27 agosto, 2017

21º domingo t.o.: Dos preguntas interconectadas: Quién es Jesús para mí; quién pienso que soy yo


Lect.: Isaías 22:19-23; Romanos 11:33-36; Mateo 16:13-20


  1. Una pregunta como esta que hoy nos hace Jesús, es evidente que no la formula porque él tenga dudas acerca de sí mismo, o porque padezca una crisis de identidad. La pregunta va dirigida, más bien, a cada uno de sus discípulos, a cada uno de nosotros, para que nos auto examinemos. Directamente, para que tomemos conciencia de lo que significa Jesús para cada uno. Y, detrás de eso, para que tomemos conciencia de nuestra propia identidad: según lo que yo crea que es Jesús,  se manifiesta lo que creo quién soy yo, qué es lo que ando buscando en esta vida y, en relación con eso, qué es lo que ando buscando en Jesús de Nazaret. El interrogante sobre Jesús es de tal trascendencia para un cristiano que no es de extrañar que revele cosas importantes de nuestra propia identidad. Quién es Jesús para mí, me da a conocer bastante de lo que soy. Una cosa está implícita en la otra. Por supuesto ue, para que así sea, no son preguntas de carácter teórico sino vitales, existenciales. No se trata, pues, de un examen, de un quiz de clase de catequesis para encontrar la respuesta formal correcta, sino de una pregunta y una respuesta  a nivel existencial, que impliqua nuestra propia vida.
  2. Uno podría contestar sobre lo que es Jesucristo, desde el nivel formal, doctrinal, recurriendo a títulos y fórmulas tradicionales. En esa línea podríamos decir, por ejemplo, Jesús es la segunda persona de la Santísima Trinidad encarnada; el hijo de Dios hecho hombre, el nuevo Moisés, el mesías hijo de David… hay una larga serie de títulos que podríamos darle. Pero si nos quedamos en ese nivel, consciente o inconscientemente nos estaríamos evadiendo, no estaríamos captando el sentido que Jesús da a la pregunta. Esta quiere decir, más bien, “¿para Uds. qué significo yo, qué significa mi vida, mi modo de ser y de relacionarme con los demás, tal y como Uds. lo han captado desde que están conmigo?” Y detrás de esa pregunta, la otra ineludible: “Si Uds. están conmigo, porque me ven de una determinada manera, ¿qué piensan de lo que son Uds. mismos? ¿qué es lo que andan buscando en la vida?
  3. En el texto de hoy, Pedro responde reflejando su fe y su expectativa judía, y confiesa a Jesús como Mesías. Es una respuesta formal, muy judía que, por eso, quizás no nos toca muy a fondo. Está iniciándose apenas en la novedad del Evangelio y para expresar sus experiencias religiosas y espirituales tiene que recurrir a categorías del ámbito judío. Dentro de este la expectativa de un “Mesías”, de un liberador del pueblo de Israel, era muy importante. Pero, en cambio,  para nosotros, que no nos movemos ya en ese ambiente y que tomamos muchos de esos conceptos judíos, tan solo como antecedentes históricos, muy antiguos, del cristianismo, hay otro texto más significativo que toca más el sentido de nuestra existencia, donde el mismo Pedro, tiempo después de la resurrección, iluminado ya por la Pascua, responde de una manera distinta a la pregunta de lo que era Jesús para él. Según lo relata el sirio Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro está reunido con un grupo de paganos que han venido a buscarlo para que les comparta el mensaje cristiano. Pedro, entonces, describe lo que para él fue la vida de Jesús diciendo que Dios anunció la Buena Noticia de la paz por medio de Jesús y que El pasó haciendo el bien y curando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él (Hechos 10: 36 y 38). Es decir, ahora les presenta a Jesús con los rasgos que más le habían impactado mientras anduvo con él y ahora la luz del Resucitado se los destaca: para él Jesús es un mensajero de la buena nueva de la Paz y un hombre que pasó su vida haciendo el bien. Pedro había visto a Jesús  todo el tiempo, en todo lugar, haciendo el bien y liberando a los oprimidos; así cuando lo vio dando pan a quienes tenían hambre, devolviendo la salud a los enfermos y liberando de sus angustias a quienes se sentían apresados por el espíritu del mal. Está claro que esto fue lo que de Jesús marcó la vida de Pedro y que, si así lo marcó, no era solo porque era lo más notable que percibió de Jesús, sino porque su propia personalidad le hizo sentir atracción por estos rasgos de Jesús. Al mismo tiempo que esas experiencias definían a Jesús, también definían a aquel pescador como un hombre sensible ante los sufrimientos de la gente. Descubriendo a Jesús en su entrega a los demás, descubre sus propias aspiraciones profundas y por eso lo toma como Maestro, como camino de vida. No está buscando una “nueva religión”. Ni una vinculación a una nueva organización.  Busca realizar sus aspiraciones más hondas y en el modo de vida de aquel Galileo descubre una senda para lograrlo.
  4. ¿Quién decimos hoy que es Jesús para la vida de cada uno de nosotros? La respuesta la debe dar cada uno de manera personal, aunque la descubriremos, probablemente, en el entorno en que vivimos, porque al examinar nuestro mundo de relaciones con los demás, verificaremos si estamos o no siguiendo a ese mensajero de paz y teniendo como compromiso fundamental el hacer el bien con todos lo que lo necesitan. ¿Quién digo yo que es Jesús para mí? Tengo la disyuntiva de evadirme del fondo del interrogante contestando con una frase doctrinal o descubrir, más bien,como Pedro, que mi vida ha sido marcada a imagen y semejanza del Jesús que pasó haciendo el bien a los que sufrían carencias de humanidad. Lo descubro a él de esta manera y descubro así lo mejor de mí mismo.Ω

20 agosto, 2017

20º domingo t.o.: Una fe que no es monopolio de religiones

Lect.: Isaías 56:1, 6-7; Romanos 11:13-15, 29-32; Mateo 15:21-28

  1. A lo mejor muchos de los que oyeron esta reflexión y quienes la están leyendo ahora, andan muy bien de conocimientos de geografía pero, por si acaso  a algunos nos hace falta el repaso, empecemos recordando dónde quedaban Tiro y Sidón y preguntémonos si era posible que Jesús se hubiera desplazado a esos lugares, como parece sugerirlo Mateo.  El país de Tiro y Sidón, al que se refiere el este texto evangélico sirio, de Mateo, era la antigua Fenicia y es el actual Líbano. Las dos ciudades que llevan los nombres mencionados, quedaban en la costa mediterránea, hacia el sur de la actual Beirut, en dirección a Israel. Todavía existen en el mapa libanés. El evangelista no quiere decir que Jesús llegara tan lejos de la Tierra Santa. Lo que le importa es hacer ver que el Maestro estaba entrando en territorio de paganos, probablemente en alguna aldea limítrofe entre Fenicia e Israel donde coexistían judíos y no judíos y ahí se le acerca una cananea, una sirofenicia. Este detalle, aparentemente tan intrascendente, marca el escenario del relato y nos permite encontrar el sentido del mensaje.
  2. Para los judíos piadosos y, sobre todo, para los más ortodoxos, solo ellos, los de la religión de Moisés, eran elegidos por Dios. Y debían de mantenerse a distancia de los que no pertenecían a su pueblo. Entonces los que, por circunstancias históricas, cohabitaban con paganos, veían muy mal a éstos, como lo expresa  la dura frase utilizada por Mateo, que contrapone los hijos a los perros; y se comprende que experimentaran muchas tensiones sociales, culturales y religiosas, por el modo de pensar y prácticas tan diversas. En la Costa Rica de hoy, nosotros no hemos tenido experiencias de convivencia  en situaciones semejantes tan difíciles. A lo sumo, aunque no en grado tan extremo, (ni siquiera tan extremo como en los Estados Unidos de la era Trump, o en amplios sectores de la Unión Europea podemos pensar en los choques culturales que a veces sentimos ante costumbres distintas de grupos inmigrantes, por ejemplo, de los nicaragüenses; o ante grupos de costarricenses con modos de pensar diferentes a los del grupo o clase social donde estamos ubicados. Se da así, por ejemplo, cuando compatriotas más conservadores se enfrentan a quienes pertenecen al movimiento en defensa de la diversidad sexual, a los que  no solo ven de forma negativa sino que los descalifican como no partícipes de los “valores costarricenses”.
  3. Estos contextos nos permiten comprender la intención del relato de la mujer cananea, o fenicia. Pidiendo un gran favor a Jesús, —la curación de su hija—, recibe una primera negativa de él; en vez de amedrentarse la mujer le contra replica y, la cosa termina cuando Jesús se deja convencer por ella y llega a alabar su “enorme fe”. Con esto se deja claro un mensaje central del evangelio. Lo podemos expresar de manera doble: primero, diciendo que, como sucede con esta pagana en medio de judíos, la presencia y el poder de Dios pueden estar manifestándose  en personas vecinas a nosotros, en colegas de trabajo, en compañeros de estudio, aunque piensen y vivan de modo radicalmente distinto a nuestro propio modo de pensar y practicar
  4. En segundo lugar, el hecho de que de esta mujer Jesús diga que grande es su fe, nos hace ver que el poder transformador de la fe en Dios, —tan resaltado en diversos pasajes evangélicos— no es patrimonio exclusivo de ninguna religión, ni de la judía, ni siquiera de la nuestra. Es un don de Dios a todos los hombres y mujeres. La universalidad del llamado de Dios, empieza a mostrarse en este texto de hoy, superando posiciones como la del texto de Isaías que en la eucaristía  de hoy aparece como primera lectura. En Isaías se abre a que otros extranjeros puedan acercarse al Monte Santo, a Jerusalén, y que su Templo, sea casa de todos. Todavía se da un judeo – centrismo, una religión nacionalista. Con Jesús, llega el día, en que ya no se dirá que a Dios se le da culto aquí o allá, sino que será un solo “culto”, en otro sentido, el que unirá a todos los seres humanos, “en Espíritu y en verdad” como lo recuerda el evangelio de san Juan (4: 20 – 24). De ahí que de personas de otras culturas y costumbres, de otras religiones o sin religión, como era esta cananea para los judíos, también podemos aprender y dejarnos inspirar de los valores que tienen.  De hecho el texto de hoy hace ver cómo el propio Jesús aprendió de la mujer y fue capaz de superar sus propias limitaciones culturales, que muestra al inicio del encuentro.  Es notable la actitud del Maestro que no intenta en ningún momento convertir, atraer a la mujer al judaísmo ni a su propia visión religiosa.  Aun si este pasaje fuera producto bastante independiente de la comunidad mateana, y no fuera un hecho histórico de la vida de Jesús, refleja el rápido cambio que se va produciendo en las primeras comunidades cristianas, en su actitud respecto a los no cristianos, y a los no judíos.
  5. Este es el tipo de cambio y de aprendizaje que necesitamos muchos católicos y católicas ticas: abrirnos a la tolerancia y a la comprensión de quienes son distintos de nosotros, de lo que creemos y pensamos. Estas actitudes son indispensables si es que en serio queremos construir comunidades fraternas en nuestro país

13 agosto, 2017

La fe: 24 hrs de dudas y un minuto de esperanza

19º domingo t.o.
Lect.: I Reyes 19:9, 11-13; Romanos 9:1-5; Mateo 14:22-33

  1. Cada domingo, en la Eucaristía, después de que decimos juntos el Padrenuestro, y de que hemos pedido al Padre que nos libre de todo mal, habrán notado que yo pido luego que nos libre “de todo miedo y toda cobardía”. Son tantos los peligros y riesgos que enfrentamos en la vida contemporánea que la mayoría de nosotros, por no decir la totalidad, vivimos con miedos y cobardías, entre pecho y espalda, aunque tratamos de ocultarlos, para no “darnos el color”, sobre todo los varones. Son miedos y cobardías que van desde los más superficiales —como el miedo a un accidente, a un asalto, o a perder la  buena imagen, a ser víctima de un chisme…—, hasta los más profundos, —como el miedo a la culpa que cargamos por errores del pasado; al fracaso, laboral, de estudios o de vida de pareja; a no dar la  talla en un puesto o en un encargo que nos han hecho; aa que perdamos el control de los peores instintos y hagamos una barbaridad…—, o a que la vida no tenga sentido, con tantas cosas negativas que a lo mejor nos afectan. Y cobardías, o faltas de valor para enfrentar injusticias, para defender a los más débiles, para perdonar y reconciliarnos, o para buscar la construcción de estilos de vida alternativos al de esta sociedad individualista e injusta en que nos encontramos.
  2. En la época de Jesús también los discípulos, las primeras comunidades cristianas, como el resto de gente de su tiempo, cargaba con sus propios miedos y cobardías. Muchos eran parecidos a los nuestros. Otros, más propios de aquellas sociedades con menor comprensión del funcionamiento del mundo, más bajo nivel educativo y un todavía escaso desarrollo científico y técnico.  Todo ese conjunto de cosas que les inspiraban temor y a los que no se atrevían a enfrentar, Mateo, y los otros los evangelistas, como era la creencia generalizada, lo simbolizaban con  el agua profunda, con el mar del que se desconocían sus niveles inferiores y el que se imaginaban poblados por monstruos extraños, mitológicos
  3. De ahí que ver a Jesús caminando sobre las aguas y la petición de Pedro de hacer lo mismo, expresan simbólicamente el anhelo de tener una vida humana sin inseguridades, de contar con la capacidad de traspasar las muchas limitaciones de nuestra vida. Esta imagen del caminar sobre las aguas, con sentido parecido, no era exclusiva de los evangelios. Aparece, aun antes de la literatura cristiana en escritos helenísticos, en otros del antiguo Egipto y en los jatakas budistas, o cuentos que narran experiencias pasadas por el Buda en su camino  a la iluminación. Y lo que resulta interesante, es que en todas esas tradiciones espirituales se consideraba el símbolo de caminar sobre las aguas como característico de los dioses o de héroes divinos, a los que se llamaba “hijos de Dios” por ese dominio que mostraban.
  4. Para cumplir ese anhelo de tener una vida humana que vence esos peligros del “abismo marino”, Mateo presenta la fuerza de la fe en Jesús pero con dos rasgos que conviene no perder de vista. El primer rasgo, Mateo nos lo da al hablar de una fe que experimenta la trascendencia, es decir, la presencia amorosa de Dios en Jesús en medio de la tempestad, de las necesidades, de las angustias, de los sufrimientos. No tiene Mateo ninguna creencia en que para alcanzar la “otra orilla”, el encuentro con Dios, haya que llegar a una situación ideal, sin problemas, un mundo color de rosa. “La otra orilla”,  en sentido original, es el otro lado del lago de Genesaret. Pero en el contexto del evangelio, contiene un valor simbólico múltiple que va más allá de lo geográfico e incluso de lo étnico – religioso que alude a los paganos del otro lado del lado.  Mínimamente es, además, la invitación a no instalarse, a no seguir buscando a Jesús y lo religioso por intereses materiales, apegados solo al “pan” multiplicado, a las riquezas y el poder, y el confort que estos permiten. Y más allá, esa otra orilla es también el encuentro pleno con la trascendencia divina, en sentido espiritual. En la tradición hindú, védica, transmitida por el poeta y espiritual Rabindranath Tagore, la otra orilla, ese encuentro trascendente, está en esta orilla. Lo que es otra forma de expresar el mensaje de Mateo sobre la presencia de Dios en medio de nosotros.
  5. El segundo rasgos es que se trata de una fe que es esa confianza que nos infunde el Espíritu de Jesús y nos permite ver la pequeña chispa de luz en medio de la oscuridad, nos permite armarnos de confianza, aun rodeados de dudas. Nos permite avanzar y reconocer la “otra orilla”, mientras nos encontramos en las situaciones incluso más difíciles de la vida cotidiana.  Es quizás, por eso, que un famoso autor francés del siglo pasado, dijo que la fe es “veinticuatro horas de dudas y un minuto de esperanza”. La frase se retoma en el excelente filme franco – polaco, “Las Inocentes” (2016), dirigida por Anne Fontaine, para dar luz en medio de los horrores de la Guerra y de las violaciones que sufren en 1945 unas monjas benedictinas, víctimas de partisanos rusos que se suponía las liberaban de los nazis.  Pero ese minuto de esperanza es definitivo para vivir con fortaleza otros horrores que amenazan nuestro mundo y nuestra  vida diaria.  Ω

06 agosto, 2017

Fiesta de la Transfiguración… de la transparencia de lo que ya somos

Lect.: Daniel 7:9-10, 13-14; II Pedro 1:16-19; Mateo 17:1-9

  1. Hemos estado escuchando en domingos anteriores, parábolas transmitidas por Mateo, en particular en su capítulo 13.. Con la parábola del sembrador, hace unas semanas, Mateo nos hablaba de la universalidad de la presencia de Dios, en todo tipo de terrenos, representando todo tipo de personas, de culturas, de situaciones, sin discriminación ninguna. Luego, con la parábola del trigo y la cizaña, el siguiente domingo, se nos representaba la habitual situación de ambigüedad en que vivimos y que nos causa incertidumbre a la hora de tomar decisiones. No es fácil discernir lo correcto según el evangelio, de lo que no lo es, porque en lo exterior y apariencia muchos comportamientos y, sobre todo, discursos, se parecen y se confunden. De ahí que en otra parábola, ya hace ocho días, el evangelista consideraba que, al modo de Salomón, el cristiano aspira a tener la sabiduría que le permite descubrir que el tesoro y la perla, es decir, lo más valioso de la vida, que se refiere a la fuerza transformadora de Dios no tenemos que angustiamos por buscarla en ninguna parte, porque está en nosotros mismos y en nuestro entorno.
  2. Con esta línea del mensaje calza perfectamente el relato simbólico que Mateo nos trae hoy,  conocido como relato de la transfiguración. Aunque no es tanto un relato de sucesos que tuvieron lugar en un lugar y momento determinados. Más bien el texto nos quiere transmitir lo que, probablemente, fue una experiencia espiritual de Pedro, Santiago y Juan, una experiencia que nos habla más que de la transfiguración de Jesús, de la transfiguración que estos mismos  discípulos experimentaron, descubriendo en sus vidas el rostro luminoso de Dios, la luz de la Buena Noticia de Jesús, que les permitía ir configurándose progresivamente con el Hijo amado, con el Hijo del Hombre, el plenamente humano, participando de su misma vida divina.
  3. La forma como está construido el relato, y los símbolos que usa, apuntan a orientarnos para entender la dinámica de nuestra propia vida cristiana como la integración en una sola realidad de una experiencia espiritual y nuestra experiencia cotidiana, con sus altibajos, sus limitaciones y sufrimientos, y con sus alegrías y realizaciones. Mateo quiere dejar claro, —en lo que es posible, con el lenguaje que usa—, que aunque la vida de cada uno de nosotros está ya realmente sumergida en la vida de Dios, la posibilidad de que se haga transparente la experiencia luminosa de esa realidad, es muy excepcional. Esa plenitud de vida humano divina es muy real, pero otra cosa es poder experimentarla de manera habitual. De ahí que la tentación de Pedro de contar en la cumbre del monte con unas “chozas”, unos espacios de reconocimiento permanentes de nuestra condición divina, no es sino eso, una tentación que quiere renunciar a nuestra vocación de hacer presente esa a Dios en y desde nuestra condición humana, para construir la sociedad, el mundo, conforme a la Buena Noticia del Reino. Como si fuésemos seres angélicos. Por eso, san Agustín, ya en el siglo IV,  regaña a Pedro en un vigoroso sermón (Sermón 78, 6) diciéndole, “«¡Desciende [del monte], Pedro! . ¡Anuncia la palabra! ¡Insiste a tiempo y a destIempo! ¡Acarrea! ¡Cosecha!.. ¡Trabaja! ¡Suda! ¡Aguanta penalidades! .. Desciende para trabajar en la tierra, para servIr en la tierra, ser desprecIado, crucificado en la tIerra. […] ¡No busques lo tuyo' ¡Ten amor! ¡Anuncia la verdad! Entonces llegarás a la eternIdad, donde encontrarás la certeza!». Es otra forma de decir eso que supone un reto a nuestra comprensión: que la eternidad la experimentamos en el tiempo, que la certeza la obtenemos en medio de la incertidumbre. Que la vida plena se inicia y realiza en esta vida, no en otra distinta y posterior.
  4. Si la subida al monte simboliza la dimensión de oración de nuestra vida personal y comunitaria, (otro evangelista nos dice que jesús subiób al monte con sus amigos "a orar"), en la que cobramos conciencia de nuestra transfiguración continua, el descenso del monte expresa que ese encuentro pleno con Dios solo se da en la realidad cotidiana, cuando la vivimos dejándonos interpelar por la práctica de Jesús que nos asimila y nos compromete en su seguimiento. Es en esa práctica, y no en ninguna experiencia espectacular y extraordinaria. como iremos descubriendo nuestra identidad personal y comunitaria,  la realidad humano divina que somos.Ω