23 febrero, 2014

7º domingo t.o.

Lect.:    Lev 19,1-2.17-18; I Cor 3,16-23; Mt 5,38-48

  1. Hemos dedicado varios domingos a reflexionar sobre el Sermón del Monte, programa de la misión de Jesús. Aún así, para textos como el de hoy se necesitarían bastantes más días, porque en él confluyen muchos temas. Saltan de inmediato a nuestra consideración preguntas sobre la venganza, el rencor, qué hacer ante la violencia en uno mismo y ante la que nos rodea con frecuencia, y ante eso otro tan desconcertante como "el amor a los enemigos". Cada uno de estos temas nos reta a dedicar buenos ratos de reflexión sobre nuestras actitudes prácticas y nuestro modo de relacionarnos con los demás. Solo quisiera proponerles esta tarde un aspecto para meditar, uno que quizás no entraba en la mente de Jesús y de su época, pero que surge al leer el Evangelio en nuestro contexto actual. Expresémoslo con una pregunta, ¿existen de verdad nuestros “enemigos” o es algo que nos fabricamos?
  2. Hay situaciones específicas que pueden ayudarnos a responder. La figura del "enemigo" surge sobre todo en el ámbito militar, en las épocas de guerra. Incluso en el social - cultural, respecto a grupos de inmigrantes que se sienten como amenaza para la vida del país. Y también en el ámbito de lo político, sobre todo en ese campo político que suele llamarse de "guerra fría", de relaciones tensas entre países. Por fortuna en nuestro país hemos tenido muy pocas campañas bélicas. Pero, por desgracia, guerras de las grandes potencias, de alguna manera nos han envuelto y han impactado y marcado nuestras actitudes. Durante muchas décadas, después de la segunda guerra mundial, a los que somos más viejos, se nos bombardeó con películas, supuesto cine de acción, en las que se presentaban como “los malos” a los alemanes y japoneses, y se deformaban y caricaturizaban incluso sus rostros y actitudes. Después, durante la llamada Guerra Fría, y cuando la antigua URSS, dejó de ser aliado de los EEUU, se fabricaron nuevos "enemigos", los comunistas, a los que también se satanizó y se les puso rostros terroríficos en el cine, en las novelas y en las iglesias. Más recientemente, desde inicios del presente siglo, y después de la destrucción de las Torres Gemelas, se constituyó como  nuevos enemigos a los musulmanes y a sus supuestos aliados terroristas. Para el segundo presidente Bush, por ejemplo, existía un "eje del mal" de países tales como Irán, Iraq, Corea del Norte y Cuba.  
  3. Detrás de la fabricación de enemigos existe siempre una doble convicción errónea: primero, un egocentrismo exacerbado que nos hace ponernos  a nosotros mismos como referencia de bondad, verdad y humanidad, y nos hace ciegos a nuestras propias tendencias destructivas, a nuestras zonas oscuras, como personas y como grupos sociales o nacionales. En 2º lugar, nos convencemos de que el muy distinto de nosotros, el rival que amenaza nuestro ego, nuestros intereses políticos o económicos, nuestros modos de ser o ideologías, es más malo que nosotros e incluso llegamos a verlo como alguien que no es completamente humano.
  4. A veces, al leer el Sermón del Monte nos preguntamos: ¿cómo es posible cumplir esa demanda tan exigente de amar a los enemigos? Pero quizás la pregunta debería ser, hoy día, si nuestros "enemigos" verdaderamente existen como tales. Si no son, más bien, como hemos sugerido, fabricación de nuestro yo distorsionado, incapaz de abrirse a la diversidad, a compartir y a la comprensión de que en todo ser humano coexiste un potencial destructivo que debe ser superado por la dimensión constructiva que todos también tenemos.  Entonces la invitación de Jesús a ser perfectos como lo es su Padre, no quiere decir ser íntegros sin tacha ni fallos. Es, más bien, caer en la cuenta de que al participar todos de la vida divina tenemos una identidad compartida que pone en Dios el verdadero ser de cada uno. Eso que llamamos "yo" lo que hace es impedirnos ver esa identidad. Ser como el Padre además, nos pide también ser compasivos y misericordiosos, como lo es el Dios expresado en la vida de Jesús, compasivos con las tendencias negativas que hay en los demás, que están también en nosotros mismos y que pueden ser superadas con la fuerza del único Espíritu que es todo en todos.Ω

16 febrero, 2014

6º domingo t.o.

Lect.: Ecles 15,16-21;  I Cor 2,6-10; Mt 5,17-37

  1. Podemos imaginarnos la sorpresa de las primeras comunidades al escuchar como palabras de Jesús esos contrastes que acabamos de oír en Mateo: “Han oído que se dijo a los antiguos… pero yo les digo”.  Y en cada uno de esos contrastes, se contraponen a modo de ejemplo, dos maneras distintas de entender el pecado contra la vida, contra la relación matrimonial y contra la fidelidad a los juramentos.
  2. De manera parecida pensemos en nuestra reacción cuando hoy oímos la predicación del Papa Francisco que nos evoca los contrastes de que habla Mateo. Perfectamente podemos entender que Francisco nos dice: “Han oído hasta ahora que la Iglesia dijo a nuestros padres y abuelos…, pero yo les digo ahora…. “ Por ejemplo, que el pecado contra la vida no es solo el asesinato directo, sino también las prácticas y políticas  que generan desempleo, bajos salarios y bajos ingresos y que, por tanto generan hambre y al fin, muerte. No se si nos llevamos un susto al oír estas afirmaciones. O si también nos asusta oír a Francisco diciendo que “Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes que otras por expresar más directamente el corazón del Evangelio” y que esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral. (EG 36).  
  3. El Papa ha añadido, a nivel práctico, que “Por ejemplo, si un párroco a lo largo de un año litúrgico habla diez veces sobre la templanza [es decir, la moderación en el sexo y otras tendencias corporales] y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis”. Es decir, que todos los preceptos morales son importantes, pero que hay que priorizar y poner los más importantes ante todo.
  4. ¿Cuál es la razón por la que podemos asustarnos o al menos a extrañarnos de esos contrastes que establece Jesús y que actualiza Francisco?  Por decirlo de forma breve, la razón se encuentra en nuestras limitaciones a la hora de leer y entender las enseñanzas del Evangelio. Mencionemos solo dos o tres de las principales limitaciones que nos pueden afectar. La primera, lo que se llama el literalismo bíblico. Es decir, tomar al pie de la letra las Escrituras sin entender su sentido o usarlas como un conjunto de recetas que aprendemos de memoria y simplemente aplicamos a situaciones nuevas, aunque no tengan ver con el marco cultural de hace veinte y más siglos,… La segunda limitación es el legalismo, es decir, valorar el cumplimiento externo de preceptos o leyes, en vez de valorar la formación de las actitudes internas, de convicciones profundas.  Y la tercera es quedarnos solo en la moral aprendida hace años o que hemos heredado de nuestros mayores, en vez de abrirnos a eso que Pablo menciona hoy en la 2ª lectura, esa “sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” , esa sabiduría es con la que Dios nos permite descubrir la vida en toda su plenitud, a entender que cosas que se pueden “amputar” sin perder esa plenitud, y cuáles las que nos hacen realizar lo divino en nosotros aquí y ahora, sin esperar a un futuro.
  5. Los textos de hoy nos invitan a repensar y revisar  nuestras prácticas morales y nuestro cumplimiento de leyes. Nos invitan a descubrir en qué consiste el Programa de vida presentado por las Bienaventuranzas, caer en la cuenta que no es más de lo mismo, no es simplemente “ser buena gente” o tener un “comportamiento correcto”, sino que es un modo nuevo de vida  de hombres y mujeres nuevos, que participan ya de la vida misma de Dios

09 febrero, 2014

5o domingo t.o.

Lect.:  Is 58,7-10;  I Cor 2,1-5;  Mt 5: 13 - 16

  1. Todos los pueblos, todas las culturas construyen sus propios valores morales. Cristianos o de otras tradiciones religiosas, o incluso sin religión, para sobrevivir, necesitan ir estableciendo acuerdos en cuanto a qué prácticas, actitudes, acciones se consideran valiosas para convivir de manera pacífica y constructiva. Y cuáles se consideran destructivas y se rechazan entonces como inmorales.  Así, por ejemplo, los diversos grupos israelitas que siguieron a Moisés, reciben de él los diez mandamientos que constituyen lo esencial de su concepción moral y Jesús nace y crece en esa tradición. En una época distinta, en nuestras sociedades modernas, cada vez más pluralistas, con grandes migraciones, con gran influjo de la globalización, nos toca vivir en un ambiente donde coexisten diversas maneras de entender y practicar los valores morales. No que unos sean morales y otros que piensan distinto no lo sean, sino que por diversas tradiciones y concepciones culturales tienen diversas visiones morales. Es por eso que decir simplemente que “Costa Rica necesita fortalecer valores morales”, —como lo dicen a menudo sectores de iglesias y muchos candidatos repitieron durante la campaña, es importante pero no es suficiente. Hay que dejar claro cuáles son los valores y principios qué cada grupo religioso o sector social considera como  principios y prácticas morales más importantes. Luego habrá que conversar mucho para ver coincidencias y diferencias en torno a los cuales unirnos como costarricenses.
  2. Cuando Mateo nos habla hoy de ser luz del mundo y sal de la tierra no nos está diciendo simplemente que nos comportemos moralmente en general. Ni siquiera nos está diciendo que vivamos conforme a los mandamientos judíos de Moisés. El texto de hoy viene inmediatamente después de la proclamación de las Bienaventuranzas y como todo el cap. 5, propone el programa de vida feliz que anuncia Jesús. Para ser luz del mundo nos invita a vivir ese programa. Mateo ve a Jesús como el nuevo Moisés que invita a una nueva lectura de la Ley. Esta nueva manera de entender la Ley pasa de fijarse tan solo en acciones que uno realiza, a destacar la trascendencia de las actitudes profundas en las que se enraízan prácticas, hábitos permanentes.  La nueva interpretación de Jesús, aun respetando toda una multitud de mandatos existentes en su época, distingue prioridades que señalan que dentro de la Ley hay unas cosas más importantes que otras. Y con las Bienaventuranzas, que buscan la felicidad para los pobres, los hambrientos, los desposeídos, nos está ayudando a descubrir que en la práctica de la moral cristiana las virtudes fundamentales son la compasión, la solidaridad, la justicia, el servicio a los oprimidos y discriminados... Ser luz del mundo y sal de la tierra, entonces, no es simplemente "tener valores morales". Para Jesús de Nazaret, llegamos a ser luz y sal, igual que él lo fue, cuando les anunciamos y, sobre todo, cuando les realizamos Buenas Noticias a los pobres, a quienes no tienen lo fundamental para construir para sí mismos una vida de calidad. En esto consiste, prioritariamente, estar “por la defensa de la vida”.
  3. Recientemente, con ocasión de la campaña electoral, escuchamos a grupos fundamentalistas cristianos invitar a combatir lo que ellos llaman "proyectos satánicos". Pero, como hemos venido viendo, a diferencia de Juan el Bautista, Jesús no convoca a cruzadas de juicio y condenación, sino que invita a construir una "tierra prometida" para todos, en el espíritu de las bienaventuranzas. Esa invitación es la que recibimos hoy del Evangelio.Ω

02 febrero, 2014

La presentación de Jesús en el templo

Lect.: Malaquías 3,1-4; Hebreos 2,14-18; Lc 2: 22 - 40

  1. Como hemos comentado otras veces, los encargados de organizar las lecturas de la liturgia siguen unas reglas que no siempre coinciden con las necesidades de nuestras comunidades hoy día. Cuando, después de los domingos anteriores, ya estábamos dispuestos a empezar la actividad apostólica de Jesús, en Galilea, al otro lado del Jordán, este domingo los liturgistas nos echan para atrás hacia la infancia de Jesús, al episodio de la presentación en el Templo y al rito de la purificación de María, probablemente por la antigua devoción que existía a esta fiesta del dos de febrero. Como hemos explicado recientemente, las narraciones de la infancia de Jesús no son crónicas históricas, sino reflexiones teológicas. La comunidad de Lucas, por ejemplo, lo que quiere es contarnos quién era para ellos la persona de Jesús, cómo lo ven, cómo lo interpretan. Y en el texto de hoy, lo quieren destacar como judío cumplidor, —a pesar de que este evangelio se escribió probablemente en Siria y en un ambiente de judíos disperdigados fuera de Palestina, así como de nuevos cristianos venidos de ambientes no judíos. Es decir, de gentes ya no tan apegadas rígidamente a las tradiciones judías. Pero lo que quieren es subrayar, y lo repite como tres veces, que Jesús y sus padres cumplen la Ley de Dios. Y que ancianos judíos aparecen dándole reconocimiento.
  2. Para nuestra propia comprensión de la persona de Jesús esta insistencia en la ubicación étnica, cultural y religiosa de Jesús es importante. Como también lo son las frases de los evangelistas y de Pablo que insisten en que Jesús fue “nacido de mujer, nacido bajo la ley” o, como dice hoy la carta a los Hebreos, que “de nuestra carne y sangre participó también Jesús”.  No es superfluo que se nos recuerde que Jesús no era ningún extraterrestre, ni ningún dios disfrazado de apariencia humana. Era plenamente humano, con todos los condicionamientos históricos y culturales de cualquier ser humano
  3. Esto nos permite también comprender mejor esa otra idea que subraya el texto de Lc cuando dice que el anciano Simeón da gracias a Dios porque le ha permitido ver “la salvación” en aquel niño. La carta a los hebreos nos dice  que “porque comparte nuestra carne y nuestra sangre es que puede y tiene que morir, pero que así aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y libera a todos los que por miedo a la muerte pasan la vida entera como esclavos”. Y añade, “tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a quienes ahora pasan por ella.”  
  4. Ese reconocimiento de la verdadera y profunda humanidad de Jesús nos abre dos ventanas importantes. Una, para que nos demos cuenta de que todo esfuerzo de salvación, de servicio de salvación a los demás, pasa necesariamente por una radical identificación con los hermanos y hermanas. No se debe ejercer un ministerio en la iglesia, sea de clérigos o laicos, si no es porque se tiene una gran cercanía e identificación con aquellos a quienes se pretende servir. (Es lo que el Papa Francisco insiste de continuo a sacerdotes y obispos, para que no pretendamos ponernos por encima del nivel del pueblo). En sentido más amplio puede aplicarse a cualquier intento de servicio, aun no religioso, como en el de los políticos, por ejemplo, que tampoco podrán ser capaces de ejercer como se debe, si no parten de una experiencia cercana de los dolores del pueblo. Y la otra ventana que nos abre es profundamente esperanzadora, al dejarnos descubrir que  desde la propia condición humana, que ya es portadora del Espíritu de Dios, con todas las las limitaciones culturales, psicológicas, materiales que tiene, es que se logra la victoria sobre las tendencias del mal.  No tenemos que esperar que llueva desde fuera de este mundo, o de fuera de nuestro país, o de nuestro barrio o lugar de trabajo, la salvación de todos nuestros problemas.Ω