26 diciembre, 2010

1er domingo de Navidad, Sagrada Familia

1er domingo de Navidad,26 de diciembre de 2010
Fiesta de la Sagrada Familia
Lect: Ecles 3: 3-7. 14 -17 a; Col 3: 12 -21; Mt 2: 13 – 15

1. Como sabemos, todas los textos evangélicos llamados “evangelios de infancia” no tienen la intención de ser crónicas históricas del nacimiento y primeros años de vida de Jesús. Su riqueza consiste, más bien, en ser una expresión teológica de la fe de las primeras comunidades de Mateo y Lucas. Con esos relatos quieren expresar cómo veían el significado de Jesús de Nazaret. En el caso de Mt, cómo lo veía como el nuevo Moisés. De ahí los textos básicamente simbólicos de la matanza de los inocentes y de la huida a Egipto que, para los oyentes de la época, recordaban rasgos de la vida de Moisés con los que se quiere destacar la figura de Jesús. Entendiendo así las cosas, se comprende por qué en el NT no se habla de la vida de la familia de Nazaret, salvo un par de parrafitos en Mt y en Lc con la intencionalidad ya dicha. La fiesta de hoy, entonces, no puede entenderse como un momento para profundizar cómo fue la vida de Jesús, José y María. Es una fiesta establecida recientemente en la Iglesia (en 1893) para invitar a las familias modernas a tratar de incorporar en su vida de relaciones, los valores profundos del evangelio. Por eso, cuando se habla de “imitar” a la familia de Nazaret, a pesar de la buena intención, no puede tomarse al pie de la letra, ni de manera arqueológica. No solo por la falta de referencias al tema en el NT sino, además, por la inmensa distancia cultural que nos separa del mundo palestino y mediterráneo del siglo I, donde la familia era una realidad por completo diferente a la nuestra.
2. Pero pensar en la incorporación del espíritu evangélico a la vida de nuestras familias hoy sigue siendo muy importante. Más allá de las diferencias culturales de cada época, la familia en sus diferentes formas continúa desempeñando normalmente su función de ser el primer ámbito en el que cada uno de nosotros aprende a ser persona en relaciones sociales, asimila los valores básicos y se abre o se cierra a la dimensión espiritual de la vida. Es clave, entonces, para la maduración de la vida en pareja, y para la formación cristiana de los hijos, preguntarse cómo hacer del espacio familiar, un espacio en el que se puedan responder los retos que se le plantean en el contexto de la vida contemporánea. Pienso, a modo de ejemplo, en tres retos principales: primero, a la familia se le plantea el reto de aprender a vivir en una sociedad cada vez más pluralista —desde el punto de vista religioso, político, cultural…—. Se exige entonces a la familia ser un espacio de respeto a la diversidad interna y externa. Segundo, se le plantea el reto de vivir en una sociedad muy sensible a los derechos humanos, a la libertad, al desarrollo personal. La familia cristiana debe descubrir entonces formas no impositivas, mucho menos represivas, de transmitir los valores éticos y espirituales. Tercero, en la sociedad contemporánea son cada vez más y más fuertes otras influencias formativas, escolarizadas y no escolarizadas: los medios en general, en particular la TV, internet, los videojuegos… Se exige a la familia una formación sólida para discernir el valor de lo que se recibe en ese mundo tan variado.
3. Para responder a esos y otros retos es imposible contar, entonces, con un recetario en la SE. Se impone una actitud de búsqueda, de profundización y actualización de lo que significa vivir los valores evangélicos en la vida de pareja, en la conyugalidad, en eso de ser papás y de ser hijos hoy día. Se trata, entonces, como decíamos la semana pasada, de un proceso progresivo de iluminación y no en un mero aprendizaje de reglas o recetas.Ω

19 diciembre, 2010

4º domingo de Adviento

4º domingo de Adviento, 19 de diciembre de 2010
Lect.: Is 7: 10 – 14; Rom 1: 1 – 7; Mt 1: 18 – 24
1. Esta mañana, mientras realizábamos nuestra larga meditación comunitaria semanal, estábamos dando vuelta y vuelta al tema del “Dios-con-nosotros”, pensando cómo acercarnos más a la comprensión de esta frase, y cómo explicarlo de mejor manera en nuestras homilías en misa. Llegó un punto en que le dije a un compañero de mi comunidad, que se trajera para inspirarnos más, una lectura de un gran maestro espiritual, el Maestro Eckhart, que es un autor que leemos con frecuencia. En cuanto se levantó este hermano para ir por el libro le oí gritar de repente. Corrí a ver lo que pasaba solo para descubrir los frutos de la imprudencia mía. La corona de Adviento cuyas cuatro velas yo había encendido una hora antes, había ardido por completo, agotando las velas, encendiendo la corona, la canasta sobre la que estaba, los manteles y las llamas empezaban ya a levantarse de la madera de la mesa de cedro, herencia de mi madre. Se pueden Uds. Imaginar el susto y la pena. Ahora, por supuesto, necesitamos la ayuda de un buen ebanista para restaurar la antigua mesa y redoblar la vigilancia que en estas épocas del año se nos dice que debemos tener con el fuego, la electricidad y la pólvora. Y algo me hizo pensar el suceso.
2. Poco antes del lamentable incidente este fraile compañero de mi comunidad acababa de decir que ante esta enigmática frase de Isaías y Mateo, —Dios con nosotros— lo que más cabe es la actitud de búsqueda. Hablar de Dios, de quien no se puede hablar, tratar de entender lo que no se puede entender nos exige nos caer en extremos. Es de extraordinaria importancia para la vida de cada uno de nosotros decir que Jesús nos ha revelado que Dios está con nosotros, que está en el ser humano, que se ha encarnado, es decir, que está en nuestra condición humana. Tanto más importante es conocer esta realidad cuando nos damos que cuenta en nuestra tradición cristiana esta maravillosa afirmación evangélica, —que Dios se ha hecho humano—, conlleva otra extraordinaria afirmación: que el ser humano participa también de esta vida divina, que somos portadores de una dimensión trascendente en nuestro propio ser, en nuestra propia condición. Es preciso, para nosotros cristianos, no ignorar esto, ni quedarnos repitiéndolo de manera fundamentalista. A partir de ahí hay que seguir buscando lo que ese mensaje quiere decir y lo que implica en nuestra vida, porque eso nos permite no solo conocer mejor a Dios, sino conocernos mejor a nosotros mismos. Pero es preciso evitar el extremo de confundir lo que es esta realidad con formas doctrinales, creencias y doctrinas, heredadas de otras épocas, otras culturas, otras filosofías que los seres humanos vamos produciendo a lo largo de esa búsqueda. Perdónenme que quizás me abuse del accidente del fuego de esta mañana. Encender las cuatro velas de adviento es un hermoso signo de una iluminación pequeña, progresiva en la que vamos creciendo. Pero pretender pasar de ahí a una iluminación total, de un solo, tratar de entender plenamente lo que significa esa realidad de Dios presente en nosotros y nosotros viviendo en Dios, puede dar lugar a serios errores y daños para nuestra vida espiritual. No se puede reducir el maravilloso misterio al fruto de un esfuerzo doctrinal concreto. Eso empequeñece el misterio, ya no ilumina, es como los carbones que empezaban a hacerse en la mesa esta mañana. Fruto de mucha llama, no despiden ya luz sino oscuridad.
3. Lo que espero en esta navidad es que nazcamos de nuevo, que nos desposeamos de todo aquello que nos amarra y nos impide seguir buscando, seguir abiertos para que poco a poco, quizás muy lentamente, el Señor pueda ayudarnos a entender en que consiste nuestro vivir en Dios aquí y ahora.Ω

12 diciembre, 2010

3er domingo de Adviento

3er domingo de Adviento, 12 de diciembre de 2010
Lect.: Is 36: 1 – 6 a. 10; Sant 5: 7 – 10; Mt 11: 2 – 11
1. Posiblemente la escena que describe Mt hoy refleje una situación muy particular de finales del siglo I: el enfrentamiento entre los discípulos de Jesús y los de Juan el Bautista. Sabemos que incluso hasta nuestros días han llegado algunos grupos religiosos, —vinculados a la tradición llamada “Mandeísmo”— que consideran la preeminencia de Juan el Bautista sobre Jesús. Pero lo que nos interesa a nosotros como cristianos que tratamos de vivir este adviento 2010 como preparación a la Navidad, es la intención del mensaje de Mt que va más allá de ese suceso histórico. Desde ese punto de vista lo que resulta central es la inquietud de aquellos primeros cristianos que se preguntaban cómo identificar al Mesías o, dicho de otra forma, cuáles eran los signos que les permitía aceptar a Jesús como el Mesías, enviado de Dios. Para nosotros, veintiún siglos después, esa inquietud amplía la pregunta: ¿cuáles son los signos que pueden identificar no solo a Jesús como el Cristo enviado de Dios, sino a nosotros como comunidad de ese Jesús, de ese Cristo?
2. La respuesta que Mt pone en labios de Jesús no admite dudas sobre el tipo de signos de identificación: “los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia”. Si en algún sentido se refiere a prácticas concretas realizadas por Jesús, en su sentido más profundo, que evoca las profecías de Isaías, apunta a una práctica de vida que en su conjunto podría resumirse con una frase: Curar los efectos del sufrimiento humano de toda índole; llevar a todos y a todas a la posibilidad de humanizarse plenamente, devivir la plenitud de vida que refleja la imagen de Dios grabada en cada uno. Esta manera de identificar a Jesús y a los que pretendemos seguirle confiere un perfil muy claro a toda iglesia, a toda comunidad que pretenda ser la comunidad verdadera de Jesús. Hay un comentarista del evangelio que hace una observación interesante a propósito del texto evangélico de este domingo: para captar mejor lo que Mt presenta como perfil de Jesús y de sus seguidores, notemos que no pone entre los signos identificadores ninguno de los signos habitualmente considerados como “signos religiosos”: tener grandes templos en honor al Altísimo, contar con sacerdotes y ministros religiosos reconocidos social y políticamente, tener grandes números de vocaciones y seguidores, y otros parecidos.
3. Hay una frase en el mismo texto de Mt que quizás este evangelista no pronunció con mayor intención, pero que hoy nos resulta interpeladora: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?” . Digámoslo de esta forma: es interpeladora para nosotros porque nos hace preguntarnos si el Jesús al que queremos seguir es ese consagrado a curar los efectos del sufrimiento humano que impiden vivir la plenitud de vida, o si, por el contrario, buscamos un Jesús que se pierda en ritos y ceremonias que nos tranquilicen, si priorizamos el culto por encima del amor compasivo y la misericordia, o, peor aún, si buscamos una iglesia con poder político y social como otra empresa pública.
4. No llegamos de la noche a la mañana a esa transformación personal y comunitaria orientada a asumir ese perfil de Jesús. Se exige un trabajo constante y una paciencia, dice Santiago en la 2ª lectura, como la del labrador que trabaja la tierra. El fruto final será un nuevo nacimiento como el que celebraremos en esta Navidad. Pero confiamos en que la buena disposición y apertura al celebrar esta eucaristía, contribuyan al menos a mantener la dirección correcta en nuestra vida espiritual.Ω

05 diciembre, 2010

2º domingo de adviento

2º domingo de Adviento, 5 dic. 10
Lect.: Is 11: 1 – 10; Rom 15: 4 – 9; Mt 3: 1 – 12



1. ¿Qué es tomarse la vida en serio? Hay muchas respuestas para esta pregunta, dependiendo de punto de vista, formación, cultura y tradición de cada uno. A Pablo de Tarso, que lo leemos casi todos los domingos, por mucho tiempo le pareció que tomarse la vida en serio, desde su perspectiva de creyente en Dios, era cumplir la Ley al pie de la letra. Y así vivió mucho tiempo. Hasta que cayó en la cuenta que eso no era el camino adecuado. Él tuvo un momento de transformación, de cambio radical en su manera de ver y vivir las cosas. A eso el evangelio lo llama un momento de conversión. Si tomarse la vida en serio hubiese sido cumplir la ley, los mandamientos, la moral, Pablo ya lo hacía y no hubiera necesitado un momento de conversión. La conversión o el cambio radical Jesús lo presenta como un paso o un proceso necesario para descubrir lo que él llama el Reino de Dios y vivir en esa realidad. El anuncio de Jesús va mucho más allá del mismo Juan el Bautista. Para éste pareciera que todavía se trataba simplemente de cambiar de vida moral para alcanzar algo que todavía no había llegado. Para Jesús en cambio, el Reino, es decir, el encuentro con Dios, ya esta cerca, está en medio de nosotros y de lo que se trata es de cambiar de visión, de formas de experiencia, para descubrirse uno mismo dentro de ese Reino, uno mismo sumergido en Dios. Esto es la conversión que necesitamos. Este descubrimiento es lo máximo en el evangelio: por eso Jesús lo compara con el hallazgo de la perla de gran valor, o del tesoro enterrado en el campo.
2. ¿Por qué este descubrimiento es tan trascendental para la vida de cada uno de nosotros? Podemos decir, de una manera sencilla y directa, que solo con ese descubrimiento alcanzamos a descubrir plenamente lo que somos, ese ser humano pleno del que siempre decimos que es imagen y semejanza de Dios. Uno puede ser profesionalmente muy bueno, puede ser un gran técnico, una excelente maestra, odontóloga, economista… Uno puede ser además un gran cumplidor de las leyes, puede tener alta condición moral. Y para todo eso no hace falta ser cristiano, ni siquiera creyente. La buena nueva de Jesús valora todas esas realizaciones humanas pero nos invita a descubrirnos en nuestra dimensión más profunda, en aquella en la que entramos en comunión íntima con nuestro Padre Dios y con cada uno de nuestros hermanos. A menudo hemos dicho que para quienes alcanzan a vivir en este nivel de comunión, como dice Pablo, nada los separará del amor de Dios: ni el hambre, ni la incomprensión y conflictos, ni la enfermedad, ni la muerte. Esto no son logros de nuestra excelencia profesional, ni moral, ni de nuestra educación, ni de nuestro entrenamiento. Es el fruto normal, “natural” por así decirlo, de llegar a descubrir experiencialmente en nosotros mismos, de ese ámbito, de ese espacio en el que nos hacemos partícipes de la vida divina.
3. Por supuesto que, además, este descubrimiento es trascendental para nuestro mundo, para nuestra vida moral, social y profesional. Por decirlo un poco con las palabras de Isaías, este descubrimiento, esta vivencia, nos da un espíritu de ciencia y discernimiento, de consejo y valor, de piedad y reverencia por Dios y por todas las criaturas de Dios. Que son las cualidades que hacen posible esa convivencia del lobo con el cordero, del novillo con el león… es decir, una sociedad que sin dejar de ser humana anteponga los valores de paz y justicia en las relaciones, en la política, en la economía.
4. Este tipo de conversión o transformación es tan radical que Jesús se lo comparó a Nicodemo, con un nuevo nacimiento. Es el nacimiento que queremos celebrar y alcanzar en esta navidad próxima.Ω