la ambición de poder y prestigio. simbolizado por el Tesoro del Templo. Es esta codicia la que los ha llevado a causar el sufrimiento y la muerte del pueblo pobre de Israel y ahora los lleva a asesinar a Jesús. Aunque se llenen la boca con discursos de Dios y de la Ley, manifiestan su ateísmo de fondo, al desplazar al Dios de la vida y colocar en su lugar al dinero y al poder.  Es por esa misma causa que son también capaces de traicionar los intereses nacionales, aceptando la divinidad del emperador romano. Al desaparecer por la obra de Jesús la figura del dios cómplice de la opresión que causan, buscan una nueva legitimación religiosa en el poder invasor.
  2. En segundo lugar, se confirma de manera transparente que Jesús de Nazaret está del lado de los excluidos, los pobres, las víctimas, los injustamente condenados. Lo estuvo a lo largo de su vida y ahora lleva esa opción hasta el momento de la donación total de su vida en la cruz. Es su muerte la misma muerte de Monseñor Romero, de Berta Cáceres, de Marielle Franco (Río de Janeiro), de los jesuitas de la UCA, de Gandhi y de tantas otras víctimas. Mueren luchando no por ellos mismos, sino por los demás. No dan un paso atrás, no porque no tengan miedo —el propio Jesús lo tuvo, como lo recuerda hoy la lectura de Hebreos—, sino por responsabilidad en su compromiso y por su crecimiento espiritual que les ha permitido subordinar su ego a los más altos valores.
  3. En este Viernes Santo, la figura imponente del crucificado nos interpela, como nos interpelan todas las demás víctimas. Nos interpelan porque, querámoslo o no, cada una de ellas nos revela que esos grandes valores humanos por los que murieron, también están en nosotros. Pero también nos interpelan poniéndonos en alerta ante otros sentimientos negativos, victimarios, o cómplices, que todos llevamos dentro y que si no nos decidimos por la Buena Noticia, pueden aflorar a la superficie y, por lo menos, dejarnos callados e inmóviles, indiferentes ante el peligro del atropello de los derechos humanos y de toda forma de injusticia. Y las víctimas nos revelan que lo que hagamos o lo que dejemos de hacer con ellos, repercute, como un efecto mariposa en los lugares y personas más insospechados. No podemos olvidar la memoria de las víctimas, porque nuestro olvido permitiría reproducir ese mundo violento que destruye las Bienaventuranzas, al asesinar a los luchadores por la justicia y a los que construyen la paz.
  4. Durante muchos siglos, en la Iglesia, diversas teologías que se esforzaban por interpretar la muerte de Cristo, hablaban de una muerte “vicarial” o “sustituta”, es decir que Jesús de Nazaret, moría en vez de nosotros, “pagando por nuestros pecados”.  Además de que esta interpretación, en algunas de sus modalidades, olvidaba al Dios de misericordia y nos ponía frente a la inaceptable figura de un Dios casi pagano, que reclamaba sangre —¡incluso la sangre de su hijo!— para poder darnos su perdón, las circunstancias del mundo en que vivimos nos ha permitido vislumbrar que Jesús, el Hijo del Hombre, el hombre pleno, y los otros hombres y mujeres victimizadas, están en su lugar de ejecución recordándonos que están en nuestro lugar, es decir, que proclaman lo que cada uno de nosotros puede y también debe hacer cuando sea exigido y, de momento, ellos nos sustituyen y lo hacen en nuestro nombre.Ω   

29 marzo, 2018

Lavatorio de pies: compromiso con la igualdad y la libertad

Lect.: Éxodo 12:1-8, 11-14; I Corintios 11:23-26; Juan 13:1-15

  1. Jesús había roto con las autoridades político - religiosas del Templo. No por meras razones rituales, ni de diferencias doctrinales de detalle. Rompe con  la manera de ver y de presentar a Dios, tanto de los sumos sacerdotes judíos como de los romanos que divinizaban al César. Rompe, sobre todo, con la práctica de los responsables del Templo que habían montado un andamiaje que les permitía mantener una dominación política y financiera y el control de la propiedad de los principales productos de Palestina —el trigo, el vino y el aceite—, a costas de la pobreza de la mayor parte de la población. Todo ello con la armazón religiosa que los legitimaba, además del respaldo militar de la ocupación romana y sus cómplices locales en Palestina. Jesús, claramente, en la mejor línea profética, denuncia a quienes habían hecho del Templo una “cueva de ladrones” y, en su práctica y predicación, se alinea con los pobres, a quienes promete el Reino; incluye a los excluidos de los beneficios de aquella sociedad, simbolizados por los leprosos y acepta a las mujeres entre sus discípulas, y les da la palabra. Todo este enfrentamiento y ruptura inevitablemente le lleva a la muerte víctima de los poderosos, lo que no es una ofrenda sacrificial sino el acto libre último de su vida de entrega.
  2. La cena con sus discípulos cercanos, que luego las primeras comunidades entenderán que era de despedida, es también la inauguración de una nueva comunidad que ya no va a estar centrada en el Templo judío, ni en la ley. En esta noche, de lo que hoy llamamos Jueves Santo,  el evangelista Juan recurre a gestos y palabras que van a mostrar cuál es el fundamento sólido de la nueva comunidad. Con el extraordinario gesto del lavatorio de los pies Jesús explica cómo se va a construir su comunidad, sobre la base de la igualdad y la libertad como fruto del amor mutuo materializado en servicio. Y, por el mismo gesto, trasluce, revela, la imagen del Dios en el que él cree.
  3. “Él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el extremo” dice Juan.  Y ese “extremo”, en ese momento, no es la muerte, sino algo aparentemente menos radical y más sencillo: amarrarse un paño a la cintura a modo de delantal y lavar los pies a los discípulos, en una tarea que solían hacer para los visitantes, los esclavos, criados y mujeres. El símbolo es claro: del servicio y, más allá, del servicio practicado por quien era llamado “Señor y Maestro”. Es decir, se trata de un acto de servicio que iguala a los discípulos a su propio nivel y dignidad de hijo de Dios. Y que, sacándoles de la condición de siervo subraya también su condición de hombres libres.
  4. Queda gestualmente más claro en qué consiste el mandamiento del amor: no en un mero sentimiento, pasión o de aprecio amistoso, sino en la entrega para que los hijos e hijas de Dios puedan ser y vivir, iguales y libres, como plenamente humanos. Ser hijos de Dios es inseparable de ser hombres y mujeres plenas.  Es con esto que damos gloria a Dios, al contribuir a que el ser humano llegue a realizar hasta el final el proyecto creador.
  5. Y en este mismo episodio del lavatorio del los pies se pone en evidencia otra manera de “entender”  lo que es el Dios en quien creemos. A Dios nadie le ha visto jamás, había dicho el mismo evangelista en el primer capítulo de su libro, pero Jesús, el Hijo del Hombre es la presencia de Dios entre nosotros. Por eso podemos ver sus acciones como las del Padre (10,37). Es Dios mismo el que lava los pies a los discípulos y que nos invita a hacer lo mismo. No se trata ya de un Dios que pide que le construyamos nuevos megatemplos y le rindamos culto espectacular. Es al realizar el amor como servicio a los discípulos donde expresamos al mismo tiempo el amor por el Padre.  El culto a él se identifica en adelante con el servicio al hombre, en amor  y lealtad (Jn 4:23), que será, en los seguidores de Jesús, el único mandamiento.
  6. Esta Semana Santa se encuentra con una Costa Rica afectada por serias divisiones. Al quebrantamiento de la igualdad que ya veníamos arrastrando en las últimas décadas, se ha añadido ahora un enfrentamiento de un nivel que no es el habitual de otros procesos electorales. La mezcla de argumentos religiosos, apodados “cristianos”, con problemas políticos, ha agudizado la fractura de una manera grave (un antiguo historiador de la Iglesia decía que el peor de los odios es el odio de los teólogos, porque identifican a su adversario con el pecado). El mensaje detrás del lavatorio de pies nos abre una senda para superar estas divisiones y las heridas consiguientes. No por la vía de  ignorar infantilmente nuestras diferencias y conflictos muy reales, ni por la distinción simplista entre el pecado y el pecador, sino por la senda que intentaría converger en políticas públicas y prácticas institucionales que permitan avanzar en la línea de una Costa Rica donde el respeto a los derechos de todas y todos, consoliden nuestra igualdad y libertad.Ω

25 marzo, 2018

Domingo de Ramos: DOS SUBIDAS A JERUSALÉN: UNA MARCHA Y UNA “CONTRA- MARCHA”


Lect.: Isaías 50:4-7; Flp 2:6-11; Lc 19: 28 - 40

  1. En este domingo inicial de la última semana de vida de Jesús —lo llamamos ahora Domingo de Ramos—, se da un hecho clave para descubrir lo que significan para los evangelistas, los acontecimientos que conmemoramos en estas fechas. Es clave, aunque es probable que no lo hayamos oído mencionar en los púlpitos. El hecho es que ese domingo anterior a la muerte de Jesús coincidieron dos procesiones de ingreso, de subida a Jerusalén, por diferentes lados. Todos hemos oído narrar muchas veces la procesión de entrada de Jesús. Él subió esta vez, como probablemente lo había hecho en otras ocasiones anteriores, des las aldeas de Galilea. Era una práctica normal de peregrinación entre los judíos piadosos: subir a Jerusalén, la Ciudad Santa de los judíos, para la celebración de la Pascua. Solo que en esta ocasión, a pocos días de su muerte, los evangelistas caracterizan esta procesión de subida con rasgos especiales, como una marcha, acompañado de discípulos y simpatizantes. Además de esta de Jesús, ¿cuál era la otra procesión?  No la narran los evangelios, pero la conocemos por la historia. Se trataba del ingreso solemne a Jerusalén del gobernador romano, —Pilato, en tiempos de Jesús—  con su despliegue ostentoso: montado en caballo de guerra, lujosamente enjaezado, rodeado de caballería y tropas de a pie, fuertemente armados. Los representantes de Roma, como la aristocracia política y religiosa judía, vivían habitualmente al lado del lago de Tiberíades, o mar de Galilea, en Cesarea, una de las ciudades de lujo y veraneo que los romanos habían construido a distancia del pueblo pobre campesino. Desde ahí subían a Jerusalén para las fiestas de la Pascua. No subían por simpatía con la religión judía sino, a reforzar las fuerzas del orden en Jerusalén y  evitar revueltas y levantamientos y, además, para recordar a los judíos quién estaba al mando en esa tierra. Al mismo tiempo venía a subrayar la teología romana que proclamaba al Emperador no solo como autoridad máxima del Imperio, sino como “hijo de Dios”, “señor”, “salvador” y “garante de la paz romana”, —títulos que nosotros, después, hemos aplicado a Jesús de Nazaret.
  2. Como toda la gente de entonces,  como los evangelistas y las primeras comunidades y como el mismo Jesús, todos sabían de esa procesión anual del representante imperial, con su despliegue de poder militar y de lujo. Y esto nos permite descubrir la intención de los evangelistas al entregarnos estas narraciones. A la luz de ese ingreso de espectáculo del Gobernador en la Ciudad Santa de los judíos, —que los evangelistas tenían en mente—, se puede adivinar que la “Procesión de Ramos”, el ingreso de Jesús, fue planeado por él como una “contra - procesión”, como una parodia, en cierto modo, de la procesión romana. Para los oyentes de las primeras comunidades, ridiculiza a la otra “marcha”, la del poder , al presentar  a Jesús con un burrito, débil y todavía sin entrenamiento y sin otra compañía que un puñado de campesinos pobres y desarrapados. Pero, sobre todo, más allá de la parodia, la manera de realizar esa “contra – procesión” de Jesús, se convierte en la proclamación de una “teología” distinta a la de Roma y a la de los dirigentes del Templo, es la teología del reinado de Dios, que Jesús vivió y proclamó toda su vida. Esa “teología”, esa manera de entender Jesús su vida y su misión, desde la perspectiva del único Dios, está contenida en la profecía de Zacarías (Zac 9: 9 – 10), que sí aparece en el relato paralelo de Mateo e, implícitamente, en el de Marcos, no así en Lucas. El profeta llama “rey” al que entrará a Jerusalén, pero sin ninguno de los atributos que de ordinario se asocian con la figura real. Cabalga la cría de una burra, signo de sencillez y debilidad y  es un personaje que con su aparente carencia de fuerzas, paradójicamente, no solo no necesitará, como los reyes, los carros de guerra, las cabalgaduras de combate y los arcos de ataque, sino que será quien destruya las armas de la violencia. Además de desafiar el poder militar, desafiará también la dominación política y financiera, y la armazón religiosa que la legitimaba, y que mantenían la ocupación romana y sus cómplices locales en Palestina. Será, con la sola fuerza de su actitud y práctica pacíficas, y la de la fe y confianza del pueblo sencillo,  quien realmente ofrezca una alternativa de paz para las naciones. Frente a una “teología de prosperidad” y de “conquista del poder”, —análoga a la que predican y practican hoy día algunos grupos que se presentan como “evangélicos”—, Jesús ofrece una  teología del servicio, y de la ruptura de la dominación.
  3.  Este es el poderoso simbolismo de la entrada de Jesús en Jerusalén el día que hoy llamamos domingo de Ramos, simbolismo que veremos presente como telón de fondo, toda esta semana. Será subrayado en el Lavatorio de pies el Jueves Santo y en la entrega total de su vida en la Muerte en la cruz, el viernes. Es un mensaje, una buena noticia, que llama a liberar a nuestras sociedades de la opresión política, de la económica y financiera de élites, y a la construcción de la paz, frente a las armas y las actitudes de violencia. Es el mensaje que inspiró toda la vida de Jesús y atraviesa, por eso, también, esta Semana Santa 2018 que estamos iniciando. Y es el mensaje que hemos heredado los discípulos de Jesús, para hacerlo nuestro, vivirlo y transmitirlo, —como lo vivió Monseñor Romero, con todas sus consecuencias— conscientes de que ese mensaje fue el que resultó una provocación para los dirigentes poderosos, políticos, y religiosos de su tiempo, y una amenaza a su posición privilegiada, y por eso lo llevaron a la muerte.
  4. A la luz de los acontecimientos que nos mantienen en tensión a los y las costarricenses en la presente campaña electoral, muchos se preguntarán, Pero ¿cómo?, la práctica de Jesús, entonces, ¿incursionó en la arena política? De alguna manera, ya queda respondido en los párrafos anteriores: Jesús desafía y condena la política como una “conquista” del poder para dominación por parte de élites económicas,  pero abre la senda para una política ejercida como servicio en la construcción de una sociedad en la que no solo se privilegien los pobres, los huérfanos y las viudas, —como lo habían predicado ya los profetas del Antiguo Testamento— sino que, además, sean integradas las prostitutas, los desposeídos de identidad social y todos los excluidos del sistema.Ω

Lecturas recomendadas sobre este tema: Isabel Gómez Acebo, (2008), Lucas; Borg, Marcus J.; Crossan, John Dominic, (2006),The Last Week: What the Gospels Really Teach About Jesus's Final Days in Jerusalem; Pérez Guadalupe, José Luis, (2017), Entre Dios y el César. El impacto político de los evangélicos en Perú y en América Latina. --Iglesia Evangélica Luterana de Colombia  (2018) La política del burro.  http://www.ielco.org/apuntes-pastorales-la-politica-del-burro  Y a nivel de periodismo internacional, “Lobos con piel de corderos que acechan a los creyentes”. Así califica la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España a los predicadores que hacen negocios con Dios”,  https://elpais.com/elpais/2018/03/19/planeta_futuro/1521484030_159812.html


18 marzo, 2018

5º domingo de Cuaresma: Rompiendo los límites de nuestro yo

Lect.: Jeremías 31:31-34; Hebreos 5:7-9; Juan 12:20-33


  1. Si a una madre o un padre de familia se le dice que tiene que pasar horas en vela para cuidar de su hijo gravemente enfermo, no lo va a dudar ni un momento. Es más, no hace falta decírselo. Si se da cuenta de que es necesario lo hará, a costa de sacrificar horas de sueño y descanso propios. O también, si una hija o un hijo ven que uno de sus padres o de sus hermanos requiere ayuda para resolver un conflicto en el que está metido, tampoco lo pensará dos veces para darle su apoyo. De hecho, nos brota de forma natural  el dar algo de nosotros mismos, de nuestro tiempo, de nuestras cosas materiales, cuando percibimos que podemos beneficiar no solo a los familiares cercanos, sino también a amistades o a otras personas que se encuentran en necesidad de diverso tipo. Pero, ¿por qué sucede esto de esta manera?  Algunos podrían pensar que se debe a un sentido de sacrificio o, en el caso de las mujeres, de sumisión, por tradición o influencia cultural. En otros casos, podría señalarse que se hace por apego o por interés. Sin desechar como parcialmente posibles estas explicaciones, se da también otra razón. Como que llevamos inserta en nuestros genes la conciencia de que todos los seres humanos venimos a la existencia muy incompletos y vulnerables, y que no basta nacer para ser persona humana, sino que cada recién nacido, desde sus primeros días, y a lo largo de su vida, tanto biológica como antropológicamente necesita de los demás para llegar a ser lo que está llamado a ser. Nadie se la puede jugar solo, por sí mismo.  Y todos y todas, hombres y mujeres, estamos llamados a dar algo de nosotros mismos para que los demás puedan ser.  Al mismo tiempo, quienes reciben van experimentando que lo que son es fruto de lo que han recibido. En otras palabras unos y otros, a lo largo de la vida, vamos  descubriendo que en nuestro propio yo hay algo heredado, recibido del yo de los demás. La madre, el hijo, el amigo que da y recibe algo de sus familiares y amigos, en sentido profundo, lo hacen es porque no separan su yo del de su hijo, familiar o amigo.  Se ven y valoran a sí mismas integradas con los demás. 
  2. Sin embargo, esta disposición para dar algo o mucho de sí, parece, por experiencia, que conoce un límite psicológico, cuando lo que se nos pide es dar la vida por otros, dedicándonos a trabajos, a tareas que nos ponen en riesgo de muerte. Se trata de una petición extraordinaria que va más allá de los límites habituales. Tenemos la tendencia a pensar la propia muerte como el final, como la negación de lo que somos, y huímos espontáneamente de todo lo que parece conducirnos a ella. Y aquí es donde la afirmación que Jesús hace hoy nos cae como un balde de agua helada, nos desconcierta y nos mueve el piso. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.” La afirmación de Jesús no solo es fuerte, atemorizante para quienes intentamos seguirle. Con estas frases del evangelio, ¿se estará tratando de decir que debemos inmolarnos por los demás si queremos ser  cristianos auténticos?
  3. Para  aproximarnos, de momento, a lo que quiere decir este texto de Juan, pensemos, como un primer paso, que lo que nos está pidiendo no es destruir nuestro yo, sino ampliar los límites de lo que somos. Disponernos a morir a una dimensión que todos construimos desde que nacemos, pero que no agota nuestra realidad humana. Esa dimensión es la de la construcción de un yo individual, centrada en uno mismo. Es una inclinación necesaria al inicio de nuestra vida para encontrar la identidad propia y para sobrevivir en la colectividad. Pero que tenemos que ir trascendiendo,  superando esa tendencia egocentrada e ir rompiendo progresivamente sus límites, para poder establecer relaciones satisfactorias con todos y con todo, y para vivir esa plenitud humana, que solo se logra abriéndonos a la unión plena con Dios, unión que incluye nuestra contribución al logro del bienestar y la felicidad de todos nuestros semejantes. Dicho de manera negativa, un poco en el tono del evangelista hoy, esto no se logra sino muriendo a una vida de metas exclusivamente individualistas que  prioriza solo las satisfacciones propias; muriendo a ese modo de vida que impulsa y construye el tipo de sociedad neoliberal y egoísta en que nos ha tocado vivir. A ese modo de vida, dice el evangelista, debemos estar dispuestos a morir.
  4. Pero expresado de manera positiva, la vía para esa ampliación de límites de nuestro yo está más al alcance de cada de cada uno de lo que podemos imaginar. Esa vía es la del amor auténtico. Este es el que nos permite trascender nuestros límites, muriendo al “hombre viejo” para crecer en vida nueva. De manera análoga a lo que sucede en el grano de trigo o en cualquier semilla, esa “muerte”, así entendida es la condición para que se libere toda la energía vital que ya tenemos en nosotros mismos y ahora se manifiesta de una forma nueva. Lo que Jesús está afirmando es  que el ser humano posee muchas más potencialidades de las que vemos superficialmente, pero que en cada don que hacemos de algo nuestro vamos definiendo en cada uno un hombre o una mujer nuevos. Y, sobre todo, como en el caso de Jesús, cuando se llega al final de nuestro recorrido histórico no como un suceso aislado, sino como  la culminación de un proceso de donación de sí mismo. La muerte sella entonces definitivamente la entrega de lo que hemos sido para dar más vida a otros, incluso después de que hayamos partido.  Nuestra fuerza vital queda también conformando la identidad de otros que vienen detrás.
  5. A pesar de escuchar este mensaje, vivir sus implicaciones resulta difícil. Al mismo Jesús le da temor el desgarro que supone morir a los falsos valores de la sociedad en que él vivía. La tentación de huir de esa muerte se refleja en la propia exclamación de Jesús cuando, angustiado, se pregunta a sí mismo si debe pedir al Padre que lo libre de esa hora que le ha llegado.   No nos extrañe, entonces, si a nosotros también nos cuesta. Lo que nos anima es el testimonio del amor pleno de Dios manifestado en Jesús. Como él, rompiendo los límites de nuestro yo, experimentamos una vida en la que no quedamos solos, porque nuestra donación da fruto más allá del corto alcance de nosotros mismos.Ω