28 septiembre, 2014

26º domingo t.o.

Lect.:  Ezequiel 18,25-28; Filipenses 2,1-11; Mateo 21,28-32

  1. Para captar el sentido de la parábola de hoy hay que recordar el contexto en que Jesús la dice y que aparece unos versículos antes de este texto (Mt 21: 23 - 27). En ese momento está acosado por sumos sacerdotes, fariseos y ancianos que le cuestionan su manera de actuar y le preguntan con qué autoridad hace lo que hace. Se refieren a las curaciones, a la higuera que secó, a los mercaderes expulsados del Templo… Jesús en vez de responder en directo, al estilo rabínico,  primero les pregunta y luego, como no le responden, les cuenta esta parábola. A lo que ésta apunta, entonces, es a  mostrar qué es lo que da coherencia, respeto, capacidad, autoridad moral, valor a una persona; cuál es el respaldo que pueden tener nuestras palabras, nuestras enseñanzas; en definitiva, cuál es el punto de referencia que podemos tener para identificar lo que es valioso en nuestra vida y en la de los demás.
  2. Si le hubieran hecho esta mismas preguntas a quienes acosaban a Jesús, podemos imaginar lo que hubieran respondido. Los sumos sacerdotes hubieran dicho que su autoridad provenía de su consagración sacerdotal, en la tradición de Moisés. Los escribas y fariseos responderían que su autoridad venía de sus estudios de la Ley y los Profetas. Y los ancianos hubieran alegado que con su experiencia tenían mucha sabiduría que les daba autoridad.  En la parábola de los dos hijos queda claro que lo que da valor a nuestras vidas no es ninguna de esas razones ni, tampoco, como en el caso del primer hijo, el discurso bonito, lleno de promesas de querer hacer la voluntad de Dios pero que después no respalda con su práctica. Es más, lo que da valor a nuestras vidas, no es tampoco un comportamiento libre de errores y debilidades, —si fuera así, las prostitutas y publicanos no llegarían primero al Reino, como afirma Jesús. Lo que da valor a nuestras vidas y nos da autoridad moral, es una vida de unión con Dios pero que, como en el caso de Jesús, se comprueba en su comunión con los pecadores, con los enfermos, en su consagración al servicio de los demás, hasta el final de su vida
  3. Para seguir con la comparación del escultor, que utilizamos en domingos anteriores, cuando nos estamos trabajando a nosotros mismos, y vamos quitando astillas y sobrantes, para que salga a la luz nuestro yo verdadero, nuestro tesoro escondido,  nuestra obra de arte interior, tenemos que estar claros que entre los sobrantes están nuestros diplomas, nuestros vínculos institucionales, nuestras afiliaciones religiosas y políticas. No es que esas cosas no sirvan.  Tienen su utilidad, pueden servirnos para funcionar y darnos supervivencia individual y social, pero no nos van a dar nuestro verdadero valor. No van a dar sentido a nuestra existencia,  a definir nuestra identidad profunda, de hijos de Dios que hacen la voluntad del Padre. Esto solo viene de asumir en la práctica, una vida de fraternidad, de servicio, de solidaridad,  de dejar de estar centrados en uno mismo; una vida, en resumen, como la que vivió JesúsΩ.

21 septiembre, 2014

25º domingo t.o.

Lect.: Isaías 55,6-9, Filipenses 1,20c-24.27a, Mateo 20,1-16

  1. Hace un par de semanas comparábamos la manera de trabajarnos a nosotros mismos con la labor del escultor, según lo decía Miguel Ángel, que va quitando de la pieza de madera o de piedra los trozos que sobran para que progresivamente vaya apareciendo la escultura que estaba escondida dentro. Y decíamos que ese  es el tesoro escondido en el campo, la imagen de Dios, nuestro ser auténtico al que ocultan muchos sobrantes, muchas rugosidades, muchas astillas.
  2. En el evangelio a menudo Jesús nos da chispazos para que vayamos descubriendo cómo es ese Dios del que somos imagen. Hoy, nos presenta la  figura del dueño de la viña, para quien ningún mérito, ni esfuerzo, ni razones de justicia, privilegian a unos trabajadores sobre otros. Es la misma figura de quien en el Sermón del Monte se dice  "que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5: 43 – 45). Es la misma figura de aquel papá pródigo del que Lucas cuenta que se deshizo en festejos por el regreso del hijo mal portado. En esas y otras comparaciones siempre está presente la manera de Jesús de ver la relación de Dios con nosotros como una relación de completa donación, de entrega gratuita, de pura gracia. Es una manera no solo de hablar de ese a quien llamamos Dios, sino de hablar de nosotros mismos, de  lo que lo que cada uno de nosotros es. Y lo que se nos dice es que somos resultado de pura gracia, de pura entrega, de amor desinteresado, de bondad. No hay nada de esencial en nosotros que hayamos comprado o que podamos comprar, algo sobre lo cual podamos reclamar un derecho único. Es un don la vida que tenemos, un don nuestra identidad individual, un don nuestras capacidades, un don el formar parte de una red de relaciones con toda la humanidad, con todos los seres vivientes y con todo el planeta.
  3. Cuando vamos sacando a la luz la imagen, la escultura que somos,la obra de arte, el tesoro que llevamos dentro, nos descubrimos como fruto de la gracia, de la gratuidad de Dios y, al mismo tiempo, siendo imagen de ese Dios,  como capaces de fundamentar todo sobre la base de la misma disposición de gratuidad, de gracia con respecto a todas las personas, la naturaleza y las cosas. Toda nuestra acción, nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestras relaciones, la podemos construir sobre una actitud de gratuidad. Esa actitud de gratuidad es la que va a colorear nuestro comportamiento, es la que va a generar en cada uno la capacidad de amar, de perdonar, de esforzarnos por construir un mundo más justo, de dar gratis lo que hemos recibido gratis, de saber usar los bienes materiales sin despilfarrarlos, sin acumularlos egoístamente, ni obsesionarnos por su consumo.
  4. Como repetimos a menudo en estas predicaciones, estas actitudes profundamente humanas y profundamente divinas saldrán de nosotros, de nuestro corazón, no porque estén mandadas, ni porque tengamos temor de castigo si no cumplimos. Brotarán de cada uno con fuerza porque cuando quitemos las astillas y rugosidades que ocultan nuestro ser auténtico, todo eso se generará a partir de lo que somos de verdad y mejor nos define: somos frutos de gracia y agentes de gracia. Esa es nuestra vocación humana.Ω

14 septiembre, 2014

Exaltación de la Santa Cruz

Lect.: Núm 21,4b-9;  Flp 2,6-11; Juan 3,13-17

  1. 2014 es un año que marca un terrible aniversario para la humanidad. Cien años del estallido de la primera guerra mundial, en que murieron alrededor de 15 millones de personas, casi la mitad de ellos civiles. Con esta ocasión el Papa Francisco ha visitado dos cementerios donde reposan miles de víctimas de uno y otro bando y ha denunciado una vez más "la locura de la guerra". En Costa Rica podemos tener la tentación de dejar pasar las palabras del Papa pretextando que habla de algo muy lejano de un país que se considera la "Suiza centroamericana", que no tiene ejército, que no se mete en guerras, que es amante de la paz. Pero coincidente con la denuncia de Francisco, una publicación periodística esta mañana nos da un titular alarmante: "Costa Rica: el país sin ejército que aloja medio millón de armas". Y nos da cifras que tienen que ponernos a pensar, solo menciono tres:  “Entre armas de fuego legales e ilegales, hay más de 450.000 unidades. Alcanza un arma para cada diez habitantes, una tasa mayor a la de El Salvador y a la de Colombia”.El promedio nacional fue de 47 delitos con arma de fuego cada día en el 2013.  68% de los asesinatos del 2013 en Costa Rica se cometieron a balazos . Tal porcentaje supera en 20 puntos al promedio mundial y en 10 puntos la cifra de hace 10 años en el país”. “En el 2006 ya el 55% de la población creía en el poder defensivo de las armas de fuego contra el crimen”.  Ante esta situación, hay dos proyectos de ley para reformar el marco legal de las armas: uno restrictivo y otro más permisivo, aunque aún no empieza el debate político.
  2. El Papa no se ha limitado a denunciar una vez más la violencia de la guerra. Ha apuntado a las causas de la misma. "Detrás de cada «decisión bélica»,insistió, está «la avaricia, la intolerancia, la ambición de poder», los intereses de la industria armamentista” “y estos motivos a menudo encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el impulso desordenado”.    Pero está, sobre todo la indiferencia hacia el otro, resumida en la respuesta de Caín al Señor que le pide cuentas de la suerte de su hermano Abel: «¿A mí qué me importa?». Esto es –constató Francisco– «el lema desvergonzado de la guerra», que «no mira a la cara a nadie: viejos, niños, mamás, papás». Millones de vidas truncadas y sueños destrozados,...”   Entonces al hablar así de las causas de la violencia irracional, en pequeña o grande escala, ahí sí parece que nos toca también a nosotros, habitantes de un país que quiere ser pacífico y pacifista. Un gobernante costarricense, así casi 70 años, prohibió el ejército. Pero este acto simbólico, importante, no podía generar por sí solo la paz. Debió de haber sido tan solo el comienzo de programas permanentes para construir la paz. Por una parte, frente a modelos económicos que generan desigualdad y pobreza, en el fondo alimentados por esa avaricia, y ambición de poder que señala el Papa, era necesaria una línea permanente que priorizara el logro de la mayor equidad posible para toda la población. Y, simultáneamente el sistema educativo y las iglesias, tendrían  que haber mantenido y desarrollado programas de formación para la paz, que superen la intolerancia y la indiferencia, ese "qué me importa a mí", que Francisco señala como la causa principal de la guerra. 
  3. La solución del problema no se reduce a fomentar las armas para defenderse o a prohibirlas por completo para eliminar las actitudes violentas. El frío no está en las cobijas, como dice el dicho popular. Hace falta nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo. Hace falta descubrir lo que somos, no meros seres competitivos, egocentrados, como a menudo funcionamos. Levantando la vista al Crucificado podemos descubrir qué es lo que nos salva: Una manera de vivir que no intenta crucificar a los demás para evitar ser crucificado. Una manera de vivir que reconoce que la supervivencia y plenitud de la vida propia pasan por trabajar por la supervivencia y plenitud de los demás; que me construyo a mí mismo cuando construyo a los demás, no cuando los destruyo; cuando descubro a cada uno de los demás como otro yo y no como un enemigo del que hay que defenderse. Hace falta una sociedad, iglesias y familias distintas de las que fomentan la economía y la política actuales.Ω

07 septiembre, 2014

23º domingo t.o.

Lect.:  Ezeq 33,7-9; Rom 13,8-10;  Mt 18,15-20

  1. Muchos de nosotros, la mayoría de cristianos de ni generación y quizás muchos de Uds. crecimos pensando en que ser buenos cristianos dependía de cumplir una serie de mandamientos, de reglas y de aprender a cumplir instrucciones y doctrinas al pie de la letra, en la vida moral y en la vida litúrgica. Por eso, cuando ya crecidos, pasamos a leer los evangelios a fondo nos hemos desconcertado.   Porque nos damos cuenta de que no se pueden leer los evangelios buscando reglamentos, ni artículos del Derecho Canónico, ni podemos manejarlos como si fueran un libro de recetas o un manual de buenos modales o de comportamiento correcto. El texto de hoy de Mt nos da un buen ejemplo de cómo no leer el evangelio. A primera vista se nos están dando unas reglas muy precisas para cumplir (“Si un hermano  te ofende…”). Pero, en realidad, lo entenderíamos muy mal si lo viéramos como si se tratara de una guía de procedimientos para seguir cada vez que topamos con un compañero, un familiar o un amigo que creemos que ha hecho algo malo, o que nos ha ofendido. Esos pasos de que habla Mateo, (reprenderlo a solas, luego con dos o tres testigos, luego delante de toda la comunidad...), se refiere a prácticas judías, incluso anteriores a la época de Jesús, que eran posibles por la manera como estaban organizadas entonces las comunidades de creyentes en la aquella sociedad. Y pueden conservar cierta validez. Pero en un mundo moderno, donde las relaciones, incluso entre los mismos cristianos, son cada vez más complejas y distantes, no podemos imitar aquel manual de comportamiento. Lo que importa es que el texto nos invita a descubrir algo más profundo, la manera como aquellos primeros cristianos entendían y trataban de vivir la realidad humana y divina de la que formaban parte. 
  2. En primer lugar, no se veían como individuos aislados, como participantes de una carrera en la que solo importaba a cada uno llegar a la meta, sin tomar en cuenta a los demás. Tampoco se veían viviendo una vida humana separada de la vida divina, como si se la tuvieran que jugar solos, apenas implorando la ayuda de lo Alto. Si, como decíamos la semana pasada, entendían que ser cristiano, era ser otro Cristo, ser humano pleno, también se daban cuenta de que todos formaban un solo Cristo, con Jesús a la cabeza y que el comportamiento de cada cual podía contribuir o podía impedir esa vida plena a la que todos estaban llamados. Por eso veían que ninguno podía ser indiferente a lo que le pasara y lo que hiciera cualquiera de los demás. Y, lo más importante, estaban convencidos de que al vivir esa vida de comunión estrecha, hacían real en la comunidad, la presencia de Dios manifestada en Cristo. Son estas convicciones, y más que convicciones, esas experiencias íntimas de unión con los demás y con Dios, las que les guiaban para ordenar sus comportamientos éticos y sociales. No las normas legales y rituales, sino esa experiencia de vida de comunión les hacían vivir moralmente de una manera nueva y dar culto  de una manera nueva, “en Espíritu y verdad”.
  3. Cuando alimentamos nuestra propia vida de esa experiencia de unión humana y divina, de ahí surgen prácticas de corrección mutua, de perdón, y otras muchas formas de relacionarnos que adoptamos, no porque las veamos como obligatorias, ni porque busquemos evitar castigos y ganar recompensas, sino porque son las actitudes que brotan "naturalmente" del corazón de quienes se han descubierto formando parte de un solo cuerpo de Cristo y animados por la misma fuente, la vida del Espíritu de Dios.
  4. Para nosotros hoy, se nos repite el mensaje: Solo una vivencia fraterna, solidaria, que busca de continuo soluciones creativas a las dificultades y conflictos cotidianos, puede llevarnos a construir una convivencia, una sociedad y una vida más plenas para todos.Ω