31 mayo, 2015

Fiesta de la Santísima Trinidad


Lect.:   Deut 4,32-34.39-40, Rom 8,14-17, Mateo 28,16-20

  1. A este texto de Mt que acabamos de proclamar se le conoce como el de la "gran misión", o gran encargo de continuar su misión, que hace Jesús a sus amigos cercanos. Con lo importante que es, sin embargo, a lo largo de la historia, no ha tenido una interpretación uniforme. A lo largo de los siglos ha habido quienes han entendido, literalmente, que lo que Jesús encargaba a sus amigos era realizar bautizos masivos en todas partes, para que niños y niñas pudiesen ser liberados del pecado original y así ser salvados. Lo curioso es que quienes veían esto como continuar la misión de Jesús, no se plantearan que Jesús nunca realizó bautizos, al menos desde que dejó de pertenecer al grupo de Juan el Bautista. Otros han entendido que el encargo de hacer discípulos consistía en adoctrinar a la gente y enseñarles un conjunto de dogmas sobre Dios y sobre la moral que deberían aceptar y memorizar. Se consideraba esto como llevar a la gente al camino de la verdad. De ahí que los liturgistas escogieran este pasaje para leerlo en la fiesta de la Trinidad, como revelación del misterio de un Dios en tres personas, que se presenta como el dogma central del cristianismo.
  2. Quizás, más que esas interpretaciones, para captar el mensaje del texto nos pueda ayudar una lectura más sencilla, pensando la gran misión como el encargo de continuar  lo que Jesús había hecho con sus primeros seguidores. Y creo que desde esta perspectiva hay dos cosas que podemos entonces descubrir.  La primera es que Jesús, en su trato con ellos,  les había hecho discípulos y ahora les encarga que, a su vez, hagan discípulos en todos los pueblos… pero esto que suena tan fácil exige aclaración. Jesús dice "hacer discípulos", no dice practicantes de sacramentos, asistentes al templo, ni cumplidores de reglamentos.  Dice “discípulos”. Un discípulo es quien está en capacidad de aprender. Y puede aprender quien sabe escuchar, reflexionar sobre lo que escucha y enriquecer su experiencia de vida con lo que aprende. No es el mero repetidor de lecciones escuchadas, sino el que, a través del encuentro con un maestro, sabe descubrir por sí mismo la riqueza de la propia vida y de todo lo que le rodea. Eso es lo que Jesús había hecho a lo largo de su vida, con su palabra, con su manera de acoger a todos y con sus acciones de servicio para quienes más lo necesitaban. Jesús había estimulado en cada uno con quien se encontró, su capacidad para aprender a enriquecer su vida, a que viviera la vida en abundancia. Jesús encarga a aquel primer grupo que continúe esa misma tarea. Dicho en lenguaje de hoy, el encargo de hacer discípulos conlleva el encargo de apoyar a que las personas con que uno se encuentre puedan crecer en capacidad de escucha, de observación, de reflexión, de madurez, para poder descubrir por sí mismas el misterio de su existencia, de la vida, de la presencia de Dios.
  3. Y este es el segundo encargo que descubrimos en el texto de hoy. “Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, no se refiere a la fórmula ritual que hay que pronunciar al echar agua en la cabecita de un bebé. “Bautizar” es sumergir. Y en este caso sumergir en la experiencia de Dios.  Está pidiendo, pues, a sus primeros seguidores que a todos los que quieran ser sus discípulos,  los  “sumerjan” en la experiencia del misterio de Dios, como él mismo lo había hecho con ellos a lo largo de su vida públic. Para quienes entraron en íntimo contacto con Jesús, aquella intimidad, aquella amistad fue la ocasión de experimentar la presencia cercana de lo divino en forma humana y fue la ocasión de descubrirse hijos de Dios, partícipes de su vida, como dice Pablo en la 2ª lectura. Se trató, como sabemos, de una experiencia de amor pleno y desinteresado, de una capacidad de entrega solidaria hasta el final de la vida. Es en ese tipo de experiencia que Jesús pide a aquellos primeros seguidores que sumerjan a todos los que hagan discípulos de la Buena Nueva.
  4. No se cuántas cosas tendremos que cambiar nosotros en la Iglesia para poder cumplir con este encargo. De cuántas cosas, personales e institucionales tendremos que despojarnos para realizar esta gran misión. Cualquier renuncia, en todo caso, vale la pena. Este esfuerzo lo vemos hoy personificado en los intentos del papa Francisco por reformar la Iglesia y a esos esfuerzos queremos sumarnos en el ámbito en que nos movemos.Ω 

25 mayo, 2015

Fiesta de Pentecostés

fiesta de Pentecostés
Lect.: Hechos 2,1-11; I Corintios 12,3b-7.12-13; Juan 20,19-23

  1. Cuando decimos que estamos vivos, ¿qué queremos decir? Parece una pregunta con respuesta muy obvia, pero si nos paramos a pensar un momento estamos hablando de que la vida es una realidad que tiene diversos niveles, incluso si pensamos solamente en la vida humana. Por ejemplo, cuando en el vientre de una madre está un óvulo fecundado, este está vivo, sin duda, pero no es una vida personal, como la que puede tener un niño y, no digamos ya, un hombre o una mujer adulta (no es un “ homunculus", como pensaban en el siglo XVII). En otro nivel, cuando alguien sufre un accidente serio y queda en estado de coma, —como oímos que sucede o quizás hemos conocido casos—, ese paciente puede quedar en un estado vegetativo. Está vivo, pero solo a nivel de funciones muy elementales del cuerpo humano y depende, muchas veces, de una permanente asistencia médica para sobrevivir. Más allá de esto, en los que gozamos de un nivel de salud normal, aun con altibajos, nos topamos con que muchos, por limitaciones económicas, sociales y culturales, apenas pueden mantenerse en un estado de supervivencia; están vivos, por supuesto, pero por la situación de pobreza que les afecta, no pueden disfrutar de una vida de calidad adecuada en sus necesidades básicas y en lo cultural, en la educación, en el disfrute del descanso, del entretenimiento, de la belleza. Todos los demás, con un nivel de vida más desarrollado, creemos vivir mejor, porque tenemos solucionada gran parte de nuestras necesidades materiales y nos queda tiempo y capacidad para cubrir otras de índole cultural, deportivas, artísticas. Estamos vivos y lo disfrutamos, pero seguimos siendo seres necesitados, a los que nos afectan muchos problemas, la enfermedad, el dolor, los conflictos, el abandono de otros, el miedo a la muerte. 
  2. En el evangelio de Juan, desde el principio, el autor pone en boca de Jesús la invitación a superar todos esos niveles elementales de vida, y a dar un paso más, a descubrir y a experimentar el nivel más profundo o más alto, como quiera decirse, de vida humana plena, el nivel de la vida en el Espíritu de Dios, en el que seremos capaces de transformar y darle nuevo sentido a todas las demás experiencias humanas nuestras. A ese paso adelante, lo llama a veces, como cuando se lo explica a Nicodemo, “nacer de nuevo”; o dejar que un torrente de agua viva brote de nuestro corazón hasta la vida eterna, como se lo dice a la samaritana. También lo expresa diciendo que se trata de comerlo a él, a Jesús, como pan de vida. Y también lo representa como una experiencia de resurrección. En todos los casos, de lo que nos está hablando es de pasar al nivel más profundo de vida humana, en el cual no solo alcanzamos la plenitud para nosotros mismos, sino que la alcanzamos compartiéndola con todos los demás, para que todos tengan vida en abundancia.
  3. La fiesta que llamamos de Pentecostés es la celebración de ese nivel más profundo de la vida humana, enraizada en la misma vida de Dios. Cuando el autor del evangelio de Juan nos dice que, en el anochecer del día de la Pascua, Jesús sopla sobre sus discípulos y les dice que reciben el Espíritu, lo que está haciendo es revelándoles la presencia de este Espíritu en cada uno de ellos e invitándolos a que lo descubran viviéndolo en el amor como él mismo nos ha amado.
  4. Es la misma invitación que se nos hace a cada uno de nosotros hoy día, en lo que llamamos la fiesta del Espíritu Santo. Igual que en el libro del Génesis que nos habla simbólicamente del Espíritu de Dios dando vida a la creación, e infundiendo el Espíritu en el ser humano el evangelista habla de que el Espíritu de Cristo ha sido infundido en nosotros y que podemos vivir alentados por ese Espíritu, en el nivel de vida humana más pleno al que podemos aspirar. Se trata de un nivel en el que nos identificamos todos con todos, porque como dice Pablo en la segunda lectura, “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” y, "lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros,  todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, somos un solo cuerpo”.Ω

17 mayo, 2015

Fiesta de la Ascensión

Lect.: Hechos 1,1-11; Efesios 1,17-23; Marcos 16,15-20

  1. Durante 40 días hemos estado celebrando lo que la tradición cristiana ha llamado el “misterio pascual”, —de Jesús y de cada uno de nosotros. Con esa expresión, “misterio pascual”, queremos decir, en primer lugar, que una vida como la de Jesús, consagrada a dar vida abundante, a través del amor, el servicio y la solidaridad, alcanza, con el momento de la muerte como entrega final, la plenitud de vida humana en el seno mismo de la gloria de Dios. De ahí que Pablo dijera, como lo proclamábamos el mismo domingo de Pascua, que ya mismo hemos muerto y “nuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3: 1 - 4). Se trata, sin duda, de una revelación, de un descubrimiento maravilloso de lo que es la dimensión, última, la más profunda de la vida humana y de nuestro enraizamiento en la misma divinidad, en la misma vida del Eterno, que no son dos realidades separadas como lo dijimos el domingo pasado con imagen de la vid y de la chayotera.. Pero, así como es de maravillosa, esta afirmación no es nada fácil de entender. ¿Porque qué se quiere decir con esas frases de Pablo, diciéndonos que ya hemos muerto y que nuestra vida está escondida en Dios? ¿No es cierto que son afirmaciones que parecen contradictorias con lo que de hecho vemos y sentimos en nuestra vida diaria?
  2. Se trata de entonces de una verdad profunda que trasciende nuestras formas habituales de entender y expresarnos. Se trata de una verdad que, por referirse a nuestra dimensión más profunda, divino humana, resulta inefable, inexpresable con todo lenguaje ordinario. De ahí que cada época y cada cultura han tratado de aproximarse a este descubrimiento, según sus propias limitaciones y posibilidades, y logran apenas captar algunos aspectos diferentes. Incluso en las mismas primeras comunidades cristianas había una diversidad de maneras de expresarse, aunque quizás no nos hemos puesto detenidamente a observar las diferencias en los relatos. Para algunos, como las comunidades del evangelista Juan, es en la misma crucifixión donde Jesús alcanza la gloria de Dios. La muerte se abre de inmediato para Jesús a la vida del Eterno. Así Juan no habla ni de resurrección ni de ascensión, sino de muerte y glorificación. Otros, sí hablan de resurrección, pero la entienden no como la vuelta a la vida de un difunto, sino como el paso de la muerte de Jesús al nivel superior mayor al que se puede aspirar, el de la misma vida en el seno de Dios. Otros, en fin, como es el caso del relato de Lucas, que acabamos de oír, habla de momentos diferentes, muerte, resurrección y ascenso al cielo. Es un intento de explicar, según la mentalidad de la época, desagregando el misterio pascual, en varios momentos (Jesús muere, luego resucita, luego sube al cielo y ahí es glorificado por Dios).
  3. Por cualquiera de los caminos de explicación las diversas comunidades  llegan a comunicar su convicción de que el punto de llegada de una vida como la de Jesús, es alcanzar la plenitud de vida humana al interior de la misma divinidad,  Y es también nuestra propia meta de llegada. Quizás, para comunidades como la de Lucas e incluso para nosotros mismos, usar la palabra “ascensión” sirve para dar la idea del paso a un nivel superior de vida humana que, en aquel ambiente judeocristiano, era pedagógico para entenderlo como participar en la gloria de Dios. Esto es lo esencial que transmitimos cuando decimos que creemos en la ascensión de Jesús al cielo. No nos referimos, por supuesto, a la interpretación literal del texto entendiendo que en un momento determinado Jesús, delante de sus discípulos empezó a subir, físicamente (como si se tratara de un cohete enviado al espacio). Esa era su forma de representarlo, porque en su visión del mundo la tierra, plana, era el centro de la realidad, y estaba rodeada por diversos cielos. (Recordamos que, por ejemplo, Pablo habla de haber subido hasta el tercer cielo (2 Cor 12). Pensemos que ellos no tenían, ni podían tener, una imagen del universo como lo tenemos nosotros hoy, conscientes de que la tierra es solo un puntito pequeñito, parte de un sistema solar insignificante, en el borde de una galaxia, entre millones.
  4. No nos quedemos, en una lectura literal de los evangelios porque los haríamos un obstáculo a nuestro avance espiritual y a la mentalidad del mundo moderno. Abramos nuestro corazón y nuestra mente para que, más allá, de los textos escritos, el Espíritu nos haga avanzar en la comprensión del misterio pascual que es el misterio de nuestra vida humana.Ω

10 mayo, 2015

6º domingo de pascua

Lect.. Hechos 10,25-26.34-35.44-48; I Juan 4,7-10; Juan 15,9-17

  1. El domingo pasado Juan nos ayudaba a entender que Dios y nosotros, que Cristo y cada uno de nosotros no somos dos realidades separadas. Somos como la viña, o la mata de chayote, en donde raíces, tronco y bejucos, forman una sola unidad, alimentada por una misma savia, —la vida divina es esa savia que nos alimenta y nos mantiene vivos. Pero también nos insistía Juan que es preciso permanecer en esa identidad, para que no nos pase como al sarmiento, a la rama o al bejuco que si se desprenden de la mata se secan. Creo que podemos entender que lo que nos quiere advertir el evangelista es que ninguno de nosotros podemos ser, existir, sin estar pegados a esa mata que es Cristo, recibiendo la savia de la vida divina.
  2. Pero sí es posible, —y por desgracia, demasiado frecuente— pasar por la vida sin darnos cuenta de esta realidad, —lo que él llama “estar en las tinieblas”, no estar consciente de nuestra identidad con Dios y con los demás. De ahí la insistencia de Jesús, según el texto de Juan, en que “permanezcamos” en él. En los primeros versículos del capítulo 15 el evangelista es reiterativo: 4 Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. 6 Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento,y se seca; (…) 7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.” Y en el texto de hoy, es reiterativo: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.  Fijémonos, ¡en unas pocas líneas, insiste 9 veces en que permanezcamos en él como él permanece en nosotros! Es formidable todo lo que está contenido para Juan en esta palabra, en este verbo: permanecer, morar, habitar, que los ve como sinónimos. Nos está hablando de que el amor verdadero, que deja como marca y herencia para sus discípulos, conlleva el estar presentes a aquellos que amamos.
  3. Pero, ¿qué quiere decir con esto de estar presente en Cristo y en las personas que amamos? Lo decíamos antes, consiste en estar conscientes de que aquel o aquella a quien amamos está ahí, en este momento presente a nosotros y nosotros presentes en él o ella, con una presencia de unión estrecha. Su vida está presente en la mía y mi vida en la suya.  Puede sonar una manera rara de hablar. Sin embargo, es una condición indispensable para amar de verdad. A menudo vivimos de tal manera distraídos que en lo cotidiano no ponemos atención a las personas que decimos amar. No solo cuando no ponemos atención a lo que nos están diciendo —quizás porque estamos concentrados en nuestro celular o pensando en otra cosa—, sino cuando, peor aún,  no ponemos atención a las necesidades, a las alegrías, o a las angustias de aquellos que decimos amar. No estamos presentes en ellos, en lo importante de su vida. Cuando vivimos habitualmente en esa situación, decir que amamos a esas personas no pasa de ser una frase vacía.
  4. Esto puede ayudarnos a entender todo el alcance del mensaje de Juan. Jesús habla de que el amor que nos tiene empieza por permanecer, por estar presente en cada uno de nosotros. Es decir, por sentirnos como parte suya, parte de su identidad y por eso, nos pone atención, está atento a lo que cada uno es, a lo que cada uno  siente, sufre y disfruta.  Esto mismo es lo que nos pone a nosotros también como criterio para saber que de verdad amamos a aquellos que decimos amar. Permanecer, estar presente, habitar en la vida de cada uno de nuestros hermanos y hermanas, conscientes de que formamos una misma identidad, como lo confesamos, simbólicamente, al participar de un mismo pan y un mismo vino en la eucaristía.Ω

03 mayo, 2015

5º domingo de Pascua

Lect. Hechos 9,26-31, I Juan 3,18-24,  Juan 15,1-8

  1. Muchas veces hemos oído decir: “a fulanito le falta Dios en su vida, por eso anda en malos pasos”. O también, “Zutanita no podrá nunca ser completamente feliz, porque no busca a Dios”. Son expresiones que surgen de gente piadosa. En otro nivel, también con frecuencia oímos decir que "un país va por mal camino cuando no se pone con Dios”, o que "la corrupción de los políticos y sus matráfulas, que cuesta tanto corregir, se dan, “cuando se olvidan de Dios”. Cuando la gente se expresa de esa manera, cuando hablamos así, da la impresión de que pensamos en que los seres humanos vivimos en un mundo lleno de males y que Dios se encuentra en otro plano, en lo que llamamos cielo, y que tenemos que lograr que se decida a bajar a nuestro mundo para salvarnos de tanto problema y lograr que cambie el modo de ser de los que hacen el mal. Es curioso, porque este tipo de expresiones tan extendidas no se encuentran en un evangelio como el de san Juan. El evangelista tiene una manera completamente distinta de ver y vivir nuestra relación con Dios. Para Juan, Dios y los humanos, Dios y las criaturas no son dos realidades distintas, separadas y, mucho menos, opuestas. No se trata de que hay que invocar a Dios continuamente, en nuestras tareas cotidianas para que nos salgan bien, o de hacerlo presente en los discursos de los políticos para sanear y legitimar sus prácticas.
  2. El texto del evangelio de hoy utiliza una hermosa y sorprendente imagen para hablar de la relación entre Dios y nosotros, entre Dios, Jesús y nosotros, y entre nosotros  mismos. Es la imagen de una planta, la vid, la planta que produce las uvas. Usa esta comparación porque la vid era muy familiar a los campesinos y gente sencilla de Palestina. Pero para nosotros que, aunque comemos uvas cuando podemos, casi no conocemos la mata que las produce, puede valer la comparación con muchas otras plantas. Incluso con la humilde chayotera. Lo esencial de la imagen está en entender que una vid, una planta como ella, tiene un tronco, tiene sus ramas, El sarmiento es la rama de la cepa de la vid, de donde brotan las hojas, los zarcillos y los racimos. Pero todas estas partes forman una sola cosa. En la chayotera es parecido, tiene sus ramas, sus bejucos, sus tallos, sus quelites, sus flores y sus frutos y se extiende mucho, pero es una sola planta. Y todas las partes, desde las raíces, están alimentadas por la misma savia que les da vida.
  3. No cabe duda de que la comparación que usa san Juan es muy atrevida, muy audaz, porque echa por tierra muchas maneras que usamos para entender nuestra relación con Dios o de Dios con nosotros. Con la imagen de la planta de la uva, nos está diciendo que Jesús y nosotros somos una sola cosa, y que la vida que nos une y nos alienta, es la misma vida de Dios. Por eso es que el mismo evangelista en otra parte dice, con palabras de Jesús, que nosotros podremos hacer las mismas obras de Jesús y aún mayores. Es decir, cada uno de nosotros, puede también dar vida en abundancia, puede dar libertad a los oprimidos, puede ser puerta para que muchos otros descubran nuevos y mejores horizontes de vida humana, y puede ser luz y camino para que los realicen plenamente. Es una imagen atrevida de Juan, pero muy hermosa y esperanzadora al permitir que nos descubramos como parte de la vida de Dios y a Dios como ser de nuestra propia vida.
  4. De lo que se trata, para Juan, es de despertar a esta realidad que somos. Pasar de las tinieblas a la luz. No de adornar nuestros discursos con el nombre de Dios y con frases piadosas para dar la impresión de que así lo hacemos presente.  Sino de que, al darnos cuenta de que ya tenemos en nosotros la vida de Dios, no pongamos obstáculos para que esa corriente de vida fluya en toda nuestra existencia. Despertar a esta realidad es superar el engaño de nuestro egoísmo, de nuestro egocentrismo. Es cobrar conciencia de que esa vida divina nos hace también una sola cosa con todos nuestros hermanos y hermanas, de manera que sus alegrías y sufrimientos son también los nuestros. En esta manera de vivir y de amar conocemos y damos a conocer que Dios permanece en nosotros.Ω