29 octubre, 2008

30o domingo tiempo ordinario

30º domingo t.o., 26 oct. 08
Lect.: Ex 22: 21 – 27; 1 Tes 1: 5c – 10; Mt 22: 34 – 40


1. No sería raro que no hayamos caído en la cuenta de que de este texto evangélico caben diversas lecturas, no solo distintas sino incluso contradictorias. Estamos tan acostumbrados a pensar en el mandamiento del amor como la característica del cristianismo, que quizás no se nos ha ocurrido que uno puede hablar de ese mandamiento fuera del sentido evangélico. Por ejemplo, si leyéramos el texto con la mentalidad judía propia del tiempo anterior a Jesús, estaríamos pensando en un Dios eminentemente judío, no universal. Es decir, un Dios que eligió a Israel como el pueblo predilecto y exclusivo, que lo protege, lo bendice, lo multiplica y lo hace superior a todas las naciones, que acabarán por plegarse al monte Sión, es decir, a Israel. A cambio de eso, este pueblo se compromete a darle culto, a cumplir sus mandatos y a no mezclarse para nada no solo con otros dioses, sino tampoco con los pueblos que dan culto a esos otros dioses. De ahí que el “prójimo” es entendido no como cualquier otro ser humano, sino solamente como el otro miembro del clan, de la tribu, del pueblo de Israel. En esta visión, tanto la moral como la religión y la espiritualidad tienen un toque que podemos llamar “mercantil”: yo doy, yo hago, yo cumplo, yo adoro, a cambio de la protección, de los dones, de la salvación que Dios me da. Es importante tomar conciencia de que esa lectura puede hacerse de este texto y de este mandamiento del amor, no solo pensando en los judíos de hace veintiún siglos, sino en que esa mentalidad puede colársenos en nuestra propia visión y práctica católicas actuales.
2. La otra lectura del texto es completamente distinta y creo que es la que podemos construir desde el espíritu evangélico de Jesús. El Dios a quien amamos con todo el corazón y todo nuestro ser, es un Dios que no establece privilegios, preferencias o distinciones, delante del cual nadie, ni judío, ni griego, ni católico ni pagano, cuenta con ninguna cualidad que pueda alegar como meritoria para un trato preferencial. Es un Dios que incluso hace llover sobre buenos y malos, que invita a su gran festín de bodas a todos sin excepción. Es un Dios que de manera gratuita nos ha hecho a todos a su imagen y semejanza, es decir que nos hace partícipes de su propia vida divina por el Espíritu Santo que ha derramado en nuestros corazones. Es dentro de esta visión que entendemos nuestra práctica, nuestra moral, nuestra espiritualidad no como un pago que hacemos a Dios por sus dones, sino como una consecuencia de lo que somos cada uno de nosotros también: personas llamadas, creadas, constituidas para ser generosas, para dar gratis lo que hemos recibido gratis, para dejar en todo lugar, en toda persona la huella del bien, del amor que nos alienta.
3. Conforme entendamos a Dios de una u otra de estas dos formas, también entendemos el mandamiento del amor de una u otra forma, entendemos el prójimo de una u otra forma. En la perspectiva evangélica el amor es reflejo de un Dios que es todo donación gratuita. Y el prójimo es todo aquel que es creado como resultado de ese amor. Por eso podemos releer la 1ª lectura de hoy en clave cristiana. El forastero, es decir el emigrante, que carece de todo hasta de sus raíces e identidad, la viuda y el huérfano, el pobre y el excluido, son nuestro prójimo de manera más especial porque el amor de Dios, por medio nuestro continúa su labor creadora en estos que están llamados también a ser plenamente imagen y semejanza de Dios. Es en el amor a estos prójimos que, además, en su necesidad ni siquiera pueden correspondernos, donde se pone a prueba la calidad de nuestro amor gratuito y desinteresado. En esta eucaristía nos identificamos plenamente con quien a su vez en la cruz se identificó con las personas más desposeídas, más pobres y abandonadas.Ω

19 octubre, 2008

29o domingo tiempo ordinario

29º domingo t.o., 19 oct. 08
Lect.: Is 45: 1. 4 – 6; 1 Tes 1: 1 – 5b; Mt 22: 15 – 21


1. Este texto que acabamos de leer es uno de los peor interpretados del evangelio. Ha servido a través de los siglos para manipular el pensamiento de Jesús pretendiendo que según él se estaría enseñando aquí la separación de dos poderes, el político y el religioso. Aunque no podemos en este momento desarrollar una explicación detallada del tema basten dos argumentos para ver lo incorrecto de esta interpretación. 1º, si la intención del evangelio fuera separar el aspecto político del religioso de igual manera podríamos aplicar esta separación a otros aspectos de la vida humana. Por ejemplo, podríamos decir “Den al arte lo que es del arte, a la ciencia lo que es de la ciencia, a la economía…, a la vida familiar…, a la vida sexual…, etc, y a Dios lo que es de Dios. Con esta interpretación “lo de Dios” quedaría reducido a una hora los domingos, para venir a misa. Sería una enseñanza absurda y contradictoria con el mensaje evangélico. El otro argumento consiste en recordar que Jesús no puede estar hablando, dentro del cristianismo de un poder religioso separado del poder político, porque Jesús no veía la comunidad de sus discípulos como otra forma de poder. (“Los reyes de la tierra… no sea así entre Uds.). Vivir el evangelio es una forma de servicio, no de ejercer poder, aunque luego los cristianos a lo largo de los siglos hayamos distorsionado el sentido original.
2. La trampa que le ponen los fariseos es astuta porque se refiere a un punto muy sensible a los judíos de la época, se trataba de la licitud de pagar impuestos al imperio invasor que ocupaba la Tierra Santa. Pero en realidad, aparte de ese aspecto simbólico de este impuesto específico, el pago de los impuestos en general planteaba el tema de la injusticia de la época. Aparte del impuesto que cobraban los romanos, el Templo cobraba otros impuestos altos (21%), (recordemos la otra historia cuando llegan a cobrarle este impuesto a Pedro) y había que pagar otros al gobierno local por el uso de la tierra y por el comercio. Era un sistema fiscal que era parte de un marco de dominación por el cual se beneficiaban élites locales y extranjeras que lo habían establecido. Aproximadamente dos tercios del valor de la producción agrícola era extraído por estas elites dejando al nivel de subsistencia, con el otro tercio, al 90% de la población que eran quienes producían directamente. Entonces Jesús no podía pronunciarse solo sobre parte de ese sistema injusto y si se pronunciaba sobre todo estaría llamando a la rebelión total. ¿Cómo interpretar entonces esta expresión sobre Dios y el César?
3. No es nada fácil encontrar el sentido original de lo que quiso decir Jesús. Puede ser, como dicen algunos, que se tratara tan solo de una manera hábil de Jesús en salir de la trampa que le ponían, devolviéndoles la pelota a su campo, respondiendo con sarcasmo sobre el poder del emperador, o haciéndoles ver que cargaban moneda con la inscripción blasfema. Pero, más allá de la intención de Jesús hay algo que queda planteado con la expresión de Jesús “den a Dios lo que es de Dios”. En toda la mentalidad bíblica está afirmado que a Dios pertenecen todas las cosas, nada hay que no sea suyo. Y la fe bíblica, de la que participa Jesús, insiste que cada uno de nosotros, llevamos impresa la imagen de Dios en nuestra persona. Ningún aspecto de nuestra vida personal y social, —familiar, … y también lo político—, podamos decir que no pertenezca a Dios. La imagen y semejanza de Dios debe dejar su marca, en todas las dimensiones de la vida humana. Es nuestra tarea.
4. Esta concepción del ser humano, de nosotros en Dios, nos traza una línea de presencia en el mundo, aunque no nos da recetas de comportamiento concreto en cada caso. Tenemos el inevitable reto de decidir en cada situación concreta cómo dejar nuestra marca de imagen y semejanza divina en todas las dimensiones de la vida y también en lo político. Tenemos la confianza de que podremos hacerlo, precisamente porque somos presencia de Dios en esta realidad.Ω

28o domingo tiempo ordinario

28º domingo t.o., 12 octubre 2008,
Lect.: Is 25: 6 – 10 a; Flp 4: 12 – 14. 19 – 20; Mt 22: 1 – 14




1. Al leer el evangelio de hoy, prescindiendo de circunstancias muy culturales del momento en que se escribió este texto de Mt, uno podría hacer una interpretación muy radical: los que rechazan la invitación al banquete del Rey, es decir, al Reino de Dios, son los que tienen muchas tierras, muchos negocios, es decir muchas preocupaciones económicas. En un evangelio que Uds. probablemente no conocen, el de Tomás, esta interpretación es claramente más radical. Después del rechazo termina diciendo: “Sal a la calle (y) tráete a todos los que encuentres para que participen en mi festín; los mercaderes y hombres de negocios [no entrarán] en los lugares de mi Padre»” (T 64) . Pareciera ir en la línea que suena extrema del otro texto sobre los ricos y el camello pasando por el ojo de una aguja. Esta lectura evangélica puede resultarnos inaceptable a la mayoría de nosotros. No porque seamos ricos inversionistas, negociantes o empresarios. Sino porque todos, sin excepción, dependemos directa o indirectamente de un trabajo material, de una actividad económica que nos produzca ingreso, quizás de un pequeño o mediano negocito. Y todas estas cosas demandan nuestra atención y dedicación y, en épocas de crisis, todavía pueden absorbernos más. Entonces, ¿quiere decir el evangelio que las actividades “de este mundo”, las de la “vida cotidiana” se contraponen al Reino de Dios? Sería muy raro. Máxime si pensamos que del éxito en nuestra actividad económica y laboral depende el poder vivir con dignidad, alimentar nuestra familia, educar a nuestros hijos… Entonces, ¿qué es lo que critica esta parábola? ¿cuál es el peligro del que nos advierte a todos?
2. La imagen del Reino de Dios comparado con un gran banquete queda todavía más claro con la 1ª lectura de hoy, y así aparece en todas las enseñanza de Jesús. Lo que llama Reino de Dios, es una situación de abundancia para todos, donde quitará la mortaja que cubre a todos los pueblos, donde eliminará la muerte y enjugará las lágrimas de todos los rostros, el oprobio de todo el pueblo. Este es el punto. El reino de Dios, tanto en sus etapas históricas, como en su plenitud, es un bien de comunión entre todos los seres humanos y con Dios. No es un don elitista para que lo disfruten unos pocos, sino que es un llamado de plenitud humana para todos son excepción. Por eso mismo, los bienes de este mundo, han sido destinados por Dios también para el disfrute y realización de todos los seres humanos. Entonces aceptar la invitación al reino de Dios es considerar este misterio de comunión, divina y humana, como el máximo bien al que se subordinan todos los demás. Este es el sentido de la vida humana, hecha a imagen y semejanza con Dios. La parábola nos advierte, por eso, que se cierran las puertas a esa misterio del Reino quienes invierten las prioridades colocando sus intereses cerrados y egoístas, su salvación individual —material y espiritual— como algo que está por encima de ese misterio de comunión, de realización compartida que es el Reino.
3. Nuestra actividad económica, nuestros negocios, nuestro trabajo, los bienes materiales no son por tanto lo que se contraponen al Reino. Son muy importantes para la vida humana pero cuando hacemos de ellos instrumentos, herramientas, prácticas orientadas a crear valores profundos de comunión, de solidaridad, de justicia, de felicidad para otros y no solo para la utilidad de uno mismo. Cuando se pierde esta orientación evangélica, humana profunda es cuando suceden crisis como la actual crisis financiera, de la que Uds. habrán oído en las noticias. Una economía construida de espaldas al bienestar común, que funciona anómalamente permitiendo el enriquecimiento exagerado de algunos y el hambre y pobreza de millones acaba arrastrando a unos y a otros al desastre. Claro que no estamos al nivel de donde se producen esas grandes crisis pero si padeceremos sus consecuencias. En nuestro propio nivel, de cada día, podemos vivir lo que nos toca en el espíritu de este reino de Dios al que se consagró Jesús, y hacer que nos repartamos mejor las cargas de estas crisis mundiales que también a todos nos afectan.Ω

05 octubre, 2008

27o domingo tiempo ordinario

27º domingo t.o., 5 oct. 08
Lect.: Is 5: 1 – 7; Flp 4: 6 – 9; Mt 21: 33 – 43

1. Sabemos lo que es el narcisismo, conforme a los mitos romano y griego. Literalmente se puede dar algo de esa coquetería y vanidad mientras somos adolescentes o en adultos que tardan en madurar. Pero hay otra forma en que perdura en todos nosotros el peligro de hacer de nuestra propia imagen el centro de todo. Quizás lo vivamos de manera inconsciente, como si fuera algo natural, y por eso no caemos en la cuenta de lo peligroso que es. Se da cuando vivimos todo en nuestra vida —lo que somos y tenemos— como algo central de lo que somos dueños y como si eso que somos lo conociéramos ya perfectamente. Como si no tuviéramos que aprender y compartir con otros lo que somos, lo que hacemos o dejemos de hacer con nuestras cualidades, nuestras funciones y tareas y nuestras pequeñas o grandes posesiones. En otro estilo literario y con otra intencionalidad distinta de los mitos griegos, la parábola evangélica y el canto de Isaías de la viña tocan un tema parecido: la tentación tan humana de perder la perspectiva de nuestra ubicación en la vida, en relación con los demás, con la naturaleza y, en definitiva, con Dios, y de manera inconsciente y superficial, perder de vista que con nuestra propia persona, con los cargos que podemos ser llamados a ejercer, con los productos de nuestra profesión y trabajo, no tenemos más que una función de administradores, no de propietarios y que, por tanto, se nos piden dos cosas: crecer y producir frutos y no excluir a los demás del beneficio de esos frutos.
2. Quizás algo que podría ayudarnos a superar esa tentación de creer que ya sabemos lo que somos y de que eso está bajo nuestro control sería caer en la cuenta de que para crecer y producir frutos primero tenemos que descubrir lo que cada uno de nosotros es en la mente de Dios, y que se nos ha dado para trabajarlo, desarrollarlo y compartirlo como imagen y semejanza suya. Esto no es algo superficial. Es algo que exige esfuerzo y dedicación constante. Equivale, dice la parábola, a descubrir el reino de Dios. No podemos confundir lo que somos, como Narciso, con lo que se refleja en el espejo, es decir, con lo que otros opinan de nosotros y con la opinión que tenemos de nosotros mismos. Estas formas de vernos a menudo son desacertadas, y solo reflejan lo que está de moda, lo que son los prejuicios de la sociedad, y el resultado de lo que hemos llegado a ser en la vida, viviendo sin mayores exigencias. Pero si somos imagen y semejanza de Dios, descubrir lo que somos supera cualquier imaginación, nos lanza a una tarea continua hacia horizontes que rompen nuestros esquemas, nuestra miopía y que, al final, nos llevan a sumergirnos en la misma vida de Dios, donde establecemos plena comunión con todos los demás que también son imagen y semejanza suya. El narcisismo aísla y paraliza, mientras que la conciencia de administrar algo divino que nos ha sido dado para cultivar, nos desarrolla y nos lleva a la comunión.
3. Una última reflexión debemos, al menos mencionar. Esto que decimos de nuestra vida personal también se aplica a nuestra función como Iglesia, como sacerdotes u obispos. La Iglesia, por necesidades lógicas, requiere una organización y una jerarquía, requiere distribución de tareas y cargos. Pero en todo eso debemos también actuar como meros administradores, no como propietarios ni como si fuéramos los protagonistas principales de la historia. El alegato de Jesús en la parábola, de manera más directa, fue precisamente con quienes habían hecho de su función religiosa un privilegio personal, una forma de dominación y no un servicio. Lo que se dio entonces entre los judíos, se ha repetido con demasiada frecuencia en la Iglesia. Confiemos en que la búsqueda honesta de lo que somos nos lleve también al ejercicio humilde de nuestra tarea como Iglesia. Expresada simbólicamente en esta comunión que estamos celebrando con la entrega completa de Jesús.Ω