31 agosto, 2014

22º domingo t.o.

Lect.:   Jer 20,7-9;  Rom 12,1-2; : Mt16,21-27

  1. Quedábamos, el domingo pasado, tomando conciencia de algo que a menudo se nos pierde de vista: que cuando hoy llamamos a Jesús el Cristo, no lo hacemos en el sentido judío primitivo de "Mesías", sino que queremos decir “el que ha realizado por completo su identidad de "hijo del hombre”, como él se llamaba a sí mismo, es decir,  el “ser humano pleno”. Y cuando nos ponemos el adjetivo de “cristianos”, también estamos confesando no una doctrina, sino que nos reconocemos partícipes de esa misma identidad humana que Jesús nos muestra, y de esa misma vocación, la de realizar nuestra condición humana en plenitud.
  2. Pero el capítulo de Mateo continúa y se adelanta a respondernos la pregunta que seguramente nos hemos planteado: ¿y cómo lograr realizarnos humanamente como Jesús? ¿Qué es lo esencial que hay que hacer para seguir ese camino de Jesús de plenitud humana, para ser también cada uno de nosotros "cristiano", es decir "otro Cristo"? La respuesta de Jesús, en palabras de Mateo, es breve, directa, radical, aunque quizás no nos resulte tan clara: “negarse a sí mismo”. Ese es el camino, aunque conlleve cruces, ese decir, los grandes costos que implica toda gran renuncia. Esta respuesta en el evangelio de Juan se expresa de forma paralela al decir que “el grano de trigo debe caer en tierra y morir para dar fruto” (Jn 12:24).
  3. La respuesta es tan radical, que puede que no nos resulte clara. Incluso que pueda sonar contradictoria, ¿cómo se puede, al mismo tiempo, ser plenamente humano y negarse a sí mismo? Creo que el problema se nos presenta porque quizás estamos acostumbrados a leer al pie de la letra estos textos, de manera fundamentalista, sin esfuerzo por interpretar su sentido.  Pero como confiamos en que no hay contradicción en la espiritualidad del evangelio, confiamos que, en efecto, la negación es un camino para tener vida en abundancia Con esta certeza podemos entonces descubrir que lo que hay que "negar" no es mi ser humano auténtico, todo lo que me da vida y me permite compartir vida con los demás. Lo que hay que "negar" es, más bien, todo aquello que me nubla la vista y el entendimiento y la voluntad, que me impide conocer lo que realmente soy, que oculta mis cualidades auténticas, y la realidad de comunión de la que formo parte y me hace creer que puedo construir mi vida y mi destino como si fuera un ser aislado y autosuficiente. Un maestro espiritual explicaba de la siguiente manera de qué se trata esta negación que nos pide el evangelio. "Cuando un artista hace una estatua de madera o de piedra, no la introduce en la madera, sino que quita las astillas que escondían y cubrían la estatua. No añade a la madera, sino que le quita algo y hace caer bajo su cincel todo el exterior y hace desaparecer las rugosidades y  así puede resplandecer lo que yacía escondido dentro. Este es el tesoro enterrado en el campo, del que habla nuestro Señor en el Evangelio". (Maestro Eckart, Tratado del hombre noble, obras escogidas, p. 24 -25). Precisamente, hablando de su trabajo artístico Miguel Ángel Buonarotti decía:  “¿Cómo puedo hacer una escultura?” Y se respondía, “Simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario.” “En cada bloque de mármol veo una estatua tan clara como si se pusiera delante de mí, en forma y acabado de actitud y acción. Sólo tengo que labrar fuera de las paredes rugosas que aprisionan la aparición preciosa para revelar a los otros ojos lo que veo con los míos.”  De manera parecida, la vida espiritual es cuestión, pues, para nosotros cristianos, de entrenar y purificar nuestra visión sin desanimarnos por el costo, por el sacrificio que supone, para empezar a sacar a la luz esa obra de arte, ese tesoro escondido que se encuentra dentro de cada uno de nosotros.Ω

24 agosto, 2014

21º domingo t.o.

Lect.:  Isaías 22,19-23;  Romanos 11,33-36; Mateo 16,13-20

  1. Como lo reflexionábamos hace unos meses, durante la Pascua, los discípulos pasaron por una transformación profunda, a partir de esa experiencia espiritual que llamamos "resurrección". El domingo de Pascua decíamos, "A partir de ese momento de la Pascua, los discípulos testigos experimentan vivo a Jesús, de una manera distinta a como lo habían conocido en su vida histórica, y se experimentan a sí mismos de manera distinta , descubriendo en Jesús y en cada uno de ellos, los horizontes de la vida humana más anchos que jamás podrían haberse imaginado. Unos horizontes en que se experimentan a sí mismos y a Jesús inmersos en la realidad de la vida divina, de lo santo, del amor total, de la plenitud del ser humano. De una realidad que no muere jamás. Pienso que, de alguna manera podemos decir que con esta experiencia de vida y visión, los discípulos que creyeron en él, también resucitan en y con Jesús."
  2. Es después de haber pasado por esa experiencia de resurrección, —unos 30 años después de la muerte de su Maestro, quizás—, que el evangelista escribió este texto de Mt 16 que conocemos como el episodio de "la confesión de Pedro". Esa proclamación de Pedro de que Jesús es "el Mesías, el hijo de Dios vivo", refleja ese descubrimiento de Jesús como aquel en quien se realiza plenamente la vida divina. Por eso empiezan a llamarlo el Cristo. Pero la palabra “Mesías”, ungido, Cristo,  no tiene ya, para estas primeras comunidades, el sentido anterior de líder nacional del pueblo judío, —ni político, ni religioso. El “Cristo” es el ser humano pleno, en quien se realiza la filiación divina sin ninguna limitación.
  3. Dos enseñanzas, al menos podemos descubrir aquí. La primera se refiere a Pedro. Cuando la comunidad  de Mateo reconoce a Pedro como roca, como fundamento de la Comunidad, de la iglesia que van creando, está reconociendo que en él, a pesar de sus torpezas y sus debilidades, se da esa experiencia fuerte de fe, de reconocimiento de Jesús como ser humano pleno, hijo de Dios. Es esta vivencia y no ninguna distinción jerárquica, ningún rasgo autoritario humano lo que le permite ejercer luego la función de fortalecer a sus hermanos.
  4. Y la segunda enseñanza se refiere a todos nosotros. Si queremos denominarnos cristianos, con ese nombre no es que queramos expresar un vínculo a una religión, sino que estamos confesando que queremos alcanzar también una vida plena como Jesús, el Cristo. No meramente religiosa, ni meramente moral, sino una vida alentada, movida en todas sus dimensiones por el Espíritu de hijo de Dios. Ser cristiano o cristiana es abrir nuestras aspiraciones, ensanchar los horizontes de nuestra vida humana, darnos cuenta y vivir con la confianza de que, sean las que sean las circunstancias en que nos encontremos, ya hemos resucitado a la vida divina. Confesar a Cristo no es confesar una doctrina, sino tener la convicción de que podemos vivir aquí y ahora la misma vida que él vivió y como él la vivió

17 agosto, 2014

20º domingo t.o.

Lect.:   Isaías 56,1.6-7;  Salmo 66; Rom 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28

  1. Como en el texto de hoy, encontramos otros pasajes de los evangelios, no muchos, en los que Jesús reconoce la actitud de fe en personas no judías, no pertenecientes a la religión oficial, en samaritanos o en paganos  , como se decía antes.  . Se trata de personas, que se le aproximan, con una extraordinaria confianza en la generosidad, en el amor de Dios, que se dejan atraer, incluso con audacia como esta mujer cananea, por esa generosidad divina sin sentirse inhibidos por sacerdotes y otros funcionarios religiosos, que les tratan de poner límites, ni por la exclusión o el desprecio de que pueden ser objeto por parte de los oficialmente creyentes. A pesar de que Jesús es también un judío con los condicionamientos propios de su época, —como lo muestra su reacción inicial ante los gritos de la mujer—, el reconocimiento que hace Jesús de que esta cananea, o la samaritana, o el centurión,... son hombres y mujeres de fe, aunque no pertenezcan a la religión oficial, tiene que hacernos pensar en lo que significa en realidad estar cerca de Dios y abierto a la comunión con él. La cananea no hubiera sido tan audaz con Jesús para discutirle su reticencia inicial a socorrerla, si no hubiera sido porque era el mismo Espíritu de Dios el que la estaba asegurando desde su interior de que ella también era hija de Dios y destinataria, como todos, de los bienes gratuitos del Padre. La experiencia que Jesús tiene de la vida divina le permite en este momento superar sus propios condicionamientos culturales y reconocer esta realidad.
  2. Podemos ver el gran contraste que se da entre la enseñanza contenida en este diálogo y una serie de prácticas y actitudes excluyentes que suelen darse en medios religiosos: por ejemplo, la tendencia a considerarnos los católicos en posición de privilegio respecto a los creyentes de otras religiones, o respecto a los no creyentes o ateos; incluso la tendencia dentro de la misma iglesia a ver “por encima del hombro” a divorciados, a casados civiles, o a homosexuales...  Pareciera que somos incapaces de reconocer los actos de fe ahí donde dan, independientemente de etiquetas pegadas a las personas, y, por tanto que somos incapaces de descubrir la presencia del Espíritu de Dios que está en todos y actúa en todos.
  3. Expresiones bíblicas como “reinado de Dios”, como “pueblo elegido”, como “ciudad santa de Jerusalén”, como “monte santo”, o hablar de la iglesia como “nuevo pueblo elegido”, o “nuevo Israel”, nunca deberían ser interpretados literalmente como realidades nacionales o socioreligiosas excluyentes, sino como grandes símbolos para expresar metas maravillosas de plenitud de vida para todos y no para grupitos de privilegiados. Me quedan resonando las palabras del salmo:   “Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia”.Me parece que  somos todos llamados, con nuestras prácticas incluyentes, de respeto a los diversos, de reconocimiento de la presencia divina en ellos, los que podemos mostrar que la justicia de Dios todavía puede regir este mundo, esta sociedad

10 agosto, 2014

19º domingo t.o.

Lect.:  I Reg 19,9a.11-13a; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

  1. A menudo hemos hablado de las parábolas como un recurso utilizado por Jesús para introducirnos en un nivel profundo de la realidad, al que no se llega con conceptos y razonamientos. Los símbolos, las comparaciones son, entonces, una forma de abrir nuestro espíritu a la experiencia de esa realidad íntima de nuestra vida. Los evangelistas utilizan, además, otro recurso con el mismo propósito: los relatos milagrosos. Muchos de ellos vienen a ser como "parábolas en acción" y buscan también sacarnos de nuestro nivel habitual de conocimiento, de nuestra percepción rutinaria y sacudirnos con símbolos fuertes para que empecemos a experimentar nuestra vida espiritual. 
  2. Así funcionan también los símbolos del relato de hoy. Los primeros, que enmarcan el escenario, no tienen dificultad: La tempestad como una forma de evocar las ocasiones en que estamos metidos en una situación difícil, es una imagen que no tiene mayor complicación. Lo mismo, al ver las reacciones de los discípulos, enseguida sentimos reflejadas nuestras propias reacciones, cómo  en situaciones semejantes nuestra actitud suele ser una mezcla de miedo y, al mismo tiempo, de reacción religiosa de recurrir a Dios, en busca de ayuda. Los símbolos que sí sorprenden un poco más, o que hay que pensar un poco más, son los que componen el centro de la narración: Jesús apareciendo inesperadamente y caminando sobre las aguas y el intento fallido de Pedro de mantenerse sobre las olas. 
  3. Sabemos que Mateo, en su evangelio,  trata de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, como un conductor y orientador del pueblo. Entonces, así como Moisés manifestaba el poder de Dios sobre las aguas, la escena le atribuye la misma cualidad a Jesús, para decirnos que éste es el nuevo Moisés, es a él a quien debemos mirar y no a la antigua religión judía. Pero lo más importante va más allá de plantear una superación del judaísmo. Vemos que en Jesús la fuerza de Dios aparece de manera suave e inesperada, y no con grandes “efectos especiales”, como diríamos en la actualidad. Es inevitable pensar en la primera lectura de hoy donde, en el Monte Horeb, el Señor le dice a Elías: "Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!" Y a continuación vemos que la presencia divina no está ligada al poder como lo entendemos habitualmente: no está ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa suave.  La presencia de Dios en Jesús se muestra también como una brisa suave, un claro símbolo que nos habla de no ligar nuestra vida espiritual a unas prácticas religiosas que buscan poder, protagonismo, o que intenta fabricar un mundo de carácter extraordinario. La brisa suave, como el aire que respiramos, que es el símbolo habitual del Espíritu de Dios, es el elemento en que estamos inmersos, que respiramos continuamente, que todos tenemos y que nos da la vida.
  4. Por contraste, la reacción de Pedro posiblemente representa la otra manera de ver la religión: una búsqueda de poder religioso, de protagonismo, para él olvidando a los demás de la barca, tratando de imitar a Jesús en lo más llamativo, pero no en lo más auténtico. Y, lo peor de todo, incapaz de entender, dudoso de  que esa brisa suave, el Espíritu de Dios en Jesús, estuviera también dentro de él, como de todos los demás. En resumen, como decíamos al inicio, tenemos aquí un relato simbólico que trata de sacudirnos con imágenes fuertes para que empecemos a caminar y a experimentar, en una vida espiritual auténtica, la fuerza de la brisa suave que hay en cada uno de nosotros. Ω 

03 agosto, 2014

18º domingo t.o.

Lect.:  Is 55,1-3: Rom 8,35.37-39; Mt 14,13-21

  1. El domingo pasado Mt nos recordaba lo que era para Jesús el “gran tesoro”, la “perla más valiosa” que podemos hallar en nuestra vida. No era, por supuesto, la acumulación de capital, ni de todo tipo de bienes materiales, ni siquiera de una larga vida. Pero tampoco, la de reputación, posiciones de poder o privilegio sobre los demás, o de títulos y diplomas. Con la frase característica de la predicación de Jesús, nos decía que ese tesoro y esa perla era el “reino de Dios”, pero eso no quiere decir ni la religión ni la Iglesia. El reino de Dios es el encuentro personal con Dios que se alcanza, como lo dicen todas las tradiciones espirituales, cuando llega cada uno a descubrirse a sí mismo. Identificar el encuentro consigo mismo y el descubrimiento de Dios, es lo máximo a lo que podemos aspirar en nuestra vida, desde la perspectiva evangélica. Y hoy el relato de la  multiplicación de los panes añade algo más: el descubrimiento de sí mismo y de Dios conduce de inmediato al descubrimiento de los demás como prójimos, como próximos, con los cuales estoy identificado, cuyos sentimientos comparto, sus necesidades y sus satisfacciones son las mías propias.
  2. En el relato destaca, ante todo, la actitud de Jesús. Al desembarcar, en un sitio despoblado, ve el gentío que lo ha seguido, que cargan sus enfermos y que tienen hambre. Y a Jesús esto le produce compasión. Para alguien como Jesús, que ha descubierto el tesoro de la vida, le resulta imposible no identificarse con aquella multitud. Está unido con cada uno de ellos, sabe que sus necesidades son también las suyas y sabe que cada uno también es lugar del encuentro con Dios Padre. Esa es la característica  de la compasión en sentido profundo, en sentido evangélico. No es la lástima, entendida como nivel mínimo de sensibilidad, que capta el sufrimiento ajeno, pero que lo ve un tanto distante e incluso, a veces, desde una posición de superioridad. Es el haber alcanzado un nivel elevado de conciencia, como lo tenía Jesús, en el que se descubre en un solo ser lo que uno es, lo que son los otros y lo que es esa realidad plena de amor y bondad que llamamos Dios.
  3. En estos días que nos toca vivir, llama poderosamente la atención no solo que durante casi un mes estén muriendo niños y civiles inocentes en Gaza, en Palestina, víctimas de ataques y de una invasión militar. Llama mucho más la atención que desde los países poderosos de Occidente se vuelva la cara hacia otro lado, para no mirar ese sufrimiento. Llama la atención, en Costa Rica, no solo que hace pocas semanas a indígenas del Sur se les expulsara de sus tierras y se les quemaran sus ranchos. Más sorprendente resulta que la mayoría de los costarricenses no prestásemos atención a lo que sucedía. En estos y otros casos no parece darse ni siquiera la sensibilidad mínima de la lástima.
  4. “Denles Uds. de comer”, les dice Jesús a los discípulos que con lástima le pedían que mandara a la gente de regreso a su casa. No importa si Uds. tienen pocos recursos, escasos panes y peces, Lo que Uds. tengan pónganlo al servicio de esos necesitados que son parte de Uds. mismos. La poca voz que Uds. tengan levántenla, háganla oír contra las injusticias; el poco poder que Uds. tengan pónganlo al servicio de quienes tienen menos poder y menos voz que Uds. y están sufriendo invasiones militares, o abusos de los codiciosos. Solo así mostraremos y ejerceremos verdadera compasión como la de Jesús, la que brota de haber descubierto el tesoro, lo que vale la pena en esta vida.Ω