22 junio, 2014

Fiesta del Corpus Christi

Lect.: Deut 8,2-3.14b-16a; 1  Cor 10,16-17;   Juan 6,51-58


  1. "Vivir en Dios y para Dios". Innumerables veces hemos repetido, durante el tiempo pascual, esta frase con la que Pablo quiere expresar el significado de la resurrección de Jesús. Se trata de una “exaltación”, una “elevación” a un nivel distinto de la vida humana, al más profundo, el de la vida plena. Y nosotros, con Cristo, dice el mismo Apóstol, hemos muerto con él, hemos resucitado con él, hemos sido elevados con él. Desde esa perspectiva podemos leer todo el evangelio de Juan al que pertenece la 3ª lectura de hoy, como una gran invitación a renacer a esa nueva conciencia de lo que somos como seres humanos. Para entrar en el Reino, —como Jesús trató de ayudar a Nicodemo para que comprendiera—, hay que renacer,  pasando de nuestra limitada conciencia individual, en que habitualmente nos encontramos atrapados, a ese otro nivel más perfecto de conciencia en que nos descubrimos inmersos en la vida misma de Dios. Juan insistirá una y otra vez en esta fascinante realidad. Recordemos, sobre todo, aquella frase contundente que Juan pone en labios de Jesús: yo estoy en el Padre, ustedes en mí y yo en ustedes” (Jn 14: 10). Estar convencidos de esto cambia, sin duda, nuestra perspectiva de vida y nuestra manera de entender la religión.
  2. Todos los domingos participamos en la Eucaristía, pero ¡cuánto nos queda por profundizar en la comprensión de este maravilloso sacramento! Quizás esta vez, este año, podamos dar un paso más en esa comprensión, si nos colocamos en esa perspectiva del Evangelio de Juan que nos invita a renacer a ese nivel de conciencia en que nos descubrimos inmersos en la vida de Dios.  “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, nos dice Jesús en el texto de Juan leído hoy. No puede cabernos duda de que con esa expresión tan fuerte, —comer y beber— el evangelista quiere que entendamos que se trata de una invitación a hacer nuestra la vida entera de Jesús, a comerlo a él, es la manera simbólica maravillosa de expresar que hacemos nuestra su vida entera, hasta el final al que llegó libremente. Que hacemos nuestros sus sentimientos, sus valores, su compromiso, su vida nueva de resucitado, que nos coloca, aquí y ahora, en el seno de la vida de Dios.
  3. Cuando leemos que muchos de sus discípulos a partir de ese momento le volvieron la espalda a Jesús, porque consideraron demasiado duras sus palabras, a menudo pensamos que era por rechazo a lo que podría sonar como una forma de canibalismo. Quizás así fue para algunos. Pero más probablemente lo que echó atrás a la mayoría fue que más bien  entendieron correctamente el simbolismo y de qué se trataba la invitación; y eso no les gustó. Entendieron que se les invitaba a dar un paso adelante, a no quedarse en las prácticas religiosas, rituales, ordinarias, y a “comer y beber”, a hacer propia la misma vida de Jesús, a apropiarse de esa vida  de Jesús que está dentro de la misma vida de Dios. Claro, eso transformaba radicalmente la visión materialista y dualista que tenían de sí mismos. La manera de hablar de Jesús, de una unidad estrecha de lo humano y lo divino eso era lo que más podía escandalizar a aquellos discípulos que se fueron. Porque aceptar esta comprensión del comer y beber a Jesús, equivalía a  dar el paso también a una dimensión más profunda donde la vida humana se enraíza en la vida divina.
  4. La invitación de Juan sigue vigente para cada uno de nosotros hoy para que ampliemos nuestra conciencia de lo que significa participar en la eucaristía. No es una simple devoción, no es recibir un pan bendito, ni un maná “de segunda generación”, ni un mero acto de culto. Es el signo de nuestra aceptación libre y decidida de comer, de hacer nuestra, la vida entera de Jesús que se nos ofrece de manera muy real en la comunidad de fe. Participar en la eucaristía desde esa realidad profunda, es redefinir nuestra manera de entender lo que somos, lo que es nuestra vida de calidad, y lo que significa vivir relaciones de calidad con todos los seres humanos y con toda la naturaleza de la que formamos parte. Participar en la eucaristía no es “oír misa”, o cumplir con un precepto, es el acto sacramental comunitario de aceptar o no una forma de vida en la que ya no tendremos más hambre, ni más sed de otras formas de vivir (Jn 6: 34 – 35).Ω

16 junio, 2014

Domingo de la Stma. Trinidad

Lect.: Ex 34,4b-6.8-9; II Cor 13,11-13; Jn 3,16-18

  1. Comenta un hermano dominico, en su predicación de hoy, que más que decir que este domingo es "una fiesta dedicada a Dios, es más bien una fecha para celebrar que Dios es una fiesta todos los días, lo cual es algo muy distinto. La fiesta es siempre alegría, relación, vida, amor. "El creyente, añade este hermano, es aquel que se ha sentido invitado a esa fiesta y está dispuesto a participar en ella.”. Pienso que esta es una hermosa manera de invitarnos a revisar la forma como nos representamos a Dios, a repensar las creencias que hemos construido en las religiones, en las iglesias, para referirnos a la divinidad, a lo sagrado, a lo santo que está en nosotros, en la vida, en la creación. Invitación a darnos cuenta de que a menudo caemos en la trampa de pensar que la fe en Dios es la aceptación de una doctrina de la Trinidad, de un credo, largo o corto, o de otras explicaciones teológicas, en vez de descubrir que es una experiencia de vida, es la participación en esa fiesta que es Dios y que es la fuente de vida, —por eso podemos llamarlo Padre y Madre—, el fundamento y la plenitud que llena nuestra existencia
  2. Todos los grandes santos y espirituales coincidían en que de Dios más sabemos lo que no es que lo que es. El evangelio de Juan nos recuerda desde el comienzo (Jn 1: 18)que “a Dios nadie lo vio jamás”, pero seguidamente nos afirma que es el Hijo, el que vive en el seno de Dios, el que puede hablarnos de Dios. Podríamos decir, entonces, que la vida de quien está en Dios es la que mejor expresa lo que es Dios. Durante el tiempo Pascual hemos meditado en la Resurrección, precisamente, como una forma de existencia en Dios y para Dios y escuchábamos decir, también  a Pablo, que ya estamos compartiendo con Cristo esa vida de resucitados. Otro gran santo y poeta, San Juan de la Cruz, en un extraordinario poema referido a su propia experiencia de la divinidad, usa frases tan desconcertantes como las que inician ese poema: "Entréme donde no supe
 y quedéme no sabiendo toda ciencia trascendiendo”. Y añado aquí la primera estrofa: 
    "Yo no supe dónde entraba
 pero cuando allí me vi 
sin saber dónde me estaba 
grandes cosas entendí 
no diré lo que sentí
 que me quedé no sabiendo
 toda ciencia trascendiendo".
  3. Entrar en esa fiesta de todos los días, que es Dios, es descubrir y vivir en plenitud lo que es el sustento de nuestro ser, la fuente de nuestra vida y del amor. Es abrirse a experimentar la bondad, la alegría, en la raíz de donde  todo procede, y que  nos permite traducir esa experiencia en formas de creación de más amor, más alegría, más luz, más confianza, más solidaridad aún en medio de situaciones de fractura y dolor, de contradicción y conflicto o, quizás, más especialmente en esas situaciones. Esa experiencia de vida, “en Dios y para Dios”, es lo que nos hace personas de fe, aunque no sepamos ni siquiera formular o explicar en doctrinas, dogmas o razonamientos lo  que nos transmite esa experiencia, —“entreme donde no supe, repito la expresión de san Juan de la Cruz, toda ciencia trascendiendo”. Pienso que la oración que puede brotar este domingo de nuestros corazones es que nos abramos a participar en esa fiesta de todos los días que es Dios, encontrado en la alegría, el amor, la solidaridad de las relaciones, en la vida,  y que  podemos descubrir esa fiesta en quienes ya la viven, independientemente de si se llaman católicos, creyentes o ateos, pero que están construyendo un mundo en fiesta, en amor, en servicio, en alegría.Ω 

Fiesta de pentecostés.

Lect.: Hech. 2: 1 - 11; : I Corintios 12,3b-7.12-13;  Juan 20,19-23

  1. Lo que llamamos "fiesta de Pentecostés" no debemos pensarlo como la conmemoración de un hecho particular, de un evento histórico que sucedió en algún momento de la vida de las primeras comunidades. Algo así como cuando conmemoramos la fecha de la Independencia nacional, o el aniversario de la Batalla de Santa Rosa, o la firma de la Declaración de los Derechos humanos, u otras muchas efemérides. Lo que estamos reflexionando y celebrando en este domingo no es un hecho pasado, sino la realidad presente de la vida de cada uno de nosotros, tal como la descubrimos a la luz de la Buena Noticia del Reino. 
  2. Esa realidad extraordinaria es la de nuestra completa inserción o inmersión en Dios, la realidad de que todo el aliento que nos permite vivir, actuar, trabajar, relacionarnos, amar e incluso morir, es el mismo aliento de Dios, el Espíritu divino que nos da la existencia permanentemente, al punto que nos atrevemos a decir, con san Pablo, que “es el mismo Dios el que obra todo en todos”.
  3. Puede que nuestra limitada lectura de los textos sagrados nos de la impresión de que meramente estamos conmemorando una fecha, en otra época, en que Jesús envió el Espíritu a sus discípulos, y que los evangelistas y Pablo narran de diversa forma, —Lucas refiriéndolo a bastantes días posteriores a la muerte de Jesús, Juan ubicándolo en el aposento en que se encontraban, el mismo día de la Resurrección. Pero, esa diversidad en las narraciones en realidad no importa, porque a lo que nos refiere es a los momentos de toma de conciencia por parte de los discípulos de la hondura de vida que estaban viviendo también ellos como resucitados.
  4. Como hemos venido meditando en domingos anteriores, la resurrección de Jesús es la exaltación de Jesús a la vida del Padre, para vivir solamente en Dios y para Dios, en una nueva forma de vida, una vida plena, sin las limitaciones propias de la existencia terrena. Habiendo resucitado con  Cristo, como dice Pablo, participamos del mismo Espíritu de Dios, que lo levantó de la muerte, y que nos hace vivir una vida nueva, aunque todavía con las limitaciones de nuestra condición actual. Como dicen maestros espirituales,  vivimos lo infinito en lo finito, lo impermanente en lo permanente, el gran Donante en los pequeños dones, el gozo supremo en los breves momentos de alegría. Pero lo estamos viviendo ya por el único Espíritu que nos da la vida. 
  5. Pablo no quiere caigamos en el error de pensar que esto es un privilegio individual, ni siquiera de unos pocos y se esfuerza por recordarnos que todos y todas somos miembros de un mismo y único cuerpo. Que aunque manifestemos una gran diversidad, —diversidad de rasgos, de funciones, de dones, de identidades—, compartimos una misma existencia, más allá de nuestro pequeño ego. Esto explica por qué, como escribe el Apóstol más adelante en la misma carta, “cuando uno de los miembros de ese cuerpo sufre, todos sufren” (I Cor 12: 26). Es una realidad de comunión que incluso nos vincula  estrechamente con el conjunto de la naturaleza, de la creación la cual, "gime dolores de parto, esperando ser liberada de las semillas de corrupción. (Rom 8:19-23).  Damos gracias a Dios que nos permite avanzar poco a poco en este conocimiento de nuestra realidad humana enraizada en la realidad divinaΩ.

15 junio, 2014

7º domingo de Pascua, la Ascensión

Lect: Hechos 1,1-11; Efesios 1,17-23;  Mateo 28,16-20

  1. El esfuerzo de comprensión del acontecimiento de la Pascua y el esfuerzo  pedagógico de algunas de las primeras comunidades cristianas por transmitir el contenido de ese acontecimiento llevó a esas mismas comunidades a separar lo que fue un solo acontecimiento como tres momentos, resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo. Con el mismo ánimo pedagógico las celebraciones litúrgicas continuaron  dedicando tres fechas distintas sucesivas, para celebrar la Resurrección, la Ascensión y el Envío del Espíritu Santo. Nuestro entendimiento humano siempre necesita apoyos para entrar en realidades espirituales que nos trascienden. San Pablo, en varias de sus cartas ––—que son los escritos más antiguos del NT, anteriores a los evangelios—, nos ayuda a entender que se trata de tres dimensiones de un solo acontecimiento. Para Pablo lo que nos dice el mensaje es que Dios levantó a Jesús de la muerte, y lo exaltó a Jesús a su propia vida, de tal forma  que Cristo es ahora el Viviente, que vive solo en Dios y para Dios. Lógicamente, en la mentalidad y visión del mundo de aquella época, los escritores sagrados tenían que expresar estos misterios hablando de “subir hacia Dios”. Nosotros ahora sabemos que es una manera de hablar de aquel tiempo, que Dios no está arriba y que Jesús no tenía que ascender, subir físicamente a ningún lugar para entrar en una vida nueva, en una forma de existencia en la que vive solo en Dios y para Dios.
  2. Con esta fiesta —que llamamos, con Lucas, la Ascensión—, lo que estamos afirmando entonces es nuestra fe en esa exaltación de Jesús, que vive para siempre en Dios y para Dios. Está “a su derecha”, dicen en el lenguaje de la época, también. Al mismo tiempo estamos confesando que en esto está nuestra propia plenitud, la plenitud de la vida humana, según la perspectiva cristiana. El domingo de Pascua tratamos de comprender mejor nuestras expresiones de fe, diciendo que los evangelios no querían presentarnos la resurrección de Jesús como si fuera una “resuscitación”, la vuelta a la vida de un cadáver, que regresa a la vida de este mundo como antes, con todas las limitaciones de la vida terrestre. En el presente domingo, con la imagen de la Ascensión, entendida por san Pablo como una exaltación a la vida plena de Dios, podemos acercarnos mejor a entender que la idea de un cadáver vuelto a la vida de este mundo se queda muy corta, muy lejana, de esta riqueza de plenitud que es la vida en Dios.
  3. San Pablo nos dice que con Cristo hemos sido todos levantados, resucitados también (Rom 6:4) Y si hemos sido levantados con Cristo, debemos despertarnos a vivir una vida de resurrección, a andar en la novedad de vida y a buscar las cosas de esa vida nueva, de“arriba”(Col 3:1)   de manera que en cada momento, en cada situación, —no importa si de dolor o de disfrute— podamos vivir la plenitud de nuestra vida humana, nuestra comunión con Dios  y nuestra comunión profunda entrañable con todos los seres humanos, con todos los vivientes y con toda la naturaleza de la que formamos parte. Sin duda que aún nos queda un gran trecho para crecer en conciencia de lo que somos, para caer en la cuenta de que esta es la realidad profunda de nuestra vida de hoy. Ojalá que cada una de nuestras reuniones eucarísticas cada domingo nos ayuden a progresar en este proceso de iluminación.Ω