20 diciembre, 2015

4º domingo de Adviento

Lect. Miq 5:1-4; Hebr 10:5-10; Lc 1:39-45


  1. En la Sagrada Escritura se encuentra una larga tradición del pueblo judío que tiende a destacar el poder y la autoridad de los varones asociado a su capacidad guerrera, de dominio por la violencia y la conquista. Esos son los “héroes”, los “valientes”. Tanto más fuertes cuanto más violentos y así desarrollan su hombría. Esta visión contrasta con la que se presenta de la mujer cuyo poder y fuerza se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de dar vida, de crear nuevas vidas. A pesar de estar escrita en un contexto machista y patriarcal, puede descubrirse en la Biblia que, en el fondo, la fuerza y el poder de la mujer se asocia, no simplemente con ser reproductora de la especie, continuadora del clan, ni con su función de esposa de un varón importante, sino con ser fuente de vida, estrechamente unida con la generación de la vida. Especial imagen de Dios, origen de la vida.
  2. No es extraño, entonces, que las primeras comunidades de cristianos tuvieran especial afecto y reverencia por María, la madre de Jesús, de aquel que había venido “para darnos vida y la tuviéramos en abundancia.” El lugar especial que le dan esas comunidades a María, se une también con otros detalles que nos pasan inadvertidos a menudo y, sin embargo, son tanto más llamativas por suceder en medio de una sociedad machista. Por ejemplo, (—aparte ya del trato especial de Jesús con las mujeres—), era tradicional en la época en que nace Jesús, que la “carta de presentación” e identificación de un niño, fuera su genealogía, es decir, la línea de ancestros de los cuales se originaba. Y las genealogías se integraban con los nombres de todos los varones destacados de la línea de ascendientes. Pero no es así en el caso de Jesús. En la genealogía  que presenta el evangelista Mateo aparecen, sorprendentemente, junto con los habituales varones, cuatro mujeres: Tamar, la madre de dos gemelos hijos de Judá, Rahab, la prostituta de Jericó que salva a unos espías israelitas, Ruth, que seduce a Boaz, y Betsabé,  que engendra a Salomón. Las cuatro tienen en común, el encontrarse en situaciones extremas y mantener una actitud de bondad y misericordia siendo capaces de dar un giro a sus vidas.
  3. Tanto la genealogía de Jesús, como el puesto de María que destacan las primeras comunidades nos quieren transmitir un mensaje clave sobre la importancia de la mujer en  el corazón de la Buena Noticia, el evangelio de salvación. Pero ese mensaje, debería quedarnos claro, no es solo para las mujeres y para exigir para ellas el puesto que les corresponde en las iglesias cristianas. Más allá de este reclamo legítimo, la figura de María, sobre todo, su capacidad de dar a luz la vida, nos hace ver, simbólicamente, que para engendrar la presencia de Dios en el mundo, para llenar de Dios la existencia de nuestras sociedades y de cada uno de nosotros, el camino no es de ninguna manera, la dominación, la violencia, la fuerza bruta, la guerra, sino la capacidad de hombres y mujeres, de dar vida, de protegerla y fortalecerla en cada uno de nuestros semejantes, de todos los seres vivientes  y, en definitiva, en el conjunto de todo este planeta viviente del que formamos parte.Ω

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