12 julio, 2015

15º domingo t.o.


Lect.: Amós 7,12-15, Ef 1,3-14, Mc 6,7-13

  1. Se puede leer este texto del envío de los Doce en tres niveles o desde tres ángulos. Algunas veces, en la predicación y en la catequesis, se comentaban estas instrucciones de Jesús como una forma de sacrificio, una práctica ascética, de renuncia que debería de caracterizar la vida de los cristianos. Otras veces se ha presentado como una forma de insistencia en la sencillez y en la pobreza como distintivos evangélicos que incluso permitían la mayor identificación con las necesidades de los pobres y los excluidos. Pero hay otra lectura de estas instrucciones de Jesús a los enviados que es un poco diferente. La podemos hacer si nos ubicamos en el lugar y momento histórico que vivió Jesús y sus primeros discípulos. En ese entonces, la sociedad existente se construía sobre tres pilares muy fuertes: la familia y linaje, la propiedad, y la tradición, que en el pueblo judío era religiosa. De esos tres pilares se derivaba la posibilidad de tener y ejercer poder y reputación social. Y, por tanto, la definición de la propia identidad. Si pertenecías a una familia reconocida, distinguida, por tener propiedades, cargos religiosos y políticos, sin duda heredarías también  una posición poderosa. Así se construirían las diversas clases y grupos sociales. Así se generaría la acumulación de la riqueza y la exclusión de los pobres.
  2. Esos tres pilares de la sociedad y fuente del poder, son los que Jesús, en el evangelio de Marcos, pone “patas arriba”. Primero: la familia, el clan, el linaje, son relativizados. Por una parte, porque Mc muestra que la propia familia de Jesús no logró entenderle a él, ni a su misión. Le consideraron loco y le miraron sin fe, como veíamos el domingo pasado. Por otra parte, Mc también nos cuenta, en otro lugar, que la reacción de Jesús ante esa incomprensión fue la de afirmar que su madre y sus hermanos eran todos aquellos que recibían la palabra de Dios y la ponían en práctica. Además, El propio Jesús había dejado su casa y sus responsabilidades familiares, cosa que era muy mal vista entonces, para asumir su misión de anunciar el Reino. Ya solo con esto, Jesús subvertía la familia como el pilar clave  de la sociedad. Pero, además, en el texto de hoy, completa su presentación de lo que debía ser una nueva sociedad. A los que iban a anunciar el Reino  les deja claro que no deben llevar ni dinero, ni bienes materiales, ni símbolos de poder porque no es sobre estas bases que debe construirse una sociedad inspirada en los valores del Reino. Quede claro, entonces, que en este texto de hoy no les está dando un pequeño manual de cómo deben vestir y qué cosas deben llevar los misioneros, sino que les está diciendo que no son los pilares de la vieja sociedad los que sirvan de fundamentos de la nueva: tampoco el poder de la economía y de cierta tradición.
  3. Mucha gente entonces se sentiría escandalizada de esta ruptura revolucionaria de Jesús. Otros, posteriormente, incluyéndonos a nosotros, podríamos sentirnos sorprendidos e incrédulos ante esta actitud de Jesús. Si quitamos el dinero, la propiedad, la pertenencia a una familia distinguida, ¿como vamos a tener una identidad fuerte, una posición poderosa? No pareciera posible construir una sociedad viable, sostenible, sin esos fundamentos. Pero aquí es Mc mismo quien también nos recuerda que el poder que Jesús tiene y que da a sus discípulos no es un poder de jerarquía, político y económico. No es el poder de unos sobre otros. Es el poder "sobre los espíritus inmundos”, es decir, sobre todo aquello que pervierte la calidad de vida humana. Es el poder de la fe como confianza plena, como la que vivió Jesús y que se traduce en lealtad y compromiso, sin  ningún miedo ni cobardía,  ese es el poder que puede construir una sociedad nueva.Ω

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