26 agosto, 2012

21º domingo t.o., 26 de ago. de 12


Lect.: Josué 24, 1-2a. 15-17.18b, Efesios 5, 21 – 32, Juan 6, 60-69

  1. Hoy se termina este paréntesis de cinco domingos en los que el discurso y debate sobre Jesús como “pan”, que proporciona Juan, completó la lectura de Marcos que corresponde este año. Hay un par de rasgos que llaman la atención sobre el cierre de esta reflexión. Lo primero es que, cuando Jesús  concluye lo que para nosotros, siglos después, resulta un mensaje  luminoso, en muchos de sus discípulos en ese momento solo provoca crítica y reacción negativa, por considerarlo un “mensaje duro”. En un contexto como en el que se escribe el evangelio de Juan, de enfrentamiento con los judíos, sorprende que los que se oponen al mensaje de Jesús provengan de sus propios discípulos y no de los adversarios.  Las palabras del Maestro no suavizan para nada la tensión que se produce, al recalcarles que muchos de ellos no creen. Luego, el evangelista constata que “muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él”. Y lo más sorprendente, es que en vez de desanimarse o lamentarse por ello, Jesús, a los doce que le quedan todavía les interroga, "¿También ustedes quieren marcharse?"
  2. Nada que ver esta situación con la que en nuestro tiempo suele crearse en torno a las iglesias. Más de una vez me pregunta alguna persona bien intencionada, “¿no le preocupa que se estén yendo gentes de nuestra iglesia  a  los “evangélicos”?  Y dentro de la propia jerarquía y clero se entiende, a veces,  la necesidad de una “nueva evangelización”, como la forma de atraer de nuevo “al redil” a muchos de los que han ido alejándose de la Iglesia católica.  Pareciera que se extiende una preocupación por el número de afiliados, por el número de sacerdotes y religiosos, por la fuerza de las multitudes que pueden congregar los viajes papales, …  Pero ¿por qué estas preocupaciones?  Pareciera que se da un contraste con la actitud de Jesús cuando parte de sus discípulos deciden no seguirlo más y tomar otro camino.  Jesús viene a servir y no a ser servido, a ser “pan” que los demás puedan comer libremente. Lo que le importa, como en esta ocasión lo capta bien Pedro, es poder ofrecer palabras que den a todos la vida del Eterno. Nada más lejano de Jesús que el autoproponerse como gran protagonista, como fundador de una institución que busque ser grande y poderosa y que ignore o subestime a las demás tradiciones espirituales como vías de realización humana.
  3. Del Concilio Vaticano II, cuyo 50 aniversario estamos conmemorando, salió una imagen remozada de una Iglesia servidora, que no se presenta como la institución única dentro de la cual hay que estar para salvarse , enfrentada al mundo considerada como negativo, en competencia con las demás tradiciones religiosas de la humanidad. Se presenta más bien como una comunidad que es parte de ese mundo, —de sus gozos y sus angustias, de sus sufrimientos y sus esperanzas—, al que quiere ayudarle a descubrir a Dios en su propio corazón, en la propia dinámica de la vida humana.  Pero una cosa es esa “imagen remozada” salida del Concilio, y otra la práctica eclesiástica real en las décadas que han seguido. El peso heredado de siglos en los que la Iglesia tuvo en Occidente una posición de enorme poder político y económico no se sacude tan fácilmente. La tentación de pensar en la comunidad de Jesús ante todo como una institución grande y poderosa permanece entre nosotros. El ponernos al servicio de la vida, de los pobres y excluidos, el hacernos “pan” como Jesús, exige de quienes seguimos dentro de la Iglesia una verdadera conversión.  Esto es lo que debería realmente preocuparnos y no el número de los que se van y los que se quedan.Ω

18 agosto, 2012

20º domingo t.o., 19 de agosto de 2012


Lect.: Prov. 9: 1 – 6; Ef 5: 15 – 20; Jn 6: 51 – 58

  1. En la famosa novela de ciencia ficción, de Robert Heinlein, “Extraño en tierra extraña” (1961), los marcianos han desarrollado una extraordinaria capacidad de conocimiento por la cual, una persona al conocer a otro puede convertirse en parte suya. Pierde en cierta forma su identidad individual, y se funde, se integra con  el otro. El verbo que expresa esa acción, inventado por el autor, es cercano para ellos a “comer” y “beber”, en cuanto es una función de asimilación mutua. Y es la forma más elevada de relación entre ellos, empática e intuitiva de mutuo enriquecimiento. Por supuesto, para la población terrestre esta “facultad marciana” resulta tan rara e incomprensible como para un ciego de nacimiento los colores. Sobre todo para una sociedad individualista, consumista y altamente mercantilizada como la que se autoimpulsa aún más a partir de la segunda parte del siglo XX.
  2. El evangelio de Juan no es “ciencia ficción”. Pero también se refiere  a realidades superiores y profundas y para expresarlas utiliza un lenguaje simbólico que nos puede resultar tan ajeno que preferimos la vía fácil al esfuerzo por abrirnos a su comprensión. La eucaristía de aquellas comunidades era una forma de expresar con símbolos y gestos la relación de comunión que asumían con la persona de Jesús. “Carne”, “sangre”, “cuerpo”, no eran para ellos sino la forma de referirse a la persona entera de Jesús. “Comerlo” y “beberlo” no era la materialidad de masticar un trozo de pan y beber un poco de vino en una liturgia, sino que la cena es el signo de fundirse en uno solo con la forma de ser de Jesús, con su forma de relacionarse con los demás, de actuar, de trabajar, de amar, de sufrir y de morir. Era un “salto”, —también como en la novela de Heinlein— de una identidad individualista, egocentrada, a reconocer o descubrir  una identidad nueva, más amplia, en la que “nos hacemos uno solo” con Jesús, con los demás y, por esa redefinición personal, con Dios mismo. De ahí  la radicalidad de las expresiones que Juan pone en boca de Jesús: el que “lo come”  “habita en mí y yo en él”. Y la identidad de vida a partir de ese momento cambia de tal manera que puede decir que es una sola y la misma cosa el flujo de la vida entre el Padre, Jesús y cada uno de nosotros.
  3. Pero también en este caso, ese nivel de realidad se ha vuelto tan incomprensible para nuestro modo de ver habitual, como para un ciego de nacimiento los colores. Estamos tan acostumbrados a pensar de nosotros mismos como entidades separadas, incluso antagónicas, en activa competencia por la supervivencia y el éxito, que hasta la práctica eucarística la sometemos a esa visión. Y la transformamos, cuando no en mero acto de culto, en una especie de “recompensa” individual, de “manjar de los ángeles” , de un “don sagrado” que se nos entrega, “alimento privilegiado” para seguir “creciendo en santidad” cada uno por su cuenta. Es una visión desde nuestro “viejo yo”, interesado, incapaz de entender que si de verdad creemos que Jesús habita en nosotros, esta convicción tiene que quebrar nuestra identidad individualista, y debemos creer, también de verdad, que nosotros mismos nos convertimos para los demás en “carne” y “sangre”, en “comida y bebida”, en personas que se entregan mutuamente, para que la vida plena se comunique y manifieste en todos y en todo.Ω

12 agosto, 2012

19º domingo t.o., 12 de ago. de 12


Lect.:  I Reyes 19,4-8; Efesios 4,30-5,2; Juan 6,41-51

  1. Esta “excursión” que ha hecho la liturgia desde el evangelio de Marcos al de Juan a pesar de venir de un contexto polémico ajeno a nuestros días, puede ofrecer detalles interesantes. Pasar del episodio de la multiplicación de los panes al tema de llamar “pan” a Jesús se ubica en el ambiente de discusión de la época entre judíos tradicionales y el nuevo grupo de cristianos. Para aquellos el “pan”, la fuente de vida espiritual, era la Ley guardada en el Santuario del Templo, administrada por sacerdotes, interpretada por especialistas. Para los cristianos de la comunidad de Juan, en cambio, la fuente de vida, el pan, el agua, la luz, el camino, se había “salido del espacio sagrado” y se presentaba en una forma tan humana, tan ordinaria, tan cercana —en la forma de vida de un vecino, Jesús, a cuyos padres todos conocían—, que  no parecía creíble como manifestación de Dios. Nada que ver con el poder, la majestuosidad del Templo de Jerusalén.
  2. Nosotros estamos muy distantes de aquella polémica judeo cristiana. Pero puede que estemos afectados por una actitud similar a la de entonces y que tengamos la tendencia a seguir buscando lo sagrado, y el encuentro con Dios, fuera de la vida ordinaria, fuera  de las prácticas de servicio y entrega asumidas por muchos hombres y mujeres “para vida del mundo”. Es llamativo: nos resulta más “fácil” a los católicos aceptar que el pan (eucarístico) es Jesús, que reconocer que Jesús es “pan”, porque esto último equivale a afirmar que sus acciones, su modo de vida, la calidad de su entrega, en la medida en que los repliquemos, son lo que nos “sirve de alimento”, lo que nos humaniza más plenamente.  “Ser pan” —Jesús y cada uno de sus discípulos— es entregarse y dedicarse a construir una comunidad de mesa, en la que haya vida abundante para todos.
  3. Nuestro cerebro y nuestra mente son tan “tramposos” que prefieren ignorar, por comprometedora, esta afirmación de que “Jesús, (su modo de vida), es pan”, y prefieren atraer nuestra atención solo a la afirmación eucarística, —“este pan es Jesús”—  que nos traslada de nuevo al espacio del templo, al momento litúrgico, fuera de la vida cotidiana. Por supuesto que no debería haber contradicción, si lográramos volver a que la eucaristía fuera, no un mero “acto de culto” sino una auténtica memoria suya, de toda su vida de compromiso, que hacemos nuestro simbólicamente en el momento de la celebración. Ω

05 agosto, 2012

18º domingo t.o., 5 de ago. de 12


Lect.: Éx 16, 2-15; Ef 4, 17-24; Jn 6: 24-35

  1. Las Olimpíadas son una maravillosa celebración de la vida, de las potencialidades corporales del ser humano, “más rápido, más alto, más fuerte”. Son una fiesta de hermosa competencia de superación física y mental. Y muestran, particularmente, las exigencias de entrenamiento, de disciplina y de muy alto nivel de salud y alimentación en todos los participantes. Cada uno de los atletas exhibe los resultados de un gran cuidado de años para el óptimo funcionamiento de su cuerpo.  Exhibe en alto grado, lo que en mínimos esenciales debería ser el ideal de salud física para todos los seres humanos. Por eso, además del disfrute, del carácter festivo y de su contribución al bienestar general, las Olimpiadas son el escenario perfecto en esta sociedad y economía actuales para pensar, por contraste, en los millones de personas que ni remotamente se acercan a esos mínimos esenciales. No se trata de aguar la fiesta, sino de asumir la responsabilidad global ante tan dramático problema de la humanidad y de reconstruir utopías de una sociedad más justa y solidaria.
  2. Por eso desde hace meses se inició la campaña para llegar hasta el compromiso del G-8 y posteriormente, al anuncio del primer Ministro David Cameron de aprovechar las Olimpiadas de Londres 2012 como el marco para anunciar una cumbre mundial de lucha contra el hambre y la desnutrición. Se trata también de animar a una alianza del sector privado para invertir en la agricultura, en especial, de países africanos afectados. Se trata de lograr que al menos la población de 50 millones más afectados logren romper ese ciclo de pobreza – hambre que impide su realización humana; se trata de detener esa espantosa e irracional cadencia  de 300 niños muriendo cada hora de hambre y desnutrición. 
  3. Cinco domingos de reflexión litúrgica sobre el signo de la “multiplicación de los panes”, con el telón de fondo de las Olimpiadas, es la ocasión para que las comunidades católicas que se reúnen a compartir el pan, caigan en la cuenta de la radicalidad del compromiso que conlleva participar en la eucaristía. Frente al discípulo preocupado porque no había “suficientes denarios” para comprar el pan para alimentar la multitud hambrienta, la categórica indicación de Jesús, —“denle ustedes de comer”— apunta con esperanza a lo que puede lograr el esfuerzo colectivo, comunitario, cuando cada uno, consciente de la realidad única que todos integramos, contribuye con lo que es y con lo que tiene a proteger los miembros más débiles del único cuerpo que somos.Ω