25 junio, 2017

12º domingo t.o.: el anuncio del evangelio no genera aplausos de todos

Lect.: Jeremías 20:10-13; Romanos 5:12-15; Mateo 10:26-33

  1. El texto evangélico de hoy contiene el final de las recomendaciones que hace Jesús a los Doce apóstoles cuando los envía “a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. No es todavía el mensaje que les dará cuando los envía a anunciar la Buena Noticia a todos los pueblos (Mt 28:19), pero tiene un contenido parecido. Los versículos  finales  del texto, que son los que leemos hoy encierran  la convicción de Mateo de que la predicación y, con ella, el discipulado de Jesús, traen consigo necesariamente el sufrimiento ligado a la persecución de la que serán objeto. Este pasaje evangélico, como todo el capítulo 10 de Mateo, ha sido tema de muchas discusiones a lo largo de la historia sobre su significado y su aplicación, sobre todo para épocas posteriores a su redacción, como la nuestra.  Y en nuestra vida práctica es posible que no acertemos a la primera, sobre lo que quiere decirnos a nosotros. ¿A qué “persecuciones” y “sufrimientos” se refiere? Sería evadirnos de lo esencial si tan solo pensamos en épocas lejanas en el tiempo como, por ejemplo, la época del imperio romano cuando, inicialmente, se perseguía a los cristianos porque atentaban contra la unidad del Imperio. O si pensamos, en nuestro propio tiempo, pero distantes geográficamente, en la persecución de ISIS, el llamado “Estado Islámico”, en Iraq y Siria, que ha tenido muchas víctimas de grupos cristianos muy antiguos, pero que son asesinados como otros no cristianos, incluso muchos musulmanes, porque estorban a los intereses de dominación política y militar de ese “Estado Islámico”. En concreto, para quienes vivimos en el mundo occidental, en un país como Costa Rica, ¿A qué “persecuciones” y “sufrimientos” se refiere?
  2. Para aproximarnos a una respuesta, debemos tener en cuenta los criterios que nos da el propio Mateo. Para el evangelista, la persecución deberá venirnos inevitablemente porque “el discípulo no es mayor que su maestro”. En la medida en que hagamos nuestra la misión de Jesús, y nos identifiquemos con su compromiso esto generará oposición, al menos, e incluso persecución de parte de quienes no comparten ni simpatizan con esa misión de Jesús.  El compromiso del Maestro es el de una vida  de servicio e identificación con los pobres, los excluidos, los descartables.  Es un compromiso que llama a las iglesias cristianas a una vida de mayor sencillez y desapego, de renuncia al poder —político, económico y religioso—, y a una mayor distancia de los poderes financieros, dominadores del mundo, y de la violencia que generan sobre los más débiles, al producir mayor pobreza y desigualdad.
  3. Un caso que ilustra la oposición y persecución que se genera por parte de esos poderes de este mundo hacia los que abrazan con sinceridad la misión comprometida de Jesús, podemos verlo en las críticas que golpean hoy en día al papa Francisco, incluso desde dentro de sectores eclesiásticos con demasiado apego a prioridades muy distantes de los valores que proclama el Papa. El pasado 13 del presente mes de junio, Francisco dirigió un mensaje a toda la Iglesia preparándonos para realizar la Jornada mundial de los pobres. El Mensaje es un buen reflejo de lo que Francisco asume como prioridades para la Iglesia, conforme a su lectura del Evangelio. Y nos permite entender fácilmente el por qué de los ataques que recibe desde dentro de sectores clericales de la Iglesia. Con esta Jornada el Papa, nos lo dice con claridad, intenta, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionemos contra la cultura del descarte y del derroche, y hagamos nuestra una cultura del encuentro.
  4. Al mismo tiempo, el Papa invita a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Francisco nos recuerda que “Dios creó el cielo y la tierra para todos; y que son los seres humanos, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna”.  Es comprensible que, con este mensaje de Francisco que, en definitiva llama a construir un ser humano nuevo y una sociedad nueva distinta de la que han construido los intereses de acumulación del dinero, se provoquen críticas y oposición a la línea de Francisco, que no es otra que la del evangelio de Jesús. Lo mismo nos pasará a nosotros si tenemos el valor y la audacia para hacer nuestra esa línea de Francisco y del evangelio. Las persecuciones y conflictos se desprenden de este tipo de opción y no de una mera adscripción formal a la Iglesia Católica, ni de una comprensión “aguada” de lo que significa ser cristiano, reduciéndolo a prácticas rituales, piadosas o, incluso, de un énfasis meramente moralista, que no añade nada específico al mensaje de Jesús.
  5. Para nosotros, entonces, si tomamos la decisión de asumir, de hacer nuestra la misión de Jesús, como forma de vivir el cristianismo, sí cabe la posibilidad de toparnos con posiciones contradictorias que nos generen conflictos, críticas y persecuciones de algún nivel. En ese caso, nos deberán resonar las palabras de Jesús en el texto de hoy de Mateo: “no les tengamos miedo a quienes por esto nos persigan”.  El ejemplo del papa Francisco nos da ánimo. Mons. Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador y recién nombrado Cardenal, nos dice del papa Francisco: “aunque sufra una "crítica feroz" por algunas de sus decisiones "totalmente revolucionarias", ha puesto "sus pasos en las huellas del Señor", y toma los reproches que le llegan "con un grandísimo sentido del humor”. Es una forma simpática de expresar la fuerza que da el seguimiento de Jesús, hasta el punto de relativizar las dificultades que se encuentran en el camino.Ω

18 junio, 2017

Domingo del Corpus Christi: ¿rito o comunión?

Lect. Deuteronomio 8:2-3, 14-16, I Corintios 10:16-17, Juan 6:51-58



  1. La palabra “comunión” está inseparablemente asociada a nuestra experiencia de la Eucaristía. Desde pequeñitos escuchamos en la casa y en la Escuela o en la Catequesis de la Iglesia que se nos iba a preparar para “hacer” la Primera  Comunión. Quizás el hablar de “hacer” la Comunión, más que “recibirla” podría habernos dado la pista, muy sencilla todavía para esa edad, del sentido profundo de la Eucaristía, que apunta a que la comunión tenemos que construirla. Posteriormente hemos oído muchas veces cuando predicadores nos hablaban y lo hemos repetido nosotros mismos, que este es un “sacramento —o misterio— de  comunión”. Lo que tal vez no es tan seguro es que hayamos entendido bien, o que se nos haya explicado bien, lo que está contenido en esa palabra.
  2. A uno le entran dudas incluso por el uso del verbo que se deriva de la palabra “comunión”: comulgar. No sería la primera vez que alguien, o nosotros mismos, nos dijéramos, “sí, yo no falto a misa los domingos, pero no siempre, o casi nunca comulgo”. Hablar así expresa la creencia de que la comunión, comulgar, está ligado nada más al hecho y momento de recibir la hostia, el pan consagrado.  Pero, más allá de eso, hay algo más que produce duda sobre nuestra comprensión del término “comunión”.  Las prácticas piadosas heredadas de diversos momentos de la historia de la Iglesia han llevado a muchos creyentes a priorizar actitudes de adoración ante el Santísimo, de “exposición del Santísimo” o de recibir la “bendición con el Santísimo” pero, aunque estas prácticas piadosas tengan un origen e intención buenos, y un significado especial en el siglo en el que surgieron (por ejemplo, la Exposición del Santísimo en los siglos XVI y XVII), queda la duda de que  hoy por hoy transmitan el sentido fundamental de que la Eucaristía es una celebración de comunión.
  3. En el texto de hoy, el evangelista Juan nos ayuda a rectificar y a retomar el sentido principal que la vida y muerte de Jesús dan a la Eucaristía como comunión. Por supuesto que, aparte de este texto concreto, los gestos de la celebración, como lo son el partir y repartir el pan, el compartir todos de una misma mesa, nos indican ya lo que se significa en la eucaristía. Pero Juan va más al fondo, para aclarar de que se trata esa comunión, comunión en qué y de quiénes. La extraordinaria metáfora, —y puede que chocante para quienes le oían—, del “comer”, la usa la comunidad joanina para expresar lo inexpresable: la mutua inhabitación, (El habita en nosotros y nosotros en él), eso de lo que hamos hablado a menudo en estas reflexiones. Al darse Jesús al creyente, está evocando la idea de que, como en la alimentación ordinaria, solo que a la inversa, Jesús borra la distancia entre él y todos los que lo reciban con fe. Transforma su vida, para que quede, como la suya propia, una vida vuelta hacia el Padre, (otras veces hemos citado a Pablo diciendo que “nuestra vida está oculta con Cristo en Dios”). Ambos se hacen uno solo. En ese sentido se realiza en la Eucaristía una común - unión. Por nuestra convicción de fe, participamos en la vida y muerte de Jesús. La Eucaristía celebra la “primera” liberación” o “salvación” que nos da Jesús: liberarnos de sentirnos distanciados de nuestro Padre Dios, como si fuésemos dos entidades distintas y separadas, y se borra también la idea de que los humanos estamos distanciados unos de otros, que tenemos destinos independientes. Y de ahí viene todavía, el otro aspecto que Juan quiere transmitirnos. Esta liberación, esta comunión, se realiza al “comer el cuerpo” y al “beber la sangre”.  Por la manera hebrea de entender al ser humano, “carne” y “sangre” expresan la totalidad de la persona. Comer y beber, en este caso, significa entonces la adhesión más total que pueda pensarse a la persona de Jesús, al tipo de vida, al compromiso y entrega que él mostró siempre.
  4. Desde esta perspectiva, “hacer la primera comunión”, o la centésima o el número que sea, cobran el sentido de adhesión firme, de nuestra parte, para vivir con las mismas opciones de vida con que vivió Jesús de Nazaret: el servicio, la autodonación, la solidaridad…. Pienso que si entendiéramos la celebración Eucarística de esta manera, estaríamos más cerca de transformar esas “misas”, a las que asistimos cada domingo, en auténticas celebraciones comunitarias.Ω

11 junio, 2017

Fiesta de la Santísima Trinidad: una vivencia, no una reflexión filosófica

Lect.:  Éxodo 34:4-6, 8-9; II Corintios 13:11-13; Juan 3:16-18

  1. Después de los mensajes de los domingos del tiempo de Pascua, que concluimos hace una semana, en la celebración de Pentecostés, nos quedó claro que para las primeras comunidades de discípulos lo esencial de vivir la resurrección no era ponerse a hacer doctrinas, grandes reflexiones intelectuales, teológicas sobre la resurrección, sobre Cristo o sobre Dios. Más que todo, lo importante que compartían era su experiencia del resucitado en sus vidas, y en esa experiencia de Jesús, la experiencia que tenían de Dios. Dicho de otra manera, vivían a Dios, así como vivían la resurrección de Jesús viviendo como resucitados. No trataban de ponerse a analizar qué es Dios, o cómo es, porque, como ellos eran muy conscientes en la tradición judía, a Dios no se le podía conocer, ni representar no solo con imágenes, sino tampoco con conceptos.   Dios no puede expresarse ni como un objeto, ni como un ser humano u otro, porque si lo concibiéramos así de limitado, ya no estaríamos hablando de Dios. Serán otros tiempos, otras culturas, de mayor preocupación filosófica, unos siglos después cuando tratan de expresar conceptualmente (y muy complicado para nosotros hoy día) lo de la “fe en la Trinidad”.
  2. Al pasar de la primera época, de considerar la experiencia y la vivencia de Dios como lo esencial, a una repetición material de formulaciones dogmáticas, en  lenguaje filosófico (una sola naturaleza, sustancia,  tres personas, relaciones intratrinitarias, etc.) muchos cristianos pierden la vitalidad de su fe y casi se acercan y se quedan meramente en una creencia, en fórmulas  repetidas no comprendidas, perdido el lenguaje vivo evangélico, transmitido en la experiencia de Jesús.
  3. Si hoy intentamos acercarnos a esa experiencia, podemos partir, como de ayuda, de hechos sencillos, como el de nuestro propio bautismo. Ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es, literalmente, estar inmersos, ser sumergidos en la vida de Dios y y abrirnos a experimentarlo como fuente de nuestra propia vida, —que llamamos Padre – Madre— como fuente de una vida de amor y servicio —que llamamos Hijo—,  y fuente de fuerza y luz en el caminar diario, —Dios Espíritu Santo en nosotros.. Por eso el Papa Francisco, en sus características expresiones insiste en que Dios no es algo vago, nuestro Dios no es un Dios spray, es concreto, no es abstracto. tiene un nombre: "Dios es amor". Pero no es un amor sentimental, emocional, sino el amor del Padre, que es la fuente de toda la vida, que genera vida y alienta la creación;  el amor  concreto del Hijo Jesús que vive en servicio y entrega hasta la muerte en la cruz y resucita viviente en todas y todos los hermanos; el amor del Espíritu, que da continuamente capacidad de renovación al ser humano también para renovar al mundo.
  4. Visto de esta manera pensar que lo que llamamos el Dios-trinidad  es amor, nos hace bien, porque nos enseña a amar, a entregarnos a los demás como Jesús mismo se dio por nosotros y camina con nosotros en el camino de la vida. Lo que llamamos, entonces, acercándonos de esta manera, “Santísima Trinidad” no es una elaboración teórica, producto de razonamientos humanos. Como dice Francisco,  es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad. Es el Padre  manifestado en la vida de Jesús; es el Espíritu Santo. prometido por Jesús, que es fuego, que nos enseña todo lo que no sabemos, que nos guía en nuestro interior, que nos da todas las buenas ideas y buenas inspiraciones que diariamente tenemos.
  5. Por estar inmersos en la vida de Dios, y porque nos movemos, somos y existimos en él, entrar en nosotros mismos, conocer nuestra propia identidad es conocer a Dios mismo. Excesivos esfuerzos de reflexión pueden distraernos de lo fundamental: vivir a Dios, conocerle conociéndonos a nosotros mismos. En todo caso, para conectar la relación de esa vivencia con las expresiones trinitarias me gusta la manera como lo expresa un predicador dominico que leo a menudo. Dice así: Lo que experimentaron los primeros cristianos es que Dios podía ser a la vez y sin contradicción: Dios que está por encima de nosotros (Padre); Dios que se hace uno de nosotros (Hijo); Dios que se identifica con cada uno de nosotros (Espíritu), o Dios que nos mueve e impulsa desde dentro. Son expresiones que superan la frialdad de las meras reflexiones conceptuales. Y superan esas visiones dualistas, por un lado, que establecen una brecha enorme entre la vida de Dios y la nuestra. Y las visiones de sabor panteísta que diluyen la vida divida en una fuerza o energía vaga y abstracta del universo.
  6. Me resulta,  también, inspiradora la expresión de un gran hombre espiritual francés del siglo XX, Marcel Légaut que decía: "hay una realidad que se da en mí y no se da sin mí, pero es infinitamente superior a mí; que no puede ser sino en mí, pero que es más grande que yo... Y a eso lo llamo Dios." No es un trabalenguas, como decía un amigo, bromeando, a la salida de misa. Es un reconocimiento, a la trascendencia del misterio de la vida y de Dios, y al mismo tiempo, a su presencia inmanente en cada uno de nosotros.Ω

04 junio, 2017

Domingo de pentecostés, el "kamikaze", el viento divino

Domingo de Pentecostés
Lect.: Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

  1. Decíamos en domingos anteriores que cuando los evangelistas hablan de resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo no están hablando de tres acontecimientos separados sino que  están hablando de aspectos diversos de un mismo acontecimiento, de una misma experiencia, del paso a la plenitud de vida humana, significada por la resurrección. Las imágenes y relatos de pentecostés, la manera de hablar de venida del Espíritu Santo, por eso, solo tienden a enfatizar un aspecto clave de nuestra vida en Cristo resucitado: el hecho de que esa vida plena está impulsada a actuar por el Espíritu de Dios en el que vivimos y nos movemos. El Espíritu nos impulsa a dejar que se realice en nosotros su presencia creativa. Así como en el relato del Génesis “el soplo de Dios se cernía sobre las aguas” al empezar la creación, así  también, ese mismo aliento divino está continuando la creación en cada uno de nosotros.
  2. La imagen comparativa que utiliza el propio Jesús para hablar del Espíritu de Dios presente en nosotros es significativa: el viento, que sopla donde quiere y que no lo vemos, pero vemos sus efectos. Le dice a Nocodemo “No te extrañes de que te haya dicho: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu». Al ligar el soplo, el Espíritu de Dios con el nuevo nacimiento, está apuntando al paso a la vida plena del ser humano. Lucas también utiliza esa imagen en la lectura de Hechos, el día de hoy, nos dice que “de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso”.
  3. Hay en el uso de ese símbolo del viento, varias enseñanzas. Como el viento, además de que sus impulsos pueden ser imprevistos, el Espíritu de Dios no atrae la atención sobre sí mismo, no es un “tema” para elaborar doctrina, ni para ser “explicado” en catequesis. Ni siquiera para ser objeto de una fiesta litúrgica. Hoy no celebramos una misa en honor del Espíritu Santo, sino que celebramos que nuestra vida, nuestra actividad en lo mejor que tenemos, está conducida por el  Espíritu de Dios. El viento que no vemos pero apreciamos en sus efectos cuando mueve las ramas de los árboles, hace sonar las hojas, produce el silbido a través de las hendijas y la espesura. no podemos localizar al Espíritu de Dios porque ciertamente es como el viento, lo percibimos en sus efectos: cuando nos sentimos inclinados a hacer cosas productivas y valiosas; cuando nos sentimos impulsados a ir más allá de los límites de nuestras propias fuerzas. Nos empuja, sobre todo,  a construir fraternidad y comunidad ahí donde parece que no queda esperanza para la reconciliación y la unión  fraterna. Así lo expresa ese otro símbolo utilizado por el evangelista Lucas, de que a pesar de la multitud de lenguas que hablaban los primeros discípulos podían entender cada uno el mensaje. Es el Espíritu el que nos da valor para superar nuestros miedos y cobardías, sobre todo ese temor  a nuestras limitaciones  e imperfecciones. Así fue con todos los hombres y mujeres espirituales, todos los héroes y heroínas del A.T.  que no se quedaron encerrados en las preocupaciones por su propios intereses y supervivencia, sino que fueron empujados a realizar lo que era de utilidad común aunque, por sí mismos, no se sentían capaces de realizar. Es un viento poderoso, que refleja todo el poder creativo y el poder transformador de Dios operando en nosotros. (Por eso se dice que quizás es en japonés donde el poder del Soplo divino es mejor expresado, porque utilizan la palabra “kamikaze”. Nos puede causar sorpresa porque este término fue mal interpretado por los traductores norteamericanos, con sus limitaciones culturales, que lo confundieron con la palabra referente a pilotos suicidas, y así se extendió luego en occidente. Pero el “kamikaze” fue un tifón poderoso que en dos ocasiones en el siglo XIII barrió con ejércitos mongoles que amenazaban invadir y acabar con el Japón. El tifón, el kamikaze, acabó con una flota más poderosa que las defensas japonesas).
  4. Quizás lo que más me llama la atención de esa comparación del Espíritu con el viento, es ese rasgo de que no atrae la atención sobre sí mismo sino sobre lo que produce en nosotros. Más que hacernos pensar sobre él, nos permite  encontrar a Dios en lugares y situaciones inesperadas y especialmente en nosotros mismos. El Espíritu atrae nuestra atención a nosotros mismos y nos impulsa a  conocernos en profundidad, y desarrolla la conciencia de que formamos una estrecha unidad con Dios, como hijos e hijas que comparten su misma vida  y por eso, también, comparten esa misma vida con toda la humanidad y con toda la naturaleza.Ω