25 julio, 2010

17 domingo tiempo ordinario

17º domingo t.o., 25 de julio de 2010
Lect.: Gén 18: 20 – 32; Col 2: 12 – 14; Lc 11: 1 – 13

1.Me preguntaba, al meditar sobre estos textos, ¿por qué le piden los discípulos a Jesús que les enseñe a orar? Y además, refiriéndose a Juan el Bautista, como otro que había enseñado a sus discípulos a orar. No puede uno dejar de formularse esta pregunta, porque los discípulos, como todos los demás que seguían a Jesús, eran gente muy religiosa. Estaban acostumbrados a orar en el Templo y en la Sinagoga. Entonces, ¿no era que ya sabían rezar? Sin duda que en ese sentido, como estaba mandado y como era tradicional, ya eran personas piadosas que rezaban. Es decir, sabían salmos y otras oraciones de memoria, y las repetían a diario, y las ofrecían como alabanza a Dios, o para llamar su atención sobre sus necesidades y angustias. Y cumplían con las obligaciones de rezar de manera especial, cuando estaba prescrito. Es decir, rezaban mucho y en formas y tiempos señalados y espontáneos, parecido a como lo hacemos hoy nosotros. Lo que sucedió fue que los discípulos y la gente vieron a Jesús orar de otra manera. Ya no era la oración ritual, mandada, con formulaciones precisas, con expresiones y palabras cuidadosamente escritas. Tampoco era pronunciada en lugares consagrados, oficiales para orar, o en momentos solemnes cuando la familia se reunía para celebraciones tradicionales judías. Jesús oraba de otra manera y eso era lo que a ellos les llamaba la atención y era lo que querían aprender.
2.Pienso que probablemente dos cosas llamaban la atención de los discípulos como puede hacerlo con nosotros. Jesús no tenía que ir al Templo y a la Sinagoga para orar; ni siquiera tenía que aislarse para hacerlo. Hoy, por ejemplo, dice, que estaba en “cierto lugar” orando y estaban los discípulos al lado. Recordemos hace unos pocos domingos, él está orando y como en medio o inmediatamente después de esa oración les pregunta a los discípulos que estaban a la par conversando o en otras, quién dice la gente que él es. Me da la impresión que Jesús ora en medio de la vida cotidiana, en momentos ordinarios y en momentos especiales, como cuando va a elegir a los doce, o antes de su bautismo. Esto hace que los que le siguen se sientan atraídos porque “eso” que llaman “orar” no era como repetir muchas palabras u oraciones, ni como una actividad fuera de las comunes. Era algo que estaba en medio de las actividades diarias, que apenas se distinguía de éstas y que transformaba la manera de hacer estas actividades y la manera de ser de Jesús. Era, más que “hablar con Dios”, era saber escuchar a Dios en cada momento.
3.Da la impresión como que lo que los evangelistas llaman “orar” en Jesús son momentos de vivencia humana profunda, de vivencia de la dimensión divina que sostiene al ser humano, y que transforma su manera de ver las cosas y situaciones, y su manera de realizar cada una de las cosas que hacía, y la forma de relacionarse y de sentir con la gente. En el capítulo siguiente de Lc, que no lo leemos este año en la liturgia, está aquella escena cuando les decía a la gente que si sabían leer los signos del clima, tendrían que saber mejor explorar otros signos de los tiempos, saber leer los acontecimientos. Es decir, saber orar, saber vivir en oración, no consiste en divorciarse de la vida normal, sino saber verla y vivirla de otra manera, desde la experiencia de Dios de cada uno. Y esta capacidad es la que los discípulos le piden que les enseñe, y está, de hecho, disponible para cada uno de nosotros. Es la que podemos desarrollar si queremos aprender a orar, en el sentido de Jesús.Ω

18 julio, 2010

16º domingo tiempo ordinario

16º domingo t.o., 18 julio 2010
Lect.: Gén 18: 1 – 10 a; Col 1: 24 – 28; Lc 10: 38 – 42


1.Hay textos del evangelio, como el de hoy, que uno puede leer a varios niveles. En la superficie, lo podemos leer como una anécdota cotidiana de la vida de Jesús. Y, en un segundo nivel, lo podemos leer como parte de una catequesis en la que las primeras comunidades cristianas querían ponernos a pensar sobre algo más de fondo. Si lo leemos en el 1er nivel, de todas maneras es hermoso. Un poco a la luz de la 1ª lectura de hoy ver la práctica de la hospitalidad, tan valorada por los pueblos orientales de entonces y que Jesús disfruta y alaba en casa de estas amigas suyas. Ya esto nos da para pensar en el estilo de vida actual y en nuestra capacidad de abrir nuestras puertas a otros, amigos, vecinos o necesitados. Pero quisiera fijarme en el 2º nivel de lectura. Donde la reflexión de aquellas comunidades nos conduce a pensar en otras dimensiones que podemos descubrir en la escena y en particular en la calidad humana que nos revela Jesús.
2.En este 2º nivel de lectura lo primero que vemos es un contraste fuerte en la manera de considerar a la mujer. Marta está afanada en servir al huésped, —no daba abasto, dice el texto—, mientras que María está en la clásica actitud del discípulo: atenta, escuchando a los pies del maestro. La actitud de Marta es la normal en una sociedad machista en la que las mujeres están para servir e incluso tienen que desarrollar la capacidad de hacer múltiples cosas al mismo tiempo para “cumplir” con las tareas de la casa y el bienestar del resto de la familia, empezando por el marido. En cambio, la actitud de María era chocante para una sociedad machista. La mujeres simplemente no podían estudiar y un maestro de verdad no podía tener discípulas, solo discípulos varones. Jesús quiebra esa actitud discriminatoria y ese quiebre lo representa este texto de hoy, aunque es a lo largo de todo el evangelio que podemos descubrir la manera que Jesús tenía de valorar a las mujeres como personas. Por supuesto que, por desgracia para nuestra realización humana, personal y social, el machismo no ha desaparecido y tiene muchas manifestaciones dentro y fuera de la casa. Incluso en las sociedades democráticas, y donde ya la mujer tiene acceso a todo el proceso educativo, hasta el universitario, luego salarialmente, realizando los mismos trabajos, las mujeres ganan un porcentaje sustancialmente menor de lo que reciben los varones. También en CR, aunque no es de los países latinoamericanos con peor situación.
3.Pero, finalmente, hay algo más que podemos leer en ese 2º nivel del texto de hoy. Además de poder ser discípula, la figura de María nos expresa una cualidad básica para el discípulo evangélico: lo esencial en la vida humana no es lo que hacemos, sino lo que somos, y cómo somos cuando hacemos algo. !Ojo! No lo entendamos mal. No quiere decir esto como, solía decirse en algunas explicaciones piadosas, que el evangelio esté poniendo la oración, la contemplación por encima de la acción o el estudio y la meditación por encima del trabajo manual. No es eso. Lo que se quiere enfatizar es, en primer lugar, la enorme importancia que tiene, por decirlo así, el estar uno en lo que está, el vivir plenamente el momento en que se está. En la narración de hoy, María capta que lo importante era la presencia de Jesús y, probablemente en la intención de los redactores del evangelio, lo importante era la presencia de Dios que se hacía real en Jesús. Cuando somos capaces de cobrar conciencia de que en cada momento que vivimos, en la acción o en el descanso, en el trabajo o en la oración, en la tarea sencilla o en la gran actividad, se nos hace presente Dios mismo, entonces es cuando hemos descubierto la “mejor parte” de la vida. Y cuando lleguemos a alcanzar esa vivencia espiritual, además, llegaremos a estar más contentos con nosotros mismos, en cada momento que vivimos, y no tendremos que andar inquietos, nerviosos, cargados de estrés, siempre como a la búsqueda de una felicidad futura que no llega, pero perdiéndonos el disfrute de lo presente. El descubrimiento de la presencia de Dios es el descubrimiento de lo que somos nosotros mismos y es fuente de acción fecunda y de paz en las relacions humanas.Ω

04 julio, 2010

14º domingo tiempo ordinario

14º domingo tiempo ordinario, 4 de julio 2010
Lect.: Is 66: 10 – 14 a; Gal 6: 14 – 18; Lc 10: 1 – 12; 17 – 20

1.Nos exponemos a una gran tentación al leer este texto evangélico: pensar que lo que a Jesús le interesaba era crear una gran religión, una gran institución, poseedora de las únicas doctrinas verdaderas y las únicas reglas de vida exactas y que, para impulsar este propósito, requería contar con un sinnúmero de seguidores que tratara de hacer proselitismo a como hubiera lugar. Resulta que primero envió a los Doce, y como no tuvieron mucho éxito, ahora envía a los Setenta o Setenta y dos, para cubrir todos los pueblos de la tierra. Si caemos en la tentación de pensar así también nos creeremos que lo importante para la comunidad cristiana es el número de bautismos, de conversiones que logramos, de gente que viene a misa y a celebrar los sacramentos. Cuando la Iglesia razona de esta manera, fácilmente se resbala en ponerse como centro de la película, y en priorizar su doctrina, sus dogmas, sus estructuras, su posición importante en la sociedad, en vez de priorizar su servicio a la gente. Pero ya el domingo pasado hablábamos de cómo Jesús más bien ponía dificultades a algunos que querían seguirle por motivaciones equivocadas. No le interesaba hacer proselitismo. Le interesaba más bien, ayudar a que los seres humanos, decíamos, crezcamos, maduremos y lleguemos a ser personas plenas, psicológica y espiritualmente, libres de todos los males que nos lo impidan. En este texto de hoy, recalca todavía más esta idea. Cuando los setenta y dos discípulos volvieron muy contentos de lo que veían como el éxito de su misión, Jesús les dice: Ojo, no estén tan contentos porque hasta los demonios se les sometan, sino más bien porque sus nombres estén inscritos en el cielo.
2.¿Qué quiere decir eso de estar inscritos en el cielo? Como lo explican los estudiosos de la Biblia, “La imagen se remonta a la costumbre del Antiguo Oriente de inscribir los nombres en los registros reales”, para saber quienes eran los súbditos de tal gobernante. Pero aquí equivale a estar inscritos en Dios (“cielo” es una forma de referirse a Dios sin nombrarlo, por respeto), de un modo irrevocable. Es decir, “la palabra de Jesús puede leerse en el sentido de que nuestras personas están “guardadas” en Dios y que no hay nadie ni nada que pueda separarlas de Él”, —recordemos lo que dice Pablo al respecto. Lo que parece subrayar Lc entonces es que como cristianos, como miembros de la Iglesia no tenemos que estar poniendo nuestro criterio para estar alegres en los supuestos éxitos pastorales, institucionales, doctrinales y morales que alcancemos, sino en que toda nuestra vida y prácticas religiosas nos sirvan para crecer en la conciencia de que radicamos inseparablemente en Dios, de que la vida divina es lo más profundo y auténtico que hay en cada uno de nosotros. Y creciendo en esa conciencia, crece también la conciencia y estima de nuestra propia dignidad y la posibilidad de crecer como personas plenas psicológica y espiritualmente.
3.Curar enfermos, expulsar demonios, pisotear serpientes y otras expresiones parecidas solo simbolizan la misión de todo cristiano de ayudar a los demás a que puedan superar los obstáculos que impiden tener conciencia de esa vivencia en Dios. Haciendo esto construimos poco a poco el Reino de Dios, al hacernos más divinos, nos hacemos más humanos y generamos una forma de convivencia profundamente humana, y no hacemos entonces de la religión un elemento de división y conflicto, como a menudo lo es, sino una ayuda para la paz en la diversidad de culturas, de creencias, de ideologías, de costumbres.Ω

13º domingo tiempo ordinario

13º domingo tiempo ordinario, 27 junio 2010
Lect.: 1 Reg 19: 16 b. 19 – 21; Gal 4: 31 b. 5: 1. 13 – 18; Lc 9: 51 – 62

1.Con demasiada frecuencia el evangelio nos desconcierta, al menos si lo leemos con atención y apertura y no de manera rutinaria. Y es muy bueno ese desconcierto que nos crea, porque eso nos sornaguea, nos hace pensar y cuestionarnos. Por ejemplo hoy, cuando uno ve la reacción de Jesús ante esos tres que querían seguirlo. Jesús les pone dificultades en vez de tratar de atraerlos con diferente tipo de promesas, para aumentar su grupo. Con la mentalidad de algunos dirigentes religiosos de hoy día, se vería absurda esta actitud de Jesús. Poniendo obstáculos no va a crecer el número de discípulos. Pero además, veamos el tipo de dificultades que plantea: directa o indirectamente afectan a un campo de los más valiosos del ser humano, el de los valores familiares. Si para nosotros la familia es importante, para aquella gente de la época de Jesús lo era todavía más. Y, tomadas literalmente, las expresiones del evangelio parecieran despreciar valores familiares: el hijo del hombre no tiene hogar donde reclinar la cabeza, y esto es lo que ofrece a quien quiera ser discípulo suyo, le dice al primero que se le acerca. Y a los otros dos, directamente, les dice que el seguimiento evangélico se antepone a cumplir con valores familiares muy sagrados. Es desconcertante y chocante. ¿Cómo interpretarlo?
2.Seguir a Jesús en su caminata hacia Jerusalén es una forma simbólica de expresar nuestro caminar hacia la realización personal, hacia la salvación de todos los males que nos impiden dejar que la vida de Dios crezca en nosotros. Suena tan simple decirlo así y es, sin embargo, tan complicado. No solo porque los obstáculos son muchos sino, especialmente, porque a menudo no nos damos cuenta de cuáles son o dónde se encuentran esos obstáculos. Uno espera encontrarlos en los vicios, en la corrupción, en las tendencias destructivas. Pero uno no espera topárselos en cosas valiosas de nuestra vida, por ejemplo, en la familia. De ahí la advertencia del texto de hoy. Sin duda que el amor familiar, las enseñanzas que recibimos en el hogar, son fundamentales en la vida Sin embargo, pese a las buenas intenciones, hay ocasiones en que la vida familiar no cumple con una de sus más importantes finalidades: ayudar a que cada uno de los miembros de la familia crezca, madure y llegue a ser una persona plena, psicológica y espiritualmente. San Pablo, en la 2ª lectura, afirma un principio central de la fe cristiana: para vivir en libertad Cristo nos ha liberado. No es para nada raro encontrar que la educación en la casa se base en el miedo, en la amenaza o en la sobreprotección. No solo con los hijos sino en la misma relación de pareja. Y que incluso la formación religiosa que ahí recibimos también se distorsione creando en los hijos la representación de un Dios castigador, vengativo, rival del ser humano. De todas estas deformaciones y de otras es necesario deshacerse, para poder emprender la caminata de Jesús y llegar a ser un hombre o una mujer plena, viviendo “a full” los valores humanos, no por temor, ni porque está mandado, sino, por impulso del amor, como también recuerda Pablo hoy. Solo así podemos vivir como seres humanos plenamente libres.
3.Hacernos esta advertencia sobre los posibles peligros que se derivan para nuestra vida espiritual incluso de algo tan valioso como la familia, nos ponen en guardia contra otros peligros que nos amarran, que nos impiden elevarnos a la libertad del amor. Por ejemplo, los apegos a una ideología política, a un partido político, a una tradición religiosa heredada pero no asimilada, a un patriotismo exagerado que conduce a prejuicios raciales, a la moda, … a tantos amarres que sin darnos cuenta nos privan de la libertad de ser nosotros mismos. Una vez más en la Eucaristía abrimos nuestro corazón para identificarnos con Jesús de Nazaret ese hombre que fue plenamente libre de todas las costumbres y poderes de su época, libre incluso para entregar su vida hasta el final.Ω

12º domingo tiempo ordinario

12º domingo t.o., 20 de junio 2010
Lect.: Zac 12: 10 – 11; Gal 3: 26 – 29; Lc 9: 18 – 24

1.“Una vez que Jesús estaba orando solo, mientras estaban los discípulos con él”… De nuevo tenemos aquí una de esas frases breves del evangelio, profundamente reveladoras, pero que, una vez más, se nos pasan inadvertidas, no le damos mayor importancia, y no se nos ocurre pensar lo que implican y lo que nos interpelan en nuestra manera de entender a Jesús y a nosotros mismos. Lo lógico, desde la posición católica tradicional, sería que nos preguntáramos: ¿cómo es eso de que Jesús oraba? ¿acaso no es Dios, el Hijo de Dios, como lo hemos aprendido desde pequeños? Entonces, ¿para qué ora o qué hace en su oración? ¿pedir? ¿puede Dios pedirse a sí mismo? ¿alabar y dar gracias? Quedamos en las mismas. Como vemos, el texto tan sencillo nos invita a replantearnos, más allá de nuestras creencias de siempre, cómo era Jesús y lo que esto significa para nosotros. Pero no podemos en una breve homilía, desarrollar todo eso. Ahí queda esto como tema a reflexionar. Lo que sí podemos comentar es el sencillo hecho de que Jesús oraba y que, después de este momento concreto de oración, le surgen un par de inquietudes. La primera, sobre sí mismo: se pregunta, ¿quién dice la gente que soy yo? Y la segunda, sobre sus seguidores, “el que que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mi causa, la salvará”, es decir, una inquietud sobre cómo hay que vivir, cómo hay que verse a sí mismo si se quiere realizarse uno como ser humano. Vamos a hacer sobre estas inquietudes de Jesús un par de reflexiones.
2.La primera, es que el texto parece apuntar a que Jesús en la oración estaba profundizando sobre sí mismo, sobre su relación con Dios y con los demás. El momento de oración era el momento de silencio, de reflexión profunda, de detener el ritmo habitual de la vida, para plantearse cosas importantes sobre sí mismo, sobre cómo está él haciendo las cosas, sobre lo que debe hacer cada día, cómo vivir la vida diaria en presencia de Dios. Y de la manera como se ve él mismo en la oración surge con toda naturalidad el interés por preguntarse cómo lo ven los demás. Por una parte, uno no llega a conocerse nunca a sí mismo si no detiene el trajín y el ruido de cada día para ponerse cara a cara consigo mismo y con Dios, sin ninguna pantalla ni ningún cosmético. Por otra, saber cómo me perciben los demás es también de gran ayuda para tener una idea más aproximada de lo que realmente soy. De alguna manera mide el impacto de lo que uno es y lo que uno hace sobre los demás. La oración es, pues, para Jesús, un momento de transparencia y sinceridad para descubrirse a sí mismo en la presencia de Dios y lo que ahí se le revela lo complementa con la manera con que sus amigos y cercanos lo perciben.
3.Pero en esa oración, en que están evidentemente presentes los demás, se preocupa también por la manera como ellos viven. Él está pensando que incluso sus amigos y probablemente la mayoría de la gente, viven superficialmente entendiendo de una manera errónea lo que cada uno es y cómo es que se puede liberar de los males que amenazan la vida de cada uno. Por eso les dice, “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mi causa la salvará”. Es decir, está advirtiendo a los discípulos que hagan lo mismo que él hace, tratar de conocerse más lo que uno realmente es, y no tratar de salvar el falso yo, la imagen superficial que uno tiene de sí mismo, las cosas que realmente no valen la pena en la vida diaria.
4.Es muy normal que la mayoría de nosotros vivamos absorbidos por el trabajo de cada día, por las preocupaciones familiares y, en momentos de crisis, por las dificultades que nos plantea la lucha por la vida. Pero un texto como el de hoy nos ayuda a ver la necesidad de que incluso en medio de tantas tensiones, o precisamente por ellas, hagamos un alto, —varias paradas, do quizás permanentemente—, para profundizar en la presencia de Dios en lo que realmente somos, para darnos cuenta cómo estamos haciendo las cosas, cuáles son nuestras motivaciones en cada actividad, si vale la pena luchar por lo que estamos luchando, y si no estamos perdiendo cosas más importantes por dejarnos atrapar por muchas otras que no valen la pena.Ω