30 octubre, 2016

31º domingo to. Las relaciones de justicia, ámbito del encuentro con Dios

Lect.: Sab 11:22--12:2; Sal 145:1-2, 8-11, 13-14; II Tesal 1:11–2:2; Lc 19:1-10

  1. En el lenguaje religioso, —sobre todo en las predicaciones en la iglesias—, abundan ciertas frases que luego todos repetimos de tal manera que acaban marcando nuestras creencias y comportamiento. Así, por ejemplo, cuando usamos a menudo expresiones como tal cosa es “ofensa a Dios”, o “pecado contra él”; o cuando nos obsesionamos con implorar el perdón divino, arrepentidos, quizás no de algo muy concreto sino de “haberle ofendido” por “lo pecadores que somos”, … Detrás de estas formas de hablar y otras parecidas pareciera que hay una manera de pensar en un Dios bravo y ceñudo, soberano en lo alto, aunque al mismo tiempo, muy susceptible ante los errores o flaquezas humanas que le ofenden.  Por otra parte, en esa misma visión se piensa de los humanos como criaturas rebeldes y que, continuamente, cometen acciones contra la divinidad y, por lo mismo,  indignos de recibir la visita divina, mucho menos de participar en la misma vida de Dios . Todo ese enfoque configura un comportamiento de los y las cristianas. En cambio, la escena de hoy, en que Zaqueo se encuentra con Jesús, da pie para entender de otra manera lo que en el evangelio de Lucas se entiende por pecado y por arrepentimiento. Una manera de entender que da lugar a una actitud más adulta y constructiva del cristiano.
  2. Si el domingo pasado, en la oración en el Templo, un fariseo despreciaba como pecador a un recaudador de impuestos para los romanos, hoy es toda una multitud que, a pesar de estar agolpándose entorno a Jesús en su subida a Jerusalén ahora murmuran de él de por ir a alojarse en la casa de un hombre muy pecador, —no solo recaudador, sino jefe de recaudadores de impuestos para los extranjeros, los ocupantes romanos. Tres cosas, al menos, hay que destacar en la lectura. Primero, en la figura de Zaqueo. El evangelista constata que, incluso en un pecador público y despreciado, existe la capacidad de abrirse a la sanación interior y a la reintegración social y comunitaria. Y reconoce Lucas, que esa capacidad de apertura se expresa y constata en acciones de reparación de justicia —y no en meros discursos y golpes de pecho piadosos de arrepentimiento.
  3. Segundo, en la actitud de Jesús, el texto de Lucas permite ver dos rasgos importantes: Uno, el trato respetuoso a la dignidad de aquel hombre pecador. Esto se ve porque no presenta a Jesús humillándolo, poniéndolo de rodillas sino, por el contrario,  declarando que la iniciativa de esa reparación de justicia que manifiesta Zaqueo sale de su corazón mismo. Porque, “ también éste es hijo de Abraham”, como todos los otros que ahí se encuentran,  incluyendo a los que estaban murmurando.      No puede esperarse una actitud distinta de parte de Jesús, que tan alta estima tiene de la condición humana al punto que, una vez más en este pasaje, se refiere a sí mismo como “hijo del hombre”, es decir, como alguien plenamente humano. El alto grado de ese mismo aprecio y confianza por lo humano, queda transparentado en el reconocimiento de que es en esa capacidad de cambio de su vida donde se manifiesta la presencia salvadora de Dios. En todas las acciones que está comprometido a hacer para reparar injusticias “ha llegado la salvación a esta casa”.
  4. La riqueza de este texto da pie para comentar otros temas, — por ejemplo, sobre la posibilidad de conversión de un rico que en otros textos de Lucas siempre aparece como algo que es muy difícil que suceda. O conectar, de nuevo, como el domingo pasado, con la tendencia de la debilidad humana, de despreciar a otros para tratar de fortalecer la propia autoestima. O algo más profundo, todavía. Tratar de sacar las consecuencias del hecho de que Jesús, al hablar de sí mismo no se aplica títulos divinos, sino que se autovalora como “hijo del hombre”. ¿En qué sentido, entonces, podemos pensar que también cada uno de nosotros,  —“hijos de hombre” y “nacidos de mujer”, como dice san Pablo  de Jesús (Gál 4:4)—, estamos llamados a hacer el mismo camino, las mismas obras de Jesús  e incluso a hacer cosas mayores (Jn 14,12)?  Son temas para quedar reflexionando esta semana y para ampliar en otro momento. Pero, para hacer breve este mensaje de hoy, limitémonos a lo dicho, subrayando, por una parte, cómo la visión reflejada en el texto de Lucas de hoy, podría cambiar nuestra manera de entender  lo que llamamos “pecado”, verlo más como ruptura a los deberes de justicia con nuestros semejantes, más que como ofensa un tanto abstracta a un Dios allá en lo alto.  Y, por otra parte, de manera correspondiente a esa manera de entender el pecado, la reinterpretación del arrepentimiento, como un  cambio de comportamiento en las relaciones sociales, más que como un mero sentimiento interior de culpa.
  5. Este tipo de enfoque, en la medida en que lo hagamos nuestro, sin duda haría cambiar nuestras prácticas religiosas. Nos haría más conscientes de la capacidad interior que siempre tenemos de sacar lo mejor de nosotros mismos a pesar de cargar con un montos de fallos y a pesar de la insistencia de algunos que tratan de hacernos sentir desvalorizados delante de Dios . Y nos ayudará a entender el ámbito de las relaciones justas con los demás como un espacio privilegiado de encuentro con la divinidad, que siempre está ahí a nuestro alcance.Ω

23 octubre, 2016

30º domingo t.o.: Subir, bajando el piso a los otros

Lect.: Eclo 35:12-14, 16-18; I Tim 4:6-8, 16-18; Lc 18:9-14

  1. Siempre tenemos que contextualizar los textos evangélicos y leerlos desde nuestra realidad actual. Para actualizar la parábola que acabamos de oír, no nos podemos dejar llevar por el título con que tradicionalmente se la conoce, —“parábola del fariseo y el publicano”, que le fue dada por editores posteriores—, porque eso nos traslada a otro tiempo muy lejano y un escenario muy distinto de los nuestros, —hoy no nos vamos a encontrar publicanos y fariseos por la calle. Es más, tampoco nos debemos dejar llevar por la figura de dos personas que suben al templo a orar, pensando que se trata de una enseñanza sobre la oración, porque no lo es tampoco, directamente. Para entender su sentido fijémonos, más bien, en los destinatarios de la enseñanza. Jesús se dirige, dice Lucas, “a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás”.  Justos, perfectos, intachables o simplemente “superiores”. Aquí sí me parece que podemos conectar con un tema que es del tiempo de Jesús y del nuestro, —y quién quita si no es de todas las épocas, aunque en unas situaciones más que en otras. Ese tema es el de la vieja tentación de querer afirmar el valor propio a costa de rebajar el de los demás. Dicho de otra forma, pretender destacar a base de considerar que los otros no me llegan ni al tobillo. Hoy día se le llama a esta  tendencia la de querer invisibilizar al otro, a otros, a otros grupos distintos del mío.
  2. Los ejemplos, o malos ejemplos, abundan en todos los campos, —no nos da tiempo más que para mencionar unos pocos, y sería enriquecedor que luego cada uno de Uds. pensaran en otras actitudes semejantes que hayan experimentado y en la forma como se nos cuelan en la vida de nuestra sociedad. Empecemos por una que sabemos que se oculta detrás de las actitudes machistas en nuestra sociedad: impulsan las oportunidades —laborales, educativas, políticas,…— para los varones y las niegan iguales a las mujeres, para poder construir un mundo de dominación masculina, donde sean los hombres, en sentido restringido de género, los que sigan destacando sin competencia. Nos consta que se da también en deporte, donde la “súper estrella” que se considera el mejor del mundo no desaprovecha la ocasión de ver por encima del hombro a su rival y al equipo de su rival. Se da en política,  cómo no, cuando el o la dirigente de un partido que no ha podido destacar por méritos propios, se dedica a bajar el piso a los de los otros grupos, resaltando los errores reales o imaginarios que cometen.
  3. Pero se da además, en nuestra vida cotidiana. Empezando por la educación que recibimos en casa o en la escuela, que más que consistir en un autodescubrimiento de los propios valores para desarrollarlos, nos metía en una carrera competitiva para dejar a los otros atrás, en notas y en supuestos éxitos.  Pero, resulta quizás peor cuando, ya fuera del ámbito escolar, en nuestras relaciones ordinarias, con respecto a gente que le cuesta más la vida, que tienen más problemas y menos oportunidades que nosotros,  y que, por eso, han destacado menos que nosotros, aunque no decimos que los despreciamos, o subestimamos, —no lo decimos porque se ve feo, porque no es “políticamente correcto”— pero de hecho pasamos por alto sus necesidades, indiferentes ante lo que podríamos hacer por apoyarlos para que surjan; en una palabra, los ignoramos o invisibilizamos.
  4. Los psicólogos tienen interesantes explicaciones para estos terribles fallos de personalidad que llevan a querer construir la propia identidad y la propia posición social a base de poner por el suelo a los demás o, al menos, de ignorarlos. Estos analistas u observadores del comportamiento humano, nos hablan del “desprecio activo” que puede provenir paradójicamente de una falta de autoestima, o bien o de una engañosa autopercepción que los hace adoptar una actitud arrogante, autosuficiente, a menudo solapada o disfrazada de una cierta amabilidad paternalista con aquellos a los que consideran inferiores.  En ambos casos, solo pueden reforzar la propia identidad, reduciendo a nada a los demás. 
  5. Pero también nos hablan de “desprecio pasivo”, que consiste en tratar a los demás, en la práctica, como si no nos importaran. Es la actitud detrás de la cual se esconde   el no mirar a los demás como seres humanos iguales a nosotros, con necesidades, reclamos e intereses tan válidos como los nuestros. Y llegar a actuar para construir una política, una economía, una sociedad, solo a la medida de nuestros intereses individuales o de grupo.
  6. El evangelio, aunque no nos da explicaciones psicológicas sí nos hace reconocer el problema, —como en la parábola de hoy, o en la del invitado que cogió primer puesto en la cena. Nos hace ver cómo, incluso, esta indiferencia o desprecio por los demás, conectado con un egocentrismo, puede colarse incluso en las prácticas religiosas y en la oración, poniéndolas a nuestro servicio.
  7. Pero, sobre todo, el evangelio nos invita a construirnos de una manera diferente. sobre el reconocimiento de que todo lo que tenemos es fruto de la gracia de Dios, recibido de la generosidad de muchas otras personas que hemos topado en nuestra vida, a nivel personal o a nivel público, como de los que han levantado una sociedad y unos servicios públicos para beneficio de todos, —una educación, una salud, públicas. “Todo es gracia”, decíamos hace un par de semanas. Por eso nadie puede jactarse de lo que es o lo que tiene, ni verlo como absolutamente propio; no podemos hacerlo, y menos aún para despreciar a quienes, igual que nosotros, dependen de que sepamos administrar los dones recibidos para que la gratuidad de Dios y sus obras sea para beneficio de todos.Ω

16 octubre, 2016

29º domingo t.o. Orar, para ensanchar nuestro corazón

Lect.: Éx 17:8-13; Salmo 121:1-8; II Tim 3:14–4:2; Lc 18:1-8

  1. No es suficiente decir que en los evangelios se nos anima a “orar sin desafallecer”. Aunque parezca de respuesta demasiado evidente, hay que preguntarse que se quiere decir por “orar”. En cada época, en cada lugar, las personas nos acercamos a la Sagrada Escritura con diferente visión, diferente madurez y, además, cada cual según nuestra diferente edad y formación. Por eso tenemos también formas distintas de leer un mismo tema bíblico. Eso pasa, también, con este de la oración. Se puede ver incluso solo fijándonos en las lecturas de la liturgia de hoy.
  2. En la 1ª lectura, el libro del Éxodo refleja un período de una religiosidad bastante ruda, cuando el pueblo hebreo ve a su Dios como el “Señor de los ejércitos”, y lo que le interesa es pedirle para que le conceda poder acabar con sus enemigos y destruirlos “a filo de espada”, como de hecho lo hicieron en el caso narrado hoy de enfrentamiento con los amalecitas. Para lograr este propósito tan poco humanitario es que orientan su oración.
  3. En el salmo,  se expone otra posición un tanto diferente de los antiguos judíos, aunque todavía está presente en el fondo un ambiente de enfrentamientos bélicos: lo que el autor implora de Yahveh es la protección constante de todo daño.  Más parecido a prácticas de plegarias en nuestra religiosidad popular.
  4. En el evangelio Lucas muestra, al menos dos y quizás tres posiciones. No recuerdo si alguna vez anterior hemos mencionado que en los textos evangélicos pueden identificarse varias “capas” sucesivas en el proceso de su composición y escritura. En este de Lucas, aparentemente, hay dos, al menos, aparte de la tradición oral previa. Una, corresponde a una parábola pronunciada originalmente por Jesús, —la de la viuda que reivindica sus derechos frente al juez injusto e irresponsable que no quiere atenderla— ; en esta parábola el Maestro quiere recalcar la importancia de orar para que Dios acabe con las situaciones de injusticia, sobre todo con los más débiles, como era el caso de la viuda. En otra capa, posterior,  que parece ser un añadido de la comunidad de Lucas, se generaliza el tema de la necesidad de la oración sin relacionarlo con los problemas de injusticia, y más bien pegándolo con que la falta  de fe es la que puede hacer fallar la oración.
  5. A nosotros, a distancia de siglos, nos ha tocado vivir en una sociedad moderna, en la que de ninguna manera nos imaginamos a Dios como un dios guerrero que nos ayuda contra nuestros enemigos; pero tampoco lo pensamos ya como un ser distante, allá muy arriba, al que debemos convencer para que nos mande premios y bendiciones. Sabemos, más bien, que estamos inmersos en él, —en Dios somos, nos movemos y existimos—, y que compartimos la vida divina de manera que nuestro reto y necesidad mayor es identificarnos cada día más con lo que ya somos. Es por eso que oramos. No para informar a Dios de lo que ya sabe, sino que oramos para entender mejor quiénes somos, y lo que debemos desear y pedir para nuestra realización plena. Por eso decía san Agustín en una Carta que en la oración  “nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear sus dones, para que así nos hagamos más capaces de recibirlos.” Es decir, sus dones, —sobre todo la vida  y el amor divinos de los que ya participamos—  son muy grandes, y nuestra capacidad de recibirlos a menudo es pequeña e insignificante. Por eso, la oración apunta a ensanchar nuestro corazón de manera que podamos más plenamente entrar en comunión con el Dios que habita en nosotros y ser capaces de proyectar en nuestras relaciones humanas y con la naturaleza esa vivencia de comunión, —en particular con quienes más sufren la marginación y el los bloqueos para su realización humana.Ω

09 octubre, 2016

28º domingo t.o.: Todo es gracia

Lect.: II Reyes 5:14-17; II Timoteo 2:8-13; Lucas 17:11-19


  1. George Bernanos fue un gran autor literario, dramaturgo y novelista francés que falleció en 1948. En sus obras se refleja muy bien el aspecto trágico de la vida humana, en permanente lucha contra múltiples manifestaciones del mal. No hay necesidad hoy en día de recurrir a obras literarias solo para constatar la gran cantidad de sombras que oscurecen la vida del planeta y que nos atormentan a muchos de nosotros: injusticias y desigualdades que produce la economía, guerras, y otras muchas formas de violencia callejera y doméstica… Pero si me refiero a este autor es porque tiene una novela muy famosa titulada “Diario de un cura rural”. El protagonista es un sacerdote débil, que a las enfermedades que padece se le juntan las hostilidades de gentes de la aldea donde ejerce su ministerio, lo que le hace vivir envuelto en sufrimientos. No haría falta recurrir a un personaje de ficción literaria para hablar de vidas cargadas de penalidades en diverso grado como, sin duda, Uds. y yo conocemos. Pero el aporte de Bernanos, que me hace traerlo a esta reflexión dominical y nos hace pensar, es el final de la novela mencionada. Viéndole morir a raíz de su grave enfermedad, quien acompañaba al sacerdote manda llamar al Vicario de una parroquia vecina para que le administre los últimos sacramentos. Sin embargo, la agonía no da ya más tiempo y el acompañante le comunica al moribundo que no le llegará  a tiempo ese consuelo sacramental. Entonces, apenas como un suspiro, las últimas palabras del cura rural, son: “¡Qué más da! ¡Todo es gracia!
  2. Esta frase de Bernanos ha sido innumerables veces citada y nos ha impactado, más aún en su contexto, a muchos cuando leímos el relato. Pero una consecuencia se impone. Si todo es gracia, don, regalo, en nuestra vida todas nuestras actitudes y sentimientos deberían ser siempre, en toda circunstancia, de agradecimiento. Ese es el mensaje de Lucas este domingo. En el camino a Jerusalén, es decir, a la culminación de su vida, Jesús cura a diez leprosos. De ellos, solo uno cobra conciencia de que es Jesús quien le ha curado, el samaritano, y es el único capaz de volverse para dar gracias.  En tan breve relato el evangelista establece con claridad, en primer lugar, la diferencia entre lo que sería tan solo una actitud creyencera e interesada, de quien anda en busca de milagros como hechos portentosos para deshacerse de males que lo afectan personalmente, y otra actitud, la de fe, liberadora, que no solo logra curarse, sino que más en profundidad alcanza sanar interiormente. Esta es la actitud que  transforma y que permite descubrir, ver el don, la gracia de Dios en cualquier situación de la vida por la que se esté atravesando. Y permite ser siempre agradecido.
  3. Sin duda que este mensaje suena hermoso, pero podemos preguntarnos, ¿quién puede vivir de esta manera? ¿tal vez solo gente heroica? ¿cómo nosotros, las personas corrientes podemos mantener una actitud constante de agradecimiento y repetir que “todo es gracia” cuando cada uno de nosotros cargamos con muchas cosas negativas y hasta destructivas? Quien más quien menos, todos llevamos no solo algunos sufrimientos presentes, sino —sobre todo quienes somos de mayor edad— sentimos que nos pesan errores de la vida pasada, fallos e infidelidades  que ya no podemos revertir. Esto quizás nos tortura. Y también sin necesidad de escarbar mucho reconocemos que permanecen en nosotros resentimientos por heridas recibidas que hemos tratado de olvidar pero siguen haciéndonos daño, …  Entonces ¿cómo tener esa actitud de ver todo como gracia, en nuestro presente y en nuestro pasado? No es fácil responder, pero vale la pena atender al relato de Lucas. Ahí la respuesta nos la da el propio leproso samaritano. Cierto, su piel quedó limpia, y podría reintegrarse socialmente una vez que se someta a la declaración de purificación de los sacerdotes del Templo. Sin embargo, eso no le hará olvidar sus sufrimientos experimentados por los múltiples rechazos experimentados por su exclusión. Y tampoco cambia su otra discriminación, que seguirá experimentando por extranjero, por no judío. Seguirá cargando con esos y otros pesos negativos. A pesar de ello Lucas proclama que ya está salvado, no solo curado. Y lo que lo ha salvado es su fe, —se lo dice el propio Jesús. Esta fe es lo que cambia entonces su manera de ver y de enfrentar las vicisitudes de la vida. Como decíamos el domingo pasado, la fe es el músculo, el motor, la fuerza para atravesar tempestades, para hallar el rumbo en medio de las normales oscuridades de la vida y para seguir viviendo la aventura de la vida con confianza y alegría, a pesar de nuestra condición de criaturas débiles. O precisamente, una vez más, manifestando en nuestra debilidad la presencia de lo divino. Quizás la principal de las gracias es precisamente esa, la de descubrir con la visión de la fe, con la luz que nos proporciona, que detrás de cualquier sombra, detrás de desastres, golpes y heridas, siempre hay nuevos caminos, para seguir mirando la vida sin enojo, y para reconocer nuestra capacidad de realizar una acción transformadora. Por eso es que la actitud del agradecimiento, que expresa nuestro reconocimiento de la omnipresencia de la gracia, nos permite volver a descubrirnos y a valorarnos, —a nosotros mismos  y a los demás. Ω