31 diciembre, 2007

Domingo post Navidad

Domingo dentro octava Navidad, 30 diciembre 2007
Lect.: Ecles 3: 3 – 7. 14 – 17 a; Col 3: 12 – 21; Mt 2: 13 – 15. 19 – 23


1. Empiezo por excusarme. No voy a hablar del tema de la familia, aunque el papa Pío XI estableció este domingo como fiesta de la Sgda. Familia. Fiesta demasiado reciente, que responde a necesidades de su época. No hay material en el evangelio para darle contenido y corremos peligro de meter, más bien, en el evangelio, ideas, prejuicios y discusiones de sociedad actual sobre la familia moderna. Sin negar que cualquier domingo puede ser oportuno para pedir por nuestras familias. Además, la fiesta de navidad es tan grande que merece que prolonguemos la reflexión sobre su significado. Aprovechemos para una explicación breve sobre los textos evangélicos utilizados durante esta época.
2. Mucha gente no sabe que todos estos textos llamados “evangelios de la infancia” no fueron los primeros escritos de los evangelistas. Esto es importante porque nos hace ver que no fueron escritos para describir los hechos de los primeros años de la vida de Jesús. Se escribieron mucho después con otro propósito: el de exponer, más bien, cómo las primeras comunidades experimentaron a Jesús, quién era Jesús para ellos, en su vida. No se trata entonces de fantásticos cuentos infantiles. Narran la realidad de una experiencia usando símbolos del A.T. Por ejemplo, la huída a Egipto, la matanza de los inocentes, los sueños de José, no son hechos históricos, sino formas simbólicas de expresar algo que los primeros cristianos experimentaron como profundamente real: Que Jesús era un nuevo Moisés, que traía a su pueblo la liberación de toda forma de opresión, de todo uso del poder que perjudique la vida humana. Que, como José, vendido por sus hermanos, luego se convierte en refugio y amparo para ellos. La estrella, símbolo de un Mesías que esperaban como guía del pueblo Los evangelios de la infancia hay que leerlos entonces con la devoción de quien lee y aprende las experiencias de los primeros creyentes. En su vida ellos experimentaron a Jesús como un poderoso libertador, como una luz en medio de las tinieblas, como un líder que construye paz sobre base de justicia. En ese sentido recordaron el nacimiento de Jesús como un poderoso símbolo de su propio nacimiento, un nuevo comienzo radical de una vida orientada con valores nuevos, al seguir los pasos de Jesús.
3. Aunque esta reflexión que hacemos tiene carácter catequético, también nos interpela. No solo para no convertir la fiesta navideña en algo demasiado infantil, dulzón y romántico. Sino para dejar, además, la invitación a pensar que, como las primeras comunidades, Jesús más que un recuerdo histórico, debe ser para nosotros una experiencia personal y comunitaria. Sobre todo la experiencia de un cambio radical en la orientación de nuestra vida, tan radical como un nuevo nacimiento. A pocos días de concluir el 2007, vale la pena hacer nuestro examen de conciencia anual, preguntándonos si tuviéramos que expresar lo que ha sido la experiencia de Jesús en nuestra vida este año, ¿con qué símbolos lo expresaríamos? ¿expresan una presencia transformadora? ¿Es la experiencia de una revolución en nuestra manera de ver las cosas y de nuestra vida? ¿o simplemente una rutinaria práctica, mal llamada religiosa?Ω

4o domingo de Adviento

4º domingo de adviento, 23 diciembre 2007
Lect.: Is 7: 10 – 14; Rom 1: 1 – 7; Mt 1: 18 – 24


1. Hoy terminamos un recorrido de 4 semanas de preparación para la Navidad. Empezamos llamando la atención sobre el síndrome de Peter Pan, a nivel espiritual, religioso —la negación a crecer, a ser adulto, a ser maduro, a quedarse estancado en una visión tradicionalista que fue buena para nuestra infancia, que no nos lleva a ser cristianos adultos, maduros. Siguió el llamado a la conversión. No como una invitación a portarse bien o mejor —llamadas que han hecho muchos maestros morales de la humanidad. La llamada a la conversión la vimos más bien como una llamada a creer lo que parece imposible, a dejar de lado esa miopía con la que vemos la vida y a prepararnos para descubrir que el Espíritu de Dios puede realizar cosas maravillosas y revelarnos dimensiones extraordinarias de nuestra simple vida humana. En fin, el domingo pasado veíamos cómo en medio de las angustias de este mundo quien se ha abierto al crecimiento espiritual, quien esta dispuesto a descubrir que la vida humana es más de lo que pensamos que es, realmente transforma tan radicalmente su vida que puede convertirse en un foco de esperanza para los demás.
2. En este último domingo de preparación a la navidad el lugar central del escenario lo ocupa una mujer, María de Nazaret. Una persona presentada en los evangelios como alguien que realmente se preparó, de la manera más cotidiana, para la primera navidad. Se preparó para engendrar dentro de ella al hijo de Dios, no porque perteneciera a una religión que enseñara lo que hoy llamamos el misterio de la encarnación, sino porque tenía esa sencillez de los que creen que el Altísimo puede realizar obras grandes en la pequeñez humana. Toda la disposición de María, toda su fe en el poder de Dios —aun sin formación teológica, sin poder manejar argumentos complicados—, la hacía aceptar con humildad que lo infinito puede nacer en el seno de lo finito. Su fe en Dios la llevaba a tener fe en el ser humano, fe en sí misma y, por eso, a aceptar que quien iba a nacer de ella era el mismo hijo de Dios.
3. María dio lugar a que la Navidad ocurriera y vivió la Navidad mucho antes de que se inventara la Navidad. Por supuesto, no solo en el sentido comercial y folclórico que se le ha dado a esta fiesta. Sino incluso en el sentido teológico, como los primeros evangelistas y luego los teólogos y maestros de las Iglesias han explicado la navidad. Aun antes de que la navidad tuviera ese nombre, y los evangelistas interpretaran el nacimiento de Jesús como la encarnación del Verbo, como la llegada del liberador de la humanidad, María simplemente da testimonio de que Dios puede nacer en el seno de una mujer. No tan solo en el sentido biológico. Sino como puede Dios transformar la vida humana. Como lo dice en el Magnificat, porque ese nacimiento transformó su vida, para que a través de ella su misericordia llegue a todos, para que la fuerza de su brazo disperse a los soberbios, colme de bienes a los hambrientos, y exalte a los humildes. Por eso mismo, María también da testimonio de que puede nacer en cada uno de los demás seres humanos. No en sentido biológico, pero tampoco metafórico. En el sentido real de que podemos en nuestra vida humana, creada, finita, alcanzar la misma plenitud de vida que llamamos la vida divina, haciendo realidad en nuestra vida los contenidos del magnificat. Podemos prepararnos para permitir que suceda esa gracia, ese don gratuito, que Dios se engendre, por decirlo así, en cada uno de nosotros. Es a esto a lo que podemos llamar “nacer de nuevo”. La navidad es la fiesta del nuestro propio nacimiento a la vida de Dios.
4. La celebración de la navidad debería ser primero una iluminación, para descubrir, como María, que esto es posible. Luego, una realización para hacer presente en nosotros la forma de vida de Jesús, hijo de Dios, como fuerza de esperanza.Ω

16 diciembre, 2007

3er domingo de Adviento

3er domingo Adviento, 16 diciembre 2007
Lect.: 35: 1 – 6 a; Sant 5: 7 – 10; Mt 11: 2 – 11

1. Nuestro mundo ha cambiado mucho desde que Isaías escribió el texto que escuchamos hoy. La imaginación no nos da para pensar lo diferente que sería la sociedad de hace 2700 años. Pero hay algo que nos suena conocido. El profeta ve a su alrededor gente con manos débiles, con rodillas vacilantes, dejándose llenar su corazón de cobardía, con temor. Un mundo lleno de problemas que produce innumerables víctimas. Siete siglos después, Juan el Bautista en la cárcel, duda si Jesús es el Mesías que ha de venir y manda a sus discípulos a preguntarle si es él o hay que esperar a otro. Jesús se identifica indicando a quiénes ha venido a traer esperanza: a los inválidos, a los enfermos, a los pobres, a los que están amenazados por la muerte y dice claramente: anuncien a Juan lo que están Uds. viendo y oyendo.
2. El mundo de Isaías, el del bautista, el nuestro, están llenos de víctimas. ¿Qué responderíamos nosotros si, de repente, entrara en nuestro templo un mensajero de todas esas víctimas y nos preguntara: ¿Es a Uds. a quienes estamos esperando? Isaías dijo a los de su tiempo que se fortalecieran porque su Dios llegaba a traerles el desquite, los iba a salvar. Jesús dijo que con su actividad se anunciaba la buena nueva a los pobres; los inválidos y los enfermos recuperaban la salud. ¿Qué podríamos responder nosotros a las víctimas de hoy para que recuperen la esperanza, y se sientan fortalecidas? Hay dos maneras equivocadas de responderles. La 1ª, típica de una teología del pasado, a veces bien intencionada pero incompleta, es decirle a las víctimas: tranquilos, ofrezcan su sufrimiento al Señor, y confíen en que Él les pagará con creces en la otra vida. Repetir hoy este mensaje, sobre todo si se hace desde una posición cómoda, es insultante para los pobres, para los excluidos, para los pisoteados de esta sociedad. La 2ª respuesta errónea es la de decirle a las víctimas:, paciencia, la técnica y la economía tienen todo el poder para resolver sus problemas y los de todos. Es cuestión de más inversiones, productividad, comercio, y luego ¡prosperidad para todos! Esto es erróneo, como lo demuestra la historia y, cuando se hace desde la silla de quienes disfrutan de comodidad y lujo, resulta cínico.
3. Hace pocos días, visito nuestro país el Nobel de la Paz Mohamad Yunus, llamado el banquero de los pobres, por el sistema de microcréditos que diseñó. Cuando la periodista le preguntó si se podía cambiar la situación actual de ricos y pobres respondió: “Sí, por supuesto: es posible replantearla. (…). El concepto actual de economía es muy restrictivo y el negocio es únicamente hacer dinero. El asunto es que se olvida de la gente. Los seres humanos no somos máquinas de hacer dinero, somos más que eso. Somos seres que compartimos y cuya naturaleza es solidaria, y esa parte no es parte de la concepción actual de la economía. Hay que promover una economía donde el negocio esté en hacerles el bien a otras personas. Hay que cambiar el negocio donde a nadie le importa qué pasa contigo, sino solamente qué pueden obtener de ti. Es necesario hacer negocio para hacerle bien a la gente. Eso no es difícil, ese sentimiento está en el corazón de los seres humanos y solo hay que dejarlo aflorar”.
4. La ciencia, la tecnología y la economía son instrumentos muy importantes. Pero si se usan para valorar las personas, así sean los pobres, los discapacitados de nuestras familias, los que son menos apreciados de nuestra sociedad. Son útiles para la sociedad si y solo si son conducidas por unos valores distintos, por una manera distinta de entender y practicar en qué consiste ser humano.. Esta visión de la vida, que ve más allá de la superficie, de lo que es aparente, es lo que construye esperanza con hechos. No se traduce en simples limosnas sino en formas distintas de vivir la vida familiar, laboral, empresarial. Como Yunus así también viven y dan esperanza todos los que han experimentado una espiritualidad profunda y han dejado que aflore y se transforme en sentimientos y éstos en acciones para hacer el bien a la gente. Este es el tipo de respuesta que esperan de nosotros las víctimas. No hay que esperar a nadie más. Aquel que supo con su vida dar buenas noticias a las víctimas, está en cada uno de nosotros. Es cuestión de quitar obstáculos para que él se manifieste.Ω

11 diciembre, 2007

2o domingo de adviento

2º domingo de Adviento, 9 diciembre 2007.
Lect.: Is 11: 1 – 10; Rom 15: 4 – 9; Mt 3: 1 –12

1. El domingo pasado hablábamos de Peter Pan. Recuerdan que era para criticar ese problema psicológico de negarse a crecer y madurar, la tentación de ser eternamente niño o adolescente. Los cuentos, sean los antiguos o los contemporáneos, tienen más enseñanzas, no solo moralejas, de las que uno a veces percibe. En conjunto, hay algo interesante de todos ellos: su capacidad de despertarnos la imaginación, de tocar y revivir esa facultad que todos tuvimos y que conservamos quizás muy escondida, de soñar, de imaginar posibilidades maravillosas para nuestra vida. Madurar, crecer, superar el síndrome de Peter Pan, no tiene que chocar necesariamente con esa capacidad de soñar y de imaginar nuevos mundos. Esta imaginación es la que nos permite luego usar nuestra inteligencia y los recursos de la ciencia de manera constructiva o destructiva. Esta imaginación debería ser la que nos plantee nuevos retos morales y espirituales. Recordemos que, en parte por esto, uno de los más grandes científicos del s. XX, Albert Einstein, decía que la imaginación es más importante que la ciencia.
2. Les invito a volver a leer luego la 1ª lectura, de Isaías. Nos ubica en un mundo maravilloso. No es mágico, como en los cuentos, pero está lleno de símbolos que expresan la confianza en que los seres humanos tenemos capacidades, potencialidades quizás aún no desarrolladas, es más, quizás opacadas o amarradas por deformaciones de la sociedad en que vivimos. Está claro que ese mundo que ve Isaías no es el mundo de la realidad tal y como existe, tal y como la percibimos hoy. Y está claro que los símbolos que utiliza no describe una situación real que podamos construir. Por ejemplo, eso de habitar el lobo con el cordero, la pantera con el cabrito echados juntos, y un chiquillo pastoreando al mismo tiempo un león y un novillo… Son símbolos muy hermosos pero, como tales, reflejan esa capacidad de vislumbrar del profeta, más aún la capacidad, iluminado con la luz del Espíritu de Dios, de descubrir que los seres humanos tenemos potencialidades para saltar a niveles de vida mucho más profundamente humanos, más plenamente vitales, que estos en los cuales nos encontramos inmersos en la sociedad en que vivimos.
3. Cuando uno escucha en la 3ª lectura de hoy, como en otros textos típicos de este tiempo de Adviento, el llamado a la conversión del Bautista, transmitido por Mt, al arrepentimiento, uno tiene la posibilidad de interpretarlo de dos maneras. Una, de forma miope, corta de vista, pensando que a lo único que nos llama es a más de lo mismo, A arrepentirnos de las inevitables faltas individuales, a someternos de forma más estricta a una disciplina moral. Es importante pero muy insuficiente. Pero la otra interpretación profunda, es otra cosa. Lo primero que hace el Bautista es anunciar el Reino de Dios, es decir, ese gran sueño, esa gran utopía de vida humana, pintado simbólicamente por los profetas. Y después a invitarnos a la conversión para entrar a ese Reino, es decir a dejar volar la imaginación para desear y buscar lo aparentemente imposible. Nos invita a abrirnos interiormente para descubrir en nosotros mismos las enormes posibilidades que tenemos de dar un salto a una forma distinta de vivir la vida humana, por la fuerza del Espíritu divino que habita en nosotros. A eso es lo que llamamos conversión. A eso es a lo que se nos llama en Adviento, en preparación de un nuevo nacimiento, de Jesús y de cada uno de nosotros.Ω

1er domingo de Adviento

1er domingo de Adviento, 2 diciembre 2007
Lect.: Am 2: 1 – 5; Rom 13: 11 – 14; Mt 24: 37 – 44


1. La mayoría de nosotros recordamos el cuento y las películas de Peter Pan. Lo que quizás no tenemos claro es que, más allá de las aventuras fantásticas, con Wendy, sus hermanos, Campanita y el capitán Garfio, Peter Pan era un chico extraño por un rasgo muy especial: no quería crecer, no quería llegar a ser adulto y por eso se va al País de Nunca Jamás —y al final se queda ahí—. Por eso, algún psicólogo contemporáneo ha llamado el síndrome de Peter Pan al que padecen algunos jóvenes adultos que jamás quieren salir de casa de los papás, que posponen o son inestables para elegir un oficio, profesión o trabajo, que tratan de manera narcisista de tener de forma indefinida una apariencia juvenil. En fin, de no crecer, de no madurar, llegando a ser lo que uno está llamado a ser. Todo lo contrario de esto es la tarea que los papás y educadores nos planteamos como meta con nuestros hijos y alumnos: ayudarlos a crecer, a madurar, a darse cuenta en qué consiste ser plenamente humano, a darse cuenta del mundo que los rodea, de lo que es la realidad de la vida, de lo que son las responsabilidades ante los efectos que causa nuestra presencia en el mundo y nuestras relaciones con otros.
2. Las frases iniciales de Pablo en el texto de hoy a los Rom nos trasladan esta reflexión al plano de la espiritualidad cristiana: dense cuenta del momento en que viven; ya es hora de espabilarse porque la salvación está más cerca de cuando empezamos a creer. Cuando éramos pequeños, y además religiosamente infantiles, creíamos que la salvación, la presencia de Dios y su acción en nosotros era algo lejano, algo que venía de afuera y que se nos daría al final de los tiempos, en premio o castigo según nos portáramos. Pienso que muchos de nosotros no hemos madurado más allá de esa visión y algunos puede que estén resistiéndose a crecer, a superar esa visión infantil, al fin y al cabo cómoda y que limita la exigencia, como en los niños, a tratar de portarse bien y a pedir perdón cuando nos portamos mal. Por eso, al empezar este período de Adviento, de preparación a la Navidad, Pablo nos dice: dejen de ser Peter Pan, espabílense, dense cuenta de quién es cada uno de Uds., qué esta llamado a ser, en qué consiste ser plenamente humano, cómo la presencia de Dios está más cerca de lo que creíamos de pequeños, y dense cuenta del momento en que viven, del significado de los hechos que suceden, aprendan a ver las cosas, a Uds. mismos y a Dios de manera madura,
3. En la medida en que emprendamos el camino de estas cuatro semanas como una preparación no solo para recordar el nacimiento de Jesús de Nazaret, sino como una preparación para nacer de nuevo a una vida de cristianos maduros, de hombres y mujeres maduros, nos iremos dando cuenta de que podemos sentir con Mt que el Hijo del hombre viene en cualquier momento y en cualquier lugar. No en el sentido de que en cualquier momento puede sobrevenirnos la muerte y encontrarnos cara a cara con Dios; ni solo en el sentido de que al final de los tiempos habrá un encuentro total y definitivo de la humanidad con Él. No. Además creciendo en conocimiento, madurando nuestra manera de percibir la realidad nos daremos cuenta de que en cualquier momento y lugar, podemos experimentar la presencia de Dios en nosotros. La eucaristía en que participamos es un llamado a esta toma de conciencia y a esta vigilancia para no estancarnos en el síndrome de Peter Pan.Ω