24 agosto, 2014

21º domingo t.o.

Lect.:  Isaías 22,19-23;  Romanos 11,33-36; Mateo 16,13-20

  1. Como lo reflexionábamos hace unos meses, durante la Pascua, los discípulos pasaron por una transformación profunda, a partir de esa experiencia espiritual que llamamos "resurrección". El domingo de Pascua decíamos, "A partir de ese momento de la Pascua, los discípulos testigos experimentan vivo a Jesús, de una manera distinta a como lo habían conocido en su vida histórica, y se experimentan a sí mismos de manera distinta , descubriendo en Jesús y en cada uno de ellos, los horizontes de la vida humana más anchos que jamás podrían haberse imaginado. Unos horizontes en que se experimentan a sí mismos y a Jesús inmersos en la realidad de la vida divina, de lo santo, del amor total, de la plenitud del ser humano. De una realidad que no muere jamás. Pienso que, de alguna manera podemos decir que con esta experiencia de vida y visión, los discípulos que creyeron en él, también resucitan en y con Jesús."
  2. Es después de haber pasado por esa experiencia de resurrección, —unos 30 años después de la muerte de su Maestro, quizás—, que el evangelista escribió este texto de Mt 16 que conocemos como el episodio de "la confesión de Pedro". Esa proclamación de Pedro de que Jesús es "el Mesías, el hijo de Dios vivo", refleja ese descubrimiento de Jesús como aquel en quien se realiza plenamente la vida divina. Por eso empiezan a llamarlo el Cristo. Pero la palabra “Mesías”, ungido, Cristo,  no tiene ya, para estas primeras comunidades, el sentido anterior de líder nacional del pueblo judío, —ni político, ni religioso. El “Cristo” es el ser humano pleno, en quien se realiza la filiación divina sin ninguna limitación.
  3. Dos enseñanzas, al menos podemos descubrir aquí. La primera se refiere a Pedro. Cuando la comunidad  de Mateo reconoce a Pedro como roca, como fundamento de la Comunidad, de la iglesia que van creando, está reconociendo que en él, a pesar de sus torpezas y sus debilidades, se da esa experiencia fuerte de fe, de reconocimiento de Jesús como ser humano pleno, hijo de Dios. Es esta vivencia y no ninguna distinción jerárquica, ningún rasgo autoritario humano lo que le permite ejercer luego la función de fortalecer a sus hermanos.
  4. Y la segunda enseñanza se refiere a todos nosotros. Si queremos denominarnos cristianos, con ese nombre no es que queramos expresar un vínculo a una religión, sino que estamos confesando que queremos alcanzar también una vida plena como Jesús, el Cristo. No meramente religiosa, ni meramente moral, sino una vida alentada, movida en todas sus dimensiones por el Espíritu de hijo de Dios. Ser cristiano o cristiana es abrir nuestras aspiraciones, ensanchar los horizontes de nuestra vida humana, darnos cuenta y vivir con la confianza de que, sean las que sean las circunstancias en que nos encontremos, ya hemos resucitado a la vida divina. Confesar a Cristo no es confesar una doctrina, sino tener la convicción de que podemos vivir aquí y ahora la misma vida que él vivió y como él la vivió

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