26 abril, 2015

4º domingo de Pascua

Lect.:     Hechos 4,8-12I Juan 3,1-2,  Juan 10,11-18

  1. El esfuerzo que hacen las primeras comunidades cristianas por interpretar a Jesús, su mensaje y la nueva experiencia de Dios que este Jesús les comparte, les resulta arduo. No es fácil entender toda la novedad de la vida nueva que se les ofrece. La experiencia de la divinidad en nosotros siempre supera nuestras formas de expresarnos. Por eso los primeros judeo - cristianos tienen que recurrir a imágenes, a símbolos de su vieja tradición bíblica, para comunicar algo de estas nuevas experiencias. Así es como recurren, entre otras, a la imagen simbólica del buen pastor, el pastor rey  que utilizó especialmente el profeta Zacarías.
  2. Esta imagen de Jesús como Pastor, a lo largo de la historia, ha sufrido desgastes y modificaciones, sobre todo en dos sentidos: por una parte, se la ha tendido a interpretar como un símbolo de autoridad jerárquica, aplicada a Obispos y sacerdotes; y, por otra, se ha convertido en una especie de representación dulce, de una visión paternalista de Jesús, que responde a las necesidades de inseguridades e inmadurez nuestras, abrazándonos tiernamente. Pero estas dos maneras de entender el símbolo de Jesús como Pastor, aunque tienen ciertos rasgos importantes, pierden un aspecto fundamental que acabamos de escuchar en el texto de Juan: el buen Pastor da la vida por las ovejas. No es esta, precisamente, una imagen de autoridad y mando. Ni tampoco otra de tierna dulzura. Es una imagen fuerte de hasta dónde llegan los "no límites" del amor ilimitado de Dios expresado en la entrega libre de Jesús. Dar la vida por las ovejas, es una expresión que nos habla no solo de la capacidad de cuidar, orientar, dar guía y cariño, sino una manera de decir que entre Jesús y sus discípulos no hay diferencia de jerarquía, no hay relación amo - siervo, ni siquiera de maestro - discípulo, “ahora los llamo amigos”, dice,  sino una comunión de vida profunda, que permite superar cualquier forma de egocentrismo, y, más aún, un reconocimiento de que Jesús y sus discípulos están unidos en la misma vida divina, y que esta se manifiesta en cuanto cada uno de nosotros esté dispuesto a dar el paso hacia ese nuevo nacimiento, a esas nuevas dimensiones de la vida humana. Y, finalmente, se manifiesta plenamente en la libertad para dar continuamente la vida, sin apegos, para que esa misma vida de Dios crezca en todos los demás.
  3. Todos y todas compartimos la misma misión de Jesús, traer vida y vida en abundancia  adonde quiera que se necesite, a aquellos, sobre todo, que más lo necesitan. Y ese dar vida, como lo expresan incluso los ritmos biológicos, pasa por la disposición a darla a partir de la propia vida. Esto puede doler, puede hacernos más vulnerables —lo sabemos en nuestras propias experiencias de amor— pero la Buena Noticia nos dice que, a pesar de ello, es en esa entrega que cada uno de nosotros se realiza, plenamente, como el grano de trigo que cae en tierra.Ω

19 abril, 2015

3er domingo de Pascua

Lect.: Hechos 3,13-15.17-19; I Juan 2,1-5; Lucas 24,35-48

  1. El apóstol Tomás, según el evangelio de Juan, ha pasado a la historia como el ejemplo del cristiano que no avanza en la fe mientras no tiene prueba físicas, materiales de la resurrección. Lo veíamos el domingo pasado. Sin embargo, Tomás no es el único caso que encontramos en el Nuevo Testamento. En el texto de Lc de hoy, si nos fijamos con cuidado, nos topamos con otra comunidad, la lucana, que escribe este evangelio bastantes décadas después de la crucifixión y que representa a otro grupo de cristianos, que provienen del mundo pagano, y que  también se muestran muy necesitados de pensar en manifestaciones físicas de la resurrección. Hablan de haber visto y comido con un Jesús que, por una parte ha sido resucitado pero que, al mismo tiempo, tiene las cualidades del Jesús mortal que había vivido y caminado por los pueblos de Galilea. Por una parte, se constata con la experiencia de los discípulos de Emmaús, que no se trata de la vuelta a la vida ordinaria del Jesús muerto, puesto que no lo pueden reconocer en su apariencia física. Pero, al mismo tiempo, parece que una experiencia de Jesús en una dimensión espiritual distinta de la vida corriente les sabe a muy poco. Y necesitan hablar de que ese Jesús en la nueva dimensión espiritual, curiosamente, tiene carne y huesos, y puede comer pescado asado. Es llamativa esta actitud, porque también a estos cristianos de Lucas se les podría aplicar las palabras de Jesús: “bienaventurados aquellos que sin ver han creído”.
  2. El Tomás descrito por Juan, o por Lucas y su comunidad, en realidad, revelan un rasgo permanente de nuestra condición humana y que nos impiden bastante avanzar, tanto en nuestra madurez humana como en nuestra compresión del evangelio. Ese rasgo limitante, es la dificultad que tenemos para pensar que podemos construir niveles de vida más plenos que el actual, formas de convivencia y de realización personal mucho más fecundos, constructivos y satisfactorios que los que ha logrado la humanidad hasta el momento. Superando esa limitación, la aceptación del Cristo resucitado del que formamos parte nosotros mismos es, para los cristianos, la manera de proclamar que a pesar de dudas y dificultades, tenemos la convicción de que hay hombres y mujeres que llamamos testigos de vida espiritual que, como Jesús, han alcanzado formas más plenas y realizadoras de vida humana. Y la “Buena noticia” es la que nos dice que todos podemos ir creciendo y construyendo  esa forma de vida más plena. Afirmar con Pablo que “ya hemos resucitado con Cristo” quiere decir que estamos creciendo en esa vida plena.
  3. A pesar de su inclinación por las experiencias físicas, Lucas nos dice que los discípulos de Emaús, no pudieron reconocer al Jesús resucitado por su apariencia  física, sino solo por  “la fracción del pan”. Es una manera de decirnos que el descubrimiento de esas dimensiones profundas de vida nueva, de un presente y futuro nuevos, de una vida de resucitados, lo vamos a realizar en la medida en que superemos las barreras de aislamiento de nuestro yo egoísta, centrado solo en nuestros miopes intereses. La con la Fracción del Pan puede ser, para nosotros, ocasión de expresar nuestra convicción de que la vida nueva plena, la alcanzamos abriendo nuestra vida a una dinámica de comunión verdaderamente transformadora. Ω

12 abril, 2015

2º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 4,32-35;  I Juan 5,1-6; Juan 20,19-31

  1. Si queremos que nuestra vida cristiana sea madura, hay preguntas básicas que nos deberíamos hacer con honestidad Por ejemplo, preguntarnos, ¿Para qué nos reunimos cada domingo en el templo? ¿Para qué hemos celebrado con tanta solemnidad la Semana Santa y ahora prolongamos por cincuenta días la celebración de la Pascua? ¿para qué seguimos, en definitiva,  leyendo una y otra vez los evangelios?  Como si le hubiéramos planteado a él mismo estas preguntas, el autor del evangelio de Juan, nos da hoy una respuesta categórica: "Éstos (signos) se han escrito para que Uds. crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”. Queda por completo claro lo que el evangelista implica: no se nos dan estos textos, ni venimos a meditarlos al templo,  para que construyamos y aprendamos una serie de doctrinas; ni para que armemos un conjunto de prácticas rituales religiosas; ni siquiera, solamente, para que nos distingamos con un comportamiento ético intachable. Estos escritos se nos han dado para que creamos que Jesús, el hijo del hombre, es el hijo de Dios, y para que creyendo, tengamos vida en su nombre. Ese es el sentido de la fe, que podamos tener vida y vida abundante, vida plena; que podamos descubrir todas las posibilidades de desarrollo de nuestra vida humana, al confiar por completo en que esa vida está  con Cristo oculta, enraizada, fundamentada en la misma vida de Dios. Con Cristo hemos resucitado a esta vida nueva.
  2. Para Juan esta vinculación entre la fe y la vida, entre la fe y el amor es una convicción constante, firme y profunda. (Jn 3: 36 el que cree al Hijo tiene la vida; 3: 33 quien recibe su mensaje hace suya la verdad misma de Dios, 5:24 quien escucha mi palabra y cree, tiene la vida del eterno porque ha pasado de la muerte a la vida; le ha dado al hijo tener vida en sí mismo, 6:27,La comida que debe obsesionarnos es la que da la vida eterna,.…), Por eso, no se nos da un mensaje para enriquecernos intelectualmente, sino para que lo hagamos esencia de nuestra propia vida.
  3. Esa vida no es un concepto abstracto y genérico, sinónimo de la supervivencia biológica. Es la misma vida de Jesús. Creer, tener fe, consiste en hacer propio el dinamismo de la vida de Jesús que es capaz de vivir animado por el mismo amor generoso y creador de Dios. Como decíamos el domingo de Pascua, al haber ya resucitado con Cristo podemos aspirar   a llevar nuestra capacidad de amar a plenitud, como fue en Jesús, que nos permite desinteresadamente compartir esa vida con todos los demás. Podemos aspirar a amar no porque los demás sean buenos y se comporten  bien con nosotros, sino porque son lo que son. Podemos aspirar a amar como Jesús, haciendo de nuestro amor una vivencia, divino humana, que ayude a que los demás puedan liberarse para y también realizarse plenamente  como humanos, como hijos e hijas del hombre.” No debemos pensar que estos retos nos superan. Jesús nos prometió que si creemos que él está en el Padre y nosotros en él, podremos hacer obras aún mayores que las que él hizo Jn 14: 12.
  4. Con el conocido episodio del apóstol Tomás que hoy hemos leído, el evangelista nos introduce en la reflexión de lo que es realmente tener fe. Que no consiste en tener experiencias materiales, apariciones o sueños del resucitado, que es lo que critica Juan, sino en aceptar la propia vida de Jesús como el camino de vida que también nosotros podemos recorrer. Tener fe consiste en transformar la propia existencia, alcanzando nuestra plenitud al irnos conformando cada vez más con la propia existencia de Cristo, una existencia guiada por el amor, en las pequeñas entregas diarias y hasta la entrega total al culminar nuestra vida.Ω

05 abril, 2015

Domingo de Pascua

Lect.: Hech 10,34a.37-43; Col 3,1-4; Jn 20,1-9

  1. En este domingo de pascua creo oportuno empezar repitiendo la invitación que nos hizo el papa Francisco: "no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes”. En lo que se refiere a esta fiesta de hoy, no nos quedemos en conmemorar lo que sucedió a Jesús después de su muerte. Abramos nuestra mente, más bien, para entender lo que ese misterio de la pascua implica para nosotros.  Pablo, en la 2a lectura nos ayuda en ese esfuerzo, diciéndonos en qué consiste para nosotros la experiencia de la resurrección.  No nos deja lugar a dudas. Con claridad y contundencia afirma:  Ya hemos resucitado con Cristo,  buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Ya hemos muerto, y nuestra vida está con Cristo escondida en Dios.
  2. Es un primer anuncio de lo que se trata vivir el misterio de la Pascua. Cobremos conciencia de lo que se nos dice que nos ha sucedido con la resurrección de Cristo: que ya hemos muerto con él, que ya hemos resucitado y que ya nuestra vida está con Cristo dentro de Dios. Está hablando de nuestra realidad actual, no de una expectativa para el final de los tiempos, para el más allá. De momento no nos esforcemos demasiado por entender. Ya iremos reflexionando poco a poco en los próximos domingos. Basta, por ahora, caer en la cuenta de cuál es la fe de los primeros cristianos y cuál es, pues, nuestra fe. 
  3. Vivir el misterio de la Pascua es saber que ha hemos resucitado y que nuestra vida está ya con Cristo en Dios. Por eso, nuestras aspiraciones no pueden ser otras distintas de las de vivir en plenitud esa vida de Cristo en Dios. Eso es lo que Pablo llama "los bienes de arriba". Al haber ya resucitado con Cristo podemos aspirar  legítimamente a llevar nuestra capacidad de amar a plenitud, una plenitud, como fue en Jesús, que nos permite desinteresadamente regalar, compartir esa vida con todos los demás. Podemos aspirar a amar no porque los demás sean buenos y merecedores de nuestro interés, sino simplemente porque son lo que son. Podemos simplemente aspirar a amar como Jesús, haciendo de nuestro amor una vivencia, divino humana, que ayude a que los demás puedan liberarse para ser plenamente lo que pueden ser como humanos, como hijos e hijas del hombre. Vivir de esta manera, es vivir nuestra vida sumergida en Dios. Este es el fondo del misterio de la resurrección, de la de Jesús y de la nuestra. Estas semanas de Pascua no solo iremos tratando de asimilar mejor este misterio de nuestra propia identidad, sino que iremos abriendo nuestro espíritu para vivir esta experiencia de vida nueva.Ω

03 abril, 2015

Para ir más allá de la conmemoración en las celebraciones de la Semana Santa.


  1. El Papa Francisco nos invitaba hace pocos días a que "no nos limitemos a conmemorar la pasión del Señor sino que entremos en el misterio, hagamos nuestros sus sentimientos, sus actitudes”. Una invitación difícil de cumplir, primero, porque el peso de las costumbres y prácticas tradicionales es muy fuerte y está marcado por el carácter “conmemorativo”, incluso de recreación histórica literalista de los acontecimientos de la Pasión de Jesús. En segundo lugar, en la época actual, y ya por bastantes décadas, el intento de “entrar en el misterio” está dominado por una sola lectura teológica, increíblemente extendida y popularizada: la lectura del carácter “expiatorio” de los sufrimientos y muerte de Jesús. Es decir, por esa lectura que interpreta esos acontecimientos como una muerte “por nuestros pecados”, “para pagar la deuda de Adán”, “para salvarnos” y “satisfacer las exigencias de justicia de Dios”. Por más que a muchos creyentes les choque esa imagen de Dios, semejante a la visión pagana, que exige derramamiento de sangre de su hijo, para poder perdonarnos, a pesar de ello, sigue apareciendo esa lectura como la única manera de interpretar y de vivir la Pasión y muerte de Jesús.
  2. Sin embargo, esta interpretación está muy lejos de ser la única posible. Desde el principio mismo del cristianismo, se dieron otras lecturas, otras maneras de entender la muerte de Jesús y de "entrar en el misterio". En los libros mismos del Nuevo Testamento se nos ofrecen esas otras maneras de entender. Notablemente, el evangelio de san Juan, en el cual ni una sola vez se da la menor referencia a ese carácter “expiatorio”. Voy a señalar algunos puntos claves de la interpretación joanina (de la comunidad del evangelista Juan), tal como nos la ofrecen los resultados de estudios bíblicos actuales y que puede sentirse más próxima a nuestra sensibilidad espiritual contemporánea. (Por agilidad y brevedad no pongo aquí las citas, disponibles para quienes me las soliciten).
  3. Ante todo, en los Discursos de “despedida” el Jesús presentado por Juan quiere abrir a sus seguidores al amor divino que habita en él como presencia de Dios. Al hacerlo así, está invitando a los discípulos a descubrir una nueva dimensión de lo que significa ser humanos, frente a otras formas insuficientes de vivir nuestra propia condición . Esta es la intención de Juan, que establece el marco para entender toda la vida de Jesús y, en particular, los últimos capítulos previos a su muerte y el sentido de esta. Quiere mostrar la revelación de ese amor, de esa manera nueva de ser humanos, en la pasión, en la muerte y en la experiencia pascual. Y lo muestra en los discursos y en los hechos de la cena de despedida. Así, en un gesto tan dramático e impactante como el lavatorio de los pies, no se está limitando a mostrar un acto de humildad, o un llamado bien intencionado al servicio. En ese gesto, “las restricciones de la vida, las fronteras que establecen el status y el poder, son revertidos; se remueven todas las imágenes humanas de barreras protectoras orientadas a darnos seguridad” (Spong). (“Si yo siendo su maestro he hecho esto…”) Más que todo, es por eso que Pedro inicialmente se resiste a participar en ese gesto. lo que significa en profundidad da temor y hace sentirse vulnerable. Si ya no tiene sentido hablar de “maestro y discípulo”, de “siervo y amo”, la propia identidad entra en crisis. La insistencia de Jesús apunta a que Pedro entienda que lo está llamando a una nueva dimensión de lo que significa ser humano, superando las “reglas” de este tipo de sociedades en que vive y en que continuamos viviendo. Rechazar el gesto simbólico equivale a rechazar la invitación a pasar por una puerta —el propio Jesús— que lo conducirá a su identidad profunda, en la que se es parte de la misma vida divina. “Los juegos de status que a los humanos encanta jugar, no funcionan ya cuando se experimenta una nueva conciencia”, que establece una nueva forma de relacionarnos los seres humanos.  Y la invitación no solo hace temblar a Pedro, sino que provoca hostilidad en quienes ostentan el poder en el Templo y en la sociedad judía.
  4. La pasión y la muerte no son, entonces, una exigencia de un “dios que clama venganza”. Son una manifestación de la gloria de Dios, y de la glorificación del hijo, porque son el resultado de una vida vivida coherentemente en ese amor hasta el final.  Repetidas veces este evangelio hace ver que lo humano y lo divino no son dos ámbitos separados, que Dios no es algo “externo” a nosotros. Para Juan “cuando una vida humana se abre a todo lo que la humanidad puede ser, lo humano y lo divino fluyen juntos”. Por supuesto, esta nueva perspectiva es vista como una provocación y un peligro para los defensores del status quo, porque cambia todos los supuestos ideológicos religiosos y sociales sobre los que se construía esa sociedad. Da pie para cambiar y leer críticamente la misma Escritura, para leer de otra manera los relatos de la creación y la caída, y las figuras simbólicas del Cordero y del Siervo doliente. Para la comunidad joanina, Dios no es una entidad abstracta y separada. No es más una doctrina, ni un objeto sagrado o “dios local" que pueda ser apropiado por una institución o una nación. Si Dios es amor, eso quiere decir que es una experiencia vital y penetrante que se ofrece a todos los seres humanos en busca de su realización plena.