22 abril, 2011

Viernes Santo

Viernes Santo, 22 de abr. de 11
Lect.: Is 52: 13 - 53.12; Hebr 4: 14-16 – 5:7-9; Pasión según s. Juan 18: 1- 19: 42


1. Cada generación, cada cultura en cada época puede y debe releer la Pasión y Muerte de Jesús dentro de su propia situación. Si no lo hace, se arriesga a perder la relación viva con el acontecimiento y a caer en la mera repetición de los relatos sin una comprensión a fondo del sentido de los mismos. Las primeras comunidades cristianas tenían claro este panorama y por eso no solo transmiten los hechos históricos, sino las formas particulares de cada una de sus interpretaciones. Conforme con sus raíces judías es comprensible que algunas de ellas, al estilo del autor de la carta a los Hebreos, entendieran la Pasión y Muerte de Jesús en clave cultual, como el gran sacrificio que venía a sustituir y a llevar a su nivel más hondo los sacrificios del Antiguo Testamento. Otras, también en ese ambiente, vieron los acontecimientos en la línea del siervo doliente de Isaías 53, relacionando también con la figura del mártir asesinado por defender la justicia de Dios, como tantos otros profetas en la historia de Israel. Teólogos posteriores hablarían, dentro de sus propios marcos de comprensión, de la “necesidad” de satisfacer la justicia divina, de que la humanidad pudiera “saldar cuentas” por sus pecados, o de otras variantes parecidas, elaborando sobre las primeras interpretaciones. Quizás está pendiente la relectura y reinterpretación más apropiada a comunidades como las nuestras, que ya no tenemos las conexiones culturales que las primeras comunidades tuvieron con el judaísmo y que vivimos en una sociedad y cultura por completo diferentes.
2. A pesar de ello, hay una lectura que, con todo y la distancia de siglos, puede ser muy cercana a nuestra mentalidad contemporánea: la interpretación que hace el evangelio de Juan, que leemos este año el viernes santo. Una razón para ver la cercanía es que Juan, en principio y en conjunto, no parece vincularse a ninguna tradición específica del Antiguo Testamento para buscar el sentido de la muerte de Jesús. Más bien pareciera que quiere aprender de la situación interior del propio Jesús, de lo que atravesaba su espíritu al verse inevitablemente abocado a la muerte, en la plenitud de su vitalidad y cuando apenas empezaba su vida pública. Al hacerlo así, creo que sintoniza enormemente con una situación por la que atravesamos los seres humanos siempre y que nos generan preguntas radicales sobre el sentido de nuestra vida: ¿Por qué tengo que morir ahora? ¿Ha valido la pena la vida que he vivido si se va a acabar de repente? ¿qué quedará de mis esfuerzos, de mis amores, de mis actividades inconclusas? Aún las que logré realizar, ¿servirán para algo? A diferencia de otros narradores, Juan presenta un Jesús que enfrenta la muerte, y los temores y preguntas que nos despierta, con gran fortaleza, con gran libertad y con gran confianza.
3. Juan subraya en Jesús rasgos que parecen sobrehumanos, de una serenidad y grandeza tanto más notables en alguien que llega a ese momento como llegó Él: aparentemente sin poder desarrollar el Reino de Dios, que era toda su razón de ser; dejando atrás un pequeño grupo de discípulos que daban la impresión de ser cualquier cosa menos confiables para continuar su obra; sin que manifiesten agradecimiento alguno, ni hagan nada por defenderlo todos aquellos por cuya salud, bienestar y felicidad había trabajado. En esas circunstancias solo puede asumir la muerte como él la asumió, alguien que ha alcanzado un estado de libertad interior muy profunda, por completo libre de cualquier atadura: del apego individualista a sí mismo, a perpetuarse en años de vida o en su propia obra; libre del mismo miedo a la muerte… Y pareciera que esa libertad, al mismo tiempo, está profundamente enraizada en una enorme confianza, en una seguridad en que había valido la pena vivir todo lo que vivió y por lo que lo vivió, y que volvería a vivirlo de nuevo si volviera a nacer. Confianza, seguridad en que todo lo había hecho porque la vida de Dios que tenía en sí es más fuerte que ninguna otra cosa, y nos une de tal manera entre nosotros mismos, que nos hace Uno solo con él y con el Padre. Por eso, confianza, seguridad en que lo que él había empezado, no era “suyo” y otros lo harían propio y lo realizarían.
4. Jesús, en su pasión y su muerte, es cada uno de nosotros en nuestra incertidumbre reflejada en esas preguntas sobre el sentido de lo que somos, de lo que hemos vivido y de lo que se nos acaba. La libertad y confianza con que él encara esos cuestionamientos las compartimos con él como compartimos su misma vida, su mismo Espíritu, unificándonos en el fondo más divino y auténtico de nosotros mismos.Ω

No hay comentarios.:

Publicar un comentario