17 septiembre, 2017

24º domingo t.o.Una experiencia eclesial distinta

Lect.: Eclesiástico 27:30--28:9; Salmo 103:1-4, 9-12; Romanos 14:7-9; Mateo 18:21-35

  1. Continuamos hoy reflexionando y orando sobre el tema del perdón que empezamos el domingo pasado. Nada fácil. Si estuviéramos en las sandalias de Pedro y escucháramos de Jesús la exigencia de perdonar “setenta veces siete”, nos echaríamos a temblar o saldríamos corriendo, ante el temor y la frustración por no tener, ni de lejos, esa capacidad del perdón perfecto, incondicional,  que nos está pidiendo el Maestro con esa frase que no tiene significado aritmético, sino metafórico. La actitud de perdón nosotros mismos la pedimos,  —y hasta la damos por supuesta— cada día, en la oración del Padrenuestro al decirle a Dios que nos perdone así como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido. 
  2. Tenemos que ser realistas. Todos podemos pensar en una serie de situaciones hoy día, en nuestra vida familiar, de vecinos y de nuestras sociedades que parecieran hacer imposible el cambio de actitud personal ligada al resentimiento, al rencor e incluso al deseo de venganza. Estos sentimientos negativos casi que, en muchos de nosotros, surgen como reacciones automáticas ante una ofensa o un daño que experimentamos personalmente o un crimen intolerable cometido contra otros. A pesar de ello, estos días atrás hemos visto al Papa Francisco en Colombia acercarse a una sociedad profundamente dividida por décadas de una guerra sangrienta que creó en los diversos bandos y en la sociedad civil, cientos de muertes e incalculable sufrimiento. Y en ese escenario se ha atrevido, ha tenido la valentía, de invitar a todos los grupos, a “dar el primer paso” en la línea de perdón y no de venganza.  A los militares ha pedido “arriesgar para hacer paz, para lograr paz”. A familiares de víctimas y de victimarios les ha dicho, “Vengo aquí con respeto y con una conciencia clara de estar, como Moisés, pisando un terreno sagrado (cf. Ex 3,5). Una tierra regada con la sangre de miles de víctimas inocentes y el dolor desgarrador de sus familiares y conocidos. Heridas que cuesta cicatrizar y que nos duelen a todos, porque cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas”. No minimiza en ningún momento la enormidad del dolor y, a pesar de ello, ante el Cristo mutilado de Bojayá, interpreta que Él “nos muestra una vez más que vino para sufrir por su pueblo y con su pueblo; y para enseñarnos también que el odio no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que la muerte y la violencia. Nos enseña a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección, para que junto a Él y con Él aprendamos la fuerza del perdón, la grandeza del amor.” 
  3.  Aunque en Costa Rica  no vivamos situación tan extrema, las dificultades para esta actitud a la que llama el Papa las encontramos también nosotros, en torno nuestro. ¿Cómo perdonar al asesino de un hijo o de un esposo? ¿al violador de una hija menor? ¿al chofer ebrio, irresponsable que mata a unos jóvenes ciclistas que hacen deporte y se da a la fuga? ¿al político o empresario corrupto que se aprovecha para un uso egoísta de bienes públicos que son para el bienestar de la población? La lista de casos que nos interpela es interminable y ante eso no solo dudamos de nuestras fuerzas para perdonar sino también dudamos de que  sea el perdón y no la justicia lo que haya que aplicar en estos y otros casos.
  4. Todo el capítulo 18 de Mateo, sin embargo, nos da una clave para pensar de una manera distinta el conflicto interior que se nos plantea. Y nos la da porque en este capítulo se sugiere una fotografía de un tipo de iglesia cristiana que no es la frecuente representación de una Iglesia como institución jerárquica, como organización sostenida por leyes y reglamentos. Mateo aquí nos está hablando como a miembros de una iglesia cuya esencia debería ser, ante todo, el de un espacio para una vivencia de comunión, de una experiencia de un amor desbordante  e inesperado de Dios que tiene la fuerza para invadirnos por completo y transformarnos interior y exteriormente. Cuando en la parábola se reprende fuertemente a quien no sabe perdonar, no se hace porque se trate de una obligación legal hacerlo, ni simplemente por ser algo positivo para la convivencia ciudadana. Lo que no tiene sentido para este evangelio es que alguien que ha  experimentado la gran compasión y perdón del Padre no se haya dejado cambiar por este extraordinario amor.  
  5. Mateo no ignora que es tarea personal de cada uno el cultivo de sentimientos de amor y de misericordia pero, como  lo deja claro la parábola que acabamos de escuchar, eso no es suficiente, es también tarea comunitaria, colectiva el crear condiciones que favorezcan pensamientos, sentimientos y acciones de perdón.  En la comunión fraterna se experimenta el amor y la compasión de Dios. Es quien ya ha experimentado y tomado conciencia del perdón de Dios que continuamente nos cubre y nos sostiene, quien  luego no podrá salir a tratar con intolerancia a otros que, como nosotros, también cometen fallos y ofensas. Menos aún a ser intolerantes con otros cuya  única “falta” es tener una concepción ética y religiosa diferente de la nuestra. Por eso la vocación principal de la Iglesia a la que pertenecemos es la de ser un ámbito en el que cualquiera que libremente se acerque o se incorpore pueda tener esa experiencia y esa vivencia del amor de Dios misericordioso.
  6. Si  la Iglesia se construye como un espacio, un ámbito que nos permita experimentar de continuo la gratuidad del amor de Dios, si la Palabra que escuchamos y los sacramentos que celebramos se orientan a subrayar la misericordia y no la ley; la comprensión, la comunión con los pequeños y más débiles, y no las diferencias jerárquicas, de poder religioso, esa Iglesia comunión se hará presente como fuerza del amor de Dios que progresivamente nos irá configurando como hombres y mujeres de perdón. Para recuperar este espíritu evangélico en todas las funciones y actividades de la iglesia, en los diversos ministerios y, particularmente, en el de la catequesis y formación religiosa, se requiere, de nuestra parte, una doble tarea. Por una parte, la del cultivo personal de nuestra sensibilidad y especialmente de sentimientos misericordiosos por el hermano o hermana en cuya debilidad vemos reflejada la nuestra propia. Y, por otra, la de nuestro esfuerzo personal por contribuir a que nuestra Iglesia, sus ministros y catequistas,  no se queden en meras estructuras jurídicas, legalistas, o de poder,  sino sobre todo y ante todo, en servidores para que todos y todas las cristianos tengamos como base fundamental de nuestra formación,  una vivencia de comunión, capaz de impactar  incluso en una sociedad secularizada y pluralista.Ω

10 septiembre, 2017

23º domingo t.o. El amor no contradice, va más allá de la justicia

Lect.: Ezequiel 33:7-9; Romanos 13:8-10; Mateo 18:15-20

  1. Estamos acostumbrados a que las enseñanzas de los evangelios, la mayor parte de las veces, se nos transmitan y las asimilemos examinando los contenidos del relato o pasaje correspondiente. Pero hay otra perspectiva interesante a la hora de leer e interpretar los evangelios, de la que también podemos aprender mucho, aunque no suele abordarse así. Es complementaria de la anterior y trata de ubicar el relato o mensaje haciendo referencia a la forma como fueron escritos estos textos. Dicho de otra manera, a factores que incidieron en el planteamiento que hace el redactor. Muchas cosas pueden aprenderse de ese  tipo de perspectiva. Así sucede, por ejemplo, en el texto evangélico de hoy. Tendríamos que estar muy distraídos como para no caer en la cuenta de que en estos párrafos nos topamos con una abierta contradicción o incoherencia con las enseñanzas del evangelista en otras partes de su propio libro. Hoy nos habla, prácticamente, de un proceso “judicial –eclesiástico”,  armado a raíz de un hecho negativo, sucedido en la comunidad, reprobable, sin duda, pero cotidiano y normal en cualquier comunidad religiosa o no, como es el choque entre dos hermanos, por el daño causado por uno de ellos sobre el otro.
  2. La incoherencia la podemos descubrir fácilmente —y si no solemos verla es porque quizás hemos “sacralizado” de tal manera estas Escrituras, que olvidamos que sus autores son seres humanos, que no siempre somos coherentes en las diversas expresiones y discursos que pronunciamos. Es inevitable preguntarse, ¿Cómo compaginar estas rígidas prescripciones del proceso con otras enseñanzas del mismo Mateo que van más bien en la línea del perdón, de la superioridad del amor. Apenas unos versículos después del texto de hoy hay otro en que Jesús le dice a Pedro que debe de perdonar hasta setenta veces siete, es decir, siempre y, a ese propósito, narra la parábola del “deudor implacable” (Mt 18: 21-35) en donde resalta el nuevo orden de misericordia y compasión que se inaugura con Cristo. Destaca ahí una reprimenda que evoca lo que dirá el Padre Celestial cuando no sepamos perdonar a quien nos ofende: ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?"  En cuanto al juicio sobre el comportamiento de los hermanos, el inicio del cap. 7 (Mt 7: 1 – 3) es categórico: “No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes. ¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? La verdadera ley de vida de la comunidad no es la ley de la exclusión, sino del perdón, fruto del amor. En el mismo capítulo 18, antes del pasaje de hoy recalca que “el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”y lo ilustra con la comparación del hombre que tiene 100 ovejas y una de ellas se pierde, “¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.  
  3. Además, en la visión mateana, como lo hemos visto hace pocos domingos,  en la parábola del trigo y la mala hierba, la comunidad cristiana, la Iglesia, es un lugar donde estarán juntos el bien y  el mal hasta el día del juicio (13, 37-43 49s, 22, 11-14.  De forma más precisa, como lo dijimos en su momento, en cada uno de nosotros, miembros de la comunidad, el mal y el bien coexistirán hasta el final.  Tal pareciera, entonces que en el caso de este domingo el texto evangélico se distancia de estas otras enseñanzas o, simplemente, las contradice. ¿O cómo debemos entenderlo?
  4. Entre diversas explicaciones de estudiosos bíblicos, hay una que me convence más y que da lugar a la siguiente reflexión. Pienso que con esta tensión entre posiciones contradictorias se nos transmite una enseñanza  valiosa para nuestra propia vivencia en el evangelio, 21  siglos después.  Unas y otras posiciones, las rígidas y las compasivas existían, no pueden negarse, todas están a lo largo del texto del escrito de Mateo. Pienso, sin embargo, que más que reflejar posiciones originales del propio Jesús, se trata de posiciones de la comunidad mateana. Esta era una comunidad judeo-cristiana, es decir, de judíos conversos al naciente movimiento cristiano. En esos primeros momentos se encuentra en una situación muy difícil. Por una parte, quieren ser fieles a la Alianza establecida con Yavé – Dios, a su Ley y a las tradiciones de sus ancestros. Y, por otra, se ven desbordados en sus prácticas tradicionales del Antiguo Testamento, ante el testimonio de amor y misericordia de Dios manifestados en Jesús de Nazaret. No saben, porque no es fácil, cómo armonizar ambos extremos.  El tiempo pasará, y acabará predominando la fuerza de la Buena Noticia de misericordia y amor de Jesús. Lo atestigua la segunda lectura de la liturgia de hoy, de la carta de Pablo a los Romanos, donde el Apóstol afirma, sin ambajes, “el que ama al prójimo, ha cumplido la ley” y “La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud”.  Leyendo ya el conjunto de Mateo, cobran más peso las afirmaciones que van en esta línea, por encima de las fundamentalistas judaizantes. Acaban imponiéndose, pero no sin dejar trazas de esas tensiones, y de contradicciones, en torno a cómo interpretar la vida de Jesús de Nazaret, como reinterpretar el Antiguo Testamento y cómo aplicar la enseñanza a su propia vida.
  5. Tenemos aquí una gran lección para nosotros católicos cristianos del siglo XXI, que, en una época de enorme cambio social y cultural, podemos sentirnos prensados también, entre interpretaciones rígidas, legalistas, apegadas a formas de vivir lo religioso heredadas de situaciones de otras épocas, cuando fueron valiosas,  y el mensaje refrescante, de actualidad, de gran autenticidad y amor evangélico de alguien como el papa Francisco. Todavía hoy, el Papa en visita a Colombia contemplando de cerca tantas víctimas de la violencia, ha manifestado:“Hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente.”  Francisco continúa firme en “rezar por la justicia y no la venganza, por la reparación en la verdad y no el olvido”.
  6.  
  7. A algunos sectores católicos puede meterse el temor de la infidelidad, a dudar si nos estamos rindiendo ante la influencia de una nueva sociedad secularizada, laica.  Para otros, se trata más bien de la exigencia del cambio de formas y de expresiones en la formulación de nuestra fe y, sobre todo, de prácticas anacrónicas, que ya no caben en una sociedad pluralista y multicultural. Por eso, del texto de hoy que nos transmite las tensiones en que vivieron las primeras comunidades, en particular las de Mateo, podemos aprender a tomar nuestras propias tensiones como algo normal de siempre en el proceso de inculturación de la vida cristiana. Aprendemos, también, que en cualquier discusión y situación entre posiciones opuestas de cristianos, hay criterios que deben prevalecer sin discusión, como son el amor y la misericordia,  y la superioridad del desatar sobre el atar.  Y, en definitiva, aprender que, igual como se les pidió a las primeras comunidades, también nosotros debemos resolver nuestros conflictos y diferencias siempre en un marco y práctica de oración comunitaria, a sabiendas de que es en la oración, cuando dos o más nos reunimos en su nombre, donde se garantiza la presencia de Cristo en la comunidad. En la oración se nos enseña a ejercer la autoridad, la práctica de la ley y el ejercicio del perdón. Sin duda que, inspirados por el Espíritu de Jesús aprenderemos a superar las tensiones y contradicciones entre interpretaciones diversas.Ω

03 septiembre, 2017

22º domingo t.o.: la cruz: un no a una religión inofensiva

Lect.: Jeremías 20:7-9; Romanos 12:1-2; Mateo 16:21-27



  1. Darse cuenta de lo que es Jesús, conlleva darse cuenta de lo que cada uno de nosotros es, en cierta forma, por lo que buscamos, al hacernos discípulos suyos. Ya lo empezamos a ver el domingo pasado y hoy se lo deja más claro a Pedro. Y le deja claro que el tipo de opción de vida que asumió Jesús inevitablemente crea problemas y, en su caso, conflictos con el poder político y religioso, persecución y al final, la condena a muerte.  Cuando repetimos la frase del texto de Mateo de hoy, sobre “tomar la cruz y seguirlo”, se corre el riesgo de banalizar la expresión o de darle tal extensión que, en el límite, no expresa más que afirmaciones genéricas de sentido común. Así, por ejemplo, suele entenderse como una exhortación realista a aceptar las cargas y las luchas de la vida; o un consejo espiritual, semejante al de las tradiciones budistas e hinduistas, de cómo enfrentar el dolor y las pérdidas sin que se conviertan en sufrimiento. Sin duda que del Evangelio pueden derivarse enseñanzas semejantes, pero no es el caso del texto de hoy. Con la frase de “tomar la cruz” que, obviamente, no puede ser de Jesús y seguro que se origina en la comunidad de Mateo, se evoca la invitación del Maestro a seguirlo aunque ese seguimiento no está exento de “cruces”, es decir, de choques y conflictos ligados al tipo de opción de Jesús y del movimiento evangélico.
  2. Jesús tiene compasión de esas multitudes que en su sufrimiento, en su pobreza y hambre, vuelven a él la mirada con esperanza. Jesús se alinea con la causa de los pobres de Palestina,  una tierra dominada no solo por el imperio romano, sino por las prácticas injustas de quienes desde el poder religioso y político, controlaban el poder económico, la producción y el comercio de la uva, el trigo y el aceite. Jesús no solo quiere aliviar la pobreza y marginación de muchos, sino que quiere cambiar una sociedad donde los intereses y el poder de unos pocos, producen la exclusión de grandes mayorías del disfrute de los bienes de la tierra, una tierra que en su tradición entendían como “prometida” para todo el pueblo.. Y esa toma de posición de Jesús, que para él traduce en sentido pleno su mandamiento del amor, es la que él pide también de sus discípulos. Quiere que ellos también sientan compasión por aquellas multitudes, —la opción cristiana no se origina en un análisis científico de la situación, aunque este puede ayudar—, sino en un profundo sentimiento de empatía, de pasión – con los que sufren injustamente, con los “descartados”, que dice el Papa Francisco. Pero quiere que a los discípulos les quede claro que este seguimiento del evangelio, de la Buena Noticia, conlleva, como en su caso, conflictos y sufrimientos y, al final, por la cerrazón de los poderosos, la muerte en la cruz.
  3. Cuando Jesús les preguntó qué pensaban que era él, Pedro había reflejado su fe en Jesús como Mesías por cuanto quizás lo veía como un líder capaz de reagrupar  las tribus de Israel para hacer del pueblo judío una gran nación libre. De ahí su reacción negativa ante la perspectiva de la muerte de Jesús, incompatible, en su visión, con el liderazgo nacional requerido para la tarea mesiánica. Los padecimientos y la muerte no pegaban con su concepto de Mesías. Aunque quizás, también, Pedro reacciona así porque cae en la cuenta de que su propio futuro, su propio destino, va ligado al de su Maestro y eso le inspira temor. Teme a las consecuencias del seguimiento. Nos pasaría a cualquiera de nosotros. 
  4. Y digo “nos pasaría” porque tratando de ser objetivos y sinceros, debemos reconocer que hoy en día la confesión de fe cristiana no la solemos entender como adhesión a ese compromiso, a esa alineación de Jesús al lado de los que sufren los efectos de una sociedad injusta. En realidad, pareciera que nuestra confesión cristiana en un país como Costa Rica, no resulta amenazadora, ni siquiera inquietante para los poderes responsables de los sufrimientos de aquellos que despertaban la compasión de Jesús. Siento que hemos derivado en una confesión que solo pone énfasis en obligaciones rituales y sacramentales, en repetir fórmulas doctrinales que no afectan la vida de la sociedad y, a lo sumo, en guardar una moralidad que colabora a la convivencia social y familiar, y en esto coincide  con otras posiciones  religiosas y no religiosas que solo se preocupan porque la ley y el orden sean respetados. Esto está bien, es necesario para la salud de la ciudad y del país,  pero no refleja las prioridades de Jesús y del Evangelio, a las que se refiere el evangelio de Mateo.
  5. Lo peor de quedarse en esta práctica inofensiva del Evangelio es que, sobre todo en las nuevas generaciones más jóvenes, deja campo libre a estilos de vida nada constructivos, por no decir que a menudo hacen el juego a la injusticia imperante. Son estilos de vida demasiado narcisistas, centradaos en una visión superficial de la felicidad, que no se apuntan con el compromiso cristiano en serio, por temor a no ser populares, a no ser acogidos y aprobados por los grupos supuestamente “exitosos” en el medio.  Como si la garantía de la calidad de nuestra vida cristiana nos la diera el número de “me gusta” (“likes”) que consiguen nuestras actividades, lo que hacemos, pensamos y transmitimos en las redes sociales, o los selfies que publicamos porque nos muestran sonrientes y satisfechos y, si topamos con suerte, a la par de alguien “famoso” o de algún político en campaña preelectoral.  Podemos preguntarnos si es aquí, entre esa vida superficial versus la de serio compromiso  se juega la alternativa de perder la vida ganándola o, por el contrario, creer que se gana, perdiéndola. Pero como a Pedro, también a nosotros nos da miedo el costo que puede tener el seguimiento del evangelio de Jesús, por más que sus palabras nos garantizan que no nos está invitando a sufrir por sufrir, a ninguna práctica ascética masoquista, sino que nos da la oportunidad de hacer, trabajar y vivir con satisfacción enrolados en la construcción de un mundo nuevo,  realizándonos y alcanzando nuestra plenitud de vida humana, tanto en momentos de disfrute como en los de dolor, “los dos materiales” que conforman los ciclos de nuestra existencia.Ω

27 agosto, 2017

21º domingo t.o.: Dos preguntas interconectadas: Quién es Jesús para mí; quién pienso que soy yo


Lect.: Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20


  1. Una pregunta como esta que hoy nos hace Jesús, es evidente que no la formula porque él tenga dudas acerca de sí mismo, o porque padezca una crisis de identidad. La pregunta va dirigida, más bien, a cada uno de sus discípulos, a cada uno de nosotros, para que nos auto examinemos. Directamente, para que tomemos conciencia de lo que significa Jesús para cada uno. Y, detrás de eso, para que tomemos conciencia de nuestra propia identidad: según lo que yo crea que es Jesús,  se manifiesta lo que creo quién soy yo, qué es lo que ando buscando en esta vida y, en relación con eso, qué es lo que ando buscando en Jesús de Nazaret. El interrogante sobre Jesús es de tal trascendencia para un cristiano que no es de extrañar que revele cosas importantes de nuestra propia identidad. Quién es Jesús para mí, me da a conocer bastante de lo que soy. Una cosa está implícita en la otra. Por supuesto ue, para que así sea, no son preguntas de carácter teórico sino vitales, existenciales. No se trata, pues, de un examen, de un quiz de clase de catequesis para encontrar la respuesta formal correcta, sino de una pregunta y una respuesta  a nivel existencial, que impliqua nuestra propia vida.
  2. Uno podría contestar sobre lo que es Jesucristo, desde el nivel formal, doctrinal, recurriendo a títulos y fórmulas tradicionales. En esa línea podríamos decir, por ejemplo, Jesús es la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada; el hijo de Dios hecho hombre, el nuevo Moisés, el mesías hijo de David… hay una larga serie de títulos que podríamos darle. Pero si nos quedamos en ese nivel, consciente o inconscientemente nos estaríamos evadiendo, no estaríamos captando el sentido que Jesús da a la pregunta. Esta quiere decir, más bien, “¿para Uds. qué significo yo, qué significa mi vida, mi modo de ser y de relacionarme con los demás, tal y como Uds. lo han captado desde que están conmigo?” Y detrás de esa pregunta, la otra ineludible: “Si Uds. están conmigo, porque me ven de una determinada manera, ¿qué piensan de lo que son Uds. mismos? ¿qué es lo que andan buscando en la vida?
  3. En el texto de hoy, Pedro responde reflejando su fe y su expectativa judía, y confiesa a Jesús como Mesías. Es una respuesta formal, muy judía que, por eso, quizás no nos toca muy a fondo. Está iniciándose apenas en la novedad del Evangelio y para expresar sus experiencias religiosas y espirituales tiene que recurrir a categorías del ámbito judío. Dentro de este la expectativa de un “Mesías”, de un liberador del pueblo de Israel, era muy importante. Pero, en cambio,  para nosotros, que no nos movemos ya en ese ambiente y que tomamos muchos de esos conceptos judíos, tan solo como antecedentes históricos, muy antiguos, del cristianismo, hay otro texto más significativo que toca más el sentido de nuestra existencia, donde el mismo Pedro, tiempo después de la resurrección, iluminado ya por la Pascua, responde de una manera distinta a la pregunta de lo que era Jesús para él. Según lo relata el sirio Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro está reunido con un grupo de paganos que han venido a buscarlo para que les comparta el mensaje cristiano. Pedro, entonces, describe lo que para él fue la vida de Jesús diciendo que Dios anunció la Buena Noticia de la paz por medio de Jesús y que El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él (Hechos 10: 36 y 38). Es decir, ahora les presenta a Jesús con los rasgos que más le habían impactado mientras anduvo con él y ahora la luz del Resucitado se los destaca: para él Jesús es un mensajero de la buena nueva de la Paz y un hombre que pasó su vida haciendo el bien. Pedro había visto a Jesús  todo el tiempo, en todo lugar, haciendo el bien y liberando a los oprimidos; así cuando lo vio dando pan a quienes tenían hambre, devolviendo la salud a los enfermos y liberando de sus angustias a quienes se sentían apresados por el espíritu del mal. Está claro que esto fue lo que de Jesús marcó la vida de Pedro y que, si así lo marcó, no era solo porque era lo más notable que percibió de Jesús, sino porque su propia personalidad le hizo sentir atracción por estos rasgos de Jesús. Al mismo tiempo que esas experiencias definían a Jesús, también definían a aquel pescador como un hombre sensible ante los sufrimientos de la gente. Descubriendo a Jesús en su entrega a los demás, descubre sus propias aspiraciones profundas y por eso lo toma como Maestro, como camino de vida. No está buscando una “nueva religión”. Ni una vinculación a una nueva organización.  Busca realizar sus aspiraciones más hondas y en el modo de vida de aquel Galileo descubre una senda para lograrlo.
  4. ¿Quién decimos hoy que es Jesús para la vida de cada uno de nosotros? La respuesta la debe dar cada uno de manera personal, aunque la descubriremos, probablemente, en el entorno en que vivimos, porque al examinar nuestro mundo de relaciones con los demás, verificaremos si estamos o no siguiendo a ese mensajero de paz y teniendo como compromiso fundamental el hacer el bien con todos lo que lo necesitan. ¿Quién digo yo que es Jesús para mí? Tengo la disyuntiva de evadirme del fondo del interrogante contestando con una frase doctrinal o descubrir, más bien,como Pedro, que mi vida ha sido marcada a imagen y semejanza del Jesús que pasó haciendo el bien a los que sufrían carencias de humanidad. Lo descubro a él de esta manera y descubro así lo mejor de mí mismo.Ω

20 agosto, 2017

20º domingo t.o.: Una fe que no es monopolio de religiones

Lect.: Isaías 56:1, 6-7; Romanos 11:13-15, 29-32; Mateo 15:21-28

  1. A lo mejor muchos de los que oyeron esta reflexión y quienes la están leyendo ahora, andan muy bien de conocimientos de geografía pero, por si acaso  a algunos nos hace falta el repaso, empecemos recordando dónde quedaban Tiro y Sidón y preguntémonos si era posible que Jesús se hubiera desplazado a esos lugares, como parece sugerirlo Mateo.  El país de Tiro y Sidón, al que se refiere el este texto evangélico sirio, de Mateo, era la antigua Fenicia y es el actual Líbano. Las dos ciudades que llevan los nombres mencionados, quedaban en la costa mediterránea, hacia el sur de la actual Beirut, en dirección a Israel. Todavía existen en el mapa libanés. El evangelista no quiere decir que Jesús llegara tan lejos de la Tierra Santa. Lo que le importa es hacer ver que el Maestro estaba entrando en territorio de paganos, probablemente en alguna aldea limítrofe entre Fenicia e Israel donde coexistían judíos y no judíos y ahí se le acerca una cananea, una sirofenicia. Este detalle, aparentemente tan intrascendente, marca el escenario del relato y nos permite encontrar el sentido del mensaje.
  2. Para los judíos piadosos y, sobre todo, para los más ortodoxos, solo ellos, los de la religión de Moisés, eran elegidos por Dios. Y debían de mantenerse a distancia de los que no pertenecían a su pueblo. Entonces los que, por circunstancias históricas, cohabitaban con paganos, veían muy mal a éstos, como lo expresa  la dura frase utilizada por Mateo, que contrapone los hijos a los perros; y se comprende que experimentaran muchas tensiones sociales, culturales y religiosas, por el modo de pensar y prácticas tan diversas. En la Costa Rica de hoy, nosotros no hemos tenido experiencias de convivencia  en situaciones semejantes tan difíciles. A lo sumo, aunque no en grado tan extremo, (ni siquiera tan extremo como en los Estados Unidos de la era Trump, o en amplios sectores de la Unión Europea podemos pensar en los choques culturales que a veces sentimos ante costumbres distintas de grupos inmigrantes, por ejemplo, de los nicaragüenses; o ante grupos de costarricenses con modos de pensar diferentes a los del grupo o clase social donde estamos ubicados. Se da así, por ejemplo, cuando compatriotas más conservadores se enfrentan a quienes pertenecen al movimiento en defensa de la diversidad sexual, a los que  no solo ven de forma negativa sino que los descalifican como no partícipes de los “valores costarricenses”.
  3. Estos contextos nos permiten comprender la intención del relato de la mujer cananea, o fenicia. Pidiendo un gran favor a Jesús, —la curación de su hija—, recibe una primera negativa de él; en vez de amedrentarse la mujer le contra replica y, la cosa termina cuando Jesús se deja convencer por ella y llega a alabar su “enorme fe”. Con esto se deja claro un mensaje central del evangelio. Lo podemos expresar de manera doble: primero, diciendo que, como sucede con esta pagana en medio de judíos, la presencia y el poder de Dios pueden estar manifestándose  en personas vecinas a nosotros, en colegas de trabajo, en compañeros de estudio, aunque piensen y vivan de modo radicalmente distinto a nuestro propio modo de pensar y practicar
  4. En segundo lugar, el hecho de que de esta mujer Jesús diga que grande es su fe, nos hace ver que el poder transformador de la fe en Dios, —tan resaltado en diversos pasajes evangélicos— no es patrimonio exclusivo de ninguna religión, ni de la judía, ni siquiera de la nuestra. Es un don de Dios a todos los hombres y mujeres. La universalidad del llamado de Dios, empieza a mostrarse en este texto de hoy, superando posiciones como la del texto de Isaías que en la eucaristía  de hoy aparece como primera lectura. En Isaías se abre a que otros extranjeros puedan acercarse al Monte Santo, a Jerusalén, y que su Templo, sea casa de todos. Todavía se da un judeo – centrismo, una religión nacionalista. Con Jesús, llega el día, en que ya no se dirá que a Dios se le da culto aquí o allá, sino que será un solo “culto”, en otro sentido, el que unirá a todos los seres humanos, “en Espíritu y en verdad” como lo recuerda el evangelio de san Juan (4: 20 – 24). De ahí que de personas de otras culturas y costumbres, de otras religiones o sin religión, como era esta cananea para los judíos, también podemos aprender y dejarnos inspirar de los valores que tienen.  De hecho el texto de hoy hace ver cómo el propio Jesús aprendió de la mujer y fue capaz de superar sus propias limitaciones culturales, que muestra al inicio del encuentro.  Es notable la actitud del Maestro que no intenta en ningún momento convertir, atraer a la mujer al judaísmo ni a su propia visión religiosa.  Aun si este pasaje fuera producto bastante independiente de la comunidad mateana, y no fuera un hecho histórico de la vida de Jesús, refleja el rápido cambio que se va produciendo en las primeras comunidades cristianas, en su actitud respecto a los no cristianos, y a los no judíos.
  5. Este es el tipo de cambio y de aprendizaje que necesitamos muchos católicos y católicas ticas: abrirnos a la tolerancia y a la comprensión de quienes son distintos de nosotros, de lo que creemos y pensamos. Estas actitudes son indispensables si es que en serio queremos construir comunidades fraternas en nuestro país