27 enero, 2013

3er domingo tiempo ordinario


Lect.: Neh 8: 2 – 4 a. 5-6- 6 – 10; 1 Cor º1: 12 – 30; Lc 1: 1 – 4; 14 – 21.

  1. En un viejo cuento que leí en alguna parte, se narra cómo los habitantes de un pueblo de la prehistoria descubren el fuego. Con unos trozos de yesca, y golpeando unas piedras para sacar chispas, logran levantar llamas. Un fabuloso descubrimiento. Ahora pueden tener luz en la noche, calor, para combatir el frío, fuego para cocinar los alimentos. Pero como querían compartir su hallazgo, envían un mensajero a otro pueblo vecino, para contarles lo que habían descubierto y como podrían ellos también repetir la experiencia con los sencillos instrumentos de piedra y yesca que están al alcance de todos. El mensajero cumplió el encargo y volvió feliz a la aldea. Pasó el tiempo y los habitantes del pueblo original se preguntaban cómo les habría ido a los vecinos con el fuego y si habrían prosperado tanto como  ellos. Allá fue el mensajero a averiguar. A su regreso, les cuenta con cara triste a sus paisanos lo que había encontrado en el pueblo vecino. No había luz, ni calor ni energía para cocinar. ¿Y entones, le preguntan, que hicieron con la yesca, las piedras y la explicación? Pues ahí los tenían, pero... Habían construido un pequeño santuario en lo alto de un monte y dentro, en un cofre, habían guardado los instrumentos para hacer fuego. Y con frecuencia, subían al santuario para venerarlos, sin jamás usarlos para  producir el fuego.
  2. Cuando Jesús inicia su predicación, el pueblo que lo rodeaba, como decíamos el domingo pasado, era muy religioso. Veneraban la ley, los profetas, el santuario del templo... Jesús no viene a enseñarles a ser más piadosos, a tener más veneración de lo sagrado en lugares o libros religiosos. En medio de la sinagoga de su pueblo les anuncia lo que él mismo ha descubierto: el espíritu de Dios está sobre mí. Lo sagrado estaba en él. La dinámica, la fuerza, el viento, el soplo de Dios, lo que llamaban el espíritu, puede descubrirse en el interior del ser humano. El texto de Isaías que lee en la sinagoga, no lo lee para admirarlo o venerarlo, sino  como una pista para descubrir lo que "hoy", en ese momento se cumple en él. Y es la invitación a que cada uno de sus oyentes y cada uno de nosotros por sí mismo haga el camino de descubrimiento de la fuerza de Dios, de la fuente de la vida en sí mismo. Presencia, como dice Pablo en la 2ª lectura, que se manifiesta en múltiples dones. Quien había venido a bautizar en espíritu y fuego, lo que quería era ayudar a que descubriéramos cómo encender el fuego que llevamos dentro.  “He venido a traer fuego en la tierra y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”, Lc 12:49-53
  3. Hace una semana en los símbolos de las bodas de Caná, en el contraste entre agua y vino, veíamos el contraste entre poner el énfasis solo en prácticas religiosas, ritos, ornamentos, creencias,… frente a ponerlo en la experiencia del Dios vivo. Hoy se reafirma la invitación del evangelista a que pasemos de la mera veneración de lo sagrado al descubrimiento de lo santo que está en cada uno de nosotros. Hace pocas semanas, en una oración de la misa de Navidad reconocíamos que en el intercambio de dones de la Encarnación recibimos el don participar de la misma divinidad de Cristo. Llegar a descubrirlo, a experimentarlo, es el camino que tenemos por delante. Ω 

20 enero, 2013

2º domingo t.o., 20 enero de 2013


Lect.: Is 62, 1-5; I Corintios 12, 4-11; Jn 2, 1-11

  1. Aunque parezca extraño, mucha gente se ha apartado de las Iglesias y de las prácticas religiosas, no por maldad ni por indiferencia, sino porque no han encontrado en ellas un camino para profundizar en el conocimiento de sí mismos y, todavía peor, tampoco una forma de alcanzar un encuentro vivencial con Dios. No sé si nos hemos preguntado por qué sucede este paradójico fenómeno. Sin darnos por completo la respuesta, el texto de Juan, en el evangelio de hoy sí nos proporciona pistas para descubrir lo que sucede ahora, y sucedía ya en el tiempo de Jesús, aunque en otra situación cultural.
  2. El relato de las bodas de Caná es un hermoso texto cargado de simbolismo que nos ayuda a entender que no es lo mismo practicar una religión, incluyendo la católica, que caminar hacia el encuentro vivencial con Dios y con el ser más auténtico y pleno de uno mismo. Pasar del agua al vino, venía a simbolizar el paso de cumplir unos ritos religiosos y un conjunto de mandamientos, —cumplidos como parte de meras tradiciones y como un fin en sí mismo, como un punto de llegada—, a una actitud dinámica de búsqueda y descubrimiento de Dios como fuente de vida y de las cosas que, en el mundo, en la sociedad y en la historia personal producen vida.  Lo que aquí Juan expresa simbólicamente con una escena de bodas y de una fiesta en que de repente aparecen más de 500 litros de vino, —¡qué fiestón se anunciaba!—, no es más que una manera de decir, con los símbolos de un acontecimiento humano  que Jesús viene para ayudarnos a descubrir la vida abundante y gratuita, como don principal recibido de Dios, para que la comunidad humana disfrute de plena alegría y felicidad. En un texto posterior, el mismo evangelista pondrá en labios de Jesús esa esperanzadora frase: “Yo para esto he venido, para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10:10).
  3. En la Palestina de aquel tiempo la religión no estaba ausente. Todo lo contrario. Un majestuoso Templo presidía toda la vida social y política, desde lo alto de la colina de Jerusalén. Una alta Jerarquía de sumos sacerdotes, se encargaban de su funcionamiento, y cientos de sacerdotes urbanos y rurales procuraban animar al pueblo continuamente a cumplir con fiestas, diezmos y sacrificios, y a escuchar la palabra y a tenerla presente en sus frentes y en los umbrales de sus casas. Y, sin embargo, para Jesús, todo este aparato religioso no era más que agua contenida en vasijas de piedra, inertes, incapaces de traer gozo y vitalidad al pueblo, incapaces de poner al servicio de la vida, las instalaciones religiosas, así como el poder político y económico ligado al mismo poder religioso. Era preciso sustituir todas aquellas vasijas llenas de agua, por vino, símbolo de las cosas que en este mundo producen alegría y vitalidad al ser humano. Era preciso sustituir aquel mundo religioso no con una nueva religión, que podría ser más de lo mismo, sino con las buenas noticias de que cada persona, puede encontrar en el fondo de su ser el nivel profundo de divinidad de donde procede toda realización humana plena que  produce amor, comunidad, alegría.
  4. De alguna forma, el símbolo de las bodas de Caná está asociado a la celebración de la eucaristía que realizamos cada domingo. Y por eso de aquí quizás no salgamos más “religiosos” en el sentido de más llenos de ritos y creencias, pero sí más entusiasmados con ese maravilloso don de la vida y entusiasmados a trabajar para que haya para todos más vida gratuita y abundante.Ω

13 enero, 2013

Fiesta del Bautismo de Jesús


Lect.: Isaías 42, 1-4. 6-7; Hechos 10, 34-38;  Lucas 3, 15-16. 21-22

  1. Hay innumerables casos en los que los acontecimientos nos pueden obligar a replantearnos la vida. Seguro que conocemos algunos, si no es que lo hemos experimentado en carne propia. A veces se trata de una enfermedad seria. A veces, lo que sentimos como un fracaso laboral. O, al contrario, un exceso de éxito aparente pero, que no nos deja satisfechos.  Permítanme citar tres casos que Uds. Probablemente  conozcan: Pep Guardiola, ex entrenador del Barça, Steve Jobs, fundador de la Compañía Apple, y Brian Dison, expresidente de la Coca Cola. El primero, Pep, tras haber llevado a su equipo a una serie extraordinaria de triunfos, en la cima del éxito futbolístico, decidió dejar su puesto. Al explicar su decisión dijo: ... Steve Jobs, uniendo los puntos, como él decía, que fueron llevándolo a ser lo que él era, destacó tres momentos claves que definieron su vida: su fracaso inicial universitario, el haber sido destituido de su propia compañía y la larga experiencia del cáncer, del que finalmente murió. Y Brian Dison, al concluir su presidencia de la coca cola, hacía esta reflexión: la vida es como un juego de malabarismo con 5 pelotas, la salud, el trabajo, los amigos, la familia y la vida interior. ..
  2. De una u otra forma, en uno u otro momento, estas tres grandes figuras de nuestro mundo actual, llegaron a plantearse, cómo estaban jugando con estas pelotas y cómo debían  tomar decisiones radicales para tener una vida coherente, equilibrada, con sentido. De alguna manera podemos decir que en algún momento tuvieron una experiencia que, desde nuestra visión evangélica, podemos llamar "bautismal".
  3. Porque de eso es que nos habla este episodio del "bautismo de Jesús". Lucas y otros autores sagrados nos presentan a un Jesús maduro, ya de unos 30 años de edad, con su oficio, trabajador artesano y de la construcción, con su experiencia de vida, que se siente atraído por la predicación de Juan el Bautista, y que  acepta  la invitación a sumergirse en las aguas del Jordán, como símbolo de su entrega total a Dios. Y en esa decisión radical experimenta una intimidad intensa con Dios, dentro de él mismo, se experimenta como hijo amado que comparte la misma vida de Dios, que no tiene que ir a buscar a Dios en las alturas del cielo, según la visión de aquella época, y al mismo tiempo se experimenta profundamente hermanado con todos aquellos pecadores que hacían fila esperando recibir el bautismo de Juan. Y cae así en la cuenta que su misión es la de dar a conocer a todos esa experiencia del Dios íntimo dentro del cual nos movemos y existimos. A partir de entonces, la familia, la salud, el trabajo y los amigos son vividos de otra manera, como parte de lo más importante, la buena nueva del reino de Dios. Esto será lo que recordemos en cada uno de los acontecimientos de su vida que repasaremos este año que empieza.
  4. Para nosotros los adultos, en los éxitos o fracasos, en enfermedad o en alegrías que vengan este año, se nos abre también una ventana, una oportunidad, de bautizarnos, es decir, de sumergirnos en esa experiencia humana y divina profunda, que, como la de Jesús, nos permita descubrirnos como hijos amados del Padre.Ω

06 enero, 2013

Fiesta de Epifanía, 2013


Lect.: Is 60:1-6; Ef 3:2-3 a. 5-6; Mt 2:1-12

  1. Quizás muchos de nosotros hemos sido educados religiosamente para aprender, incluso solo para memorizar doctrinas y repetir prácticas, a menudo ni siquiera bien comprendidas. La fiesta de hoy, una de las más antiguas de la Iglesia, nos propone un camino diferente. Es la fiesta llamada de "Epifanía", que quiere decir "manifestación" de Dios. Utilizando leyendas y símbolos antiguos esta fiesta valora la actitud de búsqueda y de apertura personal necesarias para descubrir al Dios que se manifiesta.  Los magos de Oriente que vienen hasta el pesebre de Jesús, simbolizan a las personas de todos los pueblos que con sinceridad y seriedad tratan de encontrar la luz para descubrir las manifestaciones de Dios en sus vidas. En la búsqueda de los magos vemos retratada nuestra propia búsqueda del sentido de nuestra vida, de lo que somos cada uno, de lo que significa ser y vivir en Dios.
  2. Es muy significativo que estos que se nos proponen como modelos de búsqueda, se describan provenientes de lugares, culturas  y religiones distintas de la religión judía oficial.  La palabra "mago" refería antes a los sacerdotes de la religión persa. Y también se aplicaba a astrólogos de la época. Es significativo porque subraya el hecho de  que  la divinidad está en todos los seres humanos y no es raro que se manifieste y sea descubierta por alejados de la religión oficial y permanezca oculta a los que están dentro de la institución religiosa. Herodes, sus consejeros judíos los sacerdotes del templo no pudieron percibir la presencia cercana de Dios, fuera de las paredes de su templo. Es más, les dio miedo y sintieron como amenaza que pudiera hablarse de Dios fuera de sus recintos.
  3. Está claro que decir que una estrella guió a los magos no es más que otra forma simbólica de hablar de la luz que ellos llevaban dentro y que les hacía plantearse interrogantes y avanzar para hallar respuestas. Ese es quizás el descubrimiento más importante que hemos aprendido en la Navidad que estamos terminando de celebrar: que también cada uno de nosotros lleva la luz en sí mismo. No se trata de buscar "afuera" un cometa, una gran estrella, un acontecimiento espectacular que nos ilumine. Se trata de caer en la cuenta que cada uno de nosotros es una lámpara hecha para iluminar. Ese es nuestro ser más auténtico: ser luz del mundo. Lo que se nos plantea entonces no es buscar "afuera" otra fuente de luz, sino hallar el interruptor que encienda la lámpara que cada uno de nosotros es. El interruptor se prende cuando dejamos de buscar a Dios como remedio y explicación de todas nuestras necesidades, y lo descubrimos como la fuente gratuita de todo nuestro ser. Deseamos de corazón que esto sea nuestro programa de vida en el 2013.