26 julio, 2015

17º domingo t.o.


Lect.: II Reyes 4,42-44; Salmo Responsorial: 144; Efesios 4,1-6; Juan 6,1-15

  1. Aprovecho que la gripe y bronquitis me tiene recluido en casa. Como no podré ir a predicar a santa Lucía, tengo más libertad para redactar el comentario al texto evangélico de hoy en otro estilo de reflexión. Me la provoca el versículo 12 del capítulo 6 del evangelio de Juan que leemos hoy. Es una advertencia de Jesús a sus discípulos cercanos, una vez que terminaron de comer y alimentar a la multitud. "¡Que nada se desperdicie!” les dice. 
  2. Yo espero y deseo que todos nosotros, hombres y mujeres de Costa Rica, tomemos en serio y pongamos en práctica esta directriz de Jesús. El papa Francisco se hizo eco de ella hace dos años en una Audiencia General ( http://w2.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2013/documents/papa-francesco_20130605_udienza-generale.html ) denunciando la "cultura del descarte [que] nos ha hecho insensibles también al derroche y al desperdicio de alimentos, cosa aún más deplorable cuando en cualquier lugar del mundo, lamentablemente, muchas personas y familias sufren hambre y malnutrición”. Y ahora ha vuelto a retomar la advertencia en su Carta Encíclica “Laudato si”. Francisco señala que "una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre». 
  3. ¡Desperdicio de un tercio de alimentos producidos mientras muchos mueren de hambre o padecen las secuelas de la desnutrición! Por escribir cosas como esta en su Carta, algunos periodistas y políticos norteamericanos lo han llamado “catastrofista”, queriendo desautorizarlo. Pero en realidad el Papa es moderado en relación a los datos puros y duros. Ayer mismo, en un programa de Deutsche Welle,( http://www.dw.com/es/global-3000-el-magac%C3%ADn-de-la-globalizaci%C3%B3n/av-18596793 ) ,  se muestra, por continentes y por razones diferentes, "Un increíble desperdicio de recursos: un tercio de los alimentos producidos a nivel mundial no llega nunca al consumidor. Al mismo tiempo, casi 800 millones de personas no tienen suficiente para comer.” (No se si conocemos las estadísticas para Centroamérica). Recuerdo que, en un excelente video documental del cineasta austriaco Erwin Wagenhofer, traducido al español como “El mercado del hambre” (2005, el título original era “Alimentamos el mundo") se documentaba la responsabilidad de las transnacionales de alimentos. Y, por poner solo un ejemplo de esta sociedad irracional, contaba con imágenes que todo el pan que se bota cada noche en Viena, serviría para cubrir las necesidad de ese producto básico en la segunda ciudad austriaca, Graz.
  4. Francisco quiere interpelarnos con respecto a nuestras prácticas cotidianas que contrastan con las de nuestros abuelos que cuidaban mucho que no se tirara nada de comida sobrante.(Hoy podríamos añadir, que no se cocine y no se sirvan más alimentos que los que vamos a necesitar). Pero, al mismo tiempo, es muy consciente de que este desperdicio no se produce por simples debilidades individuales, sino por el modelo productivo y distributivo de la sociedad actual y por su complemento cultural, el consumismo inducido sobre el comportamiento de los consumidores.
  5. El desafío es enorme, para superar todas las secuelas del actual “modelo” de sociedad. Por eso Francisco entiende que todas estas críticas suyas son “contraculturales”. Y ciertamente, por eso, está invitando a que nos unamos en una verdadera “revolución cultural”. Sería importante que podamos, en primer lugar, leer y reflexionar grupalmente la Carta y, después, traducir estas preocupaciones en actividades organizadas impulsadas por nuestras parroquias y comunidades. Ω

19 julio, 2015

16º domingo t.o.


Lect.: Jer 23,1-6, Ef 2,13-18, Mc 6,30-34

  1. En el texto de hoy los discípulos regresan de la misión a la que Jesús los había enviado, aquella misión que debían realizar desafiando los pilares que sostenían la sociedad de entonces, la institución familiar, la propiedad y las tradiciones,  como lo vimos el domingo pasado. Podemos imaginar, teniendo en cuenta otro relato semejante de Lucas (10: 17 sgs), que los apóstoles regresan contentos y satisfechos. Tan es así que de inmediato y corren a informar al Maestro “todo lo que habían hecho y enseñado”. Ante lo que le cuentan y, posiblemente, ante la impresión que daban —quizás cansados pero entusiastas de su estreno como predicadores— Jesús reacciona con dos gestos que son, en sí mismos, enseñanzas complementarias de cómo se realiza la misión evangélica.
  2. El primer gesto consiste en invitarles a ir solos a un sitio apartado y desértico "a descansar un poco”. Es, probablemente, una manera de decirles que para transmitir el mensaje, para ejercer el ministerio que les ha encargado, hace falta tener también no solo descanso físico, sino una paz interior y un encuentro consigo mismos que les permita a ellos, también, hacer suyo el mensaje. Hoy podríamos pensar que  la invitación sirve para que los que quieren o queremos vivir y transmitir el mensaje cobremos conciencia de que anunciar el evangelio del Jesús no es una facultad que tengan unos privilegiados, que cae mágicamente desde el cielo, sino que brota no solo desde el estudio de la palabra, sino además del interior, en el silencio, en la oración, en diálogo solo con uno mismo y con el Espíritu que habita en nosotros.
  3. El segundo gesto, que surge con naturalidad de la gran sensibilidad de Jesús, es una profunda enseñanza.  Cuando Jesús miró a la multitud. dice Marcos, sintió una gran compasión por ellos. La palabra compasión, en el Antiguo Testamento, designa la actitud de Dios con respecto al sufrimiento de sus hijos e hijas. No es lástima —como a veces lo ponen inadecuadamente algunas traducciones de la Biblia— es com - pasión, la capacidad de sentir y padecer con los demás sus necesidades, preocupaciones y sufrimientos. En la intención de Marcos está enseñar a su comunidad, evocando el recuerdo de Jesús, que la actitud fundamental de quien quiere anunciar el evangelio es la capacidad para sentir e identificarse con las personas a las que se quiere servir
  4. Estar como "ovejas sin pastor”, la frase que Marcos usa tomada de los profetas, alude a una de las mayores necesidades que podemos tener los humanos: encontrarnos sin proyecto de vida, sin norte, sin tener motivaciones para vivir y actuar. No lo entendamos como si Marcos quisiera hablarnos de la necesidad de tener una autoridad de alguien superior que nos diga lo que tenemos que hacer, para poder salir adelante. Eso sería una manera muy infantil de entender este relato. Jesús, al descubrir la situación y necesidades en que vive aquella gente, no reacciona como alguien autoritativo que les impone reglas para recuperar el camino. Ni como alguien que se constituye en quien manda para que los demás obedezcamos. Jesús les da su compasión, su capacidad de identificarse con ellos. Les quiere dar su presencia cálida y humana para que ellos se sientan acompañados en la búsqueda personal y comunitaria de solución de su problemas. Así actúa el pastor verdadero. Con estos gestos el relato evangélico de hoy nos está corrigiendo posibles equivocaciones en la manera de entender lo que quiere decir “pastor” o “actividad pastoral”. Nos está diciendo que la manera en que todos y todas, —no solo un grupo de clérigos o laicos seleccionados— podemos ser pastores y pastoras unos de otros, es desarrollando la capacidad de sentir  e identificarse con las necesidades de todos nuestros hermanos y de nuestra comunidad

12 julio, 2015

15º domingo t.o.


Lect.: Amós 7,12-15, Ef 1,3-14, Mc 6,7-13

  1. Se puede leer este texto del envío de los Doce en tres niveles o desde tres ángulos. Algunas veces, en la predicación y en la catequesis, se comentaban estas instrucciones de Jesús como una forma de sacrificio, una práctica ascética, de renuncia que debería de caracterizar la vida de los cristianos. Otras veces se ha presentado como una forma de insistencia en la sencillez y en la pobreza como distintivos evangélicos que incluso permitían la mayor identificación con las necesidades de los pobres y los excluidos. Pero hay otra lectura de estas instrucciones de Jesús a los enviados que es un poco diferente. La podemos hacer si nos ubicamos en el lugar y momento histórico que vivió Jesús y sus primeros discípulos. En ese entonces, la sociedad existente se construía sobre tres pilares muy fuertes: la familia y linaje, la propiedad, y la tradición, que en el pueblo judío era religiosa. De esos tres pilares se derivaba la posibilidad de tener y ejercer poder y reputación social. Y, por tanto, la definición de la propia identidad. Si pertenecías a una familia reconocida, distinguida, por tener propiedades, cargos religiosos y políticos, sin duda heredarías también  una posición poderosa. Así se construirían las diversas clases y grupos sociales. Así se generaría la acumulación de la riqueza y la exclusión de los pobres.
  2. Esos tres pilares de la sociedad y fuente del poder, son los que Jesús, en el evangelio de Marcos, pone “patas arriba”. Primero: la familia, el clan, el linaje, son relativizados. Por una parte, porque Mc muestra que la propia familia de Jesús no logró entenderle a él, ni a su misión. Le consideraron loco y le miraron sin fe, como veíamos el domingo pasado. Por otra parte, Mc también nos cuenta, en otro lugar, que la reacción de Jesús ante esa incomprensión fue la de afirmar que su madre y sus hermanos eran todos aquellos que recibían la palabra de Dios y la ponían en práctica. Además, El propio Jesús había dejado su casa y sus responsabilidades familiares, cosa que era muy mal vista entonces, para asumir su misión de anunciar el Reino. Ya solo con esto, Jesús subvertía la familia como el pilar clave  de la sociedad. Pero, además, en el texto de hoy, completa su presentación de lo que debía ser una nueva sociedad. A los que iban a anunciar el Reino  les deja claro que no deben llevar ni dinero, ni bienes materiales, ni símbolos de poder porque no es sobre estas bases que debe construirse una sociedad inspirada en los valores del Reino. Quede claro, entonces, que en este texto de hoy no les está dando un pequeño manual de cómo deben vestir y qué cosas deben llevar los misioneros, sino que les está diciendo que no son los pilares de la vieja sociedad los que sirvan de fundamentos de la nueva: tampoco el poder de la economía y de cierta tradición.
  3. Mucha gente entonces se sentiría escandalizada de esta ruptura revolucionaria de Jesús. Otros, posteriormente, incluyéndonos a nosotros, podríamos sentirnos sorprendidos e incrédulos ante esta actitud de Jesús. Si quitamos el dinero, la propiedad, la pertenencia a una familia distinguida, ¿como vamos a tener una identidad fuerte, una posición poderosa? No pareciera posible construir una sociedad viable, sostenible, sin esos fundamentos. Pero aquí es Mc mismo quien también nos recuerda que el poder que Jesús tiene y que da a sus discípulos no es un poder de jerarquía, político y económico. No es el poder de unos sobre otros. Es el poder "sobre los espíritus inmundos”, es decir, sobre todo aquello que pervierte la calidad de vida humana. Es el poder de la fe como confianza plena, como la que vivió Jesús y que se traduce en lealtad y compromiso, sin  ningún miedo ni cobardía,  ese es el poder que puede construir una sociedad nueva.Ω

05 julio, 2015

14º domingo t.o.


Lect: Ez 2,2-5; II Cor 12,7b-10; Mc 6,1-6

  1. En situaciones de peligro, o de riesgo, lo normal es sentir, al menos, un ramalazo de miedo. Miedo a recibir un daño, a perder un bien o un ser querido, o la propia vida. Fue la situación por la que pasaron los discípulos en la barca. Y fue la que superaron el jefe de la sinagoga y la mujer enferma de flujos de sangre. Lo que marcó la diferencia, en uno u otro caso, fue la actitud de fe, de vivir con confianza profunda. que, en definitiva, como dice Mc, trae paz y salud. En la gente de Nazaret, el  pueblo de Jesús, predomina otra actitud que, aunque no lo descubramos a la primera, es también otra forma de miedo. Cuando los vecinos de su barrio lo miran con escepticismo, con incredulidad, en el fondo lo están   rechazando por miedo a la novedad. Este Jesús, que tiene sabiduría, rompe los esquemas religiosos y sociales a que estaban acostumbrados. Habían conocido a Jesús desde pequeño, muchos habían crecido y probablemente jugado con él. Había sido un muchacho del pueblo como otra cualquiera de ellos. Vivía incluso con su madre, que era un mujer corriente. Cuando Mc repite la frase de aquellos nazarenos, "¿No es éste el carpintero?,” hace ver que se trata de un trabajador que no tiene trabajo propio, —que “camaronea”, que la pulsea, diríamos en CR,—, que no tiene un emprendimiento propio, que depende de otros que le den trabajo. Eso es lo que significa la palabra griega que nuestras biblias traducen por “carpintero". Y cuando dice, “¿no es este el hijo de María?” apunta a que por nacimiento su madre no le había dado una familia respetables, con una buena posición social. Pensar que de los labios de un hombre con semejante “curriculo” pueden salir enseñanzas de sabiduría,  hacía que los nazarenos, se sintieran muy mal, les hacía tambalear todas sus convicciones, sus tradiciones, sus maneras de ver el mundo y la vida. Y ante ese peligro, prefieren recurrir a la incredulidad y a poner en duda que Jesús sea el maestro, el profeta que parece ser. No lo aceptan.
  2. Lo interesante y llamativo en este nuevo texto es que Mc nos dice que por eso Jesús no pudo hacer allí ninguna obra de poder. Suena raro, visto desde una visión religiosa tradicional, porque las catequesis y predicaciones antiguas nos quieren siempre pintar a Jesús como un superhéroe, y que opera con la fuerza de un Dios para el cual no hay nada imposible. Pero lo que este evangelio nos está dejando claro es que Jesús no es ningún mago que realiza cosas extraordinarias por encima de la voluntad y disposición de la gente. El contacto con la humanidad de Jesús lo que hace es apelar a los valores más profundos de los seres humanos con que se encuentra, especialmente los valores de su fe y confianza. Esta fe es la que curó a la mujer con flujos de sangre, y a la hijita del archisinagogo. Pero los nazarenos, de su pueblo, para evitar que se les derrumben sus viejas creencias, sus tradiciones y falsas seguridades, prefieren refugiarse en su incredulidad y escepticismo. Se resisten a aceptar que de un hombre que procede de una familia irregular y de una situación laboral informal, pueda brotar el anuncio y comienzo del reino de Dios. Están cerrados a nacer a una vida nueva y no dejan brotar una fe que podría darles paz y salud.
  3. Las reacciones que hoy vemos en ciertos grupos conservadores, dentro y fuera de la Iglesia, frente al Papa Francisco nos ayudan a darnos cuenta de que vivimos religiosamente una situación parecida a la que experimentaron aquellos incrédulos habitantes de Nazaret. No solo con sus escritos y predicaciones, sino con muchos gestos significativos Francisco nos invita a abrirnos a una manera nueva, renovada de leer y vivir el mensaje del evangelio, que se sacude de algunas prácticas, interpretaciones y tradiciones momificadas. Por ejemplo, cuando el Papa dice con sencillez, que quién es él para juzgar a los homosexuales, o cuando esta semana pasada hablando de Oriente Medio pone en el mismo nivel los mártires católicos y los protestantes, lo que hace no es esgrimir la autoridad de su cargo sino, desde su extraordinaria cualidad humana, animarnos a que saquemos lo mejor de nosotros mismos, nuestra fe y confianza, para abrirnos a una vida nueva, a pesar de todos los riesgos.Ω