15 octubre, 2017

28º domingo t.o.: Lo que está en el rechazo a una invitación

Lect.: Isaías 25:6-10; Filipenses 4:12-14, 19-20; Mateo 22:1-14




  1. Con esta de hoy se completan las tres parábolas con las que Jesús , como dice un estudioso biblista, “ajusta cuentas” con la dirigencia de Israel. Con una visión religiosa y una práctica por completo diferente e incluso opuesta a la oficial, enfrenta la manera de interpretar y vivir la religión de los sumos sacerdotes y las demás autoridades del Templo. Esto le llevaría al conflicto en que se jugó la vida.
  2. Aunque originalmente en este texto, como en las dos parábolas previas,  el escenario es el de la  controversia entre las primeras comunidades judeocristianas y  la dirigencia judía, su contenido más hondo trasciende ese escenario y mantiene sentido en la actualidad, independiente de la controversia judía. Mateo presenta negativamente la actitud de los supuestos amigos del Rey —en alusión a Dios y a los sacerdotes del templo—  que rechazan una invitación a participar en la gran fiesta del Reino por las bodas del Hijo. Aun tratándose de una parábola cabe  preguntarse qué razón puede darse para perder la oportunidad de una buena comida y diversión. No podía ser porque no les interesaran los ricos platos y el entretenimiento. Como subrayaba el Papa Francisco en su homilía esta mañana, el rechazo de la invitación proviene de otra razón: sus prioridades. Les interesaban sus tierras y sus negocios más  que implicarse en la vida y la misión del Hijo, Jesús, simbolizados por el banquete. Como dice el Papa, estaban más absorbidos por sus cosas, que por compartir con los demás. Es el peligro de la acumulación de riquezas ante lo que el evangelio siempre lanza su alerta.
  3. Pero hay todavía otro aspecto importante que podemos descubrir en el texto, si lo vemos en conjunto con las otras dos parábolas conectadas, leídas los dos domingos anteriores. El rechazo de la invitación nos permite ver el peligro en el que habían caído los dirigentes religiosos de Israel, peligro que tenemos todos cuando asumimos una actitud de cómodo conformismo con nuestra pertenencia formal a la Iglesia y nos encontramos muy seguros de que es suficiente con la práctica religiosa que tenemos actualmente, sacramentos y devociones, supuesto respeto al nombre de Dios, lecturas de la Biblia, el cumplimiento de ciertas obligaciones, realizado todo por interés en  garantizarnos la salvación. Esa actitud de confortable conformismo no dispone favorablemente a la escucha o recepción de algo nuevo, así sea una “Buena Noticia”, si eso amenaza con desestabilizar nuestra tranquilidad actual. Cuando se nos anuncia que el seguimiento de Jesús no es el conjunto de prácticas religiosas en las que estamos instalados o, al menos, no se reduce a eso, tal vez ponemos cara de extrañados y nos cerramos, volvemos la espalda a la oportunidad de redescubrir una nueva y fecunda manera de relacionarnos con Dios. Porque, en el fondo, en esto está el problema, como lo recordaba Francisco esta mañana, el Dios de la vida quiere con nosotros una relación viva; el Dios del amor quiere una relación de amor. No le agrada una mera relación formal, de leyes y rituales y de discursos supuestamente ortodoxos. Pero quizás seguimos en eso por rutina y comodidad. [El Papa no lo dijo, pero podía haber hecho referencia a quienes en la misma Curia Romana, incluso entre cardenales, sacerdotes y en autoridades de órdenes religiosas, dan la espalda al anuncio que el propio Francisco hace de una iglesia que quiere estar más cerca de las necesidades del pueblo, de los sufrimientos y aspiraciones de las personas concretas, para descubrir en la práctica misma el sentido actual de la Buena Noticia.]
  4. Finalmente, así como el domingo pasado Mateo establecía como criterio de vida evangélica, dar frutos de amor, hoy subraya con la invitación a los que estaban en los caminos, buenos y malos,  lo que siempre habíamos visto practicado en la vida de Jesús: su amor por los pecadores, las prostitutas y otros marginados, con los que compartía la mesa, y su preferencia por los pobres. En contraste con los absorbidos por las preocupaciones por sus tierras y sus bienes, estos desposeídos y marginados pueden estar más abiertos a descubrir esa relación viva y amorosa con Dios. Y para ellos, como para nosotros este tipo de relación es la que hace posible que generemos una actitud y una práctica de dar buenos frutos


08 octubre, 2017

27º domingo t.o.: la familia de Dios no es ni una etnia ni una iglesia "elegidas"

Lect.: Isaías 5:1-7; Salmo 80:9, 12-16, 19-20; Filipenses 4:6-9; Mateo 21:33-43

  1. Por la forma como nos han acostumbrado a leer los evangelios no es frecuente que nos paremos a pensar en el trasfondo de los relatos y de los mensajes que estos nos transmiten. Sin embargo, esto es importante porque, como todo producto cultural, de una época y un lugar determinados, los evangelios pueden reflejar conflictos sociales, políticos y económicos y en contradicciones del momento que influyen en los transmisores del mensaje. Así, cuando este evangelio de Mateo es escrito, la comunidad cristiana mateana en cuyo ambiente se produce, estaba integrada sobre todo por personas provenientes del judaísmo, y no por convertidos del paganismo. No es extraño, entonces que se produzcan conflictos entre los judeo-cristianos y los grupos de fariseos y otros judíos que están reconstruyendo la comunidad judía, que había sido muy afectada por la invasión de los romanos, y la destrucción de Jerusalén, y del templo, en el año 70.  Tener esto en cuenta ayuda a entender por qué en esta parábola se mezclan afirmaciones muy fuertes contra los judíos, y, al mismo tiempo, otras que todavía subrayan su carácter de pueblo elegido. Fijémonos cómo, de manera simbólica, la parábola sugiere que los poderes religiosos y políticos de Israel mataron anteriormente a los profetas y recientemente al propio Jesús. Y, junto  a ello, contrasta el ser un pueblo elegido con su ingratitud con Dios. Luego concluye con serias amenazas de destrucción no solo de las autoridades del Templo sino, también, del pueblo de Israel.
  2. Un lector contemporáneo, como nosotros, tiene que hacer esfuerzos para rescatar el mensaje sustancioso de la parábola, en medio de textos tan polémicos que, por lo demás, a nosotros, que vivimos en otro contexto muy distinto, ya no nos resultan significativos. Si no hacemos este esfuerzo, nos veremos atrapados en medio de un conflicto de aquella época en el ámbito judeo – cristiano. Por un lado, acusaciones que dieron lugar al feroz antisemitismo que se desarrolló posteriormente en la Iglesia. Y, por otro, a quienes siguen creyendo en ser parte de un “pueblo elegido” generan un nacionalismo judío a ultranza, que había sido implacable en sus guerras con pueblos originarios que ocupaban la tierra palestina. Así lo recuerda el salmo 80, que se reza hoy en la eucaristía, en el que, sin pestañear alaba a Dios porque para “plantar su viña”, —Israel— expulsó a las naciones que habitaban la tierra “prometida”. Ambas posiciones han tenido trágicas consecuencias hasta nuestros días. Así como la primera llevó al holocausto de la segunda guerra mundial, la segunda ha conducido también a la actual ocupación de Palestina y al despojo y maltrato de su pueblo.
  3. En medio de esos textos tan complicados, ¿cuáles podrían ser las enseñanzas que nos entrega Mateo que podemos encontrar útiles y valiosas para nuestra vida espiritual y nuestra visión religiosa? Voy a mencionar dos. En primer lugar,   es de mucho valor para purificar nuestra comprensión del evangelio el hecho de que en este texto, por primera vez encontramos la explicación de que la muerte de Cristo no proviene de la decisión de un Dios, que nos aparece duro y despiadado, que entrega a su hijo para satisfacerse con su sangre como precio por nuestra salvación. Este texto nos libera así, ciertamente en forma de parábola,  de una teología y una predicación que ha solido presentar la obra redentora como un sacrificio sangriento exigido supuestamente por la propia justicia divina, casi enfrentando e ignorando la sensibilidad de muchos creyentes que ven en esa explicación una contradicción con el mensaje neotestamentario que se centra en un Dios que es amor. Sin embargo, claramente, aunque de forma simbólica, dice el relato que el dueño de la viña, —refiriéndose a Dios—, envía a su hijo para tratar de convencer a los viñadores arrendatarios de que entreguen los frutos que le correspondían. Son esos viñadores —simbolizando a los dirigentes y a gran parte del pueblo de Israel— los que toman la iniciativa de asesinar al hijo, lo cual comprensiblemente indigna al padre. Se refleja aquí la convicción de la comunidad mateana de que Jesús, a quien ven representado por el hijo del dueño de la viña, ha sido víctima de la conspiración de las autoridades del Templo, mientras que el Padre más bien envía a su hijo como un acto de acercamiento y confianza con los arrendatarios, es decir, con el pueblo.
  4. En segundo lugar, lo más importante en este texto, es que la comunidad también expresa su manera de interpretar su propia llamada, su vocación. Se distancian de la anterior creencia en ser pueblo elegido, al darse cuenta de que lo que al final distinga el trigo de la cizaña, no será ni la pertenencia a una etnia, ni a una institución, ni la ortodoxia doctrinal que se profese, sino la respuesta a una llamada para producir frutos. No es que Dios rechace a Israel en su calidad de pueblo elegido y ahora lo sustituya por la Iglesia, —como también lo pensó alguna corriente teológica en la historia del cristianismo, hablando del “segundo Israel”—, sino que ahora la comunidad nueva, la nueva familia, la viña amada de Dios, no es ni el pueblo de Israel, ni una Iglesia nueva,  sino que está compuesta por todos los que den frutos conforme a la voluntad de amor del Padre, sin límite de fronteras.  Esta enseñanza será recogida de nuevo por Mateo en la parábola del juicio final, del capítulo 25 de este evangelio.
  5. Discerniendo así este texto de hoy, superamos el contexto conflictivo judeo cristiano original en que fue escrito, y nos queda clara la llamada que se nos dirige a cada uno de nosotros mismos para despojarnos de formas distorsionadas de religión. Es una manera de decirnos que no nos atengamos al hecho de haber sido bautizados en una iglesia que consideramos como verdadera, ni a la creencia en que Jesús tuvo que padecer dolores extremos y sangrientos y que eso nos eximió del castigo por nuestros pecados. Lo que nos hace familia de Dios y administradores honestos de su viña es solamente la práctica del amor. Este traduce y es prueba de la autenticidad de una fe cristiana.Ω

01 octubre, 2017

26º domingo t.o.: La insuficiencia de las buenas palabras y los discursos ortodoxos

Lect.:  Ezequiel 18:25-28; Filipenses 2:1-5; Mateo 21:28-32

  1. Como pasa a menudo, el texto del evangelio que nos presentan los liturgistas no está bien recortado. En este caso, le quitaron los versículos (23 a 27) donde Mateo explica  cuándo y a quiénes Jesús contó esta parábola de los dos hijos. Más de un error o distorsión del sentido en lecturas evangélicas se dan por no conocer claramente en qué situación y a qué audiencia se dirigía Jesús. En el texto de hoy, si leemos lo omitido nos damos cuenta de que Jesús entró al Templo y que ahí los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo le cuestionan con qué autoridad es que predica y enseña al pueblo. Él les contrapregunta para que se pronuncien respecto a Juan Bautista. Quiere poner en evidencia su mala intención al cuestionarle. Y, en vez de simplemente defenderse pasa al ataque para discutir con las máximas autoridades religiosas.  Puede verse que la parábola de los dos hijos la utiliza para acusarles de escudarse en su cargo religioso y de no vivir una conducta coherente con ese cargo. Se trata de una discusión muy fuerte, al punto de que Mateo pone en labios de Jesús una de las frases más duras que podemos encontrar en los evangelios. Le dice a las autoridades religiosas supremas al terminar la parábola: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.”  No es que los ponga a la altura de las prostitutas y de los recaudadores de impuestos. Es que los pone por detrás y mucho más abajo que las prostitutas y los publicanos, aunque estos eran social y moralmente considerados como una categoría ínfima.
  2. Ese detalle tan sencillo de poner la parábola en contexto nos permite destacar dos cosas en el mensaje de hoy. Primero, nos permite acercarnos mucho más al Jesús del evangelio y verlo como uno de nosotros y no como un ser de otro mundo, casi medio esotérico, fantasmal. Por una parte, si los sumos sacerdotes y ancianos están cuestionándole su autoridad para enseñar es porque, sin duda, lo veían como alguien corriente e insignificante, un campesino, un trabajador cualquiera, sin ninguna formación ni títulos eclesiásticos, no es ni sacerdote, ni está autorizado para enseñar la Ley, ni pertenece a ninguno de los grupos de poder religioso o político. Es más, lo veían como alguien que bebía vino y aceptaba entre sus discípulas a mujeres de la mala vida a las que obviamente conocía tan bien que podía atreverse a considerarlas dignas del Reino de Dios. A esto, por otra parte, se le podría agregar la acusación de “irrespeto” porque, como lo muestra precisamente este pasaje que comentamos, Jesús es capaz de plantarse, criticar y discutir a las más altas autoridades religioas. Todos estos rasgos de la vida de Jesús no hacen sino ilustrar traduce, en la vida real de ese momento, lo que Pablo dice en la 2ª lectura de hoy: “Cristo asumió la condición de siervo, se hizo hombre en todo semejante a los hombres corrientes, sin querer retener ávidamente el ser igual a Dios”.
  3. En segundo lugar, esta contextualización del relato nos permite contar también con un elemento importante para interpretar la parábola de los dos hijos del dueño de la finca.  No es muy difícil entender que es peor la conducta del que le dijo al papá que iría a trabajar y luego no fue, que la del otro que le dijo primero que no iría pero que luego recapacitó y fue a trabajar. Es tan obvio que los mismos sumos sacerdotes y ancianos le dan a Jesús la respuesta correcta cuando él les pregunta, ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del Padre? Entonces, si esto es tan obvio, ¿cuál es la enseñanza más profunda de la parábola? Esta sale a la superficie cuando vemos que Jesús está comparando a las autoridades religiosas con el hijo que se quedó en palabras, frente al hijo que respondió con hechos. Lo que hay detrás de esos dos comportamientos es una denuncia de la hipócrita práctica religiosa de los sumos sacerdotes, versus el comportamiento de la gente sencilla del pueblo, despreciados por “pecadores” e ignorantes de la Ley. El evangelio rechaza la actitud de quien oculta  lo que realmente es refugiándose detrás de sus apariencias religiosas, en su predicación muy “correcta” y “ortodoxa” pero no respalda por la práctica sino por un “cumplimiento” exterior, legalista, de los mandamientos, pero que en su corazón está lejos de convertirse a los valores evangélicos. Lo que el evangelio valora, en cambio,  en el hijo que al principio dijo que no, es su transparencia, la capacidad de reconocerse a sí mismo, con sus errores y aciertos, y su disposición a recapacitar y a cambiar. Las autoridades del Templo eran un ejemplo de lo contrario: tan seguros de su condición clerical, que no pensaban que tenían que cambiar y que tenían asegurada la recompensa divina.
  4. A nosotros hoy el hecho de ser bautizados, haber recibido los sacramentos, practicar la misa dominical o, en un caso como el mío, el ser sacerdote ordenado y miembro de una comunidad de religiosos o frailes, nada de eso por sí solo nos garantiza que estemos en el camino correcto. Aunque todo esto de la impresión de que cumplimos los mandamientos. Un Padre de la Iglesia, gran maestro y predicador, San Juan Crisóstomo, llegó a decir, comentando esta parábola, que no se debe despreciar a los pecadores, como los recaudadores de impuestos para los invasores romanos y las prostitutas, capaces de arrepentimiento, y que no se puede contraponer los clérigos a los laicos, como si estos fueran inferiores, porque muchos laicos están a menudo por delante de los clérigos, monjes y sacerdotes, que deberían servirles de ejemplo. (Basta pensar en madres y padres de familia, pasando enormes sacrificios para sacar adelante la educación de sus hijos, con grandes apreturas económicas, para cobrar conciencia del sinsentido de valorar por encima de ellas compromisos clericales que pueden no pasar de un conjunto de formalismos). Mateo nos recuerda una vez más que lo que sale de nuestro corazón, los valores que tenemos arraigados  ahí, es lo que nos hace de verdad cristianos, junto a nuestra transparencia y sinceridad para reconocer nuestros fallos y estar abiertos al cambio.  Como dijo el papa Francisco esta mañana en su homilía: todos somos pecadores pero “podemos elegir entre ser pecadores en camino, que permanecen escuchando al Señor y cuando caen se arrepienten y se levantan, como el primer hijo; o ser pecadores sentados, listos para justificarse siempre y sólo en palabras según aquello que les conviene”


24 septiembre, 2017

25º domingo t.o. Las raíces de la solidaridad

Lect.: Isaías 55:6-9; Filipenses 1:20-24, 27; Mateo 20:1-16

  1. Una situación como la que describe el texto de hoy de Mateo parece encontrarse a miles de kilómetros de distancia, de lugar y tiempo, de nuestra sociedad actual, en particular en Costa Rica. Porque podemos pensar en casos de algunos empresarios injustos que no pagan salarios mínimos o las obligaciones del Seguro (en 2011 se estimaba una cantidad de alrededor de 220 mil trabajadores, afectados en diverso porcentaje de sustracción de las cantidades que les corresponden por ley). Pero, ni por asomo, podemos imaginarnos un patrono que decida pagar a unos trabajadores mucho más de lo que merecen, más de las horas trabajadas, marcadas por tarjeta o por otro medio. Entonces, ¿qué relación tiene esta parábola con nuestro mundo y nuestros problemas? Bastante más de lo que se nos ocurre de primera entrada. Veamos un ejemplo.
  2. Hace poco tiempo, a propósito de la crisis de fondos del régimen de pensiones de invalidez, vejez y muerte, volvió a ponerse sobre la mesa el orgullo que es para Costa Rica poder contar con un sistema de seguridad de salud que garantiza, por medio de la CCSS, servicios universales y solidarios. Claro que como sucede en circunstancias de crisis, también salen a flote críticas de algunos grupos, generalmente de gente muy acomodada, que aprovecha para cuestionar ese sistema de aseguramiento de la salud pública y a lanzar cuestionamientos sobre por qué los patronos y el Estado deben asumir lo que ellos llaman “cargas” sociales para cubrir servicios de salud de los trabajadores de menores ingresos. Incluso algunos basan su crítica en que estas obligaciones solidarias de la sociedad civil, ponen a Costa Rica en desventaja para competir, frente a otros países que carecen de esta protección para los trabajadores y por eso les sale más barata la mano de obra y pueden ofrecer sus productos a precios más “atractivos”.
  3. Ciertamente, otros muchos países carecen de un Seguro Social como el nuestro. No solo el resto de los centroamericanos (excepto Panamá, si la unimos a nuestra región) sino, también, incluso un país al que suele idealizársele mucho, los Estados Unidos de América. A los EE.UU le ha costado décadas de discusión y lucha  para empezar a superar la situación de desprotección en materia de salud, en que desde siempre se encuentra sumido un alto porcentaje de la población. (En el 2013, 44 millones de estadounidenses se quedaron sin seguro médico (cerca del 16% de la población total). La mayoría de los no asegurados eran familias trabajadoras y otros que simplemente no pudieron pagar un seguro médico. El presidente Obama logró modificar la legislación para cubrir a más de 20 millones de personas entre los muchos más que carecían de protección, pero el actual presidente Trump, aunque nos llame la atención, está intentando desmantelar el programa establecido por el gobierno de Obama.
  4. ¿Por qué vemos una relación entre estas situaciones de CR y de EE.UU  con el texto evangélico que acabamos de leer?  En la parábola de hoy se nos está hablando es de la reacción de unos trabajadores contratados para una jornada, que se indignan por la actitud del propietario que los contrató, porque decide pagar la jornada completa a quienes solo trabajaron una hora, al final del día (por cierto, sin culpa suya, sino porque eran desempleados a los que nadie los contrataba). Esta la parábola de hoy nos recuerda también otra, la del hijo pródigo, en la que el hijo mayor se indigna por la acogida que el papá hace al hijo menor, mal portado, que se había ido de casa y despilfarrado su parte de la herencia paterna. Por debajo de estas reacciones, de ambos relatos, lo que podemos descubrir es la denuncia evangélica de actitudes egoístas y mezquinas de personas y grupos que, como sugiere Mateo, no se alegran de que, al menos, parte del bienestar del que disfrutan  pueda extenderse a otra gente, menos favorecida,  empobrecida y marginada.
  5. Habitualmente hay dos formas que tienen los países de organizarse para resolver los problemas de salud, educación, empleo y alimentación de la población. Una es dejando que las personas y familias se las agencien por sí mismas, confiados en la dinámica de la economía (lo que llaman la “dinámica del mercado”) para resolver sus problemas, aunque en realidad muchos no están en igualdad de condiciones ante esa dinámica, porque no gozan ni de recursos, ni  de empleo, ni de otras condiciones que les facilite su participación favorable en la actividad económica y puedan tener movilidad social. Otra es, partiendo del hecho de que todas las personas, independientemente de la clase social en que nacimos, del género al que nos identifica, de nuestro origen étnico, somos igualmente seres humanos, con iguales derechos a vivir y a tener condiciones para un nivel de vida decente y digna (Derecho al trabajo, a la salud, a la educación, al agua, a la vivienda…) Y que estos derechos y esas condiciones de ejercerlos tienen que ser garantizados por la sociedad en su conjunto, es decir, por todos nosotros, utilizando  como instrumento de nuestra solidaridad las políticas del gobierno. Desde esta segunda posición se considera que un país como el nuestro  tiene que organizar sus gastos públicos, conforme a prioridades de los derechos humanos y no por presión de meros intereses lucrativos de los grupos más poderosos. Es decir, el principal destino de los dineros públicos debe ser siempre el de crear condiciones que  garanticen a todos una existencia digna, gracias a programas que, de hecho, implican una redistribución más democrática de los ingresos y, de esa manera, fortalecer la democracia económica y política del país.
  6. Salvando las distancias de tiempo y lugar, y considerando el fondo del mensaje de Mateo, podemos decir que este tipo de solidaridad es el que el propietario en la parábola de hoy esperaba que tuvieran los primeros contratados con los que llegaron al final. Como el evangelista dice que “el Reino de los Cielos es semejante a este propietario”, podemos interpretar que se nos pide construir una sociedad y una Iglesia que se identifiquen con el espíritu y valores de este reino de Dios. Como lo vemos, es una perspectiva que supera los meros legalismos, y que incluso va más allá de la lucha por la justicia, porque busca establecer un nuevo orden de relaciones que se construya sobre la conciencia de que todo lo que somos y tenemos es fruto de la gratuidad y generosidad de Dios, como nos lo atestigua nuestra propia experiencia. De ahí se deriva nuestro comportamiento solidario.
  7. Es la solidaridad que, en la situación social y económica de hoy día, el evangelio nos pide también, en particular a quienes hemos logrado niveles de vida aceptables, para que quienes no los tienen puedan alcanzarlos. Y entonces el llamado de Jesús para nosotros, cristianos, está motivado no solo en invocar el debido respeto a los derechos humanos que todos tenemos para una vida digna —lo cual es, por supuesto muy importante—, sino, además, en tener claro que si todos participamos de la vida de un Dios que es bondad, y generosidad gratuita para todos, esto debe manifestarse en nuestra práctica y compromiso cotidianos.Ω

17 septiembre, 2017

24º domingo t.o.Una experiencia eclesial distinta

Lect.: Eclesiástico 27:30--28:9; Salmo 103:1-4, 9-12; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

  1. Continuamos hoy reflexionando y orando sobre el tema del perdón que empezamos el domingo pasado. Nada fácil. Si estuviéramos en las sandalias de Pedro y escucháramos de Jesús la exigencia de perdonar “setenta veces siete”, nos echaríamos a temblar o saldríamos corriendo, ante el temor y la frustración por no tener, ni de lejos, esa capacidad del perdón perfecto, incondicional,  que nos está pidiendo el Maestro con esa frase que no tiene significado aritmético, sino metafórico. La actitud de perdón nosotros mismos la pedimos,  —y hasta la damos por supuesta— cada día, en la oración del Padrenuestro al decirle a Dios que nos perdone así como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido. 
  2. Tenemos que ser realistas. Todos podemos pensar en una serie de situaciones hoy día, en nuestra vida familiar, de vecinos y de nuestras sociedades que parecieran hacer imposible el cambio de actitud personal ligada al resentimiento, al rencor e incluso al deseo de venganza. Estos sentimientos negativos casi que, en muchos de nosotros, surgen como reacciones automáticas ante una ofensa o un daño que experimentamos personalmente o un crimen intolerable cometido contra otros. A pesar de ello, estos días atrás hemos visto al Papa Francisco en Colombia acercarse a una sociedad profundamente dividida por décadas de una guerra sangrienta que creó en los diversos bandos y en la sociedad civil, cientos de muertes e incalculable sufrimiento. Y en ese escenario se ha atrevido, ha tenido la valentía, de invitar a todos los grupos, a “dar el primer paso” en la línea de perdón y no de venganza.  A los militares ha pedido “arriesgar para hacer paz, para lograr paz”. A familiares de víctimas y de victimarios les ha dicho, “Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas”. No minimiza en ningún momento la enormidad del dolor y, a pesar de ello, ante el Cristo mutilado de Bojayá, interpreta que Él “nos muestra una vez más que vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.” 
  3.  Aunque en Costa Rica  no vivamos situación tan extrema, las dificultades para esta actitud a la que llama el Papa las encontramos también nosotros, en torno nuestro. ¿Cómo perdonar al asesino de un hijo o de un esposo? ¿al violador de una hija menor? ¿al chofer ebrio, irresponsable que mata a unos jóvenes ciclistas que hacen deporte y se da a la fuga? ¿al político o empresario corrupto que se aprovecha para un uso egoísta de bienes públicos que son para el bienestar de la población? La lista de casos que nos interpela es interminable y ante eso no solo dudamos de nuestras fuerzas para perdonar sino también dudamos de que  sea el perdón y no la justicia lo que haya que aplicar en estos y otros casos.
  4. Todo el capítulo 18 de Mateo, sin embargo, nos da una clave para pensar de una manera distinta el conflicto interior que se nos plantea. Y nos la da porque en este capítulo se sugiere una fotografía de un tipo de iglesia cristiana que no es la frecuente representación de una Iglesia como institución jerárquica, como organización sostenida por leyes y reglamentos. Mateo aquí nos está hablando como a miembros de una iglesia cuya esencia debería ser, ante todo, el de un espacio para una vivencia de comunión, de una experiencia de un amor desbordante  e inesperado de Dios que tiene la fuerza para invadirnos por completo y transformarnos interior y exteriormente. Cuando en la parábola se reprende fuertemente a quien no sabe perdonar, no se hace porque se trate de una obligación legal hacerlo, ni simplemente por ser algo positivo para la convivencia ciudadana. Lo que no tiene sentido para este evangelio es que alguien que ha  experimentado la gran compasión y perdón del Padre no se haya dejado cambiar por este extraordinario amor.  
  5. Mateo no ignora que es tarea personal de cada uno el cultivo de sentimientos de amor y de misericordia pero, como  lo deja claro la parábola que acabamos de escuchar, eso no es suficiente, es también tarea comunitaria, colectiva el crear condiciones que favorezcan pensamientos, sentimientos y acciones de perdón.  En la comunión fraterna se experimenta el amor y la compasión de Dios. Es quien ya ha experimentado y tomado conciencia del perdón de Dios que continuamente nos cubre y nos sostiene, quien  luego no podrá salir a tratar con intolerancia a otros que, como nosotros, también cometen fallos y ofensas. Menos aún a ser intolerantes con otros cuya  única “falta” es tener una concepción ética y religiosa diferente de la nuestra. Por eso la vocación principal de la Iglesia a la que pertenecemos es la de ser un ámbito en el que cualquiera que libremente se acerque o se incorpore pueda tener esa experiencia y esa vivencia del amor de Dios misericordioso.
  6. Si  la Iglesia se construye como un espacio, un ámbito que nos permita experimentar de continuo la gratuidad del amor de Dios, si la Palabra que escuchamos y los sacramentos que celebramos se orientan a subrayar la misericordia y no la ley; la comprensión, la comunión con los pequeños y más débiles, y no las diferencias jerárquicas, de poder religioso, esa Iglesia comunión se hará presente como fuerza del amor de Dios que progresivamente nos irá configurando como hombres y mujeres de perdón. Para recuperar este espíritu evangélico en todas las funciones y actividades de la iglesia, en los diversos ministerios y, particularmente, en el de la catequesis y formación religiosa, se requiere, de nuestra parte, una doble tarea. Por una parte, la del cultivo personal de nuestra sensibilidad y especialmente de sentimientos misericordiosos por el hermano o hermana en cuya debilidad vemos reflejada la nuestra propia. Y, por otra, la de nuestro esfuerzo personal por contribuir a que nuestra Iglesia, sus ministros y catequistas,  no se queden en meras estructuras jurídicas, legalistas, o de poder,  sino sobre todo y ante todo, en servidores para que todos y todas las cristianos tengamos como base fundamental de nuestra formación,  una vivencia de comunión, capaz de impactar  incluso en una sociedad secularizada y pluralista.Ω

10 septiembre, 2017

23º domingo t.o. El amor no contradice, va más allá de la justicia

Lect.: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20

  1. Estamos acostumbrados a que las enseñanzas de los evangelios, la mayor parte de las veces, se nos transmitan y las asimilemos examinando los contenidos del relato o pasaje correspondiente. Pero hay otra perspectiva interesante a la hora de leer e interpretar los evangelios, de la que también podemos aprender mucho, aunque no suele abordarse así. Es complementaria de la anterior y trata de ubicar el relato o mensaje haciendo referencia a la forma como fueron escritos estos textos. Dicho de otra manera, a factores que incidieron en el planteamiento que hace el redactor. Muchas cosas pueden aprenderse de ese  tipo de perspectiva. Así sucede, por ejemplo, en el texto evangélico de hoy. Tendríamos que estar muy distraídos como para no caer en la cuenta de que en estos párrafos nos topamos con una abierta contradicción o incoherencia con las enseñanzas del evangelista en otras partes de su propio libro. Hoy nos habla, prácticamente, de un proceso “judicial –eclesiástico”,  armado a raíz de un hecho negativo, sucedido en la comunidad, reprobable, sin duda, pero cotidiano y normal en cualquier comunidad religiosa o no, como es el choque entre dos hermanos, por el daño causado por uno de ellos sobre el otro.
  2. La incoherencia la podemos descubrir fácilmente —y si no solemos verla es porque quizás hemos “sacralizado” de tal manera estas Escrituras, que olvidamos que sus autores son seres humanos, que no siempre somos coherentes en las diversas expresiones y discursos que pronunciamos. Es inevitable preguntarse, ¿Cómo compaginar estas rígidas prescripciones del proceso con otras enseñanzas del mismo Mateo que van más bien en la línea del perdón, de la superioridad del amor. Apenas unos versículos después del texto de hoy hay otro en que Jesús le dice a Pedro que debe de perdonar hasta setenta veces siete, es decir, siempre y, a ese propósito, narra la parábola del “deudor implacable” (Mt 18: 21-35) en donde resalta el nuevo orden de misericordia y compasión que se inaugura con Cristo. Destaca ahí una reprimenda que evoca lo que dirá el Padre Celestial cuando no sepamos perdonar a quien nos ofende: ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?"  En cuanto al juicio sobre el comportamiento de los hermanos, el inicio del cap. 7 (Mt 7: 1 – 3) es categórico: “No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes. ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? La verdadera ley de vida de la comunidad no es la ley de la exclusión, sino del perdón, fruto del amor. En el mismo capítulo 18, antes del pasaje de hoy recalca que “el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”y lo ilustra con la comparación del hombre que tiene 100 ovejas y una de ellas se pierde, “¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.  
  3. Además, en la visión mateana, como lo hemos visto hace pocos domingos,  en la parábola del trigo y la mala hierba, la comunidad cristiana, la Iglesia, es un lugar donde estarán juntos el bien y  el mal hasta el día del juicio (13, 37-43 49s, 22, 11-14.  De forma más precisa, como lo dijimos en su momento, en cada uno de nosotros, miembros de la comunidad, el mal y el bien coexistirán hasta el final.  Tal pareciera, entonces que en el caso de este domingo el texto evangélico se distancia de estas otras enseñanzas o, simplemente, las contradice. ¿O cómo debemos entenderlo?
  4. Entre diversas explicaciones de estudiosos bíblicos, hay una que me convence más y que da lugar a la siguiente reflexión. Pienso que con esta tensión entre posiciones contradictorias se nos transmite una enseñanza  valiosa para nuestra propia vivencia en el evangelio, 21  siglos después.  Unas y otras posiciones, las rígidas y las compasivas existían, no pueden negarse, todas están a lo largo del texto del escrito de Mateo. Pienso, sin embargo, que más que reflejar posiciones originales del propio Jesús, se trata de posiciones de la comunidad mateana. Esta era una comunidad judeo-cristiana, es decir, de judíos conversos al naciente movimiento cristiano. En esos primeros momentos se encuentra en una situación muy difícil. Por una parte, quieren ser fieles a la Alianza establecida con Yavé – Dios, a su Ley y a las tradiciones de sus ancestros. Y, por otra, se ven desbordados en sus prácticas tradicionales del Antiguo Testamento, ante el testimonio de amor y misericordia de Dios manifestados en Jesús de Nazaret. No saben, porque no es fácil, cómo armonizar ambos extremos.  El tiempo pasará, y acabará predominando la fuerza de la Buena Noticia de misericordia y amor de Jesús. Lo atestigua la segunda lectura de la liturgia de hoy, de la carta de Pablo a los Romanos, donde el Apóstol afirma, sin ambajes, “el que ama al prójimo, ha cumplido la ley” y “La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”.  Leyendo ya el conjunto de Mateo, cobran más peso las afirmaciones que van en esta línea, por encima de las fundamentalistas judaizantes. Acaban imponiéndose, pero no sin dejar trazas de esas tensiones, y de contradicciones, en torno a cómo interpretar la vida de Jesús de Nazaret, como reinterpretar el Antiguo Testamento y cómo aplicar la enseñanza a su propia vida.
  5. Tenemos aquí una gran lección para nosotros católicos cristianos del siglo XXI, que, en una época de enorme cambio social y cultural, podemos sentirnos prensados también, entre interpretaciones rígidas, legalistas, apegadas a formas de vivir lo religioso heredadas de situaciones de otras épocas, cuando fueron valiosas,  y el mensaje refrescante, de actualidad, de gran autenticidad y amor evangélico de alguien como el papa Francisco. Todavía hoy, el Papa en visita a Colombia contemplando de cerca tantas víctimas de la violencia, ha manifestado:“Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente.”  Francisco continúa firme en “rezar por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido”.
  6.  
  7. A algunos sectores católicos puede meterse el temor de la infidelidad, a dudar si nos estamos rindiendo ante la influencia de una nueva sociedad secularizada, laica.  Para otros, se trata más bien de la exigencia del cambio de formas y de expresiones en la formulación de nuestra fe y, sobre todo, de prácticas anacrónicas, que ya no caben en una sociedad pluralista y multicultural. Por eso, del texto de hoy que nos transmite las tensiones en que vivieron las primeras comunidades, en particular las de Mateo, podemos aprender a tomar nuestras propias tensiones como algo normal de siempre en el proceso de inculturación de la vida cristiana. Aprendemos, también, que en cualquier discusión y situación entre posiciones opuestas de cristianos, hay criterios que deben prevalecer sin discusión, como son el amor y la misericordia,  y la superioridad del desatar sobre el atar.  Y, en definitiva, aprender que, igual como se les pidió a las primeras comunidades, también nosotros debemos resolver nuestros conflictos y diferencias siempre en un marco y práctica de oración comunitaria, a sabiendas de que es en la oración, cuando dos o más nos reunimos en su nombre, donde se garantiza la presencia de Cristo en la comunidad. En la oración se nos enseña a ejercer la autoridad, la práctica de la ley y el ejercicio del perdón. Sin duda que, inspirados por el Espíritu de Jesús aprenderemos a superar las tensiones y contradicciones entre interpretaciones diversas.Ω

03 septiembre, 2017

22º domingo t.o.: la cruz: un no a una religión inofensiva

Lect.: Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27



  1. Darse cuenta de lo que es Jesús, conlleva darse cuenta de lo que cada uno de nosotros es, en cierta forma, por lo que buscamos, al hacernos discípulos suyos. Ya lo empezamos a ver el domingo pasado y hoy se lo deja más claro a Pedro. Y le deja claro que el tipo de opción de vida que asumió Jesús inevitablemente crea problemas y, en su caso, conflictos con el poder político y religioso, persecución y al final, la condena a muerte.  Cuando repetimos la frase del texto de Mateo de hoy, sobre “tomar la cruz y seguirlo”, se corre el riesgo de banalizar la expresión o de darle tal extensión que, en el límite, no expresa más que afirmaciones genéricas de sentido común. Así, por ejemplo, suele entenderse como una exhortación realista a aceptar las cargas y las luchas de la vida; o un consejo espiritual, semejante al de las tradiciones budistas e hinduistas, de cómo enfrentar el dolor y las pérdidas sin que se conviertan en sufrimiento. Sin duda que del Evangelio pueden derivarse enseñanzas semejantes, pero no es el caso del texto de hoy. Con la frase de “tomar la cruz” que, obviamente, no puede ser de Jesús y seguro que se origina en la comunidad de Mateo, se evoca la invitación del Maestro a seguirlo aunque ese seguimiento no está exento de “cruces”, es decir, de choques y conflictos ligados al tipo de opción de Jesús y del movimiento evangélico.
  2. Jesús tiene compasión de esas multitudes que en su sufrimiento, en su pobreza y hambre, vuelven a él la mirada con esperanza. Jesús se alinea con la causa de los pobres de Palestina,  una tierra dominada no solo por el imperio romano, sino por las prácticas injustas de quienes desde el poder religioso y político, controlaban el poder económico, la producción y el comercio de la uva, el trigo y el aceite. Jesús no solo quiere aliviar la pobreza y marginación de muchos, sino que quiere cambiar una sociedad donde los intereses y el poder de unos pocos, producen la exclusión de grandes mayorías del disfrute de los bienes de la tierra, una tierra que en su tradición entendían como “prometida” para todo el pueblo.. Y esa toma de posición de Jesús, que para él traduce en sentido pleno su mandamiento del amor, es la que él pide también de sus discípulos. Quiere que ellos también sientan compasión por aquellas multitudes, —la opción cristiana no se origina en un análisis científico de la situación, aunque este puede ayudar—, sino en un profundo sentimiento de empatía, de pasión – con los que sufren injustamente, con los “descartados”, que dice el Papa Francisco. Pero quiere que a los discípulos les quede claro que este seguimiento del evangelio, de la Buena Noticia, conlleva, como en su caso, conflictos y sufrimientos y, al final, por la cerrazón de los poderosos, la muerte en la cruz.
  3. Cuando Jesús les preguntó qué pensaban que era él, Pedro había reflejado su fe en Jesús como Mesías por cuanto quizás lo veía como un líder capaz de reagrupar  las tribus de Israel para hacer del pueblo judío una gran nación libre. De ahí su reacción negativa ante la perspectiva de la muerte de Jesús, incompatible, en su visión, con el liderazgo nacional requerido para la tarea mesiánica. Los padecimientos y la muerte no pegaban con su concepto de Mesías. Aunque quizás, también, Pedro reacciona así porque cae en la cuenta de que su propio futuro, su propio destino, va ligado al de su Maestro y eso le inspira temor. Teme a las consecuencias del seguimiento. Nos pasaría a cualquiera de nosotros. 
  4. Y digo “nos pasaría” porque tratando de ser objetivos y sinceros, debemos reconocer que hoy en día la confesión de fe cristiana no la solemos entender como adhesión a ese compromiso, a esa alineación de Jesús al lado de los que sufren los efectos de una sociedad injusta. En realidad, pareciera que nuestra confesión cristiana en un país como Costa Rica, no resulta amenazadora, ni siquiera inquietante para los poderes responsables de los sufrimientos de aquellos que despertaban la compasión de Jesús. Siento que hemos derivado en una confesión que solo pone énfasis en obligaciones rituales y sacramentales, en repetir fórmulas doctrinales que no afectan la vida de la sociedad y, a lo sumo, en guardar una moralidad que colabora a la convivencia social y familiar, y en esto coincide  con otras posiciones  religiosas y no religiosas que solo se preocupan porque la ley y el orden sean respetados. Esto está bien, es necesario para la salud de la ciudad y del país,  pero no refleja las prioridades de Jesús y del Evangelio, a las que se refiere el evangelio de Mateo.
  5. Lo peor de quedarse en esta práctica inofensiva del Evangelio es que, sobre todo en las nuevas generaciones más jóvenes, deja campo libre a estilos de vida nada constructivos, por no decir que a menudo hacen el juego a la injusticia imperante. Son estilos de vida demasiado narcisistas, centradaos en una visión superficial de la felicidad, que no se apuntan con el compromiso cristiano en serio, por temor a no ser populares, a no ser acogidos y aprobados por los grupos supuestamente “exitosos” en el medio.  Como si la garantía de la calidad de nuestra vida cristiana nos la diera el número de “me gusta” (“likes”) que consiguen nuestras actividades, lo que hacemos, pensamos y transmitimos en las redes sociales, o los selfies que publicamos porque nos muestran sonrientes y satisfechos y, si topamos con suerte, a la par de alguien “famoso” o de algún político en campaña preelectoral.  Podemos preguntarnos si es aquí, entre esa vida superficial versus la de serio compromiso  se juega la alternativa de perder la vida ganándola o, por el contrario, creer que se gana, perdiéndola. Pero como a Pedro, también a nosotros nos da miedo el costo que puede tener el seguimiento del evangelio de Jesús, por más que sus palabras nos garantizan que no nos está invitando a sufrir por sufrir, a ninguna práctica ascética masoquista, sino que nos da la oportunidad de hacer, trabajar y vivir con satisfacción enrolados en la construcción de un mundo nuevo,  realizándonos y alcanzando nuestra plenitud de vida humana, tanto en momentos de disfrute como en los de dolor, “los dos materiales” que conforman los ciclos de nuestra existencia.Ω