27 diciembre, 2015

1er domingo dentro de la Octava de Navidad

Lect. del día de Navidad: Isaías 52:7-10; Hebreos 1:1-6; Juan 1:1-18


Tradicionalmente, la celebración de las grandes fiestas de la Iglesia, como la Pascua de Resurrección y la Navidad, se prolongaban ocho días. Por eso, este domingo, cuando apenas han pasado dos días desde el 25,  leemos de nuevo las lecturas de la misa del día de la Navidad, para prolongar nuestra reflexión y —ojalá— nuestra vivencia navideña  (las lecturas de la Sagrada Familia, que ponen a Jesús ya de doce años, las dejamos para más adelante. Le damos tiempo a que crezca).

  1. ¿Qué nos dice el evangelio que leemos el día de Navidad? Con ese extraordinario Prólogo de su Evangelio, San Juan puede desconcertarnos bastante. Puede sonarnos medio conceptual, difícil, filosófico. Esto sucede, quizás, en parte, porque estamos acostumbrados a que nos presenten el nacimiento de Jesús a manera de un relato descriptivo, con el tono ingenuo de los llamados evangelios de la Infancia (con pastores, animales, y establo incluidos). Juan, en cambio, en este texto del Prólogo, Juan no nos entrega ningún relato histórico, sino una reflexión sobre lo que significa para su comunidad el nacimiento de Jesús y nos lo da porque puede ser significativo para comunidades como la nuestra hoy en día.
  2. Para darnos una idea de lo que puede significar este texto, dejemos volar la imaginación un poco. Supongamos que frente a nuestra Iglesia pasa alguien que no es religioso y no tiene ni idea de qué es la navidad. Supongamos que se asoma y oye los villancicos, mira las luces, los adornos y las caras reflejando alegría. “¿Por qué tan alegres?” pregunta a alguien que está en la puerta. Y le responden: “Es que estamos celebrando el nacimiento de Jesús de Nazaret, que es, al mismo tiempo, la fiesta de nuestro propio nacimiento espiritual, la fiesta de lo que realmente somos como seres humanos plenos. Pero si quiere entenderlo mejor lea este Prólogo del evangelio de Juan”.
  3. Bueno, no es fácil. Por la riqueza de este Prólogo, solo vamos a fijarnos en la parte central del mensaje. Para Juan, están estrechamente unidos el nacimiento de Jesús, la creación del mundo, el misterio de la vida divina y el misterio de nuestra propia plenitud humana.  Nos damos cuenta enseguida que se está hablando también de nuestra propia identidad humana, la de cada uno de nosotros. Juan nos presenta el nacimiento de Jesús como la manifestación, la comunicación de la palabra, hecha carne, de la vida plena de Dios. En los primeros versículos nos dice ya que esa Palabra que existía desde el principio se refiere a Dios. Es Dios comunicado. Y al mismo tiempo nos dice que todo lo que existe en el mundo, todo lo que en él  hay de vida, todo lo que hay de luz, de conocimiento, es Dios mismo que se comunica. Es decir, que la existencia de todas las cosas y, dentro de esa realidad, la existencia de la vida humana, es el misterio de la presencia de Dios en todas las cosas y en particular, todos los seres vivientes.
  4. Ese es el misterio profundo de nuestra identidad humana: que somos, nos movemos y existimos en el ser mismo de Dios.  Nuestra vida está oculta en Dios. Por eso, llegar a conocernos en profundidad es llegar a conocer la misma vida de Dios. Esto es la esencia del misterio de navidad. Descubrirnos renacidos en la vida de Dios que se hace carne en nosotros, El evangelista Juan se da cuenta perfecta lo impactante que es lo que está diciendo y por eso nos advierte ¡Ojo! “A Dios nadie le ha visto jamás”. Sin embargo, añade, “ el Hijo único, que está en el seno del Padre es el que nos da a conocer a Dios”, con lo que  queda así colocado, en esa perspectiva, el nacimiento de Jesús. Es decir, la manifestación de la vida divina plena  se da desde el nacimiento, en la vida de Jesús de Nazaret. Y, al mismo tiempo, se nos revela la vida humana, la de cada uno, como manifestación de la vida divina.
  5. Es, por eso, que decimos que en el nacimiento de Jesús de Nazaret  se nos revela lo que somos cada uno de nosotros. Dios se hace humano,  se hace carne, también, en cada uno de nosotros. Cada uno es una expresión única de la divinidad, en la que la inmensidad de Dios, por paradójico que parezca, se manifiesta en la fragilidad de una criatura. La celebración de la Navidad no es entonces simplemente, como a veces dicen algunos, la del cumpleaños de Jesús. Mucho más profundamente podemos verla como la celebración de lo que cada uno de nosotros es como encarnación de Dios en el mundo. Se nos hace hoy una invitación a abrirnos a esta luz que ilumina la búsqueda de nuestra identidad y del sentido de nuestra vida. Ω

20 diciembre, 2015

4º domingo de Adviento

Lect. Miq 5:1-4; Hebr 10:5-10; Lc 1:39-45


  1. En la Sagrada Escritura se encuentra una larga tradición del pueblo judío que tiende a destacar el poder y la autoridad de los varones asociado a su capacidad guerrera, de dominio por la violencia y la conquista. Esos son los “héroes”, los “valientes”. Tanto más fuertes cuanto más violentos y así desarrollan su hombría. Esta visión contrasta con la que se presenta de la mujer cuyo poder y fuerza se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de dar vida, de crear nuevas vidas. A pesar de estar escrita en un contexto machista y patriarcal, puede descubrirse en la Biblia que, en el fondo, la fuerza y el poder de la mujer se asocia, no simplemente con ser reproductora de la especie, continuadora del clan, ni con su función de esposa de un varón importante, sino con ser fuente de vida, estrechamente unida con la generación de la vida. Especial imagen de Dios, origen de la vida.
  2. No es extraño, entonces, que las primeras comunidades de cristianos tuvieran especial afecto y reverencia por María, la madre de Jesús, de aquel que había venido “para darnos vida y la tuviéramos en abundancia.” El lugar especial que le dan esas comunidades a María, se une también con otros detalles que nos pasan inadvertidos a menudo y, sin embargo, son tanto más llamativas por suceder en medio de una sociedad machista. Por ejemplo, (—aparte ya del trato especial de Jesús con las mujeres—), era tradicional en la época en que nace Jesús, que la “carta de presentación” e identificación de un niño, fuera su genealogía, es decir, la línea de ancestros de los cuales se originaba. Y las genealogías se integraban con los nombres de todos los varones destacados de la línea de ascendientes. Pero no es así en el caso de Jesús. En la genealogía  que presenta el evangelista Mateo aparecen, sorprendentemente, junto con los habituales varones, cuatro mujeres: Tamar, la madre de dos gemelos hijos de Judá, Rahab, la prostituta de Jericó que salva a unos espías israelitas, Ruth, que seduce a Boaz, y Betsabé,  que engendra a Salomón. Las cuatro tienen en común, el encontrarse en situaciones extremas y mantener una actitud de bondad y misericordia siendo capaces de dar un giro a sus vidas.
  3. Tanto la genealogía de Jesús, como el puesto de María que destacan las primeras comunidades nos quieren transmitir un mensaje clave sobre la importancia de la mujer en  el corazón de la Buena Noticia, el evangelio de salvación. Pero ese mensaje, debería quedarnos claro, no es solo para las mujeres y para exigir para ellas el puesto que les corresponde en las iglesias cristianas. Más allá de este reclamo legítimo, la figura de María, sobre todo, su capacidad de dar a luz la vida, nos hace ver, simbólicamente, que para engendrar la presencia de Dios en el mundo, para llenar de Dios la existencia de nuestras sociedades y de cada uno de nosotros, el camino no es de ninguna manera, la dominación, la violencia, la fuerza bruta, la guerra, sino la capacidad de hombres y mujeres, de dar vida, de protegerla y fortalecerla en cada uno de nuestros semejantes, de todos los seres vivientes  y, en definitiva, en el conjunto de todo este planeta viviente del que formamos parte.Ω

13 diciembre, 2015

3er domingo de Adviento

Lect.:  Sofonías 3, 14-18a; Flp 4, 4-7; Lucas 3, 10-18


  1. La predicación del Bautista retrata fielmente la situación de la Palestina de su tiempo. A lo dicho el domingo pasado, el texto de hoy añade una importante alusión de los problemas centrales que padecía el pueblo: hambre y falta de abrigo, no solo de vivienda adecuada, sino incluso de ropa. Juan es claro: si los que buscan el perdón de Dios quieren dar prueba de su arrepentimiento deben compartir su alimento y su vestido con quienes nada tienen. Aunque por la gravedad de la situación, para Juan, no se arregla solo con limosnas, porque los políticos y los dirigentes religiosos, han torcido los caminos, han cambiado el proyecto de Dios para su pueblo, su proyecto social y religioso no tiene nada que ver con el Reino de Dios. Por eso Juan enfatiza el castigo que se avecina. Jesús, que se forma entre los discípulos de Juan, continuará la línea del Bautista, decíamos el domingo pasado, con diferencia de tono, porque él fue, como lo dice el Papa, “el rostro de la misericordia del Padre”, al volcarse a los pobres, a los excluidos, a los pecadores, “con su palabra, sus gestos y con toda su persona”.
  2. Sin embargo, el texto de hoy evita que exageremos esa diferencia de tono. Juan daba oportunidad a los dirigentes políticos y religiosos. A pesar de las expresiones tan fuertes que les dirige, Juan no atacaba a las personas sino que lo que buscaba era cambiar el modo de vida de aquella sociedad, para que respondiera a lo que exigía el reino de Dios. Por eso, a las personas concretas las llamaba al cambio. ¿Cómo era el cambio que buscaba? A diferencia de los sacerdotes y escribas, que se centraban en cuestiones de pureza e impureza legal y ritual, en el texto de hoy podemos descubrir claramente los valores que el Bautista priorizaba y que marcaban ese camino de conversión. En primer lugar, le preocupaba que mientras algunos tenían más de lo que necesitaban otros padecían privaciones. Por eso es que a toda la gente les da dos líneas de conducta, compartir el alimento y el abrigo. Deja claro así los valores que le guían: alcanzar la equidad ante las necesidades básicas, y lograrlo mediante la solidaridad entre todos. Pero, al mismo tiempo, está claro que además, llama la atención a dos grupos específicos: los funcionarios públicos y los militares. Es decir, a quienes manejaban fondos públicos, los recaudadores de impuestos, les exige no lucrar de sus funciones. Y a los militares, no abusar de su autoridad sacar “mordidas”, como diríamos hoy.  Aún más, Juan  está tan convencido de que esto es de verdad lo importante que hace ver que detrás de él venía alguien, que no solo seguiría en la misma línea, sino que tendría más poder, —el fuego del Espíritu Santo—, para apoyar los esfuerzos por cambiar esa sociedad.
  3. Llama la atención que 21 siglos después, ante los problemas de una sociedad como la nuestra, en Costa Rica, los valores que predicaba el Bautista sigan siendo prioritarios para nosotros: lograr equidad gracias a la solidaridad de todos, y lograr funcionarios públicos y fuerzas del orden libres de corrupción, que sirvan al pueblo. Sin duda, la sociedad palestina de entonces es muy distinta de la nuestra. La desigualdad y la corrupción de ahora son mucho más complicadas que las de entonces. Pero los principios para solucionar estos problemas siguen siendo iguales en lo profundo. Exigen tanto el compromiso ciudadano como el del sector público, el de los funcionarios de gobierno y el de los responsables de la seguridad ciudadana. 
  4. Al acercarse la Navidad el llamado del Bautista a nuestra conversión sigue resonando fuerte, llamándonos a compartir con quienes requieren  ayuda, Pero sigue llamándonos también a no olvidar que esos casos de necesidad extrema existen no porque los pobres sean menos dotados o porque sean vagabundos, sino porque no hemos logrado establecer o mantener mecanismos que hagan funcionar la economía con justicia y solidaridad. En esto hay gran responsabilidad de los políticos así como de los sectores más pudientes que presionan para que se gobierne conforme a sus intereses o que buscan la manera de evadir sus obligaciones tributarias. Y hay responsabilidad de todos, en hacer ver con el mensaje del Bautista, cuáles son las prioridades por las que todos debemos luchar si queremos que sea creíble nuestra conversión al Evangelio.Ω

06 diciembre, 2015

2º domingo de adviento

Lect.: Baruc 5, 1-9; Flp 1, 4-6. 8-11; Lc 3, 1-6

  1. Si uno quiere hacerse una idea muy sintética de cómo estaba la sociedad palestina, en el momento en que Jesús inicia su actividad, basta con oír la predicación de Juan el Bautista. Hoy nos la resume el evangelista Lucas, con citas dramáticas de los profetas. Para el Bautista la situación es extrema: aquella sociedad, los políticos y los dirigentes religiosos, han torcido los caminos. Han permitido que algunos suban como montes y colinas, mientras que otros se queden abajo y vivan en medio de asperezas. Se ha llegado a tales extremos que se ha alcanzado el límite de la supervivencia social: “el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no de buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Traducido en un lenguaje de nuestra época, lo que está diciéndoles Juan a los dirigentes es que su proyecto social y religioso ha fracasado y que es el momento de rendir cuentas. No hay que extrañarse que ante semejante predicación, Herodes mandara asesinar al Bautista, temeroso de una rebelión en el pueblo.
  2. Y no era que Juan fuera tan extremista que no dejara una perspectiva de esperanza. Abría las ventanas a un panorama nuevo. Pero era muy claro: había que enderezar lo torcido, abajar a los que se habían encumbrado y rescatar a los aplastados. Pero, sobre todo, a todos les invitaba a preparar los caminos del Señor “en el desierto”. Esto era un signo bíblico muy fuerte: el desierto quería decir, la renuncia a lo superfluo, a acumular lo innecesario, a las superficialidades, a las falsas superioridades… El desierto era el símbolo de querer vivir con lo esencial de lo que es uno mismo, y lo esencial de la vida para todos. Solo así, en el silencio con uno mismo y con la verdad de las cosas, se podían reencontrar los caminos de Dios. O, dicho de otra manera, podría uno mismo convertirse en un camino de presencia de Dios en el mundo.
  3. Fue con ese primer profeta del Nuevo Testamento que Jesús cobró conciencia de su propia misión y expresó su compromiso con ese nuevo modo de vida dejándose bautizar por ese mismo profeta en el Jordán. Igual que él vio también la grave crisis de aquella sociedad y se dedicó también a invitar al pueblo a llevar a cabo un cambio radical. La diferencia, quizás, entre Jesús y Juan fue que, mientras éste ponía énfasis en el temor al castigo, Jesús fue, como lo dice el Papa Francisco, “el rostro de la misericordia del Padre”,con su palabra, con sus gestos y con toda su persona, revela la misericordia de Dios”. Por eso el Papa nos invita a todos a vivir este año santo que se inaugura este próximo martes 8, como Año de la Misericordia.
  4. Lo que me pregunto, como lo hicimos el domingo pasado, es si nosotros, hombres y mujeres costarricenses tenemos conciencia de la gravedad de la situación en la sociedad en que vivimos. Solo cada uno de los presentes y de los que nos lean luego en Facebook, puede por sí mismo contestar esta pregunta. Sin duda nos resulta fácil darnos cuenta de lo torcidas que resultan las prácticas políticas y económicas a nivel internacional que solo dan lugar a esa situación de injusticia que, luego, produce como reacción el terrorismo, la guerra y las demás formas de la espiral de la violencia. Pero, quizás, nos resulta más difícil descubrir en nuestro propio medio lo que quiere decir el mensaje del Bautista, de enderezar lo torcido, abajar lo encumbrado, y levantar lo aplastado. Creo que este corto periodo de Adviento nos está dando la oportunidad de interrogarnos si tenemos conciencia de cómo se nos aplica también en Costa Rica la visión de Juan Bautista. Porque solo si entendemos la gravedad de lo que vivimos, podremos entender la urgencia  del llamado del papa Francisco  para ser, también cada uno de nosotros, signo eficaz del obrar del Padre, de la misericordia; como lo fue Jesús, en nuestra vida personal, en nuestras relaciones, y ante los problemas de los demás. Solo esto es lo que puede ir creando esperanza en nuestro mundo.Ω