12 abril, 2015

2º domingo de Pascua

Lect.: Hechos 4,32-35;  I Juan 5,1-6; Juan 20,19-31

  1. Si queremos que nuestra vida cristiana sea madura, hay preguntas básicas que nos deberíamos hacer con honestidad Por ejemplo, preguntarnos, ¿Para qué nos reunimos cada domingo en el templo? ¿Para qué hemos celebrado con tanta solemnidad la Semana Santa y ahora prolongamos por cincuenta días la celebración de la Pascua? ¿para qué seguimos, en definitiva,  leyendo una y otra vez los evangelios?  Como si le hubiéramos planteado a él mismo estas preguntas, el autor del evangelio de Juan, nos da hoy una respuesta categórica: "Éstos (signos) se han escrito para que Uds. crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”. Queda por completo claro lo que el evangelista implica: no se nos dan estos textos, ni venimos a meditarlos al templo,  para que construyamos y aprendamos una serie de doctrinas; ni para que armemos un conjunto de prácticas rituales religiosas; ni siquiera, solamente, para que nos distingamos con un comportamiento ético intachable. Estos escritos se nos han dado para que creamos que Jesús, el hijo del hombre, es el hijo de Dios, y para que creyendo, tengamos vida en su nombre. Ese es el sentido de la fe, que podamos tener vida y vida abundante, vida plena; que podamos descubrir todas las posibilidades de desarrollo de nuestra vida humana, al confiar por completo en que esa vida está  con Cristo oculta, enraizada, fundamentada en la misma vida de Dios. Con Cristo hemos resucitado a esta vida nueva.
  2. Para Juan esta vinculación entre la fe y la vida, entre la fe y el amor es una convicción constante, firme y profunda. (Jn 3: 36 el que cree al Hijo tiene la vida; 3: 33 quien recibe su mensaje hace suya la verdad misma de Dios, 5:24 quien escucha mi palabra y cree, tiene la vida del eterno porque ha pasado de la muerte a la vida; le ha dado al hijo tener vida en sí mismo, 6:27,La comida que debe obsesionarnos es la que da la vida eterna,.…), Por eso, no se nos da un mensaje para enriquecernos intelectualmente, sino para que lo hagamos esencia de nuestra propia vida.
  3. Esa vida no es un concepto abstracto y genérico, sinónimo de la supervivencia biológica. Es la misma vida de Jesús. Creer, tener fe, consiste en hacer propio el dinamismo de la vida de Jesús que es capaz de vivir animado por el mismo amor generoso y creador de Dios. Como decíamos el domingo de Pascua, al haber ya resucitado con Cristo podemos aspirar   a llevar nuestra capacidad de amar a plenitud, como fue en Jesús, que nos permite desinteresadamente compartir esa vida con todos los demás. Podemos aspirar a amar no porque los demás sean buenos y se comporten  bien con nosotros, sino porque son lo que son. Podemos aspirar a amar como Jesús, haciendo de nuestro amor una vivencia, divino humana, que ayude a que los demás puedan liberarse para y también realizarse plenamente  como humanos, como hijos e hijas del hombre.” No debemos pensar que estos retos nos superan. Jesús nos prometió que si creemos que él está en el Padre y nosotros en él, podremos hacer obras aún mayores que las que él hizo Jn 14: 12.
  4. Con el conocido episodio del apóstol Tomás que hoy hemos leído, el evangelista nos introduce en la reflexión de lo que es realmente tener fe. Que no consiste en tener experiencias materiales, apariciones o sueños del resucitado, que es lo que critica Juan, sino en aceptar la propia vida de Jesús como el camino de vida que también nosotros podemos recorrer. Tener fe consiste en transformar la propia existencia, alcanzando nuestra plenitud al irnos conformando cada vez más con la propia existencia de Cristo, una existencia guiada por el amor, en las pequeñas entregas diarias y hasta la entrega total al culminar nuestra vida.Ω

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