30 marzo, 2014

4º domingo de cuaresma

Lect.: I Samuel 16,1b.6-7.10-13 a; Ef 5,8-14; Jn 9,1-41


  1. Cuando el autor de este evangelio escribió el texto que acabamos de escuchar (como 60 años después de la muerte de Jesús), estaba transmitiéndonos algo más profundo y apasionante que la mera narración de una curación de un ciego, -por más que  esta pueda ser llamativa. Lo que nos está contando el autor es la experiencia por la que atravesaron algunas de las primeras comunidades, -las llamadas "comunidades de Juan o "juaninas", experiencia espiritual profunda, que cambió sus vidas y  prácticas y por la cual fueron expulsados de la sinagoga. Igual que Jesús, estos primeros cristianos habían sido judíos siempre. Pero en Jesús encuentran, no una nueva religión, sino un camino nuevo para vivir su fe, que les permite descubrir de manera nueva a Dios y el significado de lo que es la vida humana plena. En el anuncio de la Buena Nueva habían recibido la invitación a seguir el mismo camino de Jesús, a vivir la experiencia de vida humana y divina que Jesús había vivido. El paso que dieron entones fue tan decisivo y transformador que equivalió para ellos al paso de las tinieblas, de la ceguera a la visión y a la luz, y por eso se sienten representados en el ciego de nacimiento sanado por Jesús, Pero, claro, eso les transformaba de tal manera, sobre todo frente a la religión tradicional, que inevitablemente les enfrentaba a los líderes religiosos y llevaba a que estos les expulsaran de la sinagoga.
  2. Cuando hoy en día escuchamos el testimonio auténtico y sincero de hombres y mujeres espirituales como el papa Francisco, nos sentimos sin duda invitados a dar un paso adelante a vivir un cristianismo más conforme con el Evangelio, menos rutinario, menos ritualista, menos paralizado por costumbres mundanas. Cuando Francisco invita a reformar las costumbres de la Iglesia no solo está hablando de castigar severamente la pederastia, o de reformar la administración financiera vaticana, o la burocracia de la curia romana. Más allá de eso está invitándonos a todos en la Iglesia a adoptar una actitud como la de Jesús de enfrentamiento ante el poder o idolatría del dinero, ante el poder político utilizado como beneficio de unos pocos y opresión de muchos. Y se nos está invitando a cuidar de los débiles y oprimidos y de sacar a los pobres de su sufrimiento. Se nos está. Invitando, entonces, como a aquellas primeras comunidades, a redescubrir lo que es Dios, el Dios de Jesús, y a redescubrir el valor de la vida humana plena.
  3. Pero este texto evangélico nos está advirtiendo al mismo tiempo, que aceptar esta invitación puede llevarnos ahora no a ser expulsados de la sinagoga —a la que no pertenecemos—, pero sí a ser excluidos y no aceptados, incluso perseguidos, pero no por ateos y no creyentes, sino por los que pretendidamente religiosos se resisten a aceptar la necesidad de una reforma de la religión y de la iglesia, y apegados a formas obsoletas y funcionales a sus intereses, prefieren seguir diciendo que ellos son los que ven aunque estén ciegos, como dice el evangelio.Ω

23 marzo, 2014

3er domingo de Cuaresma

Lect.:  Ex 17,3-7; Rom 5, 1-2.5-8;  Juan 4,5-42

  1. Por tradición o por convicción, o por ambas cosas mezcladas, venimos al templo estos domingos de cuaresma, para recorrer juntos un camino de preparación a la fiesta central del cristianismo, la Pascua. Y como parte de esa preparación repetimos lecturas, prácticas y reflexiones como hemos hecho otros años. Y de repente, una vez más, nos topamos con este episodio de la mujer samaritana a la que Jesús habla en el borde del pozo. Es un episodio de gran riqueza temática y vivencial, pero del que vamos a fijarnos solo en un interesante aspecto. Si lo observamos con atención, escucharemos una situación curiosa y que podría resultar hasta divertida: Jesús habla  en un nivel y la samaritana le entiende en otro. Jesús habla de "agua viva" y la mujer le pregunta como va a sacar agua del pozo si ni siquiera trajo balde; a ella le preocupa la discusión entre samaritanos y judíos sobre el lugar correcto para dar culto a Dios, y Jesús, en cambio,  no le habla de lugares, ni de religiones, sino de cómo el culto verdadero es el que se hace movidos por el Espíritu y la verdad. Es como si hablaran dos idiomas o como si estuviera ella distraída, sin captar lo que Jesús quiere decir.  El mismo autor de este evangelio ya nos había presentado una situación parecida en la conversación entre Nicodemo y Jesús. Jesús le hablaba de nacer de nuevo, y Nicodemo le preguntaba cómo era posible volver a entrar en el vientre de su madre. 
  2. Se comprende este tipo de confusión. A Jesús lo que le interesa es abrirle los ojos, —tanto a la samaritana, como a Nicodemo, como a sus discípulos—, a un nivel profundo de la realidad humana, a ese nivel que para captarlo y expresarlo es necesario trascender, ir más allá de la visión normal de las cosas, y más allá de lo que el lenguaje ordinario puede expresar.
  3. La lección es válida para nosotros hoy.  Jesús desea que quienes le escuchamos lleguemos a descubrir ese nivel de vida profundo en el que nuestro ser se enraíza en la misma vida de Dios. Es el nivel que solemos llamar de la "vida espiritual". Y para referirse a ese nivel, que trasciende el lenguaje y visión ordinaria, Jesús, como todos los maestros espirituales tiene que usar símbolos, metáforas, parábola, alegorías, en fin, formas de lenguaje o de gestos que nos dejen pensando, que nos señalen la dirección en la cual buscar, pero sin decirnos exactamente cómo es ese nivel de realidad buscado.
  4. El problema de la Samaritana, o de Nicodemo, o de otros discípulos era que se quedaban pegados en los ejemplos sugerentes, en los conceptos religiosos de la época,  en la expresión simbólica, en la materialidad de las palabras y no podían dar el salto para abrirse al nivel que quería Jesús que descubrieran y, sobre todo, que experimentaran. Es oportuno, a la mitad de este tiempo de preparación de la Pascua, preguntarnos si no estaremos afectados por el mismo problema de la samaritana y de los otros discípulos. Si cuando hablamos, por ejemplo, de la Pascua, o de la Pasión, o de la Cena del Señor, o del bautismo, nos habremos quedado ”parqueados”, si no habremos perdido la capacidad de trascender las palabras y los conceptos religiosos tradicionales, quedándonos pegados en un símbolo o en una metáfora, sin llegar a descubrir el contenido de vida humana y divina al que se refieren. Relativizar doctrinas aprendidas, ponernos en actitud de búsqueda personal, podría ayudarnos a volver a descubrir en esta próxima pascua la frescura del mensaje de Jesús que nos lleva a experimentar la vida del Espíritu en cada uno de nosotros

16 marzo, 2014

2º domingo de cuaresma

Lect.: Génesis 12,1-4ª; II Timoteo 1,8b-10; Mateo 17,1-9

  1. Qué difícil nos resulta descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos! Dicho de manera más general, que  incluya también a quienes no son creyentes, qué difícil descubrir la presencia del Bien en medio de experiencias que consideramos negativas, de destrucción, de perdidas, de enfermedad o de muerte. Nuestra actitud humana normal, cuando estamos en un apuro, en un sufrimiento, en el dolor de una separación o de lo que vemos como un fracaso, es la de gritar del fondo de nuestro corazón pidiendo auxilio, y en la actitud cristiana, pedir que Dios nos libre de este mal que nos ahoga. Es lo normal. Lo que se nos hace difícil en esas circunstancias, es descubrir la luz en medio de la oscuridad, la verdad a través del error, la paz, el amor en medio de conflictos o tensiones. Ciertamente, nuestra percepción de las cosas es corta, muy inmediata y muy limitada.
  2. Cuando nos topamos con este relato del evangelio, que nos describe a esos tres discípulos deslumbrados por una percepción extraordinaria de lo que era Jesús, tenemos que entender que lo que se nos quiere expresar no es tanto un acontecimiento histórico, que tuvo lugar en un momento dado sino, más bien, con metáforas de luminosidad, de vestidos blancos y de voces del cielo el texto nos refiere a un momento de madurez espiritual, de crecimiento al que llegaron estos tres discípulos a lo largo de su vida y que les permitió descubrir, más allá de los hechos cotidianos en su relación con Jesús, más allá de las apariencias normales y corrientes de aquel obrero de Nazaret, la presencia, el rostro mismo de Dios. Ahí donde los vecinos solo habían visto al “hijo del carpintero”, ahí donde otros discípulos se habían sentido escandalizados por la palabras o el comportamiento de Jesús, ahí donde los sumos sacerdotes, dirigentes políticos y parte de la muchedumbre, solo podía ver a un reo que pagaba sus delitos en la cruz, o un predicador alborotero y soñador, estos tres discípulos crecieron interiormente y llegaron poco a poco, y sobre todo después de la Pascua, a descubrir trasparentada en Jesús la presencia luminosa de Dios en la vida de aquel joven judío y en sus propias vidas.
  3. Este crecimiento espiritual que recorrieron Pedro, Santiago y Juan, es el mismo en el que todos nosotros hemos sido iniciados y en el que somos invitados a avanzar. San Pablo nos recuerda en 1 Cor 13: 18 que ahora vemos oscuramente, como en un espejo, pero que llegará el momento en que conoceremos a Dios como hoy somos conocidos por él. Y en 2 Cor 3, 18 dice también Pablo que todos nosotros, que “con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa imagen cada día más gloriosos; así es como actúa el Señor, que es Espíritu”.  Esa es la extraordinaria meta de nuestra vida, no solo llegar a descubrir la presencia de Dios en todas las cosas de la creación y en las situaciones de la historia de cada uno de nosotros, sino llegar a transformarnos plenamente en imagen del mismo DiosΩ.

09 marzo, 2014

1er domingo de cuaresma.

Lect.: Génesis 2,7-9; 3,1-7; Romanos 5,12-19; Mateo 4,1-11

  1. Con este texto, conocido como "las tentaciones de Jesús"—, Mt, igual que Mc y Lc, quieren presentar a sus comunidades una síntesis de lo que fue el reto permanente de Jesús, a lo largo de su vida y que va ser también el reto permanente de toda comunidad cristiana. Jesús, con su bautismo, empieza a cobrar conciencia de su vocación al servicio de una nueva manera de ser y de relacionarse los seres humanos, llamado el "reino de Dios". Empieza a comprometerse y a avanzar en esa dirección pero no por un camino llano y sin tropiezos. Todo el tiempo se verá asediado por fuerzas que lo empujan en otras direcciones, que lo incitan a construir la comunidad humana y la vida de las personas, no como “reinado de Dios”, sino bajo la conducción del dinero, del poder de dominación política e incluso por el poder de dominación religiosa. 
  2. Esas otras direcciones son las que los evangelistas presentan a sus comunidades y a cada uno de nosotros como advertencias de peligros a los que no hay que sucumbir. Pan, poder y milagros simbolizan en esta narración esos tres “poderes diabólicos” con los que Jesús y nosotros somos tentados. Evidentemente no se refiere a los bienes materiales como tales, sino a la idolatría de los mismos los que los convierten en poderes diabólicos. “Idolatría” es decir, hacer de la ganancia financiera, o del poder de dominación sobre los demás —política o religiosa—, el centro, lo más importante en la propia vida, al punto de subordinar todas las demás cosas a esos propósitos.  
  3. Para dar este mensaje Mt usa el lenguaje y modos de pensar de su época, —que puede sonar fantasioso, extraño— pero, al mismo tiempo, nos da pistas para saber cómo traducirlos. Con el contenido de cada tentación nos damos cuenta de que nos está hablando del "diablo" no como popularmente se le ve, como el "Cachudo", o el "Pizuicas" sino como esas tres principales fuerzas que se oponen a Dios, el poder político, el poder económico y el poder religioso, repito, no por lo que son en sí mismos, no porque sean malos, sino porque con frecuencia se distorsionan y se comportan de manera idolátrica, como dice a cada rato el papa Francisco. Se tiene una actitud idolátrica cuando se  olvida que el poder, los bienes materiales, incluso la religión no son un fin en sí mismos, —y mucho menos el valor supremo— sino que deben estar al servicio de las personas para que éstas sean más personas, más libres, más abiertas a la comunicación y al diálogo, expresión de la vida divina de la que somos gratuitamente partícipes
  4. Construir la sociedad a base de dominación y sometimiento de los seres humanos, permitiendo la acumulación desenfrenada del dinero, del poder político o religioso, priva a las personas, a las grandes mayorías, de la libertad para ser plenamente humanos. Este enfoque y esta práctica son los que Jesús rechaza. Su misión no usa nunca el anzuelo de prosperidad material, solucionando la necesidad  de pan, de manera clientelista, para ganar adeptos. Ni intenta la imposición de leyes y logro de orden público por la fuerza. Ni recurre a prácticas religiosas a base de hechos espectaculares para seducir irracionalmente a la gente, con seguidores sumisos y temerosos que no piensan. Todo esto lo rechaza Jesús.
  5. Y a cada tentación Jesús responde con la Palabra de Dios. La palabra de Dios es creadora de vida y libertad, como nos lo recuerda el relato de la creación de la primera lectura. El servicio al reino de Dios conlleva el esfuerzo para que la comunidad humana esté integrada por personas que cada vez sean más plenamente personas, libres, abiertas a la comunicación y al diálogo, expresión de la vida divina de la que somos gratuitamente partícipes. Orientar la vida a lograrlo, fue la misión de Jesús y es a lo que se nos invita a colaborar.
  6. Para los que queremos ser discípulos de Jesús, la superación del reto de esas tres tentaciones no puede ser distinta de la que practicó el  Maestro. Empezamos este tiempo de cuaresma para reflexionar y decidir cómo reorientar nuestra vida personal y familiar, nuestra vida laboral y nuestra proyección social y política sin caer en la triple trampa de esas “idolatrías”. No es una reflexión teórica, sino ligada a nuestra disposición al cambio, a nuestra conversión para renacer, recreados por la Palabra poderosa de Dios, a una vida nueva en la próxima Pascua.Ω

02 marzo, 2014

8º domingo t.o.

Lect.: Is 49,14-15; I Cor  4,1-5; Mt 6,24-34

  1. Cuando recordamos cómo era la Palestina en que vivía Jesús y cómo era la multitud de los primeros seguidores del Maestro, nos vemos forzados a preguntarnos a qué se refiere Jesús cuando dice:  "no estén agobiados por la vida, ni preocupados por la comida y el vestido y la vivienda". Porque, si somos sinceros, a primera impresión, estas frases no suenan nada bien. No solo se las está dirigiendo a gente empobrecida, y sufrida, sino que es gente que diariamente puede ver a los sacerdotes del Templo, con sus riquezas, y a los saduceos, que habían concentrado la propiedad del trigo, del vino y del aceite, que habían desposeído a los antiguos pequeños propietarios campesinos de una tierra que Yavé había entregado a todo el pueblo y no a una élite. Decir a esa pobre gente, en esa situación, "no se agobien", le hace a uno preguntarse, ¿está hablando en serio?, ¿será que está pensando en una providencia de Dios que va a hacer llover maná y toda clase de bienes desde el cielo para resolverles sus necesidades? ¿O que les está pidiendo conformismo? Porque, si no es así, en ese contexto, ese tipo de recomendaciones suenan incluso bastante cínicas. Y Nada más lejos de Jesús que el cinismo, es decir, la defensa desvergonzada de  situaciones inaceptables.
  2. ¿Qué está queriendo decir Jesús, entonces? Para entenderlo, no debemos olvidar que este texto, como los que hemos leído los últimos domingos , son parte del Sermón de la Montaña, en el que Jesús enuncia su programa de vida y misión al servicio del reino de Dios. Y estar al servicio del Reino, como nos lo recuerda hoy mismo, es no estar al servicio del dinero, sino que es trabajar sin descanso por transformar las relaciones humanas de tal manera que sean regidas por la fraternidad, el servicio, la solidaridad, y no por el instinto egocentrado de acaparamiento, y la despreocupación o la indiferencia ante los que sufren. Está claro para Jesús, que vivir como vivían los sacerdotes del templo o los saduceos o los dirigentes políticos judíos de entonces, de espaldas al pueblo, y pretender, al mismo tiempo, formar parte del reino de Dios, es una contradicción. No se puede servir a dos señores, al reino de Dios y al imperio del interés financiero.
  3. Los pobres y oprimidos, y las clases medias que padecen estrecheces, podrán dejar de preocuparse por sus propias angustias, en la medida en que el esfuerzo común por ir creando una sociedad nueva vaya avanzando, en la medida en que la conciencia de nuestra identidad común vaya creando redes de relaciones que arropen, que den apoyo y fortalezcan a quienes padecen serias limitaciones, a quienes sufren soledad y falta de apoyo, para ir creciendo en capacidades que les permita vivir una vida más humana. Es en la construcción que hagamos de un mundo de nuevas relaciones donde se manifiesta la providencia del Padre de todos.
  4. Consolar a alguien que sufre falta de alimentos, que ha perdido su vivienda o empleo, o también a quienes han pasado por una tragedia, un accidente, o la pérdida de un ser querido; tratar de aliviar a quien está estresado, —agobiado, como dice el evangelio—, solo tiene sentido cuando completemos las expresiones que solemos usar, tales como "lo siento mucho", o "no te preocupés, ya superarás este momento", las completemos con actitudes que dejan claro que pueden contar con nosotros para mejorar la situación que provoca su sufrimiento. Es decir, cuando vamos saliendo de nosotros mismos, de nuestro egocentramiento, y damos oportunidad a quienes sufren de experimentar la generosidad y la providencia de Dios a través de su relación con nosotros.Ω