21 septiembre, 2014

25º domingo t.o.

Lect.: Isaías 55,6-9, Filipenses 1,20c-24.27a, Mateo 20,1-16

  1. Hace un par de semanas comparábamos la manera de trabajarnos a nosotros mismos con la labor del escultor, según lo decía Miguel Ángel, que va quitando de la pieza de madera o de piedra los trozos que sobran para que progresivamente vaya apareciendo la escultura que estaba escondida dentro. Y decíamos que ese  es el tesoro escondido en el campo, la imagen de Dios, nuestro ser auténtico al que ocultan muchos sobrantes, muchas rugosidades, muchas astillas.
  2. En el evangelio a menudo Jesús nos da chispazos para que vayamos descubriendo cómo es ese Dios del que somos imagen. Hoy, nos presenta la  figura del dueño de la viña, para quien ningún mérito, ni esfuerzo, ni razones de justicia, privilegian a unos trabajadores sobre otros. Es la misma figura de quien en el Sermón del Monte se dice  "que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5: 43 – 45). Es la misma figura de aquel papá pródigo del que Lucas cuenta que se deshizo en festejos por el regreso del hijo mal portado. En esas y otras comparaciones siempre está presente la manera de Jesús de ver la relación de Dios con nosotros como una relación de completa donación, de entrega gratuita, de pura gracia. Es una manera no solo de hablar de ese a quien llamamos Dios, sino de hablar de nosotros mismos, de  lo que lo que cada uno de nosotros es. Y lo que se nos dice es que somos resultado de pura gracia, de pura entrega, de amor desinteresado, de bondad. No hay nada de esencial en nosotros que hayamos comprado o que podamos comprar, algo sobre lo cual podamos reclamar un derecho único. Es un don la vida que tenemos, un don nuestra identidad individual, un don nuestras capacidades, un don el formar parte de una red de relaciones con toda la humanidad, con todos los seres vivientes y con todo el planeta.
  3. Cuando vamos sacando a la luz la imagen, la escultura que somos,la obra de arte, el tesoro que llevamos dentro, nos descubrimos como fruto de la gracia, de la gratuidad de Dios y, al mismo tiempo, siendo imagen de ese Dios,  como capaces de fundamentar todo sobre la base de la misma disposición de gratuidad, de gracia con respecto a todas las personas, la naturaleza y las cosas. Toda nuestra acción, nuestro trabajo, nuestra vida familiar, nuestras relaciones, la podemos construir sobre una actitud de gratuidad. Esa actitud de gratuidad es la que va a colorear nuestro comportamiento, es la que va a generar en cada uno la capacidad de amar, de perdonar, de esforzarnos por construir un mundo más justo, de dar gratis lo que hemos recibido gratis, de saber usar los bienes materiales sin despilfarrarlos, sin acumularlos egoístamente, ni obsesionarnos por su consumo.
  4. Como repetimos a menudo en estas predicaciones, estas actitudes profundamente humanas y profundamente divinas saldrán de nosotros, de nuestro corazón, no porque estén mandadas, ni porque tengamos temor de castigo si no cumplimos. Brotarán de cada uno con fuerza porque cuando quitemos las astillas y rugosidades que ocultan nuestro ser auténtico, todo eso se generará a partir de lo que somos de verdad y mejor nos define: somos frutos de gracia y agentes de gracia. Esa es nuestra vocación humana.Ω

1 comentario: