24 abril, 2011

Domingo de Pascua, 24 de abril 2011

Domingo 24 de abril de 2011, Pascua.
Lect.: Hech 10: 34 a. 37 – 43; Col 3: 1 – 4; Jn 20: 1 – 9


1. Hay cosas en los evangelios que deberían llamar nuestra atención y ponernos a pensar. Por ejemplo, cuando Jesús habló de que quien cree en él vive para siempre, si estaba anunciando que lo esencial de su mensaje era literalmente “volver” a la vida, y que nuestros cuerpos muertos invirtieran su proceso de corrupción, ¿por qué no usó ese elemento como parte de su “marketing” —y perdónenme la irreverencia del término—? Semejante anuncio hubiera sido de gran impacto en aquel ambiente , como en el nuestro de hoy todavía. Hubiera ganado tantos o más seguidores que los que le buscaron por la multiplicación de los panes. Pero no encontramos que su predicación contenga ese reclamo continuo. En cambio, sí habla de “nacer de nuevo”, y de vivir una vida “abundante”, “plena”. Apreciaba, amaba la vida, toda forma de vida, pero no parece que su énfasis central fuera garantizar la perpetuación de la vida física, biológica, en la forma que la conocemos. Muy rápidamente se encarga de hacerle ver a Nicodemo que “nacer de nuevo” no es meterse de nuevo en el vientre materno. Y a los discípulos y a los que le escuchaban, que “comer su persona —su carne y su sangre”— no es como comer el maná —que se puede comer y morir como sus ancestros. Y con respecto a la muerte, no liga su mensaje a la idea de que se puede evitar. Al contrario, él es consecuente con su compromiso de vida y llega a abrazar voluntariamente la muerte que otros le estaban causando.
2. Muy diferente es a menudo nuestra visión del evangelio, y vivimos obsesionados con la idea de que esta vida “no se acabe”. Interpretamos entonces fácilmente —y lo hemos hecho así por siglos— el anuncio de la resurrección de Jesús como la garantía de que nosotros superaremos la muerte. Incluso, muchas veces alimentamos nuestro comportamiento moral con la motivación de que habrá “otra vida” en la que se nos premiará por lo bueno que hagamos en ésta. Muchos creen que eso es lo maravilloso del cristianismo, que garantiza “una vida más allá”. Otros, incluso, en algunas tradiciones orientales, relacionan “lo maravilloso de las obras de Dios” en la Pascua, con una ceremonia antiquísima en la que los creyentes del lugar están convencidos de que durante la Vigilia de sábado a domingo de resurrección, el “fuego nuevo” desciende milagrosamente del cielo y enciende el cirio y las velas de los presentes. Tendemos a interpretar la promesa de la resurrección como otro evento milagroso que nos garantiza la pascua de Jesús.
3. ¿Qué es más maravilloso, un portento cuasi mágico de fuego que desciende del cielo, una reversión del proceso de corrupción corporal iniciado tras el fallecimiento? ¿O no será más bien más extraordinario descubrir en Jesús —en su vida y en su muerte— nuestra vida verdadera, nuestro ser verdadero, auténtico, en toda su plenitud? Él hablaba de “estar él en el Padre, nosotros en él y él en nosotros”, de “permanecer en él, como él está en nosotros”, ¿no nos está hablando de vivir esta vida en una dimensión, en un nivel pleno en el que nos sumergimos en Dios? Quizás por eso es que el habla de que el que “cree en él”, —aquí y ahora,— tiene ya —aquí y ahora— la vida eterna, es decir, la vida del eterno, la misma vida de Dios. Una vida que permanece, en ese nivel, en ese orden distinto, aun pasando el inevitablemente trago de la muerte. Por eso, probablemente, aquel cristiano de los primeros tiempos, que escribió el “Evangelio de Felipe” decía, como lo citamos el 5º domingo de cuaresma: “Los que afirman: «Primero hay que morir y (luego) resucitar», se engañan. Si uno no recibe primero la resurrección en vida, tampoco recibirá nada al morir”. (Evang. de Felipe 90).” No tenemos mucha idea de qué sigue y qué le pasa tras la muerte a este “polvo de estrellas consciente” que es cada uno de nosotros. En lo que sí tenemos plena confianza es que en la vida que nos revela y nos da el Espíritu de Jesús, alcanzamos a ser lo máximo que podemos ser. Despertar a ese nivel es resucitar con Cristo. Independientemente de lo que eso implique después de que termine nuestra existencia corporal.Ω

22 abril, 2011

Viernes Santo

Viernes Santo, 22 de abr. de 11
Lect.: Is 52: 13 - 53.12; Hebr 4: 14-16 – 5:7-9; Pasión según s. Juan 18: 1- 19: 42


1. Cada generación, cada cultura en cada época puede y debe releer la Pasión y Muerte de Jesús dentro de su propia situación. Si no lo hace, se arriesga a perder la relación viva con el acontecimiento y a caer en la mera repetición de los relatos sin una comprensión a fondo del sentido de los mismos. Las primeras comunidades cristianas tenían claro este panorama y por eso no solo transmiten los hechos históricos, sino las formas particulares de cada una de sus interpretaciones. Conforme con sus raíces judías es comprensible que algunas de ellas, al estilo del autor de la carta a los Hebreos, entendieran la Pasión y Muerte de Jesús en clave cultual, como el gran sacrificio que venía a sustituir y a llevar a su nivel más hondo los sacrificios del Antiguo Testamento. Otras, también en ese ambiente, vieron los acontecimientos en la línea del siervo doliente de Isaías 53, relacionando también con la figura del mártir asesinado por defender la justicia de Dios, como tantos otros profetas en la historia de Israel. Teólogos posteriores hablarían, dentro de sus propios marcos de comprensión, de la “necesidad” de satisfacer la justicia divina, de que la humanidad pudiera “saldar cuentas” por sus pecados, o de otras variantes parecidas, elaborando sobre las primeras interpretaciones. Quizás está pendiente la relectura y reinterpretación más apropiada a comunidades como las nuestras, que ya no tenemos las conexiones culturales que las primeras comunidades tuvieron con el judaísmo y que vivimos en una sociedad y cultura por completo diferentes.
2. A pesar de ello, hay una lectura que, con todo y la distancia de siglos, puede ser muy cercana a nuestra mentalidad contemporánea: la interpretación que hace el evangelio de Juan, que leemos este año el viernes santo. Una razón para ver la cercanía es que Juan, en principio y en conjunto, no parece vincularse a ninguna tradición específica del Antiguo Testamento para buscar el sentido de la muerte de Jesús. Más bien pareciera que quiere aprender de la situación interior del propio Jesús, de lo que atravesaba su espíritu al verse inevitablemente abocado a la muerte, en la plenitud de su vitalidad y cuando apenas empezaba su vida pública. Al hacerlo así, creo que sintoniza enormemente con una situación por la que atravesamos los seres humanos siempre y que nos generan preguntas radicales sobre el sentido de nuestra vida: ¿Por qué tengo que morir ahora? ¿Ha valido la pena la vida que he vivido si se va a acabar de repente? ¿qué quedará de mis esfuerzos, de mis amores, de mis actividades inconclusas? Aún las que logré realizar, ¿servirán para algo? A diferencia de otros narradores, Juan presenta un Jesús que enfrenta la muerte, y los temores y preguntas que nos despierta, con gran fortaleza, con gran libertad y con gran confianza.
3. Juan subraya en Jesús rasgos que parecen sobrehumanos, de una serenidad y grandeza tanto más notables en alguien que llega a ese momento como llegó Él: aparentemente sin poder desarrollar el Reino de Dios, que era toda su razón de ser; dejando atrás un pequeño grupo de discípulos que daban la impresión de ser cualquier cosa menos confiables para continuar su obra; sin que manifiesten agradecimiento alguno, ni hagan nada por defenderlo todos aquellos por cuya salud, bienestar y felicidad había trabajado. En esas circunstancias solo puede asumir la muerte como él la asumió, alguien que ha alcanzado un estado de libertad interior muy profunda, por completo libre de cualquier atadura: del apego individualista a sí mismo, a perpetuarse en años de vida o en su propia obra; libre del mismo miedo a la muerte… Y pareciera que esa libertad, al mismo tiempo, está profundamente enraizada en una enorme confianza, en una seguridad en que había valido la pena vivir todo lo que vivió y por lo que lo vivió, y que volvería a vivirlo de nuevo si volviera a nacer. Confianza, seguridad en que todo lo había hecho porque la vida de Dios que tenía en sí es más fuerte que ninguna otra cosa, y nos une de tal manera entre nosotros mismos, que nos hace Uno solo con él y con el Padre. Por eso, confianza, seguridad en que lo que él había empezado, no era “suyo” y otros lo harían propio y lo realizarían.
4. Jesús, en su pasión y su muerte, es cada uno de nosotros en nuestra incertidumbre reflejada en esas preguntas sobre el sentido de lo que somos, de lo que hemos vivido y de lo que se nos acaba. La libertad y confianza con que él encara esos cuestionamientos las compartimos con él como compartimos su misma vida, su mismo Espíritu, unificándonos en el fondo más divino y auténtico de nosotros mismos.Ω

21 abril, 2011

Jueves Santo, en la Cena del Señor

Jueves Santo, 21 de abril de 2011
Lect.: Éx 12: 1-8. 11.14; 1 Cor 11: 23-26; Jn 13: 1 – 15


1. Resulta un ejercicio interesante tratar de pensar, con base en los evangelios y en Pablo, hasta donde lleguemos, qué podría tener Jesús en la conciencia en el momento de la Última Cena. Si enfocamos ese momento con esa perspectiva, podremos aproximarnos un poco más al sentido que tiene la celebración de este Jueves Santo y, por extensión, el de la celebración de la Eucaristía. Hay cosas que no podemos pensar que Jesús tuviera en su conciencia. Por ejemplo, dicho con todo respeto, no calza de ninguna manera suponer que Jesús estuviera pensando en que estaba “instaurando un sacramento”, o que apuntaba a “crear” una “forma sacramental” de estar presente entre los suyos, después de su muerte. Menos aún que lo hacía para ser “objeto de adoración” en los templos de la cristiandad que vendrían luego. Todo esto son construcciones teológicas muy posteriores y, por tanto, anacrónicas en ese momento. Tampoco es creíble, ni se puede interpretar así a Pablo, que Jesús estuviera pensando en crear un culto que venía a sustituir todo el del Antiguo Testamento y del cual él se concibiera como “sacerdote y víctima”. Ahondar en estos temas es difícil, entre otras cosas porque lo que narran los escritores del Nuevo Testamento se escribió mucho después, y con las perspectivas de las distintas comunidades. Pero hay un enfoque muy sencillo que, aunque incompleto, no es desacertado y resulta útil. Consiste en recordar que Jesús estaba viviendo esa Cena como el momento de despedida de su grupo más íntimo y que, por lo mismo, quería tomarlo como la ocasión de dejarles los gestos simbólicos que mejor sintetizaran lo que le había alentado toda su vida y que quería que alentara también la de sus discípulos.
2. Los dos gestos simbólicos los conocemos desde siempre: el partir y repartir el pan y el vino, expresión de la entrega hasta la muerte de su “carne y su sangre”, es decir, de su persona entera, y el lavarles los pies a cada uno de ellos, expresión del humilde servicio mutuo que debía pautar la práctica cristiana. Y, junto a esos dos gestos, la invitación: “Hagan esto en mi memoria”. Ya, durante los años anteriores, Jesús les había prometido que cuando dos o tres se juntaran en su nombre a orar, él estaría en medio de ellos. Ahora subraya otra forma de presencia: comer y beber de la cena del Señor consiste en comer y beber —es decir, apropiarse íntimamente— la persona del Jesús que se parte y reparte, y configurar la propia vida conforme a esa vida de servicio gratuito y amoroso de Jesús, de manera que la comunidad le hace presente a él cada vez que repite los gestos. Por eso, celebrar la Cena del Señor, hacerla “en su memoria”, no consiste en celebrar un rito religioso más, ni un acto de culto sustitutivo de aquel Antiguo Testamento. Tampoco es la búsqueda de un “nuevo maná”, para subsistir en el “desierto”. Jesús lo que pide a sus discípulos es repetir ese momento supremo previo a su muerte, en el que todos los presentes entran en comunión asimilando —“comiendo”, “digiriendo”— la misma vida que alentaba la persona de Jesús. Solo haciendo esto “en su memoria”, es decir, no por otros motivos ajenos, sino haciendo propios los motivos de Jesús, solo así esa cena comunitaria les permitiría entrar en plena comunión con Jesús y en contacto con el Padre mismo al que habían conocido por su medio. Solo esta fidelidad a “su memoria” garantizaría que no se dejarían llevar por la fuerza de sus anteriores tradiciones religiosas, ni por la influencia de otras con que se toparían en la historia posterior.
3. No es fácil celebrar así este Jueves Santo ni nuestras Eucaristías. Es muy exigente “hacer esto en su memoria”, comprometiéndose con lo que movió la vida de Jesús y que él expresó en esos dos gestos simbólicos. Es más fácil dejarse llevar por la influencia de otras creencias distintas, de otras tradiciones religiosas quizás con ritos elegantes y solemnes, así como por variaciones sentimentales. Pero nos alienta saber que haciendo esto en su memoria, nos ponemos en camino de encontrar nuestro auténtico ser humano, tal como se materializó en la vida y muerte de Jesús de Nazaret.Ω

17 abril, 2011

Domingo de Ramos

Domingo 17 de abril de 2011, Ramos.
Lect.: Is 50: 4 – 7; Flp2: 6-11; Pasión según Mateo, 26:14 – 27:66


1. A pesar de que ya no pueda vivirse la cuaresma como preparación al bautismo, como lo era en las primeras comunidades cristianas; a pesar incluso de que el mismo sacramento del bautismo, al focalizarse casi exclusivamente en el de niños, ha perdido trascendencia y relevancia en la vida diaria de los adultos, con todo y todo, la Semana Santa podría darnos la oportunidad de un replanteo a fondo de nuestra vida cristiana. Al enfocarse en las últimas horas de Jesús, en la culminación de su vida, nos brinda la ocasión para concentranos en pensar en lo que fue lo esencial en todo su ser y su acción. Para qué vivió y por qué murió. Unos días privilegiados para hacernos las mismas preguntas con respecto a nosotros mismos. La Semana Santa podría ser esa ocasión. Pero no es fácil. Hay, al menos, un par de obstáculos serios para lograrlo.
2. El primer lugar, el relato de la Pasión y muerte, en nuestros ambientes cristianos, suele hacerse desde un ángulo más bien ritual que histórico. Se suele presentar y vivir desconectado de lo que fue el resto de la vida de Jesús. Sin darnos cuenta, lo seguimos repitiendo más como parte de un credo doctrinal; como parte de una “doctrina” lo heredamos como afirmaciones de “verdades” teológicas acerca de la necesidad de redención del pecado de Adán, de nuestros propios pecados, de nuestra condición humana… En vez de verlo como el recuerdo, la remembranza de la vida de ese Hijo del Hombre, cuyo compromiso con la “buena noticia del Reino de Dios” lo lleva a enfrentamientos que finalmente acaban con él. Perdemos de vista la inspiración que la vida y muerte de ese Hombre de calidad espiritual extraordinaria pueden tener para fecundar nuestra propia vida y encontrar nuestro ser auténtico.
3. El otro obstáculo, no desconectado del anterior, radica en algo que es inevitable producto de la naturaleza humana. Es normal que todas las generaciones, ante los hechos históricos, busquemos siempre sus efectos y su sentido para nuestra propia vida. Lo hacemos así ante cualquier acontecimiento que nos sucede, ante las figuras de próceres y notables y, por supuesto, también especialmente ante la figura de alguien, como Jesús de Nazaret, que ha marcado nuestras vidas. Eso es normal. El “problema” está en que al buscarle sentido, por ejemplo, a su vida, su pasión y su muerte, tenemos que usar un “marco”, un “horizonte” de interpretación que cambian con épocas y culturas. Las primeras comunidades cristianas recurrieron a su propia tradición judía para pensar lo que significaba esa pasión y muerte de Jesús. Y, lógicamente, lo ven en la perspectiva de la historia del pueblo desobediente a la alianza; en la expectativa de un mesías liberador, de un siervo doliente que padece por el pueblo, de la necesidad de un sacrificio agradable a Dios… Luego, por otras influencias, las comunidades lo piensan en clave jurídica, en términos de “saldar cuentas”, en restablecer la justicia con el “Dios ofendido”, … y luego las interpretaciones se mezclan.
4. Pero para nosotros en el siglo XXI esas raíces judías, o helenistas u otras, quedan ya muy lejos en la historia, a nivel existencial nada o muy poco nos dicen, hay que reconocerlo, y seguir pensando con sus lentes el significado de la pasión y muerte de Jesús no nos permiten hacer nuestra, personal, esa inspiración de los acontecimientos que vamos a recordar esta semana. ¿Desde qué perspectiva entonces repensar los relatos que vamos a escuchar, como la Pasión según san Mateo este domingo? Trataremos de ayudar a construir respuestas a lo largo de esta semana. Mientras tanto anticipemos que la perspectiva que proponemos tiene que ver con aquello que le dice el ángel al autor del Apocalipsis: “Toma (el librito) cómetelo; en tu boca será dulce como la miel, pero te producirá acidez en el estómago” (Apoc 10: 9 – 10). Los textos, relatos, recuerdos de la pasión y muerte de Jesús no son simplemente para estudiarlos, ni para discutirlos doctrinalmente, ni para conmovernos visceralmente como si se tratara de la película de Mel Gibson; son para “comérselos” y como con todo alimento, para digerirlos desde nuestra propia experiencia de vida.Ω

10 abril, 2011

5º domingo de Cuaresma

5º domingo de Cuaresma, 10 de abr. de 11
Lect.: Ezeq 37: 12 – 14; Rom 8: 8 – 11; Jn 11: 1 – 45


1. Innumerables veces, con ocasión de despedir a un ser querido en un funeral, hemos leído este texto de Juan. Y hemos recalcado ese punto central: Jesús no está hablando de la resurrección del “último día”, algo que sucederá después de que nos muramos, como lo pensaba Marta. Jesús está hablando de “algo” que nos puede suceder ya en vida y que nos transforma tan profundamente que sus efectos permanecen incluso a través de la muerte física. Este mensaje del texto de Juan, coincide con lo que afirma otro evangelio no canónico, no oficial, el de Felipe, cuando dice: “Los que afirman: «Primero hay que morir y (luego) resucitar», se engañan. Si uno no recibe primero la resurrección en vida, tampoco recibirá nada al morir”. (Evang. de Felipe 90).
2. No se trata de juegos de palabras, sino de aproximarse al mensaje evangélico sabiendo que no se puede leer así como así. Menos aún el evangelio de Juan que contiene toda una reflexión teológica, y no tanto el intento de narrar episodios históricos. Y para entender esa reflexión hay que tener en cuenta, sobre todo, que se mueve en dos niveles: un nivel narrativo, en el que toma relatos que recordaban de la vida de Jesús solo como punto de partida, para ilustrar el otro nivel que va más allá de los hechos materiales, que es más profundo y cualitativo, y al que los hechos apuntan simbólicamente. Quizás nos lo deje más claro la referencia a otro episodio. Cuando Jesús se encuentra con Nicodemo, y le dice que “hay que nacer de nuevo”, Nicodemo se enreda preguntándole “¿como uno de viejo puede volver a entrar al vientre materno?”. Es una confusión parecida a la de Marta y María que piensan que si Jesús hubiera estado ahí no habría muerto su hermano. O parecida a la que podemos tener si pensamos que Jesús, literalmente está interesado en sacar a Lázaro o a nosotros de la tumba, evitándonos la muerte física. No está hablando ni de nacimiento, ni de muerte en el sentido biológico. Y cuando Juan habla de “milagros” no olvidemos que está hablando de “signos” de otra realidad.
3. Como con Nicodemo, también con sus amigas de Betania, Jesús esta invitando a un nuevo nacimiento, a descubrir y a vivir un nivel de vida cualitativamente distinto del superficial en el que solemos movernos. En ese otro nivel es en el que descubrimos y construimos nuestro verdadero ser, nuestra verdadera identidad. Recordemos que el relato de Lázaro era, para los cristianos de los primeros siglos, uno de los pasos de la catequesis pre-bautismal (entonces se bautizaban de adultos) que preparaban a los candidatos para vivir la Pascua como la inauguración de una vida nueva por la que se había optado. No se trataba simplemente de un cambio moral, sino de abrirse a un desarrollo de las potencialidades de lo que realmente somos, es decir, de esa verdadera identidad humana transparentada en la transfiguración (1er domingo).
4. Para abrirse en la Pascua a esa manera distinta de ser humano, para superar esa forma de vivir que nos absorbe con la ambición de poder, de riquezas y de falsa imagen de sí mismo —como la dibujaba el episodio de las tentaciones (2º domingo), la catequesis pre-bautismal subrayaba la necesidad de dar esos pasos que también nosotros hemos recorrido este año. Primero, cuestionar críticamente ese mundo de aspiraciones y deseos que nos gobiernan, para pasar a aspirar por encima de todo al “agua viva” que de nuestros corazones salta a la vida de Dios (tercer domingo). Segundo, abrir nuestra capacidad de visión, más allá de las cegueras sociales, culturales, religiosas que nos impiden ver las cosas que de verdad valen la pena (4º domingo). Y hoy, (5º domingo), estar dispuestos a salir de esas “sombras de muerte” que nos mantienen dormidos, insensibles, amarrados, incapaces de caminar por nosotros mismos para ir al encuentro de la comunidad que nos rodea y que tiene sus necesidades y sus aportes a nuestra propia vida. Es un ejercicio incesante que nos dispone a lo que, en definitiva, es obra de la gracia de Dios: nuestro nuevo nacimiento prefigurado en la Pascua.Ω

03 abril, 2011

4º domingo de cuaresma

4º domingo de Cuaresma, 3 de abr. de 11
Lect.: I Samuel 16, 1b.6-7.10-13, Salmo Responsorial: 22, Efesios 5, 8-14, Juan 9, 1.6-9.13-17.34-38

1. El texto evangélico de hoy queda un poco truncado por los liturgistas. Le faltan unos versículos con los que termina el cap. 9 de Jn. Sin embargo, son importantes para ubicar el sentido del relato con el diálogo entre Jesús y los fariseos después del segundo encuentro de Jesús con el ciego curado. Dicen así los versículos: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.». Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?». Jesús les respondió: Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen: “Vemos” su pecado permanece.»”. Como de costumbre, Jesús nos choca con tres afirmaciones: Él ha venido para que los que no ven, vean; también para que los que ven se queden ciegos. Y, finalmente, cuando algunos fariseos se ofenden por sus palabras y le preguntan si los está llamando “ciegos”, Jesús les dice que su problema es creer que ven.
2. Hay algo que debimos haber dicho desde el principio de la cuaresma y que nos permite entender estas aparentemente contradictorias afirmaciones de Jesús. Se trata de tener en cuenta que estos domingos de cuaresma eran la catequesis preparatoria para el bautismo del día de Pascua, que representaba el nuevo nacimiento a una vida nueva de los que lo recibían. Si consideramos entonces todos los textos de estas semanas anteriores como preparación catequética, podemos entender que todo este relato simbólico de la curación del ciego nos habla de un paso indispensable para avanzar a la vida nueva. En este domingo el paso consiste en reconocer que en este nivel de la vida espiritual uno tiene que enfrentar una doble “ceguera”. En primer lugar, descubrir que la manera como uno está acostumbrado a “ver” la realidad y la vida puede perfectamente incapacitarlo para ver dimensiones de esa vida y esa realidad que de hecho son profundamente reales y están ahí aunque no las veamos. De esa “ceguera” uno tiene que ser curado, hay que salir de ella. En segundo lugar, reconocer que la dimensión más profunda de nuestra vida, la realidad de la vida divina en nosotros, supera todo conocimiento humano, toda imagen, toda expresión verbal y doctrinal, por lo que para encontrarse entonces con Dios, es preciso entrar en otro nivel de conocimiento que, desde la perspectiva “normal” parece más bien exigir la renuncia a “querer ver”, como uno ve de manera habitual.
3. Si el párrafo anterior puede sonar difícil y abstracto, —sin duda por limitación de quien escribe—, existen innumerables ejemplos en la vida diaria que nos ayudan a entenderlo. Un drogadicto, un alcohólico, alguien obsesionado con el sexo, no “ven” en la realidad más que aquello que les produce la sensación placentera buscada. (Hay incluso bastantes chistes al respecto). En otro orden de cosas, alguien a quien nunca se le ha cultivado el gusto, o que no ha tenido la oportunidad de ver y apreciar cuadros, o esculturas de grandes maestros, no podrá “ver” la belleza de un Picasso, un Dalí, un Miró. Alguien que no está enamorado de una pareja tal vez no muy bien agraciada en su rostro o en su cuerpo, no será capaz de verla como profundamente atractiva. Y los ejemplos siguen y siguen. Se dan incluso a nivel científico (y teológico). Lonergan, un gran filósofo jesuita canadiense, habla de las barreras que muchas personas (o muchos enfoques analíticos) tienen, que les impide ver aspectos importantes de la realidad. Inconscientemente, por razones diversas, “censuran” lo que la realidad les presenta y esto hace que su percepción tenga “puntos ciegos”. (Lonergan usa el mismo nombre que se usa en medicina —escotosis— para llamar a esas cegueras parciales que algunos padecemos físicamente y economistas, físicos, teólogos y otros pueden tener a nivel del conocimiento de la realidad).
4. Dentro de la catequesis evangélica el relato de la curación del ciego es un llamado a prepararnos al nuevo nacimiento de la Pascua, reconociendo que hay elementos que nos impiden “ver” el Dios que habita en nosotros y “ver” la misma participación de nuestra realidad humana en la vida divina. Como en el relato de los fariseos que reaccionaron contra Jesús, nuestros “puntos de ceguera” pueden ser causados por arrogancia, autosuficiencia, inseguridades o intereses inmediatistas mezquinos.Ω