02 octubre, 2016

27º domingo t.o. La fuerza de lo pequeño

Lect: Habacuc 1:2-3; 2:2-4; II Timoteo 1:6-8, 13-14; Lucas 17:5-10


  1. Quiero compartirles un párrafo que escribió hace más de 70 años un hermano de mi Orden, dominico,  cuando trabajaba en un libro para impulsar a los cristianos a una acción transformadora. Dice así: "Embarcarse. No se sabe con qué navíos se va a encontrar, cuáles tempestades habrá que enfrentar, en cuáles puertos se deberá descansar. Se parte sin tener todo previsto, y donde se llega.  Pero nada de esto  impide la partida."
  2. Con un tono literario, en un estilo de animación juvenil, pienso que el autor, el padre Louis - Joseph Lebret,  estaba describiendo el carácter de aventura que tiene para todos nosotros la decisión de vivir la vida dejándonos llevar por la inspiración de Jesús. A lo largo de los años vamos descubriendo que cada uno tiene su propio llamado, que en ningún caso alcanzaremos las metas que nos propongamos sin pasar por dificultades imprevistas, que rara vez acertaremos a la primera con las opciones correctas, que tendremos fallos a menudo y a veces más necesidad de descansar que de seguir luchando. Es decir, nuestra vida tiene, en ese sentido, el carácter de aventura Y, si a pesar de todos estos rasgos de la existencia humana, cristianos y cristianas decidimos partir y andar por el camino del evangelio, se debe no a razonamientos y planeamientos muy precisos, sino a la fuerza de un motor poderoso, un "músculo" como lo expresa un predicador. Es lo que el evangelio llama la "fe". No nos proporciona una senda que podemos recorrer con el pleno conocimiento de que cada paso  es el más racional, el más correcto. No lo hace porque no nos quita nuestro carácter humano y falible. Solo nos da la fuerza para caminar pese a la incertidumbre y a la imposibilidad de contar con el conocimiento pleno de lo que se nos viene por delante. 
  3. Esto es así porque la fe cristiana no consiste en un conjunto de doctrinas aceptadas, en una serie de verdades sobre la realidad superiores a la ciencia, como a veces se piensa. Tampoco es una técnica para realizar actos mágicos como mover una colina o un árbol y tirarlo al mar. Estos no son más que comparaciones metafóricas que utilizan Lucas o Mateo para expresar la enorme fuerza que tiene ese "músculo" con el que todos contamos, aunque quizás no todos lo hayamos descubierto y no lo hayamos empezado a ejercitar. La fe es la fuerza para atravesar tempestades, para hallar el rumbo en medio de las normales oscuridades de la vida y para seguir viviendo la aventura de la vida con confianza y alegría. Es elocuente en ese sentido el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos cuando describe lo que fueron capaces de hacer los patriarcas y otros hombres y mujeres del Antiguo Testamento, movidos por esa “plena certeza de las realidades que no se ven”, como llama a la fe el autor de la Carta . En una visión más contemporánea yo diría que es una plena certeza de una dimensión de la vida que no resulta evidente pero no por eso es menos real. Por nuestra parte, los cristianos hemos podido descubrir que esa fuerza existe en nosotros y que con ella contamos. La hemos descubierto cuando la vemos puesta en acción en el propio Jesús y en muchos otros hombres y mujeres que, aunque no fueran cristianos ni “religiosos” en el sentido tradicional, experimentaron la expresión de lo divino en su propia humanidad, y comprobaron que se manifiesta de forma extraordinaria en la debilidad de lo ordinario. Esas son, probablemente, las fuentes de esa fuerza que llamamos fe, porque nos permiten experimentar nuestra vida sólidamente fundada, como una realidad valiosa y estable que está en Dios y en Él se mueve y existe. Se trata de una experiencia tan profunda de esa unión de lo temporal humano con lo trascendente divino que lleva al propio Lucas, en el libro de los Hechos (17:28), a asumir la audaz afirmación de que somos de la raza de Dios”.  
  4. De allí que, en el mensaje de hoy no se trata de decirnos que, como aquellos discípulos, pidamos que se nos aumente la fe, sino de despertar y descubrir que esa semilla de mostaza ya todos la tenemos, y solo  hay que dejar que desarrolle todo su potencial en la vida cotidiana.Ω

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