28 febrero, 2016

3er domingo de cuaresma


Lect.:  Éx 3:1-8, 13-15; I Cor 10:1-6, 10-12; Lc 13:1-9

  1. A pesar de lo que hemos madurado en nuestra formación cristiana en las últimas décadas, —sobre todo a raíz del impacto del Concilio Vaticano II y, en América Latina, de la Conferencia de Obispos de Medellín—, no es raro oír todavía expresiones que obedecen a una religiosidad tradicional que no reflejan la espiritualidad evangélica y se refieren a males que suceden, como “castigo de Dios”. A veces puede tratarse de un acontecimiento natural, como un terremoto o un huracán. O una enfermedad como el sida, o las transmitidas por ese famoso mosquito que carga el dengue y demás compañía, … Tal vez casi nadie diga ya directamente que cree que Dios manda esos males como castigo, pero indirectamente algo de esa creencia permanece cuando se pide que Dios “nos libre de ellos”. O, cuando se dice en oraciones o en canciones, —como esa que tanto he criticado aquí y que vuelve a aparecer en cada cuaresma: “no estés eternamente enojado, perdónanos Señor”. Una imagen de Dios, con rasgos de humanos imperfectos, hecho a nuestra peor imagen y semejanza.
  2. En el pasaje de Lucas que acabamos de leer, la comunidad del evangelista une dos textos originalmente separados. En el primero, Jesús se enfrenta con su experiencia espiritual a una visión mágico-religiosa, comprensible en esa época, de poco nivel educativo, y echa por tierra con contundencia esa creencia de un Dios que castigando con males naturales, sociales o políticos los pecados de sus propias criaturas. Jesús enfrenta esta creencia en respuesta, aparentemente, a inquietudes de la gente sobre qué podía significar un accidente de unos a los que le cayó una torre encima y, sobre todo, un crimen político religioso cometido por Pilatos en el Templo, ambos  con un considerable número de víctimas. Jesús hace ver que cuando suceden esos daños, incluso los naturales, se deben a responsabilidad humana y no a castigos sobrenaturales. Lo de la torre, podía ser por defectos de construcción o algún tipo de imprudencia, y el crimen de Pilato, claramente por una motivación política distorsionada y cruel. De ahí el llamado a  que nos “convirtamos”, es decir,  a que cambiemos de mentalidad, a que veamos la realidad desde otra perspectiva y a que actuemos en consecuencia. Es una advertencia para que no carguemos a Dios lo que es responsabilidad humana y cobremos conciencia de la responsabilidad que todos tenemos sobre la vida y felicidad de los demás y sobre la vida e integridad del planeta, porque cualquier acción u omisión que salga de cada uno de nosotros repercute en el bienestar o perjuicio de los demás y de la naturaleza porque, en el fondo, todos somos parte de una unidad, un solo cuerpo, diversas manifestaciones de una única fuente de vida y existencia. El papa Francisco en su última carta encíclica, “Laudato si” nos ha recordado insistentemente nuestra estrecha vinculación con el conjunto del planeta, con la Madre tierra y con todas sus criaturas. Nadie puede escapar de esa corresponsabilidad.
  3. Nuestra conversión puede empezar a darse en el momento en que reconocemos que Dios no es un ser externo a nosotros, alguien allá lejos en las alturas, que premia o castiga, sino cuando descubrimos que lo que llamamos “Dios”, quien es, en realidad, el innombrable, es una presencia en nosotros. Como lo entendió Moisés, —y nos lo recuerda la primera lectura, el ”nombre” de Dios, Yavé, no es un nombre sino más bien la indicación de una presencia que está en todo,  de la que participamos porque está en la raíz de nuestra existencia, de la de todos. “Yo soy”, “Yo seré” y “Yo estoy siendo, —sentido del nombre de Yaveh,— en lo que cada uno de Uds. y en cada uno de lo seres es y les da existencia. Si descubrimos esto podemos descubrirnos a nosotros mismos participando del ser de la divinidad, de la fuerza y capacidad divina dentro de nuestra propia fuerza y capacidad. Fuerza para crear o destruir, pero que vivida en la fuerza del Espíritu de Dios, está guiada por su amor de misericordia, que siempre encuentra formas de transformar las posibilidades de destrucción en realidades de construcción y plenitud. Aquí empieza y aquí se desarrolla nuestra conversión a la que nos llaman las celebraciones litúrgicas de este tiempo de cuaresma.
  4. No se puede sobrevivir con una imagen de un Dios que aterroriza con amenazas de castigos, además de que no es, para nada, el que Jesús experimentó como su Padre. La vida, en cambio, se llena de luz y de esperanza cuando se llega a experimentar a Dios en el propio caminar, en el propio disfrutar e incluso en el propio sufrir, así como en los de los demás. Un gran espiritual laico del siglo XX, Marcel Légaut, hablaba de su experiencia de Dios ligada a su “certeza de una acción dentro de mí que siendo mía no era solo mía”. Para alguien fallecido recientemente, Federico Sánchez Peral, —un amigo de un gran amigo mío—, esa frase de Légaut le motivó en su búsqueda espiritual hasta el momento de su muerte. Y en un artículo que escribió, ya muy enfermo, dice que a ese propósito le “viene a la memoria una canción de Jorge Drexler , —“Al otro lado del río”, “cuya letra le lleva a confiar en la acción de aquellos que sin ser necesariamente los más visibles, eligen ser discípulos del viviente inseguro que fue Jesús de Nazaret. A través de ellos, siempre es posible descubrir el paso de lo religioso a lo espiritual”. Se puede escuchar la canción, por ejemplo,  en https://www.youtube.com/watch?v=cg1wDc9JVB4
  5. Pero vale la pena concluir esta reflexión leyendo la letra:


“Al Otro Lado del Río”
Jorge Drexler
 
Clavo mi remo en el agua
Llevo tu remo en el mío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

El día le irá pudiendo poco a poco al frío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

Sobre todo creo que no todo está perdido
Tanta lágrima, tanta lágrima y yo, soy un vaso vacío

Oigo una voz que me llama casi un suspiro
Rema, rema, rema-a Rema, rema, rema-a

En esta orilla del mundo lo que no es presa es baldío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

Yo muy serio voy remando muy adentro sonrío
Creo que he visto una luz al otro lado del río

Sobre todo creo que no todo está perdido
Tanta lágrima, tanta lágrima y yo, soy un vaso vacío

Oigo una voz que me llama casi un suspiro
Rema, rema, rema-a Rema, rema, rema-a

Clavo mi remo en el agua
Llevo tu remo en el mío

Creo que he visto una luz al otro lado del río”.

22 febrero, 2016

2º domingo de Cuaresma

Lect.:  Gén 15:5-12, 17-18; Flp 3:17–4:1; Lc 9:28-36


  1. A menudo algunas personas, quizás incluso entre nosotros, se extrañan de textos evangélicos que parecen raros, increíbles porque narran hechos que no son lo que reconocemos como normales. Para una mentalidad moderna, —y no solo la de los jóvenes—, el caminar sobre el agua, o multiplicar panes y peces, por mencionar un par de casos, no solo despierta escepticismo, sino que hace preguntarse sobre qué credibilidad pueden ofrecer entonces los evangelios en su conjunto si incorporan este tipo de relatos. Entre ese tipo de pasajes cae, también, el texto de Lucas que acabamos de oír. Pareciera un espectáculo de luz y sonido, fantástico, producto de imaginación primitiva . ¿Qué pensar de este relato?
  2. Las dificultades u objeciones pueden provenir de la no comprensión de la naturaleza del texto: Debe entenderse que se trata de un texto simbólico. Muchos de los pasajes evangélicos no son relatos históricos, crónicas de acontecimientos de la vida de Jesús, sino textos simbólicos que los evangelistas  construyen, o bien para expresar lo que era la fe de las primeras comunidades, o bien para transmitir experiencias espirituales que habían tenido algunos de los discípulos. Les resultaba necesario recurrir a este lenguaje simbólico, porque es mucho más rico y es necesario para expresar esa realidad de la vida de Dios en nosotros que no se puede encerrar en conceptos y en doctrinas. Es una realidad inexpresable en el lenguaje y razonamiento ordinarios. Los símbolos, las relecturas de Jesús sobre el trasfondo de personajes bíblicos importantes, proporcionan un lenguaje más rico, sí,  aunque presentan una dificultad doble. O bien se cae en la tentación de leer literalmente los símbolos, como si fueran hechos físicos, y con esto se distorsiona su sentido. O bien se intenta interpretarlos, pero las claves de interpretación no son fáciles e incluso, a menudo, hay varias posibles. En la primera tentación han caído grupos e iglesias cristianas a lo largo de los siglos, quizás porque no comprendían lo que era el lenguaje de los símbolos; o quizás porque al haberse distanciado de las raíces judías de los Evangelios, perdieron la posibilidad de entender cómo eran los tipos de narraciones empleadas por los autores sagrados. Lo más fácil era pensar que los textos de los evangelistas eran “narraciones de hechos históricos” y se leían entendiéndolos al pie de la letra. Si se recupera la capacidad de identificar los textos que son simbólicos, se nos abrirá la mente para entender mejor el mensaje de la Buena Nueva y superar los prejuicios que se generan al entender literalmente esos pasajes simbólicos .
  3. El pasaje de Lucas hoy es, probablemente, un texto que, con la ayuda de símbolos, intenta expresar la experiencia espiritual que tuvieron tres de sus discípulos más cercanos sobre la identidad profunda de Jesús (El pasaje está ubicado en el capítulo 9 en el que se habla de discusiones en el pueblo sobre la identidad de Jesús, y él mismo les plantea la pregunta, "¿Quién dice la gente que soy yo?"). 
  4. Pareciera que lo esencial de esa experiencia espiritual les enseñó a esos tres discípulos que en Jesús, —el mismo Jesús que habían conocido históricamente, con el que habían comido y bebido, caminado, pescado—  podía descubrirse un ser humano pleno, en cuya identidad podían distinguirse dos “niveles”:  un nivel físico, perceptible con los sentidos —rasgos que se podían ver, oír, tocar…—; pero en él existía también, una dimensión profunda, podríamos llamarla “interior”, aunque tan real como la física externa, donde la condición humana se enraíza con la divinidad. Esta dimensión ni puede percibirse con los sentidos, ni se puede expresar con palabras ordinarias y por eso la necesidad de recurrir a símbolos tales como los que usa Lucas: “blancura fulgurante”, “cambio en el rostro”, resplandor, brillo.  Los símbolos, provocativos, chocantes, apuntan a que descubramos un  nivel de la realidad que va más allá de las apariencias físicas a las que estamos acostumbrados, más allá del "yo" superficial que todos construimos.
  5. De este mensaje sobre la identidad de Jesús se derivan dos enseñanzas para los primeros discípulos y para nosotros hoy. La primera es que en la humanidad de Jesús estaba realmente esa  presencia de lo divino. Siendo él plenamente humano “en todo semejante a nosotros menos en el pecado”, como dice la liturgia, con esta enseñanza se nos quiere animar a que descubramos que también en nuestra propia humanidad está presente lo divino o, dicho de otra manera, que nuestra vida humana está contenida en la divinidad. La segunda enseñanza, muy conectada con esta, es que nuestras limitaciones humanas de todo tipo, —corporales, psicológicas e incluso morales— no contradicen ni pueden, menos aún, eliminar esa presencia de lo divino en cada uno de nosotros. Si la primera enseñanza nos hace maravillarnos de lo que significa ser plenamente humanos, la segunda nos hace superar el miedo a aceptar nuestra condición de criaturas, con todas nuestra limitaciones
  6. Un último detalle del mensaje del texto de hoy: Lucas nos dice que esta experiencia espiritual que tuvieron los tres discípulos se les dio al subir con Jesús al monte a orar. El monte era en las religiones antiguas, un símbolo del lugar del encuentro con Dios.  El descubrimiento de lo que es Jesús en lo profundo y de lo que es cada uno de nosotros, lo vamos a descubrir cultivando la oración, la meditación, —por supuesto no la repetición mecánica de plegarias, sino la oración como apertura a lo divino en nosotros—, que nos permita trascender las apariencias de nuestro yo superficial y captar un poco más lo que significa nuestra identidad profunda, nuestro verdadero yo de imagen y semejanza de Dios. Ω

21 febrero, 2016

Una modificación en este Blog

A partir de este domingo, 21 de febrero, voy a modificar el tipo de "postales" o "posts". En vez de publicar aquí, como hasta ahora, el esquema desarrollado que me sirve para hacer la reflexión dominical en la Iglesia de Santa Lucía de Barva, mantendré esa como "versión corta" en la iglesia, y otra, más larga, la publicaré aquí, para ampliar el tema y referencias, pero la pondré al final del domingo o el lunes por la mañana.

14 febrero, 2016

1er domingo de cuaresma

Lect.: Deut 26:4-10; Rom 10:8-13; Lc 4:1-13

  1. Aprovechando que este es el primer domingo de cuaresma, si nos detenemos un momento y nos preguntamos en que gastamos todo nuestro tiempo, es probable que nos demos cuenta de que a menudo toda nuestra existencia se nos va solo en correr detrás de cosas que queremos poseer, en fortalecer nuestro poder para apropiarnos de lo que creemos necesitar y en construir una imagen de nosotros mismos que nos de seguridad  y cause buena impresión a los demás. Por eso es que los psicólogos dicen que los seres humanos, o al menos en nuestro ego, tenemos tres impulsos, tres tendencias fundamentales a tener, al poder y a aparentar. Podríamos decir entonces que esto es parte de nuestra vida normal. Si no poseyéramos alimentos, abrigo, instrumentos de trabajo y diversión, simplemente moriríamos. Si carecemos de poder para dominar las circunstancias adversas, las dificultades de todo tipo con que nos topamos, tampoco sobreviviríamos. Y si no construimos una buena imagen de nosotros mismos, que exprese lo que valemos, nadie nos apreciaría y nos sentiríamos tremendamente inseguros.
  2. Pero estas tendencias humanas básicas se pueden volver contra nosotros mismos, se pueden desbocar, cuando no se subordinan a lo más importante, cuando no nos ayudan a ser humanos auténticos, a descubrir el ser y la vocación personal más profundas de cada uno y no nos permiten desarrollar y construir lo que cada uno de nosotros es, como imagen y semejanza de Dios. Eso es lo que pasa cuando el afán de poseer y consumir cosas llega a ser una obsesión que nos ciega, nos hace vivir volcados superficialmente, fuera de nosotros mismos; cuando el poder y las fuerzas personales se deforman en maneras de dominar y explotar a los demás, rompiendo todo lazo de fraternidad y respeto por los demás semejantes y por todos los seres vivientes; y   cuando en vez de vivir un proceso de descubrimiento y construcción de lo que somos auténticamente, nos dedicamos a construir una apariencia falsa, que no refleja valores que estemos viviendo.
  3. Las tres tentaciones de Jesús, de las que nos habla el evangelista Lucas, expresan esas tres tentaciones de toda persona a distorsionar esas tendencias o impulsos básicos que están hechos para permitirnos vivir y a convertirlas más bien en una dinámica de egoísmo destructivo. Jesús se enfrenta a una disyuntiva: o seguir la invitación de Dios a vivir la plenitud de ser humano para dar con su vida  a los demás la buena noticia de que esta plenitud es posible , o dejarse vencer por la invitación cómoda y fácil de su entorno a limitarse a vivir solo para sus propios intereses individuales, para su propio ego. Jesús rechazará  cada una de las tentaciones expresando con citas bíblicas una enorme confianza y seguridad en que el Espíritu de Dios está en él capacitándolo para poner sus tendencias básicas al servicio de la voluntad del Padre de todos y de todas las cosas. Y escoge así el camino que le permitirá convertirse en camino para todos nosotros.
  4. La Cuaresma es un tiempo para descubrir que también en nosotros está la posibilidad de seguir ese camino y de ser camino, de poner el afán de tener, de consumir, de tener poder y de construir una imagen propia, al servicio de un descubrimiento de nosotros mismos como seres plenos, partícipes de la divinidad. Las prácticas tradicionales de la cuaresma, —el ayuno, la oración y el compartirnos no son meros ritos religiosos, sino que son unos ejemplos de las pequeñas prácticas que podemos realizar para que nuestros impulsos humanos básicos estén al servicio, no del egoísmo, sino de la fraternidad, del disfrute compartido de los bienes de este mundo y de un proceso de autodescubrimiento que es al mismo tiempo descubrimiento de cómo todos los  seres humanos participamos en el Único Ser que nos da la existencia.Ω