17 junio, 2018

11º domingo t.o.: La fuerza de la semilla

Lect.: Ezequiel 17:22-24; II Corintios 5:6-10;  Marcos 4:26-34

  1. Las imágenes de la vida agrícola, son siempre evocadoras y una buena ayuda para pensar sobre aspectos, dimensiones, retos y posibilidades de la vida humana. Al fin y al cabo, formamos parte de la naturaleza y la comprensión de lo que somos pasa por comprender esta. Por eso Jesús dirigía con frecuencia la mirada al campo y al mar a la hora de hablar en forma de parábolas, de comparaciones, de esas dimensiones trascendentes de nuestra realización plena, que él llamaba el “Reino de Dios”. 
  2. En el texto de hoy, en los dos pequeños relatos, la figura principal es la de la semilla. Se puede utilizar para extraer diversas enseñanzas, a pesar de la sencillez de la imagen. Pero para captar la intención de Jesús hay que ver el conjunto de cada uno de los breves relatos. En el primero, hay cosas que llaman la atención y hasta podrían parecer extrañas, como también sucede en otras parábolas. Solo aparece una persona, el labrador, que después de esparcir la semilla, se desentiende. Sin embargo, este rasgo no quiere expresar que se trata de un agricultor vagabundo que ni deshierba, ni poda, ni aporta ninguna de las tareas ordinarias de quien cultiva. Lo que el evangelista quiere resaltar es la fuerza de la semilla y de la tierra, que dan lugar a la germinación y luego al crecimiento, por su propio dinamismo, “sin que el labrador sepa cómo”. Esta frase tenía aún más fuerza en una época en que se carecía del conocimiento científico suficiente para entender los procesos de germinación y crecimiento en la naturaleza.
  3. Es, entonces, un llamado a vivir el momento presente con la confianza en la fuerza del “reino de Dios”, “de la soberanía de Dios” que subyace y opera como “semilla” en el interior de toda persona y de toda comunidad humana aunque, en nuestra condición histórica actual “no sepamos cómo”. Pensando en tantas vicisitudes por las que atravesamos cotidianamente, la parábola no intenta, de ningún modo, animarnos a un falso optimismo que nos llevaría a vivir despreocupados como si siempre las cosas tuvieran que salir bien. A veces, quizás con buena intención, se predica esa falsa religiosidad, que no es la del evangelio. Ya la tan conocida parábola del sembrador nos hablaba de la importancia de la calidad de la tierra en la que cae la semilla, para hacer la diferencia entre una y otra “cosecha”. Pero, para nuestra vida espiritual, más bien, pretende enseñarnos algo de mucha importancia. Una, que prioricemos el valor de la vida presente, en la que la fuerza de la semilla está operando, y no nos perdamos en divagar ni en preocuparnos sobre un futuro, —la “otra vida”— que solo está en manos y en el conocimiento de Dios.
  4. El segundo relato, el del grano de mostaza, complementa esta enseñanza, con la imagen de este “árbol” que llega crecer a un par de metros de altura, (—en Costa Rica creo que no lo conocemos, aunque si consumimos el derivado de sus frutos como condimento y damos también el nombre de “mostaza” a una variedad de hortaliza—) . Esta segunda parábola enfatiza tres cosas: el carácter de proceso, de crecimiento que caracteriza siempre nuestra vida espiritual,  la pequeñez de sus comienzos y su alcance universal —el del reinado de Dios, no el de la Iglesia, como a veces se entiende. Sobre estos aspectos podría reflexionarse un buen rato,  pensando en cómo pueden dibujar una vida cristiana paciente y tolerante con las limitaciones propias y las de los demás, precisamente porque son propias de ese proceso de crecimiento de la vida humana, así como también en la vida animal y vegetal. Puede ser desconcertante, —por el concepto más filosófico que evangélico que aplicamos a menudo a Dios— el que Jesús nos invite a descubrir la presencia de la divinidad, incluso en esas etapas aún imperfectas de nuestra evolución. Es parte de lo que significa creer en la Encarnación del Hijo de Dios.Ω


10 junio, 2018

10º domingo t.o.: Trascendiendo las limitaciones de los modelos de familia

Lect.: Génesis 3:9-15; II Corintios 4:13--5:1; Marcos 3:20-35

  1. Estamos acostumbrados a oír que se habla de la fundación de la Iglesia, cuando Jesús le dice a Pedro, la conocida frase “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Si solo repetimos este texto y esa interpretación, pasamos por alto algo muy elemental: no se nos ocurre preguntarnos qué era esa Iglesia, de la que hace el encargo a Pedro, porque nunca se había hablado de ella en los evangelios Además, en automático, nos imaginamos de inmediato, que el evangelio de Mateo se refiere a lo que hemos conocido todos como “iglesia”, esa gran estructura e institución religiosa,  a nivel mundial. Pero, en realidad nada de eso existía entonces. De lo que sí se había hablado, como iniciada por Jesús, es eso que nos presenta el texto de Marcos que leemos hoy: una comunidad nueva, una nueva gran familia, en la que todos son hermanas y hermanos sin distinción, unidos por la decisión de cumplir la voluntad de Dios, que entendían como la voluntad de establecer su reinado en la comunidad humana.
  2. Reconstruyamos el mensaje, recogiendo los elementos fundamentales que nos dice o que nos sugiere. Jesús se había ido de la casa paterna, de la vivienda del clan de sus padres, el clan de José que era su familia biológica y social. Se había ido a vivir en Cafarnaum, en Galilea, para anunciar el Reino de Dios en esa zona de aldeas pobres, no muy bien considerados por los habitantes de Jerusalén. En el episodio de hoy, nos dice Marcos, está en esa su casa, a la que llega a descansar con sus discípulos más cercanos, y lo sigue y lo rodea una muchedumbre, de manera que ni siquiera pueden almorzar tranquilos. Y en ese momento llegan dos grupos, los escribas de Jerusalén, es decir, los especialistas en la Ley. Y enseguida llegan sus parientes, su madre y sus hermanos, —no incluye a las hermanas, que se habrían quedado en su casa—. Ambos grupos llegan a cuestionarle. Los escribas, por los milagros y la predicación que realizaba, acusándolo de estar poseído por un demonio. Y sus parientes, para hacerse cargo de él, es decir, para tratar de llevarlo de vuelta a la vivienda del clan.
  3. Y es en este momento cuando Jesús, con la palabra y el gesto, expresa su conciencia de que está iniciando una comunidad nueva, una familia nueva, que quiere vivir de una manera nueva, abierto y libre, incluyente y universal, conforme al espíritu del reino de Dios. A esas comunidades nuevas, los primeros cristianos las llamarían iglesias. Y es Jesús, ciertamente  el que las inicia. Estas relaciones comunitarias son el comienzo de lo que debería ser luego, el centro, la esencia de lo que hemos llamado iglesia.
  4. Además de mostrarnos en Jesús el origen de lo que él quiso como su nueva familia, su comunidad, de paso el evangelista deja claro que Jesús da un nuevo significado a la familia biológica.  Para los judíos, la familia es la célula primordial de la sociedad, era la principal de todas las instituciones del pueblo judío y de ahí que el hecho de  que  Jesús prefiera a su círculo de seguidores en vez de a su familia se convierte en un escándalo grave y lo menos que podían decirle era que “no estaba en sus cabales”. Para Jesús la familia biológica, en todos sus diversos modelos históricos, alcanza su pleno sentido cuando se abre a la gran familia humana, que anticipa el Reino de Dios como nueva forma de vivir todas nuestras relaciones.
  5. Para participar en el Reino que Jesús anuncia, no solo las personas debemos convertirnos sino que también todas las instituciones de la sociedad, políticas, económicas y sociales, incluyendo la institución familiarquedan interpeladas por esos valores nuevos del Reino, que llaman a superar todas las prácticas violentas y opresivas que pueden tener en su seno, como por ejemplo, en la familia, las prácticas machistas, las actitudes intolerantes a las diferencias de sus miembros, los abusos de autoridad. 
  6. Ciertamente nos cuesta pensar desde esta perspectiva innovadora de Jesús lo que significa ser discípulos del evangelio. Nos resulta más cómodo sentirnos “católicos” por la mera pertenencia formal a una Iglesia vista como una institución, en vez de dirigir, como Jesús, la mirada a los que nos rodean y reconocerlos como nuestros hermanos y hermanas, entendiéndonos con ellos parte de una nueva familia humana, que no niega la familia biológica pero que trasciende sus muros y limitaciones y la integra en un horizonte más amplio y más profundamente humano. La Eucaristía de cada domingo es, apenas, un pequeño ejercicio y recordatorio de que el pan y vino que partimos, es signo de que también cada uno de nosotros se parte y comparte desde el interior de una familia nueva que sigue aspirando al reinado de Dios en los corazones de todos.Ω

08 junio, 2018

En el funeral de mi primo Cristián Sobrado Chaves

Lect.:  Flp 1: 20b - 24; Jn 12: 23 - 26


  1. Nuestra generación de primos, de la “cepa” de los Chaves: Sobrado Chaves, Chaves Ovares, Guzmán Chaves, Chaves Desanti, Chaves Ortiz… nos encontramos ya en esa edad en que es inevitable cobrar conciencia de que el momento de la muerte está mucho más cercano. Mucho más que en el pasado, cuando veíamos la desaparición definitiva de nuestros mayores, nos resulta inevitable pensar en que ahora los mayores somos nosotros y que, en cualquier momento, relativamente pronto, por más que la expectativa de vida se haya alargado, nos va a llegar el turno de nuestra propia partida.  Nos lo recuerdan nuestros propios desgastes de salud. Nos lo recuerda, sobre todo, cuando uno de nosotros, como Cristián hoy, nos deja. Creo que esta realidad, y en especial en este momento de despedida, nos fuerza, si no a  pensar cotidianamente en la muerte, sí a preguntarnos con frecuencia, cómo prepararnos para ese momento o, más bien, si nos estamos preparando adecuadamente para estar listos cuando nos toque partir.
  2. Los viejos cristianos anteriores a nuestra generación pedían siempre en sus oraciones la gracia de una buena muerte. Aunque en una época distinta, como cristianos nosotros también pedimos lo mismo para nosotros. Y, de nuevo la pregunta, ¿cómo prepararsepara una buena muerte? Debería ser obvia la respuesta: una buena vida es la mejor preparación de una buena muerte. Pero, entonces, ¿qué entendemos por una vida buena? Si la entendemos como una vida sin ningún error ni falta ni debilidad, nadie tendría una buena vida. Como creyentes, estoy seguro, estamos convencidos de que la respuesta, en lo fundamental, se encuentra en Jesús de Nazaret. Más allá de circunstancias que no podemos imitar, porque fueron únicas a su misión histórica, los evangelistas nos transmiten rasgos importantes que nos permiten responder a nuestras inquietudes. Una buena muerte, como la de Jesús,es una muerte que culmina una buena vida.  Pedro, en una de sus primeras predicaciones dice que “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del mal” (Hech 10: 38).
  3.  “Pasó haciendo el bien”. En efecto, la suya fue una vida asumida en solidaridad con los demás, una vida de un compromiso permanente de solidaridadcon los otros, es decir, de compartir los dolores y las alegrías, las necesidades y las esperanzas de su pueblo, de quienes le rodeaban y, en especial, de los más pobres y vulnerables. Fue la de Jesús una vida de continua autodonación, de entrega, en beneficio de la realización plena de quienes buscaban superar las limitaciones de la debilidad humana. Y cuando se acercaba su hora final, así preparada porsu vida, solo le quedaba dejarnos su mayor don,como nos lo dice el evangelista Juan, entregarnos su espíritu, para que todos pudieran dar frutos y frutos permanentes (Juan 19: 30 y 20: 21 – 22).
  4. Con solo con mirar a Jesús de Nazaret podemos descubrir que lo que él nos revela sobre el misterio de la vida y la muerte no coincide con lo que a veces podemos pensar en una sociedad como la moderna. Lo esencial de la vida no está en alcanzar muchos logros materiales, intelectuales o culturales, por más que estos puedan ser importantes. Lo esencial está en descubrirnos, compartiendo una humanidad común, una mutua pertenencia, trascendiendo cualquier diferencia,  que nos lleva a dar frutos de servicio, de fraternidad, de justicia, para el crecimiento y el fortalecimiento mutuo.
  5. Con ese enfoque de vida, nuestra buena muerte será, también como la de Jesús, la entrega de nuestro espíritu,que es también el Espíritu de Dios, para que continué presente, después de nuestra partida,  dando frutos en aquellos a quienes amamos y que nos han amado. Es la mejor herencia que podemos dejarles, el espíritu de una vida que es capaz de dar frutos más allá de nuestra corta y limitada existencia, y más allá de lo que podamos imaginar. 
  6. Se habrán dado cuenta de que al hacer estas reflexiones me ha motivado y  he tenido presente el recuerdo de Cristián. Como para muchos otros que le conocieron, para mí ese recuerdo es inseparable de una entrega constante, fuera de serie, a su esposa Liliana, y que, sin duda, reflejaba toda una actitud suya ante sus hijos y el resto de su familia. Este es el modo de vida que culmina con una buena muerte.Ω

03 junio, 2018

Fiesta del Corpus Christi: signo de un compromiso



Lect.   Éxodo 24:3-8; Hebreos 9:11-15 ; Marcos 14:12-16, 22-26

  1. Hace dos años, en este mismo domingo que llamamos “fiesta del Corpus”, o del Cuerpo de Cristo, hablamos aquí de la necesidad de “una renovación evangélica profunda de la vivencia de la Cena del Señor.” Es decir, en palabras más corrientes, de la seria necesidad de volver a celebrar la misa en el mismo espíritu con que celebró Jesús la última Cena con sus discípulos.  Pero, ¿Por qué hablamos de “renovación” y de “volver al espíritu de Jesús”? Estas frases pueden extrañar y algunas personas podrán reaccionar diciendo: “Pero ¿cómo? ¿es que Ud. quiere decir que la Misa, como hemos llamado por décadas o incluso siglos a la Eucaristía, ¿no es la misma Cena que Jesús celebró la víspera de su muerte?” 
  2. De lo que reflexionamos hace dos años, y que les invito a volver a leer en mi blog de homilías o en FB, quisiera referirme, en esta ocasión, solamente a un aspecto central de la Cena del Señor que creo que, —increíblemente, por lo central que es— más se ha desdibujado en nuestra práctica eclesial. Me refiero al carácter que tiene la Cena del Señor de ser una acción profética y una gran parábola en acción, que proclama su amistad y la del Padre con todos los que aceptan participar de su mesa. “Hemos visto que las comidas fueron para Jesús un modo de proclamar su amistad, su acogida, su comunicación sin discriminaciones con sus comensales. Este gesto fue de verdad una predicación de cómo actúa Dios con los hombres. Pero no sólo una predicación sobre ese actuar, sino ya el actuar mismo, misericordioso y encarnado, comunicativo y bienhechor. Tanto aceptando la invitación, como siendo el anfitrión en la multiplicación de los panes y otras comidas, Jesús ha mostrado que su actuación era un espejo de cómo actuaba Dios con los hombres”. 
  3. En esta perspectiva, hay que recuperar la conciencia de que nuestra reunión eucarística no es una reunión piadosa más, no es una simple devoción como, por ejemplo, cuando nos reunimos a rezar el rosario, durante los nueve días de un difunto. O cuando nos reunimos para comer en la despedida a un párroco o dando la bienvenida a otro. Esas son reuniones parroquiales buenas pero distintas. Tampoco ese trata de un “acto de culto” por el que “cumplimos con el deber” de brindar adoración a Dios. Al reunirnos en la Eucaristía para ofrecer, consagrar y compartir el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo, lo que estamos haciendo es identificarnos con esa “parábola en acción” que fue la última Cena y nos  identificamos así, de esta manera, con la memoria viva de lo que Jesús fue a lo largo de su vida y hasta su muerte, haciendo nuestro ese modo de vida y comprometiéndonos a vivir de la misma manera. La cena del Señor es un signo que representa y sintetiza, a la luz de la fe, lo que fue Jesús desde que empezó su predicación hasta su entrega final, y al comulgar con ese signo, se convierte también para nosotros en signo profético de lo que queremos que sea nuestra propia vida, en nuestra entrega diaria y hasta el final de nuestra vida. Podemos decir que lo que hacemos al participar en la Eucaristía es comprometernos, cada uno, con el apoyo comunitario, a recrear nuestra vida, a renacer en el Espíritu, para hacer presente en nuestro medio, con nuestro comportamiento, el modo de vida, de relaciones, de trabajo, de pensamiento, palabra  y acción, de Jesús de Nazaret.
  4. Tenemos que preguntarnos si cuando venimos cada domingo a la eucaristía venimos preparados con el ánimo, la actitud y la decisión adecuados de quien viene a apropiarse del compromiso de vida de Jesús. Como no se trata de una “devoción” más, ni de un “acto de culto” en el sentido tradicional, no cabe decir que venimos “ a misa” “en actitud de adoración”, o que nos acercamos con respeto y devoción ante la presencia real de Jesús. Esos elementos, devoción y culto, son importantes en el conjunto de la vida cristiana, eso sí, reinterpretados en la perspectiva evangélica, pero no son los rasgos esenciales de esta Cena que, como todas las comidas que tuvo Jesús con los pobres y con los pecadores, lo que celebra es la manifestación simbólica del amor misericordioso del Padre con los más débiles y que se traduce en acciones concretas. 
  5. La revitalización de la eucaristía requiere, por supuesto,  de muchos elementos: de renovación en la preparación para el anuncio de la Palabra por parte del predicador;  en la calidad de los cantos, adecuados para complementar el mensaje de la predicación, de la flexibilidad de las normas litúrgicas mismas para ajustar el carácter de la celebración a la cultura del país y situaciones concretas de las comunidades y, en fin, del avance en el papel de los laicos y destierro del clericalismo en la comunidad. Pero, ante todo, se requiere que todos los miembros de la congregación, todos los participantes vengamos a celebrar con ese estado de ánimo,  esa actitud y esa decisión de hacer de este momento una “nueva alianza” un nuevo compromiso de construir el modo de vida de Jesús de Nazaret en cada uno de los que participamos.Ω


27 mayo, 2018

Domingo de la Stma. Trinidad: "A Dios nadie lo vio jamás…"

Lect.: Deuteronomio 4:32-34, 39-40; Romanos 8:14-17; Mateo 28:16-20

  1. Desde Navidad hasta Pentecostés  hemos recorrido, domingo tras domingo, el mensaje que las primeras comunidades derivaron del recuerdo de la vida de Jesús de Nazaret. No era una crónica histórica sino una lectura de fe de acontecimientos centrales en la vida del Maestro, que les inspiraba para su vida espiritual. Después de ese recorrido, la liturgia  pone en este domingo el foco de su meditación ya no en otro acontecimiento, sino en el Dios que se revela en esa vida de Jesús, el Dios con quien él se relacionaba. Y esto nos impulsa a preguntarnos, ¿Quién era el Dios de Jesús?La tradición ha seleccionado para referirse a ese Dios una expresión teológicaque ve a Dios como la “Santísima Trinidad”. Es la teología la que produce esta expresión, porque en ninguna parte de los evangelios se utiliza ni, tampoco, podemos encontrar reflexiones sobre lo que podríamos llamar el “misterio de Dios”. Más bien, el evangelista Juan es categórico cuando dice que “a Dios nadie lo vio jamás” (Jn 1:18), …  y Mateo tiene un párrafo parecido cuando en un pasaje muy bello de alabanza, pone a Jesús a decir: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo.” (Mt (11: 25 - 27). Está muy claro el tipo de fe en Dios de las comunidades. Si en el AT los judíos se inhibían, por respeto, de pronunciar o de escribir el nombre de Dios, los evangelistas y todo el NT quieren mantener esa actitud reverencial ante Dios reconociendo que lo que llamamos Dios es una realidad que trasciende todo conocimiento, toda reflexión, todo nombre; no puede reducirse a conceptos ni a explicaciones racionales, como si se tratara de un objeto o sujeto de los que forman parte de nuestro universo material. En términos más contemporáneos nuestros, podríamos decir que ante la realidad de que llamamos “Dios” —nombre común a muchas religiones y creencias—, mejor es mantener un respetuoso silencio. 
  2. Sin embargo, ese reconocimiento de la trascendencia de Dios, en las primeras comunidades cristianas va acompañado de la otra convicción, subrayada también por el evangelista Juan, “si bien a Dios nadie lo vio jamás, el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer.” (Jn 1:18)   Ya no es en el Templo en donde debemos buscar la presencia del Altísimo, como profesaban los judíos,  sino en la persona de Jesús. El mensaje nos dice que es en el proceso de crecimiento, de realización personal de Jesús en su misma vida humana, desde la encarnación hasta su pascua, es ahí donde se manifiesta la realidad divina. Es decir, que aquel que confesamos como el Dios eterno  forma parte de la historia de Jesús y de su caminocotidianocuando él anuncia el Reino con su vida de servicio, de solidaridad, de compromiso amoroso. Mateo en su relato vincula toda la vida de Jesús a la de Dios: en el nacimiento, a lo largo de todas sus acciones y palabras y hasta la muerte. Esto es lo maravilloso: que esa realidad que llamamos Dios, —que está sobre todo nombre, y que trasciende todo conocimiento— no es una realidad aislada y diferente de la realidad que conocemos y, por el contrario,  los cristianos la descubrimos en todo lo que Jesús, ese humilde campesino galileo, hizo en su vida como manifestación de la fuerza del Espíritu de Dios, en la realidad humana.
  3. Pero, además, lo que resulta para nosotros todavía más impactante, es entender que las primeras comunidades quisieron hacernos ver cómo cada uno de los discípulos compartimos esa misma presencia y experiencia de Dios en Jesús. Esto sucede en cada uno de nosotros, en la medida en que formemos parte de la historia de Jesús y de su caminocotidianoanunciando el Reino con una vida de servicio, de solidaridad, de compromiso amoroso, —independientemente de nuestras creencias y tradiciones religiosas—  De hecho, es a eso a lo que se refiere el envío de los discípulos en el texto de hoy “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
  4. y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”.“Bautizar” no es sinónimo de “matricular”, de “inscribir” para aumentar el número de miembros de la Iglesia. Se trata de ayudar a que todos descubran lo que tienen en sí mismos, en la medida en que compartimos ese mismo camino. A distancia de lo que a veces creemos, —debido a la catequesis muy limitada que hemos recibido—, el bautismo de los cristianos no tiene un sentido de purificación, ni es un gesto penitencial, —como lo fue el bautismo de Juan el Bautista—,  sino que simboliza la inmersión en el Espíritu Santo que ha acontecido en nosotros. Esta inmersión define la nueva condición, la nueva identidad de los que recorren el mismo camino que siguió el Jesús histórico. El bautismo lo que hace es significar esa inmersión en el Espíritu de Cristo que nos permite que habitemos y caminemos en el interior de la misma vida divina, alcanzando nuestra plenitud humana. 
  5. La misión, el envío que hace Jesús a sus discípulos, apunta entonces a anunciar a todos los pueblos esta realidad que todos tenemos a nuestro alcance: que sumergiéndonos en el modo de vida de Jesús de Nazaret, al sumergirnos en el Espíritu que lo alentó, estaremos todos los seres humanos sin excepción, sumergidos en la misma vida de Dios, al que nadie ha visto jamás, pero que viviendo de esta manera lo hacemos manifiesto. Es la grandeza de la dignidad humana.Ω  


20 mayo, 2018

Día de Pentecostés: con capacidad de construir comunión

Lect.: Hechos 2:1-11; I Corintios 12:3-7, 12-13; Juan 20:19-23

  1. Ya hemos hablado en domingos anteriores acerca de cómo, en los evangelios, a veces encontramos relatos con datos muy distintos de un mismo acontecimiento y hemos explicado, al menos, de forma breve, cómo eso no significa contradicción porque los autores no pretenden darnos una narración o crónica histórica sino transmitir la verdad de un mensaje. Así dos relatos de un mismo acontecimiento pueden comunicar  dos perspectivas distintas para recalcar aspectos distintos importantes de un mensaje. Hoy, precisamente,  tenemos en las lecturas un buen ejemplo que ilustra esta práctica, al brindarnos dos versiones diferentes, que hasta parecen contradecirse, sobre el acontecimiento en el que los apóstoles reciben el don del Espíritu Santo. Uno de los relatos, el de Lucas, en el libro de los Hechos y el otro, en el capítulo 20 del evangelio de Juan. Todavía algunas personas podrían preguntarse, ¿cuál es el relato verdadero sobre el don del Espíritu, o venida del Espíritu Santo,como suele denominarse este acontecimiento? Es un caso para aplicar lo ya dicho. No se trata de una narración histórica de un hecho, sino de un mensaje que transmite una verdad central para la vida cristiana. Por eso, es erróneo preguntarse cuál de los dos es el verdadero acontecimiento histórico. La pregunta, más bien, debe de ser, ¿Cuál es la verdad del mensaje que quiere transmitir Lucas y cuál la que comunica Juan?
  2. Aunque creo que nunca hemos explicado aquí en detalle, —porque una homilía no es el lugar para hacerlo, solo lo he mencionado de paso—, hay que saber que el evangelio de Juan es un libro que está estructurado no con la intención histórico narrativa, sino con un propósito teológico. Como lo han señalado estudiosos  bíblicos, “No es una biografía de Jesús. ni siquiera un resumen de su vida, sino una interpretación de su persona y obra, hecha por una comunidad comunidad a través de su experiencia de fe.” Y las dos líneas que estructuran todas sus páginas son el tema de la creación y el de la Pascua - Alianza. Todala vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret culminan la creación del ser humano. La culminan al comunicarle el Espíritu de vida que supera la muerte definitiva, que lo transforma de “hombre - carne”, en “hombre - espíritu”, hijo de Dios que participa de la vida divina. 
  3. Esta “nueva creación” o, mejor, plenitud de la creación, se inicia en el día mismo de la resurrección y, por eso, Juan incluye en un solo relato, junto a la resurrección, el don del Espíritu Santo a los discípulos, como  acontecimientos que sucedieron ese mismo día de Pascua, y no cincuenta días después. Mientras que Lucas, con su relato tan conocido, que hemos leído hoy en la liturgia como 1ª lectura, enfatiza la idea de la universalidad del mensaje evangélico, para todos los pueblos, y de ahí todos los símbolos empleados: las lenguas de fuego, la predicación a gentes de muy diversas lenguas que los entienden aunque ellos solo hablan su propio idioma, como galileos. Esta no es la perspectiva de  Juan, quien subraya que el don del Espíritu Santo es el sello, por así decirlo, la culminación de la creaciónque Dios para la humanidad. Es decir, con la entrega del don del Espíritu culmina la nueva creación, se completa una nueva condición humana que nos transforma a todos, que nos permite vivir una vida animada por la esperanza y no por el sentimiento de derrota bajo la opresión de sistemas de injusticia y pecado. La intención específica del evangelista respecto al sentido del don del Espíritu  puede apreciarse en el uso de la palabra que utiliza Juan para hablar de ese don. Juan dice que Jesús sopló, sobre sus discípulos, exhaló su aliento. Todos podemos recordar el relato del Génesis Gn 2,7,  donde se usa la misma palabra. “Entonces,—dice el texto que narra la creación—, el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y soplóen su nariz un aliento de vida.Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” En el Génesis con aquel soplo se convirtió el ser humano material, de barro, en ser viviente. En el evangelio de Juan, por su parte, con el soplo divino  los discípulos adquieren vida plena, como hijos de Dios, se hacen semejantes a Dios que es espíritu, ahora los hijos no son meras criaturas materiales, son también espíritu.
  4. ¿Cuál es la característica de esa nueva condición humana?  Al nacer del Espíritu de Dios el ser humano es también espíritu, está capacitado para “actuar como hijo de Dios”. Esta nueva condición humana es la que nos permite realizar la misma misión de Jesús de Nazaret, el Hijo primogénito de Diosque consiste en dar testimonio en favor de la verdad de la vida y la existencia humana (18,37), manifestando esa verdad con obras (5,36) Aquí culmina la obra creadora al darnos el Espíritu, y con él la capacidad de amar hasta el extremo, como Jesús de Nazaret.Con este don del Espíritu el ser humano puede superar la condición de “carne” (3,6), es decir, la condición débil y transitoria, en la medida en que esa “carne” queda asumida y transformada por el Espíritu, por la fuerza divina que nos habita. Pero, sobre todo, capacita al hombre para darse generosamente a los demás, como Jesús. Es lo que lo libera del pecado del mundo, lo saca de la esfera de la opresión,  del dominiodel sistema de injusticia político - religioso en que vivía. Aunque siga inmerso en el mundo, ya no es del mundo, y el Espíritu es garantía de esperanza. La experiencia de vida que da el Espíritu es, por eso, la verdad que lo hace libre (8,31-32), sobre todo dándole la experiencia de la persona de Dios como Padre (10,30; 17,6) y la capacidad de amar con un amor como el Jesús. Esto da confianza en el valor salvífico incluso del menor de los actos hechos por amor.
  5. El don del Espíritu que celebramos en esta fiesta de Pentecostés no es, pues, como a veces se piensa, un simple hecho milagroso que nos capacita para hacer hechos portentosos, como el “hablar en lenguas”. o para recibir revelaciones o profetizar entendido como “adivinar”. Tampoco es un acontecimiento puntual, con fecha, que tiene lugar en un momento determinado, para el que hay que prepararse. Es un don que ya tuvo lugar y que garantiza que un proceso de recreación de la humanidad, está en marcha en cada uno de nosotros.Nos  libera de las limitaciones  y nos recrea en nuestra capacidad de amar, al trascender nuestra limitación material, y unificarnos por ese Espíritu, en un mismo cuerpo. Como lo recuerda la 2ª lectura, de Pablo a los Corintios, somos como miembros de un mismo cuerpo, y las manifestaciones del espíritu se dan en cada uno para el provecho común. En otras palabras, no podemos subvalorar lo que somos y hacemos porque se nos ha dado la capacidad para poder construir comunión, comunidad verdadera, compartiendo lo que somos y tenemos y nuestra propia vida con los demás. Celebrar este acontecimiento transformador nos compromete a asumir con alegría esta misión de Jesús.Ω

13 mayo, 2018

Ascensión del Señor: abriendo los ojos a nuestra realidad profunda

Lect.: Hechos 1:1-11; Efesios 1:17-23; Marcos 16:15-20

  1. Hay algunas palabras y temas en el lenguaje religioso que dan más ocasión que otras para aprender a distinguir entre las expresiones y el mensaje contenido en textos bíblicos, y sobre todo evangélicos. Esto sucede, por ejemplo, con la que empleamos este domingo al hablar de la “ascensión de Jesús a los cielos”. Tomada al pie de la letra la expresión  solo causaría sonrisas en las personas adultas de nuestra época, incluso entre los católicos, si son bien formados. Porque ¿cómo podría entenderse eso de “subir a los cielos”? ¿Podría alguien creer que se refiera a esos espacios estratosféricos, más allá de nuestro planeta o incluso de nuestro sistema solar? En la época antigua se representaban el mundo en tres niveles (no tenían ni idea tampoco de la inmensidad del universo), y en el nivel “superior” colocaban la “morada de los dioses”. Hoy día a nadie se le ocurriría pensar, por ejemplo,  que ahora que un grupo de compatriotas colocó en órbita el primer satélite tico, el Batsú —o “colibrí”, en lengua bribi—, éste tendría que estar bien programado para no chocar o no penetrar en los cielos adonde “subió” Jesús. 
  2. Pero basta leer con atención, comparando los relatos de los cuatro evangelistas y del libro de los Hechos, y descubrir todas las diferencias como la presentan, para darnos cuenta de que no están intentando comunicarnos un relato histórico. Lo que hacen es emplear un género literario, frecuente en aquellas épocas, el género de “subida y ocultamiento  con que solían concluirse las biografías de personajes famosos.  Los relatos evangélicos difieren entre sí. El de   Marcos, propiamente, no lo menciona. El capítulo 16 “de Marcos”, de donde está tomado el texto que leemos este domingo, (16: 15 - 20) es, en realidad, una colección de relatos pascuales, agregados al evangelio de Marcos, en el siglo II. Y ahí se coloca la “Ascensión” en el contexto de una comida. Dice el relato que “se apareció a los Once, mientras estaban comiendo …” y después del discurso del envío “el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios”.   En el evangelio de Lucas no es en una comida sino que  (Lc 24: 50 - 51) se narra que “Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. No obstante, el propio Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, (1: 1 - 11)  ubica el relato también en una comida pero después de 40 días siguientes a la Resurrección (solo Lucas menciona este período),  y al concluir la comida “los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos”. Para Mateo (28: 16 - 20), en cambio, en un relato que se ha inmortalizado en obras de arte y estampas muy posteriores, “Los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado, …” Ahí les dice el discurso de misión, aunque no dice explícitamente que “sube al cielo”. En fin, en Juan, (20: 16 - 18), la misma mañana de la resurrección le dice a María Magdalena, que les diga a los demás discípulos que “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes.” Se ve, entonces, que tantas diferencias en los relatos no pretenden transmitir un hecho histórico, sino comunicarnos un mensaje con una verdad de gran importancia para las primeras comunidades y, por tanto, para nosotros. 
  3. ¿Cuál es la verdad comunicada por ese mensaje? Podemos resumirla así, que con la muerte y resurrección de Jesús caen las últimas limitaciones materiales de espacio y tiempo que habitualmente, en nuestra existencia histórica y también en la de Jesús de Nazaret, no dejan ver la plenitud, la profundidad de nuestra realidad humana, el “estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo,” de la que habla la 2ª lectura de  hoy de la Carta a los Efesios. Es decir, nuestras condiciones materiales históricas, no nos dejan ver que  ya estamos y existimos en el regazo de Dios, que estamos sumergidos en la realidad de la vida divina. Entonces, la expresión que afirma que Jesús “sube al cielo” quiere decir que supera esas limitaciones y pasa a experimentar directamente y sin ningún velo, el cara a cara de la realidad divina, suya y del Padre en que está sumergido, y en que estamos nosotros también sumergidos. En él somos, nos movemos y existimos.
  4. Eso que se anuncia plenamente en la fiesta de la ascensión, es una revelación anticipada de la realidad profunda de nuestra propia vida humana que ya vivimos aquí y ahora, aunque nuestra condición histórica actual nos impide verla o sentirla y solo la aceptamos y afirmamos por la fe. A lo sumo, como dice un gran teólogo contemporáneo, en una lectura espiritual, quizás ahora, como en la experiencia de los discípulos de Emaús, solo al compartir el pan, al compartir nuestra vida, lo que somos y tenemos, con los demás, bordeamos los límites de nuestra realidad humana más profunda y nos aproximamos a experimentar la presencia de lo divino en que se sustenta nuestra existencia personal. 
  5. Lo importante al celebrar la ascensión de Jesús es reafirmar nuestra fe en que nunca se ha dado un alejamiento de Jesús, el Cristo, de nuestra vida, sino, más bien, lo contrario, es que celebramos su presencia en nosotros, celebramos la más entrañable divinización nuestra y la más entrañable humanización de Jesús