13 diciembre, 2009

3er domingo de Adviento

3er domingo de Adviento, 13 dic. 09
Lect.: Sof 3: 14 – 18 a; Flp 4: 4 – 7; Lc 3: 10 – 18


1. Casi todos los adolescentes pasan —y hemos pasado también nosotros por ahí— por una etapa de rechazo de imposición de normas, de reglamentos, de autoridades que nos indiquen qué hacer. Pasan por una crisis y causan una crisis a los papás y maestros. Es la etapa, decimos, de la rebeldía. Se junta, con frecuencia, a las tendencias a vestir y presentarse de maneras distintas: pelo largo, aretes, tatuajes, probar drogas… que también causan tanto disgusto a los adultos. Quisiera destacar dos cosas muy positivas detrás de esa reacción adolescente. Una, es la necesidad de ser ellos mismos, de tener identidad propia. La otra, lograr esa realización personal de manera creativa, sin copiar al papá, o a los que están supuestamente encargados de su formación. Este sería un tema para todo un cursillo, pero no es de lo que se trata aquí. Lo que quiero destacar es lo significativo que resulta para todos el recuerdo de esa etapa de la vida en la que quisimos ser nosotros mismos y no simplemente un clon de nadie más, un producto industrial en serie. La sociedad, la economía actual y las distorsiones del sistema educativo luego casi siempre castraron esas aspiraciones a ser uno mismo y nos amoldaron a acabar copiando a los “ídolos” promovidos por el comercio y aceptados por la mayoría conformista. Pero en el corazón de cada uno de nosotros permanece la semilla de ese deseo de libertad profunda, de ser creadores de un ser humano salido de la mano de Dios sin duplicados.
2. En el texto evangélico de hoy la gente, después de oír la tremenda predicación del Bautista, reacciona y le preguntan: “¿Entonces, qué hacemos?” Esa misma pregunta seguro que nos la hacemos nosotros cada año, en el adviento, antes de conmemorar una vez más la Navidad, y prepararnos para renovar nuestra vida en un año nuevo. Los dos domingos anteriores hablamos de las amenazas que atentan contra la vida de la humanidad y del planeta y de la necesidad de recibir la palabra de Dios en el desierto, es decir, liberándonos de obstáculos para que germine en nuestro corazón y nos permita cambiar nuestro estilo de vida. Pero este domingo, la pregunta obligada es “Entonces, ¿qué hacemos para que este cambio suceda?
3. La respuesta puede darse a diferentes niveles. Algunos se sentirían tentados de responder que de lo que se trata es de cumplir mejor las leyes civiles y los mandamientos. Es un primer nivel, mínimo que no es el que enfatiza Jesús, aunque sí el pueblo judío al que perteneció. Otro nivel que supera el nivel legal es el moral, el ético. Si nos quedamos en la comprensión literal de Lc hoy nos encontraríamos en ese segundo nivel: compartir el vestido, el alimento, cobrar el precio correcto, no chantajear, todo eso que menciona Juan se refiere a la práctica de la justicia, de la solidaridad, de la equidad y de otros valores sociales. Es un nivel de práctica muy importante, que nos permite ir viviendo con calidad y excelencia. Ojalá diéramos pasos en esa dirección. Ya sería un adelanto extraordinario para nuestras sociedades. Equivale a ser bautizados con agua, dice Jn. Pero el evangelio apunta a un tercer nivel más profundo, el nivel de la espiritualidad, de la interioridad. El nivel de ser bautizados en Espíritu Santo y fuego, al que sin saberlo aspirábamos cuando pasamos por el momento de la adolescencia: es el nivel de llegar a ser uno mismo, ancanzando lo más auténtico y único que hay en mí mismo. No solo acoplarnos a leyes establecidas desde fuera, ni siquiera solo de criterios valorados como excelentes por la sociedad. Es sacar desde dentro un modelo único, de ser humano que tenemos que crear a imagen y semejanza de Dios.
4. “Entonces, ¿qué hacemos?” Por lo pronto tomar conciencia de que el ideal es alcanzar ese nivel de espiritualidad, —como lo hizo Jesús—, solo en el cual podremos ser de verdad libres para ser nosotros mismos. No podemos de un solo, eliminar las amenazas a la vida en el planeta y cambiar el estilo mercantilista de esta sociedad. Pero en medio de lo que existe, aquí y ahora, podemos ir creando esa nueva forma de ser humanos que será el fermento de transformación de la economía, de la política y la sociedad que existen.Ω

06 diciembre, 2009

2o domingo de Adviento

2o domingo de Adviento, 6 dic. 09
Lect.: Bar 5: 1 – 9; Flp 1: 4-6. 8 – 11; Lc 3: 1 – 6


1. ¿Por qué empieza Lc este capítulo hablándonos de ese emperador, esos virreyes y esos sumos sacerdotes? ¿Nos dice algo a nosotros? ¿No les parece raro? ¿Qué es lo importante de este párrafo? Sencillamente que Lc está ubicando en un momento concreto de la historia el mensaje religioso que va a transmitir. Es una manera de decir: Dios habla el lenguaje de una época, para la gente y los problemas de un momento determinado. Por eso repetir de manera fundamentalista un texto bíblico, sin ningún esfuerzo por reinterpretarlo en nuestro tiempo, es la mejor manera de mutilarlo, de perder su sentido para nosotros. No se rían, pero si Lc hubiera escrito hoy, hubiera empezado este capítulo más o menos así: en el año 2 del presidente más poderoso de la tierra, B. Obama, siendo presidente de CR en su último año O. Arias, a casi 200 días del golpe de estado en Honduras, y siendo Sumo Pontífice José Ratzinger, con el nombre de Benedicto XVI, fue dirigida la palabra de Dios a su pueblo… Si nos choca meter en el evangelio estos nombres y sucesos políticos, preguntémonos por qué no nos chocan en este adviento los nombres de Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, etc. Quizás nos demos cuenta de que hemos hecho del evangelio no un mensaje vivo y actual, sino un objeto de museo.
2. Hace 8 días sugeríamos que la comunidad de Lc hablaba del fin del mundo con un lenguaje apocalíptico de la época, al haber tenido que pasar por la destrucción de Jerusalén el año 70, por el ejército romano. Pero que hoy, la vida en el planeta está amenazada por otros poderes de ambición, codicia y egoísmo estúpido, que causan la crisis financiera y económica, la crisis alimentaria, la crisis energética y el cambio climático. Esas son las verdaderas e inminentes amenazas que pesan sobre nosotros y nuestro planeta. Y ponerse a pensar en una destrucción cósmica, por un choque con un meteorito o a resultas de tormentas solares es una forma de escapismo ilusorio de la vida real, y una distorsión de la fe de Jesús en un Dios amoroso y providente.
3. El texto de Lc hoy nos plantea además entre otros, dos temas que exigen también ser ubicados en nuestro contexto actual. El primero dice que ante los peligros que amenazan al pueblo la palabra de Dios fue dirigida a Juan en el desierto. En la tradición bíblica el “desierto” es el símbolo de preparación personal y comunitaria, de despojo de todo lo que estorba, para el encuentro con Dios. En nuestro caso es prácticamente imposible experimentar la presencia de Dios, si estamos embotados, atontados, por un estilo de vida impulsado por prácticas mercantiles que solo se obsesiona con tener más, aunque eso no nos haga ser más profundamente humanos. Ir al desierto significa liberarse de todos esos estorbos. De lo contrario escuchar aquí cada domingo la palabra, no pasa de ser una simple y superficial rutina y nunca nos permitirá experimentar a Dios.
4. Pero para despojarse de ese estilo de vida que emborracha y ciega, se necesita, según el evangelio, pasar por un “bautismo de conversión”. Este es el 2º tema. Recordemos que “conversión” significa, en el NT, un cambio radical de mentalidad. Hoy diríamos, de prioridades, de visión de las cosas, de saber poner en su lugar cada cosa, para cambiar no solo individualmente, sino para ayudar a cambiar la sociedad en que vivimos. “Bautizarse” es entonces otro símbolo de la disposición, la docilidad y el aprendizaje para dar ese paso radical de cambio.
5. Solo así se cumplirá esa frase final en la que Lc cita a Isaías: “todos verán la salvación de Dios”. La presencia salvadora de Dios generará y se nos hará transparente en ese nuevo estilo de vida, ese nuevo modo de construir las relaciones humanas y con la naturaleza, en nuestras prácticas solidarias, de autodonación, de justicia. De lo contrario, lo que llamamos nuestra fe en Dios no pasará de ser una ideología, una doctrina, o una cómoda superstición.Ω