10 agosto, 2014

19º domingo t.o.

Lect.:  I Reg 19,9a.11-13a; Rom 9,1-5; Mt 14,22-33

  1. A menudo hemos hablado de las parábolas como un recurso utilizado por Jesús para introducirnos en un nivel profundo de la realidad, al que no se llega con conceptos y razonamientos. Los símbolos, las comparaciones son, entonces, una forma de abrir nuestro espíritu a la experiencia de esa realidad íntima de nuestra vida. Los evangelistas utilizan, además, otro recurso con el mismo propósito: los relatos milagrosos. Muchos de ellos vienen a ser como "parábolas en acción" y buscan también sacarnos de nuestro nivel habitual de conocimiento, de nuestra percepción rutinaria y sacudirnos con símbolos fuertes para que empecemos a experimentar nuestra vida espiritual. 
  2. Así funcionan también los símbolos del relato de hoy. Los primeros, que enmarcan el escenario, no tienen dificultad: La tempestad como una forma de evocar las ocasiones en que estamos metidos en una situación difícil, es una imagen que no tiene mayor complicación. Lo mismo, al ver las reacciones de los discípulos, enseguida sentimos reflejadas nuestras propias reacciones, cómo  en situaciones semejantes nuestra actitud suele ser una mezcla de miedo y, al mismo tiempo, de reacción religiosa de recurrir a Dios, en busca de ayuda. Los símbolos que sí sorprenden un poco más, o que hay que pensar un poco más, son los que componen el centro de la narración: Jesús apareciendo inesperadamente y caminando sobre las aguas y el intento fallido de Pedro de mantenerse sobre las olas. 
  3. Sabemos que Mateo, en su evangelio,  trata de presentar a Jesús como un nuevo Moisés, como un conductor y orientador del pueblo. Entonces, así como Moisés manifestaba el poder de Dios sobre las aguas, la escena le atribuye la misma cualidad a Jesús, para decirnos que éste es el nuevo Moisés, es a él a quien debemos mirar y no a la antigua religión judía. Pero lo más importante va más allá de plantear una superación del judaísmo. Vemos que en Jesús la fuerza de Dios aparece de manera suave e inesperada, y no con grandes “efectos especiales”, como diríamos en la actualidad. Es inevitable pensar en la primera lectura de hoy donde, en el Monte Horeb, el Señor le dice a Elías: "Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!" Y a continuación vemos que la presencia divina no está ligada al poder como lo entendemos habitualmente: no está ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa suave.  La presencia de Dios en Jesús se muestra también como una brisa suave, un claro símbolo que nos habla de no ligar nuestra vida espiritual a unas prácticas religiosas que buscan poder, protagonismo, o que intenta fabricar un mundo de carácter extraordinario. La brisa suave, como el aire que respiramos, que es el símbolo habitual del Espíritu de Dios, es el elemento en que estamos inmersos, que respiramos continuamente, que todos tenemos y que nos da la vida.
  4. Por contraste, la reacción de Pedro posiblemente representa la otra manera de ver la religión: una búsqueda de poder religioso, de protagonismo, para él olvidando a los demás de la barca, tratando de imitar a Jesús en lo más llamativo, pero no en lo más auténtico. Y, lo peor de todo, incapaz de entender, dudoso de  que esa brisa suave, el Espíritu de Dios en Jesús, estuviera también dentro de él, como de todos los demás. En resumen, como decíamos al inicio, tenemos aquí un relato simbólico que trata de sacudirnos con imágenes fuertes para que empecemos a caminar y a experimentar, en una vida espiritual auténtica, la fuerza de la brisa suave que hay en cada uno de nosotros. Ω 

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