02 marzo, 2014

8º domingo t.o.

Lect.: Is 49,14-15; I Cor  4,1-5; Mt 6,24-34

  1. Cuando recordamos cómo era la Palestina en que vivía Jesús y cómo era la multitud de los primeros seguidores del Maestro, nos vemos forzados a preguntarnos a qué se refiere Jesús cuando dice:  "no estén agobiados por la vida, ni preocupados por la comida y el vestido y la vivienda". Porque, si somos sinceros, a primera impresión, estas frases no suenan nada bien. No solo se las está dirigiendo a gente empobrecida, y sufrida, sino que es gente que diariamente puede ver a los sacerdotes del Templo, con sus riquezas, y a los saduceos, que habían concentrado la propiedad del trigo, del vino y del aceite, que habían desposeído a los antiguos pequeños propietarios campesinos de una tierra que Yavé había entregado a todo el pueblo y no a una élite. Decir a esa pobre gente, en esa situación, "no se agobien", le hace a uno preguntarse, ¿está hablando en serio?, ¿será que está pensando en una providencia de Dios que va a hacer llover maná y toda clase de bienes desde el cielo para resolverles sus necesidades? ¿O que les está pidiendo conformismo? Porque, si no es así, en ese contexto, ese tipo de recomendaciones suenan incluso bastante cínicas. Y Nada más lejos de Jesús que el cinismo, es decir, la defensa desvergonzada de  situaciones inaceptables.
  2. ¿Qué está queriendo decir Jesús, entonces? Para entenderlo, no debemos olvidar que este texto, como los que hemos leído los últimos domingos , son parte del Sermón de la Montaña, en el que Jesús enuncia su programa de vida y misión al servicio del reino de Dios. Y estar al servicio del Reino, como nos lo recuerda hoy mismo, es no estar al servicio del dinero, sino que es trabajar sin descanso por transformar las relaciones humanas de tal manera que sean regidas por la fraternidad, el servicio, la solidaridad, y no por el instinto egocentrado de acaparamiento, y la despreocupación o la indiferencia ante los que sufren. Está claro para Jesús, que vivir como vivían los sacerdotes del templo o los saduceos o los dirigentes políticos judíos de entonces, de espaldas al pueblo, y pretender, al mismo tiempo, formar parte del reino de Dios, es una contradicción. No se puede servir a dos señores, al reino de Dios y al imperio del interés financiero.
  3. Los pobres y oprimidos, y las clases medias que padecen estrecheces, podrán dejar de preocuparse por sus propias angustias, en la medida en que el esfuerzo común por ir creando una sociedad nueva vaya avanzando, en la medida en que la conciencia de nuestra identidad común vaya creando redes de relaciones que arropen, que den apoyo y fortalezcan a quienes padecen serias limitaciones, a quienes sufren soledad y falta de apoyo, para ir creciendo en capacidades que les permita vivir una vida más humana. Es en la construcción que hagamos de un mundo de nuevas relaciones donde se manifiesta la providencia del Padre de todos.
  4. Consolar a alguien que sufre falta de alimentos, que ha perdido su vivienda o empleo, o también a quienes han pasado por una tragedia, un accidente, o la pérdida de un ser querido; tratar de aliviar a quien está estresado, —agobiado, como dice el evangelio—, solo tiene sentido cuando completemos las expresiones que solemos usar, tales como "lo siento mucho", o "no te preocupés, ya superarás este momento", las completemos con actitudes que dejan claro que pueden contar con nosotros para mejorar la situación que provoca su sufrimiento. Es decir, cuando vamos saliendo de nosotros mismos, de nuestro egocentramiento, y damos oportunidad a quienes sufren de experimentar la generosidad y la providencia de Dios a través de su relación con nosotros.Ω

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