17 agosto, 2014

20º domingo t.o.

Lect.:   Isaías 56,1.6-7;  Salmo 66; Rom 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28

  1. Como en el texto de hoy, encontramos otros pasajes de los evangelios, no muchos, en los que Jesús reconoce la actitud de fe en personas no judías, no pertenecientes a la religión oficial, en samaritanos o en paganos  , como se decía antes.  . Se trata de personas, que se le aproximan, con una extraordinaria confianza en la generosidad, en el amor de Dios, que se dejan atraer, incluso con audacia como esta mujer cananea, por esa generosidad divina sin sentirse inhibidos por sacerdotes y otros funcionarios religiosos, que les tratan de poner límites, ni por la exclusión o el desprecio de que pueden ser objeto por parte de los oficialmente creyentes. A pesar de que Jesús es también un judío con los condicionamientos propios de su época, —como lo muestra su reacción inicial ante los gritos de la mujer—, el reconocimiento que hace Jesús de que esta cananea, o la samaritana, o el centurión,... son hombres y mujeres de fe, aunque no pertenezcan a la religión oficial, tiene que hacernos pensar en lo que significa en realidad estar cerca de Dios y abierto a la comunión con él. La cananea no hubiera sido tan audaz con Jesús para discutirle su reticencia inicial a socorrerla, si no hubiera sido porque era el mismo Espíritu de Dios el que la estaba asegurando desde su interior de que ella también era hija de Dios y destinataria, como todos, de los bienes gratuitos del Padre. La experiencia que Jesús tiene de la vida divina le permite en este momento superar sus propios condicionamientos culturales y reconocer esta realidad.
  2. Podemos ver el gran contraste que se da entre la enseñanza contenida en este diálogo y una serie de prácticas y actitudes excluyentes que suelen darse en medios religiosos: por ejemplo, la tendencia a considerarnos los católicos en posición de privilegio respecto a los creyentes de otras religiones, o respecto a los no creyentes o ateos; incluso la tendencia dentro de la misma iglesia a ver “por encima del hombro” a divorciados, a casados civiles, o a homosexuales...  Pareciera que somos incapaces de reconocer los actos de fe ahí donde dan, independientemente de etiquetas pegadas a las personas, y, por tanto que somos incapaces de descubrir la presencia del Espíritu de Dios que está en todos y actúa en todos.
  3. Expresiones bíblicas como “reinado de Dios”, como “pueblo elegido”, como “ciudad santa de Jerusalén”, como “monte santo”, o hablar de la iglesia como “nuevo pueblo elegido”, o “nuevo Israel”, nunca deberían ser interpretados literalmente como realidades nacionales o socioreligiosas excluyentes, sino como grandes símbolos para expresar metas maravillosas de plenitud de vida para todos y no para grupitos de privilegiados. Me quedan resonando las palabras del salmo:   “Que canten de alegría las naciones, / porque riges el mundo con justicia”.Me parece que  somos todos llamados, con nuestras prácticas incluyentes, de respeto a los diversos, de reconocimiento de la presencia divina en ellos, los que podemos mostrar que la justicia de Dios todavía puede regir este mundo, esta sociedad

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